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CAPITULO VIII

Cantó, y amorosa venció su voz blanda la voz de las aves que anuncian el alba. LISTA.

Los dos viajeros atravesaron juntos por segunda vez aquellos campos; pero en lugar de una noche tempestuosa molestábales entonces el calor de un hermoso día. Enrique, para distraerse del fastidio del camino en hora tan molesta, dirigía a su compañero preguntas insidiosas sobre el estado actual de las posesiones de don Carlos, a las que respondía Sab con muestra de sencillez e ingenuidad. Sin embargo, a veces le fijaba miradas tan penetrantes, que el joven extranjero bajaba las suyas como temeroso de que leyese en ellas el motivo de sus preguntas.

--La fortuna de mi amo,--díjole una vez,--está bastante decaída y sin duda es una felicidad para él casar a su hija mayor con un sujeto rico, que no repare en la dote que puede llevar la señorita.

Sab no miraba a Otway al decir estas palabras y no pudo notar el encarnado que tiñó sus mejillas al oirlas; tardó un momento en responder y dijo al fin con voz mal segura:

--Carlota tiene una dote más rica y apreciable en sus gracias y virtudes.

Sab le miró entonces fijamente; parecía preguntarle con su mirada si él sabría apreciar aquella dote. Enrique no pudo sostener su muda interpelación y desvió el rostro con algún enfado. El mulato murmuró entre dientes:

--¡No, no eres capaz de ello!

--¿Qué hablas, Sab?--preguntó Enrique, que si bien no había podido entender distintamente sus palabras, oyó el murmullo de su voz.--¿Estás por ventura rezando?

--Pensaba, señor, que este sitio en que ahora nos hallamos es el mismo en que vi a su merced sin sentido, en medio de los horrores de la tempestad. Hacia la derecha está la cabaña a la que os conduje sobre mis espaldas.

--Sí, Sab, y no necesito ver estos sitios para acordarme que te debo la vida. Carlota te ha concedido ya la libertad, pero eso no basta y Enrique premiará con mayor generosidad el servicio que le has hecho.

--Ninguna recompensa merezco,--respondió con voz alterada el mulato,--la señorita me había recomendado vuestra persona y era un deber mío obedecerla.

--Parece que amas mucho a Carlota,--repuso Enrique parando su caballo para coger una naranja de un árbol que doblegaban sus frutos.

El mulato lanzó sobre él su mirada de águila, pero la expresión del rostro de su interlocutor le aseguró que ningún designio secreto de sondearle encerraban aquellas palabras. Entonces contestó con serenidad, mientras Enrique mondaba con una navaja la naranja que había cogido:

--Y ¿quién que la conozca podrá no amarla? La señorita de B... es a los ojos de su humilde esclavo lo que debe ser a los de todo hombre que no sea un malvado: un objeto de veneración y de ternura.

Enrique arrojó la naranja con impaciencia y continuó andando sin mirar a Sab. Acaso la voz secreta de su conciencia le decía en aquel momento que trocando su corazón por el corazón de aquel sér degradado sería más digno del amor entusiasta de Carlota.

Al ruido que formaba el galope de los caballos, la familia de B..., conociendo que eran los de Enrique y Sab corrieron a recibirlos, y Carlota se precipitó palpitante de amor y de alegría en los brazos de su amante. El señor de B... y las niñas le prodigaban al mismo tiempo las más tiernas caricias, y le introdujeron en la casa con demostraciones del más vivo placer.

Solamente dos personas quedaron en el patio: Teresa de pie, inmóvil en el umbral de la puerta que acababan de atravesar sin reparar en ella los dos amantes, y Sab de pie también, y también inmóvil enfrente de ella, junto a su jaco negro del cual acababa de bajarse. Ambos se miraron y ambos se estremecieron, porque como en un espejo había visto cada uno de ellos en la mirada del otro la dolorosa pasión que en aquel momento les dominaba. Sorprendidos mutuamente exclamaron al mismo tiempo:

--¡Sab!

--¡Teresa!

Se han entendido y huye cada uno de las miradas del otro. Sab se interna por los cañaverales, corriendo como el venado herido que huye del cazador llevando ya clavado el hierro en lo más sensible de sus entrañas. Teresa se encierra en su habitación.

Mientras tanto el júbilo reinaba en la casa, y Carlota no había gozado jamás felicidad mayor que la que experimentaba al ver junto a sí a su amante, después de haber temido perderle. Miraba la cicatriz de su frente y vertía lágrimas de enternecimiento. Referíale todos sus temores, todas sus pasadas angustias para gozarse después en su dicha presente; y era tan viva y elocuente su ternura, que Enrique subyugado por ella, a pesar suyo, sentía palpitar su corazón con una emoción desconocida.

--¡Carlota!--la dijo una vez,--un amor como el tuyo es un bien tan alto que temo no merecerlo. Mi alma acaso no es bastante grande para encerrar el amor que te debo. Y apretaba la mano de la joven sobre su corazón, que latía con un sentimiento tan vivo y tan puro, que acaso aquel momento en que se decía indigno de su dicha fué uno de los pocos de su vida en que supo merecerla.

Hay en los afectos de las almas ardientes y apasionadas como una fuerza magnética, que conmueve y domina todo cuanto se les acerca. Así un alma vulgar se siente a veces elevada sobre sí misma, a la altura de aquella con quien está en contacto, por decirlo así, y sólo cuando vuelve a caer, cuando se halla sola y en su propio lugar, puede conocer que era extraño el impulso que la movía y prestada la fuerza que la animaba.

El señor de B... llegó a interrumpir a los dos amantes.

--Creo,--dijo sentándose junto a ellos--que no habréis olvidado nuestro proyectado paseo a Cubitas. ¿Cuándo queréis que partamos?

--Lo más pronto posible,--dijo Otway.

--Esta misma tarde será,--repuso don Carlos,--y voy a prevenir a Teresa y a Sab para que se disponga todo lo necesario a la partida, pues veo,--añadió besando en la frente a su hija,--que mi Carlota está demasiado preocupada para atender a ello.

Marchóse en seguida y las niñas, regocijadas con la proximidad de la viajata, le siguieron saltando.

--Estaré contigo dos o tres días en Cubitas,--dijo Enrique a su amada,--me es forzoso marchar luego a Guanaja.

--Apenas gozo el placer de verte,--respondió ella con dulcísima voz,--cuando ya me anuncias otra nueva ausencia. Sin embargo, Enrique, soy tan feliz en este instante que no puedo quejarme.

--Pronto llegará el día,--repuso él,--en que nos uniremos para no separarnos más.

Y al decirlo preguntábase interiormente si llegaría en efecto aquel día, y si le sería imposible renunciar a la dicha de poseer a Carlota. Miróla y nunca le había parecido tan hermosa. Agitado, y descontento de sí mismo, levantóse y comenzó a pasearse por la sala, procurando disimular su turbación. No dejó, sin embargo, de notarla Carlota y preguntábale la causa con tímidas miradas. ¡Oh si la hubiera penetrado en aquel momento!... Era preciso que muriese o que cesase de amarle.

Enrique evitaba encontrar los ojos de la doncella, y se había reclinado lejos de ella en el antepecho de una ventana. Carlota se sintió herida de aquella repentina mudanza, y su orgullo de mujer sugirióle en el instante aparentar indiferencia a una conducta tan extraña. Estaba junto a ella su guitarra, tomóla y ensayó cantar. La agitación hacía flaquear su voz, pero hízose por un momento superior a ella y sin elección, a la casualidad, cantó estas estrofas, que estaba muy lejos de sospechar pudiesen ser aplicables a la situación de ambos:

Es Nice joven y amable y su tierno corazón un afecto inalterable consagra al bello Damón. Otro tiempo su ternura pagaba ufano el pastor; mas ¡ay! que nueva hermosura le ofrece otro nuevo amor. Y es Nice pobre zagala y es Laura rica beldad, que si en amor no la iguala la supera en calidad. Satisface Laura de oro de su amante la ambición; Nice le dá por tesoro su sensible corazón. Cede el zagal fascinado de la riqueza al poder, y ante Laura prosternado le mira Nice caer. Al verse sacrificada, por el ingrato pastor, la doncella desgraciada maldice al infausto amor. No ve que dura venganza toma del amante infiel, y en su cáliz de esperanza mezcla del dolor la hiel. Tardío arrepentimiento ya envenena su existir, y cual señor opulento comienza el tedio a sentir. Entre pesares y enojos vive rico y sin solaz: huye el sueño de sus ojos y pierde su alma la paz. Recuerda su Nice amada y suspira de dolor; y en voz profunda y airada así le dice el amor: «Los agravios que me hacen los hombres lloran un día, y así sólo satisfacen, Damón, la venganza mía. Que yo doy mayor contento, en pobre y humilde hogar, que con tesoros sin cuento, puedes ¡insano! gozar»

Terminó la joven su canción, y aun pensaba escucharla Enrique. Carlota acababa de responder en alta voz a sus secretas dudas, a sus ocultos pensamientos. ¿Habíalos por ventura adivinado? ¿Era tal vez el cielo mismo quien le hablaba por la boca de aquella tierna hermosura?

Un impulso involuntario y poderoso le hizo caer a sus pies y ya abría los labios, acaso para jurarla que sería preferida a todos los tesoros de la tierra, cuando apareció nuevamente don Carlos; seguíale Sab, mas se detuvo por respeto en el umbral de la puerta, mientras Enrique se levantaba confuso de las plantas de su querida, avergonzado ya del impulso desconocido de generosa ternura que por un momento le había subyugado. También las mejillas de Carlota se tiñeron de púrpura, pero traslucíase al través de su embarazo la secreta satisfacción de su alma; pues si bien Enrique no había hablado una sola palabra al arrojarse a sus pies, ella había leído en sus ojos, con la admirable perspicacia de su sexo, que nunca había sido tan amada como en aquel momento.

Don Carlos dirigió algunas chanzas a los dos amantes, mas notando que aumentaba su turbación, apresuróse a variar de objeto.

--Aquí tenéis a Sab,--les dijo,--señalad la hora de la partida, pues él es el encargado de todas las disposiciones del viaje, y como práctico en estos caminos sera nuestro guía.

El mulato se acercó entonces, y don Carlos, sentándose entre Carlota y Enrique, prosiguió dirigiéndose a éste:

--Hace diez años que no he estado en Cubitas, y aun antes de esta época visité muy pocas veces las estancias que tengo allí. Estaban casi abandonadas, pero desde que Sab vino a Bellavista, sus frecuentes visitas a Cubitas les han sido de mucha utilidad, según estoy informado; y creo que las hallaré en mejor estado que cuando las vi la última vez.

Sab manifestó que dichas estancias estaban todavía muy distantes del grado de mejora y utilidad a que podían llegar con más esmerado cultivo, y preguntó la hora de la partida.

Carlota señaló las cinco de la tarde, hora en que la brisa comienza a refrescar la atmósfera y hace menos sensible el calor de la estación, y Sab se retiró.

--Es un excelente mozo,--dijo don Carlos,--y su celo y actividad han sido muy útiles a esta finca. Su talento natural es despejadísimo y tiene para todo aquello a que se dedica admirables disposiciones; le quiero mucho y ya hace tiempo que fuera libre si lo hubiese deseado. Pero ahora es fuerza que lo sea y que anticipe yo mis resoluciones, pues así lo quiere mi Carlota. Ya he escrito con este objeto a mi apoderado en Puerto Príncipe y tú mismo, Enrique, a tu regreso te verás con él y entregarás con tus manos a nuestro buen Sab su carta de libertad.

Enrique hizo con la cabeza un movimiento de aprobación, y Carlota besando la mano de su padre, exclamó con vehemencia:

--¡Sí, que sea libre!... Ha sido el compañero de mi infancia y mi primer amigo... es,--añadió con mayor ternura,--el que te prodigó sus cuidados la noche de tu caída, Enrique, y quien, como un ángel de consuelo, vino a volver la paz a mi corazón sobresaltado.

Teresa entró en la sala en aquel momento; la comida se sirvió inmediatamente y ya no se trató más que de la partida.