Part 10
Dirigióse a su habitación; mas no sintiendo sueño ni [30] necesidad de reposo físico, sino por el contrario, fuerte excitación que le impulsaba a agitarse y divagar, cavilando y moviéndose, se paseó de un ángulo a otro de la pieza. Después abrió la ventana que daba a la huerta, y poniendo los codos en el antepecho de ella, contempló la inmensa negrura de la noche. No se veía nada. Pero el hombre 112 ensimismado lo ve todo, y Rey, fijos los ojos en la obscuridad, miraba cómo se iba desarrollando sobre ella el abigarrado paisaje de sus desgracias. La sombra no le permitía [5] ver las flores de la tierra, ni las del cielo, que son las estrellas. La misma falta casi absoluta de claridad producía el efecto de un ilusorio movimiento en las masas de árboles, que se extendían al parecer, iban perezosamente y regresaban enroscándose, como el oleaje de un mar de [10] sombras. Formidable flujo y reflujo, una lucha entre fuerzas no bien manifiestas, agitaban la silenciosa esfera. El matemático, contemplando aquella extraña proyección de su alma sobre la noche, decía:
--La batalla será terrible. Veremos quién sale [15] triunfante.
Los insectos de la noche hablaron a su oído, diciéndole misteriosas palabras. Aquí un chirrido áspero; allí un chasquido semejante al que hacemos con la lengua; allá lastimeros murmullos; más lejos un son vibrante parecido [20] al de la esquila suspendida al cuello de la res vagabunda. De súbito sintió Rey una consonante extraña, una rápida nota propia tan sólo de la lengua y de los labios humanos. Esta exhalación cruzó por el cerebro del joven como un relámpago. Sintió culebrear dentro de sí aquella S fugaz, [25] que se repitió una y otra vez, aumentando de intensidad. Miró a todos lados, miró hacia la parte alta de la casa, y en una ventana creyó distinguir un objeto semejante a un ave blanca que movía las alas. Por la mente excitada de Pepe Rey cruzó en un instante la idea del fénix, de la paloma, de [30] la garza real... y sin embargo, aquella ave no era más que un pañuelo.
El ingeniero saltó por la ventana a la huerta. Observando bien, vió la mano y el rostro de su prima. Le pareció distinguir el tan usual movimiento de imponer silencio llevando el dedo a los labios. Después la simpática sombra 113 alargó el brazo hacia abajo y desapareció. Pepe Rey entró de nuevo en su cuarto rápidamente y procurando no hacer ruido, pasó a la galería, avanzando después lentamente por [5] ella. Sentía el palpitar de su corazón, como si recibiera hachazos dentro del pecho. Esperó un rato... al fin oyó distintamente tenues golpes en los peldaños de la escalera. Uno, dos, tres.... Producían aquel rumor unos zapatitos.
[10] Dirigióse hacia allá en medio de una obscuridad casi profunda, y alargó los brazos para prestar apoyo a quien bajaba. En su alma reinaba una ternura exaltada y profunda; pero ¿a qué negarlo? tras aquel dulce sentimiento surgió de repente, como infernal inspiración, otro que era [15] un terrible deseo de venganza. Los pasos se acercaban descendiendo. Pepe Rey avanzó, y unas manos que tanteaban en el vacío chocaron con las suyas. Las cuatro ¡ay! se unieron en estrecho apretón.
XVII
=Luz a obscuras=
La galería era larga y ancha. A un extremo estaba la [20] puerta del cuarto donde moraba el ingeniero; en el centro la del comedor, y al otro extremo la escalera y una puerta grande y cerrada, con un peldaño en el umbral. Aquella puerta era la de una capilla, donde los Polentinos tenían los santos de su devoción doméstica. Alguna vez se celebraba [25] en ella el santo sacrificio de la misa.
Rosario dirigió a su primo hacia la puerta de la capilla, y se dejó caer en el escalón.
--¿Aquí?...--murmuró Pepe Rey.
Por los movimientos de la mano derecha de Rosario, [30] comprendió que ésta se santiguaba.
--Prima querida, Rosario... ¡gracias por haberte 114 dejado ver!--exclamó estrechándola con ardor entre sus brazos.
Sintió los dedos fríos de la joven sobre sus labios, [5] imponiéndole silencio. Los besó con frenesí.
--Estás helada... Rosario... ¿por qué tiemblas así?
Daba diente con diente, y su cuerpo todo se estremecía con febril convulsión. Rey sintió en su cara el abrasador fuego del rostro de su prima, y alarmado exclamó:
[10] --Tu frente es un volcán. Tienes fiebre.
--Mucha.
--¿Estás enferma realmente?
--Sí....
--Y has salido....
[15] --Por verte.
El ingeniero la estrechó entre sus brazos para darle abrigo; pero no bastaba.
--Aguarda--dijo vivamente levantándose.--Voy a mi cuarto a traer mi manta de viaje.
[20] --Apaga la luz, Pepe.
Rey había dejado encendida la luz dentro de su cuarto, y por la puerta de éste salía una tenue claridad, iluminando la galería. Volvió al instante. La obscuridad era ya profunda. Tentando las paredes pudo llegar hasta donde [25] estaba su prima. Reuniéronse y la arropó cuidadosamente de los pies a la cabeza.
--¿Qué bien estás ahora, niña mía?
--Sí, ¡qué bien!... Contigo.
--Conmigo... y para siempre--exclamó con [30] exaltación el joven.
Pero observó que se desasía de sus brazos y se levantaba.
--¿Qué haces?
Sintió el ruido de un hierrecillo. Rosario entraba una llave en la invisible cerradura, y abría cuidadosamente la puerta en cuyo umbral se habían sentado. Leve olor de 115 humedad, inherente a toda pieza cerrada por mucho tiempo, salía de aquel recinto obscuro como una tumba. Pepe Rey se sintió llevado de la mano, y la voz de su prima dijo muy [5] débilmente:
--Entra.
Dieron algunos pasos. Creíase él conducido a ignotos lugares Elíseos por el ángel de la noche. Ella tanteaba. Por fin volvió a sonar su dulce voz, murmurando:
[10] --Siéntate.
Estaban junto a un banco de madera. Los dos se sentaron. Pepe Rey la abrazó de nuevo. En el mismo instante su cabeza chocó con un cuerpo muy duro.
--¿Qué es esto?
[15] --Los pies.
--Rosario... ¿qué dices?
--Los pies del divino Jesús, de la imagen de Cristo Crucificado, que adoramos en mi casa.
Pepe Rey sintió como una fría lanzada que le traspasó el [20] corazón.
--Bésalos--dijo imperiosamente la joven.
El matemático besó los helados pies de la santa imagen.
--Pepe--exclamó después la señorita, estrechando ardientemente la mano de su primo.--¿Tú crees en Dios?
[25] --¡Rosario!... ¿qué dices ahí? ¡Qué locuras piensas!--repuso con perplejidad el primo.
--Contéstame.
Pepe Rey sintió humedad en sus manos.
--¿Porqué lloras?--dijo lleno de turbación.--Rosario, [30] me estás matando con tus dudas absurdas. ¡Que si creo en Dios! ¿Lo dudas tú?
--Yo no; pero todos dicen que eres ateo.
--Desmerecerías a mis ojos, te despojarías de tu aureola de pureza y de prestigio, si dieras crédito a tal necedad.
--Oyéndote calificar de ateo, y sin poder convencerme 116 de lo contrario por ninguna razón, he protestado desde el fondo de mi alma contra tal calumnia. Tú no puedes ser [5] ateo. Dentro de mí tengo yo vivo y fuerte el sentimiento de tu religiosidad, como el de la mía propia.
--¡Qué bien has hablado! ¿Entonces, por qué me preguntas si creo en Dios?
--Porque quería escucharlo de tu misma boca y recrearme oyéndotelo decir. ¡Hace tanto tiempo que no oigo [10] el acento de tu voz!... ¿qué mayor gusto que oírlo de nuevo, después de tan gran silencio, diciendo: "creo en Dios"?
--Rosario, hasta los malvados creen en él. Si existen ateos, que lo dudo, son los calumniadores, los intrigantes [15] de que está infestado el mundo.... Por mi parte, me importan poco las intrigas y las calumnias, y si tú te sobrepones a ellas y cierras tu corazón a los sentimientos de discordia que una mano aleve quiere introducir en él, nada se opondrá a nuestra felicidad.
[20] --¿Pero qué nos pasa? Pepe, querido Pepe... ¿tú crees en el Diablo?
El ingeniero calló. La obscuridad de la capilla no permitía a Rosario ver la sonrisa con que su primo acogiera tan extraña pregunta.
[25] --Será preciso creer en él--dijo al fin.
--¿Qué nos pasa? Mamá me prohibe verte; pero fuera de lo del ateísmo no habla mal de ti. Díceme que espere; que tú decidirás; que te vas, que vuelves.... Hablame con franqueza.... ¿Has formado mala idea de [30] mi madre?
--De ninguna manera--replicó Rey, apremiado por su delicadeza.
--¿No crees, como yo, que me quiere mucho; que nos quiere a los dos, que sólo desea nuestro bien, y que al fin hemos de alcanzar de ella el consentimiento 117 que deseamos?
--Si tú lo crees así, yo también.... Tu mamá nos adora a entrambos.... Pero, querida Rosario, es preciso [5] confesar que el Demonio ha entrado en esta casa.
--No te burles--repuso ella con cariño....--¡Ay! mamá es muy buena. Ni una sola vez me ha dicho que no fueras digno de ser mi marido. No insiste más que en lo del ateísmo. Dicen además que tengo manías, y que ahora [10] me ha entrado la de quererte con toda mi alma. En nuestra familia es ley no contrariar de frente las manías congénitas que tenemos, porque atacándolas se agravan más.
--Pues yo creo que a tu lado hay buenos médicos que se han propuesto curarte, y que al fin, adorada niña mía, lo van [15] a conseguir.
--No, no, no mil veces--exclamó Rosario, apoyando su frente en el pecho de su novio.--Quiero volverme loca contigo. Por ti estoy padeciendo; por ti estoy enferma; por ti desprecio la vida y me expongo a morir.... Ya lo [20] preveo, mañana estaré peor, me agravaré.... Moriré; ¡qué me importa!
--Tú no estás enferma--repuso él con energía; tú no tienes sino una perturbación moral, que naturalmente trae ligeras afecciones nerviosas; tú no tienes más que la pena [25] ocasionada por esta horrible violencia que están ejerciendo sobre ti. Tu alma sencilla y generosa no lo comprende. Cedes; perdonas a los que te hacen daño; te afliges, atribuyendo tu desgracia a funestas influencias sobrenaturales; padeces en silencio; entregas tu inocente cuello al verdugo; [30] te dejas matar, y el mismo cuchillo, hundido en tu garganta, te parece la espina de una flor que se te clavó al pasar. Rosario, desecha esas ideas: considera nuestra verdadera situación, que es grave: mira la causa de ella donde verdaderamente está, y no te acobardes, no cedas a la mortificación que se te impone, enfermando tu alma y tu cuerpo. 118 El valor de que careces te devolverá la salud, porque tú no estás realmente enferma, querida niña mía, tú estás... ¿quieres que lo diga? estás asustada, aterrada. Te pasa [5] lo que los antiguos no sabían definir y llamaban maleficio. ¡Rosario, ánimo, confía en mí! Levántate y sígueme. No te digo más.
--¡Ay, Pepe... primo mío!... se me figura que tienes razón--exclamó Rosarito anegada en llanto.--Tus [10] palabras resuenan en mi corazón como golpes violentos que, estremeciéndome, me dan nueva vida. Aquí en esta obscuridad, donde no podemos vernos las caras, una luz inefable sale de ti y me inunda el alma. ¿Qué tienes tú, que así me transformas? Cuando te conocí, de repente fuí [15] otra. En los días en que he dejado de verte me he visto volver a mi antiguo estado insignificante, a mi cobardía primera. Sin ti vivo en el Limbo, Pepe mío.... Haré lo que me dices, me levanto y te sigo. Iremos juntos a donde quieras. ¿Sabes que me siento bien? ¿Sabes que no [20] tengo ya fiebre, que recobro las fuerzas, que quiero correr y gritar, que todo mi ser se renueva, y se aumenta y se centuplica para adorarte? Pepe, tienes razón. Yo no estoy enferma, yo no estoy sino acobardada; mejor dicho, fascinada.
[25] --Eso es, fascinada.
--Fascinada. Terribles ojos me miran y me dejan muda y trémula. Tengo miedo; ¿pero a qué?... Tú sólo tienes el extraño poder de devolverme la vida. Oyéndote, resucito. Yo creo que si me muriera y fueras a pasear [30] junto a mi sepultura, desde lo hondo de la tierra sentiría tus pasos. ¡Oh, si pudiera verte ahora!... Pero estás aquí, a mi lado, y no puedo dudar que eres tú.... ¡Tanto tiempo sin verte!... Yo estaba loca. Cada día de soledad me parecía un siglo.... Me decían que mañana, que mañana, y vuelta con mañana. Yo me asomaba por las 119 noches a la ventana, y la claridad de la luz de tu cuarto me servía de consuelo. A veces tu sombra en los cristales era para mí una aparición divina. Yo extendía los brazos hacia [5] fuera, derramaba lágrimas y gritaba con el pensamiento, sin atreverme a hacerlo con la voz. Cuando recibí tu recado por conducto de la criada; cuando recibí tu carta diciéndome que te marchabas, me puse muy triste, creí que se me iba saliendo el alma del cuerpo y que me moría por grados. [10] Yo caía, caía como el pájaro herido cuando vuela, que va cayendo y muriéndose, todo al mismo tiempo.... Esta noche, cuando te vi despierto tan tarde, no pude resistir el anhelo de hablarte, y bajé. Creo que todo el atrevimiento que puedo tener en mi vida lo he consumido y empleado en [15] una sola acción, en ésta, y que ya no podré dejar de ser cobarde.... Pero tú me darás aliento; tú me darás fuerzas; tú me ayudarás, ¿no es verdad?... Pepe, primo mío querido, dime que sí; dime que tengo fuerzas, y las tendré; dime que no estoy enferma, y no lo estaré. Ya [20] no lo estoy. Me encuentro tan bien, que me río de mis males ridículos.
Al decir esto, Rosarito se sintió frenéticamente enlazada por los brazos de su primo. Oyóse un ¡ay! pero no salió de los labios de ella, sino de los de él, porque habiendo [25] inclinado la cabeza, tropezó violentamente con los pies del Cristo. En la obscuridad es donde se ven las estrellas.
En el estado de su ánimo y en la natural alucinación que producen los sitios obscuros, a Rey le parecía, no que su [30] cabeza había topado con el santo pie, sino que éste se había movido, amonestándole de la manera más breve y más elocuente. Entre serio y festivo alzó la cabeza, y dijo así:
--Señor, no me pegues, que no haré nada malo.
En el mismo instante Rosario tomó la mano del joven, 120 oprimiéndola contra su corazón. Oyóse una voz pura, grave, angelical, conmovida, que habló de este modo:
--Señor que adoro, Señor Dios del mundo y tutelar de mi [5] casa y de mi familia; Señor a quien Pepe también adora; Santo Cristo bendito que moriste en la Cruz por nuestros pecados; ante Ti, ante tu cuerpo herido, ante tu frente coronada de espinas, digo que éste es mi esposo, y que después de Ti, es el que más ama mi corazón; digo que le declaro mi [10] esposo, y que antes moriré que pertenecer a otro. Mi corazón y mi alma son suyos. Haz que el mundo no se oponga a nuestra felicidad, y concédeme el favor de esta unión, que juro sea buena ante el mundo como lo es en mi conciencia.
--Rosario, eres mía,--exclamó Pepe con exaltación.--Ni [15] tu madre ni nadie lo impedirá.
La prima inclinó su hermoso busto inerte sobre el pecho del primo. Temblaba en los amantes brazos varoniles, como la paloma en las garras del águila.
Por la mente del ingeniero pasó como un rayo la idea de [20] que existía el Demonio; pero entonces el Demonio era él. Rosario hizo ligero movimiento de miedo; tuvo como el temblor de sorpresa que anuncia el peligro.
--Júrame que no desistirás--dijo turbadamente Rey, atajando aquel movimiento.
[25] --Te lo juro por las cenizas de mi padre, que están....
--¿Dónde?
--Bajo nuestros pies.
El matemático sintió que se levantaba bajo sus pies la losa... pero no, no se levantaba: es que él creyó notarlo [30] así, a pesar de ser matemático.
--Te lo juro--repitió Rosario,--por las cenizas de mi padre y por Dios que nos está mirando.... Que nuestros cuerpos, unidos como están, reposen bajo estas losas cuando Dios quiera llevarnos de este mundo.
--Sí--repitió Pepe Rey, con emoción profunda, 121 sintiendo llena su alma de una turbación inexplicable.
Ambos permanecieron en silencio durante breve rato. Rosario se había levantado.
[5] --¿Ya?
Volvió a sentarse.
--Tiemblas otra vez--dijo Pepe.--Rosario, tú estas mala; tu frente abrasa.
--Parece que me muero--murmuró la joven con [10] desaliento.--No sé qué tengo.
Cayó sin sentido en brazos de su primo. Agasajándola, notó que el rostro de la joven se cubría de helado sudor.
--Está realmente enferma--dijo para sí.--Esta salida [15] es una verdadera calaverada.
Levantóla en sus brazos, tratando de reanimarla, pero ni el temblor de ella ni el desmayo cesaban, por lo cual resolvió sacarla de la capilla, a fin de que el aire fresco la reanimase. Así fué en efecto. Recobrado el sentido, manifestó [20] Rosario mucha inquietud por hallarse a tal hora fuera de su habitación. El reloj de la catedral dió las cuatro.
--¡Qué tarde!--exclamó la joven.--Suéltame, primo. Me parece que puedo andar. Verdaderamente estoy muy mala.
[25] --Subiré contigo.
--Eso de ninguna manera. Antes iré arrastrándome hasta mi cuarto.... ¿No te parece que se oye un ruido?...
Ambos callaron. La ansiedad de su atención determinó un silencio absoluto.
[30] --¿No oyes nada, Pepe?
--Absolutamente nada.
--Pon atención.... Ahora, ahora vuelve a sonar. Es un rumor que no sé si suena lejos, muy lejos, o cerca, muy cerca. Lo mismo podría ser la respiración de mi madre que el chirrido de la veleta que está en la torre de la 122 catedral. ¡Ah! Tengo un oído muy fino.
--Demasiado fino.... Con que, querida prima, te subiré en brazos.
[5] --Bueno, súbeme hasta lo alto de la escalera. Después iré yo sola. En, cuanto descanse un poco, me quedaré como si tal cosa.... ¿Pero no oyes?
Detuviéronse en el primer peldaño.
--Es un sonido metálico.
[10] --¿La respiración de tu mamá?
--No, no es eso. El rumor viene de muy lejos. ¿Será el canto de un gallo?
--Podrá ser.
--Parece que suenan dos palabras, diciendo: _allá voy_, [15] _allá voy_.
--Ya, ya oigo--murmuró Pepe Rey.
--Es un grito.
--Es una corneta.
--¡Una corneta!
[20] --Sí. Sube pronto. Orbajosa va a despertar.... Ya se oye con claridad. No es trompeta sino clarín. La tropa se acerca.
--¡Tropa!
--No sé por qué me figuro que esta invasión militar ha [25] de ser provechosa para mí.... Estoy alegre. Rosario, arriba pronto.
--También yo estoy alegre. Arriba.
En un instante la subió, y los dos amantes se despidieron, hablándose al oído tan quedamente, que apenas se oían.
[30] --Me asomaré por la ventana que da a la huerta, para decirte que he llegado a mi cuarto sin novedad. Adiós.
--Adiós, Rosario. Ten cuidado de no tropezar con los muebles.
--Por aquí navego bien, primo. Ya nos veremos otra vez. Asómate a la ventana de tu cuarto si quieres recibir 123 mi parte telegráfico.
Pepe Rey hizo lo que se le mandaba; pero aguardó largo rato y Rosario no apareció en la ventana. El ingeniero [5] creía sentir agitadas voces en el piso alto.
XVIII
=Tropa=
Los habitantes de Orbajosa oían en la crepuscular vaguedad de su último sueño aquel clarín sonoro, y abrían los ojos diciendo:
--Tropa.
[10] Unos hablando consigo mismos, mitad dormidos, mitad despiertos, murmuraban:
--Por fin nos han mandado esa canalla.
Otros se levantaban a toda prisa, gruñendo así:
--Vamos a ver a esos condenados.
[15] Alguno apostrofaba de este modo:
--Anticipo forzoso tenemos.... Ellos dicen quintas, contribuciones; nosotros diremos palos y más palos.
En otra casa se oyeron estas palabras, pronunciadas con alegría:
[20] --¡Si vendrá mi hij!... ¡Si vendrá mi hermano!...
Todo era saltar del lecho, vestirse a prisa, abrir las ventanas para ver el alborotador regimiento que entraba con las primeras luces del día. La ciudad era tristeza, silencio, vejez; el ejército alegría, estrépito, juventud. Entrando el [25] uno en la otra, parecía que la momia recibía por arte maravillosa el don de la vida, y bulliciosa saltaba fuera del húmedo sarcófago para bailar en torno de él. ¡Qué movimiento, qué algazara, qué risas, qué jovialidad! No existe nada tan interesante como un ejército. Es la patria en su aspecto juvenil y vigoroso. Lo que en el concepto individual 124 tiene o puede tener esa misma patria de inepta, de levantisca, de supersticiosa unas veces, de blasfema otras, desaparece bajo la presión férrea de la disciplina, que de [5] tantas figurillas insignificantes hace un conjunto prodigioso. El soldado, o sea el corpúsculo, al desprenderse, después de un _rompan filas_, de la masa en que ha tenido vida regular y a veces sublime, suele conservar algunas de las cualidades peculiares del ejército. Pero esto no es lo más común. A [10] la separación suele acompañar súbito encanallamiento, de lo cual resulta que si un ejército es gloria y honor, una reunión de soldados puede ser calamidad insoportable, y los pueblos que lloran de júbilo y entusiasmo al ver entrar en su recinto un batallón victorioso, gimen de espanto y tiemblan [15] de recelo cuando ven libres y sueltos a los señores soldados.
Esto último sucedió en Orbajosa, porque en aquellos días no había glorias que cantar ni motivo alguno para tejer coronas ni trazar letreros triunfales, ni mentar siquiera [20] hazañas de nuestros bravos, por cuya razón todo fué miedo y desconfianza en la episcopal ciudad, que si bien pobre, no carecía de tesoros en gallinas, frutas, dinero y doncellez, los cuales corrían gran riesgo desde que entraron los consabidos alumnos de Marte. Además de esto, la patria de los [25] Polentinos, como ciudad muy apartada del movimiento y bullicio que han traído el tráfico, los periódicos, ferrocarriles y otros agentes que no hay para qué analizar ahora, no gustaba que la molestasen en su sosegada existencia.
Siempre que se le ofrecía coyuntura propicia, mostraba [30] asimismo viva repulsión a someterse a la autoridad central que mal o bien nos gobierna; y recordando sus fueros de antaño y mascullándolos de nuevo, como rumia el camello la yerba que ha comido el día antes, solía hacer alarde de cierta independencia levantisca, deplorables resabios de behetría que a veces dieron no pocos quebraderos de cabeza 125 al gobernador de la provincia.
Otrosí debe tenerse en cuenta que Orbajosa tenía antecedentes, o mejor dicho abolengo faccioso. Sin duda conservaba [5] en su seno algunas fibras enérgicas de aquellas que] en edad remota, según la entusiasta opinión de don Cayetano, la impulsaron a inauditas acciones épicas; y aunque en decadencia, sentía de vez en cuando violento afán de hacer grandes cosas, aunque fueran barbaridades y desatinos. [10] Como dió al mundo tantos egregios hijos, quería sin duda que sus actuales vástagos, los Caballucos, Merengues y Pelosmalos renovasen las _Gestas_ gloriosas de los de antaño.
Siempre que hubo facciones en España, aquel pueblo dió [15] a entender que no existía en vano sobre la faz de la tierra, si bien nunca sirvió de teatro a una verdadera guerra. Su genio, su situación, su historia la reducían al papel secundario de levantar partidas. Obsequió al país con esta fruta nacional en 1827 cuando los Apostólicos, durante la guerra [20] de los siete años, en 1848, y en otras épocas de menos eco en la historia patria. Las partidas y los partidarios fueron siempre populares, circunstancia funesta que procedía de la guerra de la Independencia, una de esas cosas buenas que han sido origen de infinitas cosas detestables. _Corruptio [25] optimi pessima_. Y con la popularidad de las partidas y de los partidarios, coincidía, siempre creciente, la impopularidad de todo lo que entraba en Orbajosa con visos de delegación o instrumento del poder central. Los soldados fueron siempre tan mal vistos allí, que siempre que los ancianos [30] narraban un crimen, robo, asesinato, violación, o cualquiera otro espantable desafuero, añadían: _esto sucedió cuando vino la tropa_.