Chapter 7 of 32 · 4000 words · ~20 min read

Part 7

La señora del alcalde era una dama bonachona, sin otra flaqueza que suponerse muy relacionada en la Corte. Dirigió a Pepe Rey diversas preguntas sobre modas, citando establecimientos industriales donde le habían hecho una manteleta 69 o una falda en su último viaje, coetáneo de la visita de Muley-Abbas, y también nombró a una docena de duquesas [5] y marquesas, tratándolas con tanta familiaridad como a amiguitas de escuela. Dijo también que la condesa de M. (por sus tertulias famosa) era amiga suya, y que el 60 estuvo a visitarla, y la condesa la convidó a su palco en el Real, donde vio a Muley-Abbas en traje de moro, acompañado [10] de toda su morería. La alcaldesa hablaba por los codos, como suele decirse, y no carecía de chiste.

El señor deán era un viejo de edad avanzada, corpulento y encendido, pletórico, apoplético, un hombre que se salía fuera de sí mismo por no caber en su propio pellejo, según [15] estaba de gordo y morcilludo. Procedía de la exclaustración; no hablaba más que de asuntos religiosos, y desde el principio mostró hacia Pepe Rey el desdén más vivo. Éste se mostraba cada vez más inepto para acomodarse a sociedad tan poco de su gusto. Era su carácter nada maleable, [20] duro y de muy escasa flexibilidad, y rechazaba las perfidias y acomodamientos de lenguaje para simular la concordia cuando no existía. Mantúvose, pues, bastante grave durante el curso de la fastidiosa tertulia, obligado a resistir el ímpetu oratorio de la alcaldesa que, sin ser la Fama, tenía el privilegio [25] de fatigar con cien lenguas el oído humano. Si en el breve respiro que esta señora daba a sus oyentes, Pepe Rey quería acercarse a su prima, pegábasele el Penitenciario como el molusco a la roca, y llevándole aparte con ademán misterioso, le proponía un paseo a Mundogrande con el [30] Sr. D. Cayetano o una partida de pesca en las claras aguas del Nahara.

Por fin esto concluyó, porque todo concluye en este mundo. Retiróse el señor deán, dejando la casa vacía, y bien pronto no quedó de la señora alcaldesa más que un eco, semejante al zumbido que recuerda en la humana oreja 70 el reciente paso de una tempestad. El juez privó también a la tertulia de su presencia, y por fin D. Inocencio dió a su sobrino la señal de partida.

[5] --Vamos, niño, vámonos que es tarde--le dijo sonriendo. --¡Cuánto has mareado a la pobre Rosarito!... ¿Verdad, niña? Anda, buena pieza, a casa pronto.

--Es hora de acostarse--dijo doña Perfecta.

--Hora de trabajar--repuso el abogadillo.

[10] --Por más que le digo que despache los negocios de día--añadió el canónigo,--no hace caso.

--¡Son tantos los negocios... pero tantos...!

--No, di más bien que esa endiablada obra en que te has metido... Él no lo quiere decir, Sr. D. José; pero sepa [15] usted que se ha puesto a escribir una obra sobre _La influencia de la mujer en la sociedad cristiana_, y además una _Ojeada sobre el movimiento católico en_... no sé dónde. ¿Qué entiendes tú de _ojeadas_ ni de _influencias_?... Estos rapaces del día se atreven a todo. ¡Uf... qué chicos!... [20] Con que vámonos a casa. Buenas noches, señora doña Perfecta... buenas noches, Sr. D. José... Rosarito....

--Yo esperaré al Sr. D. Cayetano--dijo Jacinto,--para que me dé el _Augusto Nicolás._

--¡Siempre cargando libros... hombre!... A veces [25] entras en casa que pareces un burro. Pues bien, esperemos.

--El Sr. D. Jacinto--dijo Pepe Rey,--no escribe a la ligera y se prepara bien para que sus obras sean un tesoro de erudición.

--Pero ese niño va a enfermar de la cabeza, Sr. D. Inocencio-- [30] objetó doña Perfecta.--Por Dios, mucho cuidado. Yo le pondría tasa en sus lecturas.

--Ya que esperamos--indicó el doctorcillo con notorio acento de presunción,--me llevaré también el tercer tomo de _Concilios_, ¿No le parece a usted, tío?...

--Hombre, sí; no dejes eso de la mano. Pues no 71 faltaba más.

Felizmente llegó pronto el Sr. D. Cayetano (que tertuliaba de ordinario en casa de D. Lorenzo Ruiz), y entregados los [5] libros, marcháronse tío y sobrino.

Rey leyó en el triste semblante de su prima deseo muy vivo de hablarle. Acercóse a ella mientras doña Perfecta y D. Cayetano trataban a solas de un negocio doméstico.

--Has ofendido a mamá--le dijo Rosario.

[10] Sus facciones indicaban una especie de terror.

--Es verdad--repuso el joven.--He ofendido a tu mamá: te he ofendido a ti....

--No; a mí no. Ya se me figuraba a mí que el Niño Jesús no debe gastar calzones.

[15] --Pero espero que una y otra me perdonarán. Tu mamá me ha manifestado hace poco tanta bondad....

La voz de doña Perfecta vibró de súbito en el ámbito del comedor, con tan discorde acento, que el sobrino se estremeció cual si oyese un grito de alarma. La voz dijo [20] imperiosamente:

--¡Rosario, vete a acostar!

Turbada y llena de congoja, la muchacha dió varias vueltas por la habitación, haciendo como que buscaba alguna cosa. Con todo disimulo pronunció al pasar por [25] junto a su primo estas vagas palabras:

--Mamá está enojada....

--Pero....

--Está enojada... no te fíes, no te fíes.

Y se marchó. Siguióla después doña Perfecta, a quien [30] aguardaba el tío Licurgo, y durante un rato, las voces de la señora y del aldeano oyéronse confundidas en familiar conferencia. Quedóse solo Pepe con D. Cayetano, el cual, tomando una luz, habló así:

--Buenas noches, Pepe. No crea usted que voy a dormir, voy a trabajar... ¿Pero por qué está usted tan 72 meditabundo? ¿Qué tiene usted?... Pues, sí, a trabajar. Estoy sacando apuntes para un _Discurso-Memoria_ sobre los _Linajes de Orbajosa_... He encontrado datos y noticias de [5] grandísimo precio. No hay que darle vueltas. En todas las épocas de nuestra historia los orbajosenses se han distinguido por su hidalguía, por su nobleza, por su valor, por su entendimiento. Díganlo si no la conquista de Méjico, las guerras del Emperador, las de Felipe contra herejes... [10] ¿Pero está usted malo? ¿Qué le pasa a usted?... Pues, sí, teólogos eminentes, bravos guerreros, conquistadores, santos, obispos, poetas, políticos, toda suerte de hombres esclarecidos florecieron en esta humilde tierra del ajo... No, no hay en la cristiandad pueblo más ilustre que el [15] nuestro. Sus virtudes y sus glorias llenan toda la historia patria y aun sobra algo... Vamos, veo que lo que usted tiene es sueño: buenas noches... Pues, sí, no cambiaría la gloria de ser hijo de esta noble tierra por todo el oro del mundo. _Augusta_ llamáronla los antiguos, _augustísima_ la [20] llamo yo ahora, porque ahora, como entonces, la hidalguía, la generosidad, el valor, la nobleza, son patrimonio de ella... Con que buenas noches, querido Pepe... se me figura que usted no está bueno. ¿Le ha hecho daño la cena?... Razón tiene Alonzo González de Bustamante [25] en su _Floresta amena_ al decir que los habitantes de Orbajosa bastan por sí solos para dar grandeza y honor a un reino. ¿No lo cree usted así?

--¡Oh! sí, señor, sin duda ninguna--repuso Pepe Rey, dirigiéndose bruscamente a su cuarto.

73 XI

=La discordia crece=

En los días sucesivos Rey hizo conocimiento con varias personas de la población y visitó el Casino, trabando amistades con algunos individuos de los que pasaban la vida en las salas de aquella corporación.

[5] Pero la juventud de Orbajosa no vivía constantemente allí, como podrá suponer la malevolencia. Veíanse por las tardes en la esquina de la catedral y en la plazoleta formada por el cruce de las calles del Condestable y la Tripería, algunos caballeros que gallardamente envueltos en sus capas [10] estaban como de centinela viendo pasar la gente. Si el tiempo era bueno, aquellas eminentes lumbreras de la cultura _urbsaugustense_ se dirigían, siempre con la indispensable capita, al titulado paseo de las Descalzas, el cual se componía de dos hileras de tísicos olmos y algunas retamas descoloridas. [15] Allí la brillante pléyade atisbaba a las niñas de D. Fulano o de D. Perencejo, que también habían ido a paseo, y la tarde se pasaba regularmente. Entrada la noche, el Casino se llenaba de nuevo, y mientras una parte de los socios entregaba su alto entendimiento a las delicias [20] del monte, los otros leían periódicos, y los más discutían en la sala del café sobre asuntos de diversa índole, como política, caballos, toros, o bien sobre chismes locales. El resumen de todos los debates era siempre la supremacía de Orbajosa y de sus habitantes sobre los demás pueblos y [25] gentes de la tierra.

Eran aquellos varones insignes lo más granado de la ilustre ciudad, propietarios ricos los unos, pobrísimos los otros, pero libres de altas aspiraciones todos. Tenían la imperturbable serenidad del mendigo, que nada apetece [30] mientras no le falte un mendrugo para engañar el hambre y el sol para calentarse. Lo que principalmente distinguía a 74 los orbajosenses del Casino era un sentimiento de viva hostilidad hacia todo lo que de fuera viniese. Y siempre que algún forastero de viso se presentaba en las augustas [5] salas, creíanle venido a poner en duda la superioridad de la patria del ajo, o a disputarle por envidia las preeminencias incontrovertibles que Natura le concediera.

Cuando Pepe Rey se presentó, recibiéronle con cierto recelo, y como en el Casino abundaba la gente graciosa, al [10] cuarto de hora de estar allí el nuevo socio, ya se habían dicho acerca de él toda suerte de cuchufletas. Cuando a las reiteradas preguntas de los socios contestó que había venido a Orbajosa con encargo de explorar la cuenca hullera del Nahara y estudiar un camino, todos convinieron en que [15] el Sr. D. José era un fatuo, que quería darse tono inventando criaderos de carbón y vías férreas. Alguno añadió:

--Pero en buena parte se ha metido. Estos señores sabios creen que aquí somos tontos y que se nos engaña con palabrotas... Ha venido a casarse con la niña de [20] doña Perfecta, y cuanto diga de cuencas hulleras es para echar facha.

--Pues esta mañana--indicó otro, que era un comerciante quebrado,--me dijeron en casa de las de Domínguez que ese señor no tiene una peseta, y viene a que su [25] tía le mantenga y a ver si puede pescar a Rosarito.

--Parece que ni es tal ingeniero ni cosa que lo valga--añadió un propietario de olivos, que tenía empeñadas sus fincas por el doble de lo que valían.--Pero ya se ve... Estos hambrientos de Madrid se creen autorizados para [30] engañar a los pobres provincianos, y como creen que aquí andamos con taparrabos, amigo....

--Bien se conoce que tiene hambre.

--Pues entre bromas y veras nos dijo anoche que éramos unos bárbaros holgazanes.

--Que vivíamos como los beduinos, tomando el sol. 75

--Que vivíamos con la imaginación.

--Eso es: que vivíamos con la imaginación.

--Y que esta ciudad era lo mismito que las de Marruecos.

[5] --Hombre, no hay paciencia para oír eso. ¿Dónde habrá visto él (como no sea en París) una calle semejante a la del Condestable, que presenta un frente de siete casas alineadas, todas magníficas, desde la de doña Perfecta a la de Nicolasito Hernández?... Se figuran estos canallas [10] que uno no ha visto nada, ni ha estado en París....

--También dijo con mucha delicadeza que Orbajosa era un pueblo de mendigos, y dió a entender que aquí vivimos en la mayor miseria sin darnos cuenta de ello.

--¡Válgame Dios! si me lo llega a decir a mí, hay un [15] escándalo en el Casino--exclamó el recaudador de contribuciones. --¿Por qué no le dijeron la cantidad de arrobas de aceite que produjo Orbajosa el año pasado? ¿No sabe ese estúpido que en años buenos Orbajosa da pan para toda España y aun para toda Europa? Verdad es que ya llevamos [20] no sé cuántos años de mala cosecha; pero eso no es ley. Pues ¿y la cosecha del ajo? ¿A que no sabe ese señor que los ajos de Orbajosa dejaron bizcos a los señores del Jurado en la Exposición de Londres?

Estos y otros diálogos se oían en las salas del Casino por [25] aquellos días. A pesar de estas hablillas tan comunes en los pueblos pequeños, que por lo mismo que son enanos suelen ser soberbios, Rey no dejó de encontrar amigos sinceros en la docta corporación, pues ni todos eran maldicientes ni faltaban allí personas de buen sentido. Pero [30] tenía nuestro joven la desgracia, si desgracia puede llamarse, de manifestar sus impresiones con inusitada franqueza, y esto le atrajo algunas antipatías.

Iban pasando días. Además del disgusto natural que las costumbres de la sociedad episcopal le producían, diversas causas todas desagradables empezaban a desarrollar en su 76 ánimo honda tristeza, siendo de notar principalmente, entre aquellas causas, la turba de pleiteantes que cual enjambre voraz se arrojó sobre él. No era sólo el tío Licurgo, sino [5] otros muchos colindantes los que le reclamaban daños y perjuicios, o bien le pedían cuentas de tierras administradas por su abuelo. También le presentaron una demanda por no sé qué contrato de aparcería que celebró su madre y no fué al parecer cumplido, y asimismo le exigieron el reconocimiento [10] de una hipoteca sobre las tierras de _Alamillos_, hecha en extraño documento por su tío. Era un hormiguero, una inmunda gusanera de pleitos. Había hecho propósito de renunciar a la propiedad de sus fincas; pero entre tanto su dignidad le obligaba a no ceder ante las [15] marrullerías de los sagaces palurdos; y como el Ayuntamiento le reclamó también por supuesta confusión de su finca con un inmediato monte de Propios, vióse el desgraciado joven en el caso de tener que disipar las dudas que acerca de su derecho surgían a cada paso. Su honra estaba [20] comprometida, y no había otro remedio que pleitear o morir.

Habíale prometido doña Perfecta en su magnanimidad ayudarle a salir de tan torpes líos por medio de un arreglo amistoso; pero pasaban días y los buenos oficios de la ejemplar señora no daban resultado alguno. Crecían los [25] pleitos con la amenazadora presteza de una enfermedad fulminante. Pepe Rey pasaba largas horas del día en el Juzgado dando declaraciones, contestando a preguntas y a repreguntas, y cuando se retiraba a su casa, fatigado y colérico, veía aparecer la afilada y grotesca carátula del [30] escribano, que le traía regular porción de papel sellado lleno de horribles fórmulas... para que fuese estudiando la cuestión.

Se comprende que aquél no era hombre a propósito para sufrir tales reveses, pudiendo evitarlos con la ausencia.

Representábase en su imaginación a la noble ciudad de su 77 madre como una horrible bestia que en él clavaba sus feroces uñas y le bebía la sangre. Para librarse de ella bastábale, según su creencia, la fuga; pero un interés [5] profundo, como interés del corazón, le detenía, atándole a la peña de su martirio con lazos muy fuertes. Sin embargo, llegó a sentirse tan fuera de su centro, llegó a verse tan extranjero, digámoslo así, en aquella tenebrosa ciudad de pleitos, de antiguallas, de envidia y de maledicencia, que [10] hizo propósito de abandonarla sin dilación, insistiendo al mismo tiempo en el proyecto que a ella le condujera. Una mañana, encontrando ocasión a propósito, formuló su plan ante doña Perfecta.

--Sobrino mío--repuso la señora con su acostumbrada [15] dulzura:--no seas arrebatado. Vaya, que pareces de fuego. Lo mismo era tu padre ¡qué hombre! Eres una centella... Ya te he dicho que con muchísimo gusto te llamaré hijo mío. Aunque no tuvieras las buenas cualidades y el talento que te distinguen (salvo los defectillos, que también [20] los hay); aunque no fueras un excelente joven, basta que esta unión haya sido propuesta por tu padre, a quien tanto debemos mi hija y yo, para que la acepte. Rosario no se opondrá tampoco, queriéndolo yo. ¿Qué falta, pues? Nada; no falta nada más que un poco tiempo. No se [25] puede hacer el casamiento con la precipitación que tú deseas, y que daría lugar a interpretaciones quizás desfavorables a la honra de mi querida hija... Vaya, que tú como no piensas más que en máquinas, todo lo quieres hacer al vapor. Espera, hombre, espera... ¿qué prisa tienes? [30] Ese aborrecimiento que le has cogido a nuestra pobre Orbajosa es un capricho. Ya se ve: no puedes vivir sino entre condes y marqueses y oradores y diplomáticos... ¡Quieres casarte y separarme de mi hija para siempre!--añadió enjugándose una lágrima.--Ya que así es, inconsiderado joven, ten al menos la caridad de retardar algún tiempo esa 78 boda que tanto deseas... ¡Qué impaciencia! ¡Qué amor tan fuerte! No creí que una pobre lugareña como mi hija inspirase pasiones tan volcánicas.

[5] No convencieron a Pepe Rey los razonamientos de su tía; pero no quiso contrariarla. Resolvió, pues, esperar cuanto le fuese posible. Una nueva causa de disgustos unióse bien pronto a los que ya amargaban su existencia. Hacía dos semanas que estaba en Orbajosa, y durante este tiempo no [10] había recibido ninguna carta de su padre. No podía achacarse esto a descuidos de la Administración de Correos de Orbajosa, porque siendo el funcionario encargado de aquel servicio amigo y protegido de doña Perfecta, ésta le recomendaba diariamente el mayor cuidado para que las cartas dirigidas [15] a su sobrino no se extraviasen. También iba a la casa el conductor de la correspondencia, llamado Cristóbal Ramos, y por apodo Caballuco, personaje a quien ya conocimos, y a éste solía dirigir doña Perfecta amonestaciones y reprimendas tan enérgicas como la siguiente:

[20] --¡Bonito servicio de correos tenéis!... ¿Cómo es que mi sobrino no ha recibido una sola carta desde que está en Orbajosa?... Cuando la conducción de la correspondencia corre a cargo de semejante tarambana, ¡cómo han de andar las cosas! Yo le hablaré al señor Gobernador de [25] la provincia para que mire bien qué clase de gente pone en la Administración.

Caballuco, alzando los hombros, miraba a Rey con expresión de la más completa indiferencia.

Un día entró con un pliego en la mano.

[30] --¡Gracias a Dios!--dijo doña Perfecta a su sobrino.--Ahí tienes cartas de tu padre. Regocíjate, hombre. Buen susto nos hemos llevado por la pereza de mi señor hermano en escribir... ¿Qué dice? está bueno sin duda--añadió al ver que Pepe Rey abría el pliego con febril impaciencia.

El ingeniero se puso pálido al recorrer las primeras 79 líneas.

--¡Jesús, Pepe... qué tienes!--exclamó la señora, levantándose con _zozobra_.--¿Está malo tu papá?

[5] --Esta carta no es de mi padre--repuso Pepe, revelando en su semblante la mayor consternación.

--¿Pues qué es eso?...

--Una orden del Ministerio de Fomento, en que se me releva del cargo que me confiaron....

[10] --¡Cómo... es posible!

--Una destitución pura y simple, redactada en términos muy poco lisonjeros para mí.

--¿Hase visto mayor picardía?--exclamó la señora, volviendo de su estupor.

[15] --¡Qué humillación!--murmuró el joven.--Es la primera vez en mi vida que recibo un desaire semejante.

--¡Pero ese Gobierno no tiene perdón de Dios! ¡Desairarte a ti! ¿Quieres que yo escriba a Madrid? Tengo allá muy buenas relaciones y podré conseguir que el Gobierno [20] repare esa falta brutal y te dé una satisfacción.

--Gracias, señora, no quiero recomendaciones--replicó el joven con displicencia.

--¡Es que se ven unas injusticias; unos atropellos! ...Destituir así a un joven de tanto mérito, a una eminencia [25] científica.... Vamos; si no puedo contener la cólera.

--Yo averiguaré--dijo Pepe, con la mayor energía,--quién se ocupa en hacerme daño....

--Ese señor ministro.... Pero de estos politiquejos [30] infames ¿qué se puede esperar?

--Aquí hay alguien que se ha propuesto hacerme morir de desesperación--afirmó el joven visiblemente alterado.--Esto no es obra del ministro, ésta y otras contrariedades que experimento son resultado de un plan de venganza, de un cálculo desconocido, de una enemistad irreconciliable, y 80 este plan, este cálculo, esta enemistad, no lo dude usted, querida tía, están aquí, en Orbajosa.

--Tú te has vuelto loco--replicó doña Perfecta, demostrando [5] un sentimiento semejante a la compasión.--¿Que tienes enemigos en Orbajosa? ¿Que alguien quiere vengarse de ti? Vamos, Pepillo, tú has perdido el juicio. Las lecturas de esos libros en que se dice que tenemos por abuelos a los monos o a las cotorras, te han trastornado la [10] cabeza.

Sonrió con dulzura al decir la última frase, y después, tomando un tono de familiar y cariñosa amonestación, añadió:

--Hijo mío, los habitantes de Orbajosa seremos palurdos [15] y toscos labriegos sin instrucción, sin finura, ni buen tono; pero a lealtad y buena fe no nos gana nadie, nadie, pero nadie.

--No crea usted--dijo el joven,--que acuso a las personas de esta casa. Pero sostengo que en la ciudad está [20] mi implacable y fiero enemigo.

--Deseo que me enseñes ese traidor de melodrama--repuso la señora, sonriendo de nuevo.--Supongo que no acusarás al tío Licurgo ni a los demás que te han puesto pleito, porque los pobrecitos creen defender su derecho. [25] Y entre paréntesis, no les falta razón en el caso presente. Además, el tío Lucas te quiere mucho. Así mismo me lo ha dicho. Desde que te conoció, dice que le entraste por el ojo derecho, y el pobre viejo te ha puesto un cariño....

--¡Sí... profundo cariño!--murmuró Pepe.

[30] --No seas tonto--añadió la señora, poniéndole la mano en el hombro y mirándole de cerca.--No pienses disparates, y convéncete de que tu enemigo, si existe, está en Madrid, en aquel centro de corrupción, de envidia y rivalidades, no en este pacífico y sosegado rincón, donde todo es buena voluntad y concordia... Sin duda algún envidioso de tu 81 mérito... Te advierto una cosa, y es, que si quieres ir allá para averiguar la causa de este desaire y pedir explicaciones al gobierno, no dejes de hacerlo por nosotras.

[5] Pepe Rey fijó los ojos en el semblante de su tía, cual si quisiera escudriñarla hasta en lo más escondido de su alma.

--Digo que si quieres ir, no dejes de hacerlo--repitió la señora con calma admirable, confundiéndose en la expresión de su semblante la naturalidad con la honradez [10] más pura.

--No, señora. No pienso ir allá.

--Mejor; ésa es también mi opinión. Aquí estás más tranquilo, a pesar de las cavilaciones con que te estás atormentando. ¡Pobre Pepillo! Tu entendimiento, tu descomunal [15] entendimiento, es la causa de tu desgracia. Nosotros, los de Orbajosa, pobres aldeanos rústicos, vivimos felices en nuestra ignorancia. Yo siento mucho que no estés contento. ¿Pero es culpa mía que te aburras y desesperes sin motivo? ¿No te trato como a un hijo? ¿No te [20] he recibido como la esperanza de mi casa? ¿Puedo hacer más por ti? Si a pesar de eso, no nos quieres, si nos muestras tanto despego, si te burlas de nuestra religiosidad, si haces desprecios a nuestros amigos, ¿es acaso porque no te tratemos bien?

[25] Los ojos de doña Perfecta se humedecieron.

--Querida tía--dijo Rey, sintiendo que se disipaba su encono.--También yo he cometido algunas faltas desde que soy huésped de esta casa.

--No seas tonto... ¡Qué faltas ni faltas! Entre [30] personas de la misma familia, todo se perdona.

--Pero Rosario ¿dónde está?--preguntó el joven levantándose.-- ¿Tampoco la veré hoy?

--Está mejor. ¿Sabes que no ha querido bajar?

--Subiré yo.

--Hombre, no. Esa niña tiene unas terquedades... Hoy 82 se ha empeñado en no salir de su cuarto. Se ha encerrado por dentro.

--¡Qué rareza!

[5] --Se le pasará. Seguramente se le pasará. Veremos si esta noche le quitamos de la cabeza sus ideas melancólicas. Organizaremos una tertulia que le divierta. ¿Por qué no te vas a casa del Sr. D. Inocencio y le dices que venga por acá esta noche y que traiga a Jacintillo?

[10] --¡A Jacintillo!

--Sí, cuando a Rosario le dan estos accesos de melancolía, ese jovencito es el único que la distrae...

--Pero yo subiré...

--Hombre, no.

[15] --Cuidado que hay etiqueta en esta casa.

--Tú te estás burlando de nosotros. Haz lo que te digo.

--Pues quiero verla.

--Pues no. ¡Qué mal conoces a la niña!