Part 9
[10] El ingeniero sintió que la sangre se agolpaba en su cerebro. Sin decir una palabra obedeció. Arrojado de todas partes por fuerza superior o por su propio hastío, no tenía más recurso que ir a casa de su tía, donde le esperaban:
1.° El tío Licurgo, para anunciarle un segundo pleito. [15] 2.° El Sr. D. Cayetano, para leerle un nuevo trozo de su discurso sobre los linajes de Orbajosa. 3.° Caballuco, para un asunto que no había manifestado. 4.° Doña Perfecta y su sonrisa bondadosa, para lo que se verá en el capítulo siguiente.
XIV
=La discordia sigue creciendo=
[20] Una nueva tentativa de ver a su prima Rosario fracasó al caer de la tarde. Pepe Rey se encerró en su cuarto para escribir varias cartas, y no podía apartar de su mente una idea fija.
--Esta noche o mañana--decía,--se acabará esto de [25] una manera o de otra.
Cuando le llamaron para la cena, doña Perfecta se dirigió a él en el comedor, diciéndole de buenas a primeras:
--Querido Pepe, no te apures, yo aplacaré al Sr. D. Inocencio... Ya estoy enterada. María Remedios, que [30] acaba de salir de aquí, me lo ha contado todo.
El semblante de la señora irradiaba satisfacción, semejante 98 a la de un artista orgulloso de su obra.
--¿Qué?
--Yo te disculparé, hombre. Tomarías algunas copas [5] en el Casino, ¿no es esto? He aquí el resultado de las malas compañías. ¡D. Juan Tafetán, las Troyas!... Esto es horrible, espantoso. ¿Has meditado bien?...
--Todo lo he meditado, señora--repuso Pepe, decidido a no entrar en discusiones con su tía.
[10] --Me guardaré muy bien de escribirle a tu padre lo que has hecho.
--Puede usted escribirle lo que guste.
--Vamos: te defenderás desmintiéndome.
--Yo no desmiento.
[15] --Luégo confiesas que estuviste en casa de esas....
--Estuve.
--Y que les diste media onza, porque, según me ha dicho María Remedios, esta tarde bajó Florentina a la tienda del extremeño a que le cambiaran media onza. Ellas no podían [20] haberla ganado con su costura. Tú estuviste hoy en casa de ellas; luégo....
--Luégo yo se la di. Perfectamente.
--¿No lo niegas?
--¡Qué he de negarlo! Creo que puedo hacer de mi [25] dinero lo que mejor me convenga.
--Pero de seguro sostendrás que no apedreaste al señor Penitenciario.
--Yo no apedreo.
--Quiero decir que ellas en presencia tuya....
[30] --Eso es otra cosa.
--E insultaron a la pobre María Remedios.
--Tampoco lo niego.
--¿Y cómo justificarás tu conducta? Pepe... por Dios.--No dices nada; no te arrepientes, no protestas... no....
--Nada, absolutamente nada, señora. 99
--Ni siquiera procuras desagraviarme.
--Yo no he agraviado a usted....
--- Vamos, ya no te falta más que... Hombre, coge [5] ese palo y pégame.
--Yo no pego.
--¡Qué falta de respeto! ¡qué!... ¿No cenas?
--Cenaré.
Hubo una pausa de más de un cuarto de hora. D. Cayetano, [10] doña Perfecta y Pepe Rey comían en silencio. Éste se interrumpió cuando D. Inocencio entró en el comedor.
--¡Cuánto lo he sentido, Sr. D. José de mi alma!... Créame usted que lo he sentido de veras--dijo estrechando la mano al joven y mirándole con expresión de lástima.
[15] El ingeniero no supo qué contestar; tanta era su confusión.
--Me refiero al suceso de esta tarde.
--¡Ah!... ya.
--A la expulsión de usted del sagrado recinto de la [20] iglesia catedral.
--El señor obispo--dijo Pepe Rey,--debía pensarlo mucho antes de arrojar a un cristiano de la iglesia.
--Y es verdad, yo no sé quién le ha metido en la cabeza a Su Ilustrísima que usted es hombre de malísimas costumbres; [25] yo no sé quién le ha dicho que usted hace alarde de ateísmo en todas partes; que se burla de las cosas y personas sagradas, y aun que proyecta derribar la catedral para edificar con sus piedras una gran fábrica de alquitrán. Yo he procurado disuadirle; pero Su Ilustrísima es un poco [30] terco.
--Gracias por tanta bondad.
--Y eso que el señor Penitenciario no tiene motivos para guardarte tales consideraciones. Por poco más le dejan en el sitio esta tarde.
--¡Bah!... ¿pues qué?--dijo el sacerdote riendo.--¿Ya 100 se tiene aquí noticia de la travesurilla?... Apuesto a que María Remedios vino con el cuento. Pues se lo prohibí, se lo prohibí de un modo terminante. La cosa en [5] sí no vale la pena, ¿no es verdad, Sr. de Rey?
--Puesto que usted lo juzga así....
--Ése es mi parecer. Cosas de muchachos... La juventud, digan lo que quieran los modernos, se inclina al vicio y a las acciones viciosas. El Sr. D. José, que es una persona de grandes prendas, no podía ser perfecto... ¿qué tiene de particular que esas graciosas niñas le sedujeran, y después de sacarle el dinero le hicieran cómplice de sus desvergonzados y criminales insultos a la vecindad? Querido amigo mío, por la dolorosa parte que me cupo en [15] los juegos de esta tarde--añadió, llevándose la mano a la región lastimada,--no me doy por ofendido, ni siquiera mortificaré a usted con recuerdos de tan desagradable incidente. He sentido verdadera pena al saber que María Remedios había venido a contarlo todo... Es tan chismosa [20] mi sobrina... Apostamos a que también contó lo de la media onza, y los retozos de usted con las niñas en el tejado, y las carreras y pellizcos, y el bailoteo de D. Juan Tafetán... ¡Bah! estas cosas debieran quedarse en secreto.
[25] Pepe Rey no sabía lo que le mortificaba más, si la severidad de su tía o las hipócritas condescendencias del canónigo.
--¿Por qué no se han de decir?--indicó la señora.--Él mismo no parece avergonzado de su conducta. Sépanlo [30] todos. Únicamente se guardará secreto de esto a mi querida hija, porque en su estado nervioso son temibles los accesos de cólera.
--Vamos, que no es para tanto, señora--añadió el Penitenciario.--Mi opinión es que no se vuelva a hablar del asunto, y cuando esto lo dice el que recibió la pedrada, los 101 demás pueden darse por satisfechos... Y no fué broma lo del trastazo, Sr. D. José, pues creí que me abrían un boquete en el casco y que se me salían por él los sesos....
[5] --¡Cuánto siento este incidente!...--balbució Pepe Rey.--Me causa verdadera pena, a pesar de no haber tomado parte....
--La visita de usted a esas señoras Troyas llamará la atención en el pueblo--dijo el canónigo.--Aquí no estamos [10] en Madrid, señores, aquí no estamos en ese centro de corrupción, de escándalo....
--Allá puedes visitar los lugares más inmundos--manifestó doña Perfecta,--sin que nadie lo sepa.
--Aquí nos miramos mucho--prosiguió D. Inocencio.--Reparamos [15] todo lo que hacen los vecinos, y con tal sistema de vigilancia, la moral pública se sostiene a conveniente altura... Créame usted, amigo mío, créame usted, y no digo esto por mortificarle; usted ha sido el primer caballero de su posición que a la luz del día... el primero, sí señor [20] ... _Trojae qui primus ab oris_.
Después se echó a reír, dando algunas palmadas en la espalda al ingeniero en señal de amistad y benevolencia.
--¡Cuán grato es para mí--dijo el joven, encubriendo su cólera con las palabras que creyó más propias para contestar [25] a la solapada ironía de sus interlocutores,--ver tanta generosidad y tolerancia, cuando yo merecía por mi criminal proceder!....
--¿Pues qué? A un individuo que es de nuestra propia sangre y que lleva nuestro mismo nombre--dijo doña Perfecta,--¿se [30] le puede tratar como a un cualquiera? Eres mi sobrino, eres hijo del mejor y más santo de los hombres, mi querido hermano Juan, y esto basta. Ayer tarde estuvo aquí el secretario del señor obispo, a manifestarme que Su Ilustrísima está muy disgustado porque te tengo en mi casa.
--¿También eso?--murmuró el canónigo. 102
--También eso. Yo dije que, salvo el respeto que el señor obispo me merece y lo mucho que le quiero y reverencio, mi sobrino es mi sobrino, y no puedo echarle de mi [5] casa.
--Es una nueva singularidad que encuentro en este país--dijo Pepe Rey, pálido de ira.--Por lo visto, aquí el obispo gobierna las casas ajenas.
--Él es un bendito. Me quiere tanto, que se le figura [10] ... se le figura que nos vas a comunicar tu ateísmo, tu despreocupación, tus raras ideas... Yo le he dicho repetidas veces que tienes un fondo excelente.
--Al talento superior debe siempre concedérsele algo--manifestó D. Inocencio.
[15] --Y esta mañana, cuando estuve en casa de las de Cirujeda, ¡ay! tú no puedes figurarte cómo me pusieron la cabeza... Que si habías venido a derribar la catedral; que si eras comisionado de los protestantes ingleses para ir predicando la herejía por España; que pasabas la noche [20] entera jugando en el Casino; que salías borracho... "Pero señoras--les dije,--¿quieren ustedes que yo envíe a mi sobrino a la posada?" Además, en lo de las embriagueces no tienen razón, y en cuanto al juego, no sé que jugaras hasta hoy.
[25] Pepe Rey se hallaba en esa situación de ánimo en que el hombre más prudente siente dentro de sí violentos ardores y una fuerza ciega y brutal que tiende a estrangular, abofetear, romper cráneos y machacar huesos. Pero doña Perfecta era señora y además su tía, D. Inocencio era [30] anciano y sacerdote. Además de esto las violencias de obra son de mal gusto e impropias de personas cristianas y bien educadas. Quedaba el recurso de dar libertad a su comprimido encono por medio de la palabra manifestada decorosamente y sin faltarse a sí mismo; pero aun le pareció prematuro este postrer recurso, que no debía emplear, 103 según su juicio, hasta el instante de salir definitivamente de aquella casa y de Orbajosa. Resistiendo, pues, el furibundo ataque, aguardó.
[5] Jacinto llegó cuando la cena concluía.
--Buenas noches, Sr. D. José...--dijo, estrechando la mano del joven.--Usted y sus amigas no me han dejado trabajar esta tarde. No he podido escribir una línea.¡Y tenía que hacer!...
[10] --¡Cuánto lo siento, Jacinto! Pues, según me dijeron, usted las acompaña algunas veces en sus juegos y retozos.
--¡Yo!--exclamó el rapaz, poniéndose como la grana.--¡Bah! bien sabe usted que Tafetán no dice nunca palabra de verdad... ¿Pero es cierto, Sr. de Rey, que se [15] marcha usted?
--¿Lo dicen por ahí?...
--Sí; lo he oído en el Casino, en casa de D. Lorenzo Ruiz.
Rey contempló durante un rato las frescas facciones de [20] _D. Nominavito_. Después dijo:
--Pues no es cierto. Mi tía está muy contenta de mí; desprecia las calumnias con que me están obsequiando los orbajosenses... y no me arrojará de su casa, aunque en ello se empeñe el señor obispo.
[25] --Lo que es arrojarte... jamás. ¡Qué diría tu padre!...
--A pesar de sus bondades, queridísima tía, a pesar de la amistad cordial del señor canónigo, quizás decida yo marcharme....
[30] --¡Marcharte!
--¡Marcharse usted!
En los ojos de doña Perfecta brilló una luz singular. El canónigo, a pesar de ser hombre muy experto en el disimulo, no pudo ocultar su júbilo.
--Sí; y tal vez esta misma noche.... 104
--¡Pero hombre, qué arrebatado eres!... ¿Por qué no esperas siquiera a mañana temprano?... A ver... Juan, que vayan a llamar al tío Licurgo para que prepare [5] la jaca.... Supongo que llevarás algún fiambre.... ¡Nicolasa!... ese pedazo de ternera que está en el aparador.... Librada, la ropa del señorito....
--No, no puedo creer que usted tome determinación tan brusca--dijo D. Cayetano, creyéndose obligado a tomar [10] alguna parte en aquella cuestión.
--¿Pero volverá usted... no es eso?--preguntó el canónigo.
--¿A qué hora pasa el tren de la mañana?--preguntó doña Perfecta, por cuyos ojos claramente asomaba la febril [15] impaciencia de su altura.
--Sí, me marcho esta misma noche.
--Pero hombre, si no hay luna.
En el alma de doña Perfecta, en el alma del Penitenciario, en la juvenil alma del doctorcillo retumbaron como una [20] armonía celeste estas palabras: "esta misma noche."
--Por supuesto, querido Pepe, tú volverás.... Yo he escrito hoy a tu padre, a tu excelente padre....--exclamó doña Perfecta, con todos los síntomas fisiognómicos que aparecen cuando se va a derramar una lágrima.
[25] --Molestaré a usted con algunos encargos--manifestó el sabio.
--Buena ocasión para pedir el cuaderno que me falta de la obra del abate Gaume--indicó el abogadejo.
--Vamos, Pepe, que tienes unos arrebatos y unas salidas--murmuró [30] la señora sonriendo, con la vista fija en la puerta del comedor.--Pero se me olvidaba decirte que Caballuco está esperando para hablarte.
105
XV
=Sigue creciendo, hasta que se declara la guerra=
Todos miraron hacia la puerta, donde apareció la imponente figura del Centauro, serio, cejijunto, confuso al querer saludar con amabilidad, hermosamente salvaje, pero desfigurado por la violencia que hacía para sonreír urbanamente [5] y pisar quedo y tener en correcta postura los hercúleos brazos.
--Adelante, Sr. Ramos--dijo Pepe Rey.
--Pero no--objetó doña Perfecta.--Si es una tontería lo que tiene que decirte.
[10] --Que lo diga.
--Yo no debo consentir que en mi casa se ventilen estas cuestiones ridículas....
--¿Qué quiere de mí el Sr. Ramos?
Caballuco pronunció algunas palabras.
[15] --Basta, basta... exclamó doña Perfecta, riendo.--No molestes más a mi sobrino. Pepe, no hagas caso de ese majadero.... ¿Quieren ustedes que les diga en qué consiste el enojo del gran Caballuco?
--¿Enojo? Ya me lo figuro--indicó el Penitenciario, [20] recostándose en el sillón y riendo expansivamente y con estrépito.
--Yo quería decirle al Sr. D. José....--gruñó el formidable ginete.
--Hombre, calla por Dios, no nos aporrees los oídos.
[25] --Sr. Caballuco--dijo el canónigo,--no es mucho que los señores de la Corte desbanquen a los rudos caballistas de estas salvajes tierras....
--En dos palabras, Pepe, la cuestión es esta. Caballuco es no sé qué....
[30] La risa le impidió continuar.
--No sé qué--añadió D. Inocencio,--de una de las 106 niñas de Troya, de Mariquita Juana, si no estoy equivocado.
--¡Y está celoso! Después de su caballo, lo primero de la Creación es Mariquilla Troya.
[5] --¡Bonito apunte!--exclamó la señora.--¡Pobre Cristóbal! ¿Has creído que una persona como mi sobrino?... Vamos a ver, ¿qué ibas a decirle? Habla.
--Ya hablaremos el Sr. D. José y yo--repuso bruscamente el bravo de la localidad.
[10] Y sin decir más se retiró.
Poco después Pepe Rey salió del comedor para ir a su cuarto. En la galería hallóse frente a frente con su troyano antagonista, y no pudo reprimir la risa al ver la torva seriedad del ofendido cortejo.
[15] --Una palabra--dijo éste plantándose descaradamente ante el ingeniero.--¿Usted sabe quién soy yo?
Diciendo esto puso la pesada mano en el hombro del joven con tan insolente franqueza, que éste no pudo menos de rechazarle enérgicamente.
[20] --No es preciso aplastar para eso.
El valentón, ligeramente desconcertado, se repuso al instante, y mirando a Rey con audacia provocativa, repitió su estribillo.
--¿Sabe usted quién soy yo?
[25] --Sí: ya sé que es usted un animal.
Apartóle bruscamente hacia un lado y entró en su cuarto. Según el estado del cerebro de nuestro desgraciado amigo en aquel instante, sus acciones debían sintetizarse en el siguiente brevísimo y definitivo plan: romperle la cabeza a [30] Caballuco sin pérdida de tiempo; despedirse en seguida de su tía con razones severas, aunque corteses, que le llegaran al alma; dar un frío adiós al canónigo y un abrazo al inofensivo D. Cayetano; administrar, por fin de fiesta, una paliza al tío Licurgo; partir de Orbajosa aquella misma noche y sacudirse el polvo de los zapatos a la salida de la 107 ciudad.
Pero los pensamientos del perseguido joven no podían apartarse, en medio de tantas amarguras, de otro [5] desgraciado ser a quien suponía en situación más aflictiva y angustiosa que la suya propia. Tras el ingeniero entró en la estancia una criada.
--¿Le diste mi recado?--preguntó él.
--Sí, señor, y me dió esto.
[10] Rey tomó de las manos de la muchacha un pedacito de periódico, en cuyo margen leyó estas palabras: "Dicen que te vas. Yo me muero."
Cuando volvió al comedor, el tío Licurgo se asomaba a la puerta preguntando:
[15] --¿A qué hora hace falta la jaca?
--A ninguna--contestó vivamente Rey.
--¿Luégo no te vas esta noche?--dijo doña Perfecta.--Mejor es que lo dejes para mañana.
--Tampoco.
[20] --¿Pues cuándo?
--Ya veremos--dijo fríamente el joven mirando a su tía con imperturbable calma.--Por ahora no pienso marcharme.
Sus ojos lanzaban enérgico reto.
[25] Doña Perfecta se puso primero encendida, pálida después. Miró al canónigo que se había quitado las gafas de oro para limpiarlas, y luego clavó sucesivamente la vista en los demás que ocupaban la estancia, incluso Caballuco que, entrando poco antes, se sentara en el borde de una silla. [30] Doña Perfecta les miró como mira un general a sus queridos cuerpos de ejército. Después examinó el semblante meditabundo y sereno de su sobrino, de aquel estratégico enemigo que se presentaba de improviso cuando se le creía en vergonzosa fuga.
¡Ay! ¡Sangre, ruina y desolación!... Una gran 108 batalla se preparaba.
XVI
=Noche=
Orbajosa dormía. Los mustios farolillos del público alumbrado despedían en encrucijadas y callejones su postrer [5] fulgor como cansados ojos que no pueden vencer el sueño. A su débil luz se escurrían envueltos en sus capas los vagabundos, los rondadores, los jugadores. Sólo el graznar del borracho o el canto del enamorado turbaban la callada paz de la ciudad histórica. De pronto el _Ave María Purísima_ [10] de vinoso sereno sonaba como un quejido enfermizo del durmiente poblachón.
En la casa de doña Perfecta también había silencio. Turbábalo tan sólo un diálogo que en la biblioteca del Sr. D. Cayetano sostenían éste y Pepe Rey. Sentábase el [15] erudito reposadamente en el sillón de su mesa de estudio, la cual aparecía cubierta por diversas suertes de papeles, conteniendo notas, apuntes y referencias, sin que el más pequeño desorden las confundiese, a pesar de su mucha diversidad y abundancia. Rey fijaba los ojos en el copioso [20] montón de papeles; pero sus pensamientos volaban sin duda en regiones muy distantes de aquella sabiduría.
--Perfecta--dijo el anticuario,--aunque es una mujer excelente, tiene el defecto de escandalizarse por cualquier acción frívola e insignificante. Amigo, en estos pueblos de [25] provincia el menor desliz se paga caro. Nada encuentro de particular en que usted fuese a casa de las Troyas. Se me figura que D. Inocencio, bajo su capita de hombre de bien, es algo cizañoso. ¿A él qué le importa?...
--Hemos llegado a un punto, Sr. D. Cayetano, en que [30] es preciso tomar una determinación enérgica. Yo necesito ver y hablar a Rosario.
--Pues véala usted. 109
--Es que no me dejan--respondió el ingeniero dando un puñetazo en la mesa.--Rosario está secuestrada....
--¡Secuestrada!--exclamó el sabio con incredulidad.--La [5] verdad es que no me gusta su cara, ni su aspecto, ni menos el estupor que se pinta en sus bellos ojos. Está triste, habla poco, llora.... Amigo D. José, me temo mucho que esa niña se vea atacada de la terrible enfermedad que ha hecho tantas víctimas en los individuos de mi [10] familia.
--¡Una terrible enfermedad! ¿Cuál?
--La locura... mejor dicho, manías. En mi familia no ha habido uno solo que se librara de ellas. Yo, yo soy el único que he logrado escapar.
[15] --¡Usted!... Dejando a un lado las manías--dijo Rey con impaciencia,--yo quiero ver a Rosario.
--Nada más natural. Pero el aislamiento en que su madre la tiene es un sistema higiénico, querido Pepe, el único sistema que se ha empleado con éxito en todos los [20] individuos de mi familia. Considere usted que la persona cuya presencia y voz debe de hacer más impresión en el delicado sistema nervioso de Rosarillo, es el elegido de su corazón.
--A pesar de todo--insistió Pepe,--yo quiero verla.
[25] --Quizás Perfecta no se oponga a ello--dijo el sabio fijando la atención en sus notas y papeles.--No quiero meterme en camisa de once varas.
El ingeniero, viendo que no podía sacar partido del buen Polentinos, se retiró para marcharse.
[30] --Usted va a trabajar, y no quiero estorbarle.
--No; aún tengo tiempo. Vea usted el cúmulo de preciosos datos que he reunido hoy. Atienda usted.... "En 1537 un vecino de Orbajosa, llamado Bartolomé del Hoyo, fué a Civita-Vecchia en las galeras del Marqués de Castel Rodrigo." Otra. "En el mismo año dos hermanos, hijos 110 también de Orbajosa y llamados Juan y Rodrigo González del Arco, se embarcaron en los seis navíos que salieron de Maestrique el 20 de Febrero y que a la altura de Calais [5] toparon con un navío inglés y los flamencos que mandaba Van-Owen...." En fin, fué aquello una importante hazaña de nuestra marina. He descubierto que un orbajosense, un tal Mateo Díaz Coronel, alférez de la Guardia, fué el que escribió en 1709 y dió a la estampa en Valencia el [10] _Métrico encomio, fúnebre canto, lírico elogio, descripción numérica, gloriosas fatigas, angustiadas glorias de la Reina de los Ángeles._ Poseo un preciosísimo ejemplar de esta obra, que vale un Perú.... Otro orbajosense es autor de aquel famoso _Tractado de las diversas suertes de la Gineta_, que [15] enseñé a usted ayer, y, en resumen, no doy un paso por el laberinto de la historia inédita sin tropezar con algún paisano ilustre. Yo pienso sacar todos esos nombres de la injusta obscuridad y olvido en que yacen. ¡Qué goce tan puro, querido Pepe, es devolver todo su lustre a las glorias, [20] ora épicas, ora literarias del país en que hemos nacido! Ni qué mejor empleo puede dar un hombre al escaso entendimiento que del cielo recibiera, a la fortuna heredada y al tiempo breve con que puede contar en el mundo la más dilatada existencia.... Gracias a mí, se verá que Orbajosa [25] es ilustre cuna del genio español. Pero ¿qué digo? ¿No se conoce bien su prosapia ilustre en la nobleza, en la hidalguía de la actual generación _urbsaugustana_? Pocas localidades conocemos en que crezcan con más lozanía las plantas y arbustos de todas las virtudes, libres de la maléfica [30] hierba de los vicios. Aquí todo es paz, mutuo respeto, humildad cristiana. La caridad se practica aquí como en los tiempos evangélicos; aquí no se conoce la envidia; aquí no se conocen las pasiones criminales, y si oye usted hablar de ladrones y asesinos, tenga por seguro que no son hijos de esta noble tierra, o que pertenecen al número de 111 los infelices pervertidos por las predicaciones demagógicas. Aquí verá usted el carácter nacional en toda su pureza, recto, hidalgo, incorruptible, puro, sencillo, patriarcal, [5] hospitalario, generoso.... Por eso gusto tanto vivir en esta pacífica soledad, lejos del laberinto de las ciudades, donde reinan ¡ay! la falsedad y el vicio. Por eso no han podido sacarme de aquí los muchos amigos que tengo en Madrid; por eso vivo en la dulce compañía de mis leales paisanos y [10] de mis libros, respirando sin cesar esta salutífera atmósfera de honradez, que se va poco a poco reduciendo en nuestra España, y sólo existe en las humildes y cristianas ciudades que con las emanaciones de sus virtudes saben conservarla. Y no crea usted, este sosegado aislamiento ha contribuído [15] mucho, queridísimo Pepe, a librarme de la terrible enfermedad connaturalizada en mi familia. En mi juventud yo, lo mismo que mis hermanos y padre, padecía lamentable propensión a las más absurdas manías; pero aquí me tiene usted tan pasmosamente curado, que no conozco tal enfermedad [20] sino cuando la veo en los demás. Por eso mi sobrinilla me tiene tan inquieto.
--Celebro que los aires de Orbajosa le hayan preservado a usted--dijo Rey, no pudiendo reprimir un sentimiento de burlas que por ley extraña nació en medio de su tristeza.--A [25] mí me han probado tan mal, que creo he de ser maniático dentro de poco tiempo si sigo aquí. Con que buenas noches, y que trabaje usted mucho.
--Buenas noches.