Chapter 11 of 32 · 3995 words · ~20 min read

Part 11

Y ya que se ha dicho esto tan importante, bueno será añadir que los batallones enviados allá en los mismos días de la historia que referimos, no iban a pasearse por las 126 calles, pues que llevaban un objeto que clara y detalladamente se verá más adelante. Como dato de no escaso interés, apuntaremos que lo que aquí se va contando ocurrió [5] en un año que no está muy cerca del presente, ni tampoco muy lejos, así como también se puede decir que Orbajosa (entre los romanos _urbs augusta_, si bien algunos eruditos modernos examinando el _ajosa_, opinan que este rabillo lo tiene por ser patria de los mejores ajos del mundo), no está [10] muy lejos ni tampoco muy cerca de Madrid, no debiendo tampoco asegurarse que enclave sus gloriosos cimientos al Norte ni al Sur, ni al Este ni al Oeste, sino que es posible esté en todas partes, y por do quiera que los españoles revuelvan sus ojos y sientan el picar de sus ajos.

[15] Repartidas por el municipio las cédulas de alojamiento, cada cual se fué en busca de su hogar prestado. Les recibían de muy mal talante, dándoles acomodo en los lugares más atrozmente inhabitables de las casas. Las muchachas del pueblo no eran en verdad las más descontentas; pero [20] se ejercía sobre ellas una gran vigilancia, y no era decente mostrar alegría por la visita de tal canalla. Los pocos soldados hijos de la comarca eran los únicos que estaban a cuerpo de rey. Los demás eran considerados como extranjeros.

[25] A las ocho de la mañana un teniente coronel de caballería entró con su cédula en casa de doña Perfecta Polentinos. Recibiéronle los criados, por encargo de su señora, que hallándose en deplorable situación de ánimo, no quiso bajar al encuentro del soldadote, y señaláronle para vivienda [30] la única habitación al parecer disponible de la casa, el cuarto que ocupaba Pepe Rey.

--Que se acomoden como puedan--dijo doña Perfecta con expresión de hiel y vinagre.--Y si no caben que se vayan a la calle.

¿Era su intención molestar de este modo al infame 127 sobrino, o realmente no había en el edificio otra pieza disponible? No lo sabemos, ni las crónicas de donde esta verídica historia ha salido dicen una palabra acerca de tan [5] importante cuestión. Lo que sabemos de un modo incontrovertible es que lejos de mortificar a los dos huéspedes que les embaularan juntos, causóles sumo gusto por ser amigos antiguos. Grande y alegre sorpresa tuvieron uno y [10] y lanzar exclamaciones, ponderando la extraña casualidad que los unía en tal sitio y ocasión.

--Pinzón... ¡tú por aquí!... ¿Pero qué es esto? No sospechaba que estuvieras tan cerca...

--Yo oí decir que andabas por estas tierras, Pepe Rey; [15] pero tampoco creí encontrarte en la horrible, en la salvaje Orbajosa.

--¡Pero qué casualidad feliz!... porque esta casualidad es felicísima, providencial... Pinzón, entre tú y yo vamos a hacer algo grande en este poblacho.

[20] --Y tendremos tiempo de meditarlo--repuso el otro sentándose en el lecho donde el ingeniero estaba acostado,--porque según parece viviremos los dos en esta pieza. ¿Qué demonios de casa es ésta?

--Hombre, la de mi tía. Habla con más respeto. ¿No [25] conoces a mi tía?... Pero voy a levantarme.

--Me alegro, porque con eso me acostaré yo, que bastante lo necesito... ¡Qué camino, amigo Pepe, qué camino y qué pueblo!

--Dime, ¿venís a pegar fuego a Orbajosa?

[30] --¡Fuego!

--Dígolo porque yo tal vez os ayudaría.

--¡Qué pueblo! ¡pero qué pueblo!--exclamó el militar tirando el chacó, poniendo a un lado espada y tahalí, cartera de viaje y capote.--Es la segunda vez que nos mandan aquí. Te juro que a la tercera pido la licencia 128 absoluta.

--No hables mal de esta buena gente. ¡Pero qué a tiempo has venido! Parece que te manda Dios en mi [5] ayuda, Pinzón... Tengo un proyecto terrible, una aventura, si quieres llamarla así, un plan, amigo mío... y me hubiera sido muy difícil salir adelante sin ti. Hace un momento me volvía loco cavilando y dije lleno de ansiedad: "Si yo tuviera aquí un amigo, un buen amigo"... [10] --Proyecto, plan, aventura... Una de dos, señor matemático, o es dar la dirección a los globos o algo de amores...

--Es formal, muy formal. Acuéstate, duerme un poco y después hablaremos.

[15] --Me acostaré, pero no dormiré. Puedes contarme todo lo que quieras. Sólo te pido que hables lo menos posible de Orbajosa.

--Precisamente de Orbajosa te quiero hablar. ¿Pero tú también tienes antipatía a esa cuna de tantos varones [20] insignes?

--Estos ajeros... Los llamamos los ajeros... pues digo que serán todo lo insignes que tú quieras; pero a mí me pican como los frutos del país. Este es un pueblo dominado por gentes que enseñan la desconfianza, la superstición [25] y el aborrecimiento a todo el género humano. Cuando estemos despacio te contaré un sucedido... un lance, mitad gracioso, mitad terrible que me pasó aquí el año pasado... Cuando te lo cuente tú te reirás y yo echaré chispas de cólera... Pero en fin, lo pasado, [30] pasado.

--Lo que a mí me pasa no tiene nada de gracioso.

--Pero los motivos de mi aborrecimiento a este poblachón son diversos. Has de saber que aquí asesinaron a mi padre el 48 unos desalmados partidarios. Era brigadier y estaba fuera de servicio. Llamóle el Gobierno, y pasaba 129 por Villahorrenda para ir a Madrid, cuando fué cogido por media docena de tunantes... Aquí hay varias dinastías de guerrilleros. Los Aceros, los Caballucos, los Pelosmalos... un [5] periódico suelto, como dijo quien sabía muy bien lo que decía.

--Supongo que la venida de dos regimientos con alguna caballería no será por gusto de visitar estos amenos vergeles.

--¿Qué ha de ser? Venimos a recorrer el país. Hay [10] muchos depósitos de armas. El Gobierno no se atreve a destituir a la mayor parte de los Ayuntamientos sin desparramar algunas compañías por estos pueblos. Como hay tanta agitación facciosa por esta tierra; como dos provincias cercanas están ya infestadas, y como además este distrito [15] municipal de Orbajosa tiene una historia tan brillante en todas las guerras civiles, hay temores de que los bravos de por aquí se echen a los caminos a saquear lo que encuentren.

--¡Buena precaución! Pero creo que mientras esta [20] gente no perezca y vuelva a nacer; mientras hasta las piedras no muden de forma, no habrá paz en Orbajosa.

--Ésa es también mi opinión--dijo el militar encendiendo un cigarrillo.--¿No ves que los partidarios son la gente mimada en este país? A todos los que asolaron la [25] comarca en 1848 y en otras épocas, o a falta de ellos a sus hijos, les encuentras colocados en los fielatos, en puertas, en el Ayuntamiento, en la conducción del correo: los hay que son alguaciles, sacristanes, comisionados de apremios. Algunos se han hecho temibles caciques, y son los que [30] amasan las elecciones y tienen influjo en Madrid, reparten destinos... en fin, esto da grima.

--Dime, ¿y no se podrá esperar que los partidarios hagan una fechoría en estos días? Si así fuera, ustedes arrasarían el pueblo, y yo les ayudaría.

--Si en mí consistiera... Ellos harán de las suyas--dijo 130 Pinzón,--porque las facciones de las dos provincias cercanas crecen como una maldición de Dios. Y acá para entre los dos, amigo Rey, yo creo que esto va largo. Algunos [5] se ríen y aseguran que no puede haber otra guerra civil] como la pasada. No conocen el país, no conocen a Orbajosa y sus habitantes. Yo sostengo que esto que ahora empieza lleva larga cola, y que tendremos una nueva lucha cruel y sangrienta que durará lo que Dios quiera. ¿Qué [10] opinas tú?

--Amigo, en Madrid me reía yo de todos los que hablaban de la posibilidad de una guerra civil tan larga y terrible como la de siete años; pero ahora, después que estoy aquí...

[15] --Es preciso engolfarse en estos países encantadores: ver de cerca esta gente y oírle dos palabras para saber de qué pie cojea.

--Pues sí... sin poderme explicar en qué fundo mis ideas, ello es que desde aquí veo las cosas de otra manera, [20] y pienso en la posibilidad de largas y feroces guerras.

--Exactamente.

--Pero ahora, más que la guerra pública, me preocupa una privada en que estoy metido y que he declarado hace poco.

[25] --¿Dijiste que ésta es la casa de tu tía? ¿Cómo se llama?

--Doña Perfecta Rey de Polentinos.

--¡Ah! La conozco de nombre. Es una persona excelente, y la única de quien no he oído hablar mal a los [30] ajeros. Cuando estuve aquí la otra vez, en todas partes oía ponderar su bondad, su caridad, sus virtudes.

--Sí, mi tía es muy bondadosa, muy amable--dijo Rey.

Después quedó pensativo breve rato.

--Pero ahora recuerdo...--exclamó de súbito Pinzón.--Cómo 131 se van atando cabos... Sí, en Madrid me dijeron que te casabas con una prima. Todo está descubierto. ¿Es aquella linda y celestial Rosarito?...

[5] --Pinzón, vamos a hablar detenidamente.

--Se me figura que hay contrariedades.

--Hay algo más. Hay luchas terribles. Se necesitan amigos poderosos, listos, de iniciativa, de gran experiencia en los lances difíciles, de gran astucia y valor.

[10] --Hombre, eso es todavía más grave que un desafío.

--Mucho más grave. Se bate uno fácilmente con otro hombre. Con mujeres, con invisibles enemigos que trabajan en la sombra, es imposible.

--Vamos: ya soy todo oídos.

[15] El teniente coronel Pinzón descansaba cuan largo era sobre el lecho. Pepe Rey acercó una silla y apoyando en el mismo lecho el codo y en la mano la cabeza, empezó su conferencia, consulta, exposición de plan o lo que fuera, y habló larguísimo rato. Oíale Pinzón con curiosidad profunda [20] y sin decir nada, salvo algunas preguntillas sueltas para pedir nuevos datos o la aclaración de alguna obscuridad. Cuando Rey concluyó, Pinzón estaba serio. Estiróse en la cama, desperezándose con la placentera convulsión de quien no ha dormido en tres noches, y después dijo así:

[25] --Tu plan es arriesgado y difícil.

--Pero no imposible.

--¡Oh! no, que nada hay imposible en este mundo. Piénsalo bien.

--Ya lo he pensado.

[30] --¿Y estás resuelto a llevarlo adelante? Mira que esas cosas ya no se estilan. Suelen salir mal, y no dejan bien parado a quien las hace.

--Estoy resuelto.

--Pues por mi parte, aunque el asunto es arriesgado y grave, muy grave, estoy dispuesto a ayudarte en todo y por 132 todo.

--¿Cuento contigo?

--Hasta morir.

XIX

=Combate terrible.--Estrategia=

[5] Los primeros fuegos no podían tardar. A la hora de la comida, después de ponerse de acuerdo con Pinzón respecto al plan convenido, cuya primera condición era que ambos amigos fingirían no conocerse, Pepe Rey fué al comedor. Allí encontró a su tía que acababa de llegar de la catedral, [10] donde pasaba, según su costumbre, toda la mañana. Estaba sola y parecía hondamente preocupada. El ingeniero observó que sobre aquel semblante pálido y marmóreo, no exento de cierta hermosura, se proyectaba la misteriosa sombra de un celaje. Al mirar recobraba la claridad [15] siniestra; pero miraba poco, y después de una rápida observación del rostro de su sobrino, el de la bondadosa dama se ponía otra vez en su estudiada penumbra.

Aguardaban en silencio la comida. No esperaron a D. Cayetano, porque éste había ido a Mundogrande. Cuando [20] empezaron a comer, doña Perfecta dijo:

--Y ese militarote que nos ha regalado hoy el Gobierno, ¿no viene a comer?

--Parece tener más sueño que hambre--repuso el ingeniero sin mirar a su tía.

[25] --¿Le conoces tú?

--No le he visto en mi vida.

--Pues estamos divertidos con los huéspedes que nos manda el Gobierno. Aquí tenemos nuestras camas y nuestra comida para cuando a esos perdidos de Madrid se les [30] antoje disponer de ellas.

--Es que hay temores de que se levanten partidas--dijo 133 Pepe Rey, sintiendo que una centella corría por todos sus miembros,--y el Gobierno está decidido a aplastar a los orbajosenses, a aplastarlos, a hacerlos polvo.

[5] --Hombre, pára, pára por Dios, no nos pulverices--exclamó la señora con sarcasmo.--¡Pobrecitos de nosotros! Ten piedad, hombre, y deja vivir a estas infelices criaturas. Y qué, ¿serás tú de los que ayuden a la tropa en la grandiosa obra de nuestro aplastamiento?

[10] --Yo no soy militar. No haré más que aplaudir cuando vea extirpados para siempre los gérmenes de guerra civil, de insubordinación, de discordia, de behetría, de bandolerismo y de barbarie que existen aquí para vergüenza de nuestra época y de nuestro país.

[15] --Todo sea por Dios.

--Orbajosa, querida tía, casi no tiene más que ajos y bandidos, porque bandidos son los que en nombre de una idea política o religiosa, se lanzan a correr aventuras cada cuatro o cinco años.

[20] --Gracias, gracias, querido sobrino--dijo doña Perfecta, palideciendo.--¿Con que Orbajosa no tiene más que eso? Algo más habrá aquí, algo más que tú no tienes y que has venido a buscar entre nosotros.

Rey sintió el bofetón. Su alma se quemaba. Érale muy [25] difícil guardar a su tía las consideraciones que por sexo, estado y posición merecía. Hallábase en el disparadero de la violencia, y un ímpetu irresistible le empujaba, lanzándole contra su interlocutora.

--Yo he venido a Orbajosa--dijo,--porque usted me [30] mandó llamar; usted concertó con mi padre....

--Sí, sí es verdad--repuso la señora, interrumpiéndole vivamente y procurando recobrar su habitual dulzura.--No lo niego. Aquí el verdadero culpable he sido yo. Yo tengo la culpa de tu aburrimiento, de los desaires que nos haces, de todo lo desagradable que en mi casa ocurre con motivo 134 de tu venida.

--Me alegro de que usted lo conozca.

--En cambio, tú eres un santo. ¿Será preciso también [5] que me ponga de rodillas ante tu graciosidad y te pida perdón?...

--Señora--dijo Pepe Rey gravemente, dejando de comer,--ruego a usted que no se burle de mí de una manera tan despiadada. Yo no puedo ponerme en ese terreno.... No [10] he dicho más sino que vine a Orbajosa llamado por usted.

--Y es cierto. Tu padre y yo concertamos que te casaras con Rosario. Viniste a conocerla. Yo te acepté desde luego como hijo.... Tú aparentaste amar a Rosario....

--Perdóneme usted--objetó Pepe.--Yo amaba y amo [15] a Rosario; usted aparentó aceptarme por hijo; usted, recibiéndome con engañosa cordialidad, empleó desde el primer momento todas las artes de la astucia para contrariarme y estorbar el cumplimiento de las proposiciones hechas a mi padre; usted se propuso desde el primer día [20] desesperarme, aburrirme, y con los labios llenos de sonrisas y de palabras cariñosas, me ha estado matando, achicharrándome a fuego lento; usted ha lanzado contra mí en la obscuridad y a mansalva un enjambre de pleitos; usted me ha destituído del cargo oficial que traje a Orbajosa; usted [25] me ha desprestigiado en la ciudad; usted me ha expulsado de la catedral; usted me ha tenido en constante ausencia de la escogida de mi corazón; usted ha mortificado a su hija con un encierro inquisitorial que le hará perder la vida, si Dios no pone su mano en ello.

[30] Doña Perfecta se puso como la grana. Pero aquella viva llamarada de su orgullo ofendido y de su pensamiento descubierto pasó rápidamente dejándola pálida y verdosa. Sus labios temblaban. Arrojando el cubierto con que comía, se levantó de súbito. El sobrino se levantó también. 135

--¡Dios mío, Santa Virgen del Socorro!--exclamó la señora, llevándose ambas manos a la cabeza y comprimiéndosela según el ademán propio de la desesperación.--¿Es posible que yo merezca tan atroces insultos? Pepe, hijo [5] mío, ¿eres tú el que habla?... Si he hecho lo que dices, en verdad que soy muy pecadora.

Dejóse caer en el sofá y se cubrió el rostro con las manos. Pepe, acercándose lentamente a ella, observó el angustioso sollozar de su tía y las lágrimas que abundantemente [10] derramaba. A pesar de su convicción no pudo vencer el ligero enternecimiento que se apoderó de él, y sintiéndose cobarde, experimentó cierta pena por lo mucho y fuerte que había dicho.

--Querida tía--indicó, poniéndole la mano en el hombro.--Si me contesta usted con lágrimas y suspiros, me [15] conmoverá, pero no me convencerá. Razones y no sentimientos me hacen falta. Hábleme usted, dígame que me equivoco al pensar lo que pienso, pruébemelo después, y reconoceré mi error.

--Déjame. Tú no eres hijo de mi hermano. Si lo [20] fueras no me insultarías como me has insultado. ¿Con que yo soy una intrigante, una comedianta, una harpía hipócrita, una diplomática de enredos caseros?...

Al decir esto, la señora había descubierto su rostro y contemplaba a su sobrino con expresión beatífica. Pepe [25] estaba perplejo. Las lágrimas, así como la dulce voz de la hermana de su padre, no podían ser fenómenos insignificantes para el alma del matemático. Las palabras le retozaban en la boca para pedir perdón. Hombre de gran energía por lo común, cualquier accidente de sensibilidad, [30] cualquier agente que obrase sobre su corazón, le trocaba de súbito en niño. Achaques de matemático. Dicen que Newton era también así.

--Yo quiero darte las razones que pides--dijo doña Perfecta, indicándole que se sentase junto a ella.--Yo quiero desagraviarte. Para que veas si soy buena, si soy 136 indulgente, si soy humilde.... ¿Crees que te contradiré, que negaré en absoluto los hechos de que me has acusado?... Pues no, no los niego.

[5] El ingeniero se quedó asombrado.

--No los niego--prosiguió la señora.--Lo que niego es la dañada intención que les atribuyes. ¿Con qué derecho te metes a juzgar lo que no conoces sino por indicios y conjeturas? ¿Tienes tú la suprema inteligencia que se [10] necesita para juzgar de plano las acciones de los demás y dar sentencia sobre ellas? ¿Eres Dios para conocer las intenciones?

Pepe se asombró más.

--¿No es lícito emplear alguna vez en la vida medios [15] indirectos para conseguir un fin bueno y honrado? ¿Con qué derecho juzgas acciones mías que no comprendes bien? Yo, querido sobrino, ostentando una sinceridad que tú no mereces, te confieso que sí, que efectivamente me he valido de subterfugios para conseguir un fin bueno, para conseguir [20] lo que al mismo tiempo era beneficioso para ti y para mi hija.... ¿No comprendes? Parece que estás lelo.... ¡Ah! Tu gran entendimiento de matemático y de filósofo alemán no es capaz de penetrar estas sutilezas de una madre prudente.

[25] --Es que me asombro más y más cada vez--dijo el ingeniero.

--Asómbrate todo lo que quieras, pero confiesa tu barbaridad--manifestó la dama, aumentando en bríos;--reconoce tu ligereza y brutal comportamiento conmigo, al [30] acusarme como lo has hecho. Eres un mozalvete sin experiencia ni otro saber que el de los libros, que nada enseñan del mundo ni del corazón. Tú de nada entiendes más que de hacer caminos y muelles. ¡Ay! señorito mío. En el corazón humano no se entra por los túneles de los ferrocarriles, ni se baja a sus hondos abismos por los pozos de las 137 minas. No se lee en la conciencia ajena con los microscopios de los naturalistas, ni se decide la culpabilidad del prójimo nivelando las ideas con teodolito.

[5] --¡Por Dios, querida tía!...

--¿Para qué nombras a Dios si no crees en él?--dijo doña Perfecta con solemne acento.--Si creyeras en él, si fueras buen cristiano, no aventurarías pérfidos juicios sobre mi conducta. Yo soy una mujer piadosa, ¿entiendes? Yo [10] tengo mi conciencia tranquila, ¿entiendes? Yo sé lo que hago y por qué lo hago, ¿entiendes?

--Entiendo, entiendo, entiendo.

--Dios, en quien tú no crees, ve lo que tú no ves ni puedes ver, el intento. Y no te digo más; no quiero entrar en [15] explicaciones largas porque no lo necesito. Tampoco me entenderías si te dijera que deseaba alcanzar mi objeto sin escándalo, sin ofender a tu padre, sin ofenderte a ti, sin dar que hablar a las gentes con una negativa explícita.... Nada de esto te diré, porque tampoco lo entenderás, Pepe. [20] Eres matemático. Ves lo que tienes delante y nada más; la naturaleza brutal y nada más; rayas, ángulos, pesos y nada más. Ves el efecto y no la causa. El que no cree en Dios no ve causas. Dios es la suprema intención del mundo. El que le desconoce, necesariamente ha de juzgar [25] de todo como juzgas tú, a lo tonto. Por ejemplo, en la tempestad no ve más que destrucción, en el incendio estragos, en la sequía miseria, en los terremotos desolación, y sin embargo, orgulloso señorito, en todas esas aparentes calamidades, hay que buscar la bondad de la intención... [30] sí señor, la intención siempre buena de quien no puede hacer nada malo.

Esta embrollada, sutil y mística dialéctica no convenció a Rey; pero no quiso seguir a su tía por la áspera senda de tales argumentaciones, y sencillamente le dijo:

--Bueno; yo respeto las intenciones.... 138

--Ahora que pareces reconocer tu error--prosiguió la piadosa señora, cada vez más valiente,--te haré otra confesión, y es que voy comprendiendo que hice mal en [5] adoptar tal sistema, aunque mi objeto era inmejorable. Dado tu carácter arrebatado, dada tu incapacidad para comprenderme, debí abordar la cuestión de frente y decirte: "sobrino mío, no quiero que seas esposo de mi hija."

--Ese es el lenguaje que debió emplear usted conmigo [10] desde el primer día--repuso el ingeniero, respirando con desahogo, como quien se ve libre de enorme peso.--Agradezco mucho a usted esas palabras. Después de ser acuchillado en las tinieblas, ese bofetón a la luz del día me complace mucho.

[15] --Pues te repito el bofetón, sobrino--afirmó la señora con tanta energía como displicencia.--Ya lo sabes. No quiero que te cases con Rosario.

Pepe calló. Hubo una larga pausa, durante la cual los dos estuvieron mirándose atentamente, cual si la cara de cada [20] uno fuese para el contrario la más perfecta obra del arte.

--¿No entiendes lo que te he dicho?--repitió ella.--Que se acabó todo, que no hay boda.

--Permítame usted, querida tía--dijo el joven con entereza,--que no me aterre con la intimación. En el estado [25] a que han llegado las cosas, la negativa de usted es de escaso valor para mí.

--¿Qué dices?--gritó fulminante doña Perfecta.

--Lo que usted oye. Me casaré con Rosario.

Doña Perfecta se levantó indignada, majestuosa, terrible. [30] Su actitud era la del anatema hecho mujer. Rey permaneció sentado, sereno, valiente, con el valor pasivo de una creencia profunda y de una resolución inquebrantable. El desplome de toda la iracundia de su tía, que le amenazaba, no le hizo pestañear. Él era así.

--Eres un loco. ¡Casarte tú con mi hija, casarte tú con 139 ella, no queriendo yo!...

Los labios trémulos de la señora articularon estas palabras con el verdadero acento de la tragedia.

[5] --¡No queriendo usted!... Ella opina de distinto modo.

--¡No queriendo yo!...--repitió la dama.--Sí, y lo digo y lo repito: no quiero, no quiero.

--Ella y yo lo deseamos.

[10] --Menguado, ¿acaso no hay en el mundo más que ella y tú? ¿No hay padres, no hay sociedad, no hay conciencia, no hay Dios?

--Porque hay sociedad, porque hay conciencia, porque hay Dios--afirmó gravemente Rey, levantándose y alzando [15] el brazo y señalando al cielo,--digo y repito que me casaré con ella.

--¡Miserable, orgulloso! Y si todo lo atropellaras, ¿crees que no hay leyes para impedir tu violencia?

--Porque hay leyes digo y repito que me casaré con [20] ella.

--Nada respetas.

--Nada que sea indigno de respeto.

--Y mi autoridad, y mi voluntad, yo... ¿yo no soy nada?

[25] --Para mí su hija de usted es todo: lo demás nada.

La entereza de Pepe Rey era como los alardes de una fuerza incontrastable, con perfecta conciencia de sí misma. Daba golpes secos, contundentes, sin atenuación de ningún género. Sus palabras parecían, si es permitida la comparación, [30] una artillería despiadada.

Doña Perfecta cayó de nuevo en el sofá; pero no lloraba, y una convulsión nerviosa agitaba sus miembros.