Chapter 8 of 32 · 3959 words · ~20 min read

Part 8

[20] --Yo creí conocerla bien... Bueno, me quedaré... Pero esta soledad es horrible.

--Ahí tienes al señor escribano.

--Maldito sea él mil veces.

[25] --Y me parece que ha entrado también el señor procurador... es un excelente sujeto.

--Así le ahorcaran.

--Hombre, los asuntos de intereses, cuando son propios, sirven de distracción. Alguien llega... Me parece que es el perito agrónomo. Ya tienes para un rato.

[30] --¡Para un rato de infierno!

--Hola, hola, si no me engaño, el tío Licurgo y el tío Pasolargo acaban de entrar. Puede que vengan a proponerte un arreglo.

--Me arrojaré al estanque.

--¡Qué descastado eres! ¡Pues todos ellos te quieren 83 tanto!... Vamos, para que nada falte, ahí está también el alguacil. Viene a citarte.

--A crucificarme.

[5] Todos los personajes nombrados fueron entrando en la sala.

--Adiós, Pepe, que te diviertas--dijo doña Perfecta.

--¡Trágame, tierra!--exclamó el joven con desesperación.

[10] --Sr. D. José....

--Mi querido Sr. D. José....

--Estimable Sr. D. José....

--Sr. D. José de mi alma....

--Mi respetable amigo Sr. D. José....

[15] Al oir estas almibaradas insinuaciones, Pepe Rey exhaló un hondo suspiro y se entregó. Entregó su cuerpo y su alma a los sayones, que esgrimieron horribles hojas de papel sellado, mientras la víctima, elevando los ojos al cielo, decía para sí con cristiana mansedumbre:

[20] --Padre mío, ¿por qué me has abandonado?

XII

=Aquí fué Troya=

Amor, amistad, aire sano para la respiración moral, luz para el alma, simpatía, fácil comercio de ideas y de sensaciones era lo que Pepe Rey necesitaba de una manera imperiosa. No teniéndolo, aumentaban las sombras que [25] envolvían su espíritu, y la lobreguez interior daba a su trato displicencia y amargura. Al día siguiente de las escenas referidas en el capítulo anterior, mortificóle más que nada el ya demasiado largo y misterioso encierro de su prima, motivado, al parecer, primero por una enfermedad sin importancia, después por caprichos y nerviosidades de difícil 84 explicación.

Rey extrañaba conducta tan contraria a la idea que había formado de Rosarito. Habían transcurrido cuatro días sin [5] verla, no ciertamente porque a él le faltasen deseos de estar a su lado; y tal situación comenzaba a ser desairada y ridícula, si con un acto de firme iniciativa no ponía remedio en ello.

--¿Tampoco hoy veré a mi prima?--preguntó de mal [10] talante a su tía, cuando concluyeron de comer.

--Tampoco. ¡Sabe Dios cuánto lo siento!... Bastante le he predicado hoy. A la tarde veremos....

La sospecha de que en tan injustificado encierro su adorable prima era más bien víctima sin defensa que autora [15] resuelta con actividad propia e iniciativa, le indujo a contenerse y esperar. Sin esta sospecha, hubiera partido aquel mismo día. No tenía duda alguna de ser amado por Rosario, mas era evidente que una presión desconocida actuaba entre los dos para separarlos, y parecía propio de varón [20] honrado averiguar de quién procedía aquella fuerza maligna, y contrarrestarla hasta donde alcanzara la voluntad humana.

--Espero que la obstinación de Rosario no durará mucho--dijo a doña Perfecta disimulando sus verdaderos sentimientos.

[25] Aquel día tuvo una carta de su padre, en la cual éste se quejaba de no haber recibido ninguna de Orbajosa, circunstancia que aumentó las inquietudes del ingeniero, confundiéndole más. Por último, después de vagar largo rato solo por la huerta de la casa, salió y fue al Casino. Entró en él, [30] como un desesperado que se arroja al mar.

Encontró en las principales salas a varias personas que charlaban y discutían. En un grupo desentrañaban con lógica sutil difíciles problemas de toros; en otro disertaban sobre cuáles eran los mejores burros entre las castas de Orbajosa y Villahorrenda. Hastiado hasta lo sumo, Pepe 85 Rey abandonó estos debates y se dirigió a la sala de periódicos, donde hojeó varias revistas sin encontrar deleite en la lectura; y poco después, pasando de sala en sala, fué a [5] parar sin saber cómo a la del juego. Cerca de dos horas estuvo en las garras del horrible demonio amarillo, cuyos resplandecientes ojos de oro producen tormento y fascinación. Ni aun las emociones del juego alteraron el sombrío estado de su alma, y el tedio que antes le empujara hacia [10] el verde tapete, apartóle también de él. Huyendo del bullicio, dió con su cuerpo en una estancia destinada a tertulia, en la cual a la sazón no había alma viviente, y con indolencia se sentó junto a la ventana de ella, mirando a la calle.

[15] Era ésta angostísima y con más ángulos y recodos que casas, sombreada toda por la pavorosa catedral, que al extremo alzaba su negro muro carcomido. Pepe Rey miró a todos lados, arriba y abajo, y observó un plácido silencio de sepulcro: ni un paso, ni una voz, ni una mirada. De [20] pronto hirieron su oído rumores extraños, como cuchicheo de femeniles labios, y después el chirrido de cortinajes que se corrían, algunas palabras, y por fin el tararear suave de una canción, el ladrido de un falderillo, y otras señales de existencia social que parecían muy singulares en tal sitio. [25] Observando bien, Pepe Rey vió que tales rumores procedían de un enorme balcón con celosías, que frente por frente a la ventana mostraba su corpulenta fábrica. No había concluído sus observaciones, cuando un socio del Casino apareció de súbito a su lado, y riendo le interpeló de este [30] modo:

--¡Ah! Sr. D. Pepe, ¡picarón! ¿se ha encerrado usted aquí para hacer cocos a las niñas?

El que esto decía era D. Juan Tafetán, un sujeto amabilísimo, y de los pocos que habían manifestado a Rey en el Casino cordial amistad y verdadera admiración. Con su 86 carilla bermellonada, su bigotejo teñido de negro, sus ojuelos vivarachos, su estatura mezquina, su pelo con gran estudio peinado para ocultar la calvicie, D. Juan Tafetán [5] presentaba una figura bastante diferente de la de Antinoo; pero era muy simpático, tenía mucho gracejo y felicísimo ingenio para contar aventuras graciosas. Reía mucho, y al hacerlo, su cara se cubría toda, desde la frente a la barba, de grotescas arrugas. A pesar de estas cualidades y del [10] aplauso que debía estimular su disposición a las picantes burlas, no era maldiciente. Queríanle todos, y Pepe Rey pasaba con él ratos agradables. El pobre Tafetán, empleado antaño en la Administración civil de la capital de la provincia, vivía modestamente de su sueldo en la Secretaría [15] de Beneficencia, y completaba su pasar tocando gallardamente el clarinete en las procesiones, en las solemnidades de la catedral y en el teatro, cuando alguna trailla de desesperados cómicos aparecía por aquellos países con el alevoso propósito de dar funciones en Orbajosa.

[20] Pero lo más singular en D. Juan Tafetán era su afición a las muchachas guapas. Él mismo, cuando no ocultaba su calvicie con seis pelos llenos de pomada, cuando no se teñía el bigote, cuande andaba derechito y espigado por la poca pesadumbre de los años, había sido un Tenorio formidable. [25] Oírle contar sus conquistas era cosa de morirse de risa, porque hay Tenorios de Tenorios, y aquél fué de los más originales.

--¿Qué niñas? Yo no veo niñas en ninguna parte--repuso Pepe Rey.

[30] --Hágase usted el anacoreta.

Una de las celosías del balcón se abrió, dejando ver un rostro juvenil, encantador y risueño, que desapareció al instante como una luz apagada por el viento.

--Ya, ya veo.

--¿No las conoce usted? 87

--Por mi vida que no.

--Son las Troyas, las niñas de Troya. Pues no conoce usted nada bueno... Tres chicas preciosísimas, hijas de [5] un coronel de Estado Mayor de Plazas, que murió en las calles de Madrid el 54.

La celosía se abrió de nuevo y comparecieron dos caras.

--Se están burlando de nosotros--dijo Tafetán haciendo una seña amistosa a las niñas.

[10] --¿Las conoce usted?

--¿Pues no las he de conocer? Las pobres están en la miseria. Yo no sé cómo viven. Cuando murió D. Francisco Troya, se hizo una suscripción para mantenerlas; pero esto duró poco.

[15] --¡Pobres muchachas! Me figuro que no serán un modelo de honradez....

--¿Por qué no?... Yo no creo lo que en el pueblo se dice de ellas.

Funcionó de nuevo la celosía.

[20] --Buenas tardes, niñas--gritó D. Juan Tafetán dirigiéndose a las tres, que artísticamente agrupadas aparecieron.--Este caballero dice que lo bueno no debe esconderse, y que abran ustedes toda la celosía.

Pero la celosía se cerró y alegre concierto de risas difundió [25] una extraña alegría por la triste calle. Creeríase que pasaba una bandada de pájaros.

--¿Quiere usted que vayamos allá?--dijo de súbito Tafetán.

Sus ojos brillaban, y una sonrisa picaresca retozaba en [30] sus amoratados labios.

--¿Pero qué clase de gente es esa?

--Ande usted, Sr. de Rey... Las pobrecitas son honradas. ¡Bah! Si se alimentan del aire como los camaleones. Diga usted, el que no come, ¿puede pecar?

Bastante virtuosas son las infelices. Y si pecaran, limpiarían 88 su conciencia con el gran ayuno que hacen.

--Pues vamos.

Un momento después, D. Juan Tafetán y Pepe Rey [5] entraban en la sala. El aspecto de la miseria, que con horribles esfuerzos pugnaba por no serlo, afligió al joven. Las tres muchachas eran muy lindas, principalmente las dos más pequeñas, morenas, pálidas, de negros ojos y sutil talle. Bien vestidas y bien calzadas, habrían parecido [10] retoños de duquesa en candidatura para entroncar con príncipes.

Cuando la visita entró, las tres se quedaron muy cortadas; pero bien pronto mostraron la índole de su genial frívolo y alegre. Vivían en la miseria, como los pájaros en la prisión, [15] sin dejar de cantar tras los hierros lo mismo que en la opulencia del bosque. Pasaban el día cosiendo, lo cual indicaba por lo menos un principio de honradez; pero en Orbajosa ninguna persona de su posición se trataba con ellas. Estaban hasta cierto punto proscritas, degradadas, [20] acordonadas, lo cual indicaba también algún motivo de escándalo. Pero en honor de la verdad, debe decirse que la mala reputación de las Troyas consistía, más que nada, en su fama de chismosas, enredadoras, traviesas y despreocupadas. Dirigían anónimos a graves personas; ponían [25] motes a todo viviente de Orbajosa, desde el obispo al último zascandil; tiraban piedrecitas a los transeuntes; chicheaban escondidas tras las rejas para reírse con la confusión y azoramiento del que pasaba; sabían todos los sucesos de la vecindad, para lo cual tenían en constante uso los tragaluces [30] y agujeros todos de la parte alta de la casa; cantaban de noche en el balcón; se vestían de máscara en Carnaval para meterse en las casas más alcurniadas, con otras majaderías y libertades propias de los pueblos pequeños. Pero cualquiera que fuese la razón, ello es que el graciado triunvirato Troyano tenía sobre sí un estigma de esos que una 89 vez puestos por susceptible vecindario, acompañan implacablemente hasta más allá de la tumba.

--¿Éste es el caballero que dicen ha venido a sacar [5] minas de oro?--dijo una.

--¿Y a derribar la catedral para hacer con las piedras de ella una fábrica de zapatos?--añadió otra.

--Y a quitar de Orbajosa la siembra del ajo para poner algodón o el árbol de la canela.

[10] Pepe no pudo reprimir la risa ante tales despropósitos.

--No viene sino a hacer una recolección de niñas bonitas para llevárselas a Madrid--dijo Tafetán.

--¡Ay! ¡De buena gana me iría!--exclamó una.

--A las tres, a las tres me las llevo--afirmó Pepe.--Pero [15] sepamos una cosa; ¿por qué se reían ustedes de mí cuando estaba en la ventana del Casino?

Tales palabras fueron la señal de nuevas risas.

--Éstas son unas tontas--dijo la mayor.

--Fué porque dijimos que usted se merece algo más que [20] la niña de doña Perfecta.

--Fué porque ésta dijo que usted está perdiendo el tiempo y que Rosarito no quiere sino gente de iglesia.

--¡Qué cosas tienes! Yo no he dicho tal cosa. Tú dijiste que este caballero es ateo luterano, y entra en la [25] catedral fumando y con el sombrero puesto.

--Pues yo no lo inventé--manifestó la menor,--que eso me lo dijo ayer Suspiritos.

--¿Y quién es esa Suspiritos que dice de mí tales tonterías?

[30] --Suspiritos es... Suspiritos.

--Niñas mías--dijo Tafetán con semblante almibarado. Por ahí va el naranjero. Llamadle, que os quiero convidar a naranjas.

Una de las tres llamó al naranjero.

La conversación entablada por las niñas desagradó bastante 90 a Pepe Rey, disipando la ligera impresión de contento que experimentó al encontrarse entre aquella chusma alegre y comunicativa. No pudo, sin embargo, contener [5] la risa cuando vió a D. Juan Tafetán descolgar un guitarrillo y rasguearlo con la gracia y destreza de los años juveniles.

--Me han dicho que ustedes saben cantar a las mil maravillas--manifestó Rey.

[10] --Que cante D. Juan Tafetán.

--Yo no canto.

--Ni yo--dijo la segunda, ofreciendo al ingeniero algunos cascos de la naranja que acababa de mondar.

--María Juana, no abandones la costura--dijo la Troya [15] mayor.--Es tarde y hay que acabar la sotana esta noche.

--Hoy no se trabaja. Al demonio las agujas--exclamó Tafetán.

En seguida entonó una canción.

[20] --La gente se para en la calle--dijo la Troya segunda asomándose al balcón.--Los gritos de D. Juan Tafetán se oyen desde la plaza... ¡Juana, Juana!

--¿Qué?

--Por la calle va Suspiritos.

[25] La más pequeña voló al balcón.

--Tírale una cascara de naranja.

Pepe Rey se asomó también; vió que por la calle pasaba una señora, y que con diestra puntería la menor de las Troyas le asestó un cascarazo en el moño. Después [30] cerraron precipitadamente, y las tres se esforzaban en sofocar convulsamente su risa para que no se oyera desde la vía pública.

--Hoy no se trabaja--gritó una volcando de un puntapié la cesta de la costura.

--Es lo mismo que decir, "mañana no se come"--añadió 91 la mayor, recogiendo los enseres.

Pepe Rey se echó instintivamente mano al bolsillo. De buena gana les hubiera dado una limosna. El espectáculo [5] de aquellas infelices huérfanas, condenadas por el mundo a causa de su frivolidad, le entristecía sobre manera. Si el único pecado de las Troyas, si el único desahogo con que compensaban su soledad, su pobreza y abandono, era tirar cortezas de naranja al transeunte, bien se las podía disculpar. [10] Quizás las austeras costumbres del poblachón en que vivían las había preservado del vicio; pero las desgraciadas carecían de compostura y comedimiento, fórmula común y más visible del pudor, y bien podía suponerse que habían echado por la ventana algo más que cáscaras. Pepe Rey sentía [15] hacia ellas una lástima profunda. Observó sus miserables vestidos, compuestos, arreglados y remendados de mil modos para que pareciesen nuevos, observó sus zapatos rotos... y otra vez se llevó la mano al bolsillo.

--Podrá el vicio reinar aquí--dijo para sí;--pero las [20] fisonomías, los muebles, todo me indica que estos son los infelices restos de una familia honrada. Si estas pobres muchachas fueran tan malas como dicen, no vivirían tan pobremente ni trabajarían. ¡En Orbajosa hay hombres ricos!

[25] Las tres niñas se le acercaban sucesivamente. Iban de él al balcón, del balcón a él, sosteniendo conversación picante y ligera, que indicaba, fuerza es decirlo, una especie de inocencia en medio de tanta frivolidad y despreocupación.

[30] --Sr. D. José, ¡qué excelente señora es doña Perfecta!

--Es la única persona de Orbajosa que no tiene apodo, la única persona de que no se habla mal en Orbajosa.

--Todos la respetan.

--Todos la adoran.

A estas frases el joven respondía con alabanzas de su 92 tía; pero se le pasaban ganas de sacar dinero del bolsillo y decir: "María Juana, tome usted para unas botas. Pepa, tome usted para que se compre un vestido. Florentina, [5] tome usted para que coman una semana...." Estuvo a punto de hacerlo como lo pensaba. En un momento en que las tres corrieron al balcón para ver quién pasaba, don Juan Tafetán se acercó a él y en voz baja le dijo:

--¡Qué monas son! ¿No es verdad?... ¡Pobres [10] criaturas! Parece mentira que sean tan alegres, cuando... bien puede asegurarse que hoy no han comido.

--Don Juan, D. Juan--gritó Pepilla.--Por ahí viene su amigo de usted Nicolasito Hernández, o sea _Cirio Pascual_, con su sombrero de tres pisos. Viene rezando en voz baja, [15] sin duda por las almas de los que ha mandado al hoyo con sus usuras.

--¿A que no le dicen ustedes el remoquete?

--¡A que sí!

--Juana, cierra las celosías. Dejémosle que pase, y [20] cuando vaya por la esquina, yo gritaré: _¡Cirio, Cirio Pascual_!...

Don Juan Tafetán corrió al balcón.

--Venga usted, D. José, para que conozca este tipo.

Pepe Rey aprovechó el momento en que las tres muchachas [25] y D. Juan se regocijaban en el balcón, llamando a Nicolasito Hernández con el apodo que tanto le hacía rabiar, y acercándose con toda cautela a uno de los costureros que en la sala había, colocó dentro de él media onza que le quedaba del juego.

[30] Después corrió al balcón, a punto que las dos más pequeñas gritaban entre locas risas: _¡Cirio Pascual, Cirio Pascual!_

93

XIII

=Un casus belli=

Después de esta travesura, las tres entablaron con los dos caballeros una conversación tirada sobre asuntos y personas de la ciudad. El ingeniero, recelando que su fechoría se descubriese, estando él presente, quiso marcharse, lo cual [5] disgustó mucho a las Troyas; una de éstas que había salido fuera de la sala, regresó diciendo:

--Ya está Suspiritos en campaña colgando la ropa.

--Don José querrá verla--indicó otra.

--Es una señora muy guapa. Y ahora se peina a estilo [10] de Madrid. Vengan ustedes.

Lleváronles al comedor de la casa (pieza de rarísimo uso), del cual se salía a un terrado, donde había algunos tiestos de flores y no pocos trastos abandonados y hechos pedazos. Desde allí veíase el hondo patio de una casa colindante, [15] con una galería llena de verdes enredaderas y hermosas macetas esmeradamente cuidadas. Todo indicaba allí una vivienda de gente modesta, pulcra y hacendosa.

Las de Troya, acercándose al bordo de la azotea, miraron atentamente a la casa vecina, e imponiendo silencio a los [20] galanes, se retiraron luego a aquella parte del terrado, desde donde nada se veía ni había peligro de ser visto.

--Ahora sale de la despensa con un cazuelo de garbanzos--dijo María Juana, estirando el cuello para ver un poco.

[25] --¡Zás!--exclamó otra, arrojando una piedrecilla.

Oyóse el ruido del proyectil al chocar contra los cristales de la galería, y luego una colérica voz que gritaba:

--Ya nos han roto otro cristal ésas....

Ocultas las tres en el rincón del terrado, junto a los dos [30] caballeros, sofocaban la risa.

--La señora Suspiritos está muy incomodada--dijo 94 Rey.--¿Por qué la llaman así?

--Porque siempre que habla suspira entre palabra y palabra, y aunque de nada carece siempre se está [5] lamentando.

Hubo un momento de silencio en la casa de abajo. Pepita Troya atisbó con cautela.

--Allá viene otra vez--murmuró en voz baja, imponiendo silencio.--María, dame una china. A ver... ¡zás!... [10] allá va.

--No la has acertado. Dió en el suelo.

--A ver si yo puedo... Esperaremos a que salga otra vez de la despensa.

--Ya, ya sale. En guardia, Florentina.

[15] --¡A la una, a las dos, a las tres!... ¡Paf!...

Oyóse abajo un grito de dolor, un voto, una exclamación varonil, pues era un hombre el que la daba. Pepe Rey pudo distinguir claramente estas palabras:

--¡Demonche! Me han agujereado la cabeza ésas... [20] ¡Jacinto, Jacinto! ¿Pero qué canalla de vecindad es esta?...

--¡Jesús, María y José, lo que he hecho!--exclamó llena de consternación Florentina,--le he dado en la cabeza al Sr. D. Inocencio.

[25] --¿Al Penitenciario?--dijo Pepe Rey.

--Sí.

--¿Vive en esa casa?

--¿Pues dónde ha de vivir?

--Esa señora de los suspiros....

[30] --Es su sobrina, su ama o no sé qué. Nos divertimos con ella porque es muy cargante, pero con el señor Penitenciario no solemos gastar bromas.

Mientras rápidamente se pronunciaban las palabras de este diálogo, Pepe Rey vió que frente al terrado, y muy cerca de él, se abrían los cristales de una ventana perteneciente a la misma casa bombardeada; vió que aparecía 95 une cara risueña, una cara conocida, una cara cuya vista le aturdió y le consternó y le puso pálido y trémulo. Era [5] Jacintito, que interrumpido en sus graves estudios, abrió la ventana de su despacho, presentándose en ella con la pluma en la oreja. Su rostro púdico, fresco y sonrosado daba a tal aparición aspecto semejante al de una aurora.

[10] --Buenas tardes, Sr. D. José--dijo festivamente. La voz de abajo gritaba de nuevo:

--¡Jacinto, pero Jacinto!

--Allá voy. Estaba saludando a un amigo....

--Vámonos, vámonos--gritó Florentina con zozobra.--El [15] señor Penitenciario va a subir al cuarto de _D. Nominavito_ y nos echará un responso.

--Vámonos, sí; cerremos la puerta del comedor.

Abandonaron en tropel el terrado.

--Debieron ustedes prever que Jacinto las vería desde [20] su templo del saber--dijo Tafetán.

--_Don Nominavito_ es amigo nuestro--repuso una de ellas.--Desde su templo de la ciencia nos dice a la calladita mil ternezas, y también nos echa besos volados.

--¿Jacinto?--preguntó el ingeniero,--¿qué endiablado [25] nombre le han puesto ustedes?

--_Don Nominavito_....

Las tres rompieron a reír.

--Lo llamamos así porque es muy sabio.

--No: porque cuando nosotras éramos chicas, él era [30] chico también; pues... sí. Salíamos al terrado a jugar, y le sentíamos estudiando en voz alta sus lecciones.

--Sí, y todo el santo día estaba cantando.

--Declinando, mujer. Eso es: se ponía de este modo: _Nominavito rosa, Genivito, Davito, Acusavito_.

--Supongo que yo también tendré mi nombre postizo--dijo 96 Pepe Rey.

--Que se lo diga a usted María Juana--replicó Florentina ocultándose.

[5] --¿Yo?... díselo tú, Pepa.

--Usted no tiene nombre todavía, D. José.

--Pero lo tendré. Prometo que vendré a saberlo, a recibir la confirmación--dijo el joven con intención de retirarse.

[10] --¿Pero se va usted?

--Sí. Ya han perdido ustedes bastante tiempo. Niñas, a trabajar. Esto de arrojar piedras a los vecinos y a los transeuntes, no es la ocupación más a propósito para unas jóvenes tan lindas y de tanto mérito... Con que abur....

[15] Y sin esperar más razones ni hacer caso de los cumplidos de las muchachas, salió a toda prisa de la casa, dejando en ella a don Juan Tafetán.

La escena que había presenciado; la vejación sufrida por [20] el canónigo; la inopinada aparición del doctorcillo, aumentaron las confusiones, recelos y presentimientos desagradables que turbaban el alma del pobre ingeniero. Deploró con toda su alma haber entrado en casa de las Troyas, y resuelto a emplear mejor el tiempo, mientras su hipocondría le durase, recorrió las calles de la población.

[25] Visitó el mercado, la calle de la Tripería, donde estaban las principales tiendas; observó los diversos aspectos que ofrecían la industria y comercio de la gran Orbajosa, y como no hallara sino nuevos motivos de aburrimiento, encaminóse al paseo de las Descalzas; pero no vió en él [30] más que algunos perros vagabundos, porque con motivo del viento molestísimo que reinaba, caballeros y señoras se habían quedado en sus casas. Fué a la botica, donde hacían tertulia diversas especies de progresistas rumiantes, que estaban perpetuamente masticando un tema sin fin; pero allí se aburrió más. Pasaba al fin junto a la catedral, 97 cuando sintió el órgano y los hermosos cantos del coro. Entró, arrodillóse delante del altar mayor, recordando las advertencias que acerca de la compostura dentro de la [5] iglesia le hiciera su tía; visitó luego una capilla, y se disponía a entrar en otra, cuando un acólito, celador o perrero se le acercó, y con modales muy descorteses y descompuesto lenguaje, le habló así:

--Su Ilustrísima dice que se plante usted en la calle.