CAPÍTULO XXIII
De lo que aconteció al famoso Don Quijote en Sierra Morena, que fué una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuentan.
Y fué cuando, viéndose tan malparado, dijo a su escudero: _siempre, Sancho, lo he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar: si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero ya está hecho, paciencia y escarmentar para desde aquí adelante_. El pobre Caballero, tendido en tierra, siente flaquear su fe. Mas ved que acude en su ayuda Sancho, el heroico Sancho, y lleno de fe quijotesca, responde a su amo: _Así escarmentará vuestra merced como yo soy turco_. Y ¡qué bien calaste, Sancho heroico, Sancho quijotesco, que tu amo no podía escarmentar de hacer el bien y cumplir la justicia verdadera!
Y porque apedrearan a Don Quijote y le robaran la ropilla ¿hemos de creer que no le iban agradecidos los galeotes y que la libertad no les mejoró el ánimo? Cuando le robaron la ropilla es que la necesitaban, y esto no excluía agradecimiento, pues una cosa es la gratitud y otra el oficio, y el de los más de ellos era el de ladrones. Y además ¿quién sabe si no es que querían llevarse una prenda suya como de recuerdo? ¿Y que le apedrearon? Sí, por agradecimiento también. Peor habría sido que le hubiesen vuelto las espaldas.
Encimada la aventura de los galeotes y obedeciendo Don Quijote a los ruegos de Sancho, que le pedía se apartaran de la furia de la Santa Hermandad, mas no por miedo a ella, se entraron en Sierra Morena, haciendo noche _entre dos peñas y entre muchos alcornoques_. Y aquella noche fué cuando robó su jumento a Sancho Ginés de Pasamonte, el desgraciado galeote. Y a poco hallaron la maleta de Cardenio y el montoncillo de escudos de oro que hizo exclamar a Sancho: _bendito sea todo el cielo que nos ha deparado una aventura que sea de provecho_.
¡Ah Sancho veleta, vuelve a vencerte la carne y llamas aventura a eso de topar con un montoncillo de escudos de oro! Eres del país de la lotería. Se lo regaló su amo, que no iba a la busca de tales aventuras de dinero hallado. Interesóse más en los lamentos amorosos que en la maleta se contenían, y al ver pasar saltando de risco en risco a un solitario, decidido a buscarle, mandó a Sancho lo atajase. Y entonces respondió éste aquellas notabilísimas palabras de: _No podré hacer eso porque en apartándome de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil géneros de sobresaltos y visiones_.
¿Y cómo no, Sancho amigo, cómo no? Tu amo será, si quieres, loco de remate, pero ni supiste, ni sabes ni sabrás ya vivir sin él; renegarás de su locura y de los manteamientos en que con ella te mete, pero si te deja, te acometerá el miedo al verte solo. Tú sin tu amo estás tan solo que estás sin ti. Gustaste el amparo de Don Quijote, cobraste fe en él, si el mantenimiento de tu fe te falta ¿quién te librará del miedo? ¿Es acaso el miedo otra cosa que la pérdida de la fe?, y ¿no se recobra ésta en fuerza de miedo? Y la fe, amigo Sancho, es adhesión no a una teoría, no a una idea, sino a algo vivo, a un hombre real o ideal, es facultad de admirar y de confiar. Y tú, Sancho fiel, crees en un loco y en su locura, y si te quedas a solas con tu cordura de antes ¿quién te librará del miedo que te ha de acometer al verte solo con ella, ahora que gustaste de la locura quijotesca? Por eso pides a tu amo y señor que no se aparte de ti.
Y tu Don Quijote, magnánimo y fuerte, te responde: _Así será, y yo estoy muy contento de que te quieras valer de mi ánimo, el cual no te faltará aunque te falte el ánima del cuerpo_. Ten fe, pues, Sancho, ten fe, que aunque te falte el ánima del cuerpo, no te faltará el ánimo de Don Quijote. La fe cumplió en ti su milagro; el ánimo de Don Quijote es ya tu ánimo y ya no vives tú en ti mismo, sino que es él, tu amo, quien en ti vive. Estás quijotizado.
Entonces encontró Don Quijote a Cardenio y apenas vió al otro loco, loco de amor, _le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido_. Y así era en verdad. Saludáronse y manifestó Don Quijote su propósito de servirle y si no hallaba remedio a su dolor, ayudarle a llorar su desventura y _a plañirla como mejor pudiera_. Y al llorar y plañir la desventura de Cardenio ¿no llorarías y plañirías la tuya, buen Caballero? Al llorar los desdenes de Lucinda ¿no llorarías aquella contención que te impidió abrir el corazón a Aldonza?
Hay, sin embargo, maliciosos en creer que todo ello era sólo para mover a Cardenio a que contase su historia, pues era Don Quijote curioso en extremo y amigo de enterarse de vidas ajenas.
CAPÍTULOS XXIV Y XXV
Donde se prosigue la aventura de Sierra Morena y que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros.
Aquí Cervantes, no fiando demasiado en la virtualidad de la historia de su héroe, intercala la de Cardenio. Mas aun así nos contó la interrupción de Don Quijote a Cardenio y cómo salió a la defensa de la reina Madasina, ofendida por éste. Con lo cual quiso enseñarnos a que no toleremos se le ofenda a él por los que se obstinan en tratarle como a mero ente de razón, sin consistencia real. Y no es razón que los tales no estén en su cabal juicio, pues _contra cuerdos y contra locos_, como dijo en aquella ocasión Don Quijote, debe volver uno por la verdad radical. Como por ella volvió el hidalgo. El cual si pecaba era de jactancioso, pues aun entonces afirmó que él se sabía las reglas de caballería _mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo_.
Yendo después por aquellas soledades de Sierra Morena volvió a dar Don Quijote en su verdadero tema, y fué al decir a Sancho que le llevaba por aquellas partes el deseo _de hacer en ellas una hazaña con que he de ganar_--dijo--_perpetuo nombre y fama en todo lo descubierto de la tierra_. Y para lograrlo se propone imitar a su modelo, Amadís de Gaula. Sabía bien que a la perfección se llega imitando a hombres y no tratando de poner en práctica teorías. Y para imitarle en la penitencia que hizo en la Peña Pobre, mudando su nombre en el de Beltenebros, decidió Don Quijote hacer en Sierra Morena _del desesperado, del sandio y del furioso_, aventura más fácil que la de _hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ejércitos, fracasar armadas y dehacer encantamentos_.
Y como el heroico loco era muy cuerdo, no quiso imitar a D. Roldán en lo de arrancar árboles, enturbiar las aguas de las claras fuentes, matar pastores, destruir ganados, abrasar chozas, derribar casas, arrastrar yeguas y _otras cien mil insolencias dignas de eterno nombre y escritura_, sino sólo en lo esencial, y aun venir a contentarse con la sola imitación de Amadís, _que sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos, alcanzó tanta fama como el que más_. El punto estaba en alcanzar fama y renombre, y si las locuras de daño no eran para ello necesarias, eran ya locuras de locura.
Y requerido por Sancho de por qué razón habría de volverse loco sin que Dulcinea le hubiese faltado, contestó con aquella preñadísima sentencia que dice: _Ahí está el punto y ésa es la fuerza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias; el toque está en desatinar sin ocasión y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, qué hiciera en mojado_. Sí, Don Quijote mío, el toque está en desatinar sin ocasión, en generosa rebelión contra la lógica, durísima tirana del espíritu. Los más de los que en ésta tu patria son tenidos por locos, desatinan con ocasión y con motivo y en mojado, y no son locos, sino majaderos forrados de lo mismo, cuando no bellacos de lo fino. La locura, la verdadera locura nos está haciendo mucha falta, a ver si nos cura de esta peste del sentido común que nos tiene a cada uno ahogado el propio.
Ahogado se lo tenía a Sancho, pues dudó de ti, heroico Caballero, cuando le hablaste de nuevo del yelmo de Mambrino y estuvo a punto de creer patraña tus promesas todas porque sus ojos carnales le hacían ver el yelmo como si fuese bacía de barbero. Pero bien le respondiste: _eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino y a otro le parecerá otra cosa_. Ésta es la verdad pura; el mundo es lo que a cada cual le parece, y la sabiduría estriba en hacérnoslo a nuestra voluntad, desatinando sin ocasión y henchidos de fe en lo absurdo. El carnal Sancho creyó, al ver empezar a Don Quijote la penitencia que iba de burlas y no de veras, mas desengañóle su amo. No, Sancho amigo, no, la verdadera locura va de veras siempre; son los cuerdos los que van de burlas.
Y ¡qué locura! Entonces fué cuando Don Quijote declaró a Sancho lo de ser Dulcinea Aldonza Lorenzo, la hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales, y Sancho nos declaró las prendas terrenales de ella, _moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho_, que tiraba la barra _como el más forzudo zagal de todo el pueblo_. Se puso un día _encima del campanario de la aldea a llamar a unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre y aunque estaban de allí a media legua, así lo oyeron como si estuvieran al pie de la torre_. Y se la oye ahora, que convertida en Dulcinea, pregona tu nombre, Sancho socarrón. _Tiene mucho de cortesana_--añadió--; _con todos se burla y de todo hace mueca y donaire_... Sí, de todos sus favoritos se burla la Gloria.
Dejó de hablar Sancho, juzgando a Dulcinea, o mejor a Aldonza, según sus groseros ojazos, y su amo le contó el cuento de la viuda hermosa, moza, libre y rica que se enamoró del mozo rollizo e idiota. Para lo que le quería... Sí, para el que quiere estrujar idealidad del mundo nada hay en él de bajo ni de grosero, y muy bien puede Aldonza Lorenzo encarnar a Dulcinea.
Pero hay aquí algo más íntimo. Alonso Quijano el Bueno que había recatado en los más recónditos recovecos de su corazón durante doce años aquel amor que fué acaso lo que llevándole a engolfarse en libros de caballería le llevó a hacerse Don Quijote, Alonso Quijano, roto ahora, merced a la locura caballeresca, su vergonzante recato, confiesa a Sancho su amor. ¡A Sancho! Y al confesarlo, lo profana. El muy bellaco del escudero no se percata de lo que se le abre al conocimiento y a la confianza y habla de Aldonza como de una garrida moza cualquiera de lugar. Y entonces Don Quijote, apesadumbrado al ver cuán a lo burdo entendió Sancho sus amores, sin conocer que para todo buen enamorado es su amor único y como no lo ha habido en la tierra antes, le cuenta la sustanciosa historia de la viuda y el idiota, para concluir en lo de _por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra_. ¡Pobre Caballero! y cómo tuviste que callar y sepultar en lo más escondido de tu seno que a no haberte atado la vergüenza del de demasiado amor que se te prendió en el otoño de tus años, para otra cosa que para invocarla por los caminos bajo el nombre de Dulcinea habrías querido a la hermosa hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales! Di ¿no hubieras dado por ella la gloria, esa gloria que por ella ibas a buscar?
Acabado el coloquio, escribió Don Quijote la carta a Dulcinea, aun no sabiendo leer Aldonza Nogales, y la cédula de los tres pollinos que se entregarían a Sancho. ¡Ah, Sancho, Sancho, llevas el más grande de los cometidos, una misiva de amor a Dulcinea, y necesitas llevar con ella una cédula de tres pollinos!
Siguióse nuevo coloquio y en él dijo Don Quijote aquello de: _A fe, Sancho, que a lo que parece no estás tú más cuerdo que yo_. Cierto es ello, pues le contagiaste, noble Caballero.
Al ir a partir Sancho, desnudóse su amo con toda priesa los calzones, _quedó en carnes y en pañales y luego, sin más ni más, dió dos zapatetas en el aire y dos tumbos la cabeza abajo y los pies en alto descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda a Rocinante y se dió por satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco_.