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CAPÍTULO XXXIV

Que da cuenta de la noticia que tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas deste libro.

Entre esas burlas que el historiador estima propias y discretas, no lo siendo ni de lejos, estuvo la del modo cómo se había de desencantar a Dulcinea, dándose Sancho tres mil trescientos azotes

_en ambas sus valientes posaderas al aire descubiertas, de tal modo que le escuezan, le amarguen y le enfaden_.

Y los azotes había de dárselos de propia voluntad, sin que valiesen los que por fuerza quería propinarle Don Quijote. Negóse Sancho a dárselos, porfiaron negándole el gobierno de la ínsula si no prometía vapularse, y al fin, vencido de razones y de codicia, lo prometió. Y _Don Quijote se colgó del cuello de Sancho dándole mil besos en la frente y en las mejillas_, recompensa más que colmada a su final resignación.

Y ¿por qué no te has de azotar por amor de Dulcinea, Sancho amigo, si es a ella a quien debes la perpetuidad de tu fama? Vale más que te azotes por Dulcinea que no por lo que sueles azotarte de ordinario; vale más Dulcinea que no gobierno de ínsula alguna. Si al azotarte, si al trabajar pusieses siempre tu mira en Dulcinea, sería siempre santo tu trabajo. Cuando trabajes de zapatero pon tu hito en hacerlo mejor que ningún otro, y aspira a la gloria de que tus parroquianos no padezcan callos en los pies.

Hay una forma la más elevada de trabajo, cual es la de convertirlo en oración, y aserrar madera, colocar mampuesto, coser zapatos, cortar calzones o componer relojes a la mayor honra y gloria de Dios, pero hay otra forma, por menos encumbrada más humana y más conseguidera, y es hacerlo por Dulcinea, por la gloria. ¡Cuántos pobres Sanchos que se desesperan y reniegan bajo el yugo del trabajo se sentirían alijarados de él y henchidos de alegría en su labor, si al trabajar, es decir, al azotarse pusieran su mira en desencantar a Dulcinea, en cobrar nombre y fama con su trabajo! Esfuérzate, Sancho, por ser en tu pueblo el primero de tu oficio y toda la pesadumbre y graveza de tu trabajo se disipará ante tan honrado propósito. El pundonor dignifica al artesano.

Cuenta el GÉNESIS no que Dios condenara al hombre al trabajo, pues dice que le puso en el paraíso para que lo cuidara y trabajase (II, 15), sino que le condenó, luego de haber Adán pecado, a la penosidad del trabajo, a que le fuese éste penoso y molesto, a que con dolor comiera de la tierra que no le produciría sino espinas y cardos, a comer su pan amasado con sudor (III, 17-19). Y el amor a la gloria, el ansia de desencantar a Dulcinea, convierte en rosas los cardos y en suaves pétalos las pinchosas espinas. Y ¿cómo quieres, Sancho, que fuese a vivir Adán en el paraíso sin trabajarlo? ¿Qué paraíso podía ser ese en que no se trabajaba? No, no puede haber verdadero paraíso alguno sin algún trabajo en él.

Ya sé que hay Sanchos que cantan esta copla:

Cada vez que considero que me tengo de morir, tiendo la capa en el suelo y no me harto de dormir.

Ya sé que hay Sanchos que se representan la gloria eterna como un eterno nada hacer, como un campo celeste en que tendidos a la bartola se está viendo lucir el sol increado, pero para ellos la suprema recompensa debe ser la nada, el sueño inacabable sin ensueños ni despertar. Nacieron cansados y con la pesadumbre de los trabajos y penas de sus abuelos y tatarabuelos a cuestas; ¡descansen sobre sus nietos y tataranietos durmiendo en las honduras de éstos! Y esperen así que Dios los despierte al trabajo divino.

Ten por seguro, Sancho, que si al fin y a la postre se nos da, como te tienen prometido, una visión beatífica de Dios, esa visión habrá de ser un trabajo, una continua y nunca acabadera conquista de la Verdad Suprema e Infinita, un hundirse y chapuzarse cada vez más en los abismos sin fondo de la Vida Eterna. Unos irán en ese glorioso hundimiento más de prisa que otros y ganando más hondura y más gozo que ellos, pero todos irán hundiéndose sin fin ni acabamiento. Si todos vamos al infinito, si todos vamos _infinitándonos_, nuestra diferencia estribará en marchar unos más de prisa y otros más despacio, en crecer éstos en mayor medida que aquéllos, pero todos avanzando y creciendo siempre y acercándonos todos al término inasequible, al que ninguno ha de llegar jamás. Y es el consuelo y la dicha de cada uno el saber que llegará alguna vez a donde llegó otro cualquiera, y ninguno a parada de última queda. Y es mejor no llegar a ella, a quietud, pues si el que ve a Dios, según las Escrituras, se muere, el que alcanza por entero a la Verdad Suprema queda absorbido en ella y deja de ser.

Trabajo, Señor, da a Sancho, y danos a todos los pobres mortales trabajo siempre, procúranos azotes, y que siempre nos cueste esfuerzo conquistarte y que jamás descanse en Ti nuestro espíritu, no sea que nos anegues y derritas en Tu Seno. Danos Tu paraíso, Señor, pero para que lo guardemos y trabajemos, no para dormir en él; dánoslo para que empleemos la eternidad en conquistar palmo a palmo y eternamente los insondables abismos de Tu infinito seno.

CAPÍTULOS XL, XLI, XLII Y XLIII

De la venida de Clavileño y de otras cosas.

Viene luego en nuestra historia el relato de la Dueña Dolorida, que al historiador le parece de perlas, según lo declara al principio del capítulo XL, y a mí me parece de lo más burdo y más torpemente tramado que puede darse. Todo el valor de esta grosera burla consiste en preparar la del caballo Clavileño, en el cual habrían de ir Don Quijote y su escudero por los aires al reino de Gandaya, vendados los ojos antes ambos.

Resistióse Sancho a subirse en Clavileño, pues no era brujo _para gustar de andar por los aires_, ni era cosa que sus insulanos dijeran que su gobernador se andaba _paseando por los vientos_, mas el Duque le dijo: _Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva... y pues vos sabéis que sé yo que no hay ningún género de oficio destos de mayor cuantía que no se grangee con alguna suerte de coecho, cual más, cual menos, el que yo quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro señor Don Quijote a dar cima y cabo a esta memorable aventura_, con otras razones que añadió. A lo cual _no más señor--dijo Sancho--, yo soy un pobre escudero, y no puedo llevar a cuestas tantas cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme a Dios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan_. Entonces declaró Don Quijote que desde la memorable aventura de los batanes, nunca había visto a Sancho con tanto temor. A pesar de lo cual montó el escudero en Clavileño, detrás de su amo, y pidió, con lágrimas en los ojos, que rezasen por él. Y luego, cuando iban por los aires imaginarios, se ceñía y apretaba a su amo, lleno de miedo cerval.

El resto de la aventura es cosa tristísima si la hemos de juzgar a lo mundano, pero ¡cuántos se remontan en Clavileño sin moverse del lugar en que montaron y atraviesan así la región del aire y la del fuego! Es tan triste la aventura, que quiero llegar a cuando al acabarla y después de haberse visto Don Quijote y Sancho sin más daño que un revolcón y chamuscamiento, libre ya el escudero de su miedo, dió en inventar mentiras, y al oirlas Don Quijote se acercó a Sancho y le dijo estas preñadas palabras: _Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos, y no digo más_.

Vele aquí la fórmula más comprensiva y a la vez más vasta de la tolerancia: si quieres que te crea, créeme tú. Sobre el crédito mutuo se cimenta la sociedad de los hombres. La visión del prójimo es para él tan verdadera como para ti lo es tu propia visión. Siempre, sin embargo, que sea verdadera visión y no embuste y patraña.

Y en esto estriba la diferencia entre Don Quijote y Sancho, y es que Don Quijote vió de veras lo que dijo había visto en la cueva de Montesinos--a pesar de las maliciosas insinuaciones de Cervantes en contrario--y Sancho no vió lo que dijo haber visto en las esferas celestiales yendo en lomos de Clavileño, sino que lo inventó mintiendo, por imitar a su amo o desahogar su miedo. No nos es dado a todos gozar de visiones y menos aún el creer en ellas y creyéndolas hacerlas verdaderas.

Poneos en guardia contra los Sanchos que apareciendo defensores y sustentadores de la ilusión y de las visiones, en realidad no defienden sino la mentira y la farándula. Cuando os digan de un embustero que acaba por creer los embustes que urde, contestad redondamente que no. El arte no puede ni debe ser alcahuete de la mentira; el arte es la suprema verdad, la que se crea en fuerza de fe. Ningún embustero puede ser poeta. La poesía es eterna y fecunda como la visión: la mentira es estéril como una mula y dura menos que la nieve marzera.

Y admiremos la suprema generosidad de Don Quijote que estando seguro de que él vió lo que dijo haber visto en la cueva de Montesinos y más seguro aún, si cabe, de que Sancho no vió lo que decía haber visto en las celestes esferas se limitó a decirle: _si vos queréis que os crea... yo quiero que vos me creáis_. ¡Cristianísima manera de salir al paso y cerrárselo a los embusteros que juzgando a los demás por sus propias mañas, toman por embustes las visiones quijotescas! Y hay, no obstante, una vara infalible para deslindar de la mentira la visión.

Don Quijote se hundió y empozó en la cueva de Montesinos lleno de coraje y denuedo, sin hacer caso de Sancho que quería disuadirle de ello, a cuyas amonestaciones contestó lo de _¡ata y calla!_, y haciendo oídos sordos al guía, bajó lleno de valor, y Sancho montó en Clavileño aterido de miedo y con lágrimas en los ojos y no muy de su voluntad. Y así como el valor es el padre de las visiones, así la cobardía es la madre de los embustes. El que acomete una empresa henchido de bravura y fiado en el triunfo o sin importársele de la derrota, llega a ver visiones, pero no trama mentiras, y el que teme un desenlace adverso, el que no sabe afrontar serenamente el fracaso, el que empeña en su intento esa mezquina pasión del amor propio que se arredra ante el no salirse con la suya, éste trama mentiras para precaverse de la derrota y no sabe ver visiones.

Así en esta nuestra patria y patria de Don Quijote y Sancho como es la cobardía moral lo que tiene presas a las almas, y los hombres reculan ante un probable fracaso y tiemblan de haber de caer en ridículo, verbenean que es una lástima las mentiras, y escasean que da pena las visiones. Los embusteros ahogan a los visionarios. Y no sabremos ver visiones reconfortantes y encorazonadoras y gozar de ellas, mientras no aprendamos a afrontar el ridículo, y a arrostrar el que los tontos y los menguados de corazón nos tomen por locos o caprichudos o soberbios y a saber que el quedarse solo no es quedar derrotado como dicen los mentecatos, y a no andarnos siempre calculando de antemano el llamado triunfo. Don Quijote no pensó al meterse en la cueva en cómo saldría de ella ni en si saldría siquiera, y por eso vió allí dentro visiones. Y Sancho, como mientras iba a su pesar y con los ojos vendados, sobre Clavileño, no pensaba sino en cómo habría de salir de aquella aventura en que por quiebras de su oficio escuderil se veía metido, así que se vió sano y libre rompió a ensartar embustes.

Y esta otra diferencia hay al respecto entre Don Quijote y Sancho, y es que Don Quijote se metió en la cueva por sí y ante sí, sin que nadie le forzase a ello ni le mandase hacerlo, pudiendo muy bien haberse ahorrado tal proeza para cuyo cumplimiento hubo de desviarse de su camino, y Sancho montó en Clavileño porque el Duque se lo impuso como condición para darle el gobierno de la ínsula. Don Quijote se despeñó, empozó y hundió en la cueva sólo por que conociera el mundo que si Dulcinea le favorecía no habría imposible que él no acometiera y acabase, y Sancho montó en Clavileño por amor al gobierno de la ínsula. Y de lo encumbrado y desinteresado del propósito del caballero nació su valor y de su valor las visiones de que gozó, y de lo interesado y pobre del propósito del escudero nació su miedo y de su miedo los embustes que urdió. Ni Don Quijote buscaba gobierno alguno sino sólo mostrar la fortaleza con que le animaba Dulcinea y hacer que los hombres declararan así la grandeza de ésta, ni Sancho buscaba gloria alguna sino sólo el gobierno de la ínsula. Y por esto Don Quijote vió visiones valerosamente, y Sancho fraguó embustes cobardemente.

El interés, sea del género que fuese y aunque se disfrace de amor a la gloria, la rebusca de fortuna, de posición, de honores, de distinciones mundanas, de aplausos del momento, de cargos o preminencias de aparato, de lo que nos dan los otros a cambio de servicios reales o ilusorios o a trueque de promesas y halagos, todo esto engendra cobardía moral, y la cobardía moral pare mentiras conejilmente, y el desinterés de no buscar sino a Dulcinea y saber esperar a que los hombres nos reconocerán al cabo fieles servidores y favoritos de ella, infunde valor y el valor nos regala visiones. Armémonos, pues, de visiones quijotescas y desbaratemos con ellas los embustes sanchopancescos.