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CAPÍTULO XV

Donde se cuenta y da noticia de quién era el caballero de los Espejos y su escudero.

En este capítulo de la historia se nos cuenta cómo el caballero de los Espejos no era otro que Sansón Carrasco, bachiller por Salamanca, que de acuerdo con el cura y el barbero, ideó aquella traza para obligar a Don Quijote a que se redujese a su casa.

Y el maligno Carrasco juró vengarse de Don Quijote, moliéndole a palos las costillas, locura mil veces más desatinada y más de verdad locura que la del hidalgo; locura, en fin, de pasión de hombre sensato, que son las peores y las más ponzoñosas de las locuras todas. El loco _que lo es por fuerza lo será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser cuando quisiera_--decía el bachiller.

Pero venid acá, señor bachiller por Salamanca, venid y decidme ¿cuál es peor desvarío, el que arranca de la cabeza o el que del corazón brota, la enfermedad del imaginar o la del querer? Y el que de grado o por voluntad se hace el loco, es que tiene la voluntad enferma o torcida, y para esto hay peor remedio que para las enfermedades del entendimiento. Y los que, como su merced, tienen el entendimiento tupido de cordura socarrona, y allende esto se lo han atiborrado de lugares comunes escolásticos en las aulas de Salamanca, suelen tener la voluntad loca de malas pasiones, de rencor, de soberbia, de envidia. ¿Pues qué razón había para ir a pelear Sansón Carrasco contra Don Quijote?

_¿He sido yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión de tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival o hace él profesión de las armas para tener envidia a la fama que yo por ellas he ganado?_--decía Don Quijote. Sí, generoso Caballero, sí; fuiste y eres su enemigo como lo es todo hidalgo heroico y generoso de todo bachiller socarrón y rutinero; le diste ocasión de ojeriza, pues cobraste con tus locas hazañas una fama que él nunca alcanzó con sus cuerdos estudios y bachillerías salamanquescas, y era tu rival y te tenía envidia. Y aunque declaró, y acaso así lo creyese él mismo, que salió al campo con la mira de reducirte a cordura, la verdad es que le movió a ello, tal vez sin él percatarse de tal motivo, su deseo de unir su nombre al tuyo y de andar junto contigo en lengua de la fama, como lo consiguió.

¿Y no sería acaso que buscaba llegase a oídos de aquella andaluza Casilda, con la que se pasó en claro las noches a la reja, allá en las callejas de Salamanca, y a la que envolvió en su Casildea de Vandalia, su hazañosa proeza y su locura? ¿No oiría acaso hablar de ti con admiración a esa Casilda, que habría leído la primera parte de tu historia? Todo podía ser.

Pero tú le venciste, para que se vea que la locura generosa da más arrestos y más bríos que no la cordura menguada y socarrona, y sobre todo para que el bueno del bachiller por Salamanca aprendiese aquello de _quod natura non dat, Salmantica non praestat_, vieja verdad a pesar de aquel arrogante lema del escudo de la vieja Escuela que dice: _Omnium scientiarum princeps, Salmantica docet_.

CAPÍTULOS XVI Y XVII

De lo que sucedió a Don Quijote con un discreto caballero de la Mancha y Donde se declara el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de Don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones.

Acabado este lance se encontró Don Quijote con el discretísimo Don Diego de Miranda, yendo con el cual toparon con los carros de los leones. Y allí fué la estupenda y nunca bien ponderada aventura, y cuando Don Quijote exclamó el inmortal: _¿leoncitos a mí? ¿a mí leoncitos y a tales horas? pues por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones_. Quiso convencerle Don Diego con que los leones no iban contra él, mas despachólo Don Quijote con que él sabía si iban o no a él aquellos señores leones y amenazó al leonero si no les abría la jaula. Pidió el leonero desuncir las mulas y ponerse en salvo y _oh hombre de poca fe--respondió Don Quijote--; apéate y desunce y haz lo que quisieres_.

¡Maravillosa proeza! ¡nunca visto valor de Don Quijote, y valor en seco, sin motivo ni objetivo, valor puro, valor acendrado! ¿No sería tal vez que mientras Don Quijote mostraba ostentar así su valentía, por debajo de él el pobre Alonso el Bueno, agobiado por el desencanto sufrido al no encontrarse con la suspirada Aldonza, buscaba morir en las garras y quijadas del león con muerte no tan torturadora como la que de continuo le estaba dando su amor desventurado?

Ello fué que no sirvieron ruegos ni razones, sino que Don Quijote se apeó _temiendo que Rocinante se espantaría con la vista de los leones... arrojó la lanza y embrazó el escudo y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente se fué a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora Dulcinea_. Al mismo historiador le arranca expresiones de admiración esta intrepidez singular. Abierta la jaula, _lo primero que_ (el león) _hizo fué revolverse_ (en ella) _donde venía echado y tender la garra y desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se despolvoreó los ojos y se lavó el rostro: hecho esto sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma temeridad. Sólo Don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos_, mientras acaso esperase en tanto el pobre Alonso el Bueno que entre las garras de la bestia acabase de sufrir su pobre y llagado corazón y se deshiciese en él la imagen de aquella Aldonza, suspirada doce años. _Pero el generoso león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a Don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula._

¡Ah, condenado Cide Hamete Benengeli, o quienquiera que fuese el que escribió tal hazaña, y cuán menguadamente la entendiste! No parece sino que al narrarla te soplaba al oído el envidioso bachiller Sansón Carrasco! No, no fué así, sino lo que en verdad pasó es que el león se espantó o se avergonzó más bien al ver la fiereza de nuestro caballero, pues Dios permite que las fieras sientan más al vivo que los hombres la presencia del poder incontrastable de la fe. O ¿no sería acaso que el león, soñando entonces en la leona recostada, allá, en las arenas del desierto, bajo una palmera, vió a Aldonza Lorenzo en el corazón del Caballero? ¿No fué su amor lo que le hizo a la bestia comprender el amor del hombre y respetarle y avergonzarse ante él?

No, el león no podía ni debía burlarse de Don Quijote, pues no era hombre sino león, y las fieras naturales, como no tienen estragada la voluntad por pecado original alguno, jamás se burlan. Los animales son enteramente serios y enteramente sinceros, sin que en ellos quepa socarronería ni malicia. Los animales no son bachilleres, ni por Salamanca ni por ninguna otra parte, porque les basta lo que la naturaleza les da.

Lo que le pasó al león, enjaulado entonces como en un tiempo lo estuvo Don Quijote, es que al ver a éste se avergonzó, y que esto debió ser así nos lo prueba y corrobora el que ya en otra ocasión, siglos antes, se había otro león avergonzado ante otro hazañoso caballero, el Cid Ruy Díaz de Vivar, según nos lo cuenta su viejo romance (POEMA DEL CID, versos 2278 a 2301). El cual dice que estando el Cid en Valencia con todos sus vasallos y sus yernos, los infantes de Carrión, y durmiendo el Campeador en un escaño, salióse de la red y se desató el león, sembrando miedo en la corte. Despertó el que en buen hora nació, y al ver lo que acontecía

Mió Çid fincó el cobdo, en pie se levantó; el manto trae al cuello e adelinó pora leon; el leon quando lo vió assí, envergonçó: ante mió Çid la cabeça premió e el rostro fincó. Mió Çid don Rodrigo al cuello lo tomó, e lieva lo adestrando, en la red lo metió.

(2296-2301).

Así ante Don Quijote, nuevo Cid Campeador, _envergonzó_ el león, que acaso fuera uno de los dos que hoy figuran en nuestro escudo de armas, y el avergonzado ante el Cid el otro.

Aún insistió Don Quijote en que se irritase al león; mas el leonero le convenció de que no debía hacerse. Y fué entonces cuando el Caballero pronunció aquellas profundísimas palabras de _bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible_. Y ¿qué más hace falta?

Y no se me venga ahora aquí diciendo que me aparto del puntualísimo texto del historiador, porque es preciso entender bien en que no puede uno apartarse de él, sin muy grave temeridad y aun peligro de su conciencia, y en que somos libres de interpretarlo a nuestro sabor y consejo. En cuanto se refiere a hechos y aparte los evidentes errores de copista--rectificables todos--no hay sino acatar la infalible autoridad del texto cervantino. Y así debemos creer y confesar que el león volvió las espaldas a Don Quijote y se volvió a echar en la jaula. Pero que fuese por comedimiento y que considerase niñerías y bravatas las de Don Quijote y que no lo hiciese por vergüenza al ver su valor, o ya compadecido de su amor desgraciado, es una libre interpretación del historiador, que no vale sino por la autoridad personal y puramente humana del historiador mismo. Sucede con esto como con el comentario que pone al discurso de los cabreros, llamándolo _inútil razonamiento_, y que es una glosa desdichada que se ha interpolado en el texto.

Hago estas prevenciones porque no quiero, he de repetirlo une vez más, que se me confunda con la perniciosa y pestilente secta de los hombres vanos e hinchados de huera ciencia histórica, que se atreven a sostener que no hubo tales Don Quijote y Sancho en el mundo, y otras atroces osadías semejantes, a que les lleva su desmedido afán de lograr notoriedad sosteniendo novedades y singularidades. Y ved aquí cómo el mismo noble impulso de dejar nombre y fama que movió a Don Quijote a llevar a cabo sus hazañas, les mueve a otros a negarlas. ¡Qué abismo de contradicciones es el hombre!

Y volviendo a nuestra historia, hemos de añadir que luego de avergonzado el león y al explicar Don Quijote a Don Diego de Miranda su aparente locura en tal proeza, descubrió una vez más la raíz de ella al declarar que andaba a la busca de tan arriesgadas aventuras _sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera_ y explicó, con atinadísimas razones, cómo debe el caballero dar en temerario--pues reconoció ser _temeridad exorbitante_ lo del león--ya que _es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía y en esto de acometer aventuras... antes se ha de pecar por carta de más que de menos_. ¡Concertadísimas y muy cuerdas razones con las que se justifica todo exceso ascético o heroico!

Conviene también pararse a considerar cómo esta aventura del león fué una aventura por parte de Don Quijote, de acabada obediencia y de perfecta fe. Cuando el Caballero topó al azar de los caminos con el león aquél fué, sin duda alguna, porque Dios se lo enviaba a él, y su fortísima fe le hizo decir que él sabía si iban o no a él aquellos señores leones. Y con sólo verlos entendió la voluntad del Señor y obedeció según la tercera y más perfecta manera de obedecer que hay, según Íñigo de Loyola--véase el cuarto aviso que dictó sobre esto, según lo trae el P. Rivadeneira, en el capítulo IV del libro V de la VIDA--y es «cuando hago esto o aquello sintiendo alguna señal de Superior, aunque no me lo mande ni ordene». Y así Don Quijote en cuanto vió al león, sintió la señal de Dios, y arremetió sin prudencia alguna, pues como decía el mismo Loyola--véase el mismo capítulo antedicho--«la prudencia no se ha de pedir tanto al que obedece y ejecuta cuanto al que manda y ordena». Y Dios quiso, sin duda, probar la fe y obediencia de Don Quijote como había probado las de Abraham mandándole subir al monte Moria a sacrificar a su hijo. (Gen., cap. XXII.)

CAPÍTULOS XVIII, XIX, XX, XXI, XXII Y XXIII

_Que tratan de lo que sucedió a Don Quijote en casa del caballero del Verde Gabán, de la aventura del pastor enamorado, de las bodas de Camacho, y en los dos últimos de la aventura de la cueva de Montesinos_, que está en el corazón de la Mancha, y de las admirables cosas que el extremado Don Quijote contó que había visto _en ella_.

Llegaron a casa de Don Diego, conoció allí Don Quijote al hijo de aquél, Don Lorenzo, y al oirle negar que hubiese habido caballeros andantes no trató ya de sacarle de su engaño, sino que propuso rogar al cielo le sacase de él. ¡Ah, mi pobre Caballero, y cómo te ha dejado el encantamiento de tu Dulcinea!

Tras esto ocurrió lo de las bodas de Camacho en que nada hay que notar, y después se dirigió Don Quijote a la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha.

Antes de hundirse en ella _hizo una oración en voz baja pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella al parecer peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego: oh señora de mis acciones y movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso, si es posible que lleguen a tus oídos las plegarias y rogaciones deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches, que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo ahora que tanto lo he menester_. Ved cómo a canto de meterse en tan inaudito empeño ruega primero a Dios y a Dulcinea luego, a Dios en voz baja y a Dulcinea en alta voz. Con Dios primero, sí, pero a solas, que no necesita de que nos desgañitemos para oirnos, pues oye hasta el resollar de nuestro silencio; mas con Dulcinea nos es menester dar grandes voces e invocarla a pecho henchido y boca llena, entre los hombres.

Y prosiguió diciendo Don Quijote: _Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aquí se me representa, sólo por que conozca el mundo que si tú me favoreces no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe_. Amad a Dulcinea y no habrá imposible que se os resista y tese. ¡Ahí está el abismo; adentro de él!

_Y en diciendo esto se acercó a la sima, vió no ser posible descolgarse ni hacer lugar a la entrada si no era a fuerza de brazos o a cuchilladas, y así poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta priesa que dieron con Don Quijote en el suelo; y si él fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y excusara de encerrarse en lugar semejante._ Parémonos a considerarlo.

Si te empeñas en empozarte y hundirte en la sima de la tradición de tu pueblo para escudriñarla y desentrañar sus entrañas, escarbándola y zahondándola hasta dar con su hondón, se te echarán al rostro los grandísimos cuervos y grajos que anidan en su boca y buscan entre las breñas de ella abrigo. Tendrás primero que derribar y cortar las malezas que encubren a la cueva encantada, o más bien tendrás que desescombrar su entrada, obstruida por escombros. Lo que llaman tradición los tradicionalistas no son sino rastrojos y escurrajas de ella. Los grandísimos cuervos y grajos que guardan la boca de esa sima encantada y en la que fraguaron sus escondrijos, jamás se empozaron ni hundieron en las entrañas de la sima, y se atreven, no embargante, a graznar diciéndose moradores de su interior. La tradición por ellos invocada no lo es de verdad; se dicen voceros del pueblo y nada hay de esto. Con el machaqueo de sus graznidos han hecho creer al pueblo que cree lo que no cree, y es menester empozarse en las entrañas de la sima para sacar de allí el alma viva de las creencias del pueblo.

Y antes de hundirse y empozarse uno en esa sima de las verdaderas creencias y tradiciones del pueblo, no las del carbonero de la fe, tiene que derribar y cortar las malezas que cubren su entrada. Cuando lo hagáis os dirán que queréis cegar la cueva y taparla y ahogar a los moradores de ella; os llamarán malos hijos y descastados y todo cuanto se les ocurra. Haced oídos sordos a graznidos tales.

Y allí, en la cueva, gozó Don Quijote de visiones que se dejan muy a la zaga a las más maravillosas de que otros hayan gozado, sin que sea menester repetir aquí lo de que si a uno se le aparece un ángel en sueños es que soñó que se le aparecía un ángel. Invito al lector a que relea en el capítulo XXIII de la Segunda Parte el relato de las asombrosas visiones de Don Quijote y juzgando, como debe juzgarse, por el contento y deleite que de su lectura reciba, me diga luego si no son más fidedignas que otras no menos asombrosas con que dicen que Dios regaló a siervos suyos, soñadores en la profunda cueva encantada del éxtasis. Y no sirve sino creer a Don Quijote, que siendo hombre incapaz de mentir, afirmó que lo por él contado lo vió por sus propios ojos y lo tocó con sus mismas manos, y esto baste y aun sobre. Sancho quiso negar la verdad de tales visiones y más cuando oyó decir a su amo que vió a Dulcinea encantada en la moza labradora que aquél le había mostrado, mas Don Quijote respondió sesudamente: _Como te conozco, Sancho, no hago caso de tus palabras_. Ni debemos nosotros tampoco hacer caso de palabras sanchopancescas cuando de rendir fe a visiones se trate.