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CAPÍTULO LXXI

De lo que a Don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea.

Salieron amo y escudero de casa de los Duques y reanudaron camino de su aldea. Y yendo de camino ofreció Don Quijote a Sancho pagarle los azotes, _a cuyos ofrecimientos abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dió consentimiento en su corazón a azotarse de buena gana_, pues el amor de sus hijos y de su mujer le hacía mostrarse interesado, según declaró él mismo. Estimólos Sancho en ochocientos veinticinco reales, y Don Quijote exclamó: _¡Oh Sancho bendito! ¡oh Sancho amable! y cuán obligados hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los días que el cielo nos diere de vida!_ Y llegada la noche se retiró Sancho entre unos árboles y _haciendo del cabestro y de la jáquima del rucio un poderoso y flexible azote_, desnudóse de medio cuerpo arriba, _comenzó a darse y comenzó Don Quijote a contar los azotes_. A los seis u ocho pidió Sancho aumento de precio y se lo dobló su amo, _pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y daba en los árboles, on unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada uno de ellos se le arrancaba el alma_.

Mira, Sancho, esto que a cuenta de tus azotes pasó entre tu amo y tú, es un perfecto símbolo de lo que en tu vida pasa. Ya te dije que de tus azotes vivimos todos, incluso los que filosofamos sobre ellos o los ponemos en coplas. Tiempo hay en que se te quiere obligar por la fuerza a que te azotes, y se te esclaviza, pero llega día en que haces lo que hiciste con tu amo y señor natural Don Quijote, y es desmandarte contra quien te quiere forzar a que te azotes y poner tu rodilla sobre su pecho y exclamar: _¡mi amo soy yo!_ Y entonces se cambia de táctica y se te ofrece pagarte los azotes, lo cual es un nuevo engaño, pues que de ellos sale también la paga que por ellos te dan. Y tú, pobre Sancho, movido del amor a tus hijos y a tu mujer, accedes y te dispones a azotarte. Pero ¿cómo has de hacerlo con voluntad y de veras, si no estás persuadido del valer de tus azotes? Das seis u ocho en tu cuerpo y los tres mil doscientos noventa y dos restantes en los árboles y lo más de tu trabajo se pierde. Lo más del trabajo humano se pierde, y es natural que así sea, porque ¿con qué devoción va a pulir joyas un infeliz que las pule para ganarse el pan mas sin estar persuadido del valor social de las tales joyas? ¿con qué ahinco hará juguetes para los hijos de los ricos el que haciéndolos saca el pan para los suyos, que no tienen con qué jugar?

Trabajo de Sísifo es lo más del trabajo humano y el pueblo no tiene conciencia de que es sólo un pretexto para que le den jornal, y no como cosa suya, sino como algo ajeno que le hacen la merced de dejárselo ganar. El toque está en que reciba Sancho su salario como cosa que no le pertenece sino en virtud de los azotes que se hubiera dado y porque le han hecho la merced de proporcionarle azotina, y para sostener y perpetuar la mentira del derecho de propiedad y del acaparamiento de la tierra por los poderosos, se inventan azotes, por absurdos que ellos sean. Y así se azota Sancho con el mismo empeño con que desenchinarran calles esos desgraciados a los que en los meses de invierno, cuando escasean azotes, les mandan los Municipios a desenchinarrar calles para volverlas a enchinarrar y con ello justificar la limosna vergonzante que se les reparte.

Tela de Penélope y tonel de las Danaides es lo más de tu azotina, Sancho; el caso es que te cueste ganarte el pan y que tengas que agradecérselo a los que te proporcionan azotes, y que reconozcas que te pagan de lo suyo y no pongas tu pie en sus hanegas de sembradura como en su pecho pusiste la rodilla. Haces, pues, muy bien en desollar los árboles a jaquimazos, pues lo mismo te han de pagar, ya que te pagan no porque te azotes, sino por que no te rebeles. Haces muy bien, pero harías mejor si volvieras la jáquima alguna vez contra tus amos y los azotaras a ellos y no a los árboles y los echaras a azotes de sus hanegas de sembradura, o que las aren y siembren ellos contigo y como cosa de los dos.

CAPÍTULOS LXXII Y LXXIII

De cómo Don Quijote y Sancho llegaron a su aldea.

Prosiguiendo su camino, se encontraron en el mesón con D. Álvaro Tarfe; a los dos días acabó con sus azotes Sancho y a poco divisaron la aldea. Entraron en ella y en sus casas. Y al declarar Don Quijote al cura y al bachiller su propósito de que se hicieran pastores, descubrió Carrasco su mal, la locura pegada por Don Quijote y que le llevó a vencer a éste, al decir lo de _como ya todo el mundo sabe, yo soy celebérrimo poeta_. ¿No os dije que el bachiller estaba tocado de la misma locura del hidalgo? ¿No había acaso soñado entre las doradas piedras de Salamanca, sueño de no morir?

Acudió el ama al oir lo de los pastores a aconsejar a su amo y le dijo: _estése en su casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres y sobre mi ánima si mal le fuere_.

Esta buena ama habla poco, pero cuando rompe a hablar se vacía en pocas palabras. ¡Y qué bien discurre! ¡con cuánto seso! Lo que aconsejó a su amo es lo que nos aconsejan los que dicen querernos bien.

¡Querernos bien!... ¡querernos bien!... ¡Ay cariño, cariño, y qué miedo te tengo! Así que oigo a un amigo lo de «yo te quiero bien» o «haga caso de los que bien le queremos» me echo a temblar. Los que me quieren bien... ¿y quiénes me quieren bien? Los que quieren que sea como ellos quieren para quererme. ¡Ay Cariño, cariño, terrible cariño que nos lleva a buscar en el querido el que de él hicimos! ¿Quién me quiere como soy? Tú, Tú sólo, Dios mío, que queriéndome me creas de continuo, pues es mi existencia misma obra de tu eterno amor.

_Estése en su casa_... ¿Y por qué he de estarme en casa? Estése cada uno en la suya y no habrá Dios que esté en la de todos.

_Atienda a su hacienda_... ¿Y cuál es mi hacienda? Mi hacienda es mi gloria.

_Confiese a menudo_... Mi vida y mi obra son una confesión perpetua. Desgraciado del hombre que tiene que recogerse a tiempos y lugares para confesarse. Eso de la confesión de que habla el ama de Don Quijote ¿no nos educa acaso a ser reservados y chismosos a la vez?

_Favorezca a los pobres_... Sí, pero a los verdaderos pobres, a los pobres de espíritu y no con el favor que ellos piden, sino con el que necesitan.

Mira, lector, aunque no te conozco te quiero tanto que si pudiese tenerte en mis manos te abriría el pecho y en el cogollo del corazón te rasgaría una llaga y te pondría allí vinagre y sal para que no pudieses descansar nunca y vivieras en perpetua zozobra y en anhelo inacabable. Si no he logrado desasosegarte con mi Quijote es, créemelo bien, por mi torpeza y porque este muerto papel en que escribo ni grita, ni chilla, ni suspira, ni llora, porque no se hizo el lenguaje para qué tú y yo nos entendiéramos.

Y ahora vamos a asistir a bien morir a Don Quijote.