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CAPÍTULO XLVI

Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió Don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora.

Mas luego, apiadado de la dolencia de amor de la desenvuelta moza, mandó le pusiesen un laúd por la noche en el aposento, _que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella--dijo. Y llegadas las once horas de la noche halló Don Quijote una vihuela en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba gente en el jardín y habiendo recorrido los trastes de la vihuela, y afinádola lo mejor que supo, escupió y remondóse el pecho, y luego con voz ronquilla, aunque entonada, cantó_ un romance que trae el historiador y que el mismo Don Quijote _aquel día había compuesto_.

El verdadero héroe es, sépalo o no, poeta, porque ¿qué sino poesía es el heroísmo? La misma es la raíz de la una y del otro, y si el héroe es poeta en acción, es el poeta héroe en imaginativa. El caballero andante, que hace profesión de las armas, necesita raíces de poeta, porque su arte es arte militar, del cual no dudaba el Dr. Huarte, como en el cap. XVI de su EXAMEN nos dice, sino que «pertenece a la imaginativa, porque todo lo que el buen capitán ha de hacer dice consonancia, figura y correspondencia... para todo lo cual es tan impertinente el entendimiento, como los oídos para ver». Y todo ello no es sino redundancia de vida, esfuerzo que en redondearse y cumplirse se perfecciona, y acaba, obra cuyo fin es la obra misma. Llega a un punto la savia en que ha de volverse por donde fué, y al llegar allá, al punto que no es camino para otro, sino término, se vuelve sobre sí y da sobre el brote que así forma, la flor, y la flor lo es de belleza.

Don Quijote canta, Don Quijote es poeta, cosa que ya temía la gatita muerta de su sobrina cuando en el escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería, al querer perdonar LA DIANA de Jorge de Montemayor, manifestó temores de que su tío diera en poeta, _que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza_--añadió. ¡Ay Antonia, Antonia, y qué ojeriza tienes a la poesía y qué rencor le guardas! Pero tu tío es poeta, y si no hubiera nunca cantado, no habría sido el héroe que fué. No que el ser cantor le hiciera ser héroe, sino que de la plenitud del heroísmo le brotó el canto.

No apruebo, pues, las razones que el P. Rivadeneira en el cap. XXII del libro III de su VIDA DE SAN IGNACIO nos da para justificar el que la Compañía de Jesús no tenga coro. Dícenos que «no es de esencia de la Religión el tener coro», y, en efecto, puede haber ruiseñor mudo, pero será ruiseñor enfermo, y añade, con Santo Tomás, que los que tienen por oficio enseñar al pueblo y apacentarle con el pan de la doctrina «no deben ocuparse en cantar, porque ocupados con el canto, no dejen lo que tanto importa». Pero ¿es que hay doctrina más íntima ni más profunda que la que se da cantando? En los consejos mismos que se dan a hombre no es la letra sino la música de ellos lo que aprovecha y edifica. Música es el espíritu y la carne es letra, y toda doctrina del corazón es canto.

Curioso es, en efecto, que siendo tales y tan grandes las semejanzas entre Don Quijote e Íñigo de Loyola y recreándose éste y enterneciéndosele el ánima y hallando a Dios con el canto, al que era muy inclinado, según en el capítulo V del libro V de su VIDA nos cuenta su biógrafo, no pusiera coro en la Compañía, y de ésta no tenerlo hemos de deducir las imperfecciones que la acompañan y la esterilidad poética que sobre ella pesa. Jamás pudo albergarse a sus anchas cigarra en ese hormiguero de clérigos regulares. Y no se diga que no nacimos todos para cantar, que no se trata aquí de «para» alguno, sino que todo el que de veras ha nacido en espíritu y no sólo en carne, sólo por ello canta, canta, porque ha nacido, y si no canta es que no nació sino en carne. Y si fundamos la Compañía de Dulcinea del Toboso, no nos olvidemos del coro, y sea el canto en ella florecimiento de afectos heroicos y de encumbrados anhelos.

Cantando estaba Don Quijote cuando echaron sobre él, en torpísima burla, un saco de gatos, y al defenderse de ellos le saltó uno al rostro y _le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor Don Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo_, y costó quitársele.

¡Pobre mi señor! Se avergüenzan ante ti leones y se te agarran a las narices gatos. De gatos que huyen y no de leones que se ven libres, es de lo que debe apartarse el héroe. «Con pulgas y con mosquitos puede Dios hacer guerra a todos los emperadores y monarcas del mundo» dice el P. Alonso Rodríguez (EJERCICIO DE PERFECCIÓN, Parte tercera, Tratado primero, capítulo XV). ¡líbrenos Dios de pulgas, de mosquitos y de gatos en huida, y mándenos en cambio leones a los que se abre la jaula!

Mas aun así y con todo y con ser temibles enemigos las pulgas y los mosquitos, no debe dejarse de hacerles la guerra, y para que se la hagamos nos los manda Dios. Podía alguno haberle dicho a Don Quijote, para disuadirle de perseguir a pulgas y mosquitos humanos, lo de que el águila no caza moscas--_aquila non capit muscas_--pero le diría mal. Las moscas, y sobre todo las ponzoñozas, son un excelente digestivo para el águila, un activísimo fermento para la cocción de sus alimentos.

Y es que, en efecto, el veneno mismo que inyectado con aguijón en los canalillos del torrente circulatorio de la sangre nos escuece, molesta y daña o nos levanta un bubón y acaso puede llegar a matarnos, ese mismo veneno tomado por la boca no sólo es inofensivo, sino que puede ayudarnos a hacer una pronta y acabada digestión. Y es gracias a lo digestivo de la ponzoña de esas moscas venenosas que con aguijón y todo traga, luego de cazadas, el águila, como puede ésta, una vez descansado su estómago, mirar cara a cara al sol.

¿Creéis acaso que puede ponerse alma y vida en un trabajo que se emprende por amor a Dulcinea y para que nos haga famosos no sólo en los presentes sino en los venideros siglos, si no nos espolean a él las miseriucas del lugarejo o lugarón en que comemos, dormimos y vivimos? El mejor libro de Historia Universal, el más duradero y extendido y el de historia más verdaderamente universal sería el de quien acertase a contar con toda su vida y su hondura las rencillas, los chismes, las intrigas y los cabildeos que se traen en Carbajosa de la Sierra, lugar de trescientos vecinos, el alcalde y la alcaldesa, el maestro y la maestra, el secretario y su novia, de una parte, y de la otra el cura y su ama, el tío Roque y la tía Mezuca, asistidos unos y otros por coro de ambos sexos. ¿Qué fué la guerra de Troya a que debemos la ILÍADA?

Y las moscas, pulgas y mosquitos deben quedar muy satisfechos, porque vamos a ver: a algún sujeto que intrigue, cabildee y se revuelva en esta ciudad en que escribo ¿qué otra probabilidad puede quedarle de pasar, de un modo o de otro y bajo uno u otro nombre a la posteridad, sino el que acierte yo, o acierte otro que como yo ame a Dulcinea, a pintarle con sus rasgos universales y eternos?

Miles de veces se ha dicho y repetido que lo más grande y más duradero en arte y literatura se construyó con reducidos materiales, y todo el mundo sabe que cuanto se pierde en extensión se gana en intensidad. Pero es que al ganarse en intensidad se gana en extensión también, por paradójico que os parezca; y se gana en duración. El átomo es eterno, si existe el átomo. Lo que es de cada uno de los hombres, lo es de todos; lo más individual es lo más general. Y por mi parte prefiero ser átomo eterno a ser momento fugitivo de todo el Universo.

Lo absolutamente individual es lo absolutamente universal, pues hasta en lógica se identifica a las proposiciones individuales con las universales. Por vía de remoción se llega, en el hombre, al contratante social de Juan Jacobo, al bípedo implume de Platón, al _homo sapiens_ de Linneo, o al mamífero vertical de la ciencia moderna, al hombre por definición, que como no es de aquí ni de allí, ni de ahora ni de antes, no es de ninguna parte ni de tiempo alguno, resultando ser, por lo tanto, un _homo insipidus_. Y así cuanto más se estrecha y constriñe la acción a lugar y tiempo limitados, tanto más universal y más secular se hace, siempre que se ponga alma de eternidad y de infinitud, soplo divino en ella. La mentira más grande en historia es la llamada historia universal.

Ved a Don Quijote; Don Quijote no fué a Flandes, ni se embarcó para América, ni intentó tomar parte en ninguna de las grandes empresas históricas de su tiempo, sino que anduvo por los polvorientos caminos de su Mancha a socorrer a los menesterosos que en ellos topase y a enderezar los tuertos de allí y de entonces. Su corazón le decía que vencidos los molinos de viento de la Mancha quedaban vencidos en ellos todos los demás molinos y castigado Juan Haldudo el rico quedaban castigados todos los amos ricos despiadados y avariciosos. Porque no os quepa duda de que el día en que sea vencido del todo y por entero un malicioso, la malicia empezará a desaparecer de la tierra y desaparecerá pronto de ella.

Don Quijote fué, queda ya dicho, fiel discípulo del Cristo, y Jesús de Nazaret hizo de su vida enseñanza eterna en los campos y caminos de la pequeña Galilea. Ni subió a más ciudad que a Jerusalén, ni Don Quijote a otra que a Barcelona, la Jerusalén de nuestro Caballero.

Nada hay menos universal que lo llamado cosmopolita, o mundial como ahora han dado en decir; nada menos eterno que lo que pretendemos poner fuera de tiempo. En las entrañas de las cosas, y no fuera de ellas, están lo eterno y lo infinito. La eternidad es la sustancia del momento que pasa, y no la envolvente del pasado, el presente y el futuro de las duraciones todas, la infinitud es la sustancia del punto que miro, y no la envolvente de la anchura, largura y altura de las extensiones todas. La eternidad y la infinitud son las sustancias del tiempo y del espacio respectivamente, y éstos sus formas, estando aquéllas virtualmente todas enteras, en cada momento de una duración la una, en cada punto de una extensión la otra.

Cacemos, pues, y traguémonos a las moscas ponzoñosas que zumbando y esgrimiendo su aguijón, revolotean en torno nuestro, y Dulcinea nos dé el poder convertir esta caza en combate épico que se cante en la duración de los siglos por el ámbito de la tierra toda.

CAPÍTULOS XLVII, XLIX, LI, LIII Y LV

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza.

Deja aquí el historiador a Don Quijote, y salteando los capítulos entre las cosas de éste y las de su escudero, pasa a contarnos cómo gobernó Sancho la ínsula, gobernamiento a que sólo cabe poner de comentario aquellas palabras de Pablo de Tarso en el versillo 18 del capítulo III de su segunda epístola a los Corintios, donde dice: «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros parece ser sabio en este siglo, hágase simple para ser de veras sabio».

Con razón dijo el mayordomo oyendo a Sancho: _cada día se ven cosas nuevas en el mundo; las burlas se vuelven en veras, y los burladores se hallan burlados_. ¿Y cómo no?

Sancho, el gobernador por burlas, _ordenó cosas tan buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar y se nombran: las Constituciones del Gran Gobernador Sancho Panza_. Y no nos extrañe esto, pues los más de los grandes legisladores no pasan de Sancho Panzas, que a no serlo mal podrían legislar.

Y llegó, por fin, el fin del gobierno de Sancho y con este fin se sumergió Panza en las honduras de su heroísmo. Dejando el gobierno de la ínsula, por el que tanto había suspirado, acabó de conocerse Sancho, y pudiera haber dicho a sus burladores lo que Don Quijote dijo a Pedro Alonso cuando éste le recogió en su primera salida, y es aquello de: _yo sé quién soy_. Dije que sólo el héroe puede decir _yo sé quién soy_ y ahora añado que todo el que puede decir _yo sé quién soy_, es héroe, por humilde y oscura que su vida se nos aparezca. Y Sancho, al dejar la ínsula, supo quién era.

Luego que le molieron y quebrantaron en el burlesco asalto a la ínsula, vuelto en sí del desmayo que el temor y el sobresalto le produjeron, preguntó qué hora era, calló, vistióse, se fué a la caballeriza, _siguiéndole todos los que allí se hallaban, y llegándose al rucio le abrazó y le dió un beso de paz en la frente y no sin lágrimas en los ojos, le dijo: venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y miserias; cuando yo me avenía con vos, y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos_. Y luego de enalbardar el rucio, añadió otras no menos bien concertadas razones pidiendo le dejaran volver a su _antigua libertad_.

_Yo no nací_--dijo--_para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas que dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno usando el oficio para que fué nacido._ Y tú, Sancho, no naciste para mandar sino para ser mandado, y el que para ser mandado nació halla su libertad en que le manden y su esclavitud en mandar; naciste no para guiar a otros, sino para seguir a tu amo Don Quijote, y en seguirle está tu ínsula. ¡Ser señor! ¡Y qué de congojas y miserias trae consigo! Bien decía Teresa de Jesús, cuando en el cap. XXXIV de su VIDA nos habla de aquella señora que había de ayudarle en fundar el monasterio de San José, que viéndola vivir aborreció del todo el desear ser señora, porque «ello es una sujeción, que una de las mentiras que dice el mundo, es llamar señores a las personas semejantes, que no me parece son sino esclavos de mil cosas».

Creíste, Sancho, salir de casa de tu mujer y tus hijos y los dejaste por buscar para ti y para ellos el gobierno de la ínsula, pero en realidad saliste llevado del heroico espíritu de tu amo y fuiste conocido, aunque sin darte de ello clara cuenta, que el seguirle y servirle y vivir con él era tu ínsula. ¿Qué vas a hacer sin tu amo y señor? ¿De qué te ha servido el gobierno de tu ínsula si no tenías allí a tu Don Quijote y no podías mirarte en él y servirle y admirarle y quererle? Porque ojos que no ven, corazón que no siente.

_Quédense en esta caballeriza_--añadió Sancho--_las alas de la hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvamos a andar por el mundo con pie llano_... Habrás oído muchas veces, buen Sancho, que hay que ser ambicioso y esforzarse por volar para que nos broten alas, y yo te lo he dicho muchas veces y te lo repito, pero tu ambición debe cifrarse en buscar a Don Quijote; la ambición del que nació para ser mandado debe ser buscar quien bien le mande y que pueda de él decirse lo que del Cid decían los burgaleses según el viejo ROMANCE DE MYO CID

Dios, qué buen vassalo si ouiesse buen señor!

Al dejar ese gobierno por el que tanto tiempo suspiraste y que te parecía ser la razón y el fin de todos tus andantes trabajos, al dejarlo y volverte a tu amo, llegas al meollo de ti mismo y puedes hombrearte con tu Don Quijote y decir como él y con él: _¡yo sé quién soy! Eres héroe_ como él, tan héroe como él. Y es, Sancho, que el heroísmo se pega cuando nos acercamos al héroe con el corazón puro. Admirar y querer al héroe con desinterés y sin malicia es ya participar de su heroísmo; es como el que sabe gozar de la obra del poeta, que es a su vez poeta por saber gozarla.

Teníante por interesado y codicioso, Sancho, y al salir de tu ínsula pudiste exclamar: _saliendo yo desnudo como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel_. Y así era la verdad, y así lo reconoció el Dr. Recio. Ofreciéronle compañía para el camino y _todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su viaje_. Pero _Sancho dijo que no quería más que un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para él_. No se olvidaba de su amigo y compañero el rucio, del sufrido y noble animal que le ligaba a la tierra. _Abrazáronle todos y él, llorando, abrazó a todos y los dejó admirados así de sus razones como de su determinación tan resoluta y discreta._ Y quedóse solo en los caminos del mundo, lejos de su casa, sin la ínsula y sin Don Quijote, abandonado a sí mismo, dueño de sí. ¿Dueño? _Le tomó la noche algo escura y cerrada_ y solo, sin su amo, fuera de su lugar, ¿qué iba a sucederle? _Cayeron él y el rucio en una honda y escurísima sima._

Mira, Sancho, es lo que tiene que sucederte en cuanto te encuentres lejos de tu lugar, del lugar de los tuyos, sin ínsula y sin amo: caerte en sima. Pero no te vino mal esa caída, porque allí, en lo hondo de la sima, pudiste ver mejor lo hondo de la sima de tu vida y cómo el que se vió ayer gobernador de una ínsula, _mandando a sus sirvientes y sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima sin haber persona alguna que le remediase, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro_. Y allí, en el fondo de la sima, comprendiste que no habrías de tener en ella la ventura que tu amo Don Quijote tuvo en la cueva de Montesinos, pues _allí vió él visiones hermosas y apacibles_--te decías--_y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras_. Sí, hermano Sancho; no son las visiones para todos ni es el mundo de las simas más que una proyección del mundo de la sima de nuestro espíritu; tú hubieras visto en la cueva de Montesinos sapos y culebras como en esa cueva en que caíste los viste, y tu amo hubiera visto en esa tu sima visiones hermosas y apacibles como las vió en la cueva de Montesinos. Para ti no ha de haber más visiones que las de tu amo; él ve el mundo de las visiones y tú lo ves en él; él lo ve por su fe en Dios y en sí mismo y tú lo ves por tu fe en Dios y en tu amo. Y no es menos grande tu fe que la fe de Don Quijote, ni son menos propias de ti las visiones que ves por tu amo que son propias de él las que él ve por sí mismo. El mismo Dios se las suscita y te las suscita, a él en él mismo, y a ti en él. No es menos héroe el que cree en el héroe que el héroe mismo creído por él.

Mas el pobre Sancho dió en lamentarse en el fondo de la sima y en llorar su desgracia, viendo ya que sacaría de allí sus huesos _mondos, blancos y raídos_ y los de su buen rucio con ellos; viéndose morir lejos de su patria y de los suyos, sin que nadie le cierre los ojos ni se duela de su muerte al tiempo de morir, que es morir dos veces y quedarse solo con la muerte. Y así le llegó el día; y ¿qué iba a hacer el pobre Sancho, solo con su rucio, sino dar voces y pedir socorro? Y explorar su sima, pues para algo había servido a Don Quijote. Y entonces es cuando exclamó aquellas tan preñadas sentencias: _¡Válame Dios todopoderoso! ésta que para mí es desventura, mejor fuera para aventura de mi amo Don Quijote. Él sí que tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y esperara salir desta escuridad y estrecheza a algún florido prado; pero yo sin ventura, falto de consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme._

Sí, hermano Sancho, sí; el menoscabo de tu ánimo te impide y te impedirá encontrar jardines floridos y palacios de Galiana en las profundas simas a que caigas. Pero mira, ahora en que en el fondo de la sima de tu desgracia reconoces lo mucho que de tu amo te separa, ahora es cuando estás más cerca de él, pues cuanto más sientas tu distancia de él, más a él te acercas. Te pasa con tu amo, aunque en finito y relativo, lo que en infinito y absoluto nos pasa a tu amo, a ti, a mí y a todos los mortales, con Dios, y es que cuanto más sentimos el infinito que de Él nos separa, más cerca de Él estamos, y cuanto menos acertamos a definirle y representárnoslo, mejor le conocemos y queremos más.

Y yendo así con el rucio y con sus pensamientos por aquellas profundidades Sancho, dando voces, las oyó... ¿quién había de oirlas? ¿quién otro sino el mismísimo Don Quijote? El cual habiendo salido una mañana a imponerse y ensayarse en lo que había de hacer en el trance de la honra de la hija de Doña Rodríguez, fué llevado por Dios a la boca de la sima, donde oyó las voces que Sancho daba. Y Don Quijote le creía alma en pena, y le ofrecía sufragios para sacarle del purgatorio, que pues su profesión era de favorecer y acorrer a los necesitados de este mundo, también lo sería para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro.

Mira, Sancho, cómo tu amo al oirte en la sima y en la sima no verte, tiénete por muerto y te ofrece sus sufragios. Y entonces, al oir tú la voz de tu amo, exclamaste lleno de júbilo: _¡nunca me he muerto en todos los días de mi vida!_ Ya no piensas en que recojan tus huesos mondos, blancos y roídos, ni en que has de morir solo con la muerte; oíste a tu amo y olvidando que has de morir, recuerdas tan sólo que no te has muerto nunca todavía. Y rebuznó el rucio, y al oirlo comprendió Don Quijote que no se trataba de alma en pena, sino de su escudero, que le acompañaba. Y es la señal muy cierta, pues cuando de las cosas que nos parecen del otro mundo salen rebuznos, es que no se trata sino de cosas del mundo éste. Y Don Quijote hizo que le sacaran de la sima.

Y así fué sacado Sancho de la sima en que cayera al salir del gobierno de su ínsula y encontrarse solo, de aquella sima por la que caminó llevando tras de sí y guiando a su rucio. Que esta diferencia entre otras había entre amo y escudero, y es que aquél se dejaba guiar de su caballo y el escudero guiaba a su rucio. Y así sucede que en la marcha por el bajo mundo se deja el Quijote llevar por su animal, y el Sancho lo lleva.