Part 6
--¿Ve usted aquel cabezo alto, alto, que parece cortado á pico, y por entre cuyas penas crecen las aliagas y los zarzales? Me parece que sucedió ayer. Yo estaba algunos doscientos pasos camino atrás de donde nos encontramos en este momento: próximamente sería[1] la misma hora, cuando creí escuchar unos alaridos distantes, y llantos é imprecaciones que se entremezclaban con voces varoniles y coléricas que ya se oían por un lado, ya por otro, como de pastores que persiguen un lobo por entre los zarzales. El sol, según digo, estaba al ponerse, y por detrás de la altura se descubría un jirón del cielo, rojo y encendido como la grana, sobre el que ví aparecer alta, seca y haraposa, semejante á un esqueleto que se escapa de su fosa, envuelto aún en los jirones del sudario, una vieja horrible, en la que conocí á la tía Casca. La tía Casca era famosa en todos estos contornos, y me bastó distinguir sus greñas blancuzcas que se enredaban alrededor de su frente como culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos disformes, que se destacaban angulosos y obscuros sobre el fondo de fuego del horizonte, para reconocer en ella á la bruja de Trasmoz. Al llegar ésta al borde del precipicio, se detuvo un instante sin saber qué partido tomar. Las voces de los que parecían perseguirla sonaban cada vez más cerca, y de cuando en cuando la veía hacer una contorsión, encogerse ó dar un brinco para evitar los cantazos que le arrojaban. Sin duda no traía el bote de sus endiablados untos, porque, á traerlo, seguro que habría atravesado al vuelo la cortadura, dejando á sus perseguidores burlados y jadeantes como lebreles que pierden la pista. ¡Dios no lo quiso así, permitiendo que de una vez pagará todas sus maldades!... Llegaron los mozos que venían en su seguimiento, y la cumbre se coronó de gentes, éstos con piedras en las manos, aquellos con garrotes, los de más allá con cuchillos. Entonces comenzó una cosa horrible. La vieja, ¡maldita hipocritona! viéndose sin huida, se arrojó al suelo, se arrastró por la tierra besando los pies de los unos, abrazándose á las rodillas de los otros, implorando en su ayuda á la Virgen y á los Santos, cuyos nombres sonaban en su condenada boca como una blasfemia. Pero los mozos, así hacían caso de sus lamentos como yo de la lluvia cuando estoy bajo techado.--Yo soy una pobre vieja que no he hecho daño á nadie: no tengo hijos ni parientes que me vengan á amparar; ¡perdonadme, tened compasión de mí! aullaba la bruja; y uno de los mozos, que con la una mano la había asido de las greñas, mientras tenía en la otra la navaja que procuraba abrir con los dientes, la contestaba rugiendo de cólera: ¡Ah, bruja de Lucifer, ya es tarde para lamentaciones, ya te conocemos todos!--¡Tú hiciste un mal á mi mulo, que desde entonces no quiso probar bocado, y murió de hambre dejándome en la miseria! decia uno.--¡Tú has hecho mal de ojo á mi hijo, y lo sacas de la cuna y lo azotas por las noches! añadia el otro; y cada cual exclamaba por su lado: ¡Tú has echado una suerte á mi hermana! ¡Tú has ligado á mi novia! ¡Tú has emponzoñado la hierba! ¡Tú has embrujado al pueblo entero![2]
[Footnote 1: sería = ' it must have been,']
[Footnote 2: Accusations commonly made against those deemed guilty of witchcraft.]
Yo permanecía inmóvil en el mismo punto en que me había sorprendido aquel clamoreo infernal, y no acertaba á mover pie ni mano, pendiente del resultado de aquella lucha.
La voz de la tía Casca, aguda y estridente, dominaba el tumulto de todas las otras voces que se reunían para acusarla, dándole en el rostro con sus delitos, y siempre gimiendo, siempre sollozando, seguía poniendo á Dios y á los santos Patronos del lugar por testigos de su inocencia.
Por último, viendo perdida toda esperanza, pidió como última merced que la dejasen un instante implorar del cielo, antes de morir, el perdón de sus culpas, y de rodillas al borde de la cortadura como estaba, la vieja inclinó la cabeza, juntó las manos y comenzó á murmurar entre dientes qué sé yo qué imprecaciones ininteligibles: palabras que yo no podía oir por la distancia que me separaba de ella, pero que ni los mismos que estaban á su lado lograron entender; Unos aseguran que hablaba en latín, otros que en una lengua salvaje y desconocida, no faltando quien pudo comprender que en efecto rezaba, aunque diciendo las oraciones al revés, como es costumbre de estas malas mujeres.
En este punto se detuvo el pastor un momento, tendió á su alrededor una mirada, y prosiguió así:
--¿Siente usted este profundo silencio que reina en todo el monte, que no suena un guijarro, que no se mueve una hoja, que el aire está inmóvil y pesa sobre los hombros y parece que aplasta? ¿Ve usted esos jirones de niebla obscura que se deslizan poco á poco á lo largo de la inmensa pendiente del Moncayo,[1] como si sus cavidades no bastaran á contenerlos? ¿Los ve usted como se adelantan mudos y con lentitud, como una legión aérea que se mueve por un impulse invisible? El mismo silencio de muerte había entonces, el mismo aspecto extraño y temeroso ofrecía la niebla de la tarde, arremolinada en las lejanas cumbres, todo el tiempo que duró aquella suspensión angustiosa. Yo lo confieso con toda franqueza: llegué á tener miedo. ¿Quién sabía si la bruja aprovechaba aquellos instantes para hacer uno de esos terribles conjuros que sacan á los muertos de sus sepulturas, estremecen el fondo de los abismos y traen á la superficie de la tierra, obedientes á sus imprecaciones, hasta á los más rebeldes espíritus infernales? La vieja rezaba; rezaba sin parar; los mozos permanecían en tanto inmóviles cual si estuviesen encadenados por un sortilegio, y las nieblas obscuras seguían avanzando y envolviendo las peñas, en derredor de las cuales fingían mil figuras extrañas como de mónstruos deformes, cocodrilos rojos y negros, bultos colosales de mujeres envueltas en paños blancos, y listas largas de vapor que, heridas por la última luz del crepúsculo, semejaban inmensas serpientes de colores.
[Footnote 1: El Moncayo. A mountain of some 7600 feet in height situated near the boundaries of the provinces of Soria and Saragossa, to the west of the town of Borja and to the south of Tarazona. The panorama presented to the view from its summit is most extensive. To the south can be seen vaguely the Sierra de Guadarrama, to the southeast the mountains of Teruel, to the east the plain of the Ebro, to the north and northeast the Pyrenees and to the west the summits of the Cantabrian range. The rivers Queiles, Huecha, and others of less importance have their source in the Moncayo. It is the ancient Mons _Caunus_, celebrated in history for the defeat of the Celtiberians in the time of the consul Tiberius Sempronius Gracchus (governor of Hither Spain from 181 to 178 B.C.).]
Fija la mirada en aquel fantástico ejercito de nubes que parecían correr al asalto de la peña sobre cuyo pico íba á morir la bruja, yo estaba esperando por instantes cuando se abrían sus senos para abortar á la diabólica multitud de espíritus malignos, comenzando una lucha horrible al borde del derrumbadero, entre los que estaban allí para hacer justicia en la bruja y los demonios que, en pago de sus muchos servicios, vinieran á ayudarla en aquel amargo trance.
--Y por fin, exclamé interrumpiendo el animado cuento de mi interlocutor, é impaciente ya por conocer el desenlace, ¿en qué acabó todo ello? ¿Mataron á la vieja? Porque yo creo que por muchos conjures que recitara la bruja y muchas señales que usted viese en las nubes, y en cuanto le rodeaba, los espíritus malignos se mantendrían[1] quietecitos cada cual en su águjero; sin mezclarse para nada en las cosas de la tierra. ¿No fué así?
[Footnote 1: se mantendrían = 'must have remained,' 'probably remained.']
--Así fué, en efecto. Bien porque en su turbación la bruja no acertara con la fórmula, ó, lo que yo más creo, por ser viernes, día en que murió Nuestro Señor Jesucristo, y no haber acabado aún las vísperas, durante las que los malos no tienen poder alguno, ello es que, viendo que no concluía nunca con su endiablada monserga, un mozo la dijo que acabase y levantando en alto el cuchillo, se dispuso á herirla. La vieja entonces, tan humilde, tan hipocritona, hasta aquel punto, se puso de pie con un movimiento tan rápido como el de una culebra enroscada á la que se pisa y despliega[1] sus anillos irguiéndose llena de cólera.--¡Oh! no; ¡no quiero morir, no quiero morir! decía; ¡dejadme, ú os morderé las manos con que me sujetáis!... Pero aún no había pronunciado estas palabras, abalanzándose á sus perseguidores, fuera de sí, con las greñas sueltas, los ojos inyectados en sangre, y la hedionda boca entreabierta y llena de espuma, cuando la oí arrojar un alarido espantoso, llevarse por dos ó tres veces las manos al costado con grande precipitación, mirárselas y volvérselas á mirar maquinalmente, y por último, dando tres ó cuatro pasos vacilantes como si estuviese borracha, la ví caer al derrumbadero. Uno de los mozos á quien la bruja hechizó una hermana, la más hermosa, la más buena del lugar, la había herido de muerte en el momento en que sintió que le clavaba en el brazo sus dientes negros y puntiagudos. ¿Pero cree usted que acabó ahí la cosa? Nada menos que eso: la vieja de Lucifer tenía siete vidas como los gatos.[2] Cayó por un derrumbadero donde cualquiera otro á quien se le resbalase un pie no pararía hasta lo más hondo, y ella, sin embargo, tal vez porque el diablo le quitó el golpe ó porque los harapos de las sayas la enredaron en los zarzales, quedó suspendida de uno de los picos que erizan la cortadura, barajándose y retorciéndose allí como un reptil colgado por la cola, ¡Dios, como blasfemaba! ¡Qué imprecaciones tan horribles salían de su boca! Se estremecían las carnes y se ponían de punta los cabellos sólo de oirla.... Los mozos seguían desde lo alto todas sus grotescas evoluciones, esperando el instante en que se desgarraría el último jirón de la saya á que estaba sujeta, y rodaría dando tumbos, de pico en pico, hasta el fondo del barranco; pero ella con el ansia de la muerte y sin cesar de proferir, ora horribles blasfemias, ora palabras santas mezcladas de maldiciones, se enroscaba en derredor de los matorrales; sus dedos largos, huesosos y sangrientos, se agarraban como tenazas á las hendiduras de las rocas, de modo que ayudándose de las rodillas, de los dientes, de los pies y de las manos, quizás hubiese conseguido subir hasta el horde, si algunos de los que la contemplaban y que llegaron á temerlo así, no hubiesen levantado en alto una piedra gruesa, con la que le dieron tal cantazo en el pecho, que piedra y bruja bajaron á la vez saltando de escalón en escalón por entre aquellas puntas calcáreas, afiladas como cuchillos, hasta dar, por último, en ese arroyo que se ve en lo más profundo del valle.... Una vez allí, la bruja permaneció un largo rato inmóvil, con la cara hundida entre el légamo y el fango del arroyo que corría enrojecido con la sangre; después, poco á poco, comenzó como á volver en sí y á agitarse convulsivamente. El agua cenagosa y sangrienta saltaba en derredor batida por sus manos, que de vez en cuando se levantaban en el aire crispadas y horribles, no sé si implorando piedad, ó amenazando aún en las últimas ansias.... Así estuvo algún tiempo removiéndose y queriendo inútilmente sacar la cabeza fuera de la corriente buscando un poco de aire, hasta que al fin se desplomó muerta; muerta del todo, pues los que la habíamos visto caer y conocíamos de lo que es capaz una hechicera tan astuta como la tía Casca, no apartamos de ella los ojos hasta que completamente entrada la noche, la obscuridad nos impidió distinguirla, y en todo este tiempo no movió pie ni mano; de modo que si la herida y los golpes no fueron bastantes á acabarla, es seguro que se ahogo en el riachuelo cuyas aguas tantas veces había embrujado en vida para hacer morir nuestras reses. ¡Quien en mal anda, en mal acaba! exclamamos después de mirar una última vez al fondo obscuro del despeñadero; y santiguándonos santamente y pidiendo á Dios nos ayudase en todas las ocasiones, como en aquélla, contra el diablo y los suyos, emprendimos con bastante despacio la vuelta al pueblo, en cuya desvencijada torre las campanas llamaban á la oración á los vecinos devotos.
[Footnote 1: á la que se pisa y despliega. Loose construction, in which the relative pronoun object of the first verb is understood as subject of the second.]
[Footnote 2: The cat is credited in our colloquial English expression with two more lives.]
Cuando el pastor terminó su relato, llegábamos precisamente á la cumbre más cercana al pueblo, desde donde se ofreció á mi vista el castillo obscuro é imponente con su alta torre del homenaje, de la que sólo queda en pie un lienzo de muro con dos saeteras, que transparentaban la luz y parecian los ojos de un fantasma. En aquel castillo, que tiene por cimiento la pizarra negra de que está formado el monte, y cuyas vetustas murallas, hechas de pedruscos enormes, parecen obras de titanes, es fama que las brujas de los contornos tienen sus nocturnes conciliábulos.
La noche habiá cerrado ya, sombriá y nebulosa. La luna se dejaba ver á intervalos por entre los jirones de las nubes que volaban en derredor nuestro, rozando casi con la tierra, y las campanas de Trasmoz[1] dejaban oir lentamente el toque de oraciones, como el final de la horrible historia que me acababan de referir.
[Footnote 1: Trasmoz. See p. 2, note 2.]
Ahora que estoy en mi celda tranquilo, escribiendo para ustedes la relación de estas impresiones extrañas, no puedo menos de maravillarme y dolerme de que las viejas supersticiones tengan todavía tan hondas raíces entre las gentes de las aldeas, que den lugar á sucesos semejantes; pero, ¿por qué no he de confesarlo? sonándome aún las últimas palabras de aquella temerosa relación, teniendo junto á mi á aquel hombre que tan de buena fe imploraba la protección divina para llevar á cabo crímenes espantosos, viendo á mis pies el abismo negro y profundo en donde se revolvía el agua entre las tinieblas, imitando gemidos y lamentos, y en lontananza el castillo tradicional,[1] coronado de almenas obscuras, que parecían fantasmas asomadas á los muros, sentí una impresión angustiosa, mis cabellos se erizaron involuntariamente, y la razón, dominada por la fantasía, á la que todo ayudaba, el sitio, la hora y el silencio de la noche, vaciló un punto, y casi creí que las absurdas consejas de las brujerías y los maleficios pudieran ser posibles.
[Footnote 1: tradicional = 'legendary.' Legend says that this castle was built in a night by a magician to satisfy the whim of one of the early kings. Becquer tells the story of its construction in _Carta séptima_.]
LOS OJOS VERDES
Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir cualquier cosa con este título.
Hoy, que se me ha presentado ocasión, lo he puesto con letras grandes en la primera cuartilla de papel, y luego he dejado á capriclio volar la pluma.
Yo creo que he visto unos ojos como los que he pintado en esta leyenda. No sé si en sueños, pero yo los he visto. De seguro no los podré describir tales cuales ellos eran, luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano. De todos modos, cuento con la imaginación de mis lectores para hacerme comprender en este que pudiéramos llamar boceto de un cuadro que pintaré algún dia.
I
--Herido va el ciervo, herido va; no hay duda. Se ve el rastro de la sangre entre las zarzas del monte, y al saltar uno de esos lentiscos han flaqueado sus piernas.... Nuestro joven señor comienza por donde otros acaban ... en cuarenta años de montero no he visto mejor golpe.... ¡Pero por San Saturio,[1] patrón de Soria![2] cortadle el paso por esas carrascas, azuzad los perros, soplad en esas trompas hasta echar los hígados, y hundidle á los corceles una cuarta de hierro en los ijares: ¿no véis que se dirige hacia la fuente de los Álamos,[3] y si la salva antes de morir podemos darle por perdido?
[Footnote 1: San Saturio. Saint Saturius was born, according to Tamayo, in 493. In 532 he withdrew from the world into a cave at the foot of a mountain bathed by the river Duero, near where now stands the town of Soria. There he lived about thirty-six years, or until 568, when he died and was buried by his faithful disciple St. Prudentius, later bishop of Tarazona, who had been a companion of the hermit during the last seven years of his life. His cave is still an object of pilgrimage, and a church has been built on the spot to the memory of the saint. See Florez, _España_ Sagrada, Madrid, 1766, tomo vii, pp. 293-294.]
[Footnote 2: Soria. A mediaeval-looking town of 7296 inhabitants situated on a bleak plateau on the right bank of the Duero. It is the capital of a province of the same name. The old town of Numantia (captured by the Romans under P. Cornelius Scipio AEmilianus, 133 B.C.) lay about three miles to the north of the present site of Soria.]
[Footnote 3: Álamos. The choice of a grove of poplars as setting to the enchanted fount is peculiarly appropriate, as this tree belongs to the large list of those believed to have magical properties. In the south of Europe the poplar seems to have held sometimes the mythological place reserved in the north for the birch, and the people of Andalusia believe that the poplar is the most ancient of trees. (See de Gubernatis, Za _Mythologie des plantes_, Paris, Reinwald, 1882, p. 285.) In classical superstition the black poplar was consecrated to the goddess Proserpine, and the white poplar to Hercules. "The White Poplar was also dedicated to Time, because its leaves were constantly in motion, and, being dark on one side and light on the other, they were emblematic of night and day.... There is a tradition that the Cross of Christ was made of the wood of the White Poplar, and throughout Christendom there is a belief that the tree trembles and shivers mystically in sympathy with the ancestral tree which became accursed.... Mrs. Hemans, in her 'Wood Walk,' thus alludes to one of these old traditions:
FATHER.--Hast thou heard, my boy, The peasant's legend of that quivering tree?
CHILD.--No, father; doth he say the fairies dance Amidst its branches?
FATHER.--Oh! a cause more deep, More solemn far, the rustic doth assign To the strange restlessness of those wan leaves. The Cross he deems--the blessed Cross, whereon The meek Redeemer bow'd His head to death-- Was formed of Aspen wood; and since that hour Through all its race the pale tree hath sent down A thrilling consciousness, a secret awe Making them tremulous, when not a breeze Disturbs the airy Thistle-down, or shakes The light lines from the shining gossamer."
Richard Folkard, _Plant Lore_, London, 1892, p. 503.]
Las cuencas del Moncayo[1] repitieron de eco en eco el bramido de las trompas, el latir de la jauría desencadenada y las voces de los pajes resonaron con nueva furia, y el confuso tropel de hombres, caballos y perros se dirigió al punto que Iñigo, el montero mayor de los marqueses de Almenar,[2] señalara,[3] como el más á propósito para cortarle el paso á la res.
[Footnote 1: El Moncayo. See p. 8, note 1.]
[Footnote 2: Marqueses de Almenar. A title taken doubtless from the little town of Almenar (650 inhabitants) situated in the province of Soria near the right bank of the Rituerto river, southwest of the Moncayo, and not far from that mountain.]
[Footnote 3: señalara. A relic of the Latin pluperfect (in _-aram_, _-eram_), popularly confounded with the imperfect subjunctive. Its use is now somewhat archaic, and is restricted to relative clauses. See Ramsey's _Spanish Grammar_, H. Holt & Co., 1902, § 944.]
Pero todo fué inútil. Cuando el más ágil de los lebreles llegó á las carrascas jadeante y cubiertas las fauces de espuma, ya el ciervo, rápido como una saeta, las había salvado de un solo brinco, perdiéndose entre los matorrales de una trocha, que conducía á la fuente.
--¡Alto!... ¡Alto todo el mundo! gritó Iñigo entonces; estaba de Dios que había de marcharse.
Y la cabalgata se detuvo, y enmudecieron las trompas, y los lebreles dejaron refunfuñando la pista á la voz de los cazadores.
En aquel momento se reunía á la comitiva el héroe de la fiesta, Fernando de Argensola,[1] el primogénito de Almenar.
[Footnote 1: Argensola. A name familiar to students of Spanish literature from the writings of the illustrious brothers Bartolomé and Lupercio Leonardo de Argensola (sixteenth century). It is also the name of a small town of some 560 inhabitants in the province of Barcelona.]
--¿Qué haces? exclamó dirigiéndose á su montero, y en tanto, ya se pintaba el asombro en sus facciones, ya ardía la cólera en sus ojos. ¿Qué haces, imbécil? ¡Ves que la pieza está herida, que es la primera que cae por mi mano, y abandonas el rastro y la dejas perder para que vaya á morir en el fondo del bosque! ¿Crees acaso que he venido á matar ciervos para festines de lobos?
--Señor, murmuró, Iñigo entre dientes, es imposible pasar de este punto.
--¡Imposible! ¿y por qué?
--Porque esa trocha, prosiguió el montero, conduce á la fuente de los Alamos; la fuente de los Álamos, en cuyas aguas habita un espíritu del mal. El que osa enturbiar su corriente, paga caro su atrevimiento. Ya la res habrá salvado sus márgenes; ¿como la salvaréis vos sin atraer sobre vuestra cabeza alguna calamidad horrible? Los cazadores somos reyes del Moncayo, pero reyes que pagan un tributo. Pieza que se refugia en esa fuente misteriosa, pieza perdida.
--¡Pieza perdida! Primero perderé yo el señorío de mis padres, y primero perderé el ánima en manos de Satanás, que permitir que se me escape ese ciervo, el único que ha herido mi venablo, la primicia de mis excursiones de cazador.... ¿Lo ves?... ¿lo ves?... Aún se distingue á intervalos desde aquí ... las piernas le faltan, su carrera se acorta; déjame... déjame... suelta esa brida, o te revuelco en el polvo.... ¿Quién sabe si no le daré lugar para que llegue á la fuente? y si llegase, al diablo ella, su limpidez y sus habitadores. ¡Sus! ¡_Relámpago_! sus, caballo mío! si lo alcanzas, mando engarzar los diamantes de mi joyel en tu serreta de oro.
Caballo y jinete partieron como un huracán.
Iñigo los siguió con la vista hasta que se perdieron en la maleza; después volvió los ojos en derredor suyo; todos, como el, permanecían inmóviles y consternados.
El montero exclamó al fin:
--Señores, vosotros lo habéis visto; me he expuesto á morir entre los pies de su caballo por detenerle. Yo he cumplido con mi deber. Con el diablo no sirven valentías. Hasta aquí llega el montero con su ballesta; de aquí adelante, que pruebe á pasar el capellán con su hisopo.[1]
[Footnote 1: hisopo = 'aspergillum.' A brash or metallic instrument for the sprinkling of holy water. As to the efficacy of holy water against evil spirits St. Teresa of Avila (1515-1582) speaks as follows: