Part 8
[Footnote 1: que no perdía de vista y comenzaban. Compare the use of the relative in this phrase with that to which attention has been called on p. 10, note 1.]
--Por una parte vuestras continuas excursiones, y por otra el dale que le das de los cazadores furtivos, que ya con trampa ó con ballesta no dejan res á vida en veinte jornadas al contorno, habían no hace mucho agotado la caza en estos montes, hasta el extremo de no encontrarse un venado en ellos ni por un ojo de la cara.
Hablaba yo de esto mismo en el lugar, sentado en el porche de la iglesia, donde después de acabada la misa del domingo solía reunirme con algunos peones de los que labran la tierra de Veratón,[1] cuando algunos de ellos me dijeron:
[Footnote 1: Veratón. See p. 25, note 1.]
--Pues, hombre, no sé en qué consista el que tú no los topes, pues de nosotros podemos asegurarte que no bajamos una vez á las hazas que no nos encontremos rastro, y hace tres ó cuatro días, sin ir más lejos, una manada, que á juzgar por las huellas debía componerse de más de veinte, le segaron antes de tiempo una pieza de trigo al santero de la Virgen del Romeral.[1]
[Footnote 1: la Virgen del Romeral. A hermitage in the locality.]
--¿Y hacia qué sitio seguía el rastro? pregunté á los peones, con animo de ver si topaba con la tropa.
--Hacia la cañada de los cantuesos, me contestaron.
No eché en saco roto la advertencia: aquella noche misma fuí á apostarme entre los chopos. Durante toda ella estuve oyendo por acá y por allá, tan pronto lejos como cerca, el bramido de los ciervos que se llamaban unos á otros, y de vez en cuando sentía moverse el ramaje á mis espaldas; pero por más que me hice todo ojos, la verdad es que no pude distinguir á ninguno.
No obstante, al romper el día, cuando llevé los corderos al agua, á la orilla de este río, como obra de dos tiros de honda del sitio en que nos hallamos, y en una umbría de chopos, donde ni á la hora de siesta se desliza un rayo de sol, encontré huellas recientes de los ciervos, algunas ramas desgajadas, la corriente un poco turbia, y lo que es más
## particular, entre el rastro de las reses las breves huellas de unos
pies[1] pequeñitos como la mitad de la palma de mi mano, sin ponderación alguna.
[Footnote 1: pies. Human feet are of course referred to here.]
Al decir esto, el mozo, instintivamente y al parecer buscando un punto de comparación, dirigió la vista hacia el pie de Constanza, que asomaba por debajo del brial, calzado de un precioso chapín de tafilete amarillo; pero como al par de Esteban bajasen también los ojos don Dionís y algunos de los monteros que le rodeaban, la hermosa niña se apresuró á esconderlos, exclamando con el tono más natural del mundo:
--¡Oh, no! por desgracia no los tengo yo tan pequeñitos, pues de ese tamaño sólo se encuentran en las hadas; cuya historia nos refieren los trovadores.[1]
[Footnote 1: trovadores = 'troubadours.' "A class of early poets who first appeared in Provence, France. The troubadours were considered the inventors of a species of lyrical poetry, characterized by an almost entire devotion to the subject of chivalric love, and generally very complicated in regard to meter and rhyme. They fourished from the eleventh to the latter part of the thirteenth century, principally in the south of France, Catalonia, Aragon, and northern Italy." _Century Dict._ Belief in the marvelous, and hence in fairies, likewise characterized these poets.]
--Pues no paró aquí la cosa, continuó el zagal, cuando Constanza hubo concluido; sino que otra vez, habiéndome colocado en otro escondite por donde indudablemente habían de pasar los ciervos para dirigirse á la cañada, allá al filo de la media noche me rindió un poco el sueño, aunque no tanto que no abriese los ojos en el mismo punto en que creí percibir que las ramas se movían á mi alrededor. Abrí los ojos según dejo dicho: me incorporé con sumo cuidado, y poniendo atención á aquel confuso murmullo que cada vez sonaba más próximo, oí en las ráfagas del aire, como gritos y cantares extraños, carcajadas y tres ó cuatro voces distintas que hablaban entre sí con un ruido y una algarabía semejante al de las muchachas del lugar, cuando riendo y bromeando por el camino, vuelven en bandadas de la fuente con sus cántaros á la cabeza.
Según colegía de la proximidad de las voces y del cercano chasquido de las ramas que crujían al romperse para dar paso á aquella turba de locuelas, iban á salir de la espesura á un pequeño rellano que formaba el monte en el sitio donde yo estaba oculto, cuando enteramente á mis espaldas, tan cerca ó más que me encuentro de vosotros, oí una nueva voz fresca, delgada y vibrante, que dijo ... creedlo, señores, esto es tan seguro como que me he de morir ... dijo ... claro y distintamente estas propias palabras:
_¡Por aquí, por aquí, compañeras, que está ahí el bruto de Esteban!_
Al llegar á este punto de la relación del zagal, los circunstantes no pudieron ya contener por más tiempo la risa, que hacía largo rato les retozaba en los ojos, y dando rienda á su buen humor, prorrumpieron en una carcajada estrepitosa. De los primeros en comenzar á reir y de los últimos en dejarlo, fueron don Dionís, que á pesar de su fingida circunspección no pudo por menos de tomar parte en el general regocijo, y su hija Constanza, la cual cada vez que miraba á Esteban todo suspenso y confuso, tornaba á reirse como una loca hasta el punto de saltarle las lágrimas á los ojos.
El zagal, por su parte, aunque sin atender al efecto que su narración había producido, parecía todo turbado é inquieto; y mientras los señores reían á sabor de sus inocentadas, él tornaba la vista á un lado y á otro con visibles muestras de temor y como queriendo descubrir algo á través de los cruzados troncos de los árboles.
--¿Qué es eso, Esteban, qué te sucede? le preguntó uno de los monteros notando la creciente ínquietud del pobre mozo, que ya fijaba sus espantadas pupilas en la hija risueña de don Dionís, ya las volvía á su alrededor con una expresión asombrada y estúpida.
--Me sucede una cosa muy extraña, exclamó Esteban. Cuando después de escuchar las palabras que dejo referidas, me incorporé con prontitud para sorprender á la persona que las había pronunciado, una corza blanca como la nieve salió de entre las mismas matas en donde yo estaba oculto, y dando unos saltos enormes por cima de los carrascales y los lentiscos, se alejó seguida de una tropa de corzas de su color natural, y así estas como la blanca que las iba guiando, no arrojaban bramidos al huir, sino que se reían con unas carcajadas, cuyo eco juraría que aún me está soñando en los oídos en este momento.
--¡Bah!... ¡bah!... Esteban, exclamó don Dionís con aire burlón, sigue los consejos del preste de Tarazona; no hables de tus encuentros con los corzos amigos de burlas, no sea que haga el diablo que al fin pierdas el poco juicio que tienes; y pues ya estás provisto de los Evangelios y sabes las oraciones de San Bartolomé, vuélvete á tus corderos, que comienzan á desbandarse por la cañada. Si los espíritus malignos tornan á incomodarte, ya sabes el remedio: _Pater Noster_[1] y garrotazo.
[Footnote 1: Pater Noster. The first words of the Lord's Prayer in Latin.]
El zagal, después de guardarse en el zurrón un medio pan blanco y un trozo de came de jabalí, y en el estomago un valiente trago de vino que le dió por orden de su señor uno de los palafreneros, despidióse de don Dionís y su hija, y apenas anduvo cuatro pasos, comenzó á voltear la honda para reunir á pedradas los corderos.
Como á esta sazón notase don Dionís que entre unas y otras las horas del calor eran ya pasadas y el vientecillo de la tarde comenzaba á mover las hojas de los chopos y á refrescar los campos, dió orden á su comitiva para que aderezasen las caballerías que andaban paciendo sueltas por el inmediato soto; y cuando todo estuvo á punto, hizo seña á los unos para que soltasen las traíllas, y á los otros para que tocasen las trompas, y saliendo en tropel de la chopera, prosiguió adelante la interrumpida caza.
II
Entre los monteros de don Dionís habla uno llamado Garcés, hijo de un antiguo servidor de la familia, y por tanto el más querido de sus señores.
Garcés tenía poco más ó menos la edad de Constanza, y desde muy niño habíase acostumbrado á prevenir el menor de sus deseos, y á adivinar y satisfacer el más leve de sus antojos.
Por su mano se entretenía en afilar en los ratos de ocio las agudas saetas de su ballesta de marfil; él domaba los potros que había de montar su señora; él ejercitaba en los ardides de la caza á sus lebreles favoritos y amaestraba á sus halcones, á los cuales compraba en las ferias de Castilla[1] caperuzas rojas bordadas de oro.
[Footnote 1: Castilla = 'Castile.' An old kingdom of Spain, in the northern and central part of the peninsula. The kingdoms of Castile and Leon, after several unions and separations, were finally united under Ferdinand III in 1230. Isabella of Castile married Ferdinand of Aragon in 1469, and in 1479 the two kingdoms of Castile and Aragon were united.]
Para con los otros monteros, los pajes y la gente menuda del servicio de don Dionís, la exquisita solicitud de Garcés y el aprecio con que sus señores le distinguían, habíanle valido una especie de general animadversión, y al decir de los envidiosos, en todos aquellos cuidados con que se adelantaba á prevenir los caprichos de su señora revelábase su carácter adulador y rastrero. No faltaban, sin embargo, algunos que, más avisados ó maliciosos, creyeron sorprender en la asiduidad del solícito mancebo algunos Señales de mal disimulado amor.
Si en efecto era así, el oculto cariño de Garcés tenia más que sobrada disculpa en la incomparable hermosura de Constanza. Hubiérase necesitado un pecho de roca y un corazón de hielo para permanecer impasible un día y otro al lado de aquella mujer singular por su belleza y sus raros atractivos.
La Azucena _del Moncayo_[1] llamábanla en veinte leguas á la redonda, y bien merecía este sobrenombre, porque era tan airosa, tan blanca y tan rubia que, como á las azucenas, parecía que Dios la había hecho de nieve y oro.
[Footnote 1: Moncayo. See p. 8, note 1]
Y sin embargo, entre los señores comarcanos murmurábase que la hermosa castellana de Veratón[1] no era tan limpia de sangre como bella, y que á pesar de sus trenzas rubias y su tez de alabastro, había tenído por madre una gitana. Lo de cierto que pudiera haber en estas murmuraciones, nadie pudo nunca decirlo, porque la verdad era que don Dionís tuvo una vida bastante azarosa en su juventud, y después de combatir largo tiempo bajo la conducta del monarca aragonés,[2] del cual recabó entre otras mercedes el feudo del Moncayo,[3] marchóse á Palestina,[4] en donde anduvo errante algunos años, para volver por último á encerrarse en su castillo de Veratón,[5] con una hija pequeña, nacida sin duda en aquellos países remotos. El único que hubiera podido decir algo acerca del misterioso origen de Constanza, pues acompañó a don Dionís en sus lejanas peregrinaciones, era el padre de Garcés, y éste había ya muerto hacía bastante tiempo, sin decir una sola palabra sobre el asunto ni á su propio hijo, que varias veces y con muestras de grande interés, se lo habia preguntado.
[Footnote 1: Veratón. See p. 25, note 1.]
[Footnote 2: monarca aragonés. See p. 25, note 3.]
[Footnote 3: Moncayo. See p. 8, note 1]
[Footnote 4: Palestina = 'Palestine.' A territory in the southern part of Syria. Chief city Jerusalem. "It passed under Mohammedan rule about 636, was held by the Christians temporarily during the Crusades [seventh and last under St. Louis 1270-1272], and since 1516 has been in the possession of the Turkish government." _Century Dict._]
[Footnote 5: Veratón. See p. 25, note 1.]
El carácter, tan pronto retraído y melancólico como bullicioso y alegre de Constanza, la extraña exaltación de sus ideas, sus extravagantes caprichos, sus nunca vistas costumbres, hasta la
## particularidad de tener los ojos y las cejas negras como la noche,
siendo blanca y rubia como el oro, habían contribuido á dar pábulo á las hablillas de sus convecinos, y aun el mismo Garcés, que tan intimamente la trataba, había llegado á persuadirse que su señora era algo especial y no se parecía á las demás mujeres.
Presente á la relación de Esteban, como los otros monteros, Garcés fue acaso el único que oyó con verdadera curiosidad los pormenores de su increible aventura, y si bien no pudo menos de sonreir cuando el zagal repitió las palabras de la corza blanca, desde que abandonó el soto en que habían sesteado comenzó á revolver en su mente las más absurdas imaginaciones.
No cabe duda que todo eso del hablar las corzas es pura aprensión de Esteban, que es un completo mentecato, decía entre sí el joven montero, mientras que jinete en un poderoso alazán, seguía paso á paso el palafrén de Constanza, la cual también parecia mostrarse un tanto distraída y silenciosa, y retirada del tropel de los cazadores, apenas tomaba parte en la fiesta. ¿Pero quien dice que en lo que refiere ese simple no existirá algo de verdad? prosiguio pensando el mancebo. Cosas más extrañas hemos visto en el mundo, y una corza blanca bien puede haberla, puesto que si se ha de dar crédito á las cántigas del país, San Huberto,[1] patrón de los cazadores, tenía una. ¡Oh, si yo pudiese coger viva una corza blanca para ofrecérsela á mi señora!
[Footnote 1: San Huberto = 'St. Hubert.' The patron saint of hunters; died about 727. His memory is celebrated by the church November 3. Legend says that he was the son of a nobleman of Aquitaine, and a keen hunter; and that once when he was engaged in the chase on Good Friday, in the forest of Ardennes, a stag appeared to him having a shining crucifix between its antlers. He heard a warning voice and was converted, entered the chnrch, and became bishop of Maestricht and Liège. See the _Encyclopedia Americano_.
The rôle of the deer in mythology, however, is not usually so beneficent, and "the antelope, the gazelle, and the stag generally, instead of helping the hero, involve him rather in perplexity and peril. This mythical subject is amplified in numerous Hindoo legends." See de Gubernatis, _Zoölogical Mythology_, London, 1872, vol. ii, p. 84 and following.
La Biche au Bois_ (The Hind of the Woods) of Mme. d'Aulnoy is a story that offers some striking resemblances to _La Corza Blanca_ of Becquer. A beautiful princess is transformed by a wicked fairy into a white hind, which form she is allowed to quit at certain hours of the day. One day, while still in the form of the hind, she is pursued by her lover and wounded by an arrow. However, a release from the enchantment and a happy marriage end the sufferings of the heroine. In this Spanish tale the transformation is voluntary, which fact gives to Constanza the traits of a witch.
In Wordsworth's beautiful poem _The White Doe of Rylstone_ we find the doe divested of all the elements of witchcraft, and in its solicitude for the gentle and bereft Lady Emily it is likened symbolically
To the grief of her soul that doth come and go In the beautiful form of this innocent Doe: Which, though seemingly doomed in its breast to sustain A softened remembrance of sorrow and pain, Is spotless, and holy, and gentle, and bright; And glides o'er the earth like an angel of light.]
Asi pensando y discurriendo pasó Garcés la tarde, y cuando ya el sol comenzó á esconderse por detras de las vecinas lomas y don Dionís mando volver grupas á su gente para tornar al castillo, separóse sin ser notado de la comitiva y echo en busca del zagal por lo más espeso é intrincado del monte.
La noche había cerrado casi por completo cuando don Dionís llegaba á las puertas de su castillo. Acto continuo dispusiéronle una frugal colación, y sentóse con su hija á la mesa.
--Y Garcés ¿dónde esta? preguntó Constanza notando que su montero no se encontraba allí para servirla como tenía de costumbre.
--No sabemos, se apresuraron á contestar los otros servidores; desapareció de entre nosotros cerca de la cañada, y esta es la hora en que todavía no le hemos visto.
En este punto llegó Garcés todo sofocado, cubierta aún de sudor la frente, pero con la cara más regocijada y satisfecha que pudiera imaginarse.
--Perdonadme, señora, exclamó, dirigiéndose á Constanza; perdonadme si he faltado un momento á mi obligación; pero allá de donde vengo á todo el correr de mi caballo, como aquí, sólo me, ocupaba en serviros.
--¿En servirme? repitió Constanza; no comprendo lo que quieres decir.
--Sí, señora; en serviros, repitió el joven, pues he averiguado que es verdad que la corza blanca existe. Á mas de Esteban, lo dan por seguro otros varios pastores, que juran haberla visto más de una vez, y con ayuda de los cuales espero en Dios y en mi patrón San Huberto que antes de tres días, viva ó muerta, os la traeré al castillo.
--¡Bah!... ¡Bah!... exclamo Constanza con aire de zumba, mientras hacían coro á sus palabras las risas más ó menos disimuladas de los circunstantes; déjate de cacerías nocturnas y de corzas blancas: mira que el diablo ha dado en la flor de tentar á los simples, y si te empeñas en andarle á los talones, va á dar que reir contigo como con el pobre Esteban.
--Señora, interrumpió Garcés con voz entrecortada y disimulando en lo posible la cólera que le producía el burlón regocijo de sus companeros, yo no me he visto nunca con el diablo, y por consiguiente, no sé todavía como las gasta; pero conmigo os juro que todo podrá hacer menos dar que reir, porque el uso de ese privilegio sólo en vos sé tolerarlo.
Constanza conoció el efecto que su burla había producido en el enamorado joven; pero deseando apurar su paciencia hasta lo último, tornó á decir en el mismo tono:
--¿Y si al dispararla te saluda con alguna risa del género de la que oyó Esteban, ó se te ríe en la nariz, y al escuchar sus sobrenaturales carcajadas se te cae la ballesta de las manos, y antes de reponerte del susto ya ha desaparecido la corza blanca más ligera que un relámpago?
--¡Oh! exclamó Garcés, en cuanto á eso estad segura que como yo la topase á tiro de ballesta, aunque me hiciese más monos que un juglar, aunque me hablara, no ya en romance, sino en latín como el abad de Munilla,[1] no se iba[2] sin un arpón en el cuerpo.
[Footnote 1: Munilla. A town of 1170 inhabitants situated in the province of Logroño to the west of the town of Arnedillo on the Cidacos. Munilla was a place of considerable importance at the time in which the events of this story are supposed to have occurred.]
[Footnote 2: no se iba = 'it would not escape.' See p. 108, note 3]
En este punto del diálogo, terció don Dionís, y con una desesperante gravedad á través de la que se adivinaba toda la ironía de sus palabras, comenzó á darle al ya asendereado mozo los consejos más originales del mundo, para el caso de que se encontrase de manos á boca con el demonio convertido en corza blanca.
Á cada nueva ocurrencia de su padre, Constanza fijaba sus ojos en el atribulado Garcés y rompía á reir como una loca, en tanto que los otros servidores esforzaban las burlas con sus miradas de inteligencia y su mal encubierto gozo.
Mientras duró la colación prolongóse esta escena, en que la credulidad del joven montero fué, por decirlo así, el tema obligado del general regocijo; de modo que cuando se levantaron los paños, y don Dionís y Constanza se retiraron á sus habitaciones, y toda la gente del castillo se entregó al reposo, Garcés permaneció un largo espacio de tiempo irresoluto, dudando si á pesar de las burlas de sus señores, proseguiría firme en su propósito, o desistiría completamente de la empresa.
--¡Qué diantre! exclamó saliendo del estado de incertidumbre en que se encontraba: mayor mal del que me ha sucedido no puede sucederme, y si por el contrario es verdad lo que nos ha contado Esteban ... ¡oh, entonces, cómo he de saborear mi triunfo!
Esto diciendo, armó su ballesta, no sin haberla[1] hecho antes la señal de la cruz en la punta de la vira, y colocándosela á la espalda se dirigió á la poterna del castillo para tomar la vereda del monte.
[Footnote 1: la. See p. 20, note 2.]
Cuando Garcés llego á la cañada y al punto en que, según las instrucciones de Esteban, debía aguardar la aparición de las corzas, la luna comenzaba á remontarse con lentitud por detrás de los cercanos montes.
Á fuer de buen cazador y práctico en el oficio, antes de elegir un punto á propósito para colocarse al acecho de las reses, anduvo un gran rato de acá para allá examinando las trochas y las veredas vecinas, la disposición de los árboles, los accidentes del terreno, las curvas del río y la profundidad de sus aguas.
Por último, después de terminar este minucioso reconocimiento del lugar en que se encontraba, agazapose en un ribazo junto á unos chopos de copas elevadas y obscuras, á cuyo pie crecían unas matas de lentisco, altas lo bastante para ocultar á un hombre echado en tierra.
El río, que desde las musgosas rocas donde tenía su nacimiento venía siguiendo las sinuosidades del Moncayo á entrar en la cañada por una vertiente, deslizábase desde allí bañando el pie de los sauces que sombreaban su orilla, ó jugueteando con alegre murmullo entre las piedras rodadas del monte hasta caer en una hondura próxima al lugar que servía de escondrijo al montero.
Los álamos, cuyas plateadas hojas movía el aire con un rumor dulcísimo, los sauces que inclinados sobre la limpia corriente humedecían en ella las puntas de sus desmayadas ramas, y los apretados carrascales por cuyos troncos subían y se enredaban las madreselvas y las campanillas azules, formaban un espeso muro de follaje alrededor del remanso del río.
El viento, agitando los frondosos pabellones de verdura que derramaban en torno su flotante sombra, dejaba penetrar á intervalos un furtivo rayo de luz, que brillaba como un relámpago de plata sobre la superficie de las aguas inmóviles y profundas.
Oculto tras los matojos, con el oído atento al más leve rumor y la vista clavada en el punto en donde según sus cálculos debían aparecer las corzas, Garcés esperó inútilmente un gran espacio de tiempo.
Todo permanecía á su alrededor sumido en una profunda calma.