Part 4
05 Más de quinientas personas había alrededor del carruaje, que examinaban con viva curiosidad, sin que se opusiesen a ello los gendarmes, quienes, en cambio,[47-2] no permitían al público acercarse a la puerta de aquella casa, donde se había apeado Pío VII mientras mudaban el tiro de caballos....
10 --Y ¿qué casa era aquélla, abuelito? ¿La del Alcalde?
--No, hijo mío.--Era el Parador de diligencias.
A nosotros, como a militares que éramos, nos tuvieron un poco más de consideración los gendarmes, y nos permitieron arrimarnos a la puerta.... Pero no así pasar el umbral.
15 De cualquier modo, pudimos ver perfectamente el siguiente grupo, que ocupaba uno de los ángulos de aquel portal u oficina.
Dos ancianos..., ¿qué digo? dos viejos decrépitos, cubiertos de sudor y de polvo, rendidos de fatiga, ahogados de 20 calor, respirando apenas, bebían agua en un vaso de vidrio, que el uno pasó al otro después de mediarlo. Estaban sentados en sillas viejas de enea. Sus trajes talares, blanco el uno, y el otro de color de púrpura, hallábanse tan sucios y ajados por resultas de aquella larga caminata, que más parecían humildes 25 ropones de peregrinos, que ostentosos hábitos de príncipes de la Iglesia....
Ningún distintivo podía revelarnos cuál era Pío VII (pues nada entendíamos nosotros de trajes cardenalicios ni pontificales), pero todos dijimos a un tiempo:
30 --¡Es el más alto! ¡El de las blancas vestiduras!
Y ¿sabéis por qué lo dijimos? Porque su compañero lloraba y él no; porque su tranquilidad revelaba que él era mártir; porque su humildad denotaba que él era el Rey.
En cuanto a su figura, me parece estarla viendo todavía. (p48) Imaginaos un hombre de más de setenta años, enjuto de carnes, de elevada talla y algo encorvado por la edad. Su rostro, surcado de pocas pero muy hondas arrugas, revelaba la más austera energía, dulcificada por unos labios bondadosos que 05 parecían manar persuasión y consuelo. Su grave nariz, sus ojos de paz, marchitos por los años, y algunos cabellos tan blancos como la nieve, infundían juntamente reverencia y confianza. Sólo contemplando la cara de mi buen padre y la de algunos santos de mi devoción, había yo experimentado hasta 10 entonces una emoción por aquel estilo.
El sacerdote que acompañaba a Su Santidad era también muy viejo, y en su semblante, contraído por el dolor y la indignación, se descubría al hombre de pensamientos profundos y de acción rápida y decidida. Más parecía un general que un apóstol.
15 Pero ¿era cierto lo que veíamos? ¿El Pontífice preso, caminando en el rigor del estío, con todo el ardor del sol, entre dos groseros gendarmes, sin más comitiva que un sacerdote, sin otro hospedaje que el portal de una casa de postas, sin otra almohada que una silla de madera?
20 En tan extraordinario caso, en tan descomunal atropello, en tan terrible drama, sólo podía mediar un hombre más extraordinario, más descomunal, más terrible que cuanto veíamos[48-1]....--El nombre de NAPOLEÓN circuló por nuestros labios. ¡Napoleón nos tenía también a nosotros en el interior de 25 Francia! ¡Napoleón había revuelto el Oriente,[48-2] encendido en guerra nuestra patria, derribado todos los tronos de Europa!--¡Él debía de ser quien arrancaba al Papa de la Silla de San Pedro[48-3] y lo paseaba así por el Imperio francés, como el pueblo judío paseó al Redentor por las calles de la ciudad deicida!
30 Pero ¿cuál era la suerte del beatísimo prisionero? ¿Qué había ocurrido en Roma? ¿Había una nueva religión en el Mediodía de Europa? ¿Era papa Napoleón?
Nada sabíamos..., y, si he de deciros[48-4] la verdad, por lo que a mí hace,[48-5] todavía no he tenido tiempo de averiguarlo.... (p49) --Yo se lo diré a V., por vía de paréntesis, en muy pocas palabras, Capitán.--Esto completará la historia de V., y dará toda su importancia a ese peregrino relato.
III
El día 17 de Mayo de ese mismo año de 1809 dió Napoleón 05 un decreto, por el que[49-1] reunió al Imperio francés los Estados pontificios, declarando a Roma[49-2] _ciudad imperial libre_.
El pueblo romano no se atrevió a protestar contra esta medida; pero el Papa la resistió pasivamente desde su palacio del Quirinal,[49-3] donde aun contaba con algunas autoridades y su 10 guardia de suizos.
Sucedió entonces que unos pescadores del Tiber cogieron un esturión y quisieron regalárselo al Sucesor de San Pedro. Los franceses aprovecharon esta ocasión para dar el último paso contra la autoridad de Pío VII; gritaron: _¡al arma!_; 15 el cañón de Sant-Angelo[49-4] pregonó la extinción del gobierno temporal de los Papas, y la bandera tricolor[49-5] ondeó sobre el Vaticano.
El Secretario de Estado, cardenal Pacca (que sin duda era el sacerdote que V. encontró con Pío VII), corrió al lado de 20 Su Santidad; y, al verse los dos ancianos, exclamaron: _Consummatum est!_[49-6]
En efecto: mientras el Papa lanzaba su última excomunión contra los invasores, éstos penetraban en el Quirinal, derribando las puertas a hachazos.[49-7]
25 En la Sala de las Santificaciones[49-8] encontraron a cuarenta suizos, resto del poder del ex Rey de Roma,[49-9] quienes los dejaron pasar adelante por haber recibido orden de no oponer resistencia alguna.
El general Radet, jefe de los demoledores, encontró al Papa 30 en la Sala de las Audiencias ordinarias, rodeado de los cardenales Pacca y Despuig y de algunos empleados de Secretaría. (p50) Pío VII vestía roquete y muceta;[50-1] había dejado su lecho para recibir al enemigo, y daba muestras de una tranquilidad asombrosa.
Era media noche. Radet, profundamente conmovido, no 05 se atreve a hablar. Al fin intima al Sumo Pontífice que renuncie al gobierno temporal de los Estados romanos.[50-2] El Papa contesta que no le es posible hacerlo, porque no son suyos, sino de la Iglesia, cuyo administrador lo hizo la voluntad del Cielo.... Y el general Radet le replica mostrándole la orden 10 de llevarlo prisionero a Francia.
Al amanecer del siguiente día salía Pío VII de su palacio entre esbirros y gendarmes, saltando sobre los escombros de las puertas, sin más comitiva que el cardenal Pacca, ni más restos de su grandeza mundanal que un _papetto_, moneda 15 equivalente a cuatro reales de vellón,[50-3] que llevaba en el bolsillo.
En las afueras de la puerta del Popolo[50-4] lo esperaba una silla de posta, a la cual le hicieron subir, y después de esto cerraron las portezuelas con una llave, que Radet entregó a un gendarme 20 de caballería.
Las persianas del lado derecho, en que se sentó el Papa, estaban clavadas, a fin de que no pudiese ser visto....
IV
--¡En esa silla lo encontré yo!...--¿Ven ustedes cómo no miento?
25 --Hace V. bien en interrumpirme, Capitán; porque yo he terminado, y el resto queremos oírlo de labios de V....
--Pues voy allá,[50-5] señores míos.
Íbamos diciendo que Pío VII y el cardenal Pacca (¡mucho me alegro de haber llegado a saber su nombre!) estaban sentados 30 en el portal de la casa de postas; que el pueblo se había agrupado en la calle; que los gendarmes le impedían el paso, (p51) y que nosotros los españoles conseguimos acercarnos tanto a la puerta, que veíamos perfectamente a los dos augustos sacerdotes.
Pío VII fijó casualmente la vista en nosotros, y sin duda 05 conoció, por nuestros raros y destrozados uniformes, que también éramos extranjeros y cautivos de Napoleón.... Ello fué[51-1] que, después de decir algunas palabras al Cardenal, clavó en nosotros una larga y expresiva mirada.
10 En esto sonó allí cerca un fandango, divinamente tocado y cantado por los tres compañeros nuestros, que volvían ya con las boletas para alojarnos....
Creo haberos dicho que habíamos comprado dos guitarras antes de abandonar a Cataluña;[51-2] y si se me ha olvidado[51-3] decíroslo, os lo digo ahora.
15 Al oír aquel toque y la copla que le siguió, el Papa levantó otra vez la cabeza, y nos miró con mayor interés y ternura.
El italiano, el músico, había reconocido el canto.
¡Ya sabía que éramos españoles!
Ser español, significaba en aquel tiempo mucho más que 20 ahora. Significaba ser vencedor del Capitán del siglo; ser soldado de Bailén y Zaragoza;[51-4] ser defensor de la historia, de la tradición, de la fe antigua; mantenedor de la independencia de las naciones; paladín[51-5] de Cristo; cruzado[51-6] de la libertad.--En esto último nos engañábamos.... Pero ¡cómo ha 25 de ser!--¿Quién había de adivinar entonces, al defender a D. Fernando VII[51-7] contra los franceses, que él mismo los llamaría al cabo de catorce años y los traería a España en contra nuestra,[51-8] como sucedió en 1823?...--En fin; no quiero hablar..., ¡pues hay cosas que todavía me encienden la sangre!
30 El caso fué, volviendo a mi relato, que el rostro del Papa se cubrió de santo rubor al considerar nuestra desventura y recordar el heroísmo de que España estaba dando muestras al mundo..., y que el más puro entusiasmo chispeó en sus amantísimos ojos....--¡Parecía que aquellos ojos nos besaban! (p52) Nosotros, por nuestra parte, comprendiendo toda la predilección que nos demostraba en aquel momento el Sumo Pontífice, procurábamos expresarle con la mirada, con el gesto, con la actitud, nuestra veneración y piedad, así como el dolor y la 05 indignación que sentíamos al verlo preso y ultrajado por sus malos hijos....--Casi instintivamente nos quitamos los morriones (cosa que chocó mucho a los franceses, los cuales seguían con sus gorros[52-1] encasquetados), y nos llevamos la mano derecha al corazón como quien hace[52-2] protestación de su fe.
10 El Papa levantó los ojos al cielo y se puso a rezar.--¡Sabía que una bendición de su mano podía atraer sobre nosotros la cólera del pueblo impío que nos rodeaba, como nosotros sabíamos que un grito de _¡viva el Papa!_ podía empeorar la situación del beatísimo prisionero!--¡Mostrábanse tan orgullosos 15 los franceses que nos rodeaban al ver aquel supremo triunfo de la Revolución sobre la autoridad!... ¡Creían tan grande a la Francia en aquel momento!
En esto se abrió paso por entre la muchedumbre, y apareció en el cuadro que habían despejado los gendarmes, una mujer 20 del pueblo, mucho más anciana que el Pontífice: una viejecita centenaria, pulcra y pobremente[52-3] vestida, coronada de cabellos como la nieve, trémula por la edad y el entusiasmo, encorvada, llorosa, suplicante, llevando en las manos un azafate de mimbres secos lleno de melocotones, cuyos matices rojos y dorados se 25 veían debajo de las verdes hojas con que estaban cubiertos....
Los gendarmes quisieron detenerla.... Pero ella los miró con tanta mansedumbre; era tan inofensiva su actitud; era su presente tan tierno y cariñoso; inspiraba su edad tanto respeto; había tal verdad en aquel acto de devoción; significaba tanto, 30 en fin, aquel siglo pasado, fiel a sus creencias, que venía a saludar al Vicario de Jesucristo en medio de su calle de Amargura, [52-4] que los soldados de la Revolución y del Imperio comprendieron o sintieron que aquel anacronismo, aquella caridad de otra época, aquel corazón inerme y pacífico que había sobrevivido (p53) casualmente a la guillotina, en nada aminoraba ni deslucía los triunfos del conquistador de Europa, y dejaron a la pobre mujer del pueblo entrar en aquel afortunado portal, que ya nos había traído a la memoria otro portal, no menos afortunado, donde 05 unos sencillos pastores hicieron también ofrendas al Hijo de Dios vivo....
Comenzó entonces una interesante escena entre la cristiana y el Pontífice.
Púsose ella de rodillas, y, sin articular palabra, presentó el 10 azafate de frutos al augusto prisionero.
Pío VII enjugó con sus manos beatísimas las lágrimas que inundaban el rostro de la viejecita; y cuando ésta se inclinaba para besar el pie del Santo Padre,[53-1] él colocó una mano sobre aquellas canas humilladas, y levantó la otra al cielo con la 15 inspirada actitud de un profeta.
--¡VIVA EL PAPA!--exclamamos entonces nosotros en nuestro idioma español, sin poder contenernos....
Y penetramos en el portal resueltos a todo.
20 Pío VII se pone de pie al oír aquel grito, y, tendiendo hacia nosotros las manos, nos detiene, cual si su majestuosa actitud nos hubiese aniquilado.... Caemos, pues, de rodillas, y el Padre Santo nos bendice una, otra y tercera vez.
Al propio tiempo álzase en la puerta y en toda la Plaza como un huracán de gritos, y nosotros volvemos la cabeza horrorizados, 25 creyendo que los franceses amenazan al Sumo Pontífice....--¡Lo de menos[53-2] era que nos amenazasen a nosotros!--¡Decididos estábamos a morir!
Pero ¡cuál fué nuestro asombro al ver que los gendarmes, los hombres del pueblo, las mujeres, los niños..., ¡todo 30 Montelimart! estaba arrodillado, con la frente descubierta, con las lágrimas en los ojos, exclamando:
--_Vive le Pape!_[53-3]
Entonces se rompió la consigna: el pueblo invadió el portal y pidió su bendición al Pontífice. (p54) Éste cogió una hoja verde de las que cubrían el azafate de melocotones que seguía ofreciéndole la anciana, y la llevó a sus labios y la besó.
La multitud, por su parte, se apoderó de los frutos como de 05 reliquias; todos abrazaron a la pobre mujer del pueblo; el Papa, trémulo de emoción, atravesó por entre la muchedumbre, nos bendijo otra vez al paso, y penetró en la silla de posta; y los gendarmes, avergonzados de lo que acababa de pasar, dieron la orden[54-1] de partir.
10 En cuanto a nosotros, durante todo aquel día no fuimos en Francia prisioneros de guerra, sino huéspedes de paz.
Conque... he dicho.
V
--¡Aun queda algo que decir!...--(exclamó el mismo que contó poco antes lo acontecido en Roma.) ¡Óiganme 15 Vds. a mí un momento!
En 1814, cinco años después de la escena referida por el Capitán, la fuerza de la opinión de toda Francia obligó a Napoleón Bonaparte a poner en libertad a Pío VII.
Volvió, pues, el Sumo Pontífice a recorrer el mismo camino 20 en que le habían encontrado los prisioneros españoles, y he aquí cómo describe Chateaubriand[54-2] la despedida que hizo Francia al sucesor de San Pedro:
«Pío VII caminaba en medio de los cánticos y de las lágrimas, del repique de las campanas y de los gritos de _¡Viva el Papa! 25 ¡Viva el Jefe de la Iglesia!_... En las ciudades sólo quedaban los que no podían marchar, y los peregrinos pasaban la noche en los campos, en espera de la llegada del anciano sacerdote. TAL ES, SOBRE LA FUERZA DEL HACHA[54-3] Y DEL CETRO, LA SUPERIORIDAD DEL PODER DEL DÉBIL SOSTENIDO POR LA 30 RELIGIÓN Y LA DESGRACIA.» 30
Guadix, 1857.
EL EXTRANJERO (p55)
I
«_No consiste la fuerza en echar por tierra[55-1] al enemigo, sino en domar la propia cólera,_»--dice una máxima oriental.
«_No abuses de la victoria,_»--añade un libro de nuestra religión.
05 «_Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra; y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios son todos iguales, más 10 resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia, que el de la justicia,_» aconsejó, en fin, D. Quijote a Sancho Panza.[55-2]
Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo también a un espíritu de equidad, nosotros, que nos complacemos frecuentemente en referir y celebrar los actos 15 heroicos de los españoles durante la _Guerra de la Independencia_, [55-3] y en condenar y maldecir la perfidia y crueldad de los invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar en el corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos sublime y profundamente cristiano:--el amor a nuestro prójimo; 20 --sentimiento que, si por congénita desventura de la humana especie, ha de transigir[55-4] con la dura ley de la guerra, puede y debe resplandecer cuando el enemigo está humillado.
El hecho fué el siguiente, según que[55-5] me lo han contado personas dignas de entera fe, que intervinieron en él muy de 25 cerca[55-6] y que todavía andan por el mundo.--Oíd sus palabras textuales. (p56)
II
--Buenos días, abuelo[56-1]...--dije yo.
--Dios guarde a V., señorito...--dijo él.
--¡Muy solo va V. por estos caminos!...
--Sí, señor. Vengo de las minas de Linares,[56-2] donde he estado 05 trabajando algunos meses, y voy a Gádor[56-3] a ver a mi familia. --¿Usted irá[56-4]...?
--Voy a Almería[56-5]..., y me he adelantado un poco a la galera[56-6] porque me gusta disfrutar de estas hermosas mañanas de Abril.--Pero, si no me engaño, usted rezaba cuando yo 10 llegue....--Puede V. continuar.--Yo seguiré leyendo entretanto, supuesto que el escaso andar de esa infame galera le permite a uno estudiar en mitad de los caminos....
--¡Vamos! Ese libro es alguna historia....--Y ¿quién le ha dicho a V. que yo rezaba?
15 --¡Toma! ¡yo, que le he visto a V. quitarse el sombrero[56-7] y santiguarse!
--Pues ¡qué demonio! hombre.... (¿Por qué he de negarlo?)[56-8] Rezando iba....--¡Cada uno tiene sus cuentas con Dios!
20 --Es mucha verdad.
--¿Piensa V. andar largo?[56-9]
--¿Yo?--Hasta la venta....
--En este caso, eche V. por esa vereda[56-10] y cortaremos camino.
25 --Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa.--Bajemos a ella.
Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí a un pintoresco barranco.
Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como 30 la inclinación de las montañas, indicaban ya la proximidad del Mediterráneo. (p57) Anduvimos en silencio algunos minutos, hasta que el minero se paró de pronto.
--¡Cabales!--exclamó.
Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.
05 Estábamos bajo unas higueras cubiertas ya de hojas, y a la orilla de un hermoso torrente.
--¡A ver,[57-1] abuelito!... (dije, sentándome sobre la hierba.) Cuénteme V. lo que ha pasado aquí.
--¡Cómo!¿Usted sabe....--replicó él, estremeciéndose.
10 --Yo no sé más... (añadí con suma calma), sino que aquí ha muerto un hombre...; ¡y de mala muerte, por más señas![57-2]
--¡No se equivoca V., señorito, no se equivoca usted!--Pero ¿quién le ha dicho...?
15 --Me lo dicen sus oraciones de V.
--¡Es mucha verdad! Por eso rezaba.
Miré tenazmente la fisonomía del minero, y comprendí que había sido siempre hombre honrado.--Casi lloraba, y su rezo era tranquilo y dulce.
20 --Siéntese V.[57-3] aquí, amigo mío....--le dije, alargándole un cigarro de papel.[57-4]
--Pues verá V., señorito....--Vaya,[57-5] ¡muchas gracias! --¡Delgadillo[57-6] es!...
--Reúna V. dos, y resultará uno bastante grueso--añadí, 25 dándole otro cigarro.
--¡Dios se lo pague a V.!--Pues, señor... (dijo el viejo, sentándose a mi lado): hace cuarenta y cinco años que una mañana muy parecida a ésta, pasaba yo casi a esta hora por este mismo sitio....
30 --¡Cuarenta y cinco años!--medité yo.
Y la melancolía del tiempo cayó sobre mi alma.--¿Dónde estaban las flores de aquellas cuarenta y cinco primaveras?--¡Sobre la frente del anciano blanqueaba la nieve de setenta inviernos! (p58) Viendo él que yo no decía nada, echó unas yescas,[58-1] encendió el cigarro y continuó de este modo:
--¡Flojillo es![58-2]--Pues, señor, el día que le digo a usted, venía yo de Gérgal[58-3] con una carga de barrilla, y al llegar al 05 punto en que hemos dejado el camino para tomar esta vereda, me encontré con dos soldados españoles que llevaban prisionero a un polaco.[58-4]--En aquel entonces era cuando estaban aquí los primeros franceses, no los del año 23,[58-5] sino los otros....
--¡Ya comprendo! Usted habla de la guerra de la 10 Independencia.
--¡Hombre! ¡Pues entonces no había V. nacido!
--¡Yo lo creo!
--¡Ah, sí! Estará apuntado[58-6] en ese libro que venía V. leyendo. --Pero ¡ca! ¡Lo mejor de estas guerras no lo rezan[58-7] 15 los libros! ¡Ahí ponen lo que más acomoda..., y la gente se lo cree a puño cerrado![58-8]--¡Ya se ve! ¡Es necesario tener tres duros y medio[58-9] de vida, como yo los tendré en el mes de San Juan,[58-10] para saber más de cuatro cosas!--En fin, el polaco aquel[58-11] servía a las órdenes de Napoleón...--del bribonazo 20 [58-12] que murió ya....--Porque ahora dice el señor Cura que hay otro[58-13]...--Pero yo creo que ése no vendrá por estas tierras....--¿Qué le parece a V., señorito?
--¿Qué quiere V. que yo le diga?
--¡Es verdad! Su merced no habrá estudiado todavía de 25 estas cosas....--¡Oh! El señor Cura, que es un sujeto muy instruido, sabe cuándo se acabarán los mamelucos de Oriente[58-14] y vendrán a Gádor[58-15] los rusos y moscovitas[58-16] a quitar la Constitución[58-17]....--Pero ¡entonces ya me habré yo muerto!... --Conque vuelvo a la historia de mi polaco.
30 El pobre hombre se había quedado enfermo en Fiñana,[58-18] mientras que sus compañeros fugitivos se replegaban hacia Almería.--Tenía calenturas, según supe[58-19] más tarde....--Una vieja lo cuidaba por caridad, sin reparar que era un enemigo.... (¡Muchos años de gloria llevará[58-20] ya la viejecita por (p59) aquellam buena acción!); y, a pesar de que aquello la comprometía, guardábalo escondido en su cueva, cerca de la Alcazaba[59-1]....
Allí fué donde, la noche antes, dos soldados españoles, que iban a reunirse á su batallón, y que por casualidad entraron a 05 encender un cigarro en el candil[59-2] de aquella solitaria vivienda, descubrieron al pobre polaco, el cual, echado en un rincón, profería palabras de su idioma en el delirio de la [calentura.]
--¡Presentémoslo a nuestro jefe! (se dijeron los españoles). Este bribón será fusilado mañana, y nosotros alcanzaremos 10 un empleo.
Iwa, que así se llamaba el polaco, según luego me contó la viejecita, llevaba[59-3] ya seis meses de tercianas, y estaba muy débil, muy delgado, casi hético.
La buena mujer lloró y suplicó, protestando que el extranjero 15 no podía ponerse en camino sin caer muerto a la media hora[59-4]....
Pero sólo consiguió ser apaleada por su falta de «_patriotismo_». --¡Todavía no se me ha olvidado[59-5] esta palabra, que antes no había oído pronunciar nunca!
20 En cuanto al[59-6] polaco, figúrese V. cómo miraría[59-7] aquel lance. --Estaba postrado por la fiebre, y algunas palabras sueltas que salían de sus labios, medio polacas, medio españolas, hacían reír a los dos militares.
--¡Cállate, _didon_,[59-8] perro, gabacho![59-9]--le decían.
25 Y, a fuerza de golpes, lo sacaron del lecho.
Para no cansar a V., señorito: en aquella disposición, medio desnudo, hambriento..., bamboleándose, muriéndose..., ¡anduvo el infeliz cinco leguas!...
¡Cinco leguas, señor!...--¿Sabe V. los pasos que tienen 30 cinco leguas?--Pues es desde Fiñana hasta aquí....--¡Y a pie!... ¡descalzo!...
¡Piénselo V.!... ¡Un hombre fino, un joven hermoso y blanco como una mujer, un enfermo, después de seis meses de tercianas!... ¡y con la terciana en aquel momento mismo!... (p60) --¿Cómo pudo resistir?
--¡Ah! ¡No resistió!...
--Pero ¿cómo anduvo cinco leguas?
--¡Toma! ¡A fuerza de bayonetazos!...
05 --Prosiga V., abuelo.... Prosiga V.
--Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre,[60-1] para ahorrarme terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino. Detúveme, pues, aquí mismo, a fin de observar el remate de aquel horror, mientras fingía picar un cigarro[60-2] negro de los 10 de entonces....
Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar.... Venía con la cabeza descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos rosetas encarnadas en lo alto de las mejillas y con los ojos llameantes, pero caídos...: ¡hecho,[60-3] en fin, un Cristo en la 15 calle de la Amargura[60-4]!...
--_¡Mí querer morir!_[60-5] _¡Matar a mi, por Dios!_--balbuceaba el extranjero con las manos cruzadas.
Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban _franchute_,[60-6] _didon_ y otras cosas.
20 Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo[60-7] al suelo.
Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a Dios.
Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse 25 de nuevo.
Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y morir....
Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como 30 he dicho, estaba cargado de barrilla.
--¡Eh, camarada! (me dijeron, apuntándome con los fusiles.)--¡Suba V ese mulo![60-8]
Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero. (p61) --¿Dónde va V.?[61-1]--me preguntaron cuando hube subido.
--Voy a Almería.... (les respondí). ¡Y eso que ustedes están haciendo es una inhumanidad!
--¡Fuera sermones!--gritó uno de los verdugos.
05 --¡Un arriero _afrancesado_!--dijo el otro.
--¡Charla mucho..., y verás lo que te sucede!
La culata de un fusil cayó sobre mi pecho....
¡Era la primera vez que me pegaba un hombre, fuera de mi padre!