Part 5
10 --_¡No irritar, no incomodar!_--exclamó el polaco, asiéndose a mis pies; pues había caído de nuevo en tierra.
--¡Descarga la barrilla!--me dijeron los soldados.
--¿Para qué?
--Para montar en el mulo a este judío.[61-2]
15 --Eso es otra cosa.... Lo haré con mucho gusto.
Dije, y me puse a descargar.
--_No..., no..., no...._ (exclamó Iwa.) _¡Tú dejar que me maten!_
--¡Yo no quiero que te maten, desgraciado!--exclamé, 20 estrechando las ardientes manos del joven.
--_¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí, por Dios_!...
--¿Quieres que yo te mate?
--_¡Sí..., sí..., hombre bueno! ¡Sufrir mucho!_
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
25 Volvíme a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera conmovido a una piedra:
--¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro[61-3] español, que ama tanto como el que más[61-4] a nuestra patria, es quien os [suplica.] --¡Dejadme solo con este hombre!
30 --¡No digo que es _afrancesado_!--exclamó uno de ellos.
--¡Arriero del diablo! (dijo el otro): ¡cuidado con lo que me dices![61-5] ¡Mira que te rompo la crisma![61-6]
--¡Militar de los demonios! (contesté con la misma fuerza.) Yo no temo a la muerte.[61-7]--¡Sois dos infames sin corazón! (p62) ¡Sois dos hombres fuertes y armados, contra un moribundo inerme!... ¡Sois unos cobardes!--Dadme uno de esos fusiles, y pelearé con vosotros hasta mataros o morir...; pero dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse.--¡Ay! 05 (continué, viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba): si, como yo, tuvieseis hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán en la tierra de este infeliz, en la misma situación que él, solos, moribundos, lejos de sus padres; si reflexionarais en[62-1] que este polaco no sabe siquiera lo que hace en España; en que 10 será un quinto[62-2] robado a su familia para servir a la ambición de un Rey..., ¡qué diablo![62-3] vosotros le perdonaríais....--¡Si; porque vosotros sois hombres antes que españoles, y este polaco es un hombre, un hermano vuestro!--¿Qué ganará España con la muerte de un tercianario? ¡Batíos[62-4] hasta morir con 15 todos los granaderos de Napoleón; pero que sea[62-5] en el campo de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido; sed cristianos, no seáis[62-6] verdugos!
--¡Basta de letanías![62-7]--dijo el que siempre había llevado la iniciativa de la crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza 20 de bayonetazos, el que quería comprar un empleo al precio de su cadáver.
--Compañero, ¿qué hacemos?[62-8]--preguntó el otro, medio conmovido con mis palabras.
--¡Es muy sencillo! (repuso el primero.) ¡Mira!
25 Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus movimientos, descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.
Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.
Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya el mártir.
30 En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas de los fusiles.
El que había matado al extranjero, le cortó una oreja, que guardó en el bolsillo.
¡Era la credencial del empleo que deseaba! (p63) Después desnudó a Iwa, y le robó... hasta cierto medallón (con un retrato de mujer o de santa) que llevaba al cuello.
Entonces se alejaron hacia Almería.
Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde 05 está V. sentado..., y me volví a Gérgal, porque conocí que estaba malo.[63-1]
Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad, que me puso a las puertas de la muerte.
--Y ¿no volvió V. a ver a aquellos soldados? ¿No sabe V. 10 cómo se llamaban?0
--No, señor; pero, por las señas que me dió más tarde la viejecita que cuidó al polaco, supe[63-2] que uno de los dos españoles tenía el apodo de _Risas_, y que aquél era justamente el que había matado y robado al pobre extranjero.
15 En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al camino; nos apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos el uno del otro.--¡Habíamos llorado juntos!
III
Tres noches después tomábamos café varios amigos en el precioso casino de Almería.
20 Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos viejos, militares retirados, Comandante el uno y Coronel el otro, según dijo alguno que los conocía.
A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan alto como suelen los que han mandado mucho.
25 De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del Coronel:
--El pobre _Risas_....
--_¡Risas!_--exclamé para mí.
Y me puse a escuchar de intento.
30 --El pobre _Risas_... (decía el Coronel) fué hecho prisionero por los franceses cuando tomaron a Málaga, y, de depósito (p64) en depósito, fué a parar nada menos que a Suecia,[64-1] donde yo estaba también cautivo, como todos los que no pudimos escaparnos con el Marqués de la Romana.[64-2]--Allí lo conocí, porque intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda mi 05 carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia, formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles que estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a _Risas_.[64-3] Entonces me enteré de que tenía un miedo cerval[64-4] a los polacos, o un terror supersticioso a Polonia,[64-5] pues no 10 hacía más que preguntarnos a Juan y a mi «si tendríamos que pasar por aquella tierra para ir a Rusia,» estremeciéndose a la idea de que tal[64-6] llegase a acontecer.--Indudablemente, a aquel hombre, cuya cabeza no estaba muy firme por lo mucho que había abusado de las bebidas espirituosas,[64-7] pero que en lo 15 demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había ocurrido algo grave con algún polaco, ora[64-8] en la guerra de España,[64-9] ora en su larga peregrinación por otras naciones. --Llegados a Varsovia,[64-10] donde nos detuvimos algunos días, _Risas_ se puso gravemente enfermo, de fiebre cerebral, por resultas 20 del terror pánico que le había acometido desde que entramos en tierra polonesa; y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que conseguí de mis Jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo, sin perjuicio de que,[64-11] resuelta aquella crisis de un modo 25 o de otro, saliese luego en mi busca con algún convoy de equipajes y víveres, de los muchos que seguirían a la nube de gente en que mi regimiento figuraba a vanguardia.--¡Cuál fué, pues, mi sorpresa cuando, el mismo día que nos pusimos en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar,[64-12] se 30 me presentó mi antiguo asistente lleno de terror, y me dijo lo que acababa de suceder con el pobre _Risas_!--¡Dígole a V. que el caso es de lo más singular[64-13] y estupendo que haya ocurrido nunca!--Óigame, y verá si hay motivo para que yo no haya olvidado esta historia en cuarenta y dos años.--Juan (p65) había buscado un buen alojamiento para cuidar a _Risas_, en casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que desde que llegamos a Varsovia los españoles no había dejado de preguntarnos a varios, por medio de intérpretes franceses, 05 si sabíamos algo de un hijo suyo llamado _Iwa_, que vino a la guerra de España en 1808, y de quien hacía tres años no tenía noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás familias que se hallaban en idéntico caso.--Como Juan era tan zalamero, halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y 10 de aquí[65-1] el que, en recompensa, ella se brindara[65-2] a cuidar a _Risas_ al verlo caer en su presencia atacado de una fiebre cerebral...--Llegados a casa de la buena mujer, y cuando ésta ayudaba a desnudar al enfermo, Juan la vió palidecer de pronto 15 y apoderarse convulsivamente de cierto medallón de plata, con una efigie o retrato en miniatura, que _Risas_ llevaba siempre al pecho, bajo la ropa, a modo de talismán o conjuro contra los polacos, por creer[65-3] que representaba a una Virgen o Santa de aquel país.--_¡Iwa! ¡Iwa!_--gritó después la viuda de un 20 modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía, aletargado como estaba por la fiebre.--En esto acudieron las hijas; y, enteradas del caso, cogieron el medallón, lo pusieron al lado del rostro de su madre, llamando por medio de señas la atención de Juan para que viese, como vió, que la tal efigie[65-4] 25 no era más que el retrato de aquella mujer, y, encarándose entonces con él, visto que su compatriota no podía responderles, comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras ininteligibles, bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente la más siniestra furia.--Juan se encogió de hombros, dando a entender por señas que él no sabía nada de la procedencia de 30 aquel retrato, ni conocía a _Risas_ más que de muy poco tiempo....--Elnoble semblante de mi honradísimo asistente debió de probar[65-5] a aquellas cuatro leonas encolerizadas que el pobre no era culpable....--¡Además, él no llevaba el medallón!--Pero el otro... ¡al otro, al pobre _Risas_, lo mataron a (p66) golpes y lo hicieron pedazos con las uñas!--Es cuanto sé[66-1] con relación a este drama, pues nunca he podido averiguar por qué tenía _Risas_ aquel retrato.
--Permítame V. que se lo cuente yo....--dije sin poder 05 contenerme.
Y acercándome a la mesa del Coronel y del Comandante, después de ser presentado a ellos por mis amigos, les referí a todos la espantosa narración del minero.
Luego que concluí, el Comandante, hombre de más de 10 setenta años, exclamó con la fe sencilla de un militar antiguo, con el arranque de un buen español y con toda la autoridad de sus canas:
--¡Vive Dios, señores, que[66-2] en todo eso hay algo más que una casualidad!
Almería, 1854.
EL LIBRO TALONARIO (p67)
HISTORIETA RURAL
I
La acción comienza en Rota.--Rota es la menor de aquellas encantadoras poblaciones hermanas que forman el amplio semicírculo de la bahia de Cádiz;[67-2] pero, con ser la menor,[67-3] no ha faltado quien ponga los ojos en ella.--El Duque de Osuna, a 05 título de Duque de Arcos,[67-4] la ostenta entre las perlas de su corona hace muchísimo tiempo, y tiene allí su correspondiente castillo señorial, que yo pudiera describir piedra por piedra....
Mas no se trata aquí de castillos, ni de duques, sino de los célebres campos que rodean a Rota y de un humildísimo hortelano, 10 a quien llamaremos _el tío Buscabeatas_,[67-5] aunque no era éste su verdadero nombre, según parece.
Los campos de Rota (particularmente las huertas) son tan productivos que, además de tributarle al Duque de Osuna muchos miles de fanegas de grano y de abastecer de vino a 15 toda la población (poco amante del agua potable y malísimamente dotada de ella), surten de frutas y legumbres a Cádiz, y muchas veces a Huelva,[67-6] y en ocasiones a la misma Sevilla,[67-7] sobre todo en los ramos de tomates y calabazas, cuya excelente calidad, suma abundancia y consiguiente baratura exceden 20 a toda ponderación;--por lo que[67-8] en _Andalucía la Baja_[67-9] se da a los roteños[67-10] el dictado de _calabaceros_ y de _tomateros_, [67-11] que ellos aceptan con noble orgullo.
Y, a la verdad, motivo tienen para enorgullecerse de semejantes motes; pues es el caso que aquella tierra de Rota que 25 tanto produce (me refiero a la de las huertas); aquella tierra (p68) que da para el consumo y para la exportación; aquella tierra que rinde tres o cuatro cosechas al año, ni es tal tierra,[68-1] ni Cristo que lo fundó,[68-2] sino arena pura y limpia, expelida sin cesar por el turbulento Océano, arrebatada por los furiosos 05 vientos del Oeste y esparcida sobre toda la comarca roteña, como las lluvias de ceniza que caen en las inmediaciones del Vesubio.[68-3]
Pero la ingratitud de la Naturaleza está allí más que compensada por la constante laboriosidad del hombre.--Yo no conozco, ni creo que haya en el mundo, labrador que trabaje 10 tanto como el roteño.--Ni[68-4] un leve hilo de agua dulce fluye por aquellos melancólicos campos.... ¿Qué importa? ¡El _calabacero_ los ha acribillado materialmente de pozos, de donde saca, ora[68-5] a pulso, ora por medio de norias, el precioso humor que sirve de sangre a los vegetales!--La arena carece de 15 fecundos principios, del asimilable _humus_[68-6].... ¿Qué importa? ¡El _tomatero_ pasa la mitad de su vida buscando y allegando sustancias que puedan servir de abono, y convirtiendo en estiércol hasta las algas del mar!--Ya poseedor de ambos preciosos elementos, el hijo de Rota va estercolando 20 pacientemente, no su heredad entera (pues le faltarla abono para tanto), sino redondeles de terreno del vuelo de un plato chico,[68-7] y en cada uno de estos redondeles estercolados siembra un grano de simiente de tomate o una pepita de calabaza, que riega luego a mano con un jarro muy diminuto, como quien da 25 de beber a un niño.
Desde entonces hasta la recolección cuida diariamente una por una las plantas que nacen en aquellos redondeles, tratándolas con un mimo y un esmero sólo comparables a la solicitud con que las solteronas cuidan sus macetas. Un día le añade a tal mata[68-8] 30 un puñadillo de estiércol; otro le echa una chorreadita de agua; ora las limpia a todas de orugas y demás insectos dañinos; ora cura a las enfermas, entablilla a las fracturadas, y pone parapetos de caña y hojas secas a las que no pueden resistir los rayos del sol o están demasiado expuestas a los (p69) vientos del mar; ora, en fin, cuenta los tallos, las hojas, las flores o los frutos de las más adelantadas y precoces, y les habla, las acaricia, las besa, las bendice y hasta les pone expresivos nombres para distinguirlas e individualizarlas en su 05 imaginación.--Sin exagerar: es ya un proverbio (y yo lo he oído repetir muchas veces en Rota) que el hortelano de aquel país _toca por lo menos cuarenta veces con su propia mano a cada mata de tomates que nace en su huerta_.--Y así se explica que los hortelanos viejos de aquella localidad lleguen a quedarse 10 encorvados, hasta tal punto que casi se dan[69-1] con las rodillas en la barba[69-2]....
¡Es la postura en que han pasado toda su noble y meritoria vida!
II
Pues bien: _el tío Buscabeatas_ pertenecía al gremio de estos 15 hortelanos.
Ya principiaba a encorvarse en la época del suceso que voy a referir: y era que[69-3] ya tenía sesenta años... y llevaba[69-4] cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la [_Costilla_.]
20 Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas, tamañas[69-5] como bolas decorativas de pretil de puente monumental, y que ya principiaban a ponerse por dentro y por fuera de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el mes de Junio. Conocíalas perfectamente _el tío Buscabeatas_ por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre, 25 sobre todo a los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que ya estaban diciendo _guisadme_, y pasábase[69-6] los días mirándolos con ternura y exclamando melancólicamente:
--_¡Pronto tendremos que separarnos!_
Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando a los 30 mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia. (p70) --Mañana (dijo) cortaré estas cuarenta, y las llevaré al mercado de Cádiz.--¡Feliz quien se las coma![70-1]
Y se marchó a su casa con paso lento, y pasó la noche con las angustias del padre que va a casar una hija al día siguiente.
05 --¡Lástima[70-2] de mis calabazas!--suspiraba a veces sin poder conciliar el sueño.--Pero luego reflexionaba, y concluía por decir:--Y ¿qué he de hacer,[70-3] sino salir de ellas?[70-4] ¡Para eso las he criado!--Lo menos van a valerme quince duros....
Gradúese, pues, cuánto sería[70-5] su asombro, cuánta su furia y 10 cuál su desesperación, cuando, al ir a la mañana siguiente a la huerta, halló que, durante la noche, le habían robado las cuarenta calabazas....--Para ahorrarme de razones,[70-6] diré que, como el judío de Shakespeare, llegó al más sublime paroxismo trágico, repitiendo frenéticamente aquellas terribles palabras 15 de Shylock, en que tan admirable dicen que estaba el actor Kemble:[70-7]
--_¡Oh! ¡Si te encuentro!_[70-8] _¡Si te encuentro!_
Púsose luego _el tío Buscabeatas_ a recapacitar fríamente, y comprendió que sus amadas prendas no podían estar en Rota, 20 donde sería imposible ponerlas a la venta sin riesgo de que él las reconociese, y donde, por otra parte,[70-9] las calabazas tienen muy bajo precio.
--¡Como si lo viera, están en Cádiz! (dedujo de sus cavilaciones.) El infame, pícaro, ladrón, debió de robármelas[70-10] 25 anoche a las nueve o las diez y se escaparía con ellas a las doce en el _barco de la carga_[70-11].... ¡Yo saldré para Cádiz hoy por la mañana en el _barco de la hora_,[70-12] y maravilla será que no atrape al ratero y recupere a las hijas de mi trabajo!
Así diciendo, permaneció todavía cosa de veinte minutos en 30 el lugar de la catástrofe, como acariciando las mutiladas calabaceras, o contando las calabazas que faltaban, o extendiendo una especie de _fe de livores_[70-13] para algún proceso que pensara incoar hasta que, a eso de las ocho, partió con dirección al muelle.
Ya estaba dispuesto para hacerse a la vela[70-14] el _barco (p71) de la hora_, humilde falucho que sale todas las mañanas para Cádiz a las nueve en punto, conduciendo pasajeros, así como el _barco de la carga_ sale todas las noches á las doce, conduciendo frutas y legumbres....
05 Llámase _barco de la hora_ el primero, porque en este espacio de tiempo, y hasta en cuarenta minutos algunos días, si el viento es de popa, cruza las tres leguas que median entre la antigua villa del Duque de Arcos y la antigua ciudad de Hércules[71-1]....
III
Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día 10 se paraba _el tío Buscabeatas_ delante de un puesto de verduras del mercado de Cádiz, y le decía a un aburrido polizonte que iba con él:
--¡Estas son mis calabazas!--¡Prenda V. a ese hombre!
Y señalaba al revendedor.
15 --¡Prenderme a mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa y de cólera.)--Estas calabazas son mías; yo las he comprado....
--Eso podrá V. contárselo al Alcalde--repuso _el tío Buscabeatas_.
20 --¡Que no![71-2]
--¡Que sí!
--¡Tío ladrón![71-3]
--¡Tío tunante!
--¡Hablen Vds. con más educación,[71-4] so indecentes![71-5] ¡Los 25 hombres no deben faltarse[71-6] de esa manera!--dijo con mucha calma el polizonte, dando un puñetazo[71-7] en el pecho a cada interlocutor.
En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse también allí el Regidor encargado de la policía de los 30 mercados públicos, o sea[71-8] _el Juez de abastos_, que es su verdadero nombre. (p72) Resignó[72-1] la jurisdicción el polizonte en Su Señoría, y enterada esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor con majestuoso acento:
--¿A quién[72-2] le ha comprado V. esas calabazas?
05 --Al tío Fulano,[72-3] vecino [72-4] de Rota....--respondió el interrogado.
--¡Ése había de ser! (gritó _el tío Buscabeatas_.) ¡Muy abonado[72-5] es para el caso! ¡Cuando su huerta, que es muy mala, le produce poco, se mete a robar en la del vecino!
10 --Pero, admitida la hipótesis de que a V. le han robado anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor, volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura a V. que éstas, y no otras, son las suyas?
15 --¡Toma! (replicó _el tío Buscabeatas_.) ¡Porque las conozco como V. conocerá a sus hijas, si las tiene!--¿No ve V. que las he criado?--Mire V.: ésta se llama _rebolonda_;[72-6] ésta, _cachigordeta_;[72-7] ésta, _barrigona_;[72-8] ésta, _coloradilla_; [72-9] ésta _Manuela_..., porque se parecía mucho a mi hija la menor....
20 Y el pobre viejo se echó a llorar amarguísimamente.
--Todo eso está muy bien... (repuso el Juez de abastos); pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas. Es menester que la autoridad se convenza al mismo tiempo 25 de la preexistencia de la cosa, y que V. la identifique con pruebas fehacientes....--Señores, no hay que sonreírse....--¡Yo soy abogado!
¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo a todo el mundo, sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi huerta!--dijo _el tío Buscabeatas_, no sin grande asombro de 30 los circunstantes.
Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse, arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso a desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo envolvía. (p73) La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió de punto.[73-1]
--¿Qué va a sacar de ahí?--se preguntaban todos.
Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso a ver qué ocurría 05 en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor, exclamó:
--¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que están aquí oyendo la conversación, son robadas....--Conteste 10 V....
El recién llegado[73-2] se puso más amarillo que la cera, y trató de irse; pero los circunstantes se lo[73-3] impidieron materialmente, [73-4] y el mismo[73-5] Regidor le mandó quedarse.
En cuanto al _tío Buscabeatas_, ya se había encarado con el 15 presunto ladrón, diciéndole:
--¡Ahora verá V. lo que es bueno!
El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:
--Usted es quien ha de ver[73-6] lo que habla; porque si no prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré a la cárcel 20 por calumniador.--Estas calabazas eran mías; yo las he criado, como todas las que he traído este año a Cádiz, en mi huerta del _Egido_,[73-7] y nadie podrá probarme lo contrario.
--¡Ahora verá V.!--repitió _el tío Buscabeatas_ acabando de desatar el pañuelo y tirando de él.[73-8]
25 Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y a los curiosos:
30 --Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución? Y ¿no han visto aquel libraco[73-9] verde que tiene el recaudador, de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón o pezuelo,[73-10] para que luego pueda comprobarse si tal o cual [73-11] recibo es falso o no lo es? (p74) --Lo que V. dice se llama el _libro talonario_--observó gravemente el Regidor.
--Pues eso es lo que yo traigo aqui: el _libro talonario_ de mi huerta, o sea[74-1] los cabos a que estaban unidas estas calabazas 05 antes de que me las robasen.--Y, si no, miren Vds.--Este cabo era de esta calabaza.... Nadie puede dudarlo....
--Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta otra.--Este más ancho..., debe de ser de aquélla.... ¡Justamente!--Y éste es de ésta.... Ése es de ésa.... 10 Ésta es de aquél....
Y en tanto que[74-2] así decía, iba adaptando un cabo o pedúnculo a la excavación que había quedado en cada calabaza al ser arrancada, y los espectadores[74-3] veían con asombro que, efectivamente, la base irregular y caprichosa de los pedúnculos 15 convenía del modo más exacto con la figura blanquecina y leve concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices de las calabazas.
Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos 20 los polizontes y el mismo Concejal,[74-4] y comenzaron a ayudarle al _tío Buscabeatas_ en aquella singular comprobación, diciendo todos a un mismo tiempo con pueril regocijo:
--¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!--Éste es de aquí.... Ése es de ahí.... Aquélla es de 25 éste.... Ésta es de aquél....
Y las carcajadas de los grandes se unían a los silbidos de los chicos, a las imprecaciones de las mujeres, a las lágrimas de triunfo y alegría del viejo hortelano y a los empellones que los guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por 30 llevárselo[74-5] a la cárcel.
Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto; que el tío Fulano vióse obligado desde luego a devolver al revendedor los quince duros que de él había percibido; que el revendedor se los entregó en el acto al _tío Buscabeatas_,(p75) y que éste se marchó a Rota sumamente contento, bien que fuese diciendo[75-1] por el camino: