Part 8
--¡Vaya! ¡vaya! ¡no espero más!--exclamó la mujer del alcalde, cruzándose la mantilla[100-8] con violencia.--¡Estaría de Dios[100-9] que hoy echases la misa en el puchero![100-10] ¡Ya tienes ahí conversación y copas para todo el día, sobre si [100-11] 30 las cabras están preñadas o sobre si los borregos han echado cuernos! (p101) ¡Te condenarás, Juan; te condenarás si no haces pronto las paces con la Iglesia dejando la maldita alcaldía!
Marchado que se hubo[101-1] la seña Torcuata, el Alcalde alargó un rosco y una copa al mayoral, y le dijo:
05 --¡Simplezas de mujeres, tío Jenaro! Arrímese usted a la lumbre y hable. ¿Qué ocurre por allá arriba?
--¡Pues nada! que ayer tarde el cabrero Francisco vió que un hombre, vestido a la malagueña, con pantalón largo y chaquetilla de lienzo, y liado en una manta de muestra,[101-2] se había 10 metido en el _corral nuevo_ por la parte que todavía no tiene tapia, y rondaba la _Torre del Moro_, estudiándola y midiéndola come si fuese un maestro de obras.[101-3] Preguntóle Francisco qué significaba aquello, y el forastero le interrogó a su vez _quién era el dueño de la Torre_; y como Francisco le dijese que _nada menos 15 que el Alcalde del pueblo_, repuso que él hablaría a la noche con su merced y le explicaría sus planes. Llegó presto la noche, y el hombre hizo como que se marchaba,[101-4] con lo que el cabrero se encerró en su choza, que, como sabe usted, dista poco de allí. Dos horas después de obscurecer enteramente notó el 20 mismo Francisco que en la Torre sonaban ruidos muy raros y se veía luz, lo cual le llenó de tal miedo que ni tan siquiera [101-5] se atrevió a ir a mi choza a avisarme; cosa que hizo en cuanto fué de día,[101-6] refiriéndome el lance de ayer tarde, y advirtiéndome que los tales ruidos[101-7] habían durado toda la 25 noche. Como yo soy viejo, y he servido al Rey, y me asusto de pocas cosas, me plantifiqué en seguida en la _Torre del Moro_ acompañado de Francisco, que iba temblando, y encontramos al forastero liado en su manta y durmiendo en un cuartucho[101-8] del piso bajo, que tiene todavía su bóveda de hormigón. Desperté al 30 sospechoso personaje, y le reconvine por haber pasado la noche en la casa ajena sin la voluntad de su dueño; a lo que me respondió que aquello no era casa, sino un montón de escombros, donde bien podía haberse albergado un pobre caminante en noche de nieves, y que estaba dispuesto a presentarse a (p102) usted y a explicarle quién era y todas sus operaciones y pensamientos. Le he hecho, pues, venir conmigo, y en la puerta del corral aguarda, acompañado del cabrero, a que usted le dé licencia para entrar....
05 --¡Que entre!--respondió el tío Hormiga, levantándose muy alterado por habérsele ocurrido, desde las primeras palabras del mayoral, que todo aquello tenía bastante que ver con el célebre _tesoro_, a cuyo hallazgo por sus solos esfuerzos había renunciado su merced hacía una semana, después de arrancar 10 antes inútilmente muchas y muy pesadas piedras de sillería.
XIII
Tenemos ya cara a cara y solos al tío Juan Gómez y al forastero.
--¿Cómo se llama usted?--interrogó el primero al segundo con todo el imperio de un Alcalde de monterilla[102-1] y sin 15 invitarle a que se sentara.
--Llámome Jaime Olot--respondió el hombre misterioso.
--¡Su habla de usted no me parece de esta tierra!...--¿Es usted inglés?
--Soy catalán.[102-2]
20 --¡Hombre! ¡Catalán!... Me parece bien. Y... ¿qué le trae a usted por aquí? Sobre todo, ¿qué diablos de medidas tomaba usted ayer en mi _Torre_?
--Le diré a usted. Yo soy minero de oficio, y he venido a buscar trabajo a esta tierra, famosa por sus minas de cobre y 25 plata. Ayer tarde, al pasar por la _Torre del Moro_, vi que con las piedras de ella extraídas estaban construyendo una tapia, y que aun sería necesario derribar o arrancar otras muchas para terminar el cercado.... Yo me pinto solo[102-3] en esto de demoler, ya sea dando barrenos, ya por medio de mis propios 30 puños, pues tengo más fuerza que un buey, y ocurrióseme la idea de tomar a mi cargo, por contrata, la total destrucción (p103) de la _Torre_ y el arranque de sus cimientos, suponiendo que llegase a entenderme con el propietario.
El tío Hormiga guiñó sus ojillos grises, y respondió con mucha sorna:
05 --Pues, señor; no me conviene la contrata.
--Es que[103-l] haré todo ese trabajo por muy poco precio, casi de balde....
--¡Ahora me conviene mucho menos!
El llamado Jaime Olot paró mientes[103-2] en la soflama del tío 10 Juan Gómez, y miróle _a fondo_ como para adivinar el sentido de aquella rara contestación; pero, no logrando leer nada en la fisonomía zorruna de su merced, parecióle oportuno añadir con fingida naturalidad:
--Tampoco dejaría de agradarme[103-3] recomponer parte de 15 aquel antiguo edificio y vivir en él cultivando el terreno que destina usted a corral de ganado. ¡Le compro a usted, pues, la _Torre del Moro_ y el secano que la circunda!
--No me conviene vender--respondió el tío Hormiga.
--¡Es que le pagaré a usted el doble de lo que aquello 20 valga!--observó enfáticamente el que se decía catalán.
--¡Por esa razón me conviene menos!--repitió el andaluz con tan insultante socarronería, que su interlocutor dió un paso atrás, como quien conoce que pisa terreno falso.
Reflexionó, pues, un momento, pasado el cual alzó la cabeza 25 con entera resolución, echó los brazos a la espalda[103-4] y dijo, riéndose cínicamente:
--¡Luego sabe usted que en aquel terreno hay un _tesoro_!
El tío Juan Gómez se agachó, sentado como estaba; y, mirando al catalán de abajo arriba, exclamó donosísimamente:
30 --¡Lo que me choca es que lo sepa usted!
--¡Pues mucho más le chocaría si le dijese que soy yo el único que lo sabe de cierto!
--¿Es decir que conoce usted el punto fijo en que se halla sepultado el tesoro? (p104) --Conozco el punto fijo, y no tardaría veinticuatro horas en desenterrar tanta riqueza como allí duerme a la sombra....
--Según eso, ¿tiene usted cierto documento?...
--Sí, señor; tengo un pergamino del tiempo de los moros, 05 de media vara en cuadro..., en que todo eso se explica....
--Dígame usted; ¿y ese pergamino?...
--No lo llevo sobre mi persona, ni hay para qué, supuesto que me lo sé[104-l] de memoria al pie de la letra[104-2] en español 10 y en árabe.... ¡Oh! ¡no soy yo tan bobo que me entregue nunca con armas y bagajes! Así es que antes de presentarme en estas tierras escondí el pergamino... donde nadie más que yo podrá dar con él.
--¡Pues entonces no hay más que hablar! Señor Jaime 15 Olot, entendámonos como dos buenos amigos...--exclamó el Alcalde, echando al forastero una copa de aguardiente.
--¡Entendámonos!--repitió el forastero, sentándose sin más permiso y bebiéndose la copa en toda regla.
--Dígame usted--continuó el tío Hormiga,--y dígamelo 20 sin mentir, para que yo me acostumbre a creer en su formalidad....
--Vaya usted preguntando, que yo me callaré cuando me convenga ocultar alguna cosa.
--¿Viene usted de Madrid?
25 --No, señor. Hace veinticinco años que estuve en la corte por primera y última vez.
--¿Viene usted de Tierra Santa?
--No, señor. No me da por ahí.[104-3]
--¿Conoce usted a un abogado de Ugíjar llamado D. Matías 30 de Quesada?
--No, señor; yo detesto a los abogados y a toda la gente de pluma.
--Pues, entonces, ¿cómo ha llegado a poder de usted ese pergamino? (p105) Jaime Olot guardó silencio.
--¡Eso me gusta! ¡veo que no quiere usted mentir!--exclamó el Alcalde.--Pero también es cierto que D. Matías de Quesada me engañó como a un chino,[105-1] robándome dos onzas 05 de oro, y vendiendo luego aquel documento a alguna persona de Melilla[105-2] o de Ceuta.... ¡Por cierto que, aunque usted no es moro, tiene facha de haber estado por allá!
--¡No se fatigue usted ni pierda el tiempo! Yo le sacaré a usted de dudas. Ese abogado debió de enviar el manuscrito 10 a un español de Ceuta, al cual se lo robó hace tres semanas el moro que me lo ha traspasado a mí....
--¡Toma! ¡ya caigo! Se lo enviaría a un sobrino que tiene de músico[105-3] en aquella catedral..., a un tal Bonifacio de Tudela....
15 --Puede ser.
--¡Pícaro D. Matías! ¡Estafar de ese modo a su compadre![105-4] ¡Pero véase cómo la casualidad ha vuelto a traer el pergamino a mis manos!...
--Dirá usted a las mías...--observó el forastero.
20 --¡A las nuestras!--replicó el Alcalde, echando más aguardiente.--¡Pues, señor! ¡somos millonarios! Partiremos el tesoro mitad por mitad, dado que[105-5] ni usted puede excavar en aquel terreno sin mi licencia, ni yo puedo hallar el tesoro sin auxilio del pergamino que ha llegado a ser de 25 usted. Es decir, que la suerte nos ha hecho hermanos. ¡Desde hoy vivirá usted en mi casa! ¡Vaya otra copa! Y, en seguidita que almorcemos,[105-6] daremos principio a las excavaciones....
Por aquí iba la conferencia cuando la señá Torcuata volvió 30 de misa. Su marido le refirió todo lo que pasaba y le hizo la presentación del señor Jaime Olot. La buena mujer oyó con tanto miedo como alegría la noticia de que el _tesoro_ estaba a punto de parecer; santiguóse repetidas veces al enterarse de la traición y vileza de su compadre D. Matías de Quesada, y miró (p106) con susto al forastero, cuya fisonomía le hizo presentir grandes infortunios.
Sabedora, en fin, de que tenía que dar de almorzar a aquel hombre, entró en la despensa a sacar de lo más precioso y 05 reservado que contenía, o sea lomo en adobo y longaniza de la reciente matanza, no sin decirse mientras destapaba las respectivas orzas:
--¡Tiempo es de que parezca el _tesoro_; pues, entre si parece o no parece,[106-1] nos lleva de coste los treinta y dos 10 duros de la famosa jícara de chocolate, la antigua amistad del compadre D. Matías, estas hermosas tajadas, que tan ricas habrían estado con pimientos y tomates en el mes de Agosto, y el tener de huésped a un forastero de tan mala cara. ¡Malditos sean los tesoros, y las minas, y los diablos, y todo lo que está debajo 15 de tierra, menos el agua y los fieles difuntos!
XIV
Pensando estaba así la señá Torcuata, y ya se dirigía a las hornillas con una sartén en cada mano, cuando se oyeron sonar en la calle gritos y silbidos de viejas y chicuelos, y voces de gente más formal que decía:
20 --¡Señor Alcalde! ¡Abra usted la puerta! ¡La Justicia de la ciudad está entrando en el pueblo con mucha tropa!
Jaime Olot se puso más amarillo que la cera al oír aquellas palabras, y dijo, cruzando las manos:
--¡Escóndame usted, señor Alcalde! ¡De lo contrario,[106-2] no 25 tendremos tesoro! ¡La justicia viene en mi busca!
--¿En busca de usted? ¿Por qué razón? ¿Es usted algún criminal?
--¡Bien lo decía yo!--gritó la tía Torcuata.--¡De esa cara triste no podía venir nada bueno! ¡Todo esto es cosa 30 de Lucifer! (p107) --¡Pronto! ¡pronto!--añadió el forastero.--¡Sáqueme usted por la puerta del corral!
--¡Bien! Pero déme usted antes las señas del tesoro....--expuso el tío Hormiga.
05 --Señor Alcalde....--seguían diciendo los que llamaban a la puerta. --¡Abra usted! ¡El pueblo está cercado! ¡Parece que buscan a ese hombre que habla con usted hace una hora!...
--¡Abrid al Juzgado de primera instancia![107-1]--gritó por 10 último una voz imperiosa, acompañada de fuertes golpes dados a la puerta.
--¡No hay remedio!--dijo el Alcalde, yendo a abrir, mientras que el forastero se encaminaba por la otra puerta en busca del corral.
15 Pero el mayoral y el cabrero, advertidos de todo, le cerraron el paso, y entre ellos y los soldados, que ya penetraban también por aquella puerta, lo cogieron y ataron sin contratiempo alguno, aunque aquel diablo de hombre desplegó en la lucha las fuerzas y la agilidad de un tigre.
20 El alguacil del Juzgado, a cuyas órdenes iban un escribano y veinte soldados de infantería, contaba entre tanto al despavorido Alcalde las causas y fundamentos de aquella prisión tan aparatosa.
--Ese hombre--decía--con quien usted estaba encerrado 25 ... no sé por qué, hablando de... no sé qué asunto, es el célebre gallego Juan Falgueira, que degolló y robó hace quince años a unos señores, de quienes era mulero, en cierta casería de la vega de Granada, y que se escapó de la capilla la víspera de la ejecución vestido con el hábito del fraile que lo auxiliaba, 30 a quien dejó allí medio estrangulado. El mismísimo Rey (q.D.g.[107-2]) recibió hace quince días una carta de Ceuta, firmada por un moro llamado _Manos-gordas_, en que le decía que Juan Falgueira, después de haber residido largo tiempo en (p108) Orán y otros puntos de África, iba a embarcarse para España, y que sería fácil echarle mano[108-1] en Aldeire del Cenet, pensaba comprar una torre de moros y dedicarse a la minería.... Al propio tiempo el Cónsul español en Tetuán escribía a 05 nuestro Gobierno participándole que una mora llamada Zama se le había presentado quejándose de que el renegado español ben-Munuza, antes Juan Falgueira, acababa de embarcarse para España después de asesinar al moro _Manos-gordas_, marido de la querellante, y de haberle robado cierto precioso pergamino.... 10 Por todo ello, y muy principalmente por el atentado contra el fraile en la capilla, S.M. el Rey ha recomendado con particular encarecimiento a la Chancillería[108-2] de Granada la captura del tal facineroso y su inmediata ejecución en aquella misma capital.
15 Imagínese el que leyere el espanto y asombro de todos los que oyeron esta relación, así como la angustia del tío Hormiga, a quien no podía caber ya duda de que el pergamino estaba en poder de aquel hombre ¡sentenciado a muerte!
Atrevióse, pues, el codicioso Alcalde, aun a riesgo de comprometerse 20 más de lo que ya estaba, a llamar a un lado a Juan Falgueira y a hablarle al oído, bien que anunciando antes al concurso que iba a ver si lograba que confesase a Dios y a los hombres sus delitos. Pero lo que hablaron en realidad ambos _socios_ fué lo siguiente:
25 --¡Compadre![108-3]--dijo el tío Hormiga.--¡Ni la Caridad[108-4] lo salva[108-5] a usted! Pero ya conoce que será lástima que ese pergamino se pierda.... ¡Dígame dónde lo ha escondido!
--¡Compadre!--respondió el gallego.--Con ese pergamino, o sea[108-6] con el tesoro que representa, pienso yo negociar 30 mi indulto. Proporcióneme usted la Real gracia, y le entregaré el documento; pero, por lo pronto,[108-7] se lo ofreceré a los jueces para que declaren que mi crimen ha prescrito[108-8] en estos quince años de expatriación.... (p109) --¡Compadre!--replicó el tío Hormiga--es usted un sabio, y celebraré que le salgan bien todos sus planes. Pero, si fracasan, ¡por Dios le pido que no se lleve a la tumba un secreto que no aprovechará a nadie!
05 --¡Vaya si me lo llevaré![109-1]--contestó Juan Falgueira--¡De algún modo me he de vengar[109-2] del mundo!
--¡Vamos andando![109-3]--gritó en esto el alguacil, poniendo término a aquella curiosa conferencia.
Y, cargado que fué de grillos y esposas el condenado a 10 muerte, salieron con él los curiales y los soldados en dirección a la ciudad de Guadix, de donde habían de conducirlo a la de Granada.
--¡El demonio! ¡El demonio!--seguía diciendo la mujer del tío Juan Gómez una hora después, al colocar de nuevo el 15 lomo y la longaniza en sus respectivas orzas.--¡Malditos sean todos los tesoros habidos y por haber![109-4]
XV
Excusado es decir que ni el tío Hormiga halló medio de negociar el indulto de Juan Falgueira, ni los jueces se rebajaron a oír seriamente los ofrecimientos que éste les hizo de un 20 _tesoro_ porque sobreseyesen su causa, ni el terrible gallego accedió a revelar el paradero del pergamino ni el sitio del tesoro al impertérrito Alcalde de Aldeire, quien, con tal pretensión, tuvo todavía estómago para ir a visitarlo a la capilla en la Cárcel Alta de Granada.
25 Ahorcaron, pues, a Juan Falgueira el Viernes de Dolores[109-5] en el paseo del Triunfo, y regresado que hubo[109-6] a Aldeire el tío Hormiga el Domingo de Ramos,[109-7] cayó enfermo con calentura tifoidea, agravándose de tal modo en pocos días que el Miércoles Santo[109-8] se confesó e hizo testamento, y expiró el Sábado 30 de Gloria[109-9] por la mañana. (p110) Pero antes de morir mandó poner una carta[110-1] a D. Matías de Quesada, reconviniéndole por su traición y latrocinio (que habían dado lugar a que tres hombres perdiesen la vida) y 05 perdonándole cristianamente, a condición de que devolviese a la seña Torcuata los treinta y dos duros de la jícara de chocolate.
Llegó esta formidable carta a Ugíjar al mismo tiempo que la noticia de la muerte del tío Juan Gómez; todo lo cual afectó por tal extremo al viejo abogado que no volvió a echar más luz,[110-2] y murió de allí a poco, no sin escribir a última hora 10 una terrible epístola, llena de insultos y maldiciones, a su sobrino el maestro de la capilla de la catedral de Ceuta, acusándole de haberle engañado y robado, y de ser causa de su muerte.
De la lectura de tan justificada y tremenda acusación dicen que se originó la apoplejía fulminante que llevó al sepulcro a 15 D. Bonifacio.
Por manera que[110-3] solamente los barruntos de la existencia de un tesoro fueron causa de cinco muertes y de otras desventuras, quedando a la postre las cosas tan ignoradas y ocultas como estaban al principio, puesto que la señá Torcuata, única persona 20 que ya sabía en el mundo la historia del fatal pergamino, guardóse muy bien de volver a mentarlo en toda su vida, por juzgar que todo aquello había sido obra del diablo y consecuencia necesaria del trato de su marido con los enemigos del Altar y del Trono.
25 Preguntará el lector: ¿cómo es que nosotros, sabedores de que el tesoro está allí escondido, no hemos ido a desenterrarlo y apoderarnos de él? Y a esto le responderemos que la curiosísima historia del hallazgo y empleo de aquellas riquezas, con posterioridad a[110-4] la muerte de la señá Torcuata, nos es también 30 perfectamente conocida, y que tal vez la refiramos, andando el tiempo,[110-5] si llega a nuestra noticia que el público tiene interés en leerla.
VALDEMORO, 6 de Julio de 1881.
EL AÑO EN SPITZBERG (p111)
I
Estoy viendo desaparecer hacia el Mediodía el buque ballenero que me deja abandonado en esta isla desierta, sobre la arena de una playa sin nombre.
¡Heme aquí solo; solo en un ámbito de mil leguas!
05 Yo amaba a una mujer.... El demonio de los celos me mordió el corazón, y he matado a mi rival en desafio.... ¡Era un príncipe!...
Y el Gobierno ruso me ha condenado a pasar aquí _un año_...; es decir, me ha condenado a muerte.
10 ¡Ah! ¿Por qué no me entregó al hacha[111-2] del verdugo? ¿Por qué hacerme expirar de frío, de hambre, de tristeza, de desesperación, o disputando mi cuerpo al terrible _oso blanco_, si mi delito no era más que uno?
¡_Spitzberg_!... ¡Estoy en el terrible archipiélago que 15 ninguna raza ha podido habitar! ¡Me hallo a los 77 grados latitud Norte, a doscientas sesenta leguas del _Polo_!
Creo haber oído decir a mis asesinos que esta isla es la del _Nordeste_, la más meridional del horroroso grupo, la más _templada_ de todas.... ¡Cruel compasión..., que prolongará 20 algunas horas mi agonía!
Ignoro en cuál de estos témpanos de hielo eterno tiene la Rusia una colonia para la peletería y la pesca de la ballena; pero lo que sí sé[111-3] es que los colonos emigrarían[111-4] (p112) a la Laponia a fines de Agosto,[112-1] hace dos meses, y no volverán hasta la primavera...; ¡dentro de doscientos cuarenta días!
¡Estoy, pues, solo, sin hogar, sin amparo, sin víveres, sin consuelos!
05 ¡Morir! He aquí mi inevitable y próxima suerte.
Hoy es 17 de Octubre.... El frío avanza por el Norte.... Dentro de pocos días me helaré sin remedio.
Entretanto me alimentaré con la caza. ¡Siquiera[112-2] esos crueles me han dejado una escopeta... «_por si quería_[112-3] _suicidarme 10 de este modo_»! Mataré rengíferos, chuparé hielo y me procuraré un abrigo entre esas rocas. El inglés Parry[112-4] habitó cabañas de nieve en el Norte de América a los 73 grados.
¡Ah! Sí...; ¡pero yo estoy cuatro grados más cerca del Polo, y no tengo fuego para calentarme!
15 ¡Morir! ¡Morir! ¡He aquí mi infalible destino!
II
Han transcurrido seis días.
Una ráfaga de esperanza brilla ante mis ojos....
Me he procurado fuego como Robinsón,[112-5] rozando dos pedazos de cedro.
20 Ayer encontré en el centro de inmensa roca una profunda cavidad muy reservada del frío.
Todos los días mato cinco o seis rengíferos, los despedazo y conservo la carne entre los témpanos de hielo.
Así se conservará incorrupta hasta el año que viene.
25 También hago provisión de combustibles. No tengo hacha; pero el frío me sirve de leñador. Todas las noches crujen algunos árboles y saltan hechos astillas por el rigor de la helada, y yo traslado a mi gruta cada mañana miles de estos fragmentos, que alimentarán mi hogar hasta que me muera.
30 Voy, pues, a entablar una insensata lucha con el invierno. (p113) ¡Porque deseo vivir y volver al lado de los hombres! ¡Porque la soledad me ha vuelto cobarde!... ¡Porque adoro la vida!...
III
El frío es ya irresistible....
05 Ha llegado el momento de encerrarme en las entrañas de esa peña; de incrustarme en su centro como un marisco en su concha.
Antes de sepultarme en la que acaso será efectivamente mi tumba; antes de vestirme esa mortaja de piedra, quiero despedirme 10 del mundo, de la Naturaleza, de la luz, de la vida....
Camina el sol tan poco elevado en el horizonte, que desde que sale hasta que se pone no hace más que _recorrer su ocaso_ [113-1] como luminoso fantasma que da vueltas alrededor de su sepulcro.
15 Sus rayos pálidos y horizontales reverberan tristemente sobre el mar.
Las aguas empiezan a rizarse.... Pronto quedarán encadenadas por el hielo.
La bóveda celeste ostenta un azul cárdeno y sombrío, que la 20 hace aparecer como más distante de la Tierra.
El soplo del aquilón quema y marchita las tristes flores que osaron desplegar aquí sus encantos, y ata con lazos de cristal el curso de los torrentes.... ¡Helos ya mudos, inmóviles, petrificados en sus enérgicas actitudes, como trágicos héroes esculpidos[113-2] 25 en mármol!...
Reina un silencio sepulcral, un silencio absoluto. No se oye ni canto de ave, ni rumor de corriente, ni suspiro de brisa, ni columpio de planta....
¡Ni movimiento ni ruido!... ¡Nada! El mutismo del 30 _no ser_: he aquí todo. La eternidad y lo infinito deben de parecerse a estas monótonas soledades, a estos páramos de inacción y muerte. (p114) El calor de mi sangre, los latidos de mi corazón, el soplo de mi aliento, el eco de mis pasos, son los únicos síntomas de vida que ofrece la Naturaleza. Me creo, pues, solo en un mundo cadáver, en un planeta posterior a su Apocalipsis;[114-1] en la 05 Tierra misma, pasado el Juicio final....
Hoy tiene el _día_ diez y seis minutos.
Mañana _no saldrá_ el sol.
Mañana me ocultaré yo por seis meses; él por tres.
¡Oh, sol! ¿Volveremos a vernos?
10 ¡Qué frío tan espantoso!... La humedad del aire se convierte en agujas de hielo que punzan mi semblante.
Mi aliento me rodea de una especie de niebla que no puede elevarse a la condensada atmósfera.
15 El humo de mi escopeta se dilata también horizontalmente.
Ayer toqué el gatillo sin mis gruesos guantes, y mis dedos quedaron tan fuertemente unidos al acero que, para separarlos, hube de dejarme allí la piel.
La sábana blanca que se extiende indefinidamente alrededor 20 de mí, y las irradiaciones de la luz en ella, hanme producido en la vista una terrible inflamación....
Pronto vendrá el escorbuto....