Part 11
_Sábado 18._--Ayer vino Precusa a recordarme que debía ir a ver su taller, que está en lo último de la calle, y esta mañana, al salir con mi padre, hice que me llevase allí un momento. Según nos íbamos acercando al taller, vi que salía de allí Garofi, corriendo con un paquete en la mano, haciendo ondear su gran capa, que tapaba las mercancías. ¡Ah! ¡Ahora ya sé de dónde atrapa las limaduras de hierro que vende luego por periódicos atrasados ese traficante de Garofi! Asomándonos a la puerta, vimos a Precusa sentado en un montón de ladrillos: estaba estudiando la lección con el libro sobre las rodillas. Se levantó inmediatamente y nos hizo pasar: era un cuarto grande lleno de polvo de carbón, con las paredes cubiertas de martillos, tenazas, barras, hierros de todas formas; en un rincón ardía el fuego de la fragua, y soplando el fuelle, un muchacho. Precusa padre estaba cerca del yunque y el aprendiz tenía una barra de hierro metida en el fuego. “¡Ah! ¡Aquí tenemos--dijo el herrero apenas nos vió, quitándose la gorra--al guapo muchacho que regala ferrocarriles! Ha venido a ver trabajar un rato, ¿no es verdad? Al momento será usted servido”. Y diciendo así sonreía; no tenía ya aquella cara torva, aquellos ojos atravesados de otras veces. El aprendiz le presentó una larga barra de hierro enrojecida por la punta, y el herrero la apoyó sobre el yunque. Iba a hacer una de las barras con voluta que se usan en los antepechos de los balcones, levantó un gran martillo y comenzó a golpear, moviendo la parte enrojecida para ponerla, ora de un lado, ora de otro, sacándola a la orilla del yunque o introduciéndola hacia el medio, dándole siempre muchas vueltas; y causaba maravilla ver cómo, bajo los golpes veloces, precisos, del martillo, el hierro se encorvaba, se retorcía y tomaba poco a poco la forma graciosa de la hoja rizada de una flor, cual si fuera objeto de pasta modelado con la mano. El hijo, entretanto, nos miraba con cierto aire orgulloso, como diciendo. “¡Mira cómo trabaja mi padre!”. “¿Has visto cómo se hace, señorito?”, me preguntó el herrero, una vez terminado y poniéndome delante la barra, que parecía el báculo de un obispo. La colocó a un lado y metió otra en el fuego. “En verdad que está bien hecha”, le dijo mi padre; y prosiguió. “¡Vamos!... ya veo que se trabaja, ¿eh? ¿Ha vuelto la gana?”. “Ha vuelto, sí--respondió el obrero limpiándose el sudor y poniéndose algo encendido--. Y ¿sabe quién la ha hecho volver?”. Mi padre se hizo el desentendido. “Aquel guapo muchacho--dijo el herrero, señalando a su hijo con el dedo--; aquel buen hijo que está allí, que estudiaba y honraba a su padre, mientras su padre andaba de _pirotecnia_ y lo trataba como a una bestia. Cuando he visto aquella mañana... ¡Ah, chiquitín mío, alto como un cañamón, ven acá que te mire un poco esa cara!”. El muchacho se precipitó hacia su padre: éste le cogió y le puso en pie sobre el yunque y sosteniéndole por debajo de los brazos, le dijo: “Limpia un poco el frontispicio a este animalón de tu padre”. Entonces Precusa cubrió de besos la cara ennegrecida de su padre, hasta ponerse también él enteramente negro. “Así me gusta”, dijo el herrero, y lo puso en tierra. “¡Así me gusta, Precusa!”, exclamó mi padre con alegría. Y habiéndonos despedido del herrero y de su hijo, nos salimos. Al salir, Precusa me dijo: “Dispénsame”, y me metió en el bolsillo un paquete de clavos; le invité para que fuera a ver las máscaras a casa. “Tú le has regalado tu tren--me dijo mi padre por el camino--; pero aun cuando hubiese estado lleno de oro y de perlas, hubiera sido pequeño regalo para aquel santo hijo que ha rehecho el corazón de su padre”.
EL PAYASILLO
_Lunes 20._--Toda la ciudad está convertida en hervidero a causa del Carnaval, que ya toca a su término; en cada plaza se levantan barrancas y palestras de saltimbanquis; nosotros tenemos precisamente debajo de las ventanas un circo de tela, donde funciona cierta pequeña compañía veneciana con cinco caballos. El circo se halla en medio de la plaza, y en un ángulo hay tres grandes carretas, donde los titiriteros duermen y se visten; tres casetas con ruedas, con sus ventanillas y una estufita cada una, que siempre está echando humo, y entre ventana y ventana están extendidas las envolturas de los niños. Hay una mujer que da de mamar a un rorro, hace la comida y baila en la cuerda. ¡Pobre gente! Se les llama _saltimbanquis_ como palabra injuriosa, y, sin embargo, ganan su pan honradamente divirtiendo a todos; ¡y cómo trabajan! Todo el día están corriendo del circo a los coches, en traje de punto, ¡y con el frío que hace!, comen dos bocados a escape, de pie, entre una y otra representación, y, a veces, cuando tienen el circo ya lleno, se levanta un viento fuerte que rasga las telas y apaga las luces y ¡adiós espectáculo!: necesitan devolver el dinero y trabajar toda la noche para reparar los desperfectos del barracón. Tienen dos muchachos que trabajan, y mi padre ha reconocido al más pequeño cuando atravesaba la plaza: es hijo del dueño, el mismo a quien vimos el año pasado hacer los juegos a caballo en un circo de la plaza de Víctor Manuel. Ha crecido; tendrá unos ocho años; hermoso rapaz, con una carita redonda y morena de pillete y multitud de rizos negros que se le escapan fuera del sombrero cónico. Está vestido de payaso, metido dentro de una especie de saco grande con mangas, blanco, bordado de negro y con unos zapatitos de tela. Es un diablejo. A todos gusta. Hace de todo. Se le ve envuelto en un mantón, muy de mañana, llevando la leche a su casucha de madera; luego va a buscar los caballos a la cuadra, que está en la calle próxima; tiene en brazos al niño de pecho; transporta aros, caballetes, barras, cuerdas; limpia los carros, enciende el fuego, y en los momentos de descanso siempre está pegado a su madre. Mi padre se le queda mirando siempre desde la ventana, y no hace otra cosa más que hablar de él y de la gente, que tienen todas las trazas de ser buenos y de querer mucho a sus hijos. Una noche fuimos al circo; hacía frío y no había casi nadie; pero no por eso el payaso dejó de estar en continuo movimiento para tener alegre a la gente; daba saltos mortales, se agarraba a la cola de los caballos, andaba con las piernas por alto y cantaba, siempre con su carita morena sonriente; y su padre, que vestía traje rojo con pantalones blancos y bota alta, y la fusta en la mano, lo miraba, pero estaba triste. Mi padre tuvo compasión de él y habló del asunto con el pintor Delis, que vino a vernos. ¡Esta pobre gente se mata trabajando y hace muy mal negocio. Aquel muchacho, ¡le parecía tan bien! ¿Qué se podría hacer por ellos? El pintor tuvo una idea: “Escribe un buen artículo en el _Diario_--le dijo--, tú, que sabes escribir; cuenta los milagros del payasillo y yo haré su retrato; todos leen el _Diario_, y a lo menos una vez concurrirá la gente”. Mi padre escribió un artículo hermoso y lleno de gracia, en que decía todo lo que nosotros veíamos desde las ventanas, y ponía en ganas de conocer y de acariciar al pequeño artista; y el pintor trazó un retrato parecido y artístico, que fué publicado el sábado por la tarde. En la representación del domingo, una gran multitud concurrió al circo. Estaba anunciado: _Representación a beneficio del payasín_; del payasín, como se le llamaba en el _Diario_. No cabía un alfiler en el circo; muchos espectadores tenían el _Diario_ en la mano y se lo enseñaban al payasín, que se reía y corría, ya por un lado, ya por otro, loco de contento. También el padre estaba alegre. ¡Ya lo creo! Jamás ningún periódico le había hecho tanto honor, y la caja estaba llena de cuartos. Mi padre se sentó a mi lado. Entre los espectadores había gente conocida. Cerca de la entrada de los caballos, en pie, estaba el maestro de gimnasia, uno que estuvo con Garibaldi, y frente a nosotros, en los segundos puestos, el albañilito, con su carita redonda, sentado junto a su padre, que parecía un gigante... y apenas me vió me hizo un guiño. Algo más allá vi a Garofi, que estaba contando los espectadores, calculando por los dedos cuánto habría recaudado la compañía. En los sillones de los primeros puestos, poco distante de nosotros, estaba el pobre Roberto, aquél que salvó el niño del ómnibus, con sus muletas entre las rodillas, apretado contra su padre, capitán de artillería, que tenía apoyada una mano sobre su hombro. Comenzó la representación. El payasín hizo maravillas sobre el caballo, en el trapecio y en la cuerda, y siempre que descendía era aplaudido por todas las manos, y muchos le tiraban de los rizos. Luego hicieron ejercicios otros varios: funámbulos, escamoteadores y caballistas, vestidos de remiendos; pero deslumbradores por la plata que los recubría. Pero cuando el muchacho no trabajaba, parecía que la gente se aburría. En esto vi que el maestro de gimnasia, que estaba de pie en la entrada de los caballos, hablaba al oído con el dueño del circo, el cual, repentinamente dirigió una mirada a los espectadores, como si buscase a alguien. Sus ojos se detuvieron en nosotros. Mi padre lo advirtió, comprendió que el maestro le había dicho quién era el autor del artículo, y para que no fuera a darle las gracias se marchó, diciéndome: “Quédate, Enrique, que yo te espero fuera”. El payasín, después de haber cruzado algunas palabras con su padre, hizo otro ejercicio; en pie sobre el caballo que galopaba, se vistió cuatro veces: primero de peregrino, luego de marinero, después de soldado y por fin de acróbata, y siempre que pasaba delante de mí, me miraba. Luego, al bajarse, comenzó a dar una vuelta al circo con el sombrero de payaso en la mano, y todos le echaban algo, bien dinero, bien dulces. Yo tenía preparados dos sueldos; pero cuando llegó frente de mí, en lugar de presentar el sombrero, lo echó hacia atrás, me miró y pasó adelante. Me mortificó esto. ¿Por qué me había hecho esta desatención? La representación terminó; el dueño dió las gracias al público, y toda la gente se levantó, aglomerándose hacia la salida. Yo iba confundido entre la multitud, y estaba casi en la puerta, cuando sentí que me tocaban una mano. Me volví: era el payasín, con su carilla graciosa y morena y sus ricitos negros, que me sonreía; tenía las manos llenas de dulces. Entonces comprendí: “Si quisieras--me dijo--aceptar estos dulces del payasín”. Yo le indiqué que sí, y cogí tres o cuatro. “Entonces--añadió--acepta también este beso”. “Dame dos”, le respondí, y le presenté la cara. Se limpió con la manga la cara enharinada, me echó un brazo alrededor del cuello, y me estampó dos besos sobre las mejillas diciéndome: “Toma, toma, y lleva uno a tu padre”.
EL ÚLTIMO DÍA DE CARNAVAL
_Martes 21._--¡Qué conmovedora escena presenciamos hoy en el paseo de las máscaras! Concluyó bien, pero podía haber ocurrido una gran desgracia. En la plaza de San Carlos, decorada toda ella con pabellones amarillos, rojos y blancos, se apiñaba numerosa multitud; cruzaban máscaras de todos los colores; pasaban carros dorados llenos de banderas, imitando colgaduras; teatros, barcos rebosando arlequines y guerreros, cocineros, marineros y pastorcillas: era una confusión tan grande, que no se sabía dónde mirar, un ruido de cornetas, de cuernos y de platillos que rompían los oídos; las máscaras de los carros bebían y cantaban, apostrofando a la gente de a pie, a los de las ventanas, que respondían hasta desgañitarse, y se tiraban con furia naranjas y dulces; y por cima de los carruajes y de las apreturas, hasta donde alcanzaba la vista, se veían ondear banderolas, brillar cascos refulgentes, tremolar penachos, agitarse cabezotas de cartón-piedra, cofias gigantescas, trompetas enormes, armas extravagantes, tambores, castañuelas, gorros rojos y botellas: todos parecían locos. Cuando nuestro coche entró en la plaza, iba delante de nosotros un carro magnífico tirado por cuatro caballos con gualdrapas bordadas de oro, lleno de guirnaldas de rosas artificiales, en el cual iban catorce o quince señores disfrazados de caballeros de la corte de Francia, resplandecientes con sus trajes de seda, con pelucón blanco, sombreros de pluma bajo el brazo y espadín, y el pecho cubierto de lazos y encajes hermosísimos. Todos a la vez iban cantando una cancioncilla francesa y arrojaban dulces a la gente, y la gente aplaudía y gritaba. De repente vimos que un hombre que estaba a nuestra izquierda levantaba sobre las cabezas de la multitud una niña de cinco a seis años, una pobrecilla que lloraba desesperadamente, agitando los brazos como si estuviera acometida de convulsivo ataque. El hombre se hizo sitio hacia el carro de los señores; uno de éstos se inclinó, y el hombre le gritó: “Tome, esta niña ha perdido a su madre entre la muchedumbre; téngala en brazos; la madre no debe estar lejos, y la verá; no hay otro medio”. El señor tomó la niña en brazos; todos los demás dejaron de cantar; la niña chillaba y manoteaba; el señor se quitó la careta y el carro continuó andando despacio. En el entretanto, según nos dijeron después, en la extremidad opuesta de la plaza, una pobre mujer, medio enloquecida, rompía por entre la multitud a codazos y empellones, gritando: “¡María!, ¡María!, ¡María! ¡He perdido a mi hija! ¡Me la han robado! ¡Han ahogado a mi niña!”. Hacía un cuarto de hora que se hallaba en aquel estado de desesperación, yendo unas veces hacia un lado, otras al contrario, oprimida por la gente que a duras penas podía abrirle paso. El señor del carro no cesaba entretanto de tener apretada contra su pecho a la niña, paseando su mirada por toda la plaza y tratando de aquietar a la pobre criatura, que se tapaba la cara con las manos, sin darse cuenta de dónde se hallaba, y sollozando de tal modo que partía el corazón. El señor estaba conmovido; bien se veía que aquellos gritos le llegaban al alma; los demás ofrecían naranjas y dulces a la niña; pero ésta todo lo rechazaba, cada vez más espantada y convulsa. “¡Buscad a su madre!--gritaba el señor a la multitud--. ¡Buscad a su madre!”. Y todo el mundo se volvía a derecha e izquierda, pero la madre no parecía. Finalmente, a pocos pasos de la embocadura de la calle de Roma vimos a una mujer que se lanza hacia el carro... ¡Ah! Jamás la olvidaré. No parecía criatura humana: tenía el cabello suelto, la cara desfigurada, los vestidos rotos; se lanzó hacia adelante, dando un gemido que no fué posible comprender si era de gozo, de angustia o de rabia, y alzando sus manos como si fueran dos garras, cogió a la niña. El carro se detuvo. “Aquí la tienes”, dijo el señor presentándole la niña después de darle un beso, y colocándola entre los brazos de su madre, que la apretó contra su seno con furia... Pero una de sus manecitas quedó por algunos segundos entre las manos del caballero, el cual, arrancándose de la mano derecha un anillo de oro con un grueso diamante y metiéndole con presteza en uno de la pequeñita. “Toma--le dijo--será tu dote de esposa”. La madre se quedó extática, como encantada; la multitud prorrumpió en aplausos; el señor se puso otra vez la careta; sus compañeros emprendieron de nuevo el canto, y el carro marchó lentamente en medio de una tempestad de palmas y de vivas.
LOS MUCHACHOS CIEGOS
_Jueves 23._--El maestro está muy enfermo, y enviaron en su lugar al de la sección cuarta, que ha sido maestro en el Instituto de los Ciegos; el más viejo de todos, tan canoso que parece que en la cabeza lleva peluca de algodón, y que habla como si entonase una canturía melancólica, pero bien, y sabe mucho. Apenas entró a la escuela, viendo un niño con un ojo vendado, se acercó al banco para preguntarle qué tenía. “Cuídate los ojos, muchacho”, le dijo. Y entonces Deroso le preguntó: “¿Es verdad, señor maestro, que ha sido usted profesor de los ciegos?”. “Sí, durante varios años”, respondió. Y Deroso le dijo a media voz: “Dígame usted algo sobre ellos”. El maestro se fué a sentar al lado de la mesa. Coreta dijo en alta voz: “El Instituto de los Ciegos está en la calle de Niza”. “Vosotros decís ciegos, ciegos--comenzó el maestro, así como diríais enfermos, pobres, o qué sé yo. Pero ¿entendéis bien lo que esta palabra quiere decir? Pensad por un momento. ¡Ciegos! ¡No ver absolutamente nada nunca! ¡No distinguir el día de la noche; no ver ni el cielo ni el sol, ni a sus propios padres, nada de lo que se tiene alrededor o se toca; estar sumergido en perpetua obscuridad y como sepultados en las entrañas de la tierra! Probad un momento a cerrar los ojos, y pensad si debiérais permanecer para siempre así: inmediatamente os sobrecoge la angustia, el terror; os parece que sería imposible resistirlo, que os pondríais a gritar, que os volveríais locos o moriríais. Y sin embargo... pobres niños, cuando se entra por primera vez en el Instituto de Ciegos, durante el juego, al oír tocar violines y flautas por todas partes, hablar fuerte y reír, subiendo y bajando las escaleras con paso veloz, y moverse libremente por los corredores y dormitorios, nadie diría que son tan desventurados. Es preciso observarlos bien. Hay jóvenes de dieciséis y dieciocho años, robustos y alegres, que sobrellevan la ceguera con cierta calma, y hasta con presencia de ánimo; pero bien se trasluce por la expresión desdeñosa y fiera de sus semblantes, que deben haber sufrido tremendamente antes de resignarse a aquella desventura; otros, con fisonomía pálida y dulce, en la cual se nota una grande pero triste resignación, y se comprende que alguna vez, en secreto, deben llorar todavía. ¡Ah, hijos míos! Pensad que algunos de esos han perdido la vista en pocos días, que otros la han perdido después de sufrir como mártires años enteros; de haberles hecho operaciones quirúrgicas terribles, y que muchos han nacido así, en una noche que no ha tenido amanecer para ellos, que han entrado en el mundo como en inmensa tumba, y que no saben cómo está formado el semblante humano. Imaginaos cuánto habrán sufrido y cuánto deben sufrir cuando piensen así, confusamente, en la diferencia tremenda que hay entre ellos y los que ven, y se preguntan a sí mismos: ‘¿Por qué esta diferencia, si no tenemos culpa alguna?’. Yo, que he estado varios años entre ellos, cuando recuerdo aquella clase, todos aquellos ojos sellados para siempre, todas aquellas pupilas sin mirada y sin vida, y luego os miro a vosotros... me parece imposible que no seáis todos felices. ¡Pensad que hay cerca de veintiséis mil ciegos en Italia! Veintiséis mil personas que no ven la luz... ¿Comprendéis? ¡Un ejército que tardaría cuatro horas en desfilar bajo nuestras ventanas!”. El maestro calló; no se oía respirar en la clase.