Chapter 15 of 24 · 3964 words · ~20 min read

Part 15

_Miércoles 29._--“Tienes que hacer la descripción del monumento del conde de Cavour. Puedes hacerla. Pero quién era el conde de Cavour, no lo puedes comprender por ahora. Sabe solamente lo siguiente: fué durante muchos años primer ministro del Piamonte; fué quien mandó el ejército piamontés a Crimea para levantar con la victoria de Cernaia nuestra gloria militar, caída en la derrota de Novara; fué quien hizo bajar de los Alpes ciento cincuenta mil franceses para arrojar a los austriacos de Lombardía; quien gobernó a Italia en el período más solemne de nuestra revolución; quien dió en aquellos años el más poderoso impulso a la santa empresa de la unidad de la patria con su claro ingenio, con su constancia invencible, con su laboriosidad fuera de los humanos límites. Muchos generales pasaron horas terribles sobre el campo de batalla; pero él las pasó más terribles aún en su gabinete, cuando su enorme empresa podía venirse a tierra de un momento a otro, como frágil edificio sacudido por un terremoto; pasó horas de lucha, noches de angustia, con la razón perturbada y la muerte en el corazón. Este trabajo gigantesco y tempestuoso le acortó veinte años la vida. Y, sin embargo, devorado por la fiebre que le debía llevar al sepulcro, luchaba todavía desesperadamente con la enfermedad para poder hacer algo por su patria. ‘Es extraño--decía con dolor, desde su lecho de muerte--; ya no sé leer, no puedo leer’. Mientras le sacaban sangre y la fiebre aumentaba, pensaba en Italia y decía imperiosamente: ‘Curadme; mi mente se obscurece, necesito todas mis facultades para poder ocuparme en graves asuntos’. Cuando estaba en sus últimos momentos, y toda la ciudad se agitaba, y el rey no se separaba de su cabecera, decía con angustia: ‘Tengo muchas cosas que deciros, señor: muchas cosas que haceros ver; pero estoy enfermo, no puedo, no puedo’; y se desconsolaba. Siempre su pensamiento febril volaba tras del Estado, a las nuevas provincias italianas que se habían unido a nosotros, a tantas otras cosas que quedaban por hacer. Cuando el delirio se apoderaba de él: ‘Educad a la infancia--exclamaba entre las angustias de la muerte--; educad a la infancia y a la juventud... gobernad con la libertad’. El delirio crecía; la muerte se venía encima, y él invocaba con ardientes palabras al general Garibaldi, con el cual había tenido disentimientos, y a Venecia y Roma, que todavía no eran libres; tenía vastas visiones del porvenir de Italia y de Europa; soñaba con una invasión extranjera; preguntaba dónde estaban los cuerpos de ejército y los generales; temblaba por nosotros todavía, por su pueblo. Su mayor dolor, ¿comprendes? no era que le faltase la vida, sino ver que se le escapaba la patria que aún tenía necesidad de él, y por la cual había consumido en pocos años las fuerzas desmedidas de su prodigioso organismo. Murió con el grito de batalla en la garganta, y su muerte fué grande como su vida. Ahora, piensa un poco, Enrique, qué es nuestro trabajo, que, sin embargo, nos parece tan pesado; qué son nuestros dolores, nuestra misma muerte, frente a los trabajos, a los afanes formidables, a las tremendas agonías de aquellos hombres sobre cuyo corazón pesa un mundo. Piensa en esto, hijo, cuando pases por delante de aquella imagen de mármol, y dile desde el fondo de tu corazón: ‘¡Yo te glorifico!’.--_Tu padre_”.

[Ilustración]

[Illustration: ABRIL]

_Sábado 1.º_

Primero de abril. ¡Tres meses, tres meses todavía! Ha sido la mañana de hoy una de las más hermosas del año. Estaba contento en la escuela, porque Coreta me había dicho que iríamos pasado mañana con su padre a ver llegar al rey, que dice _que le conoce_; y también mi madre me había prometido llevarme el mismo día a visitar el asilo infantil de la Carrera Valdoceo. También lo estaba porque el albañilito está mejor, y porque ayer tarde, al pasar, el maestro dijo a mi padre; “Va bien, va bien”. ¡Y luego hacía una mañana tan hermosa de primavera! Desde las ventanas de la escuela se veía el cielo azul, los árboles del jardín todos cubiertos de brotes, y las ventanas de las casas abiertas de par en par, con los cajones y tiestos ya reverdecidos. El maestro no se reía, porque jamás se ríe; pero estaba de buen humor, tanto, que no se le veía la arruga recta que casi siempre tiene en medio de la frente, y explicaba un problema, en la pizarra, bromeando. Bien se notaba que sentía placer al respirar el aire del jardín que penetraba por las ventanas, lleno de fresco perfume de tierra y hojas, que hacía pensar en los paseos del campo. Mientras él explicaba, se oía en la calle inmediata a un maestro herrero que golpeaba sobre el yunque, y en la casa de enfrente una mujer que cantaba para dormir a un niño; lejos, en el cuartel de la Cernaia, sonaban las trompetas. Todos parecían contentos, hasta el mismo Estardo. En un momento, el herrero se puso a martillar más fuertemente, y la mujer a cantar más alto. El maestro cesó de explicar, y puso el oído atento. Luego, mirando por la ventana, dijo lentamente: “El suelo que sonríe, una madre que canta, un hombre honrado que trabaja, muchachos que estudian... ¡Oh qué cosas tan hermosas!”. Cuando salimos de la clase, vimos que todos los demás estaban también alegres; marchaban todos en fila marcando fuertemente el paso y cantando, como en víspera de vacaciones; las maestras jugueteaban; la de la pluma roja saltaba siguiendo a sus niños como una colegiala; los padres de los muchachos hablaban entre sí, riéndose, y la madre de Crosi, la verdulera, tenía en la cesta muchos ramitos de violetas, que llenaban de aroma el salón de espera. Yo nunca he sentido tanto contento al ver a mi madre que me aguardaba en la calle, y se lo dije según corría a su encuentro: “Estoy alegre: ¿qué ocurre para que esté tan contento hoy?”. Y mi madre me respondió, sonriendo, que era la bella estación y la conciencia tranquila.

EL ASILO INFANTIL

_Martes 4._--Mi madre, según me había prometido, me llevó ayer, después de almorzar, al asilo infantil de la Carrera Valdoceo. Iba para recomendar a la directora una hermanita de Precusa. Yo no había visto nunca un asilo. ¡Cuánto me divertí! Eran doscientos entre niños y niñas, tan pequeños, que los de la sección primera de nuestra escuela son hombres a su lado. Llegamos en el momento en que entraban formados en el refectorio, donde había dos larguísimas mesas con muchos agujeros redondos y en cada uno su escudilla negra, llena de arroz y judías, y una cucharilla de estaño al lado. Al entrar, algunos se caían y permanecían sentados en el suelo y allí se quedaban hasta que venía alguna maestra a ponerlos en pie. Muchos se paraban delante de una escudilla, creyendo que aquél era su sitio, engullían a escape una cucharada, cuando llegaba una maestra diciéndoles: “¡Adelante!”. Avanzaban tres o cuatro pasos, y vuelta a tragar otra cucharada; y adelante todavía, hasta que llegaban a su puesto, después de haber picado una media ración a cuenta de los demás. Finalmente, a fuerza de empujar y gritar: “¡Despachad! ¡Vamos pronto!”, les pusieron a todos en orden, y comenzó la oración. Pero los de la fila de dentro, que al rezar tenían que ponerse de espaldas a la escudilla, volvían la cabeza hacia atrás para no perderla de vista como si temiesen que se la cogieran, y así rezaban, con las manos juntas y los ojos al cielo, pero con el corazón en el plato. Luego se pusieron a comer. ¡Oh, qué espectáculo tan divertido! Uno comía con dos cucharas; otro se arreglaba con las manos; muchos separaban las judías enteras y se las metían en el bolsillo; otros las vertían en el delantalito y las golpeaban hasta hacer una pasta. No faltaba quien dejaba de comer, embobado, viendo volar las moscas, ni quien, al toser, lanzase una lluvia de arroz por su boca. Un gallinero, parecía aquel comedor. Pero, así y todo, el espectáculo era gracioso. Las dos filas de niñas hacían hermoso conjunto, con sus cabellos atados atrás con cintas rojas, verdes, azules. Una maestra preguntó a una fila de ocho niñas: “¿En dónde nace el arroz?”. Las ocho, abriendo de par en par la boca llena de comida, respondieron a una voz cantando: “Nace en el agua”. Luego la maestra mandó “¡manos en alto!”. Daba gusto ver entonces cómo de todos los bracitos, que dos meses antes estaban fajados, salían las manecitas, agitándose como si fueran otras tantas mariposas blancas o sonrosadas.

Más tarde fueron a jugar; pero antes todos iban cogiendo sus cestitas con la merienda, que estaban colgadas en las paredes. Salieron al jardín y se desparramaron, sacando sus provisiones; pan, ciruelas pasas, pedacitos de queso, un huevo cocido, manzanas, puñaditos de cereza, un ala de pollo. En un momento quedó cubierto el jardín de migajas, como si se hubieran esparcido granzas para bandadas de pájaros. Comían de las maneras más extrañas, como los conejos, como los topos y como los gatos, bien royendo, lamiendo o chupando. Había un niño que sostenía de punta, contra el pecho, una rebanada de pan y la untaba con un níspero, como si estuviese sacando brillo a una espada. Niñas que estrujaban en la mano requesones frescos, que escurrían por los dedos, como si fuera leche, hasta meterse por entre las mangas, y apenas si lo advertían ellas. Corrían y se perseguían unos a otros, con las manzanas y los panecillos entre los dientes, como los perros. Me chocó ver tres niñas que agujereaban con un palito un huevo duro; creyendo que en su interior había un tesoro, le desparramaban por el suelo, y luego iban recogiéndolo poco a poco con gran paciencia, como si fuesen perlas. Al que tenía en su cesto algo extraordinario, le rodeaban ocho o diez, con la cabeza inclinada para mirar, como habrían mirado la luna dentro de un pozo. Lo menos había veinte alrededor de cierto arrapiezo, como un huevo de alto, que tenía en la mano un cucurucho de azúcar, y todos iban a hacerle cumplidos para que permitiera mojar el pan allí; él daba permiso a unos y a otros a fuerza de súplicas, mas sólo concedía que le chupasen un dedo después de haberlo metido en el cucurucho.

Mi madre en esto, había vuelto al jardín, y acariciaba ya a uno, ya a otro. Muchos la seguían y se le echaban encima pidiéndole un beso, como si mirasen a un tercer piso, abriendo y cerrando la boca, como para pedir la papilla. Uno le ofreció un casco de naranja mordida ya; otro una cortecita de pan; una niña le dió una hoja; otra le enseñó con grande seriedad la punta del dedo índice, donde, mirando bien, se veía una ampollita microscópica que se había hecho el día antes tocando la llama de la luz. Le ponían ante sus ojos como grandes maravillas los insectos pequeñísimos, que yo no sé cómo los veían y los recogían, tapones de corcho partidos por la mitad, botoncitos de camisa, florecillas que cortaban de los tiestos. Un niño con una venda por la cabeza, que quería que a toda costa le oyesen, le contó no sé qué historia de una voltereta, de que no pude comprender ni palabra; otro se empeñó en que mi madre se inclinase, y le dijo al oído: “Mi padre hace escobas”. En el entretanto mil desgracias ocurrían en todas partes, que hacían acudir a las maestras: niñas que lloraban porque no podían deshacer un nudo del pañuelo; otras que se disputaban a arañazos y gritos dos semillas de manzana; otro niño que se había caído boca abajo sobre un banco derribado, y sollozaba sin poder levantarse.

Antes de salir mi madre, cogió en brazos a tres o cuatro, y entonces de todos lados vinieron corriendo para que también los cogiera, con las caras manchadas de yema de huevo y de zumo de naranja; quien la agarraba de las manos; quien le cogía un dedo para ver la sortija; quien le tiraba de la cadena del reloj, y quien se esforzaba por tocarle las trenzas. “¡Por Dios!--decían las maestras--; ¡le estropean a usted todo el vestido!”. Pero a mi madre le importaba nada el vestido y siguió besándoles, y ellos echándose encima, los primeros con los brazos extendidos como si quisieran trepar, los más distantes tratando de ponerse en primera fila, metiéndose por entre todos. “¡Adiós!, ¡Adiós!”, todos gritaban. Por fin mi madre pudo escaparse del jardín. Todos fueron corriendo a asomarse por entre los hierros de la verja para verla pasar y sacar los brazos fuera saludándola, ofreciéndole todavía pedazos de pan, bocaditos de nísperos, cortezas de queso, y gritando a unísono: “¡Adiós!, ¡Adiós!, ¡Adiós! ¡Vuelve mañana! ¡Que vengas otra vez!”. Mi madre, al salir, todavía acarició a aquellas cien manecitas, pasando la mano por ellas como sobre guirnaldas de rosas, y una vez en la calle, toda cubierta de migajas y de manchas, ajada y descompuesta, con una mano llena de flores y los ojos llenos de lágrimas, se sentía contenta como si saliera de una fiesta. Aún se oía el vocerío de dentro, cual gorjeo de pajarillos que dijeran: “¡Adiós!, ¡Adiós! ¡Ven otra vez, _señorita_!”.

EN CLASE DE GIMNASIA

_Miércoles 5._--En vista de que el tiempo sigue hermosísimo, nos han hecho pasar de la gimnasia de salón a la de aparatos, que están colocados en el jardín. Garrón estaba ayer en el despacho del director cuando llegó la madre de Nelle, aquella señora rubia, vestida de negro, para suplicarle que dispensasen a su hijo de los nuevos ejercicios. Cada palabra le costaba un esfuerzo, y hablaba teniendo una mano puesta sobre la cabeza de su muchacho. “No puede...”, dijo al director. Pero Nelle se puso tan angustiado al ver que le excluían de los aparatos y que tenía que sufrir otra humillación más... “Ya verás, mamá--decía--, cómo hago lo que los demás”. Su madre le miraba en silencio, con expresión de afecto y de piedad. Luego, dudando, le hizo observar: “Pero temo que sus compañeros... Quería decir... temo que le hagan burla”. Pero Nelle respondió: “¡No me importa...! Y luego está Garrón. Me basta que esté él y que no se ría”. En vista de esto le dejaron venir. El maestro, aquél que tiene una herida en el cuello y que estuvo con Garibaldi, nos llevó en seguida a las barras verticales, que son muy altas, y era preciso que trepásemos hasta la punta y que nos pusiéramos en pie sobre el penúltimo eje transversal. Deroso y Coreta se subieron como dos monos: también el pequeño Precusa subió con soltura, aunque entorpecido por su chaquetón, que le llegaba hasta las rodillas; para hacerle reír, mientras iba subiendo, todos le decían su estribillo: “Dispénsame, dispénsame”. Estardo bufaba, se ponía colorado como pavo, apretaba los dientes que parecía perro rabioso; pero aun cuando hubiese reventado, habría llegado a lo alto, como llegó, en efecto; y también Nobis, que al llegar arriba adoptó una actitud de emperador; pero Votino se resbaló dos veces, a pesar de su bonito traje nuevo de rayitas azules, hecho exprofeso para la gimnasia. Para subir con más facilidad, todos se habían embadurnado las manos con pez griega, colofonia, como la llaman; y ya se sabe, el traficante de Garofi es quien provee a todos, vendiéndola en polvo, a cinco céntimos cartucho, y ganándose otro tanto. Luego tocó la vez a Garrón, que subió mascando pan, como si no hiciese nada, y creo que hubiera sido capaz de subir a uno de nosotros montado en las espaldas: hasta tal punto es vigoroso y fuerte aquel torete. Después de Garrón, vino Nelle. Apenas le vieron agarrarse a la barra con sus manos largas y delgadas, muchos comenzaron a reír y a embromarle; pero Garrón cruzó sus gruesos brazos sobre el pecho, y echó en derredor una mirada tan expresiva, que todos entendieron claramente que soltaría cuatro lapos al que se atreviera, aun delante del maestro; así que todos dejaron de reír. Nelle comenzó a trepar; le costaba mucho trabajo, ¡pobrecillo!; se le ponía la cara morada; respiraba muy fuerte; le corría el sudor por la frente. El maestro dijo: “¡Baja!”. Pero él no hacía caso, se obstinaba y hacía esfuerzos; yo esperaba verlo desplomarse medio muerto. ¡Pobre Nelle! comenzó a trepar; pensaba que si hubiese sido como él y me hubiese visto mi madre, ¡cómo habría sufrido, pobre madre mía! Y pensando en esto, le quería tanto a Nelle, que hubiese dado no sé qué porque al fin llegase arriba, o poderlo sostener por debajo sin que me viesen. Entretanto Garrón, Deroso y Coreta decían: “¡Arriba, Nelle, arriba; fuerza; todavía otro empujón; ánimo!”. Y Nelle hizo un esfuerzo violento, lanzando un gemido, y se encontró a dos cuartas del travesaño. “¡Bravo!--gritaron todos--¡Ánimo! ¡Ya no falta más que otro empujón!”. Y Nelle se agarró al travesaño. Todos le aplaudieron. “¡Bravo!--dijo el maestro--; pero ya basta; bájate”. Nelle quiso subir hasta la punta como los demás, y después de forcejear un momento, llegó a agarrarse con los brazos al último travesaño; luego puso las rodillas en el penúltimo, y, por fin, los pies; ¡ya está de pie!, sin poder respirar, pero sonriente. Volvimos a aplaudirle, y él miró entonces hacia la calle. Volví la cabeza hacia aquel lado, y a través de las plantas que cubren las verjas del jardín, vi a su madre que paseaba por la acera, sin atreverse a mirar. Nelle bajó, y todos le festejaron; estaba excitado, encendido; sus ojos resplandecían, y no parecía el mismo. Luego, a la salida, cuando su madre se le acercó y le preguntó algo inquieta abrazándole: “Y qué, pobre hijo, ¿cómo ha ido?, ¿cómo ha ido?”, todos los compañeros respondieron: “¡Lo ha hecho muy bien! Ha subido como nosotros. Es fuerte. Es ágil. Hace lo que los demás”. ¡Era preciso ver entonces el placer de aquella señora! Nos quiso dar las gracias y no pudo; apretó la mano a tres o cuatro; hizo una caricia a Garrón, se llevó consigo al hijo, y les vimos por un gran trecho que iban de prisa, hablando y gesticulando entre sí, tan contentos como no se les había visto nunca.

EL MAESTRO DE MI PADRE

_Martes 11._--¡Qué expedición tan hermosa hice ayer con mi padre! He aquí cómo. Anteayer, al comer, leyendo el periódico, mi padre saltó de repente con una exclamación de maravilla. Luego añadió: “¡Y yo que le creía muerto hace veinte años! ¿Sabéis que todavía vive mi primer maestro de escuela, Vicente Croseti, que tiene ochenta y cuatro años? Veo que el Ministerio le ha dado la medalla de benemérito por sesenta años de enseñanza. Sesenta años... ¿lo entendéis? Y no hace más que dos que ha necesitado dejar de dar clase. ¡Pobre Croseti! Vive a una hora de ferrocarril de aquí, en Condove, el pueblo de nuestra antigua jardinera de la quinta de Chieri”. Y luego añadió: “Enrique, iremos a verle”. Y en toda la tarde no se habló más que de él.

El nombre de su maestro de escuela le traía a la memoria mil cosas de cuando era muchacho, de sus primeros compañeros, de su madre, ya difunta. “Croseti--exclamaba--tenía cuarenta años cuando yo iba a la escuela. Me parece estarlo viendo. Un hombrecillo un poco encorvado ya, con los ojos claros y la cara siempre afeitada. Severo, pero de buenas maneras, que nos quería como un padre, sin dejarnos pasar nada. A fuerza de estudio y de privaciones había llegado a maestro desde trabajador del campo. Un hombre honrado. Mi madre le profesaba grande afecto, y mi padre le trataba como a un amigo. ¿Cómo ha ido a parar a Condove desde Turín? No me reconocerá, ciertamente. No importa. Lo reconoceré yo. Han pasado cuarenta y cuatro años. ¡Cuarenta y cuatro años! Enrique, iremos a verle mañana”. Ayer mañana, a las nueve, estábamos en la estación de Susa. Yo hubiese querido que Garrón nos acompañase; pero no pudo, porque tiene a su madre enferma. Era una hermosa mañana de primavera. El tren corría por entre verdes prados y setos floridos; se percibía un aire cargado de olores. Mi padre estaba contento, y a cada paso me echaba un brazo al cuello y me hablaba como a un amigo, mirando al campo. “¡Pobre Croseti!--decía--. Él es el primer hombre que me quiso después de mi padre. No he olvidado nunca ciertos buenos consejos suyos, ni tampoco algunos regaños desabridos que me hacían volver a casa con el corazón triste. Tenía las manos gruesas y pequeñas. Aún le estoy viendo entrar en la escuela; ponía su bastón en un rincón, colgaba su capa en la percha, siempre con los mismos movimientos. Todos los días el mismo humor, concienzudo, atento y lleno de cariño, como si siempre fuera la primera vez que diera clase. Le recuerdo como si ahora mismo me gritase: ‘¡Chico, eh, chico! El índice y el del corazón sobre la pluma’. ¡Cómo habrá cambiado después de cuarenta y cuatro años!”. Apenas llegamos a Condove, fuimos en busca de nuestra antigua jardinera de Chieri, que tiene una tenducha en una callejuela. La encontramos con sus muchachos, nos recibió con mucha alegría, nos dió noticias de su marido, que debe volver de Grecia, donde está trabajando hace tres años, y de su primera hija, que está en el colegio de sordomudos, en Turín. Luego nos enseñó la calle para ir a casa del maestro, a quien todos conocen.

Salimos del pueblo y tomamos un caminito en cuesta, flanqueado de setos en flor.

Mi padre ya no hablaba: parecía totalmente absorto en sus recuerdos, y tan pronto sonreía como sacudía la cabeza. De repente se detuvo, y dijo: “¡Ahí está; apostaría cualquier cosa a que es él!”. Venía bajando hacia nosotros, por el caminillo, un viejo pequeñito de barba blanca, con ancho sombrero y apoyado en su bastón: arrastraba los pies y le temblaban las manos. “Él es”, repitió mi padre apresurando el paso. Cuando estábamos cerca, nos detuvimos. El viejo también se detuvo y miró a mi padre. Todavía tenía la cara fresca y los ojos claros y vivos. “¿Es usted--preguntó mi padre quitándose el sombrero--el maestro Vicente Croseti?”. El viejo también se quitó el sombrero y respondió: “Yo soy”, con voz algo temblona, pero llena. “Pues bien--dijo mi padre cogiéndole la mano--: permita apretar su mano a un antiguo discípulo, y preguntarle cómo está. He venido de Turín para ver a usted”. El viejo le miró asombrado. Luego dijo: “Es demasiado honor para mí..., no sé... ¿Cuándo ha sido mi discípulo? Perdóneme si le pregunto. ¿Cuál es su nombre, por favor?”. Mi padre le dijo su nombre, el año que había ido a su escuela y dónde, y añadió: “Usted no se acordará de mí, es natural. ¡Pero yo le reconozco a usted tan bien...!”. El maestro inclinó la cabeza y se puso a mirar al suelo pensando y murmurando por dos o tres veces el nombre de mi padre; el cual, entretanto lo miraba con los ojos fijos y sonriente.

De pronto, el viejo levantó la cara, con los ojos muy abiertos y dijo con lentitud: “¿Conque... hijo del ingeniero...? ¿Aquél que vivía en la plaza de la Consolación?”. “Aquél”, respondió mi padre cogiéndole las manos. “Entonces...--dijo el viejo--permítame, querido señor, permítame”, y habiéndose adelantado, abrazó a mi padre. Su cabeza, blanca, apenas le llegaba al hombro. Mi padre apoyó la mejilla sobre su frente. “Tenga la bondad de venir conmigo”, dijo el maestro. Y sin hablar se volvió y emprendió el camino hacia su casa. En pocos minutos llegamos a un corral, delante de una casa pequeña con dos puertas, una de ellas con el dintel blanqueado alrededor.