Part 20
Una cosa, sin embargo, le animó algo desde el principio. Después de tres días de viaje, a través de aquella llanura interminable y siempre igual, veía delante de sí una cadena de altísimas montañas azules con las cimas blancas, que le recordaban los Alpes y le parecía que iba a acercarse a su país. Eran los Andes, la espina dorsal del Continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar Glacial del polo Ártico, por 110 grados de latitud. También le animaba el sentir que el aire se iba haciendo cada vez más caliente; y sucedía esto porque, marchando hacia el Norte, se iba acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para comer. Encontraba hombres a caballo; veía de vez en cuando mujeres y niños sentados en el suelo, inmóviles y serios, con caras nuevas completamente para él, color de tierra con los ojos oblicuos, los huesos de las mejillas, prominentes, los cuales lo miraban fijos y lo seguían con la mirada, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios. El primer día anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmió debajo de un árbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos ánimos. Tenía las botas rotas, los pies desollados y el estómago débil por la mala alimentación. En la noche empezaba a tener miedo. Había oído decir en Italia que en aquel país había serpientes; creía oírlas arrastrarse; se detenía; tomaba luego carrera y sentía frío en los huesos. A veces le daba gran lástima de sí mismo, y lloraba en silencio conforme iba andando. Después pensaba: “¡Oh, cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo!”. Y este pensamiento le daba ánimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en tantas cosas de ella, que traía a su mente sus palabras cuando salió de Génova, y el modo como le solía arreglar las mantas, bajo la barba, cuando estaba en la cama; y cuando era niño, que, a veces, lo cogía en sus brazos, diciéndole: “¡Estate aquí un poco conmigo!”; y estaba así mucho tiempo, con la cabeza apoyada sobre la suya y entregado a sus pensamientos. Y se decía entre sí: “¿Volveré a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegaré al fin de mi viaje, madre mía?”. Y andaba, andaba, en medio de árboles desconocidos, entre vastas plantaciones de cañas de azúcar, por prados sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos conos. Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban faltando rápidamente, y los pies le sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron: “Tucumán está a cinco leguas de aquí.” Dió un grito de alegría y apretó el paso, como si hubiese recobrado en el momento todo el vigor perdido. Pero fué breve ilusión. Las fuerzas le abandonaron de nuevo, y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Mas el corazón le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca le había parecido tan hermoso. Lo contemplaba echado sobre la hierba para dormir, y pensaba que su madre miraría quizá también al mismo tiempo el cielo: “Oh, madre mía! ¿Dónde estás? ¿Qué haces en este instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que está tan cerca de ti?”.
¡Pobre Marcos! Si él hubiese podido ver en qué estado se encontraba su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para andar aún y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma, en la cama, en un cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde vivía toda la familia Mequínez, la cual le había tomado mucho cariño y la asistía muy bien. La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequínez tuvo que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se había mejorado del todo con el buen clima de Córdoba. Pero después, el no haber recibido contestación a sus cartas del marido, ni del primo; el presentimiento siempre vivo de alguna gran desgracia; la ansiedad continua en que vivía, dudando entre marchar y quedarse, cada día esperando una mala noticia, la habían hecho empeorar considerablemente. Por último, se había presentado una enfermedad gravísima: una hernia intestinal estrangulada. Desde hacía quince días no se levantaba. Era necesaria una operación quirúrgica para salvarle la vida. Precisamente en aquel momento, mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama de la casa convenciéndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer la operación.
Un médico afamado de Tucumán había ya venido la semana anterior, inútilmente. “No, queridos señores--decía ella--; no tiene cuenta; yo no tengo ya más fuerza para resistir, y moriré entre los instrumentos del cirujano. Mejor es que me dejen morir así. No me importa la vida. Todo ha concluido para mí. Es preferible que muera antes de saber lo que haya ocurrido a mi familia”. Los dueños volvían a decirle que no, que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas a Génova directamente tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus hijos agravaba más y más, con mayor angustia, el desaliento profundo que la postraba hacía largo tiempo. Al oír aquellas palabras prorrumpía en llanto. “¡Oh! ¡Hijos míos! ¡Hijos míos!--exclamaba, juntando sus manos--. ¡Quizá ya no existan! Mejor es que muera yo también. Muchas gracias, buenos señores; se los agradezco de corazón. Más vale morir. Ni aun con la operación me curaría, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es inútil que pasado mañana vuelva el médico. ¡Quiero morirme: es mi destino! Estoy decidida”. Y ellos, sin cesar de consolarla, repetían: “No, no diga eso”, cogiéndola de las manos y suplicándola. La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y caía en un sopor que la hacía, parecer muerta... Los señores permanecían a su lado algún tiempo, mirando con gran compasión, a la débil luz de la lamparilla, aquella madre admirable, que había venido a servir a seis mil millas de su patria, y a morir..., ¡después de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan honrada, tan buena y tan desgraciada...!
Al día siguiente, muy de mañana, entraba Marcos con su saco a la espalda, encorvado, tambaleándose, pero lleno de ánimo, en la ciudad de Tucumán una de las más jóvenes y florecientes de la República Argentina. Le parecía volver a ver a Córdoba, a Rosario, a Buenos Aires; eran aquellas mismas calles derechas y larguísimas, y aquellas casas bajas, blancas; pero por todas partes se veía nueva y magnífica vegetación; se notaba un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo límpido y profundo, como jamás lo había visto ni siquiera en Italia. Caminando por las calles, volvió a sentir la agitación febril que se había apoderado de él en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a todos, y no se atrevía a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus puertas, se volvían a contemplar aquel pobre muchacho harapiento, lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Buscaba entre las gentes una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella tremenda pregunta, cuando se presentó ante sus ojos, en el rótulo de una tienda, un nombre italiano. Dentro había un hombre con anteojos y dos mujeres. Se acercó lentamente a la puerta y con ánimo resuelto preguntó:
“¿Me sabrán decir, señores, dónde está la familia Mequínez?” “¿Del ingeniero Mequínez?”, preguntó a su vez el de la tienda. “Sí, del ingeniero Mequínez,” respondió el muchacho con voz apagada. “La familia Mequínez--dijo el de la tienda--no está en Tucumán”.
Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero puñal, fué el eco de aquellas palabras.
El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos. “¿Qué ocurre? ¿Qué tienes muchacho?--dijo el tendero haciéndole entrar en la tienda y sentarse--; no hay por qué desesperarse, ¡qué diablo! Los Mequínez no están aquí; pero no están muy lejos: ¡a pocas horas de Tucumán!”. “¿Dónde? ¿Dónde?”, gritó Marcos, levantándose como un resucitado. “A unas quince millas de aquí--continuó el hombre--; a orillas del Saladillo; en el sitio donde están construyendo una gran fábrica de azúcar; en el grupo de casas está la del señor Mequínez; todos lo saben, y llegarás en pocas horas”. “Yo estuve allí hace poco”, dijo un joven que había acudido al oír el grito.
Marcos se le quedó mirando, con los ojos fuera de las órbitas, y le preguntó precipitadamente, palideciendo: “¿Habéis visto a la criada del señor Mequínez, la italiana?”. “¿La _genovesa_? La he visto”.
Marcos rompió en sollozos convulsivos, entre risa y llanto. Luego, con impulso de violenta resolución: “¿Por dónde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto; enseñadme el camino!”. “¡Pero si hay una jornada de marcha!--le dijeron todos a una voz--; estás cansado y debes reposar; partirás mañana”. “¡Imposible!”. “¡Imposible!--respondió el muchacho--. ¡Decidme por dónde se va: no espero ni un momento; en seguida, aun cuando me cayera muerto en el camino”.
Viendo que era irrevocable su propósito, no se opusieron más. “¡Que Dios te acompañe!--le dijeron--. Ten cuidado con el camino por el bosque”. “Buen viaje, _italianito_”. Un hombre le acompañó fuera de la ciudad, le indicó el camino, le dió algún consejo y se quedó mirando cómo empezaba su viaje. A los pocos minutos el muchacho desapareció, cojeando, con su baulillo a la espalda, por entre los árboles espesos que flanqueaban el camino.
Aquella noche fué tremenda para la pobre enferma. Tenía dolores atroces que le arrancaban alaridos, capaces de destrozar sus venas, y que le producían momentos de delirio. Las mujeres que la asistían perdían la cabeza. El ama acudía de cuando en cuando, descorazonada. Todos comenzaron a temer que aun cuando hubiera decidido dejarse hacer la operación, el médico, que debía llegar a la mañana siguiente, llegaría ya demasiado tarde. En los momentos en que no deliraba, se comprendía, sin embargo, que su desconsuelo mayor y más terrible no lo causaban los dolores del cuerpo, sino el pensamiento de su familia lejana. Moribunda, descompuesta, con la fisonomía deshecha, metía sus manos por entre los cabellos, con actitud de desesperación que traspasaba el alma, gritando: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos! ¡Morir sin volverlos a ver! ¡Mis pobres hijos que se quedan sin madre; mis criaturas, mi pobre sangre! ¡Mi Marcos, todavía tan pequeño, así de alto, tan bueno y tan cariñoso! ¡No sabéis qué muchacho era! Señora, ¡si usted supiese! No me lo podía quitar de mi cuello cuando partí: sollozaba que daba compasión oírle; ¡pobrecillo! Parecía que sospechaba que no había de volver a ver a su madre. ¡Pobre Marcos, pobre niño mío! Creí que estallaba mi corazón. ¡Ah! ¡Si me hubiese muerto en aquel mismo momento en que me decía ‘¡adiós!’. ¡Si hubiera entonces muerto atravesada por un rayo! ¡Sin madre, pobre niño; él, que me quería tanto, que tanta necesidad tenía de mis cuidados; sin madre, en la miseria, tendrá que ir pidiendo limosna; él, Marcos, tenderá su mano, hambriento! ¡Oh, Dios eterno! ¡No! ¡No quiero morir! ¡El médico! ¡Llamadlo en seguida! ¡Que venga y que me corte, que me haga pedazos las entrañas, que me haga enloquecer, pero que me salve la vida! ¡Quiero curarme, quiero vivir, marchar, huir, mañana, en seguida! ¡El médico! ¡Socorro! ¡Favor!”. Y las mujeres le sujetaban las manos, la acariciaban; suplicando, la hacían volver en sí poco a poco, y la hablaban de Dios y de esperanza. Ella entonces caía en mortal abatimiento, lloraba, con las manos hundidas entre sus cabellos grises, gemía como una niña, lanzando lamentos prolongados y murmurando de vez en cuando: “¡Oh, Génova mía! ¡Mi casa! ¡Todo aquel mar...! ¡Oh, mi Marcos, mi infeliz Marcos! ¡Dónde estará ahora la pobre criatura mía!”.
Eran las doce de la noche. Su pobre Marcos, después de haber pasado muchas horas sobre la orilla de un foso, extenuado, caminaba entonces a través de vastísima floresta de árboles gigantescos, monstruos de vegetación, con fustes desmesurados, semejantes a pilastras de una catedral, que a cierta altura maravillosa entrecruzaban sus enormes cabelleras plateadas por la luna. Vagamente, en aquella media obscuridad, veía miles de troncos de todas formas, derechos, inclinados, retorcidos, cruzados, en actitudes extrañas de amenaza y de lucha; algunos caídos en tierra, como torres arruinadas de pronto; todo cubierto de una vegetación exuberante y confusa que semejaba la furiosa multitud disputándose palmo a palmo el terreno; otros formando grupos, verticales y apretados como si fueran haces de lanzas gigantescas cuyas puntas se escondieran en las nubes: una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le hubiese ofrecido la naturaleza vegetal. Por momentos le sobrecogía grande estupor. Pero pronto su alma volaba hacia su madre. Estaba muerto de cansancio, con los pies sangrantes solo, en medio de aquel imponente bosque, donde no veía más que a grandes intervalos pequeñas viviendas humanas, que colocadas al pie de aquellos árboles parecían nidos de hormigas, y alguno que otro búfalo dormido en el camino; estaba agotado, pero no sentía el cansancio; estaba solo y no tenía miedo. La grandeza del campo engrandecía su alma; la cercanía de su madre le daba la fuerza y la decisión de un hombre; el recuerdo del océano, de los abatimientos, de los dolores que había experimentado y vencido, de las fatigas que había sufrido, de la férrea voluntad que había desplegado, le hacían levantar la frente; toda su fuerte y noble sangre genovesa refluía a su corazón en ardiente oleada de altanería y audacia. Y una cosa nueva pasaba en él: hasta entonces había llevado en su mente una imagen de su madre obscurecida y como un poco borrada por los dos años de alejamiento, y ahora aquella imagen se aclaraba; tenía delante de sus ojos la cara entera y pura de su madre como hacía mucho tiempo no la había contemplado; la volvía a ver cercana, iluminada, como si estuviera hablando; volvía a ver los movimientos más fugaces de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos todos, todas las sombras de sus pensamientos; y apenado por aquellos vivos recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cariño, una ternura indecible iba creciendo en su corazón, que hacía correr por sus mejillas lágrimas tranquilas y dulces. Según iba andando en medio de las tinieblas, le hablaba, le decía las palabras que le hubiera dicho al oído dentro de poco: “¡Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; no te dejaré jamás; juntos volveremos a casa, estaré siempre a tu lado en el vapor, apretado contra ti, y nadie me separará de ti nunca, nadie, jamás, mientras tengas vida!”. Y no advertía entretanto que sobre la cima de los árboles gigantescos iba poco a poco apagándose la argentina luz de la luna, con la blancura delicada del alba.
A las ocho de aquella mañana, el médico de Tucumán--un joven argentino--estaba ya al lado de la cama de la enferma, acompañado de un practicante, intentando por última vez persuadirla para que se dejase hacer la operación; a su vez el ingeniero Mequínez volvía a repetir las más calurosas instancias, lo mismo que su señora. Pero ¡todo era inútil! La mujer, sintiéndose exhausta de fuerzas, ya no tenía fe en la operación; estaba certísima, o de morir en el acto, o de no sobrevivir más que algunas horas, después de sufrir en vano dolores mucho más atroces que los que debían matarla naturalmente. El médico tenía buen cuidado de decirle una y otra vez: “¡Pero si la operación es segura y vuestra salvación cierta, con tal de que tenga algo de valor! Y por otro lado, si se empeña en resistir, la muerte es segura”. Eran palabras lanzadas al aire: “No--respondía siempre con su débil voz--; todavía tengo valor para morir, pero no lo tengo para sufrir inútilmente. Gracias, señor médico. Así está dispuesto. Déjeme morir tranquila”. El médico, desanimado, desistió. Nadie pronunció una palabra más. Entonces la mujer volvió el semblante hacia su ama y le hizo con voz moribunda sus postreras súplicas. “Mi querida y buena señora--dijo con gran trabajo sollozando--; usted mandará los pocos cuartos que tengo y todas mis cosas a mi familia... por medio del señor cónsul. Yo supongo que todos viven. Mi corazón me lo predice en estos últimos momentos. Me hará el favor de escribirles... que siempre he pensado en ellos..., que he trabajado para ellos..., para mis hijos... y que mi único dolor es no volverlos a ver más...; pero que he muerto con valor..., resignada..., bendiciéndoles; y que recomiendo a mi marido... y a mi hijo mayor, al más pequeño, a mi pobre Marcos... a quien he tenido en mi corazón hasta el último momento”.Y poseída de gran exaltación repentina, gritó juntando las manos: “¡Mi Marcos! ¡Mi pobre niño! ¡Mi vida...!”. Pero, girando los ojos anegados en llanto, vió que su ama no estaba ya a su lado; habían venido a llamarla furtivamente. Buscó al señor, también había desaparecido, No quedaban más que las dos enfermeras y el practicante. En la habitación inmediata se oía rumor de pasos presuntuoso, murmullo de voces precipitadas y bajas y de exclamaciones contenidas.
La enferma fijó su vista en la puerta en ademán de esperar. Al cabo de pocos minutos volvió a presentarse el médico, con semblante extraño; luego su señora y el amo, también con la fisonomía visiblemente alterada. Los tres se quedaron mirando con singular expresión, y cambiaron entre sí algunas palabras en voz baja. Parecióle oír que el médico decía a la señora: “Es mejor en seguida”. La enferma no comprendía.
“Josefa--le dijo el ama con voz temblorosa--, tengo que darte una noticia buena. Prepara tu corazón a recibir una buena noticia”.
La mujer se quedó mirándola con fijeza.
“Una noticia--continuó la señora cada vez más agitada--que te dará mucha alegría”. La enferma abrió sus ojos desmesuradamente. “Prepárate--prosiguió su ama--a ver una persona a quien quieres mucho”.
La mujer levantó la cabeza con ímpetu vigoroso, y empezó a mirar a la señora y a la puerta con ojos que despedían fulgores.
“Una persona--añadió su ama palideciendo--que acaba de llegar... inesperadamente”. “¿Quién es?”, gritó con la voz sofocada y angustiosa como llena de espanto.
Un instante después lanzó un agudísimo grito: de un salto se sentó sobre la cama y permaneció inmóvil con los ojos desencajados y con las manos apretadas contra las sienes, como si se tratase de una aparición sobrehumana. Marcos, lacerado y cubierto de polvo, estaba de pie en el umbral, detenido por el doctor, que le sujetaba por un brazo.
La mujer prorrumpió por tres veces: “¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!”. Marcos se lanzó hacia su madre, que extendía sus brazos descarnados, apretándole contra su seno como un tigre, rompiendo a reír violentamente y mezclándose a su risa profundos sollozos sin lágrimas, que le hicieron caer rendida y sofocada sobre las almohadas.
Pronto se rehizo, sin embargo, gritando como una loca, llena de alegría y besando a su hijo: “¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Eres tú? ¡Cómo has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Estás solo? ¿No estás enfermo? ¡Eres tú, Marcos! ¡No es esto un sueño! ¡Dios mío! ¡Háblame!”. Luego, cambiando de tono repentinamente: “¡No! ¡Calla! ¡Espera!”. Y volviéndose hacia el médico: “Pronto, en seguida, doctor. Quiero curarme. Estoy dispuesta. No pierda un momento. Llévense a Marcos para que no sufra; Marcos mío, no es nada! Ya me contarás todo. ¡Dame otro beso! ¡Vete! Heme aquí, doctor”.
Sacaron a Marcos de la habitación. Los amos y criados salieron en seguida, quedando sólo con la enferma el cirujano y el ayudante, que cerraron la puerta. El señor Mequínez intentó llevarse a Marcos a una habitación lejana; fué imposible; parecía que le habían clavado en el pavimento.
“¿Qué es?--preguntó. ¿Qué tiene mi madre? ¿Qué le están haciendo?”. Entonces Mequínez, bajito e intentando siempre llevárselo de allí: “Mira, oye; ahora te diré; tu madre está enferma; es preciso hacerla una sencilla operación; te lo explicaré todo; ven conmigo”. “No--respondió el muchacho--; quiero estar aquí. Explíquemelo aquí”.
El ingeniero amontonaba palabras y más palabras, y tiraba de él para sacarlo de la habitación; el muchacho comenzaba a espantarse, temblando de terror. Un grito agudísimo, como el de un herido de muerte, resonó de repente por toda la casa. El niño respondió con otro grito horrible y desesperado:
“¡Mi madre ha muerto!”. El médico se presentó en la puerta y dijo: “Tu madre se ha salvado”. El muchacho le miró un momento, arrojándose luego a sus pies, sollozando: “¡Gracias, doctor!”. Pero el médico le hizo levantar, diciéndole: “¡Levántate...! ¡Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!”.
VERANO