Part 21
_Miércoles 24._--Marcos el genovés es el penúltimo pequeño héroe con quien haremos conocimiento por este año; no queda más que otro para el mes de junio. No restan más que dos exámenes mensuales, veintiséis días de lección, seis jueves y cinco domingos. Se percibe ya la atmósfera de fin de año. Los árboles del jardín, cubiertos de hojas y flores, dan hermosa sombra sobre los aparatos de gimnasia. Los alumnos van ya todos vestidos de verano. Da gusto presenciar la salida de las clases. ¡Qué distinto es todo de los meses pasados! Las cabelleras, que llegaban hasta tocar en los hombros, han desaparecido: todas las cabezas están rapadas; se ven cuellos y piernas desnudas; sombreros de paja de todas formas, con cintas que cuelgan sobre las espaldas; camisas y corbatas de todos colores; todos los más pequeñitos siempre llevan algo rojo o azul, bien alguna cinta, un ribete, una borla o aunque sea puramente un remiendo de color vivo, pegado por la madre, para que haga bonito a la vista, hasta los más pobres; muchos vienen a la escuela sin sombrero, como si se hubiesen escapado de casa. Otros llevan el traje claro de gimnasia. Hay un muchacho de la clase de la maestra Delcato, que va vestido de encarnado de pies a cabeza, como un cangrejo cocido. Varios llevan trajes de marinero. Pero el más hermoso, sin disputa, es el albañilito, que usa un sombrerote de paja, tan grande, que parece una media vela con su palmatoria, y, como siempre, no es posible contener la risa al verle poner el hocico de liebre allí bajo su sombrero. Coreta también ha dejado su gorra de piel de gato, y lleva una gorrilla de viaje, de seda. Votino tiene un traje escocés, y, como siempre, muy atildado. Crosi va enseñando el pecho desnudo. Precusa desaparece bajo los pliegues de una blusa azul turquí, de maestro herrero. ¿Y Garofi? Ahora que ha tenido que dejar el capotón bajo el cual escondía su comercio, le quedan bien al descubierto todos sus bolsillos, repletos de toda clase de baratijas, y le asoman las puntas de los billetes de sus rifas. Ahora todos dejan ver bien lo que llevan: abanicos hechos con medio periódico y pedazos de caña, flechas para disparar contra los pájaros, hierba y otras cosas que asoman por los bolsillos, y van cayéndose paso a paso de las chaquetas. Muchos de los chiquillos traen ramitos de flores para las maestras. También éstas van vestidas de verano, con colores alegres, excepción hecha de la monjita que siempre va de negro, y la maestrita de la pluma roja, que la lleva siempre, y un lazo color de rosa al cuello, enteramente ajado por las manitas de sus alumnos, que siempre la hacen reír y correr tras ellos. Es la estación de las cerezas, y de las mariposas, de las músicas por las calles y de los paseos por el campo; muchos de cuarto año se escapan ya a bañarse en el Po; todos sueñan con las vacaciones; cada día salimos de la escuela más impacientes y contentos que el día anterior. Sólo me da pena el ver a Garrón de luto, y a mi pobre maestra de primer año, que cada vez está más consumida, más pálida y tosiendo con más fuerza. ¡Camina ya enteramente encorvada, y me saluda con una expresión tan triste...!
POESÍA
_Viernes 26._--“Comienzas a comprender la poesía de la escuela, Enrique; pero por ahora no ves la escuela más que por dentro; te parecerá mucho más hermosa y poética dentro de treinta años, cuando vengas a acompañar a tus hijos, y entonces la verás por fuera como yo la veo. Esperando la hora de salida, voy y vuelvo por las calles silenciosas que hay en derredor del edificio, y acerco mi oído a las ventanas de la planta baja, cerradas con persianas. En una ventana oigo la voz de una maestra que dice: ‘¡Ah! ¡Qué rasgo de _t_! No está bien, hijo mío. ¿Qué diría de él tu padre...!’. En la ventana inmediata se oye la gruesa voz de un maestro que dicta con lentitud: ‘Compró cincuenta metros de tela... a cuatro liras cincuenta céntimos el metro..., los volvió a vender...’. Más allá la maestrita de la pluma roja lee en alta voz: ‘Entonces, Pedro Mica, con la mecha encendida...’. De la clase próxima sale como un gorjeo de cien pájaros, lo cual quiere decir que el maestro ha salido fuera un momento. Voy más adelante, y a la vuelta de la esquina oigo que llora un alumno y la voz de la maestra que reprende, al par que consuela. Por otras ventanas llegan a mis oídos versos, nombres de grandes hombres, fragmentos de sentencias que aconsejan la virtud, el amor a la patria, el valor. Siguen después instantes de silencio, en los cuales se diría que el edificio estaba vacío; parece imposible que allí dentro haya setecientos muchachos; de pronto se oyen estrepitosas risas, provocadas por una broma de algún maestro de buen humor... La gente que pasa se detiene a escuchar, y todos vuelven una mirada de simpatía hacia aquel hermoso edificio que encierra tanta juventud y tantas esperanzas.
“Se oye luego, de improviso, un ruido sordo, un golpear de libros y de carteles, un roce de pisadas, un zumbido que se propaga de clase en clase y de lo bajo a lo alto, como al difundirse de improviso una buena noticia: es el bedel que va a anunciar la hora. A este murmullo, una multitud de hombres, de mujeres, de muchachos y de jovenzuelos, se aprieta a uno y otro lado de la salida para esperar a los hijos, a los hermanos, a los nietecillos; entretanto, de las puertas de las clases se deslizan en el salón de espera, como a borbotones, grupos de muchachos pequeños, que van a coger sus capotitos y sombreros, haciendo con ellos revoltijos en el suelo y brincando alrededor, hasta que el bedel los vuelve a hacer entrar uno por uno en clase. Finalmente, salen largas filas marcando el paso. Entonces comienza de parte de los padres una lluvia de preguntas: ‘¿Has sabido la lección?’. ‘Cuánto trabajo te han puesto?’. ‘¿Qué tenéis para mañana?’. ‘¿Cuándo es el examen mensual?’. Y hasta las pobres madres que no saben leer, abren los cuadernos, miran los problemas y preguntan los puntos que han tenido. ‘¿Solamente ocho?’. ‘¿Diez, con sobresaliente?’. ‘¿Nueve de lección?’, y se inquietan y se alegran, y preguntan a los maestros, y hablan de programas y de exámenes. ¡Qué hermoso es todo esto, cuán grande y qué inmensa promesa para el mundo!--_Tu padre_”.
LA SORDOMUDA
_Domingo 28._--No podía concluir mejor el mes de mayo que con la visita de esta mañana. Oímos un campanillazo, corremos todos. Oigo a mi padre que dice maravillado: “¿Usted aquí, Jorge?”. Era Jorge, nuestro jardinero de Chieri, que ahora tiene su familia en Condove, que acababa de llegar entonces de Génova, donde había desembarcado el día antes de vuelta de Grecia, después de estar tres años trabajando en las vías férreas. Traía un gran fardo en sus brazos. Está un poco envejecido, pero conserva la cara colorada y jovial de siempre.
Mi padre quería que entrase, pero él se negó, y poniéndose serio, preguntó: “¿Cómo va mi familia? ¿Cómo está Luisa?”. “Hace pocos días estaba bien”, respondió mi madre. Jorge dió un gran suspiro. “¡Oh! ¡Dios sea alabado! ¡No tenía valor para presentarme en el Colegio de Sordomudos sin noticias de ella. Aquí dejo el saco y voy a recogerla. ¡Tres años hace que no veo a mi pobre hija! ¡Tres años que no veo a ninguno de los míos!”. Mi padre me dijo: “Acompáñale”. “Perdone: una palabra más”, interrumpió el jardinero desde el descansillo de la escalera. Pero mi padre le dijo: “¿Y los negocios?”. “Bien--respondió--, gracias a Dios; he traído algunos cuartos. Pero quería preguntar: ¿cómo va la instrucción de la mudita? Dígame algo. Cuando la dejé parecía más bien un pobre animalillo; ¡infeliz criatura! Yo tengo poca fe en estos colegios. ¿Ha aprendido a hacer los signos? Mi mujer me escribía: ‘Aprende a hablar; hace progresos’. Pero yo me decía: ‘¿Qué importa que ella aprenda a hablar si yo no sé hacer los signos? ¿Cómo haremos para entendernos, pobre chiquitina?’. Eso es más para que se entiendan entre ellos mismos, un desgraciado con otro desgraciado. ¿Qué tal va, pues? ¿Qué tal va?”. Mi padre le respondió sonriéndose: “No le digo nada; ya lo verá. Vaya, vaya; no le quitéis vosotros ni un minuto más”. Salimos; el Instituto está cerca. Por el camino, andando a paso largo, el jardinero me hablaba y se iba poniendo cada vez más triste. “¡Ah, pobre Luisa mía! ¡Nacer con esta desgracia! Decir que jamás la he oído llamarme padre, y que ella jamás ha oído llamarse hija, y que nunca ha dicho ni oído una palabra! Y gracias que hemos encontrado un señor caritativo que ha hecho los gastos del colegio. Pero... antes de los ocho años no ha podido ir. Tres años hace que no está en casa. Está en los once ahora. ¿Está crecida, dígame, está crecida? ¿Tiene buen humor?”. “Ahora verá usted, ahora verá usted”, le respondí apresurando el paso. “Pero ¿dónde está ese Instituto?--pregunto--. Mi mujer fué quien la acompañó cuando yo había ya marchado. Me parece que debe estar hacia este lado”. Precisamente, habíamos llegado. Entramos en seguida en el locutorio. Vino a nuestro encuentro un mozo. “Soy el padre de Luisa Vogi--dijo el jardinero--; mi hija, en seguida, en seguida”. “Están en el recreo--respondió el empleado--; voy a decírselo a la maestra”. Y se fué.
El jardinero ya no podía ni hablar ni estarse quieto; se ponía a mirar los cuadros de las paredes, sin ver nada. Se abrió la puerta; entró una maestra vestida de negro, con una muchacha de la mano.
Padre e hija se miraron un momento, y luego se estrecharon en interminables abrazos.
La muchacha iba vestida de tela rayada blanca y encarnada con delantal gris. Está más alta que yo. Lloraba y tenía a su padre apretado del cuello con ambos brazos.
Su padre se desligó y se puso a mirarla de pies a cabeza, con el llanto en los ojos y tan agitado como si acabase de dar una gran carrera, y exclamó: “¡Ah! ¡Cómo ha crecido! ¡Qué hermosa se ha puesto! ¡Oh, mi querida, mi pobre Luisa! ¡Mi pobre mudita! ¿Es usted, señora, la maestra? Dígale usted que me haga los signos, que algo comprenderé, y poco a poco iré aprendiendo. Dígale que me haga comprender alguna cosa con los gestos”. La maestra sonrió, y dijo en voz baja a la muchacha: “¿Quién es ese hombre que ha venido a buscarte?”. Y la muchacha, con una voz gruesa, extraña, destemplada, como si fuera salvaje que hablase por vez primera nuestra lengua, pero pronunciando claro y sonriéndose, respondió: “Es mi padre”. El jardinero dió un paso atrás y comenzó a gritar como un loco: “¡Habla! ¡Pero es posible! ¡Pero es posible! ¿Habla? Pero, ¿hablas tú, niña mía, hablas? Dime, ¿hablas?”. Volvió a abrazarla, besándola cien veces en la frente. “Pero ¿no hablan con los gestos, señora maestra; no hablan con los dedos, así? Pero ¿qué es esto?”. “No, señor Vogi--respondió la maestra--; no es con gestos. Ése era el método antiguo. ¡Aquí se enseña por el método nuevo, por el método oral! ¡Cómo!, ¿no lo sabía?”. “¡Yo no sabía nada!, respondió el jardinero confuso--. ¡Hace tres años que estoy fuera! Quizá me lo han escrito y no lo he entendido. Tengo una cabeza de piedra... ¡Oh, hija mía, tú me comprendes, por consiguiente! ¿Oyes lo que te digo?”. “No, buen hombre--dijo la maestra--; la voz no la oye, porque es sorda. Ella comprende por los movimientos de nuestra boca, cuáles son las palabras que se le dicen; pero no oye las palabras de usted ni tampoco las que ella le dice; las pronuncia porque la hemos enseñado, letra por letra, cómo debe ir disponiendo los labios y cómo debe mover la lengua; qué esfuerzo debe hacer con el pecho y con la garganta para echar fuera la voz”. Él jardinero no comprendió, y se estuvo con la boca abierta. Aún no lo creía. “Dime, Luisa, preguntó a su hija hablándole al oído--: ¿estás contenta de que tu padre haya vuelto?”. Levantando la cabeza, se puso a esperar la respuesta.
La muchacha le miró pensativa y no dijo nada.
El padre permaneció turbado.
La maestra se echó a reír. Luego replicó: “Pero, buen hombre, no le responde porque no ha visto los movimientos de sus labios: ¡si le ha hablado usted al oído! Repita la pregunta manteniendo usted la cara delante de la suya!”. El padre mirándola muy fijamente a la cara, repitió: “¿Estás contenta de que tu padre haya vuelto y de que ya no se marche?”. La muchacha, que había mirado con suma atención a los labios de su padre, tratando hasta de ver el interior de la boca, respondió con soltura: “Sí, estoy contenta de que ha-yas vuel-to y de que no te mar-ches ya nun-ca ja-más”. El padre la abrazó impetuosamente, y luego, a toda prisa, le abrumó a preguntas. “¿Cómo se llama tu madre?”. “Antonia”. “¿Cómo se llama tu hermana pequeña?”. “A-de-laida”. “¿Cómo se llama este colegio?”. “De sor-do-mudos”. “¿Cuántos son diez y diez?”. “Veinte”. De pronto, y mientras que nosotros creíamos que iba a reír de placer, se echó a llorar. ¡Pero también las lágrimas eran de alegría! “Ánimo--le dijo la maestra--; tiene usted motivo para alegrarse, pero no para llorar. Mire que hace usted llorar también a su hija. ¿Está contento?”. El jardinero cogió fuertemente la mano de la maestra y se la llenó de besos, diciendo: “Gracias, gracias, cien veces gracias, mil veces gracias, querida señora maestra! Y perdóneme... que no sepa decirle a usted otra cosa...”. “Pero no sólo habla--le dijo la maestra--; su hija de usted sabe escribir. Sabe hacer cuentas. Conoce los nombres de todos los objetos usuales. Sabe un poco de Historia y algo de Geografía. Ahora está en la clase normal. Cuando haya hecho los otros dos años, sabrá mucho, mucho más. Saldrá de aquí en disposición de ejercer una profesión. Ya tenemos discípulos que están colocados en las tiendas para servir a los parroquianos, y cumplen en sus oficios como los demás”. El jardinero se quedó aún más maravillado que antes. Parecía que de nuevo se le confundían las ideas. Miró a su hija y comenzó a rascarse la frente. La expresión de su semblante pedía claramente alguna mayor explicación.
Entonces la maestra se volvió al portero, y dijo: “Llame usted a una niña de la clase preparatoria”. El portero volvió al poco rato con una sordomuda de ocho a nueve años, que hacía pocos días había entrado en el Instituto. “Ésta--dijo la maestra--es una de aquéllas a quienes enseñamos los primeros elementos. He aquí cómo se hace. Quiero hacerle decir e. Esté usted atento”. La maestra abrió la boca como se abre para pronunciar la vocal _e_, e hizo señas a la niña para que abriese la boca de la misma manera.
La niña obedeció. Entonces la maestra le indicó que echase fuera la voz. Lo hizo así la niña; pero en lugar de _e_, pronunció _o_. “No--dijo la maestra; no es eso”. Y cogiendo las dos manos a la niña, se puso una de ellas abierta contra su garganta y la otra contra el pecho, y repitió: “_e_”. La niña, que había sentido en sus manos el movimiento de la garganta y del pecho de la maestra, volvió a abrir de nuevo la boca y pronunció muy bien: “_e_”. Del mismo modo la maestra le hizo decir _c_ y _d_, manteniendo siempre las dos manos de la niña, una en el pecho y otra en la garganta: “¿Ha comprendido usted ahora?”, preguntó.
El padre había comprendido, pero parecía aún más asombrado que cuando no entendía. “¿Enseñan ustedes a hablar de este modo?--preguntó al cabo de estarlo pensando un minuto y sin quitar su vista de la maestra--. ¿Tienen la paciencia de enseñar a hablar de esta manera, poco a poco, a todos? ¿uno por uno...? ¿años y años...? ¡Pero ustedes son unas santas! ¡Son más bien ángeles del Paraíso! ¡No hay recompensa para ustedes! ¿Qué más tengo que decir...? ¡Ah, sí! Déjenme un poco con mi hija ahora. Siquiera cinco minutos que esté sola conmigo”.
Y habiéndola separado hacia un lado, se sentaron y comenzó a preguntarle; la muchacha respondía, y él reía, con los ojos humedecidos y pegándose puñetazos sobre las rodillas, cogía a su hija por las manos, mirándola fuera de sí por la alegría que le causaba el oírla, como si fuese una voz que viniese del cielo; luego preguntó a la maestra: “¿Me sería permitido dar las gracias al señor director?”. “El director no está--respondió la maestra--. Pero está otra persona a quien debería usted dar las gracias. Aquí cada niña pequeña está al cuidado de una compañera mayor, que hace como de hermana y madre... Su hija está confiada a una sordomuda, de diecisiete años, hija de un panadero, que es buena y la quiere mucho; hace dos años va a ayudarla a vestir todas las mañanas, la peina, le enseña a coser, le arregla la ropa, le hace compañía. Luisa, ¿cómo se llama tu madre de colegio?”. La muchacha, sonriéndose, respondió: “Ca-ta-li-na Jor-dán”. Luego dijo a su padre: “Muy, muy buena”.
El empleado, que había salido a una indicación de la maestra, volvió casi en seguida con una sordomuda rubia, robusta, de cara alegre, también vestida de tela de rayas rojizas, con delantal gris: se detuvo en el umbral y poniéndose colorada, inclinó su cabeza sonriendo. Tenía cuerpo de mujer y parecía una niña.
La hija de Jorge corrió en seguida a su encuentro, la cogió por un brazo como a una niña, y la trajo delante de su padre, diciendo con su gruesa voz: “Ca-ta-li-na Jor-dán”. “¡Ah! ¡La excelente niña!--exclamó el padre alargando la mano como para acariciarla, pero pronto la retiró, repitiendo--: La buena muchacha, que Dios la bendiga y que le dé todo género de venturas, todos los consuelos, haciéndola feliz, y a todos los suyos; ¡es un honrado operario, un pobre padre de familia quien se lo desea de todo corazón!”.
La muchacha grande acariciaba a la pequeña, siempre con la cabeza baja y sonriéndose; el jardinero seguía mirándola como a una virgen. “Hoy se puede llevar a su hija”, dijo la maestra. “¡Sí, me la llevo!--respondió el jardinero--. Hoy la llevaré a Condove, y mañana temprano la volveré a traer. ¡Figúrese si no me la he de llevar!”. La hija se fué a vestir. “¡Después de tres años que no la veo!--replicó el jardinero--. ¡Y ahora que habla...! A Condove me la llevo en seguida. Pero antes quiero dar una vuelta por Turín, con mi mudita del brazo, para que todos la vean, y llevarla a que la oigan mis cuatro conocidos. ¡Ah! ¡Hermoso día! ¡Esto se llama un consuelo! ¡Venga acá ese brazo, Luisa mía!”. La muchacha, que había vuelto con una manteleta y una cofia, dió el brazo a su padre. “¡Y gracias a todos!--dijo el padre ya desde la puerta--. ¡Gracias a todos con toda mi alma! ¡Volveré otra vez para repetir a todos las gracias!”. Se quedó un momento pensativo: luego, separándose bruscamente de la muchacha, volvió pies atrás, hurgándose con una mano en el bolsillo del chaleco y gritando como un furioso: “Pues bien: soy un pobre diablo; pero aquí están veinte liras para el Instituto: ¡una moneda de oro bien hermosa!”. Y dando un gran golpe sobre la mesa, dejó el doblón sobre ella. “No, no, buen hombre--dijo conmovida la maestra--. Recoja usted su dinero. A mí no me corresponde recibirlo. Ya vendrá cuando esté el director. Tampoco él lo aceptará, esté seguro. Ha trabajado usted tanto para ganarlo, ¡pobre hombre...! Todos le quedaremos agradecidos, lo mismo que si lo recibiéramos”. “No, yo lo dejo--repitió el jardinero--; y luego... ya veremos”. Pero la maestra le volvió la moneda al bolsillo, sin darle tiempo para rechazarla. Entonces se resignó, meneando la cabeza; envió con toda rapidez un beso, con la mano, a la muchacha grande, saludó a la maestra, y cogiendo de nuevo a su hija, se lanzó fuera de la puerta. “Ven, ven, hija mía, ¡pobre hija mía, mi tesoro!”. La hija le decía con su voz gruesa: “¡Oh, qué sol tan her-mo-so!”.
[Illustration: JUNIO]
GARIBALDI
MAÑANA ES FIESTA NACIONAL
_Junio 3_
“Hoy es día de luto nacional. ¡Ayer noche ha muerto Garibaldi! ¿Sabes quién era? Es el que libertó a diez millones de ciudadanos de la tiranía de los Borbones de Italia. ¡Ha muerto a los sesenta y cinco años! Nació en Niza, y era hijo de un capitán de barco. A los ocho años libró la vida a una mujer; a los trece sacó a salvo una barca llena de compañeros náufragos; a los veintisiete salvó de las aguas, en Marsella, a un jovencito que se ahogaba; a los cuarenta y uno evitó el incendio de un barco, en el océano. Combatió diez años en América por la libertad de un pueblo extranjero; luchó en tres guerras contra los austríacos por la libertad de la Lombardía y del Trentino; defendió a Roma contra los franceses en 1849; libró a Palermo y a Nápoles en 1860; volvió a combatir por Roma en 1867; guerreó en 1870 contra los alemanes en defensa de Francia. Tenía en su alma la llama del heroísmo y el genio de la guerra. Entró en combate cuarenta veces, y salió victorioso treinta y siete. Cuando no peleó, _trabajó_ para vivir, encerrándose en una isla solitaria, a cultivar la tierra. Fué maestro, marinero, trabajador, negociante, soldado, general, dictador. Era grande, sencillo y bueno. Odiaba a todos los opresores, amaba a todos los pueblos, protegía a todos los débiles; no tenía otra aspiración que el bien; rechazaba los honores, despreciaba la muerte, adoraba a Italia. Cuando lanzaba el grito de guerra, legiones de valerosos corrían a él de todas partes: hubo señores que abandonaron sus palacios, artesanos sus talleres y jóvenes sus aulas, para ir a combatir, iluminados por el sol de su gloria. En la guerra usaba blusa roja. Era fuerte, rubio, hermoso; en el campo de batalla, un rayo; en los sentimientos, un niño; en los dolores, un santo. Miles de italianos han muerto por la patria, felices en la agonía al verle pasar a lo lejos victorioso; millares hubieran dado su vida por él; millones le bendijeron y le bendecirán. ¡Ha muerto! El mundo entero le llora. Tú ahora no lo comprendes. Pero leerás sus hazañas, oirás hablar de él continuamente en tu vida, y según vayas creciendo, su imagen crecerá ante tu vista; cuando seas hombre, le verás gigante; y cuando no estés tú ya en este mundo, ni vivan los hijos de tus hijos, ni los que nazcan de ellos, todavía las generaciones verán en lo alto su cabeza luminosa de redentor de los pueblos, coronada con los nombres de sus victorias, como si fueran círculo de estrellas, y les resplandecerá la frente y el alma a todos los italianos al pronunciar su nombre.--_Tu padre._”
EL EJÉRCITO
FIESTA NACIONAL _Se retardó siete días a causa de la muerte de Garibaldi_