Chapter 3 of 24 · 3853 words · ~19 min read

Part 3

_Sábado 29._--No seré un soldado cobarde, no; pero iría con más gusto a la escuela si el maestro nos refiriese todos los días un cuento como el de esta mañana. Todos los meses, dice, nos contará uno: nos lo dará escrito, y será siempre el relato de una acción buena y verdadera, llevada a cabo por un niño. _El pequeño patriota paduano_ se llama el de hoy. Helo aquí: “Un naviero francés partió de Barcelona, ciudad de España, para Génova, llevando a bordo franceses, italianos, españoles y suizos. Había, entre otros, un chico de once años, solo, mal vestido, que estaba siempre aislado como animal salvaje, mirando a todos de reojo. Y tenía razón para mirar a todos así. Hacía dos años que su padre y su madre, labradores de los alrededores de Padua, le habían vendido al jefe de cierta compañía de titiriteros, el cual, después de haberle enseñado a hacer varios juegos a fuerza de puñetazos, puntapiés y ayunos, le había llevado a través de Francia y España, pegándole siempre y no quitándole nunca el hambre. Llegado a Barcelona, y no pudiendo soportar ya los golpes y el ayuno, reducido a un estado que inspiraba lástima, se escapó de su carcelero y corrió a pedir protección al cónsul de Italia, el cual, compadecido, le había embarcado en aquel bajel, dándole una carta para el alcalde de Génova, que debía enviarlo a sus padres, a los padres que lo habían vendido como vil bestia. El pobre muchacho estaba lacerado y enfermucho. Le habían dado billete de segunda clase. Todos le miraban, algunos le preguntaban; pero él no respondía, y parecía que odiaba a todos: ¡tanto le habían irritado y entristecido las privaciones y los golpes! Al fin tres viajeros, a fuerza de insistencia en sus preguntas, consiguieron hacerle hablar, y en pocas palabras, toscamente dichas, mezcla de español, de francés y de italiano, les contó su historia. No eran italianos aquellos tres viajeros, pero le comprendieron, y parte por compasión y parte por excitación del vino, le dieron algunos cuartos, instándole para que contase más. Habiendo entrado en la cámara en aquel momento algunas señoras, los tres, por darse tono, le dieron aún más dinero, gritando: ‘¡Toma, toma más!’. Y hacían sonar las monedas sobre la mesa. El muchacho las cogió todas, dando las gracias a media voz, con aire malhumorado; pero con una mirada, por primera vez en su vida, sonriente y cariñosa. Después se fué sobre cubierta y permaneció allí solo pensando en las vicisitudes de su vida. Con aquel dinero podía tomar algún buen bocado a bordo, después de dos años que sólo se alimentaba de pan; podía comprarse una chaqueta, apenas desembarcara en Génova, después de dos años que iba vestido en andrajos, y podía también, llevando algo a su casa, tener mejor acogida del padre y de la madre que si hubiera llegado con los bolsillos vacíos. Aquel dinero era para él casi una fortuna, y en esto pensaba, consolándose, asomado a la claraboya, mientras los tres viajeros conversaban sentados a la mesa, en medio de la cámara de segunda clase. Bebían y hablaban de sus viajes y de los países que habían visto, y de conversación en conversación vinieron a hablar de Italia. Empezó uno a quejarse de sus fondas; otro, de sus ferrocarriles, y, después, todos juntos, animándose, hablaron mal de todo. Uno hubiera preferido viajar por la Laponia; otro decía que no había encontrado en Italia más que estafadores y bandidos; el tercero, que los empleados italianos no sabían leer. ‘Un pueblo ignorante’, decía el primero. ‘Sucio’, añadió el segundo. ‘La...’, exclamó el tercero; y quiso decir ladrón, pero no pudo acabar la palabra. Una tempestad de cuartos y de medias pesetas cayó sobre sus cabezas y sobre sus espaldas, y descargó sobre la mesa y sobre el suelo con infernal ruido. Los tres se levantaron furiosamente mirando hacia arriba, y aún recibieron un puñado de cuartos en la cara. ‘Recobrad vuestro dinero--dijo con desprecio el muchacho, asomado a la claraboya--: yo no acepto limosna de quienes insultan a mi patria’.”

[Ilustración]

[Illustration: NOVIEMBRE]

EL DESHOLLINADOR

_1.º de noviembre_

Ayer tarde fuí a la escuela de niñas que está al lado de la nuestra, para darle el cuento del muchacho paduano a la maestra de Silvia, que lo quería leer. ¡Setecientas muchachas hay allí! Cuando llegué, empezaban a salir, todas muy contentas, por las vacaciones de Todos Santos y Difuntos, y ¡qué cosa tan hermosa presencié allí! Frente a la puerta de la escuela, en la otra acera, estaba con un codo apoyado en la pared y con la frente apoyada en la mano, un deshollinador muy pequeño, de cara completamente negra, con su saco y su raspador, que lloraba, sollozando amargamente. Dos o tres muchachas de la segunda sección se le acercaron y le dijeron: “¿Qué tienes, que lloras de esa manera?”. Pero él no respondía y continuaba llorando: “Pero, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?”, repetían las niñas; y entonces él separó el rostro de la mano, un rostro infantil, y dijo gimiendo, que había estado en varias casas a limpiar las chimeneas; que había ganado seis reales y los había perdido porque se le escurrieron por el agujero de un bolsillo roto, y no se atrevía a volver a su casa sin los cuartos. “El amo me pega”, decía sollozando; y volvió a la misma postura que antes tenían, como un desesperado. Las chiquillas se quedaron mirándole muy serias. Entretanto, se habían acercado otras muchachas, grandes y pequeñas, pobres y acomodadas, con sus carteras bajo el brazo; y una de las mayores, que llevaba una pluma azul en el sombrero, sacó del bolsillo diez céntimos y dijo: “No tengo más que esto que ves; hagamos la colecta”. “También tengo yo diez--dijo otra vestida de encarnado--, y podemos, entre todas, reunir hasta lo que falta”. Entonces comenzaron a llamarse: “¡Amalia, Luisa, Anita, eh, cuartos! Tú, ¿quién tiene cuartos? ¡Vengan cuartos!”. Muchas llevaban dinero para comprar flores o cuadernos, y los entregaban en seguida. Algunas más pequeñas sólo pudieron dar céntimos. La de la pluma azul recogía todo y lo contaba en voz alta: “¡Ocho, diez, quince!”; pero hacía falta más. Entonces llegó la mayor de todas, que parecía una maestrita, dió un real y todas le hicieron una ovación. Pero faltaban aún treinta y cinco céntimos. “Ahora vienen las de la cuarta”, dijo una. Las de la clase cuarta llegaron y los cuartos llovieron. Todas se arremolinaban, y era un espectáculo hermoso ver a aquel pobre deshollinador en medio de aquellos vestidos de tantos colores, de todo aquel círculo de plumas, de lazos y de risas. Los seis reales se habían ya reunido, y aun pasaban, y las más pequeñas, que no tenían dinero, se abrían paso entre las mayores llevando sus ramitos de flores, por darle también algo. De allí a un rato acudió la portera gritando: “¡La señora directora!”. Las muchachas escaparon por todos lados como gorriones a la desbandada, y entonces se vió al pobre deshollinador, solo en medio de la calle, enjugándose los ojos, tan contento, con las manos llenas de dinero y ostentando ramitos de flores en los ojales de la chaqueta, en los bolsillos, en el sombrero, y hasta había flores por el suelo rodeando sus pies.

EL DÍA DE DIFUNTOS

_2 de noviembre._--“Este día está consagrado a la conmemoración de los difuntos. ¿Sabes tú, Enrique, a qué muertos debéis consagrar un recuerdo en este día, vosotros los muchachos? A los que murieron por vosotros, por los niños. ¡Cuántos han muerto así y cuántos mueren de continuo! ¿Has pensado alguna vez en cuántos padres han consumido su vida en el trabajo, y cuántas madres han bajado a la tumba antes de tiempo, extenuadas por las privaciones a que se condenaron para sustentar a sus hijos? ¿Sabes cuántos hombres clavaron un puñal en su corazón, por la desesperación de ver a sus propios hijos en la miseria, y cuántas mujeres se suicidaron, murieron de dolor o enloquecieron por haber perdido un hijo? Piensa, Enrique, en este día, en todos estos muertos. Piensa en tantas maestras que fallecieron jóvenes, consumidas de la tisis por las fatigas de la escuela, por amor a los niños, de los cuales no tuvieron valor para separarse; piensa en los médicos que murieron de enfermedades contagiosas, de las que valientemente no se precavían por curar a los niños; piensa en todos aquéllos que en los naufragios, en los incendios, en las hambres, en un momento de supremo peligro, cedieron a la infancia el último pedazo de pan, la última tabla de salvación, la última cuerda para escapar de las llamas, y expiraban satisfechos de su sacrificio, que conserva la vida de un pequeñuelo inocente. Son innumerables, Enrique, estos muertos: todo cementerio encierra centenares de estas santas criaturas, que si pudieran salir un momento de la fosa, dirían el nombre de un niño al cual sacrificaron los placeres de la juventud, la paz de la vejez, los sentimientos, la inteligencia, la vida; esposas de veinte años, hombres en la flor de la edad, ancianos octogenarios, jovencillos--mártires heroicos y obscuros de la infancia--tan grandes y tan nobles, que no produce la tierra flores bastantes para poderlas colocar sobre sus sepulturas. ¡Tanto se quiere a los niños! ¡Piensa hoy con gratitud en estos muertos, y serás mejor y más cariñoso con todos los que te quieren bien y trabajan por ti, querido y afortunado hijo mío, que en el día de los Difuntos no tienes aún que llorar a ninguno!”.

MI AMIGO GARRÓN

_Viernes 4._--¡No han sido más que dos los días de vacaciones, y me parece que he estado tanto tiempo sin ver a Garrón! cuanto más le conozco, más lo quiero, y lo mismo sucede a los demás, exceptuados los arrogantes, aunque a su lado no puede haberlos, porque él siempre los mete en cintura. Cada vez que uno de los mayores levanta la mano sobre un pequeño, grita éste: “¡Garrón!”, y el mayor ya no pega. Su padre es maquinista del ferrocarril: él empezó tarde a ir a la escuela, porque estuvo malo dos años. Cualquier cosa que se le pide, lápiz, goma, papel, cortaplumas, lo presta o da en seguida; no habla ni ríe en la escuela; está siempre inmóvil en su banco, demasiado estrecho para él, con la espalda agachada y la cabeza metida entre los hombros; y cuando lo miro me dirige una sonrisa, con los ojos entornados, como diciendo: “Y bien, Enrique, ¿somos amigos?”. Da risa verle, tan alto y grueso, con su chaqueta, pantalones, mangas y todo demasiado estrecho y excesivamente corto; un sombrero que no le cubre la cabeza, el pelo rapado, las botas grandes y una corbata siempre arrollada como una cuerda. ¡Querido Garrón! Basta ver una vez su cara para tomarle cariño. Todos los más pequeños quisieran tenerlo por vecino de banco. Sabe muy bien la Aritmética. Lleva los libros atados con una correa de cuero encarnado. Tiene un cuchillo con mango de concha, que encontró el año pasado en la plaza de armas, y un día se cortó un dedo hasta el hueso, pero ninguno se lo notó en la escuela, ni tampoco rechistó en su casa por no asustar a sus padres. Deja que le digan cualquier cosa por broma, y nunca lo toma a mal; pero ¡ay del que le diga “no es verdad” cuando afirma una cosa! Sus ojos echan chispas entonces, y pega puñetazos capaces de partir el banco. El sábado por la mañana dió cinco céntimos a uno de la clase primera superior, que lloraba en medio de la calle porque le habían quitado el dinero y no podía ya comprar el cuaderno. Hace ocho días que está trabajando en una carta de ocho páginas, con dibujos a pluma en los márgenes, para el día del santo de su madre, que viene a menudo a buscarle, y es alta y gruesa como él. El maestro está siempre mirándolo, y cada vez que pasa a su lado, le da palmaditas en el cuello cariñosamente. Yo le quiero mucho. Estoy contento cuando estrecho en mi mano la suya, grande como la de un hombre. Estoy seguro de que arriesgaría su vida por salvar la de un compañero, y hasta que se dejaría matar por defenderlo; se ve tan claro en sus ojos y se oye con tanto gusto el murmullo de aquella voz, que se conoce viene de un corazón noble y generoso.

EL CARBONERO Y EL SEÑOR

_Lunes 7._--No hubiera dicho nunca Garrón, seguramente, lo que dijo ayer por la mañana Carlos Nobis a Beti. Carlos es muy orgulloso, porque su padre es un gran señor: un señor alto, con barba negra, muy serio, que va casi todos los días para acompañar a su hijo. Ayer por la mañana Nobis se peleó con Beti, uno de los más pequeños, hijo de un carbonero, y no sabiendo ya qué replicarle porque no tenía razón, le dijo alto: “Tu padre es un andrajoso”. Beti se puso muy encarnado y no dijo nada; pero se le saltaron las lágrimas, y cuando fué a su casa se lo contó a su padre, y el carbonero, hombre pequeño y muy negro, fué a la lección de la tarde con el muchacho de la mano, a dar las quejas al maestro. Mientras las daba, y como todos estábamos callados, el padre de Nobis, que le estaba quitando la capa a su hijo, como acostumbra, desde el umbral de la puerta, oyó pronunciar su nombre y entró a pedir explicaciones. Es este señor--respondió el maestro--que ha venido a quejarse porque su hijo de usted, Carlos, dijo a su niño: “Tu padre es un andrajoso”.

El padre de Nobis arrugó la frente y se puso algo encarnado. Después preguntó a su hijo: “¿Has dicho esa palabra?”.

El hijo, de pie, en medio de la escuela, con la cabeza baja delante del pequeño Beti, no respondió. Entonces el padre lo agarró de un brazo, le hizo avanzar más enfrente de Beti, hasta el punto de que casi se tocaban, y le dijo: “Pídele perdón”.

El carbonero quiso interponerse, diciendo: “No, no”; pero el señor no lo consintió, y volvió a decir a su hijo: “Pídele perdón. Repite mis palabras: Yo te pido perdón de la palabra injuriosa, insensata, innoble que dije contra tu padre, al cual el mío tiene mucho honor en estrechar su mano”.

El carbonero hizo ademán resuelto de decir: “No quiero”. El señor no lo consintió, y su hijo dijo lentamente, con voz cortada, sin alzar los ojos del suelo: “¡Yo te pido perdón... de la palabra injuriosa... insensata... innoble, que dije contra tu padre, al cual el mío... tiene mucho honor en estrechar su mano!”. Entonces el señor dió la mano al carbonero, que se la estrechó con fuerza; y después, de un empujón repentino, echó a su hijo entre los brazos de Carlos Nobis. “Hágame el favor de ponerlos juntos”, dijo el caballero al maestro. Éste puso a Beti en el banco de Nobis. Cuando estuvieron en su sitio, el padre de Carlos saludó y salió.

El carbonero se quedó un momento pensativo, mirando a los dos muchachos reunidos; después se acercó al banco y miró a Nobis con expresión de cariño y de remordimiento, como si quisiera decirle algo; pero no le dijo nada; alargó la mano para hacerle una caricia: pero tampoco se atrevió, contentándose con tocarle la frente con sus toscos dedos. Después se acercó a la puerta y, volviéndose aún una vez más para mirarlo, desapareció. “Acordaos bien de lo que habéis visto--dijo el maestro--; ésta es la mejor lección del año”.

LA MAESTRA DE MI HERMANO

_Jueves 10._--El hijo del carbonero fué alumno de la maestra Delcato, que ha venido hoy a ver a mi hermano, enfermo, y nos ha hecho reír contándole que la mamá de aquel niño, hace dos años, le llevó a su casa una gran espuerta de carbón, en agradecimiento a que le había dado una medalla a su hijo, y porfiaba la pobre mujer porque no quería llevarse el carbón a su casa, y casi lloraba cuando tuvo que volverse con la espuerta llena. Nos ha dicho también que otra pobre mujer le llevó un ramo de flores muy pesado, y que tenía adentro un paquete de cuartos. Nos hemos entretenido mucho oyéndola, y gracias a ella tragó mi hermano una medicina que al principio no quería. ¡Cuánta paciencia deben tener con los niños de la primera enseñanza elemental, sin dientes, como los viejos, que no pronuncian la _erre_ ni la _ese_; ya tose uno, ya otro echa sangre por las narices, uno pierde los zapatos debajo del banco, otro chilla porque se ha pinchado con la pluma, y llora aquél porque ha comprado una plana de segunda por una de primera! ¡Reunir cincuenta en la clase, con aquellas manecitas de manteca, y tener que enseñar a escribir a todos! Ellos llevan en los bolsillos terrones de azúcar, botones, tapones de botella, ladrillo hecho polvo, toda clase de menudencias, que la maestra les busca; pero que esconden hasta en el calzado. Y nunca están atentos; un moscardón que entre por las ventanas les pone a todos sobre sí; en el verano llevan a la escuela ciertos insectos que echan a volar, y que caen en los tinteros y que después salpican de tinta las planas. La maestra tiene que hacer de mamá con ellos, ayudarlos a vestir, cortarles las uñas, recoger las gorras que tiran, cuidar de que no cambien los abrigos, porque si no, después rabian y chillan. ¡Pobres maestras! ¡Y aún van las mamás a quejarse! “¿Cómo es, señora, que mi niño ha perdido su pluma?”. “¿Cómo es que el mío no aprende nada?”. “¿Por qué no da un premio al mío, que sabe tanto?”. “¿Por qué no hace quitar del banco aquel clavo que ha roto los pantalones de mi Pedro?”. Alguna vez se incomoda con los muchachos la maestra de mi hermano, y cuando no puede más, se muerde las uñas por no pegar un cachete; pierde la paciencia; pero después se arrepiente y acaricia al niño a quien ha regañado; echa a un pequeñuelo de la escuela, pero saliéndosele las lágrimas, y desahoga su cólera con los padres que privan de la comida a los niños por castigo. Es joven y alta la maestra Delcato; viste bien; es morena y viva, y lo hace todo como movida por un resorte; se conmueve por cualquier cosa, y habla entonces con mucha ternura. “Mas, al menos, ¿la quieren los niños?”, le preguntó mi madre. “Mucho--respondió--; pero después, concluido el curso, la mayor parte ni me miran. Cuando están con los profesores, casi se avergüenzan de haber estado conmigo, con una maestra. Después de dos años de cuidados, después que se ha querido tanto a un niño, nos entristece separarnos de él, pero se dice uno ‘¡Oh, desde ahora en adelante me querrá mucho!’. Pero pasan las vacaciones, vuelve a la escuela, corremos a su encuentro. ‘¡Oh, hijo mío!’. Y vuelve la cabeza al otro lado”. Al decir esto la maestra, se detiene. “Pero tú no lo harás así, hermoso--dice después mirando fijamente a mi hermano y besándole--; tú no volverás la cabeza a otro lado, ¿no es verdad?; no renegarás de tu pobre amiga”.

MI MADRE

_Jueves, 10 de noviembre._--“¡En presencia de la maestra de tu hermano faltaste al respeto de tu madre! ¡Que esto no suceda más, Enrique mío! Tu palabra irreverente se me ha clavado en el corazón como un dardo. Piensa en tu madre, cuando años atrás estaba inclinada toda la noche sobre tu cama, midiendo tu respiración, llorando lágrimas de angustia y apretando los dientes de terror, porque creía perderte y temía que le faltara la razón; y con este pensamiento experimentarás cierta especie de terror hacia ti, ¡Tú ofender a tu madre, a tu madre, que daría un año de felicidad por quitarte una hora de dolor, que pediría limosna por ti, que se dejaría matar por salvar tu vida! Oye, Enrique mío: fija bien en la mente este pensamiento. Considera que te esperan en la vida muchos días terribles; pues el más terrible de todos será el día en que pierdas a tu madre. Mil veces, Enrique, cuando ya seas hombre fuerte y probado en toda clase de contrariedades, tú la invocarás, oprimido tu corazón de un deseo inmenso de volver a oír su voz y de volver a sus brazos abiertos para arrojarte en ellos sollozando, como pobre niño sin protección y sin consuelo. ¡Cómo te acordarás entonces de toda amargura que le hayas causado, y con qué remordimiento, desgraciado, las contarás todas! No esperes tranquilidad en tu vida, si has contristado a tu madre. Tú te arrepentirás, le pedirás perdón, venerarás su memoria inútilmente; la conciencia no te dejará vivir en paz; aquella imagen dulce y buena tendrá siempre para ti una expresión de tristeza y reconvención que pondrá tu alma en tortura. ¡Oh, Enrique, mucho cuidado! Éste es el más sagrado de los humanos afectos. ¡Desgraciado del que lo profane! El asesino que respeta a su madre, aún tiene algo de honrado y algo noble en su corazón; el mejor de los hombres que le hace sufrir o la ofende, no es más que miserable criatura. Que no salga nunca de tu boca una palabra dura para la que te ha dado el ser. Y si alguna se te escapa, no sea el temor a tu padre, sino un impulso del alma lo que te haga arrojarte a sus pies, suplicándole que con el beso del perdón borre de tu frente la mancha de la ingratitud. Yo te quiero, hijo mío; tú eres la esperanza más querida de mi vida; pero mejor quiero verte muerto, que saber eres ingrato con tu madre. Vete, y por un poco de tiempo no me hagas caricias; no podría devolvértelas con cariño.--_Tu padre_”.

EL COMPAÑERO CORETA

_Domingo 13._--Mi padre me perdonó; pero me quedé un poco triste, y mi madre me mandó a dar un paseo con el hijo mayor del portero. A mitad del paseo, pasando junto a un carro, parado delante de una tienda, oigo que me llaman por mi nombre, y vuelvo. Era Coreta, mi compañero, con su chaqueta de punto color de chocolate, y su gorra de piel, sudando y alegre, que tenía una gran carga de leña sobre sus espaldas. Un hombre, de pie en el carro, le echaba una brazada de leña cada vez, él la cogía y la llevaba a la tienda de su padre, donde de prisa y corriendo la amontonaba. “¿Qué haces, Coreta?”, le pregunté. “¿No lo ves?--respondió tendiendo los brazos para coger la carga--; repaso la lección”. Me reí. Pero él hablaba en serio, y después de coger la brazada de leña, empezó a decir corriendo: “_Llámanse accidentes del verbo... sus variaciones, según el número..., según el número y la persona_...”. Y después, echando la leña y amontonándola: “_según el tiempo..., según el tiempo a que se refiere la acción_...” Y volviéndose al carro a tomar otra brazada: “_según el modo con que la acción se enuncia_”.