Chapter 17 of 24 · 3405 words · ~17 min read

Part 17

_Sábado 29._--Garrón vino también hoy por la mañana a la escuela; estaba pálido y tenía los ojos hinchados por el llanto; apenas miró los regalillos que le habíamos puesto sobre el banco para consolarle. El maestro había llevado, sin embargo, una página de un libro de lectura para reanimarle. Primero nos advirtió que fuésemos todos mañana a las doce al Ayuntamiento, para ver dar la medalla del valor a un muchacho que ha salvado a un niño en el Po, y que el lunes nos dictaría él la descripción de la fiesta, en vez del cuento mensual. Luego, volviéndose a Garrón, que estaba con la cabeza baja, le dijo: “Garrón, haz un esfuerzo y escribe tú también lo que voy a dictar”. Todos cogimos la pluma. El maestro dictó: “José Mazzini, nació en Génova en 1805, murió en Pisa en 1872; patriota de alma grande, escritor de preclaro ingenio, inspirador y primer apóstol de nuestra revolución italiana, por amor a la patria vivió cuarenta años pobre, desterrado, perseguido, errante, con heroica fidelidad a sus principios y a sus propósitos. José Mazzini, que adoraba a su madre, y que había heredado de ella todo lo que en su alma fortísima y noble había de más elevado y puro, escribía así a un fiel amigo suyo para consolarle de la mayor de las desventuras. Poco más o menos he aquí sus palabras: ‘Amigo: No, no verás nunca a tu madre sobre esta tierra. Ésta es la tremenda verdad. No voy a verte, porque el tuyo es de aquellos dolores solemnes y santos que es necesario sufrir y vencer cada cual por sí mismo. ¿Comprendes lo que quiero decir con estas palabras? _¡Es preciso vencer el dolor!_ Vencer lo que el dolor tiene de menos santo, de menos purificante; lo que, en vez de mejorar el alma, la debilita y la rebaja. Pero la otra parte del dolor, la parte noble, la que engrandece y levanta el espíritu, ésta debe permanecer contigo y no abandonarte jamás. Aquí abajo nada substituye a una buena madre. En los dolores, en los consuelos que todavía puede darte la vida, tú no la olvidarás jamás. Pero debes recordarla, amarla, entristecerte por su muerte de un modo que sea digno de ella. ¡Oh, amigo, escúchame! La muerte no existe, no es nada. Ni siquiera se puede comprender. La vida es vida, y sigue la ley de la existencia: el progreso. Tenías ayer una madre en la tierra: hoy tienes un ángel en otra parte. Todo lo que es bueno sobrevive con mayor potencia a la vida eterna. Por consiguiente, también el amor de tu madre. Ella te quiere ahora más que nunca, y tú eres responsable de tus actos ante ella más que antes. De ti depende, de tus obras, el encontrarla, el volverla a ver en otra vida. Debes, por tanto, por amor y reverencia a tu madre, llegar a ser mejor y que goce de ti, de tu conducta. Tú, en adelante, deberás en todo acto tuyo decirte a ti mismo: ‘¿Lo aprobaría mi madre?’. Su transformación ha puesto para ti en el mundo un ángel custodio, al cual debes referir todas las cosas. Sé fuerte y bueno; resiste el dolor desesperado y vulgar; ten la tranquilidad de los grandes sufrimientos en las grandes almas; esto es lo que ella quiere’.

“¡Garrón!--añadió el maestro--: _sé fuerte y está tranquilo_; esto es lo que ella quiere. ¿Comprendes?”.

Garrón indicó que sí con la cabeza; pero gruesas y abundantes lágrimas le caían sobre las manos, sobre el cuaderno, sobre el banco.

[Ilustración]

VALOR CÍVICO

(CUENTO MENSUAL)

A medio día estábamos con el maestro ante el palacio municipal, para presenciar la entrega de la medalla del valor cívico al chico que salvó a un compañero suyo en el Po.

Sobre la terraza de la fachada ondeaba la bandera tricolor.

Entramos en el patio.

Ya estaba lleno de gente. Se veía allí, en el fondo, una mesa con tapete encarnado y encima varios papeles, y detrás una fila de sillones dorados para el alcalde y la Junta, varios ujieres del Ayuntamiento estaban de pie alrededor del estrado con sus dalmáticas azules y sus calzas blancas. A la derecha del patio había formado un piquete de guardias municipales, todos los cuales se hallaban condecorados con muchas y distintas cruces, y al lado otro piquete de carabineros; en la parte opuesta, los bomberos con uniforme de gala y muchos soldados sin formar, que habían venido a presenciar la ceremonia, de caballería, infantería, cazadores y artillería: de todas las armas, en fin. Y, por último, alrededor, caballeros, gente del pueblo, oficiales, mujeres y niños que se apretaban: un gentío inmenso. Nos arrinconamos en un ángulo del patio.

Alumnos de otras escuelas estaban con sus maestros, y había cerca de nosotros un grupo de muchachos del pueblo de diez a dieciocho años, que reían y hablaban recio, y se comprendía que eran todos del barrio del Po, compañeros o conocidos del que debía recibir la medalla. Arriba, en todas las ventanas, estaban asomados los empleados del Ayuntamiento; la galería de la biblioteca también estaba llena de gente, que se apiñaba contra la balaustrada, y en la del lado opuesto, que está sobre la puerta de entrada, se agolpaba gran número de muchachos de las escuelas públicas, y muchas _huérfanas de militares_, con sus graciosos velos celestes. Parecía un teatro. Todos discurrían alegremente, mirando de vez en cuando el sitio donde estaba la mesa encarnada, a ver si se presentaba alguno. La banda de música se oía a lo lejos, en el fondo del pórtico. Las paredes resplandecían con el sol. Estaba aquello muy hermoso.

De pronto todos empezaron a aplaudir; en los patios, en las galerías, en las ventanas.

Yo, para ver, tuve que empinarme.

La multitud que estaba detrás de la mesa encarnada había abierto paso, y se pusieron delante un hombre y una mujer. El hombre llevaba de la mano a un niño.

Era el que había salvado al compañero.

El hombre era su padre: un albañil vestido de día de fiesta. La mujer, su madre, pequeña y rubia, estaba vestida de negro. El muchacho, también rubio y pequeño, tenía una chaqueta gris.

Al ver toda aquella gente y oír aquel ruido de aplausos, se quedaron los tres tan sorprendidos, que no se atrevían a mirar ni a moverse. Un guardia municipal les empujó al lado de la mesa, a la derecha.

Todos callaron un momento, y después resonaron de nuevo los aplausos por todos lados. El muchacho miró hacia arriba, hacia las ventanas, y luego a la galería de las _huérfanas de los militares_; tenía el sombrero en la mano y parecía que no sabía bien en dónde estaba. Me pareció que le daba cierto aire a Coreta en la cara, pero era más sonrosado. Su padre y su madre no apartaban los ojos de la mesa.

Entretanto, todos los muchachos del barrio del Po, que estaban cerca de nosotros, pasaron delante y le hacían señas a su compañero, para hacerse ver, llamándole en voz baja. A fuerza de llamarle se hicieron oír. El muchacho les miró y se cubrió la boca con el sombrero para ocultar una sonrisa.

En un momento dado, todos los guardias se cuadraron.

Entró el alcalde acompañado de muchos señores.

El alcalde, que tenía el pelo cano y llevaba una faja tricolor, se puso de pie junto a la mesa; los demás, detrás y a los lados.

Cesó de tocar la banda, hizo el alcalde una señal y callaron todos.

Empezó a hablar. Sus primeras frases no las oí bien; pero comprendí que estaba contando la hazaña del muchacho. Después levantó la voz, y se esparció tan clara y sonora por todo el patio, que no perdí ya ni palabra--“...Cuando vió desde la orilla al compañero que se revolvía en el río, presa ya del terror de la muerte, se quitó la ropa y acudió sin titubear un momento. Le gritaron: ‘¡Que te ahogas!’. ‘No’, respondió; lo agarraron y se soltó; lo llamaron, y ya estaba en el agua. El río iba muy crecido, y el riesgo era terrible hasta para un hombre. Pero él desafió la muerte con toda la fuerza de su pequeño cuerpo y de su gran corazón; alcanzó y agarró a tiempo al desgraciado, que estaba ya bajo el agua, y lo sacó a flote; luchó furiosamente con las ondas, que lo querían envolver, y con el compañero, que se le enroscaba; varias veces desapareció bajo la superficie y volvió a salir fuera, haciendo esfuerzos desesperados, obstinados, y decidido en su santo propósito, no como un niño que quiere salvar a otro, sino como un hombre, como un padre que lucha por salvar a su hijo, que es su esperanza y su vida. En fin, Dios no permitió que fuese inútil hazaña tan generosa. El pequeño nadador arrebató su presa al gigante río y lo sacó a tierra, y aun le prestó, con los demás, los primeros auxilios; después de lo cual se volvió a su casa, sereno y tranquilo, a contar sencillamente el suceso. Señores: hermoso, admirable es el heroísmo de un hombre; pero en el niño, en el cual no es posible aún ninguna mira de ambición o de otro interés; en el niño, que debe tener tanto más arrojo cuando menos fuerza tiene; en el niño, en el cual nada pedimos, que en nada es temido, que ya nos parece tan noble y digno de ser amado, no ya cuando cumple, sino sólo cuando comprende y reconoce el sacrificio de otro; en el niño el heroísmo es divino. No diré más, señores. No quiero adornar con elogios superfluos una grandeza tan sublime. He aquí delante de vosotros el salvador, noble y generoso. Soldados, saludadlo como a un hermano; madres, bendecidlo como a un hijo; niños, recordad su nombre; estampad su rostro en vuestra memoria, que no se borre ya de vuestra mente ni de vuestro corazón. Acércate, muchacho. En nombre del rey de Italia te doy la cruz de Beneficencia”. Un viva atronador, lanzado a la vez por multitud de voces, atronó el palacio.

El alcalde tomó la condecoración de la mesa y la puso en el pecho del muchacho. Después lo abrazó y lo besó.

La madre se llevó la mano a los ojos; el padre tenía la barba en el pecho.

El alcalde estrechó la mano a los dos; y cogiendo la orden de concesión de la cruz, atada con una cinta, se la dió a la madre.

Después se volvió al muchacho y le dijo: “Que el recuerdo de este día, tan glorioso para ti, tan feliz para tus padres, te sostenga toda la vida en el camino de la virtud y del honor. ¡Adiós!”. El alcalde salió; tocó la banda, y todo parecía concluido cuando de las filas de la multitud salió un muchacho de ocho a nueve años, impulsado por una señora que se escondió en seguida, y se lanzó al condecorado, dejándose caer en sus brazos.

Otro rumor de vivas y aplausos hizo atronar el patio; todos comprendieron desde luego que era el muchacho salvado en el Po el que acababa de dar las gracias a su salvador. Después de haberlo besado, se le agarró a un brazo para acompañarlo fuera. Ellos dos primeros, y el padre y la madre detrás, se dirigieron hacia la salida, pasando con trabajo por entre la gente, que les hacía calle, confundiéndose guardias, niños, soldados y mujeres. Todos se echaban hacia adelante y se empinaban para ver al muchacho. Los que estaban más cerca, le daban la mano. Cuando pasó por delante de los niños de la escuela, todos echaron sus sombreros por el aire. Los del barrio del Po prorrumpieron en grandes aclamaciones, agarrándole por los brazos y por la chaqueta gritando “¡Viva Pinot! ¡Bravo, Pinot!”. Yo lo vi pasar muy cerca. Iba muy encarnado y contento; la cruz tenía la cinta blanca, roja y verde. Su madre lloraba y reía; su padre se retorcía el bigote con una mano, que le temblaba mucho, como si tuviese calentura. Arriba, por las ventanas y galerías, seguían asomándose y aplaudiendo. De pronto, cuando iban a entrar bajo el pórtico, cayó de la galería de las _huérfanas de los militares_ una verdadera lluvia de pensamientos, de ramitos de violetas y margaritas, que daban en la cabeza del muchacho, en la de sus padres y en el suelo. Muchos se bajaban a recogerlos y se los alargaban a la madre. Y a lo lejos, en el fondo del patio, se oía la banda que tocaba un aire precioso que parecía el canto de otras tantas voces argentinas que se alejaban lentamente por orillas del río.

[Ilustración]

[Illustration: MAYO]

LOS NIÑOS RAQUÍTICOS

_Viernes 5_

Hoy he estado de vacación porque no me encontraba bien, y mi madre me ha llevado al Instituto de los Niños Raquíticos, donde ha ido a recomendar una niña del portero; pero no me ha dejado entrar en la escuela... “¿No has comprendido, Enrique, por qué no te he dejado entrar? Para no presentar delante de aquellos desgraciados, en medio de la escuela, casi como de muestra, un muchacho sano y robusto; ¡demasiadas ocasiones tienen ya de encontrarse en dolorosos parangones! ¡Qué cosa tan triste! El llanto me sube del corazón al entrar allí dentro. Habría unos sesenta entre niños y niñas. ¡Pobres huesos torturados! ¡Pobres manos, pobres pies encogidos y crispados! ¡Pobres cuerpecillos contrahechos! Pronto se observan muchas caras graciosas, ojos llenos de inteligencia y de cariño; había una carita de niña, con la nariz afilada y la barba puntiaguda, que parecía una viejecilla; pero tenía una sonrisa de celestial dulzura. Algunos, vistos por delante, eran hermosos y parecía que no tenían defecto; pero se volvían..., y angustiaban el corazón. Allí estaba el médico que los visitaba. Los ponía de pie sobre los bancos, y les levantaba los vestidos para tocarles los vientres hinchados y las abultadas articulaciones; pero no se avergonzaban nada las pobres criaturas: se veía que eran niños acostumbrados a ser desnudados, examinados y vistos por todas partes. Y eso que ahora están en el período mejor de su enfermedad, y ya casi no sufren. Pero ¿quién puede pensar lo que sufrieron cuando empezó su cuerpo a deformarse; cuando, al crecer su enfermedad, veían disminuir el cariño en torno suyo, pobres niños a quienes se dejaba solos horas y horas en el rincón de una habitación o de un patio, mal alimentados, escarnecidos a veces y atormentados meses enteros con vendajes y aparatos ortopédicos, muchas veces inútiles? Ahora, en cambio, gracias a las curas, a la buena alimentación y la gimnasia, muchos se mejoran. La maestra les obligó a hacer gimnasia. Daba lástima verlos extender sobre los bancos, al oír ciertas voces, todas aquellas piernas fajadas, comprimidas entre los aparatos, nudosas, deformes; piernas que se hubieran cubierto de besos! Algunos no podían levantarse del banco, y permanecían allí con la cabeza apoyada en el brazo, acariciando las muletas con la mano; otros, al mover los brazos, sentían que les faltaba la respiración y volvían a sentarse, pálidos, pero sonriendo para disimular su fatiga. ¡Ah, Enrique! ¡Vosotros que apreciáis la salud y os parece muy poca cosa el estar bien! Yo pensaba en los muchachos hermosos, fuertes y robustos que las madres llevan a paseo como en triunfo, orgullosas de su belleza; y hubiera agarrado todas aquellas cabezas y las hubiera estrechado sobre mi corazón, desesperadamente; hubiera dicho, si hubiese estado sola: ‘No me muevo ya de aquí; quiero consagraros la vida, serviros, hacer de madre para con vosotros, hasta el último día de mi vida...’. Y entretanto cantaban; cantaban con ciertas vocecillas delicadas, dulces, tristes, que llegaban al alma; y habiéndoles elogiado la maestra, los pobrecillos se pusieron tan contentos, y mientras pasaba por entre los bancos le besaban las manos y los brazos, porque sienten mucha gratitud hacia el que les hace el bien, y son muy cariñosos. También tienen talento y estudian aquellos angelitos, según me dijo la maestra. La maestra es joven y agraciada; en su rostro, lleno de bondad, se adivina cierta expresión de tristeza, reflejo de las desventuras que acaricia y consuela. ¡Pobre niña! Entre todas las criaturas humanas que se ganan la vida con su trabajo, no hay ninguna que se lo gane más santamente que tú, hija mía.--_Tu madre_”.

SACRIFICIO

_Martes 9._--Mi madre es buena, y mi hermana Silvia es como ella: tiene su mismo corazón noble y generoso. Estaba yo copiando anoche una parte del cuento mensual _De los Apeninos a los Andes_, que el maestro nos ha dado a copiar a todos, por partes, porque es muy largo, cuando Silvia entró de puntillas, corriendo y bajito: “Ven conmigo donde está mamá. Los he oído esta mañana discurriendo preocupados: a papá le ha salido mal un negocio; estaba abatido, y mamá le animaba; estamos en la escasez, ¿comprendes? No hay ya dinero. Papá decía que es menester hacer sacrificios para salir adelante. Necesario, es, pues, que nosotros nos sacrifiquemos también, ¿no es verdad? ¿Estás dispuesto? Bueno; hablo con mamá, tú indicas tu conformidad, y prométemelo, bajo palabra de honor, que harás todo lo que yo diga”. Dicho esto, me cogió de la mano y me llevó adonde estaba mamá, a quien vimos coser, muy pensativa; me senté en un lado del sofá, Silvia en el otro, y dijo de pronto: “Oye, mamá: tengo que hablarte. Tenemos que hablarte los dos”. Mamá nos miró admirada, y Silvia empezó: “Papá no tiene dinero, ¿no es verdad?”. “¿Qué dices?--replicó mamá sonrojándose--; ¡no es verdad! ¿Qué sabes tú? ¿Quién te lo ha dicho?”. “Lo sé--dijo Silvia con resolución--. Y bien, oye, mamá: tenemos que hacer sacrificios también nosotros. Tú me habías prometido un abanico para fin de mayo, y Enrique esperaba su caja de pinturas; no queremos ya nada; no queremos que se gaste dinero, y estaremos tan contentos; ¿has comprendido?”. La mamá intentó hablar pero Silvia dijo: “No, tiene que ser así. Lo hemos decidido, y hasta que papá tenga dinero no queremos ya fruta ni otras cosas; nos bastará con el cocido, y por la mañana, en la escuela, comeremos pan. Así se gastará menos en la mesa, que ya gastamos demasiado, y te prometemos que nos verás siempre alegres como antes. ¿No es verdad, Enrique?”. Yo respondí que sí. “Siempre contentos como antes--repitió Silvia, tapándole la boca a mamá con la mano--; y si hay otro sacrificio que hacer, en el vestir o en cualquier cosa, lo haremos gustosos, y hasta venderemos nuestros regalos. Yo doy todas mis cosas; te serviré de criada; no daremos ya nada a coser fuera de casa; trabajaré contigo todo el día; haré todo lo que quieras; estoy dispuesta a todo, a todo--exclamó echando los brazos al cuello de mi madre--, para que papá y mamá no tengan ya disgustos, para que vuelva a veros tranquilos a los dos, de buen humor, como antes, en medio de vuestro Enrique y vuestra Silvia, que os quieren tanto, que darían su vida por vosotros”. ¡Ah! yo no he visto nunca a mi madre tan contenta como al oír aquellas palabras. No nos ha besado nunca como entonces, llorando y riendo sin poder hablar. Después aseguró a Silvia que había entendido mal; que no estábamos, por fortuna, tan apurados como ella creía, y nos dió mil veces las gracias, estando alegre toda la noche, hasta que volvió mi padre, a quien se lo contó todo. Él no abrió la boca. ¡Pobre padre mío! Pero esta mañana, sentados a la mesa, experimenté al mismo tiempo un gran placer y un gran disgusto. Yo encontré bajo mi servilleta mi caja de pinturas y Silvia se encontró su abanico.

EL INCENDIO[1]

_Jueves 11._--Esta mañana había yo concluido de copiar mi parte del cuento _De los Apeninos a los Andes_, y estaba buscando un tema para la composición libre que nos manda hacer el maestro, cuando oí un griterío desacostumbrado por la escalera. Poco después entraban en casa los bomberos, los cuales pidieron permiso a mi padre para examinar las chimeneas y las estufas, porque se veía humo por los tejados y no se sabía dónde era. Mi padre les autorizó, y aunque no teníamos fuego encendido en ninguna parte, comenzaron a andar por las habitaciones y a aplicar el oído a las paredes para oír si hacía ruido el fuego dentro de los cañones que comunicaban con las chimeneas de la casa.