Chapter 13 of 24 · 3735 words · ~19 min read

Part 13

_Lunes 6._--Esta mañana estaba el grueso padre de Estardo esperando a su hijo, temiendo que se encontrase a Franti de nuevo; pero Franti dicen que no volverá más, porque lo meterán a la cárcel. Había muchos padres esta mañana. Entre otros se hallaba el revendedor de leña, el padre de Coreta, que es el retrato de su hijo: esbelto, alegre, con sus bigotes aguzados y un lacito de dos colores en el ojal de la chaqueta. Ya conozco a casi todos los padres de los muchachos de verlos siempre allí. Hay una abuela encorvada con capa blanca, que aunque llueva, nieve o truene, viene siempre cuatro veces al día a traer o llevarse un nietecillo suyo, que va a la clase de primaria superior, y a quien quita el capote, se lo vuelve a poner a la salida, le arregla la corbata, le sacude el polvo, le atusa, le mira los cuadernos: ¡se comprende que no tiene otro pensamiento y que no encuentra nada más hermoso en el mundo! Viene a menudo también el capitán de artillería, padre de Roberto, el niño de las muletas, aquél que salvó a otro niño de un ómnibus: y así como todos los compañeros de su hijo, al pasar por su lado le hacen una caricia, el padre devuelve la caricia o el saludo sin olvidarse de nadie; a todos se dirige, y cuanto más pobres y peor vestidos van, con mayor alegría se las agradece. A veces también se ven cosas tristes; un caballero que no venía ya, porque hacía un mes se le había muerto un hijo y mandaba a la portera a recoger a otro, volvió ayer por primera vez, y al ver la clase y a los compañeros de su pequeñuelo muerto, se metió en un rincón y prorrumpió en sollozos, tapándose la cara con las manos; el director lo cogió del brazo y lo llevó a su despacho. Hay padres y madres que conocen por su nombre a todos los compañeros de sus hijos, muchachas de la escuela inmediata y alumnos del Instituto, que vienen a esperar a sus hermanos. Suele venir también un señor ya viejo, que era coronel; y cuando algún muchacho deja caer un cuaderno o pluma en medio de la calle, él lo recoge. No faltan tampoco señoras elegantes que hablan de cosas de la escuela con pobres mujeres de pañuelo a la cabeza y cesta al brazo, diciendo: “¡Ah! ¡Ha sido terrible esta vez el problema! Esta mañana tenían una lección de Gramática que no se acaba nunca”. Si hay un enfermo en una clase, todas lo saben; y cuando está mejor, todas se alegran. Precisamente esta mañana había ocho o diez señoras y artesanos que rodeaban a la madre de Crosi, la verdulera, para preguntarle noticias de un pobre niño de la clase de mi hermano que vive en su patio y está en peligro de muerte. Parece que la escuela hace a todos iguales, y amigos a todos.

EL NÚMERO 78

_Miércoles 8._--Ayer tarde presencié una escena conmovedora. Varios días hacía que la verdulera, siempre que Deroso pasaba a su lado, lo miraba y remiraba con una expresión de afecto muy grande, porque Deroso, después de hacer el descubrimiento del tintero del presidario número 78, ha tomado cariño a Crosi, su hijo, el de los cabellos rojos, el del brazo paralítico; le ayuda a hacer los trabajos en la escuela, le indica las respuestas, le da papel, plumas y lápiz; en suma: le trata como a un hermano, como para compensarle de aquella desgracia de su padre, que le ha cabido en suerte y que él no conoce. Habían pasado varios días en que la verdulera miraba a Deroso, pareciendo querérselo comer con los ojos, porque es una buena mujer que no vive más que para su hijo, y como Deroso es el que le ayuda, y gracias a él hace buen papel en la escuela, siendo Deroso un señor y el primero de la clase, le parece a ella un rey, un santo. Sus ojos daban a entender que quería decirle algo, pero le daba vergüenza. Ayer mañana, por último, se armó de valor, y le detuvo delante de una puerta: “Dispénseme, señorito: usted, que es tan bueno y quiere tanto a mi hijo, hágame el favor de aceptar este pequeño recuerdo de una pobre madre”; y sacó de su cesta de verdura una cajita de cartón blanca y dorada. Deroso se puso como la grana, y la rechazó, diciendo amable, pero resuelto: “Désela usted a su hijo... no acepto nada”. La mujer quedó contrariada y pidió perdón, balbuceando: “No creía ofenderlo... ¡Si no son más que caramelos!”. Pero Deroso repitió la negativa, meneando la cabeza. Entonces ella sacó tímidamente de la cesta un manojo de rabanillos, y le dijo: “Acepte al menos éstos, que son frescos, para llevárselos a su madre”. Deroso sonrió, contestando: “No, gracias, no quiero nada; haré siempre lo que pueda por Crosi, pero no debo aceptar nada; gracias de todos modos”. “Pero ¿no se ha ofendido usted?”, preguntó la pobre mujer con ansiedad. Deroso le dijo sonriendo: “¡Bah! No”; y se fué, mientras ella exclamaba con alegría: “¡Oh! ¡Qué muchacho tan bueno! ¡Nunca he visto otro tan guapo!”. Todo parecía concluido; pero he aquí por la tarde, a las cuatro, en lugar de la madre de Crosi se le acerca el padre, con su cara mortecina y melancólica. Detuvo a Deroso, y en la manera de mirarlo se comprendía en seguida su sospecha de que Deroso conociese su secreto; lo miró fijamente, diciéndole con voz triste y afectuosa: “Usted quiere mucho a mi hijo... ¿por qué le quiere tanto?”. Deroso se puso encendido. Hubiera querido responder: “Lo quiero tanto porque ha sido desgraciado; porque también usted, su padre, ha sido más desgraciado que culpable, expiando noblemente su delito, siendo un hombre de corazón”. Pero le faltaron los ánimos para decirlo, porque en el fondo sentía temor y casi repugnancia ante aquel hombre que había derramado la sangre de otro y había estado seis años preso. Éste lo adivinó todo, y bajando la voz, dijo al oído y casi temblando a Deroso: “Usted quiere bien al hijo, pero no quiere mal... no desprecia al padre, ¿no es verdad?”, “¡Ah, no, no!”, exclamó Deroso en un arranque del alma. El hombre hizo entonces un movimiento impetuoso como para echarle un brazo al cuello, pero no se atrevió, contentándose con coger con dos dedos uno de sus rizos; lo estiró y lo dejó libre en seguida: luego se llevó su propia mano a la boca y la besó, mirando a Deroso con los ojos humedecidos, como para decirle que aquel beso era para él. Después cogió a su hijo de la mano, y se fué con paso rápido.

EL CHIQUITÍN MUERTO

_Lunes 13._--El niño que vive en el patio de la verdulera, que pertenece a la sección primera superior, como mi hermano, ha muerto. La maestra Delcato vino el sábado por la tarde llena de aflicción a dar la noticia al maestro; inmediatamente Garrón y Coreta se ofrecieron para llevar el ataúd. Era un muchachito excelente: la semana anterior había ganado la medalla; quería mucho a mi hermano, y le había regalado una hucha rota; mi madre le hacía caricias siempre que lo encontraba. Usaba una gorra con dos tiras de paño rojo. Su padre es mozo de estación. Ayer tarde, domingo, a las cuatro y media, fuimos a su casa para acompañarle hasta la iglesia. Viven en un piso bajo. Ya había en el patio muchos niños de su sección con sus madres, y cinco o seis maestros con cirios, y algunos vecinos. La maestra de la pluma roja y la Delcato habían entrado dentro y las veíamos por una ventanita abierta, que estaban llorando, y a la madre del niño, que sollozaba fuertemente. Dos señoras, madres de dos compañeros de escuela del muerto, habían llevado sendas guirnaldas de flores. A las cinco en punto nos pusimos en camino. Iba delante un muchacho que llevaba la cruz, luego el cura, luego la caja, una caja muy pequeña, ¡pobre niño!, cubierta de paño negro, y sujetas alrededor las guirnaldas de las dos señoras. A un lado del paño negro habían prendido la medalla y tres menciones honoríficas que el muchacho había ganado aquel año. Conducían el ataúd Garrón, Coreta y dos muchachos del patio. Detrás de la caja venía, en primer lugar, la Delcato, que lloraba como si el muerto fuera hijo suyo; detrás otras maestras, y luego los muchachos, entre los cuales había algunos muy pequeños, con sus ramitos de violetas en la mano, y miraban al féretro absortos, dando la otra mano a sus madres, que llevaban las velas por ellos. Oí que uno de éstos decía: “¿Y ahora ya no vendrá más a la escuela?”. Cuando la caja salió del patio un grito desesperado salió de la ventana: era la madre del niño, a quien hicieron retirar al interior en seguida. En la calle encontramos a los muchachos de un colegio, que iban de dos en dos, y al ver el féretro con la medalla y las maestras, se quitaron todos sus gorras. ¡Pobre chiquitín! ¡Se fué a dormir para siempre con su medalla! Ya no veremos más su gorrilla con las tiras rojas. Estaba bueno, y a los cuatro días murió. El último hizo un esfuerzo para levantarse y poder escribir su trabajo de Gramática, y se empeñó en que le habían de poner la medalla sobre la cama, temiendo que se la cogiesen. ¡Nadie te la quitará ya, pobre niño! ¡Adiós, adiós! ¡Siempre nos acordamos de ti en la sección Bareti! ¡Ángel, duerme en paz!

LA VÍSPERA DEL 14 DE MARZO

Hoy ha sido un día más alegre que ayer. ¡Trece de marzo! Víspera de la distribución de premios en el teatro de Víctor Manuel: la fiesta grande y hermosa de todos los años. En el presente no han escogido a la suerte los muchachos que deben ir al escenario para presentar los diplomas de los premios a los señores que hacen la distribución. El director vino esta mañana al final de la clase, y dijo: “Muchachos, una buena noticia”. Llamó en seguida: “¡Coraci!--el calabrés; éste se levantó--. ¿Quieres ser uno de los que mañana, en el teatro, entreguen los diplomas a las autoridades?”. El calabrés dijo que sí. “Está bien--repuso el director--; de esta manera tendremos también un representante de la Calabria. Será cosa hermosa. El Ayuntamiento este año ha querido que los diez o doce muchachos que presentan los premios, sean chicos de todas partes de Italia, entresacándolos de las distintas secciones de las escuelas públicas. Contamos con veinte secciones y cinco sucursales; siete mil alumnos; entre tan gran número no costó trabajo encontrar un muchacho por cada región italiana. En la sección llamada Torcuato Tasso se encontraron dos representantes de las islas: un sardo y un siciliano; la escuela Boncompañi dió un pequeño florentino, hijo de un escultor en madera; hay un romano, de la misma Roma, en la sección Tomoseo; vénetos, lombardos de las romañas, se encuentran varios; un napolitano, hijo de un oficial, procede de la sección Monviso; por nuestra parte, damos un genovés y un calabrés, tú, Coraci. Con el piamontés serán los doce. Es hermoso, ¿no os parece? Vuestros hermanos de todas las regiones italianas serán los que os den los premios: los doce se presentarán a la vez en el escenario. Acogedlos con nutridos aplausos. Son muchachos, pero representan al país como si fueran hombres; lo mismo simboliza a Italia una pequeña bandera tricolor que una grande, ¿no es verdad? Aplaudidles calurosamente; mostrad que vuestros corazones infantiles se encienden, que también vuestras almas de diez años se exaltan ante la santa imagen de la patria”. Dicho esto se fué, y el maestro añadió sonriendo: “Por consiguiente, tú, Coraci, eres el diputado por Calabria”. Todos batieron palmas riendo, y cuando salimos a la calle, rodearon todos a Coraci, lo cogieron por las piernas, lo levantaron en alto y comenzaron a llevarlo en triunfo, gritando: “¡Viva el diputado por Calabria!”. Una broma, por supuesto, no para ridiculizarlo, sino para festejarlo, porque es un chico querido de todos; él no cesaba de reír. Así lo llevaron hasta la esquina, donde se encontraron con un señor de barba negra, que también rompió a reír. El calabrés dijo: “¡Si es mi padre!”. Entonces dejaron los compañeros al hijo en brazos de su padre, y se desparramaron por todas partes.

DISTRIBUCIÓN DE PREMIOS

_Martes 14._--A eso de las dos, el grandísimo teatro estaba lleno: el patio, las galerías, los palcos, la escena, todo rebosando; se veían miles de caras de muchachos, señoras, maestros, trabajadores, mujeres del pueblo, niños. Era un movimiento de cabezas y de manos, un vaivén de plumas, lazos y rizos; un murmullo nutrido y jovial que daba verdadera alegría al alma. El teatro estaba adornado con pabellones de tela roja, blanca y verde. En el patio habían hecho dos escaleras: una a la derecha, por la cual los premiados debían subir al escenario; otra a la izquierda por donde debían bajar después de haber recibido el premio. Delante, en el escenario, había una fila de sillones rojos, y del respaldo del que ocupaba el centro pendía una linda corona de laurel; en el fondo, un trofeo de banderas; a un lado una mesa con tapete verde, sobre la cual estaban todos los diplomas, atados con lazos tricolores. La orquesta estaba en su sitio; los maestros y las maestras llenaban la mitad de la primera galería, que les había sido reservada; las butacas estaban atestadas de cientos de muchachos que habían de cantar, con los papeles de música en la mano. Por todas partes veíase ir y venir maestros y maestras, que arreglaban las filas de los premiados, y a las madres, que daban el último toque a los cabellos y a las corbatas de sus hijos.

Apenas entré con mi familia en el palco, vi en el de enfrente a la maestrita de la pluma roja, que reía, con sus graciosos hoyuelos en las mejillas, y con ella a la maestra de mi hermana y a la _monjita_, vestida de negro, y a mi buena maestra de la sección superior; pero tan pálida, ¡pobrecilla!, y tosiendo tan fuerte que se oía por todas partes. Mirando al patio me encontré en seguida con la simpática carota de Garrón y la cabecita rubia de Nelle pegada al hombro de Garrón. Algo más allá vi a Garofi, con su nariz de gavilán, que se agitaba mucho por recoger listas impresas de los que iban a ser premiados y de las cuales había reunido un gran fajo para hacer, sin duda, algún tráfico de los suyos... que mañana sabremos. Cerca de la puerta estaba el vendedor de leña con su mujer, ambos vestidos de día de fiesta, y su hijo, que tiene tercer premio en la sección segunda; me quedé maravillado al ver que no llevaba la gorra de piel de gato y el chaleco de punto de color de chocolate: estaba vestido como un señorito. En la galería alcancé a ver por un momento a Votino, con un gran cuello bordado; luego desapareció. También estaba en un palco del proscenio, lleno de gente, el capitán de artillería, el padre de Roberto, el niño de las muletas, el pobre cojo.

Al dar las dos la banda tocó, y en el mismo momento subieron por la escalerilla de la derecha el alcalde, el gobernador, el asesor y muchos otros señores, vestidos todos de negro, que se fueron a sentar en los sillones rojos colocados delante del escenario. La banda cesó de tocar. Se adelantó el director de las escuelas de canto, batuta en mano. A una señal suya todos los muchachos del patio se pusieron en pie; a otra, comenzaron a cantar. Eran setecientos los que cantaban una bellísima canción, setecientas voces de muchachos, ¡qué hermoso coro! Todos escucharon inmóviles; era un canto dulce, límpido, lento, que parecía canto de iglesia; cuando callaron todos aplaudieron; después reinó completo silencio. La distribución iba a comenzar. Mi maestrillo de la sección segunda se había adelantado ya, con su cabeza rubia y sus avispados ojos, para leer los nombres de los premiados. Se esperaba que entrasen los doce muchachos para presentar los diplomas. Los periódicos habían publicado ya que serían chicos pertenecientes a todas las provincias italianas. Todos lo sabían y los esperaban, mirando con curiosidad al sitio por donde debían entrar el alcalde y los demás señores; en todo el teatro imperaba profundo silencio...

De repente aparecen a la carrera, deteniéndose en el proscenio, en correcta formación y sonrientes. Todo el teatro, tres mil personas, se levantan y prorrumpen a la vez en un aplauso, que más bien parecía el estallido de un trueno. Los muchachos parecen desconcertados en el primer momento. “¡Ahí tenéis a Italia”, dijo una voz desde el escenario. Inmediatamente reconocí a Coraci, el calabrés, vestido como siempre, de negro. Un señor del municipio, que estaba con nosotros y conocía a todos, se los iba indicando a mi madre: “Aquel pequeño rubio es el representante de Venecia. El romano es aquel otro alto y con el pelo rizado”. Había dos o tres vestidos de señoritos; los demás eran hijos de artesanos, pero bien ataviados y limpios. El florentino, que era el más pequeño llevaba una faja azul en la cintura. Pasaron todos delante del alcalde, quien fué besando en la frente uno a uno, mientras otro señor que estaba al lado le iba diciendo, por lo bajo y sonriendo, los nombres de las ciudades: “Florencia, Nápoles, Bolonia, Palermo...”, y a cada uno que desfilaba, el teatro entero aplaudía. Luego se colocaron al lado de la mesa verde para ir cogiendo los diplomas; el maestro comenzó a leer la lista, diciendo las secciones las clases y los nombres, comenzando a subir por su orden los premiados.

Apenas habían subido los primeros, cuando comenzó a oírse detrás del escenario una música muy suave de violines, que duró todo el tiempo que tardaron en desfilar los agraciados; tocaba un aire gracioso y siempre igual, que semejaba un murmullo de muchas voces apagadas: las voces de todas las madres y de todos los maestros y maestras, como si todos juntos diesen a una consejos, suplicasen y regañasen amorosamente. Mientras tanto los premiados pasaban uno tras otro delante de los señores sentados, que les presentaban los diplomas y les decían alguna palabra afectuosa, o les hacían alguna caricia. Cada vez que algún pequeñuelo pasaba, los muchachos de las butacas y de las galerías aplaudían; lo mismo cuando se presentaba alguno de aspecto pobre o que tuviera los cabellos rizados o fuera vestido de encarnado o de blanco. Entre ellos había algunos de la sección primera superior que, una vez en el escenario, se confundían y no sabían dónde volverse, provocando la risa en todo el teatro; uno de ellos que apenas medía tres palmos, con un gran nudo de cinta encarnada en la espalda, le costaba trabajo andar, se enredó en la alfombra y cayó; el gobernador lo levantó y fué motivo para risas y aplausos generales. Otro se resbaló en la escalerilla, yendo a parar de nuevo al patio; se oyeron algunos gritos, pero no se hizo daño. Toda clase de fisonomías fueron desfilando: caras de traviesos, caras de asustados, caras coloradas como las cerezas y caras siempre risueñas; apenas bajaban a las butacas, los padres y las madres les agarraban y se los llevaban consigo. Cuando tocó la vez a nuestra sección, ¡entonces sí que me divertí! A casi todos conocía. Pasó Coreta, que estrenaba todo el traje, con el semblante risueño y alegre, enseñando sus blancos dientes, y, sin embargo, ¡quién sabe cuántos quintales de leña había ya repartido por la mañana! El alcalde, al darle el diploma, le preguntó qué era una señal encarnada que tenía en la frente, manteniendo entretanto la mano apoyada en el hombro; yo busqué en el patio a su padre y a su madre, y los vi que reían, tapándose la boca con las manos. Pasó luego Deroso, vestido de azul, con los botones relucientes y los rizos como de oro; esbelto, gracioso, con la frente alta, tan guapo y tan simpático, que le hubiera dado un abrazo; todos los señores le hablaban y le dieron un apretón de manos. El maestro pronunció después el nombre de Roberto. Y vimos avanzar al hijo del capitán de artillería con las muletas. Cientos de muchachos conocían el hecho; la voz se esparció en un abrir y cerrar de ojos, y una salva de aplausos y de gritos hizo retemblar el teatro: los hombres se pusieron en pie, las señoras agitaron los pañuelos, y el pobre muchacho se detuvo en medio del escenario, aturdido y tembloroso... El alcalde le hizo acercarse y le dió el premio y un beso; y tomando del respaldo de su sillón la corona de laurel que estaba colgada, la colocó en la almohadilla de una muleta. Le acompañó luego hasta el palco de proscenio donde estaba su padre, el cual le levantó en peso y le metió dentro, en medio de una gritería indecible de bravos y de vivas. La suave música de los violines continuaba entretanto, y los muchachos seguían pasando: los de la sección del Consulado eran casi todos hijos de comerciantes; los de la sección Boncompañi, muchos de ellos hijos de labradores; los de la escuela Reniero, hijos de artesanos. Apenas concluyó el reparto de premios, los setecientos muchachos de las butacas cantaron otro hermosísimo himno; habló luego el alcalde; tras éste el inspector de las escuelas, que terminó diciendo: “...No salgáis de aquí sin enviar un saludo a los que tanto se afanan por vosotros, a los que os consagran todas las fuerzas de su inteligencia y de su corazón, y que viven y mueren por vosotros. Helos allí!”. Y señaló a la galería de los maestros. Todos los muchachos de las galerías, de los palcos y de las butacas se levantaron, señalándolos con los brazos al vitorearlos; los maestros respondían agitando las manos, los sombreros, los pañuelos; era una escena conmovedora. La banda tocó otra vez, y el público envió su último saludo en un fragoroso aplauso a los doce muchachos de todas las provincias de Italia, que se presentaron en fila en el escenario, con los brazos entrelazados, bajo una lluvia de ramos de flores.

LITIGIO