Chapter 16 of 24 · 3713 words · ~19 min read

Part 16

El maestro abrió la segunda y nos hizo entrar en un cuarto. Cuatro paredes blancas; en un rincón un catre de tijera con colcha de cuadritos blancos y azules; en otro, la mesita con una pequeña librería; cuatro sillas y un viejo mapa clavado en la pared: ¡qué olor tan rico a manzanas!

Nos sentamos los tres. Mi padre y el maestro se estuvieron mirando en silencio un momento. “¡Ya, ya!--exclamó el maestro fijando su mirada sobre el suelo de ladrillos, donde el sol pintaba un tablero de ajedrez--. ¡Oh! me acuerdo bien. ¡Su señora madre era una señora tan buena...! Usted, en el primer año, estuvo una temporada en el primer banco de la izquierda, cerca de la ventana. ¡Vea usted si me acuerdo! Me parece que estoy viendo su cabeza rizada”. Luego se quedó un rato pensativo. “¡Era muchacho vivo...! ¡Vaya! ¡Mucho! el segundo año estuvo enfermo del crup. Me acuerdo cuando volvió usted a la escuela, delgado y envuelto en un mantón. Cuarenta años han pasado, ¿no es verdad? Ha sido muy bueno al acordarse de su maestro. Han venido otros en años anteriores a buscarme, antiguos discípulos míos: un coronel, sacerdotes, varios señores”. Preguntó a mi padre cuál era su profesión. Luego dijo: “Me alegro, me alegro de todo corazón. Se lo agradezco. Hacía tanto tiempo que no veía a nadie, que tengo miedo de que usted sea el último”. “¡Quién piensa en eso!--exclamó mi padre--, usted está bien y robusto; no debe de decir semejante cosa”. “¡Eh, no!--respondió el maestro--. ¿No ve usted este temblor?--y enseñó las manos--. Ésta es mala señal: me atacó hace años, cuando todavía estaba en la escuela. Al principio no hice caso; me figuré que pasaría. Pero, al contrario, fué creciendo. Llegó un día en que no podía ya escribir. ¡Ah! aquel día, la primera vez que hice un garabato en el cuaderno de un discípulo, fué para mí un golpe mortal. Aun seguí adelante algún tiempo, pero al fin no pude más, y después de sesenta años de enseñanza tuve que despedirme de la escuela, de los alumnos y del trabajo. Me costó mucha pena. La última vez que di lección me acompañaron todos hasta casa y me festejaron mucho; pero yo estaba triste y comprendía que mi vida iba acabando. El año anterior había perdido mi mujer y mi hijo. No me quedaron más que dos nietos labradores. Ahora vivo con algunos cientos de liras que me dan de pensión. No hago nada y los días me parece que no concluyen nunca. Mi única ocupación consiste en hojear mis viejos libros de escuela, colecciones de periódicos escolares y algún libro que me regalan. Allí están--dijo señalando a la pequeña biblioteca--, allí están mis recuerdos, todo mi pasado... ¡No que queda más en el mundo!”. Luego, cambiando de improviso, dijo alegremente: “Voy a proporcionar a usted una sorpresa, querido señor”. Se levantó, y acercándose a la mesa, abrió un cajoncito largo que contenía muchos paquetes pequeños, atados todos con un cordón, y con una fecha escrita de cuatro cifras. Después de buscar un momento, abrió uno, hojeó muchos papeles, sacó uno amarillento y se lo presentó a mi padre. ¡Era un trabajo suyo de hacía cuarenta años! En la cabeza había escrito lo siguiente: (el nombre de mi padre) y _dictado, 3 de abril, 1838_. Mi padre al momento reconoció su letra, gruesa, de chico, y se puso a leer sonriendo. Pero de pronto se le nublaron los ojos. Yo me levanté para preguntarle qué tenía.

Me pasó un brazo en derredor de la cintura, y apretándome contra él, me dijo: “Mira esta hoja. ¿Ves? Éstas son las correciones de mi pobre madre. Ella siempre me duplicaba las _eles_ y las _erres_. Las últimas líneas son todas suyas. Había aprendido a imitar mi letra, y cuando estaba cansado y tenía sueño, terminaba el trabajo por mí. ¡Santa madre mía!”. Y besó la página. “He aquí--dijo el maestro, enseñando los otros paquetes--. ¡Mis memorias! Cada año ponía aparte un trabajo de cada uno de mis discípulos, y aquí están numerados y ordenados. Muchas veces los hojeo, y así, al pasar, leo una línea de uno, otro línea de otro, y vuelven a mi mente mil cosas que me hacen resucitar tiempos añejos. ¡Cuántos han pasado, querido señor! Yo cierro los ojos, y empiezo a ver caras y más caras, y clases y más clases, ciento y cientos de muchachos, de los cuales Dios sabe cuántos han muerto ya. De muchos me acuerdo bien. Me acuerdo bien de los mejores y de los peores, de aquéllos que me han dado muchas satisfacciones y de aquéllos que me hicieron pasar momentos tristes; los he tenido verdaderamente endiablados, porque en tan gran número no hay remedio. Ahora, usted lo comprende, estoy ya como en el otro mundo, y a todos los quiero igualmente”. Se volvió a sentar, cogiendo una de mis manos entre las suyas. “Y de mí--preguntó mi padre riéndose--. ¿No recuerda ninguna travesura?”. “¿De usted, señor?--respondió el viejo con la sonrisa también en los labios--. No, por el momento. Pero no quiere esto decir que no me las hiciera. Usted tenía, sin embargo, juicio, y era serio para su edad. Me acuerdo el cariño tan grande que le tenía su señora madre... ¡Qué bueno ha sido y qué atento al venir a verme aquí! ¿Cómo ha podido dejar sus ocupaciones para llegar hasta la pobre morada de un viejo maestro?”. “Oiga, señor Croseti--respondió mi padre con viveza--. Recuerdo la primera vez que mi pobre madre me acompañó a su escuela. Era la primera vez que debía separarse de mí por dos horas, y dejarme fuera de casa en otras manos que las de mi padre, al lado de una persona desconocida. Para aquella buena criatura, mi entrada en la escuela era como la entrada en el mundo, la primera de una larga serie de separaciones necesarias y dolorosas: era la sociedad que le arrancaba por primera vez al hijo para no devolvérselo jamás por completo. Estaba conmovida, y yo también. Me recomendó a usted con voz temblorosa, y luego, al irse, me saludó por la puerta entreabierta, con los ojos llenos de lágrimas. Precisamente en aquel momento usted le hizo un ademán con una mano, poniéndose la otra sobre el pecho, como para decirle: ‘Señora, confíe en mí’. Pues bien: aquel ademán suyo, aquella mirada por la cual me di cuenta de que usted había comprendido todos los sentimientos, todos los pensamientos de mi madre; aquella mirada, que quería decir: ‘¡Valor!’; aquel ademán que era una honrada promesa de protección, de cariño y de indulgencia, jamás la he olvidado; aquel recuerdo es el que me ha hecho salir de Turín. Heme aquí después de cuarenta y cuatro años, para decirle: Gracias, querido maestro”. El maestro no respondió; me acariciaba los cabellos con la mano, la cual temblaba, saltando de los cabellos a la frente, de la frente a los hombros.

Entretanto mi padre miraba aquellas paredes desnudas, aquel pobre lecho, un pedazo de pan y una botellita de aceite que tenía sobre la ventana, como si quisiese decir: Pobre maestro, después de sesenta años de trabajo, ¿es éste tu premio? Pero el pobre viejo estaba contento, y comenzó de nuevo a hablar con viveza de nuestra familia, de otros maestros de aquellos años y de los compañeros de escuela de mi padre, el cual se acordaba de algunos, pero de otros no; el uno daba al otro noticias de éste o aquél; mi padre interrumpió la conversación para suplicar al maestro que bajase con nosotros al pueblo para almorzar; él contestó con espontaneidad: “Se lo agradezco, muchas gracias”; pero parecía indeciso. Mi padre, cogiéndole ambas manos, le suplicó una y otra vez. “Pero ¿cómo voy a arreglarme--dijo el maestro--para comer con estas pobres manos, que siempre están bailando de este modo? ¡Es un martirio para los demás!”. “Nosotros le ayudaremos, maestro”, dijo mi padre. Aceptó moviendo la cabeza y sonriendo. “¡Hermoso día!--dijo cerrando la puerta de fuera: ¡un día hermoso, querido señor! Le aseguro que me acordaré mientras viva”. Mi padre dió el brazo al maestro; éste me cogió por la mano, y bajamos. Encontramos dos muchachillas descalzas que conducían vacas, y un muchacho que pasó corriendo con una gran carga de paja al hombro. El maestro nos dijo que eran dos alumnas y un alumno de segunda, que por la mañana llevaban las bestias al pasto y trabajaban en el campo, y por la tarde se ponían los zapatitos e iban a la escuela. Era ya cerca del mediodía. No encontramos a nadie más. En pocos minutos llegamos a la posada, nos sentamos a una gran mesa, colocándose el maestro en el centro, y empezamos en seguida a almorzar. La posada estaba silenciosa como un convento. El maestro rebosaba de alegría, y la emoción aumentaba el temblor de sus manos; casi no podía comer. Pero mi padre le partía la carne, le preparaba el pan y le ponía la sal en los manjares. Para beber era necesario que tomase el vaso con las dos manos, y aun así le golpeaba contra los dientes. Charlaba mucho, con calor, de los libros de lectura, de cuando era joven, de los horarios de entonces, de los elogios que los superiores le habían otorgado, de los reglamentos de los últimos años, sin perder su fisonomía, serena, más encendida que en un principio, con la voz simpática y la cara animada de un muchacho. Mi padre no se cansaba de mirarle, con la misma expresión con que a veces le sorprendo yo cuando me mira en casa, pensando y sonriendo a solas, con la cabeza algo inclinada hacia un lado. Al maestro se le vertió el vino sobre el pecho, y mi padre se levantó y le limpió con la servilleta. “¡No, eso no, señor, no lo permito!”, decía riéndose. Pronunciaba algunas palabras en latín. Al fin levantó el vaso, que le bailaba en la mano, y dijo con mucha seriedad: “A su salud, querido señor... a la de sus hijos y a la memoria de su buena madre!”. “¡A vuestra salud, mi buen maestro!”, respondió mi padre apretándole la mano. En el fondo de la habitación estaba el posadero y otro, que miraban y sonreían de tal modo, que parecía que gozaban en aquella fiesta en honor del maestro de su pueblo.

A más de las dos salimos, y el maestro se empeñó en acompañarnos a la estación. Mi padre le dió el brazo otra vez, y él me cogió de nuevo de la mano; yo le llevaba el bastón. La gente se detenía a mirar, porque todos le conocían; algunos le saludaban. Cuando llegábamos a determinado sitio del camino, oímos muchas voces que salían de una ventana, como de muchachos que leían juntos. El viejo se detuvo y pareció entristecerse. “He aquí querido señor mío--dijo--, lo que me da pena: oír la voz de los muchachos en la escuela, y no estar con ellos y pensar que está otro. He escuchado sesenta años seguidos esta música, y mi corazón estaba hecho a ella. Ahora estoy sin familia. Ya no tengo hijos”. “No, maestro--le dijo mi padre reanudando la marcha--; usted tiene ahora muchos hijos esparcidos por el mundo, que se acuerdan de usted como me he acordado yo siempre”. “No, no--respondió el maestro con tristeza--; ya no tengo escuela, ya no tengo hijos. Y sin hijos no puedo vivir más. Pronto sonará mi última hora”. “No diga eso maestro; no lo piense--repuso mi padre--. De todos modos, ¡usted ha hecho tanto bien...! Ha empleado su vida tan noblemente...”. El viejo maestro inclinó un momento su blanca cabeza sobre el hombro de mi padre, y me apretó la mano. Habíamos entrado ya en la estación. El tren iba a partir. “¡Adiós, maestro!”, dijo mi padre abrazándole y besándole la mano. “¡Adiós, gracias, adiós!”, respondió el maestro cogiendo con sus temblorosas manos una de mi padre, que apretaba contra su corazón.

Luego le besé yo; tenía la cara mojada por las lágrimas. Mi padre me empujó hacia dentro del coche, y en el momento de subir cogió con rapidez el tosco bastón que llevaba el maestro en su mano, poniéndole en su lugar una hermosa caña con puño de plata y sus iniciales, diciéndole: “Consérvela en mi memoria”. El viejo intentó devolvérsela y recobrar la suya; pero mi padre estaba ya dentro y había cerrado la portezuela. “¡Adiós, mi buen maestro!”. “¡Adiós, hijo mío...!--contestó él (el tren se puso en movimiento)--¡y Dios le bendiga por el consuelo que ha traído a un pobre viejo!”. “¡Hasta la vista!”, gritó mi padre con voz conmovida. Pero el maestro movió la cabeza, como diciendo: “No, ya no nos veremos más”. “Sí, sí--repitió mi padre--; hasta la vista”. Él respondió levantando su trémula mano al cielo: “¡Allá arriba!”. Y desapareció a nuestra vista en la misma postura, señalando con la mano al cielo.

CONVALECENCIA

_Jueves 20._--¡Quién me había de decir, cuando volvía tan alegre de aquella hermosa excursión con mi padre, que pasaría diez días sin ver el campo ni el cielo! He estado muy malo, en peligro de muerte. He oído sollozar a mi madre, he visto a mi padre muy pálido, mirándome con los ojos fijos, a mi hermana Silvia y mi hermano que me hablaban en voz baja, al médico de los anteojos, que no se separaba de mi lado, y me decía cosas que yo no comprendía. He estado bien cerca de dar un último adiós a todos. ¡Ah, pobre madre mía! Pasé tres o cuatro días por lo menos, de los cuales no me acuerdo nada, como si hubiese estado en medio de un sueño embrollado y obscuro. Me parece haber visto al lado de mi cama a la buena maestra de la sección primaria superior, que se esforzaba por sofocar la tos con el pañuelo para no molestarme; recuerdo, confusamente también, a mi maestro, que se inclinó para besarme, y me pinchó un poco la cara con sus barbas; he visto pasar, como en medio de una niebla, la cabeza roja de Crosi, los rizos rubios de Deroso, al calabrés vestido de negro, a Garrón, que me trajo una naranja mandarina con hojas, y se marchó en seguida porque su madre estaba enferma. Me desperté como de larguísimo sueño, y comprendí que estaba mejor al ver a mi padre y a mi madre que sonreían, y al oír a Silvia que cantaba. ¡Oh, qué sueño tan triste ha sido! Luego, cada día que pasaba me sentía mejor. Vino el _albañilito_, que me hizo reír al poner el hocico de liebre, que ahora lo hace admirablemente porque se le ha alargado algo la cara con la enfermedad; ¡pobrecillo! Vino Coreta, y también Garofi, a regalarme dos billetes para su nueva rifa de “un cortaplumas con cinco sorpresas”, que compró a un tendero amigo suyo. Ayer, mientras dormía, entró Precusa, puso su cara sobre mi mano, sin despertarme, y como venía del taller de su padre, negro de polvo del carbón, me dejó una marca negra en la manga, que luego, al despertarme, he visto con mucho gusto. ¡Qué verdes se han puesto los árboles en estos pocos días! ¡Y qué envidia me dan los muchachos que veo ir corriendo a la escuela con sus libros, cuando mi padre me acerca a la ventana! Pero poco tardaré en volver yo también. ¡Estoy tan impaciente por volver a ver a todos, mi banco, el jardín, aquellas calles; saber todo lo que en este tiempo haya pasado; coger de nuevo mis libros y mis cuadernos, que me parece que ya hace un año que no los veo! ¡Pobre madre mía, qué delgada y qué pálida está! ¡Pobre padre mío, qué aire tan cansado tiene! ¡Y mis buenos compañeros que han venido a verme, y andaban de puntillas y me besaban en la frente! Me da tristeza pensar que llegará un día en que nos separemos. Con Deroso y con algún otro quizá continuaré haciendo mis estudios; pero ¿y los demás? Una vez que concluyamos el cuarto año, ¡adiós!, no nos volveremos a ver; no los veré ya al lado de mi cama cuando esté malo; Garrón, Precusa, Coreta, tan buenos muchachos, tan queridos compañeros míos, esos no los volveré a ver probablemente.

LOS AMIGOS ARTESANOS

_Jueves 20._--“¿Por qué, Enrique, no los volverás a ver? Esto dependerá de ti. Una vez que termines el cuarto año, irás a la Escuela Secundaria, y ellos se dedicarán a un oficio. Pero permaneceréis en la misma ciudad quizá por muchos años. ¿Por qué entonces no os habéis de ver más? Cuando estés en la Universidad o en la Academia, los irás a buscar a sus tiendas o a sus talleres, y te dará mucho gusto encontrarte con tus compañeros de la infancia, ya hombres, en su trabajo. ¿Cómo es posible que tú no vayas a buscar a Coreta y a Precusa, donde quiera que estén? Irás y pasarás con ellos horas enteras en su compañía, y verás, estudiando la vida y el mundo, cuántas cosas puedes aprender de ellos, y que nadie te sabrá enseñar mejor, tanto sobre sus oficios, como acerca de su sociedad, como de tu país. Y ten presente que si no conservas estas amistades, será muy difícil que adquieras otras semejantes en el porvenir; amistades, quiero decir, fuera de la clase a que tú perteneces; así vivirás en una sola clase; y el hombre que no frecuenta más que una clase sola, es como el hombre estudioso que no lee más que un solo libro. Proponte, por consiguiente, desde ahora, conservar estos buenos amigos aun para cuando os hayáis separado, y procura cultivar su trato con preferencia, precisamente porque son hijos de artesanos. Mira: los hombres de las clases superiores son los oficiales, y los operarios son los soldados del trabajo; pero tanto en la sociedad civil como en el ejército, no sólo es el soldado tan noble como el oficial, toda vez que la nobleza está en el trabajo y no en la ganancia, en el valor y no en el grado, sino que si hay superioridad en el mérito, está de parte del soldado y del operario, porque sacan de su propio esfuerzo menor ganancia. Ama, pues, y respeta sobre todo, entre tus compañeros a los hijos de los soldados del trabajo; honra en ellos los sacrificios de sus padres; desprecia las diferencias de fortuna y clase; porque sólo las gentes despreciables miden los sentimientos y la cortesía por aquellas diferencias; piensa que de las venas de los que trabajan en los talleres y los campos salió la sangre bendita que redimió a la patria; ama a Garrón, ama a Precusa, ama a Coreta, ama a tu _albañilito_, que en sus pechos de operarios encierran corazones de príncipes; júrate a ti mismo que ningún cambio de fortuna podrá jamás arrancar de tu alma estas santas amistades infantiles. Jura que si dentro de cuarenta años, al pasar por una estación de ferrocarril, reconocieras bajo el traje de maquinista a tu viejo Garrón, con la cara negra... ¡Ah! No quiero que lo jures: estoy seguro que saltarás sobre la máquina y que le echarás los brazos al cuello, aun cuando seas senador del Reino”. _Tu padre._

LA MADRE DE GARRÓN

_Sábado 29._--Apenas volví a la escuela, recibí muy triste noticia. Hacía varios días que Garrón no iba porque su madre estaba gravemente enferma. Murió el sábado por la tarde. Ayer mañana, en seguida de que entré en la escuela, nos dijo el maestro: “Al pobre Garrón le ha cabido la más negra desgracia que puede caer sobre un niño. Su madre ha muerto. Mañana volverá a clase. Desde ahora os suplico, muchachos, que respetéis el terrible dolor que destroza su alma. Cuando entre, saludadlo con cariño, estad serios; nadie juegue, nadie sonría al mirarlo, nadie, os lo recomiendo”. Y en efecto, esta mañana, algo más tarde que los demás, entró el pobre Garrón. Sentí una grande angustia en el corazón al verlo. Tenía la cara sin vida, los ojos encendidos, y apenas se sostenía sobre las piernas: parecía que había estado enfermo un mes; era difícil reconocerlo; vestía todo de negro, y daba compasión. Nadie respiró; todos le miraron. Apenas entró, al ver por primera vez la escuela, donde su madre había venido a buscarle casi todos los días; aquel banco sobre el cual tantas veces se había inclinado ella los días de examen para hacerle la última recomendación, y donde él tantas veces había pensado en ella, impaciente por salir a encontrarla, no pudo menos que estallar en un golpe de llanto desesperado. El maestro lo trajo a su lado, y apretándole contra su pecho, le dijo: “¡Llora, llora, pobre niño, pero ten valor! Tu madre ya no está aquí; pero te ve, te ama todavía, vive a tu lado, y la volverás a ver, porque tienes un alma buena y honrada como ella. Ten valor”. Dicho esto, le acompañó al banco, cerca de mí. Yo no me atreví a mirarle. Sacó sus cuadernos y sus libros, que hacía muchos días que no había abierto; al abrir el libro de lectura, donde hay una viñeta que representa una madre con su hijo de la mano, no pudo contener el llanto, y dejó caer su cabeza sobre el brazo. El maestro nos hizo señal para que lo dejásemos estar así, y comenzó la lección. Yo hubiese querido decirle algo, pero no sabía. Le puse una mano sobre el brazo, y le dije al oído: “No llores, Garrón”. No contestó, y sin levantar la cabeza del banco, puso su mano en la mía, y así la tuvo un buen rato. A la salida nadie le habló; todos pasaron a su lado con respeto y silencio. Yo vi a mi madre, que me esperaba, y corrí a su encuentro para abrazarla; pero ella me rechazaba y miraba a Garrón. En el primer momento no comprendí por qué; pero luego advertí que Garrón solo, a un lado, me miraba; me miraba con implacable tristeza, que quería decir: “¡Tú abrazas a tu madre; yo ya no la abrazaré más! ¡Tú tienes todavía madre, y la mía ha muerto!”. Entonces comprendí por qué mi madre me rechazaba, y salí sin darle la mano.

JOSÉ MAZZINI