Part 23
_Martes 27._--Mientras nosotros estábamos en el teatro de Víctor Manuel, mi pobre maestra agonizaba. Murió a las dos. El director estuvo ayer mañana a darnos la noticia en la escuela. Y añadió: “Los que de vosotros hayan sido alumnos suyos, saben qué buena era y cuánto quería a los niños; fué una madre para ellos. ¡Ahora ya no existe! Una terrible enfermedad venía consumiéndola hacía mucho tiempo. Si no hubiese tenido que trabajar para ganarse el pan, se hubiera curado, o, a lo menos, su vida acaso se habría podido prolongar algunos meses con el descanso de una licencia. Pero quiso estar entre sus niños hasta el último día. El sábado 17 por la tarde, se despidió de ellos con la seguridad de no volver a verlos, les aconsejó, besó a todos y se fué sollozando. ¡Ya ninguno volverá a verla! Niños, acordaos de ella”. El pequeño Precusa, que había sido alumno suyo de enseñanza primaria superior, inclinó la cabeza sobre el banco y se echó a llorar. Ayer tarde, después de clase, fuimos todos juntos a la casa mortuoria para acompañar el cadáver a la iglesia. Había en la calle un carro fúnebre con dos caballos, y mucha gente alrededor que hablaba en voz baja. El director, los maestros y las maestras de nuestra escuela, y también de otras secciones donde ella había enseñado años atrás, estaban todos allí, los niños de su clase; llevados de la mano por sus madres, iban con velas; y muchísimos de otras, y unas cincuenta muchachas de la sección Bareti, bien con coronas, bien con ramitos de rosas en la mano. Sobre el ataúd habían colocado ya muchos ramos de flores, y pendiente del carro una corona grande de siemprevivas, con la siguiente inscripción en caracteres negros: _A su maestra, las antiguas alumnas de la cuarta_. Bajo esta corona grande iba colocada otra pequeña, llevada por sus niños. Se veían entre la multitud muchas criadas de servicio enviadas por sus amos, con velas, y dos lacayos de librea con antorchas encendidas; un señor, rico, padre de un alumno de la maestra, había hecho ir su carruaje, forrado de seda azul. Todos se apiñaban ante la puerta. Varias niñas enjugaban sus ojos llenos de lágrimas. Estuvimos esperando largo rato en silencio. Finalmente, bajaron la caja. Cuando algunos niños vieron la mortaja, se echaron a llorar, y comenzó a gritar uno, como si sólo en aquel momento se hubiera penetrado de que su maestra había muerto dando unos sollozos tan convulsivos, que tuvieron que retirarle. La procesión se puso en orden lentamente y comenzó a moverse: Iban primero las hijas del Refugio de la Concepción, vestidas de verde; luego, las hijas de María, de blanco con lazos azules; luego, los sacerdotes; detrás del carro, los maestros y las maestras, los alumnos de la primera superior y los demás, y, por fin, la muchedumbre en tropel. La gente se asomaba a las ventanas y las puertas, y al ver a todos los muchachos y la corona, decían: “Es una maestra”. Aun entre las mismas señoras que acompañaban a los más pequeños, había algunas que lloraban. Así que llegamos a la iglesia, bajaron la caja del carro y la pusieron en el centro de la nave, delante del altar mayor; las maestras depositaron en ella sus coronas, los niños la cubrieron de flores, y la gente toda que se había colocado alrededor, con las hachas encendidas, en medio de la obscuridad del templo, comenzó a cantar las oraciones. En seguida el sacerdote dijo el último _amén_, apagaron todas las hachas y salieron apresuradamente, quedándose sola la maestra. ¡Pobre maestra, tan buena como ha sido conmigo, tan paciente, con tantos años como ha trabajado! Ha dejado sus pocos libros a los alumnos, a uno un tintero, a otro un cuadrito, todo lo que poseía. Dos días antes de morir, dijo al director que no dejase ir a los más pequeños acompañándola, porque no quería que llorasen. Ha hecho siempre el bien, ha sufrido, ha muerto. ¡Infeliz maestra, ha quedado sola en la obscura iglesia! ¡Adiós! ¡Adiós para siempre, mi buena amiga, dulce y triste recuerdo de mi infancia...!
GRACIAS
_Miércoles 28._--Mi pobre maestra ha querido terminar el año escolar; tres días antes de terminar las lecciones se ha ido. Pasado mañana iremos todavía a clase para oír leer el último cuento mensual, _Naufragio_; luego... se acabó. El sábado 1.º de julio, los exámenes. Otro año; por consiguiente, ¡ha pasado el cuarto! Y si no se hubiese muerto la maestra, habría pasado bien. Reflexiono sobre lo que sabía el pasado octubre, y me parece que sé bastante más: encuentro varias cosas nuevas en la mente; soy capaz de decir y escribir mejor que entonces lo que pienso; podría también hacer cuentas para muchos mayores que no las saben sacar y ayudarles así en sus negocios; comprendo con más claridad casi todo lo que leo. Estoy contento... Pero ¡cuántos me han impulsado y ayudado a aprender, quien de un modo, quien de otro, en casa, en la escuela, por la calle, en todas partes donde he ido y he visto algo! Yo doy gracias a todos en este momento. Doy gracias a ti en primer lugar, mi buen maestro, que has sido tan indulgente y afectuoso conmigo, y para quien representa un trabajo cada uno de los conocimientos nuevos de que ahora me vanaglorio. Te doy gracias a ti, Deroso, mi admirable compañero, que con tus explicaciones prontas y amables me has hecho comprender tantas veces cosas difíciles, y salvar muchos escollos en los exámenes; a ti también, Estardo, fuerte y valeroso, que me has mostrado cómo una voluntad de hierro es capaz de todo; a ti, Garrón, generoso y bueno, que haces generosos y buenos a todos los que te conocen, y también a vosotros, Precusa y Coreta, que me habéis dado siempre ejemplo de valor en los sufrimientos y de serenidad en el trabajo; y al daros gracias a vosotros, doy gracias a todos los demás. Pero sobre todos, te doy gracias a ti, padre mío, a ti, mi primer maestro, mi primer amigo, que me has ofrecido tantos buenos consejos y enseñado tantas cosas mientras trabajabas para mí, ocultándome siempre tus tristezas y buscando de todas maneras cómo hacerme fácil el estudio y hermosa la vida; a ti, dulce madre mía, mi querido y bendito ángel custodio, que has gozado con todas mis alegrías y sufrido todas mis amarguras; que has penado y estudiado conmigo, acariciándome la frente con una mano mientras que con la otra señalabas al cielo. Yo hinco mis rodillas ante ti, como cuando era niño, y os doy gracias con toda la ternura que pusísteis en mi alma durante doce años de sacrificios y de amor.
[Ilustración]
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NAUFRAGIO
(ÚLTIMO CUENTO MENSUAL)
Hace muchos años, cierta mañana del mes de diciembre, zarpaba del puerto de Liverpool un gran buque que llevaba a bordo más de doscientas personas, entre ellas setenta hombres de tripulación.
El capitán y casi todos los marineros eran ingleses. Entre los pasajeros se encontraban varios italianos: tres caballeros, un sacerdote y una compañía de músicos.
El buque iba a la isla de Malta. El tiempo estaba borrascoso.
Entre los viajeros de tercera clase a proa se contaba un muchacho italiano, de doce años aproximadamente, pequeño para su edad, pero robusto: un hermoso rostro de siciliano, audaz y severo. Estaba solo, cerca del palo trinquete, sentado sobre un montón de cuerdas, al lado de una maletilla usada que contenía su equipaje, y sobre la cual se apoyaba.
Tenía el rostro moreno y el cabello negro y rizado, que casi le caía sobre la espalda. Estaba vestido pobremente, con una manta destrozada sobre los hombros y una vieja bolsa de cuero colgada.
Miraba a su alrededor pensativo, a los pasajeros, al barco, a los marineros que pasaban corriendo y al inquieto mar.
Tenía el aspecto de un muchacho que acababa de experimentar una gran desgracia de familia: cara de niño y expresión de hombre. Poco después de la salida, uno de los marineros, un italiano, con el cabello gris, apareció a proa conduciendo de la mano una muchacha y parándose delante del pequeño siciliano, le dijo: “Aquí tienes una compañera de viaje, Mario”. Después se marchó. La muchacha se sentó sobre el montón de cuerdas, al lado del chico. Se miraron. “¿Adónde vas?”, le preguntó el siciliano. La muchacha respondió: “A Malta, por Nápoles”. Después añadió: “Voy a reunirme con mi padre y mi madre, que me esperan; me llamo Julia Fagiani”. El muchacho permaneció callado. Después de algunos minutos, sacó de la bolsa pan y frutas secas; la chica tenía bizcochos; comieron. “¡Alegría!--gritó el marinero italiano pasando rápidamente--. ¡Ahora empieza una danza!”.
El viento crecía y el barco cabeceaba con fuerza. Pero los dos muchachos, que no se mareaban, no tenían miedo. La muchacha sonreía. Representaba casi la misma edad que su compañero; pero era más alta, morena, delgada, algo enfermiza y vestida más que modestamente. Tenía el cabello cortado y recogido, un pañuelo encarnado alrededor de la cabeza, y en las orejas zarcillos de plata.
Mientras comían, se contaban sus asuntos. El muchacho no tenía ni padre ni madre. Su padre, trabajador, había muerto en Liverpool pocos días antes, dejándolo solo, y el cónsul italiano lo había mandado a su país, a Palermo, donde le quedaban parientes lejanos. La muchacha había sido conducida a Londres el año antes con una tía viuda que la quería mucho, y a la cual sus padres (que eran pobres), se la habían dejado por algún tiempo, confiados en la promesa de la herencia; pero pocos meses después la tía había muerto aplastada por un vehículo, sin dejar un céntimo; y entonces también ella había recurrido al cónsul que la había embarcado para Italia. Los dos habían sido recomendados al marinero italiano. “Así--concluyó la niña--mi padre y mi madre creían que volvería rica, y, al contrario, vuelvo pobre. Pero me quieren mucho de todas maneras, y mis hermanos también. Cuatro tengo, todos pequeños; yo soy la mayor de casa, y los visto. Tendrán mucha alegría al verme. Entraré de puntillas... ¡Qué malo está el mar!”. Después le preguntó al muchacho: “¿Y tú? ¿Vas a vivir con tus parientes?”. “¿Sí...? si quieren”, respondió. “¿No te quieren bien?”. “No lo sé”. “Yo cumplo trece años en Navidad”, dijo la muchacha. Luego empezaron a charlar del mar y de la gente que había alrededor. Todo el día estuvieron reunidos, cambiando de cuando en cuando alguna palabra. Los pasajeros creían que eran hermano y hermana. La niña hacía media; el muchacho meditaba. El mar seguía picado. Por la noche, en el momento de separarse, para ir a dormir, la niña dijo a Mario: “Que duermas bien”. “¡Nadie dormirá bien, pobres niños!”, exclamó el marinero italiano, al pasar corriendo llamado por el capitán. El muchacho iba a responder a su amiga: “Buenas noches”, cuando un golpe inesperado de mar lo lanzó con violencia contra un banco. “¡Madre mía...! ¡Que se ha hecho sangre ...!”, gritó la chica, echándose sobre él.
Los pasajeros que escapaban para abajo, no hicieron caso. La niña se arrodilló junto a Mario, que estaba aturdido de la contusión; le lavó la frente, que sangraba, y quitándose el pañuelo rojo, se lo ató alrededor de la cabeza, y al estrechar la frente contra su pecho para anudar las puntas del pañuelo atrás, le quedó una mancha de sangre en el vestido amarillo, sobre el cinturón. Mario se repuso y se levantó. “¿Te sientes mejor?”, preguntó la muchacha. “Ya no tengo nada”, contestó. “Duerme bien”, dijo Julia. “Buenas noches”, respondió Mario. Y bajaron, por dos escaleras próximas, a sus respectivos dormitorios.
El marinero había acertado en su augurio. No se habían dormido aún cuando se desencadenó horrorosa tormenta.
Fué como un asalto inesperado de tremendas olas, que en pocos momentos despedazaron un palo y se llevaron tres de las barcas sujetas a la grúa y cuatro bueyes que estaban a proa, como si hubieran sido hojas secas. En el interior del buque reinaba confusión y espanto indescriptibles: un ruido, una batahola de gritos, de llantos y de plegarias, que hacían erizar el cabello. La tempestad fué aumentando su furia toda la noche. Al amanecer creció más. Las olas formidables, azotando el barco de través, rompían sobre cubierta y destrozaban, barrían, revolvían en el mar todas las cosas.
La plataforma que cubría la máquina se rompió, y el agua se precipitó dentro con estrépito terrible; los fuegos se apagaron, los maquinistas huyeron, grandes arroyos impetuosos penetraron por todas partes. Una voz fuerte gritó: “¡A la bomba!”. Era la voz del capitán. Los marineros se lanzaron a la bomba. Pero un rápido golpe de mar, rompiéndose contra el buque por detrás, destrozó parapetos y escotillas y echó dentro un torrente de agua.
Todos los pasajeros, más muertos que vivos, se habían refugiado en el salón. De allí a poco apareció el capitán. “¡Capitán!, ¡Capitán!--gritaban todos a la vez--. ¿Qué se hace? ¿Cómo estamos? ¿Hay esperanza? ¡Salvavidas!”. El capitán esperó a que todos callasen, y dijo: “Resignémonos”. Una sola mujer lanzó un grito: “¡Piedad!”.
Ninguno pudo hablar. El terror los había petrificado a todos. Mucho tiempo pasó en silencio sepulcral. Todos se miraban con el rostro blanco. El mar, horroroso, se enfurecía cada vez más. El buque cabeceaba pesadamente.
En un momento dado, el capitán intentó echar al mar una lancha de salvación: cinco marineros entraron en ella; pero las olas la volcaron, y dos de ellos se sumergieron, uno de los cuales era el italiano; los otros, con mucho trabajo, consiguieron agarrarse a las cuerdas y volver a salir. Después de esto, los mismos marineros perdieron toda esperanza. Dos horas después, el buque estaba ya sumergido en el agua hasta la altura de la borda.
Un espectáculo terrible se veía entretanto sobre cubierta. Las madres estrechaban desesperadamente entre sus brazos a sus hijos; los amigos se abrazaban y despedían; algunos bajaban a los camarotes para morir sin ver el mar. Un pasajero se disparó un tiro en la cabeza y cayó boca abajo sobre la escalera del dormitorio, donde expiró. Muchos se agarraban frenéticamente unos a otros; algunas mujeres se retorcían en convulsiones horribles. Otras estaban arrodilladas junto a un sacerdote. Se oía un coro de sollozos, de lamentos infantiles, de voces agudas y extrañas, y se veían por algunos lados personas inmóviles como estatuas, estúpidas, con los ojos dilatados y sin vista, con rostro de muertos y de locos. Los dos muchachos, Mario y Julia, agarrados a un palo del buque, miraban al mar con los ojos fijos, como insensatos.
El mar se había aquietado un poco; pero el barco continuaba hundiéndose lentamente. No quedaban más que pocos minutos. “¡La chalupa al agua!”, gritó el capitán. Una chalupa, la última que quedaba, fué botada al mar, y catorce marineros y tres pasajeros bajaron. El capitán permaneció a bordo. “¡Baje con nosotros!”, gritaron de la barca. “Yo debo morir en mi puesto”, respondió el capitán. “Encontraremos un barco--le gritaron los marineros--; nos salvaremos. Baje. Está perdido”. “Yo me quedo”. “¡Todavía hay un sitio!--gritaron entonces los marineros volviéndose a los otros pasajeros--. ¡Una mujer!”. Una mujer avanzó sostenida por el capitán; pero cuando vió la distancia a que se encontraba la chalupa, no tuvo valor de dar el salto y cayó sobre cubierta. Las otras mujeres estaban casi todas desmayadas y como muertas. “¡Un muchacho!”, gritaron los marineros.
A aquel grito, el muchacho siciliano y su compañera, que habían permanecido hasta entonces petrificados por sobrehumano asombro, despertados de pronto por el instinto de la vida, se soltaron al mismo tiempo del palo y se lanzaron al borde del buque, exclamando a una: “¡Yo!”, procurando el uno echar atrás al otro recíprocamente, como dos fieras furiosas: “¡El más pequeño!--gritaron los marineros--. ¡La barca está muy cargada! ¡El más pequeño!”.
Al oír aquella palabra, la muchacha, como herida del rayo, dejó caer los brazos y permaneció inmóvil, mirando a Mario con los ojos apagados.
Mario la miró un momento, la vió la mancha de sangre sobre el pecho, se acordó: el relámpago de una idea divina cruzó por sus ojos. “¡El más pequeño!, gritaron los marineros con imperiosa impaciencia--. ¡Nos vamos!”. Y entonces Mario, con una voz que no parecía la suya, gritó: “¡Ella es más ligera! ¡Tú, Julia! ¡Tú tienes padre y madre! ¡Yo soy solo! ¡Te doy mi sitio! ¡Anda!”. “¡Échala al mar!,” gritaron los marineros.
Mario agarró a Julia por la cintura y la echó al mar.
La muchacha dió un grito y cayó: un marinero la cogió por un brazo y la subió a la barca.
El muchacho permaneció derecho sobre la borda del buque con la frente alta, con el cabello flotando al aire, inmóvil, tranquilo, sublime.
La barca se movió, y apenas tuvo tiempo para escapar del movimiento vertiginoso del agua, producido por el buque que se hundía y que amenazaba volcarla.
Entonces la muchacha, que había estado hasta aquel momento sin sentido, alzó los ojos hacia el muchacho y empezó a llorar: “¡Adiós, querido Mario!--le gritó entre sollozos con los brazos tendidos hacia él--. ¡Adiós, adiós!”. “¡Adiós!”, respondió el muchacho levantando al cielo la mano.
La barca se alejaba velozmente sobre el mar agitado, bajo el cielo obscuro. Nadie gritaba ya sobre el buque. El agua lamía el borde de la cubierta. De pronto el muchacho cayó de rodillas con las manos juntas y con los ojos vueltos al cielo. La muchacha se tapó la cara.
Cuando alzó la cabeza, echó una mirada sobre el mar.
El buque había desaparecido.
[Ilustración]
[Illustration: JULIO]
LA ÚLTIMA PÁGINA DE MI MADRE
_Sábado 10_
“El año ha concluido, Enrique, y bueno será que te quede como recuerdo del último día la imagen del niño sublime que dió la vida por su amiga. Ahora te vas a separar de tus maestros y de tus compañeros, y tengo que darte una triste noticia. La separación no durará sólo tres meses, sino siempre. Tu padre, por motivos de su profesión, tiene que ausentarse de Turín, y todos nosotros con él. Nos marcharemos en el próximo otoño. Tendrás que entrar en otra escuela nueva. Esto te disgusta, ¿no es verdad? Porque estoy segura de que quieres a tu antigua escuela, donde durante cuatro años, dos veces al día, has experimentado la alegría de haber trabajado; donde has visto por tanto tiempo, a la misma hora, los mismos muchachos, los mismos profesores, los mismos padres, y a tu padre y a tu madre, que te esperaban sonriendo; tu antigua escuela donde se ha desarrollado tu espíritu, donde has encontrado tantos buenos camaradas, en donde cada palabra que has oído decir tenía por objeto tu bien, y no has experimentado un disgusto que no te haya sido útil. Lleva, pues, este afecto contigo, y da un adiós del corazón a todos esos niños. Algunos serán desgraciados, perderán pronto a sus padres y a sus madres; otros morirán jóvenes; otros tal vez derramarán noblemente su sangre en las batallas; muchos serán buenos y honrados obreros, padres de familia, trabajadores y dignos como ellos, y ¡quién sabe si no habrá alguno también que prestará grandes servicios a su país y hará su nombre glorioso! Sepárate de todos afectuosamente; deja un poco de cariño en esa gran familia, en la cual has entrado niño y has salido casi jovenzuelo, y que tu padre y tu madre aman tanto porque tú has sido allí muy querido. La escuela es una madre, Enrique mío: ella te arrancó de mis brazos, hablando apenas, y ahora te me devuelve grande, fuerte, bueno, inteligente, aplicado: ¡bendita sea, y no la olvides jamás, hijo mío! ¡Oh, es imposible que la olvides! Te harás hombre, recorrerás el mundo, verás ciudades inmensas, monumentos maravillosos, y acaso te olvides de algunos de éstos; pero aquel modesto edificio blanco, con aquellas persianas cerradas y aquel pequeño jardín donde se abrió la primera flor de tu inteligencia, lo tendrás presente hasta el último día de tu vida, como yo conservo siempre en mi memoria la casa en la cual escuché tus primeros ayes la vez primera.--_Tu madre_”.
LOS EXÁMENES