Chapter 12 of 24 · 3831 words · ~19 min read

Part 12

Deroso preguntó si era verdad que los ciegos tienen el tacto más fino que nosotros. El maestro dijo: “Es verdad. Todos los demás sentidos se afinan en ellos, precisamente porque debiendo suplir entre todos el de la vista, están más y mejor ejercitados de lo que están en nosotros. Por la mañana, en los dormitorios, el uno pregunta al otro: ‘¿Hace sol?’, y el que es más listo para vestirse escapa corriendo al patio para agitar las manos en el aire y sentir el calor del sol, si lo hay, volviendo a dar la buena noticia: ‘¡Hace sol!’. Por la voz de una persona se forman idea de la estatura; nosotros juzgamos el alma de las personas por los ojos, ellos por la voz, recuerdan las entonaciones y los acentos a través de los años. Perciben si en una habitación hay varias personas, aunque sea una sola la que habla y las otras permanezcan inmóviles. Al tacto se dan cuenta de si una cuchara está poco limpia o mucho. Las niñas distinguen la lana teñida de la que tiene su color natural. Al pasar de dos en dos por las calles, reconocen casi todas las tiendas por el olor, aun aquellas en las cuales nosotros no percibimos olor alguno. Juegan a la perinola y al oír el zumbido que produce el girar, se van derecho a cogerla, sin equivocarse. Juegan a los aros, tiran a los bolos, saltan la cuerda, fabrican casitas con pedruzcos, cogen las violetas como si realmente las viesen, hacen esteras y canastillos, tejiendo paja de varios colores, con expedición y bien: ¡hasta tal punto tienen ejercitado el tacto! El tacto es para ellos la vista; uno de sus mayores placeres es el de tocar y oprimir hasta adivinar la forma de las cosas, palpándolas. Es conmovedor ver, cuando van al Museo Industrial, donde les dejan tener lo que quieren, con cuánto gusto se apoderan de los cuerpos geométricos y ponen sus manos sobre los modelitos de casas, sobre los instrumentos; con qué alegría palpan y revuelven entre las manos todas las cosas para ver cómo están hechas. ¡Ellos dicen ver!”. Garofi interrumpió al maestro para preguntarle si era cierto que los chicos ciegos aprenden a hacer cuentas mejor que los otros. El maestro respondió: “Es verdad. Aprenden a hacer cuentas y a leer. Tienen libros a propósito con caracteres en relieve; pasan por encima los dedos, reconocen las letras y dicen las palabras; leen de corrido. Y es preciso ver, ¡pobrecillos!, cómo se ponen colorados cuando se equivocan. También escriben sin tinta. Escriben sobre un papel grueso y duro con un punzoncito de metal, que hace tantos puntitos hundidos y agrupados, según un alfabeto especial; los cuales puntitos aparecen de relieve por el revés del papel, de modo que volviendo la hoja y pasando los dedos sobre aquellos relieves, pueden leer lo que han escrito y la escritura de los demás: no de otra manera hacen composiciones y se escriben cartas entre ellos. La escritura de los números y de los cálculos la hacen del mismo modo. Calculan mentalmente con increíble facilidad, porque no les distrae la vista de las cosas exteriores como a nosotros. ¡Si viérais qué apasionados son por oír leer en alta voz, qué atención prestan, cómo lo recuerdan todo, cómo discuten entre sí, aun los más pequeños, de cosas de Historia y de lenguas, sentados cuatro o cinco en un banco, sin volverse el uno hacia el otro, y conversando el primero con el tercero, el segundo con el cuarto en alta voz, y todos juntos, sin perder una sola palabra, por la rapidez y agudeza que tiene su oído! Dan más importancia que vosotros a los exámenes, y toman más afecto a sus maestros. Reconocen a su maestro en el andar y por el olfato; perciben si está de buen humor o de malo, si está bueno o no; y todo esto nada más que por el sonido de una palabra: quieren que el maestro les toque cuando les anima y les alaba, y le palpan las manos y los brazos para expresarle su gratitud. También se profesan unos a otros mucho cariño, y son buenos compañeros. En las horas de recreo casi siempre están juntos los mismos. En la sección de música, por ejemplo, se forman tantos grupos cuantos son los instrumentos que saben tocar; así, hay grupos de violinistas, pianistas, flautistas, sin separarse jamás. Puesto su cariño en una persona, es difícil que se desprendan de él. Su gran consuelo es la amistad. Se juzgan unos a otros con rectitud. Tienen concepto claro y profundo del bien y del mal. No hay nadie que se exalte tanto como ellos en presencia de una acción generosa o de un hecho grande”. Votino preguntó si tocan bien. “Sienten ardiente amor por la música--respondió el maestro--. Su alegría y su vida están en la música. Hay niños ciegos que, apenas entran en el colegio, son capaces de estar horas inmóviles, a pie quieto, oyendo tocar. Aprenden pronto a tocar con pasión. Cuando el maestro dice a uno que no tiene disposición para la música, sufre un gran tormento; pero se pone a estudiar como un desesperado. ¡Ah! Si oyérais la música allí dentro; si les viérais cuando tocan, con la frente alta, con la sonrisa en los labios, el semblante encendido, trémulos de emoción, extasiados, oyendo aquellas armonías que resplandecen en la obscuridad infinita que los rodea, ¡comprenderíais perfectamente que para ellos es consuelo divino la música! El júbilo y la felicidad rebosa cuando les dice el maestro: ‘Tú llegarás a ser un artista’. El que sobresale en la música y llega a tocar bien el piano o el violín, es como un rey: le aman, le veneran. Si se origina una disputa, los contendientes van a sometérsela; y si dos amigos regañan, él también es quien los reconcilia. Los más pequeñitos, a quienes él enseña a tocar, lo consideran como a un padre. Antes de ir a acostarse, todos van a darle las buenas noches. Hablan sin cesar de música; a lo mejor estando ya acostados, casi todos cansados del estudio y del trabajo y medio dormidos, todavía se les oye charlar en voz baja de óperas, de maestros, de instrumentos, de orquestas. Y es tan grande castigo el privarles de la lectura o de la lección de música, sienten tanta pena, que casi nunca se tiene valor para castigarlos de este modo. Lo que la luz es para nuestros ojos, es la música para el corazón de ellos”. Deroso preguntó si no se podía ir a verlos. “Se puede--respondió el maestro--; pero vosotros, siendo niños, no debéis ir por ahora. Iréis más tarde, cuando estéis en situación de comprender toda la grandeza de su desventura y de sentir toda la piedad a que es acreedora. Es un espectáculo triste, hijos míos. Os encontráis a veces con unos cuantos muchachos sentados frente a una ventana, abierta de par en par, gozando del ambiente fresco, con la cara inmóvil, que parece que miran la inmensa llanura verde y las hermosas montañas azules que vosotros véis... Y el pensar que no ven nada, que jamás podrán ver nada de toda aquella magnífica belleza, os oprime el alma como si ellos se hubieran vuelto ciegos en aquel momento. Y todavía los ciegos de nacimiento, que, no habiendo visto el mundo, no echan de menos nada, porque ignoran las imágenes de las cosas, dan menos compasión; pero hay niños que hace pocos meses se han quedado ciegos, que todo lo tienen presente todavía y que comprenden bien lo que han perdido, los cuales sienten, además, el dolor de ver cómo cada día que pasa se van obscureciendo las imágenes más queridas, como si en su memoria se fuera muriendo el recuerdo de las personas amadas. Uno de estos infelices me decía cierto día con inexplicable tristeza: ‘¡Quisiera llegar a tener vista una vez nada más, un momento, para ver la cara de mi madre, que no la recuerdo ya!’. Y cuando las madres van a buscarlos, les ponen las manos sobre la cara, las tocan bien desde la frente hasta la barba y las orejas, para poder sentir cómo son, y casi no llegan a persuadirse de que no las ven, y las llaman por sus nombres muchas veces como para suplicarles que se dejen ver una sola vez siquiera. ¡Cuántos salen de allí llorando, aun los hombres de corazón duro! Y cuando se sale, nos parece que somos una excepción, que gozamos de un privilegio inmerecido al ver la gente, las casas, el cielo. ¡Oh! No hay ninguno de vosotros, estoy seguro de ello, que al salir de allí no estuviera dispuesto a privarse de algo de su propia vista para dar siquiera fuese un ligero resplandor a aquellos pobres niños, para los cuales ni el sol tiene luz ni cara sus respectivas madres!”.

EL MAESTRO ENFERMO

_Sábado 25._--Ayer tarde, al salir de la escuela, fuí a visitar al profesor, que está malo. El trabajo excesivo le ha puesto enfermo. Cinco horas de lección al día, luego una hora de gimnasia, luego otras dos horas de escuela de adultos por la noche, lo cual significa que duerme muy poco, que come a escape y que no puede ni respirar siquiera tranquilamente de la mañana a la noche; no tiene remedio: ha arruinado su salud. Esto dice mi madre. Ella me esperó abajo en la puerta de la calle; subí solo, y en la escalera me encontré al maestro de las barbazas negras, Coato, aquél que mete miedo a todos y no castiga a nadie; él me miró con los ojos fijos, rugió como un león (por broma) y pasó muy serio. Aún me reía yo cuando llegaba al piso cuarto y tiraba de la campanilla; pero pronto cambié, cuando la criada me hizo entrar en un cuarto pobre, medio a obscuras, donde se hallaba acurrucado mi maestro. Estaba en una cama pequeña de hierro: tenía la barba crecida. Se puso la mano en la frente como pantalla para ver mejor, y exclamó con su voz afectuosa. “¡Oh, Enrique!”. Me acerqué al lecho, me puso una mano sobre el hombro y me dijo: “Muy bien, hijo mío. Has hecho bien en venir a ver a tu pobre maestro. Estoy en mal estado, como ves, querido Enrique. Y ¿cómo anda la escuela? ¿Qué tal los compañeros? ¿Todo va bien, eh, aun sin mí? ¿Os encontráis bien sin mí, no es verdad? ¡Sin vuestro viejo maestro!”. Yo quería decir que no; él me interrumpió. “Ea, vamos, ya lo sé que no me queréis mal”. Y dió un suspiro. Yo miraba unas fotografías clavadas en las paredes. “¿Ves?--me dijo--. Todos estos muchachos me han dado sus retratos desde hace más de veinte años. Guapos chicos. He ahí mis recuerdos. Cuando me muera, la última mirada la echaré allí a todos aquellos pilluelos, entre los cuales he pasado la vida. ¿Me darás tu retrato también, no es verdad, cuando hayas concluido el grado elemental?”. Luego cogió una naranja que tenía sobre la mesa de noche y me la alargó diciendo: “No tengo otra cosa que darte: es un regalo de enfermo”. Yo le miraba, y tenía el corazón triste, no se por qué. “Ten cuidado, ¿eh?--volvió a decirme--; yo espero que saldré bien de ésta; pero si no me curase... cuida de ponerte fuerte en aritmética, que es tu lado flaco; haz un esfuerzo; no se trata más que de un primer esfuerzo, porque a veces no es falta de aptitud, es una preocupación o, como si se dijese, una manía”. Pero entretanto respiraba fuerte, se veía que sufría. “Tengo una fiebre muy alta...”. Y suspiró. “Estoy medio muerto. Te recomiendo, pues: ¡firme en la aritmética y en los problemas! ¿Que no sabes bien, a la primera, se descansa un momento y se vuelve a intentar! ¿Que todavía no sale bien? Otro poco de descanso y vuelta a empezar. Y adelante, pero con tranquilidad, sin afanarse, sin perder la cabeza. Vete. Saluda a tu madre. Y no vuelvas a subir las escaleras; nos volveremos a ver en la escuela. Y si no nos volvemos a ver, acuérdate alguna vez de tu maestro del tercer año, que siempre te ha querido bien”. “¡Inclina la cabeza!”, me dijo. La incliné sobre la almohada y me besó en los cabellos. Luego añadió: “Vete”; y volvió la cara del lado de la pared. Yo bajé volando las escaleras porque tenía necesidad de abrazar a mi madre.

LA CALLE

_Sábado 25._--“Te observaba desde la ventana esta tarde al volver de casa del maestro; tropezaste con una pobre mujer. Cuida mejor que ver cómo andas por la calle. También en ella hay deberes que cumplir. Si tienes cuidado de medir tus pasos y tus gestos en una casa, ¿por qué no has de hacer lo mismo en la calle, que es la casa de todos? Acuérdate, Enrique: siempre que encuentres a un anciano, a un pobre, a una mujer con un niño en brazos, a un impedido que anda con muletas, a un hombre encorvado bajo el peso de su carga, a una familia vestida de luto, cédeles el paso con respeto; debemos respetar la vejez, la miseria, el amor maternal, la enfermedad, la fatiga, la muerte. Siempre que veas una persona a la cual se le viene encima un carruaje, quítale del peligro, si es un niño; adviértele, si es un hombre; pregunta qué tiene al niño que veas solo llorando. Recoge el bastón al anciano que lo haya dejado caer. Si dos niños riñen, sepáralos; si son dos hombres, aléjate por no asistir al espectáculo de la violencia brutal que ofende y endurece el corazón. Y cuando pase un hombre maniatado entre dos guardias, no añadas a la curiosidad cruel de la multitud, la tuya; puede ser inocente. Cesa de hablar con tu compañero y de sonreír cuando encuentres una camilla del hospital, que quizá lleva un moribundo, o un cortejo mortuorio, porque ¡quién sabe si mañana no podría salir uno de tu casa! Mira con reverencia a todos los muchachos de los establecimientos benéficos que pasan de dos en dos: los ciegos, los mudos, los raquíticos, los huérfanos, los niños abandonados; piensa que son la desventura y la caridad humana las que pasan. Finge siempre no ver a quien tenga una deformidad repugnante, ridícula. Apaga siempre las cerillas que encuentres encendidas al pasar: el no hacerlo podría costar caro a alguno. Responde siempre con finura al que te pregunte por una calle. No mires a nadie riendo, no corras sin necesidad y no grites. Respeta la calle. La educación de un pueblo se juzga, ante todo, por el comedimiento que observa en la vía pública. Donde notes falta de educación fuera, la encontrarás también dentro de las casas. Estudia las calles, estudia la ciudad donde vives, que si mañana fueras lanzado lejos de ella, te alegrarías de tenerla bien presente en la memoria y de poder recorrer con el pensamiento tu ciudad, tu pequeña patria, la que ha constituido por tantos años tu mundo, donde has dado tus primeros pasos al lado de tu madre, donde has sentido las primeras emociones, abierto tu mente a las primeras ideas y encontrado los primeros amigos. Ella ha sido una madre para ti, te ha instruido, deleitado y protegido. Estúdiala en sus calles y en su gente; ámala, y cuando oigas que la injurian, defiéndela.--_Tu padre_”.

[Ilustración]

[Illustration: MARZO]

LAS ESCUELAS DE ADULTOS

_Jueves 1.º_

Ayer me llevó mi padre a ver las clases de adultos de la escuela Bareti, que es la nuestra; ya estaban todas iluminadas, y los artesanos comenzaban a entrar. Al llegar, nos encontramos al director y a los maestros encolerizados, porque hacía poco habían roto a pedazos los cristales de una ventana; el bedel, echándose a la calle había atrapado a un muchacho que pasaba; pero en el mismo momento se presentó Estardo, que vive frente a la escuela, diciendo: “Éste no ha sido; yo mismo lo he visto con mis propios ojos; Franti ha sido el que ha tirado y me ha dicho: ‘¡Ay de ti si hablas!’; pero yo no tengo miedo”. El director añadió que Franti sería expulsado para siempre. Entretanto observaba a los operarios que llegaban juntos, de dos en dos o de tres en tres, y ya habían entrado más de doscientos. ¡Nunca había yo visto lo hermoso que es una escuela de adultos! Allí estaban mezclados muchachos desde doce años y hombres con barba que volvían del trabajo, con sus libros y sus cuadernos. Había carpinteros, fumistas, fogoneros con la gorra negra, albañiles con las manos blancas de cal, mozos de panadería con el pelo enharinado; se percibía olor de barniz, de cuero, de pez, de aceite, olores de todos los oficios. También entró una escuadra de obreros de la Maestranza de Artillería, de uniforme, con un cabo. Todos se metían presurosos en los bancos; quitaban el travesaño donde nosotros ponemos los pies, e inmediatamente inclinaban sus cabezas sobre los cuadernos. Algunos iban a pedir explicación a los maestros, con los cuadernos abiertos. Vi a aquel maestro joven y bien vestido, _el abogadillo_, que tenía tres o cuatro operarios alrededor de la mesa, y hacía correcciones con la pluma; también al cojo, que se reía grandemente con un tintorero que le llevaba un cuaderno manchado de tinte rojo y azul. Mi maestro, ya curado, se encontraba allí asimismo; mañana volverá ya a la escuela. Las puertas de la clase estaban abiertas. Me quedé admirado, cuando comenzaron las lecciones, al ver la atención que todos prestaban, sin mover siquiera los ojos. Y sin embargo, “la mayor parte, decía el director, por no llegar demasiado tarde, no habían ido a casa a tomar siquiera un poco de pan, y tenían hambre”. Los pequeños, al cabo de media hora de clase, se caían de sueño. Alguno se dormía con la cabeza apoyada en el banco, y el maestro lo despertaba haciéndole cosquillas con una pluma en la oreja. Los mayores no: estaban bien despiertos, oyendo la lección con la boca abierta, sin pestañear; nos causaba maravilla. Subimos al piso superior, corrí hacia la puerta de mi clase, y me encuentro con que mi sitio estaba ocupado por un hombre de grandes bigotes, que llevaba una mano vendada porque quizá se había hecho daño con alguna herramienta, y que, sin embargo, se ingeniaba para poder escribir muy despacio. Lo que más me agradó fué el ver que precisamente en el mismo banco, y en el mismo rinconcito donde se sienta el albañilito, se sienta también su padre, aquel albañil grande como un gigante, que apenas cabe en el sitio, con los codos apoyados en la mesa, la barba sobre los puños y los ojos fijos en el libro, y con una atención tan intensa, que no se le siente respirar. Y no fué pura casualidad, porque él fué precisamente quien dijo al director el primer día que asistió a la escuela: “Señor director, hágame el favor de ponerme en el mismo sitio que ocupa mi ‘carita de liebre’ (porque siempre llama a su hijo de esta manera)”. Nos detuvimos en la escuela hasta lo último, encontrándonos en la calle muchas mujeres con los niños abrazados al cuello, que esperaban a sus maridos, y que en cuanto salían hacían el cambio; los operarios cogían a sus hijos en brazos, las mujeres tomaban los libros y los cuadernos, y así llegaban a casa. Por algún tiempo la calle estaba llena de gente y de ruido. Luego todo quedó en silencio, y no distinguimos ya nada más que la figura larga y cansada del director, que se alejaba.

LA LUCHA

_Domingo 5._--Era de esperar: Franti, expulsado por el director, quiso vengarse, y aguardó a Estardo en una esquina, a la salida de la escuela, por donde había de pasar con su hermana, a quien todos los días va a buscar a un colegio de la calle de Dora Grosa. Mi hermana Silvia, al salir de su clase, lo vió y volvió a casa llena de espanto. He aquí lo que ocurrió: Franti, con su gorra lustrosa de hule, aplastada y caída sobre una oreja, corrió de puntillas hasta alcanzar a Estardo y, para provocarle dió un tirón a la trenza de su hermana; pero tan fuerte, que casi la tira en tierra hacia atrás. La muchachita lanzó un grito; su hermano se volvió. Franti que es mucho más alto y más fuerte que Estardo, pensaba: “O se aguantará, o le daré de cachetes”. Pero Estardo no se detuvo a pensarlo, y, a pesar de ser tan pequeño y mal formado, se lanzó de un salto sobre aquel grandullón y le molió a puñetazos; pero no podía con él, y le tocaban más de los que él daba. Nadie pasaba por la calle, sino algunas niñas; nadie podía separarles. Franti le tiró al suelo; pero él en seguida se puso en pie, y vuelta a echársele encima a Franti, que le golpeaba como quien golpea en una puerta: en un momento le arrancó media oreja, le hundió un ojo y le hizo echar sangre por la nariz. Pero Estardo no cejaba, duro con él; rugía: “Me matarás, pero te las he de hacer pagar”. Franti le daba puntapiés y puñadas; Estardo se defendía a patadas y empellones, y hasta con la cabeza. Una mujer gritaba desde la ventana: “¡Bravo por el pequeño!”. Otras decían: “Es un muchacho que defiende a su hermana. ¡Valor! Dale a puño cerrado”. Y a Franti le gritaban: “¡Porque eres mayor, cobarde!”. Pero Franti también se había enfurecido, le echó la zancadilla y Estardo cayó, y él encima: “¡Ríndete!”. “¡No!”. “¡Ríndete!”. “¡No!”. Y de un empujón se deslizó de entre sus manos y se puso en pie; se aferró a Franti por la cintura, y con un esfuerzo furioso lo tiró impetuosamente sobre el empedrado, echándole la rodilla al pecho. “¡Ah, el infame tiene una navaja!”, gritó un hombre que corría para desarmar a Franti. Pero ya Estardo, fuera de sí, le había cogido el brazo con las dos manos y dándole un fuerte mordisco, le hizo dejar caer la navaja; la mano le sangraba. Acudieron otros varios, los separaron y los levantaron: Franti echó a correr, malparado; Estardo permaneció en el sitio, con la cara arañada y un ojo magullado, pero vencedor, al lado de su hermana, que lloraba mientras otras niñas recogían los cuadernos y los libros desparramados por el suelo. “¡Bravo por el pequeño--decían alrededor--, que ha defendido a su hermana!”. Pero Estardo, que pensaba más en su cartera que en su victoria, se puso luego a examinar uno por uno de los libros y los cuadernos para ver si faltaba algo o se habían estropeado; los limpió con la manga, miró el cartapacio, puso en su sitio todo, y luego, tranquilo y serio como siempre, dijo a su hermana. “Vámonos pronto, que tengo que hacer un problema con cuatro operaciones”.

LOS PADRES DE LOS CHICOS