Part 11
Cogió, pues, á la joven, pensando: «¡Cuánto me asombra que esté sin calzón!» Y le dió vueltas y más vueltas, y la palpó, y después dijo, maravillado: «¡Ya Alah! ¡Qué trasero tan gordo!» Luego le acarició el vientre, y dijo: «¡Es una maravilla de ternura!» Después le tentó los pechos, y los cogió, y al llenarse las dos manos, sintió tal estremecimiento voluptuoso, que exclamó: «¡Por Alah! ¡No tengo más remedio que despertarla para hacer bien las cosas! Pero ¿cómo no se ha despertado en el tiempo que llevo tocándola?
Y lo que impedía despertarse á la joven era la voluntad del efrit Dahnasch, que la había sumido en aquel sueño tan pesado para facilitar la acción de Kamaralzamán.
Y Kamaralzamán puso sus labios en los de la princesa y le dió un prolongado beso; y como no se despertaba, le dió el segundo, y el tercero, sin que ella manifestara percatarse. Entonces empezó á hablarle, diciendo: «¡Oh corazón mío! ¡Ojos míos! ¡Hígado mío! ¡Despiértate! ¡Soy Kamaralzamán!» Pero la joven no hizo el menor movimiento.
Entonces Kamaralzamán, al ver lo inútil de sus llamamientos, dijo para sí: «¡Por Alah! ¡Ya no puedo aguardar más! ¡Todo me impulsa á entrar en ella! ¡Veré si lo puedo lograr mientras duerme!» Y se tendió encima de la joven.
A todo esto, Maimuna, y Dahnasch, y Kaschkasch miraban. Y Maimuna empezaba á alarmarse y se apresuraba ya, en caso de consumarse el acto, á decir que aquello no valía.
Kamaralzamán se tendió, pues, encima de la joven, que dormía boca arriba...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 184.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Kamaralzamán se tendió, pues, encima de la joven, que dormía boca arriba, sin otra vestidura que su cabellera suelta, y la enlazó con sus brazos; é iba á practicar el primer ensayo de lo que pensaba hacer, cuando de pronto se estremeció, desenlazóse, y pensó, meneando la cabeza: «Seguramente es el rey, mi padre, quien ha mandado traer á esta joven á mi cama para experimentar conmigo el efecto del contacto de las mujeres; y ahora debe estar detrás de esa pared con los ojos aplicados á algún agujero para ver si esto sale bien. Y mañana entrará aquí y me dirá: «¡Kamaralzamán, decías que te inspiraban horror el matrimonio y las mujeres! Pues ¿qué has hecho esta noche con una joven? ¡Ah, Kamaralzamán! ¡quieres fornicar secretamente, pero te niegas á casarte, aunque sepas lo feliz que me haría ver mi descendencia asegurada y mi trono transmitido á mis hijos!» Y entonces me considerarán falso y embustero. Más vale que me abstenga esta noche de fornicar, á pesar de la mucha gana que tengo, y aguardar á mañana; y entonces pediré á mi padre que me case con esta bella adolescente. ¡Y así él se pondrá contento, y yo podré usar á gusto ese cuerpo bendito!»
Y en el acto, con gran alegría de Maimuna, que había empezado á sentir terribles inquietudes, y con gran disgusto de Dahnasch, que en cambio había pensado que el príncipe copularía y se puso á bailar de gusto, Kamaralzamán se inclinó otra vez hacia Sett Budur, y después de haberla besado en la boca, le quitó del dedo meñique una sortija adornada con un hermoso diamante, y se la puso en su propio dedo meñique, para denotar que desde aquel momento diputaba á la joven por esposa; y luego de haber puesto en el dedo de la joven su propia sortija, le volvió la espalda, aunque con gran pesar, y no tardó en tornar á dormirse.
Maimuna, al ver aquello, se entusiasmó, y Dahnasch quedó muy confuso; pero no tardó en decir á Maimuna: «¡Esto no es más que la mitad de la prueba; ahora te toca á ti!»
Entonces Maimuna se convirtió en seguida en pulga, y saltó al muslo de Sett Budur; y de allí subió al ombligo, retrocediendo después como unos cuatro dedos, y se paró precisamente en la cumbre del montecillo que domina el valle de las rosas; y allí, con una sola picadura, en la cual puso todos sus celos y su venganza, hizo saltar de dolor á la joven, que abrió los ojos y se incorporó á escape, llevándose las dos manos á la delantera. Y en seguida lanzó un grito de terror y asombro al ver junto á ella al joven tendido de costado. Pero á la primera mirada que le dirigió, no tardó en pasar del espanto á la admiración, y de la admiración al placer, y del placer á un desahogo de alegría que pronto hubo de llegar al delirio.
Efectivamente; al primer susto, dijo para sí: «¡Desventurada Budur, hete aquí comprometida para siempre! ¡En tu cama hay un extraño á quien no viste nunca! ¡Qué audacia la suya! ¡Ah! ¡Voy á llamar á los eunucos, para que acudan y le arrojen por la ventana al río! Y sin embargo, ¡oh Budur! ¿quién sabe si éste será el marido que tu padre escogió para ti? Mírale, ¡oh Budur! antes de acudir á la violencia.»
Y entonces fué cuando Budur dirigió al joven una mirada, y con aquel rápido examen quedó deslumbrada por su gentileza, y exclamó: «¡Oh corazón mío! ¡Qué hermoso es!» Y desde aquel mismo instante quedó tan por completo cautivada, que se inclinó hacia aquella boca que sonreía en sueños y le dió un beso en los labios, exclamando: «¡Qué dulce es! ¡Por Alah! ¡A éste sí que le quiero como esposo! ¿Por qué ha tardado tanto mi padre en traérmelo?» Después cogió temblando la mano del joven y la conservó entre las suyas, y le habló afablemente para despertarle, diciendo: «¡Gentil amigo! ¡Oh luz de mis ojos! ¡Oh alma mía! ¡Levántate, levántate! ¡Ven á besarme, querido mío, ven, ven! ¡Por mi vida sobre ti! ¡Despierta!»
Pero como Kamaralzamán, á causa del encanto á que le había sometido la vengativa Maimuna, no hacía un movimiento indicador de que se despertara, la hermosa Budur supuso que era por culpa de ella, que no le llamaba con bastante ardor. Y sin preocuparse de que la miraran ó no, entreabrió la camisa de seda que al principio se había apresurado á echarse encima, y se deslizó lo más cerca posible del joven, y le rodeó con sus brazos, y juntó los muslos con los suyos, y le dijo frenéticamente al oído: «¡Toma! ¡Poséeme toda! ¡Verás cuán obediente y amable soy! ¡He aquí los narcisos de mis pechos y el vergel de mi vientre, que es muy suave, mira! ¡He aquí mi ombligo, que gusta de la caricia delicada; ven á disfrutar de él! ¡Después saborearás las primicias de la fruta que poseo! ¡La noche no será bastante larga para nuestros juegos! ¡Y gozaremos hasta que sea de día!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 185.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...¡Y gozaremos hasta que sea de día!»
Pero como Kamaralzamán, cada vez más sumido en el sueño, seguía sin contestar, la hermosa Budur creyó por un momento que era una ficción de aquél para sorprenderla más, y medio riéndose, le dijo: «¡Vamos, vamos, gentil amigo, no seas tan falso! ¿Es que mi padre te ha dado esas lecciones de malicia para vencer mi orgullo? ¡Inútil trabajo, en verdad! ¡Pues tu belleza, por sí sola, ¡oh joven gamo esbelto y encantador! me ha convertido en la más sumisa de las esclavas de amor!»
Pero como Kamaralzamán seguía inmóvil, Sett Budur, cada vez más subyugada, añadió: «¡Oh señor de la belleza, mira! ¡Yo también paso por hermosa; á mi alrededor todo vive admirando mis encantos fríos y serenos! ¡Tú fuiste el único que ha logrado encender el deseo en la mirada tranquila de Budur! ¿Por qué no te despiertas, adorable joven? ¿Por qué no te despiertas, di? ¡Heme aquí! ¡Me siento morir!»
Y la joven escondió la cabeza debajo del brazo del príncipe, y le mordió mimosamente en el cuello y en una oreja, pero sin resultado. Después, como ya no podía resistir á la llama encendida en ella por vez primera, empezó á rebuscar con la mano por entre las piernas y los muslos del joven, y los encontró tan lisos y redondos, que no pudo evitar que la mano resbalase por su superficie. Entonces, como por casualidad, encontró por el camino y entre ellos un objeto tan nuevo para ella, que lo miró con los ojos muy abiertos, y vió que entre sus manos cambiaba de forma á cada momento. Al principio se asustó mucho; pero rápidamente comprendió su uso particular; pues así como el deseo es mucho más intenso en las mujeres que en los hombres, su inteligencia es también más veloz para apreciar las relaciones entre los órganos encantadores. Lo cogió, pues, á mano llena, y mientras besaba los labios del joven con ardor, sucedió lo que sucedió.
Tras de lo cual, Sett Budur cubrió de besos á su amigo dormido, sin dejar un sitio en que no pusiera los labios. Después, algo calmada, le cogió las manos y se las besó una tras otra en la palma; luego le levantó y se lo puso en el regazo, y le rodeó el cuello con los brazos, y así enlazados, cuerpo contra cuerpo, mezclando sus alientos, se durmió sonriendo.
¡Esto fué todo! ¡Y en tanto los tres genios seguían invisibles, sin perder un ademán! Consumada la cosa tan pronto, Maimuna traspuso el límite del júbilo, Dahnasch reconoció sin dificultad que Budur había llegado mucho más allá en las manifestaciones de su ardor y le había hecho perder la apuesta. Pero Maimuna, segura ya de la victoria, fué magnánima, y dijo á Dahnasch: «En cuanto á la apuesta que me debes, te la perdono, ¡oh maldito! Y hasta voy á darte un salvoconducto, que en adelante te asegurará la tranquilidad. ¡Pero cuida de no abusar de él, ni vuelvas á faltar á la corrección!»
Después de lo cual la joven efrita se volvió hacia Kaschkasch, y le dijo afablemente: «¡Kaschkasch, te doy mil gracias por tu consejo! ¡Y te nombro jefe de mis emisarios, y de mi cuenta corre que mi padre Domriatt apruebe mi decisión!» Luego añadió: «¡Ahora, avanzad ambos y coged á esa joven, y transportadla pronto al palacio de su padre Ghayur, señor de El-Buhur y El-Kussur! ¡Vistos los rápidos progresos que acaba de hacer delante de mis ojos, le otorgo mi amistad y tengo ya completa confianza en su porvenir! ¡Ya veréis cómo realiza grandes cosas!» Y los dos genios respondieron: «¡Inschalah!» Y después...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 186.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Y los dos genios respondieron: «¡Inschalah!» Y después se acercaron al lecho, cogieron á la joven, que se echaron á cuestas, y volaron con ella hasta el palacio del rey Ghayur, al cual no tardaron en llegar, y la depositaron con delicadeza en su cama, para irse en seguida cada cual por un lado.
En cuanto á Maimuna, se volvió á su pozo, después de haber depositado un beso en los ojos de su amigo.
Eso en cuanto á los tres.
Pero en cuanto á Kamaralzamán, por la mañana despertó del sueño con el cerebro todavía turbado por su aventura nocturna. Y se volvió hacia la derecha y hacia la izquierda; pero, como era natural, sin encontrar á la joven. Entonces dijo para sí: «¡Bien adiviné que era mi padre el que había preparado todo esto para probarme, é impulsarme al matrimonio! De modo que he hecho bien en aguardar para pedirle el consentimiento, como buen hijo.» Después llamó al esclavo echado á la puerta, gritándole: «¡Eh, tumbón, levántate!» Y el esclavo se levantó sobresaltado, y medio dormido aún se apresuró á llevar á su amo el jarro y la palangana. Y Kamaralzamán cogió la jofaina y el jarro, y se fué al retrete á hacer sus necesidades, verificando luego sus abluciones con cuidado, y volvió para cumplir su rezo de la mañana, y comió un bocado, y leyó un versículo del Korán. Después, tranquilamente, y como de pasada, preguntó al esclavo: «Sauab, ¿adonde llevaste á la muchacha de esta noche?» El esclavo, estupefacto, exclamó: «¿Qué muchacha, ¡oh amo Kamaralzamán!?» Éste dijo levantando la voz: «¡Te ordeno, bribón, que me respondas sin rodeos! ¿Dónde está la joven que ha pasado la noche conmigo en la cama?» El esclavo contestó: «¡Por Alah! ¡Oh señor, no he visto ni muchacha ni muchacho! ¡Y además, nadie ha podido entrar aquí, estando yo echado delante de la puerta!» Kamaralzamán gritó: «¡Eunuco malhadado, también tú te atreves á contrariarme y á disgustarme! ¡Ah maldito, te han enseñado ardides y mentiras! ¡Por última vez te intimo á que me digas la verdad!» Entonces el esclavo levantó los brazos al cielo, y exclamó: «¡Alah es el único grande! ¡Oh amo Kamaralzamán, no entiendo una palabra de lo que me preguntas!»
Entonces Kamaralzamán le gritó: «¡Acércate, maldito!» Y habiéndose acercado el eunuco, lo agarró del cuello y lo tiró al suelo, y le pateó con tanta furia, que el eunuco soltó un cuesco. Entonces Kamaralzamán siguió dándole patadas y puñetazos, hasta que le dejó medio muerto. Y como el eunuco por toda explicación lanzaba gritos inarticulados, Kamaralzamán le dijo: «¡Aguarda un poco!» Y corrió á buscar la soga gorda de cáñamo que servía para sacar el agua del pozo, se la pasó al esclavo por debajo de los sobacos, la ató fuertemente, y le arrastró hacia el orificio del pozo, descolgándole hasta que le sumergió del todo en el agua.
Y como era en invierno, y el agua estaba muy desagradable, y corría un viento muy frío, el eunuco empezó á estornudar y pedir perdón. Pero Kamaralzamán le zambulló varias veces, gritando cada vez: «¡No saldrás hasta que confieses la verdad! ¡Si no, te ahogo!» Entonces el eunuco pensó: «¡Seguramente lo hará como lo dice!» Y después gritó: «¡Amo Kamaralzamán, sácame de aquí y te diré la verdad!» Entonces el príncipe lo sacó, y le vió que temblaba como caña al viento, y castañeteaba los dientes de frío y miedo, y presentaba un aspecto asqueroso chorreando agua y sangrando por la nariz.
El eunuco, al sentirse momentáneamente fuera de peligro, no perdió un instante, y dijo al príncipe: «¡Permíteme que vaya primero á mudarme de ropa y á limpiarme las narices!» Y Kamaralzamán le dijo: «¡Vete, pero no pierdas tiempo! ¡Y vuelve pronto á darme noticias!» Y el eunuco salió corriendo, y se fué á palacio á buscar al padre de Kamaralzamán.
Y en aquel momento el rey Schahramán conversaba con su gran visir, diciendo: «¡Oh visir mío! ¡he pasado muy mala noche, por lo inquieto que está mi corazón respecto á mi hijo Kamaralzamán! ¡Y temo mucho de que le haya ocurrido alguna desgracia en esa torre vieja, tan mal acondicionada para un joven tan delicado como mi hijo!» Pero el visir le contestó: «¡Tranquilízate! ¡Por Alah! ¡Nada ha de sucederle allí! ¡Así se domará su arrogancia y se reducirá su orgullo!»
Y en el acto se presentó el eunuco en el estado en que le habían puesto, y cayó á los pies del rey, y exclamó: «¡Oh señor nuestro y sultán! ¡La desventura ha entrado en tu casa! ¡Mi amo Kamaralzamán acaba de despertarse completamente loco! ¡Y para darte una prueba de su locura, sabe que me dijo tal y cuál cosa, y me hizo tal y cuál otra! ¡Y yo ¡por Alah! no he visto entrar en el aposento del príncipe muchacha ni muchacho!»
Oídas tales palabras, el rey Schahramán ya no tuvo duda de sus presentimientos, y gritó á su visir: «¡Maldición! ¡Tuya es la culpa, ¡oh visir de perros! ¡Tú me sugeriste la idea calamitosa de encerrar á mi hijo, á la llama de mi corazón! ¡Ah, hijo de perro! ¡levántate y corre pronto á ver lo que pasa, y vuelve aquí á darme cuenta de ello inmediatamente!
En seguida salió el gran visir, acompañado del eunuco, y se dirigió á la torre, pidiendo pormenores, que el esclavo le dió, y bien alarmantes. Así es que el visir no entró en la habitación sin precauciones infinitas, metiendo poco á poco primero la cabeza y después el cuerpo. ¡Y cuál no fué su sorpresa al ver á Kamaralzamán sentado tranquilamente en la cama y leyendo con atención el Korán!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 187.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Kamaralzamán sentado tranquilamente en la cama y leyendo con atención el Korán! Se acercó á él, y después de la zalema más respetuosa, se sentó en el suelo cerca del lecho, y le dijo: «¡Cómo nos ha alarmado este eunuco de betún! ¡Figúrate que este hijo de zorra se presentó trastornado y con facha de perro sarnoso á asustarnos, contándonos cosas que sería indecente repetir delante de ti! ¡Turbó nuestra quietud de tal manera, que estoy alborotado todavía!» Y Kamaralzamán dijo: «¡Verdaderamente, no os habrá molestado más de lo que me ha molestado á mí hace poco! ¡Pero ¡oh visir de mi padre! me alegraría mucho saber lo que os pudo contar!» El visir contestó: «¡Alah preserve tu juventud! ¡Alah robustezca tu entendimiento! ¡Aleje de ti las acciones no mesuradas y libre á tu lengua de las palabras sin sal! ¡Este hijo de bardaje afirma que te has vuelto loco de repente, y le has hablado de una joven que pasó la noche contigo, y que luego te acaloraste con otras insensateces semejantes, y que has acabado por molerle á golpes y echarle al pozo! ¡Oh Kamaralzamán! ¿No es verdad que todo se reduce á una osadía de ese negro podrido?»
Oídas tales palabras, Kamaralzamán se sonrió con aire de superioridad, y dijo al visir: «¡Por Alah! ¿Has acabado con las chanzas, viejo sucio, ó quieres también enterarte de si el agua del pozo sirve para el hammam? ¡Te advierto que si ahora mismo no me dices lo que mi padre y tú habéis hecho con mi amante, la joven de hermosos ojos negros y mejillas frescas y sonrosadas, me pagarás tus astucias más caras que el eunuco!» Entonces, sobrecogido otra vez el visir por una inquietud sin límites, se levantó andando hacia atrás, y dijo: «¡El nombre de Alah sobre ti y alrededor de ti! ¡Ya Kamaralzamán! ¿por qué hablas de esa manera? ¡Si es que has soñado eso á consecuencia de una mala digestión, apresúrate por favor á disipar el sueño! ¡Ya Kamaralzamán, esta conversación no es razonable!»
Al oir tales palabras, el joven exclamó: «¡Para demostrarte ¡oh jeque de maldición! que no he visto á la joven con las orejas, sino con este ojo y este otro, y que no he palpado y olido las rosas de su cuerpo con los ojos, sino con estos dedos y esta nariz, toma!» Y le dió un cabezazo en el vientre que lo tiró al suelo, y después le agarró las barbas, que llevaba muy largas, y se las enrolló alrededor de la muñeca, y seguro de que no podía escaparse, empezó á darle recios golpes todo el tiempo que se lo permitieron sus fuerzas.
El desdichado gran visir, viendo que perdía las barbas pelo á pelo, y que también el alma estaba á punto de despedirse, se dijo para sí: «¡Ahora tengo que mentir! ¡Es el único medio de librarme de las manos de este loco!» Por lo tanto, le dijo: «¡Oh mi señor! ¡Te ruego que me perdones por haberte engañado! La culpa es de tu padre, que me encargó mucho, so pena de horca inmediata, que no te revelara todavía el sitio en que se ha depositado á la joven consabida. Pero si quieres soltarme, voy á escape á suplicar al rey tu padre que te saque de esta torre, y le daré cuenta de tu deseo de casarte con la joven. ¡Lo cual le alegrará hasta el límite de la alegría!»
Al oir estas palabras, Kamaralzamán le soltó y le dijo: «¡En tal caso, ve pronto á avisar á mi padre, y vuelve á traerme inmediatamente la contestación!»
En cuanto el visir se vió libre, se precipitó fuera del aposento, cuidando de cerrar la puerta con doble vuelta de llave, y corrió, fuera de sí y con la ropa hecha pedazos, á la sala del trono.
Al ver el rey Schahramán á su visir en aquel estado lamentable, le dijo: «¡Te hallo muy abatido y sin turbante! ¡Y pareces muy mortificado! ¡Bien se ve que ha debido de ocurrirte algo desagradable!» El visir respondió: «¡Lo que me pasa es menos desagradable que lo que le sucede á tu hijo, ¡oh rey!» Éste preguntó: «Pues entonces, ¿qué es?» El visir dijo: «¡No cabe duda de que está completamente loco!»
A estas palabras, el rey vió que la luz se convertía en tinieblas delante de sus ojos, y dijo: «¡Alah me asista! ¡Dime pronto los caracteres de la locura que ataca á mi hijo!» Y el visir contestó: «¡Escucho y obedezco!» Y refirió al rey todos los pormenores de la escena, sin olvidar cómo escapó de manos de Kamaralzamán.
Entonces el rey se encolerizó en extremo, y gritó: «¡Oh el más calamitoso de los visires! ¡Esta noticia que me anuncias vale tu cabeza! ¡Por Alah! ¡Si es realmente ese el estado de mi hijo, te mandaré crucificar encima del minarete más alto, para enseñarte á no darme consejos tan detestables como los que fueron la primera causa de esta desdicha!» Y se precipitó hacia la torre, y seguido del visir penetró en la habitación de Kamaralzamán.
Cuando Kamaralzamán vió entrar á su padre, se levantó rápidamente en honor suyo, y saltó de la cama, y se quedó respetuosamente delante de él, cruzado de brazos, después de haberle besado la mano, á fuer de buen hijo. Y el rey, contentísimo al ver á su hijo tan pacífico, le echó los brazos con ternura alrededor del cuello y le besó entre los dos ojos, llorando de alegría.
Tras de lo cual le hizo sentarse junto á él, encima de la cama, y se volvió indignado hacia el visir, y le dijo: «¡Ya ves cómo eres el último de los últimos entre los visires! ¿Cómo osaste venir á contarme que mi hijo estaba de esta ó la otra manera, llenando de espanto mi corazón y haciéndome añicos el hígado?» Luego añadió: «¡Además, vas á oir con tus propios oídos las respuestas llenas de sentido común que me dará mi amado hijo!» Miró entonces paternalmente al joven, y le preguntó:
«Kamaralzamán, ¿sabes qué día es hoy?» El otro respondió: «¡Seguramente! Es sábado.» El rey dirigió una mirada llena de ira y triunfo al visir aterrado, y le dijo: «Lo oyes, ¿verdad?» Después prosiguió:
«Y mañana, Kamaralzamán, ¿qué día será? ¿Lo sabes?» El príncipe contestó: «¡Sí, por cierto!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGO LA 188.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...¡Sí, por cierto! Será domingo, y después lunes, luego martes, miércoles, jueves, y finalmente viernes, día santo.» Y el rey, en el colmo de la dicha, exclamó: «¡Oh hijo mío! ¡oh Kamaralzamán! ¡lejos de ti todo mal agüero! Pero dime también cómo se llama en árabe el mes en que estamos.» El príncipe respondió. «Se llama en árabe mes de Zul-Kiidat. Después viene el mes de Zul-Hidjat, luego vendrá Moharram, seguido de Safar, de Rabialaual, de Rabialthaní, de Gamadialuala, de Gamadialthania, de Ragab, de Schaaban, de Ramadán, y por fin, de Schaual.»
Entonces el rey llegó al límite extremo de la alegría, y tranquilizado ya acerca del estado de su hijo, se volvió hacia el visir y le escupió en la cara, diciéndole: «¡Aquí no hay más loco que tú, viejo visir malhadado!» Y el visir meneó la cabeza y quiso contestar; pero se calló, y se dijo: «¡Aguardemos al final!»