Chapter 3 of 14 · 3862 words · ~19 min read

Part 3

Pero al llegar á un terreno plantado de viñas, no tardó en observar algo que le pareció sospechoso, pues tenía todo el aspecto de una trampa, y para evitarlo dió un gran rodeo, diciendo para sí: «¡El que anda sin mirar los agujeros que hay á su paso, está destinado á caer en ellos! Además, mi experiencia de las asechanzas de Ibn-Adán ha de ponerme siempre en guardia. Por ejemplo, si viera una figura de zorro en una viña, en vez de acercarme echaría á correr, ¡pues sería seguramente un cebo puesto allí por la perfidia de Ibn-Adán! ¡Y ahora me sorprende en este viñedo algo que no me parece de buena ley! Veamos lo que es, pero con prudencia, porque la prudencia es la mitad de la valentía.» Y después de razonar así, el zorro empezó á avanzar poco á poco, retrocediendo de cuando en cuando y olfateando á cada paso. Se arrastraba y aguzaba las orejas, avanzaba y retrocedía cautelosamente, y así acabó por llegar hasta el mismo límite de aquel lugar tan sospechoso. Y bien hizo, pues pudo ver que era un hoyo hondo, cubierto de débiles ramajes disimulados con tierra. Al verlo, exclamó: «¡Loor á Alah, que me ha dotado de la admirable virtud de la prudencia y de estos buenos ojos que me permiten ver tan claramente!» Después, pensando que el lobo caería allí de cabeza, se puso á bailar de alegría, como si se hubiera emborrachado con todas las uvas de la viña. Y entonó este canto:

_¡Lobo! ¡Lobo feroz! ¡Tu fosa está abierta, y la tierra dispuesta á cegarla!_

_¡Lobo maldito! ¡Rondador de mozas, tragón de muchachos: en adelante te comerás los excrementos que mi culo hará llover dentro del hoyo, encima de tus hocicos!_

Y en seguida desanduvo lo andado, y fué á buscar al lobo, al cual dijo: «¡Te anuncio una buena nueva! ¡Tu fortuna es grande, y las dichas llueven sobre ti, sin que se cansen! ¡Sea continua la alegría en tu casa, y también los goces!» El lobo exclamó: «¿Qué me anuncias? ¿Y á qué vienen esas exageraciones?» El zorro dijo: «La viña está hermosa hoy. ¡Todo es júbilo, pues el amo del viñedo ha fallecido, y está tendido en medio del campo, debajo de unas ramas que lo cubren!» El lobo gritó: «¿A qué aguardas entonces, alcahuete vil, para llevarme allí? ¡Anda!» Y el zorro se apresuró á guiarle hasta el centro del viñedo, y mostrándole el sitio consabido, le dijo: «¡Allí es!» Entonces el lobo lanzó un aullido, y de un brinco saltó hacia las ramas, que cedieron á su peso. Y el lobo rodó hasta el fondo del hoyo. Cuando el zorro vio caer á su enemigo, se sintió tan alegre, que antes de correr al hoyo para deleitarse con su triunfo, se puso á brincar, y en el límite de la alegría, recitó para sí estas estrofas:

_¡Alégrate, alma mía! ¡Todos mis deseos se han cumplido; el Destino me sonríe!_

_¡La arrogancia, la supremacía y toda la gloria de la autoridad, serán mías en el bosque!_

_¡Mías las viñas hermosas y las cacerías espléndidas, la grasa de los gansos, los muslos de los patos, la pechuga de las gallinas y la cabeza roja de los gallos!_

Y dando brincos llegó al borde del hoyo, palpitante el corazón. ¡Y cuál no sería su júbilo al ver al lobo llorando por su caída y lamentándose de su perdición irremediable! Entonces el zorro se puso también á llorar y gemir, y el lobo levantó la cabeza y le vió llorar, y le dijo: «¡Oh compañero zorro, qué bueno eres al llorar así conmigo! ¡Ya sé que algunas veces fuí injusto contigo! Pero por favor, déjate ahora de lágrimas y corre á avisar á mi esposa y á mis hijos, enterándoles del peligro en que estoy y de la muerte que me amenaza.» Entonces el zorro le dijo: «¡Ah, malvado! ¿Eres tan estúpido que supones que derramo estas lágrimas por ti? ¡Desengáñate, miserable! ¡Si lloro, es porque hasta ahora pudieras vivir sin contratiempo, y si me lamento tan amargamente, es porque esta calamidad no te haya ocurrido antes! ¡Muere, pues, maldito! ¡Te prometo mearme en tu tumba, y bailar con todos los zorros sobre la tierra que te cubra!»

Oídas estas palabras, el lobo pensó: «¡No es ésta ocasión de amenazas, pues es el único que me puede sacar de aquí!» Y le dijo: «¡Oh compañero! Hace un instante me jurabas fidelidad y me dabas pruebas de la mayor sumisión. ¿A qué viene este cambio? Reconozco que te he tratado algo bruscamente; pero no me guardes rencor, y recuerda lo que dijo el poeta:

_¡Siembra generosamente los granos de tu bondad, hasta en los terrenos que te parezcan estériles! ¡Tarde ó temprano, el sembrador recogerá los frutos de su grano, superando á sus esperanzas!_»

Pero el zorro le dijo burlonamente: «¡Oh el más insensato de todos los lobos y de todas las alimañas! ¿Has olvidado lo odioso de tu conducta? ¿Por qué no practicaste este consejo tan sabio del poeta:

_¡No oprimas, porque toda opresión produce la venganza, y toda injusticia la represalia!_

_¡Porque si duermes después de la injusticia, el oprimido no duerme más que con un ojo, y con el otro te acecha sin cesar! ¡Y el ojo de Alah no se cierra nunca!?_

»¡Y tú me has oprimido bastante tiempo para que ahora tenga derecho á regocijarme con tus desgracias y me deleite con tu humillación!» Entonces el lobo dijo: «¡Oh zorro prudente de ideas fértiles y de ingenio inventivo! Eres superior á tus palabras, y seguramente no las piensas, pues las dices en broma. ¡Y en verdad, el caso no es para ello! Te ruego que cojas una soga cualquiera y trates de atar una punta á un árbol para alargarme la otra punta, y yo treparé por ese medio, y saldré de este hoyo.» Pero el zorro se echó á reir, y le dijo: «¡Poco á poco, ¡oh lobo! poco á poco! ¡Primero saldrá tu alma y después tu cuerpo! ¡Y las piedras y guijarros con que van á apedrearte realizarán perfectamente esa separación! ¡Oh animal grosero, de ideas premiosas y de escaso ingenio! Comparo tu suerte con la del HALCÓN Y LA PERDIZ.»

Al oir estas palabras, el lobo exclamó: «¡No entiendo muy bien lo que quieres decirme con eso!»

Entonces el zorro dijo al lobo:

«Sabe ¡oh lobo! que un día fuí á comer algunos granos de uva á una viña. Mientras estaba allí, á la sombra del follaje, vi precipitarse desde lo alto de los aires un gran halcón sobre una perdiz. Pero la perdiz logró librarse de las garras del halcón, y corrió rápidamente á meterse en su escondrijo. Entonces el halcón, que la había perseguido sin poder alcanzarla, se detuvo delante del agujero que servía de entrada al albergue y gritó á la perdiz: «¡Loquita que huyes de mí! ¿Ignoras lo mucho que te quiero? El único motivo que me impulsó á cogerte fué el saber que estás hambrienta, y quería darte el grano que he juntado para ti. ¡Ven, pues, perdicita gentil, sal de tu albergue sin temor y ven á comer el grano! ¡Y ojalá te sea muy gustoso, y se alivie tu corazón, perdiz de mis ojos y de mi alma!» Cuando la perdiz oyó este lenguaje, salió confiada de su escondite; pero en seguida el halcón se lanzó sobre ella, le clavó las terribles garras en las carnes, y de un picotazo la despanzurró. Y la perdiz, antes de morir, dijo: «¡Oh maldito traidor! ¡Permita Alah que mi carne se convierta en veneno dentro de tu vientre!» Y murió. En cuanto al halcón, la devoró en un abrir y cerrar de ojos, pero en seguida le vino el castigo por la voluntad de Alah; pues apenas llegó la perdiz al vientre del traidor, cuando éste vió que se le caían todas las plumas, como por efecto de una llama interior, y cayó inanimado al suelo.»

«Y tú ¡oh lobo!--prosiguió el zorro--has caído en ese hoyo por haberme dado muy mala vida y haber humillado mi alma hasta el límite de la humillación.»

Entonces el lobo dijo al zorro: «¡Oh compañero, ayúdame! Da de lado todos esos ejemplos que me citas, y olvidemos lo pasado. ¡Bien castigado estoy, pues heme aquí en un hoyo, en el cual he caído á riesgo de romperme una pata ó estropearme los ojos! ¡Trataremos de salir de este mal paso, pues no ignoras que la amistad más firme es la que nace después de una desgracia, y que el amigo verdadero está más cerca del corazón que un hermano! ¡Ayúdame á salir de aquí, y seré para ti el mejor de los amigos y el más cuerdo de los consejeros!»

Pero el zorro se echó á reir con más ganas, y dijo al lobo: «¡Veo que ignoras las PALABRAS DE LOS SABIOS!» Y el lobo, pasmado, le preguntó: «¿Qué palabras y á qué sabios te refieres?» Y el zorro dijo:

«Los sabios ¡oh lobo maldito! nos enseñan que la gente como tú, la gente que tiene la máscara de la fealdad, el aspecto grosero y el cuerpo mal formado, tiene también el alma tosca y desprovista de sutileza. ¡Y cuán verdadero es esto en lo que te concierne! Lo que me has dicho acerca de la amistad es muy exacto; pero ¡cómo te equivocas al quererlo aplicar á tu alma de traidor! Porque ¡oh estúpido lobo! si realmente fueses tan fértil en juiciosos consejos, ¿cómo no darías con el medio de salir de ahí? Y si eres de veras tan poderoso como dices, ¡trata de salvar tu alma de una muerte segura! ¿No recuerdas la HISTORIA DEL MÉDICO?» «Pero ¿qué médico es ése?», gritó el lobo. Y el zorro dijo:

«Había un aldeano que padecía un gran tumor en la mano derecha. Y aquello le impedía trabajar. Y cansado ya de intentar varias curaciones, mandó llamar á un hombre al cual se creía versado en las ciencias médicas. El sabio fué á casa del enfermo, con una venda en un ojo. Y el enfermo le preguntó: «¿Qué tienes en ese ojo, ¡oh médico!?» Éste contestó: «Un tumor que no me deja ver.» Entonces el enfermo exclamó: «¿Tienes ese tumor y no lo curas? ¿Y ahora vienes para curar el mío? ¡Vuelve la espalda, y enséñame la anchura de tus hombros!»

«Y tú, ¡oh lobo de maldición! antes de pensar en darme consejos y enseñarme ardides, sé lo bastante listo para librarte de ese hoyo y guardarte de lo que te va á llover encima. Y si no, quédate para siempre en donde estás.»

Entonces el lobo se echó á llorar, y antes de desesperarse por completo, dijo al zorro: «¡Oh compañero! Te ruego que me saques de aquí, acercándote por ejemplo al borde del hoyo y alargándome la punta del rabo. Y me agarraré á ella y saldré del agujero. Y entonces, prometo ante Alah arrepentirme de todas mis ferocidades pasadas, y me limaré las garras, y me romperé los dientes, para no sentir la tentación de atacar á mis vecinos. Después me pondré la ropa tosca de los ascetas y me retiraré á la soledad para hacer penitencia, sin comer más que hierba ni beber más que agua.» Pero el zorro, lejos de enternecerse, dijo al lobo: «¿Y desde cuándo se puede cambiar tan fácilmente de naturaleza? Lobo eres, y lobo seguirás siendo, y no he de ser yo quien crea en tu arrepentimiento. ¡Y además, muy candoroso tendría yo que ser para confiarte mi cola! Quiero verte morir, porque los sabios han dicho: «¡La muerte del malo es un beneficio para la humanidad, pues purifica la tierra!...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration:

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 150.ª NOCHE_ ]

Ella dijo:

«...¡La muerte del malo es un beneficio para la humanidad, pues purifica la tierra!»

Al oir estas palabras, el lobo, lleno de rabia y desesperación, se mordió una pata; pero dulcificando más la voz, dijo: «¡Oh zorro! La raza á que perteneces es famosa entre todos los animales de la tierra, por sus exquisitos modales, su elocuencia, su sutileza y la dulzura de su temperamento. ¡Termina, pues, este juego, y recuerda las tradiciones de tu familia!» Pero el zorro, al oir estas palabras, se echó á reir con tanta gana, que se desmayó. No tardó en volver en sí, y dijo al lobo: «Ya veo, ¡oh maravilloso bruto! que tu educación está completamente por hacer. Pero no tengo tiempo para dedicarme á semejante tarea, y me contentaré, antes de que revientes, con hacer penetrar en tus oídos algunas de las palabras de los sabios. ¡Sabe, pues, que todo tiene remedio, menos la muerte; que todo puede corromperse, menos el diamante; y por último, que se puede uno librar de todo, menos del Destino!

»En cuanto á ti, me has hablado hace un momento, según creo, de recompensarme al salir del hoyo y de otorgarme tu amistad. Sospecho que te pareces á aquella SERPIENTE cuya historia no debes conocer, dada tu ignorancia.» Y como el lobo confesase que la desconocía, el zorro dijo:

«Sabe ¡oh lobo! que hubo una vez una serpiente que había logrado escaparse de manos de un titiritero. Y esta serpiente, no acostumbrada á caminar por haber estado tanto tiempo enrollada en un saco, se arrastraba penosamente por el suelo, y seguramente habría sido aplastada, si un transeunte caritativo no la hubiera visto, y creyéndola enferma, movido de piedad, la cogió y le dio calor. Y lo primero que hizo la serpiente al recobrar la vida fué buscar el sitio más delicado del cuerpo de su salvador y clavar en él su diente cargado de veneno. Y el hombre cayó muerto inmediatamente. Ya lo dijo el poeta:

_¡Desconfía y procura huir cuando la víbora se enrosque mimosamente! ¡Va á estirarse, y su veneno entrará en tu carne con la muerte!_

»Y también ¡oh lobo! hay estos versos admirables, que vienen muy bien al caso:

_¡Cuando un niño haya sido cariñoso contigo y tú le trates mal, no te asombre que te guarde rencor en el fondo del hígado, ni de que se vengue algún día cuando tenga pelos en el brazo!_

»Y yo, maldito lobo, para dar comienzo á tu castigo y hacerte probar anticipadamente las delicias que te aguardan en el fondo de ese hoyo, mientras llega la ocasión de regar tu tumba como he dicho, he aquí lo que te ofrezco: ¡levanta la cabeza, amigo!»

Y el zorro, volviéndose de espaldas, se apoyó con las patas de atrás en el borde del hoyo, é hizo llover sobre el hocico del lobo lo suficiente para ungirle y perfumarle hasta sus últimos momentos.

Y hecho esto, se subió á lo más alto de la escarpa, y empezó á chillar llamando á los amos y á los guardas, que no tardaron en acudir. Y cuando se acercaron, se ocultó el zorro, pero lo bastante cerca para ver las piedras enormes que aquéllos tiraban al hoyo y oir los aullidos de agonía de su enemigo el lobo.

Al llegar á este punto, Schahrazada se detuvo un momento para beber un vaso de sorbete que le alargaba la pequeña Doniazada. El rey Schahriar exclamó: «¡Ardía en impaciencia por saber la muerte del lobo! ¡Ahora que ya ocurrió, quisiera oirte contar algo sobre la ingenua é irreflexiva confianza y sus consecuencias!» Y Schahrazada dijo: «¡Escucho y obedezco!»

[Illustration]

[Illustration]

Cuento del ratón y la comadreja

Había una mujer cuyo oficio no era otro que descortezar sésamo. Y un día le llevaron una medida de sésamo de primera calidad, diciéndole: «El médico ha mandado á un enfermo que se alimente exclusivamente con sésamo. Y te lo traemos para que lo limpies y lo mondes con cuidado.» La mujer lo cogió, puso en seguida manos á la obra, y al acabar el día lo había limpiado y mondado completamente. ¡Y daba gusto ver aquel sésamo tan blanco! Así es que una comadreja que andaba por allí se vió tentadísima, y llegada la noche, se dedicó á transportarlo desde la bandeja en que estaba á su madriguera. Y tan bien lo hizo, que por la mañana no quedaba en la bandeja más que una cantidad muy pequeña de sésamo.

Y oculta la comadreja, pudo juzgar el asombro y la ira de la mondadora al ver aquella bandeja casi limpia del contenido. Y la oyó exclamar: «¡Ah, si pudiera dar con el ladrón! ¡No pueden ser más que esos malditos ratones que infestan la casa desde que se murió el gato! ¡Como pillase á uno, le haría pagar las culpas de todos los otros!»

Cuando la comadreja oyó estas palabras, se dijo: «Es necesario, para resguardarme de la venganza de esta mujer, tener que confirmar sus sospechas, en cuanto atañe á los ratones. ¡Si no, puede que la tomara conmigo y me rompiera los huesos!» Y en seguida fué á buscar al ratón, y le dijo: «¡Oh hermano! ¡Todo vecino se debe á su vecino! ¡No hay nada tan antipático como un vecino egoísta que no guarda atención alguna á los que viven á su lado y no les envía nada de los platos exquisitos que las hembras de la casa han guisado, ni de los dulces y pasteles preparados en las grandes festividades!» Y el ratón contestó: «¡Cuán verdad es todo eso, buena amiga! ¡Por eso, aunque haga pocos días que estés aquí, me congratulo tanto de las buenas intenciones que manifiestas! ¡Plegué á Alah que todos los vecinos sean tan buenos y tan simpáticos como tú! Pero ¿qué tienes que anunciarme?» La comadreja dijo: «La buena mujer que vive en esta casa ha recibido una medida de sésamo fresco muy apetitoso. Se lo han comido hasta hartarse entre ella y sus hijos, y sólo han dejado un puñado. Por eso vengo á avisártelo; prefiero mil veces que lo aproveches tú, á que se lo coman los glotones de sus parientes.»

Oídas estas palabras, el ratón se alegró tanto, que empezó á dar brincos y á mover la cola. Y sin tomarse tiempo para reflexionar, ni advertir el aspecto hipócrita de la comadreja, ni fijarse en la mujer que acechaba, ni preguntarse siquiera qué móvil podía impulsar á la comadreja á semejante acto de generosidad, corrió locamente y se precipitó en medio de la bandeja, en donde brillaba el sésamo esplendente y mondado. Y se llenó glotonamente la boca. Pero en aquel instante salió la mujer de detrás de la puerta, y de un palo hendió la cabeza del ratón.

¡Y así el pobre ratón, por su imprudente confianza, pagó con la vida las culpas ajenas!

Al oir estas palabras, el rey Schahriar exclamó: «¡Oh Schahrazada! ¡Qué lección de prudencia hay en ese cuento! ¡Si lo hubiera sabido antes, me habría guardado muy bien de poner una confianza sin límites en mi esposa, aquella libertina á quien maté con mis propias manos, y no hubiese creído en los miserables eunucos negros que ayudaron á la traidora! ¿Sabes por ventura alguna historia referente á la fiel amistad?»

Y Schahrazada dijo:

[Illustration]

[Illustration]

Cuento del cuervo y del gato de Algalia

He llegado á saber que un cuervo y un gato de Algalia habían trabado una firme amistad y se pasaban las horas retozando y jugando á varios juegos. Y un día que hablaban de cosas realmente interesantes, pues no hacían caso de lo que pasaba á su alrededor, fueron devueltos á la realidad por el rugido espantoso de un tigre, que resonaba en el bosque.

Inmediatamente, el cuervo, que estaba en el tronco de un árbol al lado de su amigo, se apresuró á ganar las ramas altas. En cuanto al gato, de espantado no sabía dónde ocultarse, pues ignoraba el sitio de donde acababa de salir el rugido del tigre. En tal perplejidad, dijo al cuervo: «¿Qué haré, amigo mío? Dime si puedes indicarme algún medio, ó si puedes prestarme algún socorro eficaz.» El cuervo respondió: «¿Qué no haría yo por ti, buen amigo? Estoy dispuesto á afrontarlo todo para sacarte de apuros; pero antes de acudir en tu socorro, déjame recordarte lo que dijo el poeta:

_¡La verdadera amistad es la que nos impulsa á arrojarnos al peligro para salvar al objeto amado, arriesgándonos á sucumbir!_

_¡Es la que nos hace abandonar bienes, padres y familia para ayudar al hermano de nuestra amistad!_»

En seguida el cuervo se apresuró á volar hacia un rebaño que pasaba por allí, guardado por enormes perros, más imponentes que leones. Y se fué derecho á uno de los perros, se precipitó sobre su cabeza y le dió un fuerte picotazo. Después se lanzó sobre otro perro é hizo lo mismo; y habiendo excitado así á todos los perros, echó á volar á una altura suficiente para que le fueran persiguiendo, pero sin que le alcanzaran sus dientes. Y graznaba á toda voz, como para mofarse de ellos. De modo que los perros le fueron siguiendo cada vez más furiosos, hasta que los atrajo hacia el centro del bosque. Y cuando los ladridos hubieron resonado en todo el bosque, el cuervo supuso que el tigre, espantado, había debido huir; entonces el cuervo se remontó cuanto pudo, y habiéndolo perdido de vista los perros, regresaron al rebaño. El cuervo fué á buscar á su amigo el gato, al cual había salvado de aquel peligro, y vivió con él en paz y felicidad.

Y ahora deseo contarte, ¡oh rey afortunado!--prosiguió Schahrazada--la HISTORIA DEL CUERVO Y EL ZORRO.

[Illustration]

[Illustration]

Cuento del cuervo el zorro

Se cuenta que un zorro viejo, cuya conciencia estaba cargada de no pocas fechorías, se había retirado al fondo de un monte abundante en caza, llevándose consigo á su esposa. Y siguió haciendo tanto destrozo, que acabó por despoblar completamente la montaña, y para no morirse de hambre, empezó por comerse á sus propios hijos y estrangular una noche traidoramente á su esposa, á la cual devoró en un momento. Y hecho ésto, no le quedó nada á que hincar el cliente.

Era demasiado viejo para cambiar de residencia, y no era bastante ágil para cazar liebres y coger al vuelo las perdices. Mientras estaba absorto en estas ideas, que le ennegrecían el mundo delante del hocico, vió posarse en la copa de un árbol á un cuervo que parecía muy cansado. Y en seguida pensó: «¡Si pudiera hacerme amigo de ese cuervo, sería mi felicidad! ¡Tiene buenas alas que le permiten hacer lo que no pueden mis patas baldadas! ¡Así, me traería el alimento, y además me haría compañía en esta soledad que empieza á serme tan pesada!» Y pensado y hecho: avanzó hasta el pie del árbol en que estaba posado el cuervo, y después de las zalemas acostumbradas, le dijo: «¡Oh mi vecino! No ignoras que todo buen musulmán tiene dos méritos para su vecino. El de ser musulmán y el de ser su vecino. Reconozco en ti esos dos méritos, y me siento conmovido por la atracción invencible de tu gentileza y por las buenas disposiciones de amistad fraternal que te supongo. Y tú, ¡oh buen cuervo! ¿qué sientes hacia mí?»