Part 8
Cuando los ladrones hubieron oído la extraña historia, quedaron, en efecto, extremadamente asombrados, y exclamaron: «¡Verdaderamente, es un gran honor para nuestra casa albergar en este momento á la bella Schamsennahar y al príncipe Alí ben-Bekar! Pero ¡oh joyero! ¿de veras no te burlas de nosotros? ¿Son realmente ellos?» Y Amín exclamó: «¡Por Alah, ¡oh señores míos! ellos son, absolutamente, con sus propios ojos!» Entonces los ladrones se levantaron como un solo hombre, y abrieron la puerta consabida, ó hicieron salir al príncipe Alí y á Schamsennahar, disculpándose mil veces, y diciéndoles: «¡Os suplicamos que nos perdonéis lo inconveniente de nuestra conducta, pues en realidad no podíamos suponer que íbamos á capturar personas de vuestra categoría en casa del joyero!» Después se volvieron hacia Amín y le dijeron: «¡Y á ti te devolveremos en seguida los objetos preciosos que te hemos arrebatado, y sentimos mucho no poder devolverte también los muebles, porque los hemos dispersado, haciendo que los vendan en varios sitios y en pública subasta!»
* * * * *
«Y la verdad es que se apresuraron á devolverme los objetos preciosos envueltos en un paquete grande; y yo, olvidándolo todo, no dejé de darles mil gracias por su generosidad[B]. Entonces nos dijeron á los tres: «Ahora ya no queremos teneros más aquí, como no deseéis honrarnos con vuestra presencia entre nosotros.» Y en seguida se pusieron á nuestra disposición, haciéndonos prometer únicamente no delatarlos y olvidar los desagradables ratos pasados.
»Nos llevaron, pues, á la orilla del río, y todavía no pensábamos en comunicarnos nuestras inquietudes, pues el temor aún nos tenía sin aliento, y nos inclinábamos á creer que todos aquellos sucesos ocurrían en sueños. Después, con grandes señales de respeto, los diez nos ayudaron á meternos en su barca, y se pusieron todos á remar con tal vigor, que en un abrir y cerrar de ojos llegamos á la otra orilla. Pero apenas habíamos desembarcado, ¡cuál no sería nuestro terror al vernos cercados de pronto en redondo por los guardias del gobernador, y capturados inmediatamente! Los ladrones, como se habían quedado en la barca, tuvieron tiempo de ponerse fuera de su alcance á fuerza de remos.
»Entonces el jefe de los guardias se nos acercó, y nos preguntó con voz amenazadora: «¿Quiénes sois y de dónde venís?» Sobrecogidos de miedo, nos quedamos mudos, lo cual acrecentó aún más la desconfianza del jefe de los guardias, que nos dijo: «¡Me vais á contestar categóricamente, ó en el acto os mando atar de pies y manos, y se os llevarán mis hombres! ¡Decidme, pues, en donde vivís, en qué calle y en qué barrio!» Entonces, queriendo salvar á toda costa la situación, comprendí que debía hablar, y respondí: «¡Oh señor! Somos músicos, y esta mujer es cantora de oficio. Esta noche estábamos en una fiesta que reclamaba nuestro concurso en la casa de esas personas que nos han traído hasta aquí. Pero no podemos deciros el nombre de esas personas, pues en nuestro oficio no solemos enterarnos de tales pormenores, y nos basta sólo con que nos paguen bien.» Y el jefe de los guardias me miró severamente, y me dijo: «¡No tenéis mucha traza de cantantes, y me parecéis muy aterrados é inquietos para ser personas que acaban de salir de una fiesta! Y vuestra compañera, con tan buenas alhajas, tampoco tiene trazas de almea. ¡Hola! ¡Guardias, apoderaos de esta gente y llevadla en seguida á la cárcel!»
»Al oir estas palabras, Schamsennahar se decidió á intervenir personalmente, y acercándose al jefe de los guardias, le llamó aparte y le dijo al oído algunas palabras, que le hicieron tal efecto, que retrocedió unos pasos y se inclinó hasta el suelo balbuciendo fórmulas respetuosísimas de homenaje. Y en seguida dió orden á su gente de que acercara dos embarcaciones, y ayudó á Schamsennahar á entrar en una, mientras me introducía en otra con el príncipe Ben-Bekar. Después mandó á los barqueros que nos llevaran adonde les mandáramos ir. Y en seguida cada barca siguió diferente dirección: Schamsennahar hacia su palacio, y nosotros hacia nuestro barrio.
»En cuanto á nosotros, apenas habíamos llegado á casa del príncipe, cuando le vi, sin fuerzas ya y extenuado por tan continuas emociones, desplomarse sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las mujeres de la casa...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 165.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las mujeres de la casa. Porque, según me dió á entender por el camino, después de lo que había pasado, perdía toda esperanza de tener otra entrevista con su amiga Schamsennahar.
»Entonces, mientras las mujeres y los servidores se ocupaban en hacer volver al príncipe de su desmayo, su familia se figuró que yo debía de ser el causante de todas aquellas desgracias que no entendían, y quiso obligarme á darle toda clase de pormenores. Pero yo me guardé muy bien de explicarles nada, y les dije: «¡Buena gente, lo que le ocurre al príncipe es tan extraordinario, que él es el único que os lo puede contar!» Y afortunadamente para mí, el príncipe recobró el conocimiento en aquel instante, y sus parientes ya no se atrevieron á insistir en el interrogatorio delante de él. Y yo, temiendo nuevas preguntas y ya algo tranquilo respecto al estado de Ben-Bekar, cogí mi paquete y me fui á toda prisa hacia mi casa.
»Al llegar encontré á la negra que daba gritos agudísimos y desesperados y se abofeteaba, y todos los vecinos la rodeaban para consolarla de mi perdición, que se creía segura. Así es que al verme, la esclava se echó corriendo á mis pies, y quiso también someterme á un nuevo interrogatorio. Pero yo puse término á todo esto diciéndole que por lo pronto no tenía más que ganas de dormir; y me dejé caer, extenuado, en los colchones, y poniendo la cara en la almohada dormí hasta el otro día.
»Entonces la negra se me acercó y me hizo preguntas, y yo le dije: «Dame un buen tazón lleno.» Me lo trajo, me lo bebí de un sorbo, y como la negra insistía, le dije: «¡Ha sucedido lo que ha sucedido!» Entonces se fué. Y yo me volví á dormir, y aquella vez no me desperté hasta pasados dos días y dos noches.
»Y cuando pude incorporarme, me dije: «¡La verdad es que tengo que ir á tomar un baño al hammam!» Y fuí en seguida, aunque seguía muy preocupado con la situación de Ben-Bekar y Schamsennahar, de quienes nadie me había traído noticias. Fuí, pues, al hammam, en donde tomé mi baño, y me dirigí en seguida hacia mi tienda; y cuando sacaba la llave del bolsillo para abrir la puerta, una mano me tocó en el hombro y una voz me dijo: «¡Ya Amín!» Entonces me volví, y conocí á mi joven amiga, la confidente de Schamsennahar.
»Pero en vez de alegrarme al verla, sentí un miedo atroz de que me vieran los vecinos en conversación con ella, pues todos sabían que era la confidente de la favorita. Me apresuré á meterme la llave en el bolsillo, y sin volver la cara eché á correr, completamente enloquecido, sin hacer caso de las voces de la joven, que corría detrás de mí rogándome que me parara. Y así llegué hasta la puerta de una mezquita solitaria, me precipité dentro, después de haber dejado á la puerta las babuchas, me dirigí hacia el rincón más oscuro y adopté en seguida la actitud de la oración. Entonces, más que nunca, pensé en lo grande que había sido la cordura de mi antiguo amigo Abalhassan ben-Taher, que había huído de todas aquellas complicaciones, retirándose tranquilamente á Bassra. Y pensé para mis adentros: «¡Como Alah me saque sano y salvo, hago voto de no volverme á meter en semejantes trances, ni á hacer tales papeles!»
»Apenas estaba en aquel rincón oscuro, cuando se me unió...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 166.ª NOCHE_
Ella dijo:
»Apenas estaba en aquel rincón oscuro, cuando se me unió la confidente, y ya entonces me decidí á hablar con ella, puesto que no teníamos testigos. Empezó por preguntarme: «¿Cómo estás, amigo Amín?» Le contesté: «Perfectamente de salud. ¡Pero prefiero la muerte á esta constante inquietud en que vivimos!»
»Ella prosiguió: «¿Qué dirías si conocieras el estado en que se halla mi pobre señora? ¡Ah! ¡Ya rabbí! ¡Me desmayo sólo con recordar el momento en que la vi regresar á palacio! Yo pude llegar antes, huyendo de azotea en azotea, y tirándome al suelo desde la última casa. ¡Si la hubieras visto llegar! ¿Quién habría podido creer que aquella cara tan pálida como la de un cadáver desenterrado era la de Schamsennahar, la luminosa? Así es que al verla rompí en sollozos, echándome á sus pies y besándoselos. Ella me mandó entregar al barquero mil dinares de oro por su trabajo, y después le abandonaron las fuerzas y cayó desmayada en nuestros brazos. La llevamos á la cama, y empecé á rociarle el rostro con agua de flores; le sequé los ojos, le lavé pies y manos, y la mudé de ropa. Entonces tuve la alegría de verla volver en sí, y le di en seguida un sorbete de rosa, le hice oler jazmines, y le dije: «¡Oh mi señora, por Alah sobre ti! ¿Adónde iremos á parar si seguimos así?» Ella contestó: «¡Oh mi fiel confidente! ¡Ya no hay en la tierra nada que me invite á la vida! Pero antes de morir quiero tener noticias de mi amado. ¡Ve, pues, á buscar al joyero Amín, y llévale estas bolsas llenas de oro, y ruégale que las acepte en compensación de los daños y perjuicios que le ha causado nuestra aventura!»
»Y la confidente me alargó un paquete muy pesado que llevaba, y que debía de contener más de cinco mil dinares de oro, de lo cual, efectivamente, pude cerciorarme más adelante. Después prosiguió: «¡Schamsennahar me ha encargado además que te pida, como última súplica, que nos des noticias, sean buenas ó malas, del príncipe Alí!»
»No pude negarle lo que me pedía como un favor, y á pesar de mi firme resolución de no meterme más en aquella aventura peligrosa, le dije que aquella noche en mi casa le facilitaría noticias sobre el príncipe. Y después de rogar á la joven que fuese á mi tienda para dejar el paquete, salí de la mezquita y me dirigí á casa del príncipe Alí ben-Bekar.
»Y allí me enteré de que todos, mujeres y servidores, me estaban aguardando hacía tres días, y no sabían cómo hacer para tranquilizar al príncipe Alí, que me reclamaba sin cesar, exhalando hondos suspiros. Y le encontré con los ojos casi apagados, y con más aspecto de muerto que de vivo. Entonces me acerqué á él con lágrimas en los ojos, y le estreché contra mi pecho...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 167.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...y le estreché contra mi pecho, y le dije muchas cosas para consolarle un poco, pero no lo pude conseguir, y me dijo: «¡Oh Amín, como sé que mi alma va á escaparse, deseo antes de morir dejarte una muestra de gratitud!» Y ordenó á sus esclavos: «¡Traed tal y cual cosa!» Y en seguida los esclavos se apresuraron á traer toda clase de objetos preciosos, vasijas de oro y plata, alhajas de mucho valor. Y me dijo: «¡Te ruego que aceptes esto en sustitución de lo que te han robado!» Y mandó á los esclavos que lo transportaran todo á mi casa. En seguida dijo: «¡Sabe, amigo mío, que en este mundo todas las cosas tienen un fin! ¡Desdichado de quien no alcanza su fin en el amor, pues no le queda más que la muerte! Y si no fuera por mi respeto á la ley del Profeta (¡sea con Él la paz!), ya habría yo apresurado el momento de esa muerte, que comprendo que se aproxima. ¡Si supieras los sufrimientos que se ocultan debajo de mis costillas! ¡No creo que exista hombre que haya sufrido tantos dolores como los que llenan mi corazón!»
»Entonces le dije que la confidente me aguardaba en casa para saber noticias suyas, enviada con tal objeto por Schamsennahar. Y fuí en busca de la joven para contarle la desesperación del príncipe, y que presentía su fin, y dejaría la tierra sin más pesar que el de verse separado de su amada.
»A los pocos momentos de llegar á mi casa vi entrar á la confidente llena de emoción y de trastorno, y de sus ojos brotaban abundantes lágrimas. Y yo, cada vez más alarmado, le pregunté: «¡Por Alah! ¿Qué pasa ahora? ¿Puede haber algo peor que lo que nos ha ocurrido?» Ella me contestó temblando: «¡Ya nos ha caído encima lo que tanto temíamos! ¡Estamos perdidos sin remedio, desde el primero hasta el último! El califa se ha enterado de todo, y he aquí lo ocurrido. A consecuencia de la indiscreción de una de sus esclavas, el jefe de los eunucos entró en sospechas, y empezó á interrogar una por una á todas las doncellas de Schamsennahar. Y á pesar de sus negativas, dió con la pista y lo descubrió todo. Enteró inmediatamente al califa, que mandó llamar á la favorita, ordenando que la acompañaran, contra su costumbre, veinte eunucos de palacio. ¡De modo que todas estamos en el límite del espanto! ¡Y yo he podido zafarme un momento para avisarte del peligro que nos amenaza! ¡Ve, pues, á prevenir al príncipe para que tome las precauciones necesarias!»
»Y dicho esto, la joven regresó corriendo á palacio.
»Entonces el mundo se ennegreció ante mis ojos, y exclamé: «¡No hay poder ni fuerza más que en Alah el Altísimo y Omnipotente!» ¿Qué otra cosa podía decir frente al Destino? Resolví volver á casa del príncipe, aunque hacía pocos momentos que lo había dejado; y sin darle tiempo á pedirme ninguna explicación, le grité: «¡Oh Alí, no tienes más remedio que seguirme, ó te espera la muerte más ignominiosa! ¡El califa lo sabe todo, y á estas horas habrá ordenado prenderte! ¡Alejémonos, sin perder momento, y traspongamos las fronteras de nuestro país, fuera del alcance de quienes te buscan!» Y en seguida, en nombre del príncipe, mandé á los esclavos que cargaran tres camellos con los objetos más valiosos y con víveres suficientes para el camino. Ayudé al príncipe á montar en otro camello, en el cual también monté yo detrás de él. Y en cuanto el príncipe se despidió de su madre, nos pusimos en camino, tomando el del desierto...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 168.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...nos pusimos en camino, tomando el del desierto.
»Pero toda cosa que está escrita debe ocurrir; los destinos, bajo un cielo ú otro, han de cumplirse. Y efectivamente, nuestras desdichas habían de continuarse, porque huyendo de un peligro, nos arrojábamos á otro mayor todavía.
»He aquí que al anochecer, mientras íbamos por el desierto y encaminándonos hacia un oasis, cuyo alminar sobresalía entre las palmeras, vimos surgir de pronto, á nuestra izquierda, una cuadrilla de bandoleros, que en un momento nos cercaron. Y como sabíamos muy bien que el único medio para salvar la vida era no intentar resistencia alguna, nos dejamos desarmar y despojar. Los bandidos nos quitaron las bestias con toda la carga, y hasta nos arrebataron la ropa que llevábamos encima, sin dejarnos más que la camisa. Hecho lo cual se alejaron, sin ocuparse más de nuestra suerte.
»Mi pobre amigo el príncipe no era más que una cosa entre mis manos, pues le habían aniquilado por completo tantas emociones repetidas. De todos modos, le pude ayudar á arrastrarse poco á poco hasta la mezquita que había en el oasis, y entramos allí para pasar la noche. El príncipe se arrojó al suelo y me dijo: «¡Aquí voy á morir, ya que Schamsennahar no debe de estar viva á estas horas!»
»En la mezquita estaba rezando un jeque, que al acabar sus devociones nos miró un instante, se nos acercó, y nos dijo con bondad: «¡Oh jóvenes! ¿sin duda sois forasteros y venís á pasar la noche aquí?» Le contesté: «¡Oh jeque, somos unos forasteros á quienes los bandidos del desierto acaban de despojar por completo, sin dejarnos más bienes que la camisa que llevamos encima!»
»Al oir estas palabras, el jeque nos manifestó mucha compasión, y nos dijo: «¡Oh jóvenes, aguardad unos momentos, y seré con vosotros!» Salió, para volver en seguida acompañado de un muchacho que llevaba un paquete. El jeque sacó de allí unos trajes, y nos rogó que nos los pusiéramos, y después dijo: «Venid á mi casa, donde estaréis mejor que en esta mezquita, pues debéis de tener hambre y sed.» Y nos obligó á acompañarle á su casa, á la cual no llegó el príncipe más que para tenderse sin aliento en una alfombra. Y entonces, á lo lejos, como si viniera con la brisa que soplaba por el oasis á través de las palmeras, se dejó oir la voz de alguna pobre que cantaba plañideramente estos versos tristes:
_¡Lloraba yo al ver aproximarse el fin de mi juventud! ¡Pero sequé pronto aquellas lágrimas, para no llorar más que la separación de mi amigo!_
_¡Si el momento de la muerte le parece amargo á mi alma, no es porque sea duro dejar una vida de amarguras, sino por irse lejos de los ojos del amigo!_
_¡Ah! ¡Si yo hubiera sabido que el momento de la despedida estaba tan próximo, y que me vería privado para siempre de mi amigo, me habría llevado, como provisión para el camino, algo del contacto de sus ojos adorados!_
»Apenas Alí ben-Bekar había empezado á oir aquel canto, levantó la cabeza y se puso á escuchar como fuera de sí. Y cuando la voz se extinguió le vimos volver á caer de pronto, exhalando un hondo suspiro. Había expirado...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 169.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...le vimos volver á caer de pronto, exhalando un hondo suspiro. Había expirado.
»Al ver aquello, el jeque y yo rompimos á llorar, y nos pasamos así toda la noche; y le conté entre lágrimas esta triste historia. Y al llegar la mañana le confié el cadáver hasta que la familia, avisada por mí, fuera á buscarlo. Me despedí de aquel hombre tan bueno, y me dirigí rápidamente á Bagdad, aprovechando la salida de una caravana que allá se dirigía. Y en cuanto llegué, corrí á casa del príncipe, sin mudarme siquiera de ropa, y me presenté á su madre.
»Cuando la madre de Ben-Bekar me vió llegar solo, sin su hijo, y observó mi tristeza, empezó á temblar, y yo le dije: «¡Oh venerable madre de Alí, Alah es el que manda, y la criatura tiene que someterse! Cuando se dirige á un alma el escrito de llamada, el alma tiene que presentarse sin demora delante de su amo.»
»Al oir esto, la madre de Alí exhaló un gran grito, y cayendo de bruces al suelo, exclamó: «¡Qué horror! ¿Habrá muerto mi hijo?»
»Yo bajé los ojos, sin poder pronunciar una palabra. Y vi cómo la pobre madre, ahogada por los sollozos, se desmayaba. Y me puse á llorar todas las lágrimas de mi corazón, mientras las mujeres llenaban la casa con sus lamentos.
»Cuando por fin pudo oirme la madre de Alí, le conté los pormenores de la muerte, y le dije: «¡Reconozca Alah lo grande de tus méritos ¡oh madre de Alí! y te remunere con sus beneficios y su misericordia!» Entonces ella me preguntó: «¿Pero no ha dejado ningún encargo para que me lo transmitieras?» Yo contesté: «Me dijo que, si moría, era su mayor deseo que lo transportaran á Bagdad.» La madre del príncipe volvió á romper en llanto, desgarrándose los vestidos, y dijo que inmediatamente iría con una caravana para recoger el cadáver de su hijo.
»Y dejándola entregada á sus preparativos de marcha, regresé á mi domicilio, pensando: «¡Oh príncipe Alí, desventurado amante! ¡Qué lástima que tu juventud haya sido segada en su más hermosa floración!»
»Y al llegar á mi casa, cuando eché mano al bolsillo para sacar la llave, me tocaron en el brazo; me volví, y vi á la confidente de Schamsennahar vestida de luto y con cara muy triste. Quise escaparme, pero la joven me obligó á entrar en casa con ella. Y sin hablarnos, rompimos á llorar uno y otro. Después le dije: «¿Ya sabrás la desgracia?» Ella respondió: «¿A cuál te refieres, Amín?» Yo le dije: «¡La muerte del príncipe Alí!» Y al verla llorar de nuevo comprendí que nada sabía, y la enteré en medio de grandes sollozos.
»Después ella me preguntó: «¿Y tú, conoces mi desgracia?» Yo exclamé: «¿Habrá perecido Schamsennahar por orden del califa?» Ella contestó: «Schamsennahar ha muerto, pero no como supones. ¡Oh desventurada señora mía!» Y rompió á llorar, hasta que por fin me dijo: «¡Escúchame, Amín!
* * * * *
»Cuando Schamsennahar llegó acompañada por los veinte eunucos á presencia del califa, éste despidió á todo el mundo, se acercó á ella, la mandó sentar junto á él, y con voz llena de bondad le dijo: «¡Oh Schamsennahar! Tienes enemigos en palacio, y estos enemigos han querido calumniarte deformando tus actos y presentándomelos bajo un aspecto indigno de ti y de mí. Sabe que te quiero más que nunca, y para probarlo ante todo el palacio, he dado órdenes de que se aumente tu tren de casa, y el número de tus esclavas, y los gastos tuyos. ¡Te ruego, por tanto, que abandones esa aflicción que me aflige también á mí! ¡Y para distraerte, voy á llamar á las cantarinas de palacio, y disponer que traigan bandejas cargadas de frutas y bebidas!»
»Inmediatamente entraron las tañedoras de instrumentos y las cantarinas. Los esclavos vinieron cargados con grandes bandejas repletas de apetitoso contenido. Y cuando todo estuvo dispuesto, el califa, sentado al lado de Schamsennahar, que á pesar de tanta bondad se sentía cada vez más débil, mandó á las cantarinas que empezaran. Y una de ellas, al son de los laúdes, pulsados por los dedos de sus compañeras, prorrumpió en este canto:
_¡Oh lágrimas, hacéis traición á los secretos de mi alma, no dejando que guarde para mí sola un dolor cultivado en silencio!_
_¡He perdido al amigo amado por mi corazón!..._
»Y he aquí que antes de terminarse la estrofa, Schamsennahar exhaló un gran suspiro y cayó de espaldas. El califa, afectadísimo, se inclinó hacia ella rápidamente, creyéndola desmayada, ¡pero la levantó muerta!
»Entonces tiró la copa que tenía en la mano, derribó las bandejas, y mientras dábamos gritos espantosos nos mandó salir á todas, ordenando que rompiéramos las guitarras y los laúdes de la fiesta. Yo fuí la única á quien permitió la permanencia en el salón. El emir se colocó á Schamsennahar en las rodillas, y así estuvo llorando toda la noche, mandándome que no dejase entrar á nadie.
A la mañana siguiente confió el cuerpo á las plañideras y lavadoras, y mandó que se le hicieran funerales de mujer legítima, y todavía más grandiosos. Después se encerró en sus habitaciones, y desde entonces no se le ha vuelto á ver en el salón de justicia.»
* * * * *
»Por mi parte, lloré con la joven la muerte de Schamsennahar, y ambos nos pusimos de acuerdo para que Alí ben-Bekar fuese enterrado al lado de Schamsennahar. Y aguardamos el regreso de la madre, y cuando regresó, tributamos al cadáver del príncipe unos fastuosos funerales, y logramos que se le sepultara al lado de la tumba de Schamsennahar.