Part 7
Al oir estas palabras, el pobre Ben-Bekar llegó al límite más extremo de la palidez, de tal modo, que por poco pierde el conocimiento. Al fin pudo decir: «Pues también para mí es nueva la noticia. Ignoraba que se hubiera marchado Ben-Taher. Pero si enviase á uno de mis esclavos á preguntar por él, acaso supiéramos la verdad.» Entonces ordenó á un esclavo: «Ve á casa de Abalhassan ben-Taher y pregunta si está de viaje. Y en este caso, que te digan adonde se marchó.» El esclavo salió en busca de noticias, y volvió al cabo de un rato, y dijo á su amo: «Los vecinos me han contado que Abalhassan se ha marchado á Bassra. En aquella calle he encontrado á una joven que también preguntaba por Abalhassan, y me ha dicho: «¿Eres de la servidumbre del príncipe Ben-Bekar?» Y al contestarle afirmativamente, dijo que tenía que comunicarte una cosa, y me ha acompañado hasta aquí.» Entonces Ben-Bekar exclamó: «¡Que entre en seguida!»
Y á los pocos momentos entró la joven, y Ben-Bekar conoció á la confidente de Schamsennahar. La esclava se acercó, y después de las acostumbradas zalemas, le dijo al oído algunas palabras, que le iluminaron y le ensombrecieron el semblante sucesivamente.
Entonces el joven joyero creyó oportuno pronunciar algunas palabras, y dijo: «¡Oh mi señor, y tú, joven esclava! Sabed que Abalhassan, antes de partir, me ha revelado cuanto sabía, y me ha expresado todo su terror al pensar que el asunto pudiese llegar á descubrirlo el califa. Pero yo, que no tengo mujer, ni hijos, ni familia, estoy dispuesto con toda el alma á reemplazarle junto á vosotros, pues me han conmovido profundamente los pormenores que me ha referido acerca de vuestros amores desgraciados. Si aceptáis mis servicios, juro por nuestro Santo Profeta (¡sean con Él la plegaria y la paz!) que os seré tan fiel como mi amigo Ben-Taher, pero más firme y constante. Y aunque no aceptarais mi ofrecimiento, no temáis que no sepa callar el secreto que se me ha confiado...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 161.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...el secreto que se me ha confiado. Al contrario, si mis palabras han podido convenceros, no hay sacrificio al cual no esté dispuesto para seros grato, pues emplearé todos los medios que pueda para proporcionaros la satisfacción que deseáis, y hasta os ofrezco mi casa para que recibáis en ella ¡oh mi señor! á la hermosa Schamsennahar.»
Cuando el joven joyero hubo dicho estas palabras, el príncipe Alí sintió tal alegría que notó que las fuerzas le reanimaban el alma, é incorporándose besó al joyero, y le dijo: «¡Alah te ha enviado, ¡oh Amín! ¡Por eso me confío á ti enteramente y sólo espero mi salvación de tus manos!» Volvió á repetirle las gracias, y se despidió de él llorando de alegría.
Entonces el joyero se retiró con la joven. La condujo á su casa, y le dijo que en lo sucesivo allí tendrían sus entrevistas los dos, lo mismo que la que proyectaba entre el príncipe Alí y Schamsennahar. Y la joven, después de haber aprendido el camino de la casa, no quiso diferir por más tiempo el enterar á su ama de lo ocurrido. Prometió, pues, al joyero volver al día siguiente con la contestación de Schamsennahar.
Y efectivamente, al otro día llegó á casa de Amín, y le dijo: «¡Oh Amín! Mi señora ha llegado al límite de la alegría al saber lo bien dispuesto que estás en nuestro favor. Y me encarga que venga en tu busca para llevarte á sus aposentos de palacio, donde quiere darte personalmente las gracias por tu espontánea generosidad y por tu interés hacia unas personas cuyos designios nada te obligaba á proteger.»
El joyero, al oir estas palabras, en vez de demostrar prisa por satisfacer el deseo de la favorita, se sintió sobrecogido de un gran temblor, se puso muy pálido, y acabó por decir á la joven: «¡Oh hermana mía! Ya veo que ni Schamsennahar ni tú habéis pensado bien el paso que me pedís. Olvidáis que soy un hombre del vulgo y que carezco de la amistad que poseía Abalhassan con los eunucos de palacio. Yo no conozco para nada las costumbres de esas gentes. ¿Cómo he de atreverme á marchar á palacio, cuando me asombraba el oir los relatos de las visitas de Abalhassan? ¡Me falta valor para desafiar ese peligro! Pero puedes decirle á tu ama que mi casa es el sitio más á propósito para las entrevistas; y que si se digna venir, podremos conversar á gusto, sin riesgo alguno.» Pero como la joven le instase para que la siguiera y hasta le había decidido á levantarse, le sobrecogió de pronto tal temblor, que se le doblaban las piernas. Y entonces la esclava tuvo que ayudarle para que se sentase de nuevo, y le dió á beber un vaso de agua fresca, á fin de que se tranquilizase.
Y cuando vió que era imprudente insistir, la esclava dijo: «Tienes razón. Mucho mejor es, en interés de todos, decidir á Schamsennahar á que venga aquí. Voy á intentarlo, y seguramente la traeré. ¡Aguárdanos sin moverte para nada!»
Y como lo había previsto, en cuanto la confidente manifestó á la favorita la imposibilidad en que se encontraba el joyero de ir á palacio, Schamsennahar se levantó, y envolviéndose en su gran velo de seda, siguió á su esclava, olvidando la debilidad que hasta entonces la había paralizado en los almohadones. La confidente fué la primera que entró en la casa para enterarse de si su señora se expondría á que la viesen los esclavos ó gente extraña, y preguntó á Amín: «¿Habrás echado fuera á los criados?» Y él contestó: «Vivo solo aquí, con una negra vieja que me arregla la casa.» Ella dijo: «¡De todos modos, hay que evitar que entre aquí ahora!» Y ella misma fué cerrando todas las puertas, y corrió después á buscar á la favorita.
Schamsennahar entró, y á su paso las salas y corredores se llenaban milagrosamente con el perfume de sus vestidos. Y sin decir palabra ni mirar en derredor, fué á sentarse en el diván, y se apoyó en los cojines que el joven joyero se apresuraba á colocar detrás de ella. Y así permaneció inmóvil, durante un buen rato, muy débil y sin poder apenas respirar. Por fin, cuando hubo descansado de aquella larga caminata, pudo levantarse el velillo y despojarse del manto. Y el joven joyero, deslumbrado, creyó que el mismo sol había entrado en su casa. Schamsennahar le miró un instante y le preguntó al oído á la esclava: «¿Éste es el joven de quien me has hablado?» Y cuando la esclava le contestó afirmativamente, la favorita dirigió un expresivo saludo al joyero. Y éste contestó: «¡Loado sea Alah! ¡Plegue á Alah guardarte y conservarte como el perfume en el oro!» Ella le preguntó: «¿Eres casado ó soltero?» Él contestó: «¡Por Alah! ¡Soltero, oh mi señora! Y no tengo padre, ni madre, ni pariente alguno. De modo que no tendré más ocupación que consagrarme á servirte, y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 162.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...y tus menores deseos los pondré sobre mi cabeza y sobre mis ojos. Sabe, además, que pongo por completo á tu disposición, para tus entrevistas con Ben-Bekar, una casa que me pertenece, en donde nadie habita, y que está situada enfrente de esta en que vivo. ¡Voy á amueblarla en seguida, para que os reciba dignamente y no os falte nada!» Entonces Schamsennahar le dió expresivas gracias, y le dijo: «¡Por Alah! ¡Mi destino es muy dichoso por haber tenido la suerte de encontrar un amigo tan adicto como tú! ¡Ahora me explico lo que vale la ayuda de un amigo desinteresado, y cuán delicioso es encontrar el oasis del reposo después del desierto de la tristeza! Cree que sabré demostrarte un día que conozco el precio de la amistad. ¡Mira á mi confidente, oh Amín! ¡Es joven, dulce y exquisita; pues te aseguro que á pesar de cuanto he de sentir separarme de ella, te la regalaré para que te haga pasar noches de luz y días de frescura!» Y Amín miró á la joven y le pareció que era muy agradable, en efecto, y que, además de ojos perfectamente hermosos, tenía nalgas absolutamente maravillosas.
Schamsennahar prosiguió: «¡Tengo en ella una seguridad ilimitada! ¡No temas confiarle cuanto te diga el príncipe Alí! ¡Y quiérela, porque tiene cualidades que refrescan el corazón!» Y Schamsennahar, dichas estas cosas al joyero, se retiró seguida de su confidente, que se despidió de su nuevo amigo con una sonrisa.
Cuando se hubieron alejado, el joyero Amín corrió á su tienda y sacó todos los jarrones, todas las copas cinceladas y todas las tazas de plata, y las llevó á la casa donde habían de verse los amantes. Después visitó á sus conocidos, y á unos les pidió prestadas alfombras, á otros almohadones de seda y á otros vajilla y bandejas. Y de esta suerte acabó por amueblar magníficamente la casa.
Después de ordenarlo todo, y cuando se hubo sentado un momento para contemplarlo, vió entrar á su amiga la joven confidente de Schamsennahar. Ésta se le acercó meneando gentilmente las caderas, y le dijo después de las zalemas: «¡Oh Amín! Mi ama te envía su saludo de paz, y te repite las gracias, y te dice que ya está consolada del todo. Me encarga además que avises á su amante de que el califa ha marchado del palacio y que ella podrá venir aquí esta noche. Avisa, pues, al príncipe Alí, y estoy segura de que esta noticia acabará de restablecerle y le devolverá las fuerzas y la salud.» Dichas estas palabras, la joven se sacó del seno una bolsa llena de dinares y se la alargó á Amín, diciéndole: «Mi ama te ruega que gastes todo lo que sea necesario, sin escatimar nada.» Pero Amín rechazó la bolsa, diciendo: «¿Valgo tan poco á los ojos de tu dueña, ¡oh joven esclava! que quiere recompensarme con ese oro? Dile que Amín está pagado de sobra con el oro de sus palabras y la mirada de sus ojos.» Entonces la joven se guardó la bolsa, muy satisfecha por el desinterés demostrado por Amín, y corrió á contárselo á Schamsennahar y á avisarla de que todo estaba preparado. Después la ayudó á bañarse, peinarse, perfumarse y vestirse con sus mejores ropas.
Por su parte, el joyero Amín fué á avisar al príncipe Alí ben-Bekar, después de haber colocado flores frescas en los jarrones y llenado las bandejas con manjares de todas clases, pasteles, dulces y bebidas, y colocando ordenadamente junto á la pared los laúdes, guitarras y demás instrumentos. Entró en casa del príncipe Alí, á quien encontró más animado con la esperanza que había infundido en su corazón. Y la alegría del joven fué muy grande al saber que dentro de poco iba á ver á la amada, causante de sus lágrimas y de su dicha. Y desaparecieron todas sus penas y pesares, y su rostro se iluminó en seguida, adquiriendo mayor gentileza y más simpática dulzura.
Y por su parte, Amín le ayudó á vestirse el traje más magnífico, y después, sintiéndose tan fuerte como si nunca hubiera estado á las puertas de la tumba, emprendió con el joyero el camino de la casa. Cuando entraron en ella, Amín se apresuró á invitar al príncipe á sentarse, y le colocó detrás de la espalda unos almohadones muy blandos, y á su lado, á derecha é izquierda, unas hermosas vasijas de cristal llenas de flores, y le puso entre los dedos una rosa. Y ambos, departiendo tranquilamente, aguardaron la llegada de la favorita.
Apenas habían transcurrido unos instantes, llamaron á la puerta, y Amín corrió á abrir, y volvió en el acto seguido de dos mujeres, una de las cuales iba completamente envuelta en un tupido izar de seda negra...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 163.ª NOCHE_
Ella dijo:
...dos mujeres, una de las cuales iba completamente envuelta en un tupido izar de seda negra. Y era la hora del llamamiento á la oración, en los alminares, al ponerse el sol. Y cuando fuera la voz extática de los muecines invocaba las bendiciones de Alah sobre la tierra, Schamsennahar se levantó el velo ante los ojos de Ben-Bekar.
Y al verse ambos amantes, cayeron desvanecidos, y tardaron como una hora en reponerse. Cuando por fin abrieron los ojos, se miraron silenciosa y largamente, sin llegar á poder expresar de otro modo su pasión. Y cuando tuvieron bastante dominio de sí mismos para poder hablar, se dijeron palabras tan dulces, que la esclava y el joven Amín no pudieron menos de llorar en su rincón.
Pero no tardó el joyero Amín en suponer que era hora de servir á sus huéspedes, y ayudado por la esclava, se apresuró á llevarles en primer lugar los perfumes agradables, que los prepararon para probar las viandas, las frutas y las bebidas, que eran abundantes y de primera calidad. Después Amín les echó agua en las manos y les ofreció las toallas de flecos de seda. Y entonces, completamente repuestos de su emoción, pudieron empezar á disfrutar realmente de la dicha de verse reunidos. Y Schamsennahar dijo á la esclava: «¡Dame ese laúd, para que cante la pasión inmensa que grita dentro de mi alma!» Y la confidente le presentó el laúd, que Schamsennahar se puso sobre las rodillas, y después de haberlo templado rápidamente, preludió una melodía. Y el instrumento, manejado por sus dedos, sollozaba y reía, como si hablase su alma, extasiando á todos. Y con la mirada perdida en los ojos de su amigo, Schamsennahar cantó:
_¡Oh cuerpo mío de enamorada, te has hecho diáfano al esperar al muy amado! ¡Pero ya está aquí! ¡El ardor de mis mejillas, bajo las lágrimas, se endulza con la brisa de su llegada!_
_¡Oh noche bendita al lado de mi amigo, das á mi corazón más dulzura que todas las noches de mi destino!_
_¡Oh noche que aguardaba! ¡Mi muy amado me enlaza con su brazo derecho, y yo, con el izquierdo, le envuelvo alegre!_
_¡Le envuelvo, y con mis labios aspiro el vino de su boca, mientras sus labios me vacían por completo! ¡Así me apodero de la colmena y de toda la miel!_
Cuando oyeron este canto, sintieron los tres un goce tan grande, que gritaron desde el fondo de su pecho: «¡Yz leil! ¡Ya salam! ¡Estas son las palabras deliciosas!»
Después el joyero Amín, suponiendo que su presencia ya no era necesaria, y en el colmo del placer al ver á los dos amantes uno en brazos de otro, se decidió á dejarlos solos en la casa para no exponerse á molestarlos, y se retiró discretamente. Emprendió el camino de su casa, y con el ánimo completamente tranquilo se acostó pensando en la felicidad de sus amigos. Y durmió hasta por la mañana.
Pero al despertarse vió delante de él á su esclava negra, con la cara trastornada por el espanto. Y cuando abría la boca para preguntarle lo que le había pasado, la negra le señaló con silencioso ademán á un vecino que estaba á la puerta aguardando que despertase.
El vecino se acercó á una señal de Amín, y después de saludarle le dijo: «¡Oh mi vecino, vengo á consolarte por la espantosa desgracia que ha caído esta noche sobre tu casa!» El joyero exclamó: «¡Por Alah! ¿De qué desgracia hablas?» Y el hombre dijo: «Puesto que no te has enterado todavía, sabe que esta noche, apenas habías vuelto á tu casa, unos ladrones cuya primera hazaña no debe de ser ésta, y que probablemente te habrían visto la víspera trasladar á tu segunda casa cosas preciosas, han aguardado que salieras para precipitarse dentro de la casa, donde no pensaban encontrar á nadie; pero vieron á unos huéspedes que habías alojado allí esta noche, y probablemente los habrán matado y hecho desaparecer, pues no se ha podido dar con sus huellas. En cuanto á la casa, los ladrones la han saqueado por completo, sin dejar ni una estera ni un almohadón. ¡Y está ahora más limpia y vacía que nunca!»
Al oir esto, el joven Amín levantó los brazos lleno de amargura: «¡Qué desgracia tan grande! ¡Mis bienes y todos los objetos que me habían prestado los amigos se han perdido sin remisión! ¡Pero esto no vale nada comparado con la pérdida de mis huéspedes!» Y enloquecido, descalzo y en camisa, corrió á su segunda casa, seguido de cerca por el vecino, que trataba de consolarle. ¡Y vió, efectivamente, que las habitaciones resonaban como casa vacía! Entonces se desplomó llorando, prorrumpiendo en suspiros, y luego exclamó: «¿Y qué haré ahora, vecino?» El vecino contestó...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 164.ª NOCHE_
Ella dijo:
...El vecino contestó: «Creo, Amín, que el mejor partido es tomar la desgracia con paciencia, y aguardar la captura de los ladrones, que tarde ó temprano serán habidos, pues los guardias del gobernador andan buscándolos no sólo por este robo, sino por otras fechorías que han perpetrado hace poco tiempo.» Y el pobre joyero exclamó: «¡Oh Abalhassan ben-Taher, prudente varón! ¡Qué buena idea tuviste al retirarte tranquilamente á Bassra! ¡Pero lo que está escrito ha de ocurrir!» Y Amín volvió á emprender tristemente el camino de su casa, en medio del gentío, que había averiguado toda la historia y se compadecía de él al verle pasar.
Y al llegar á la puerta de su casa, el joyero Amín vió en el vestíbulo á un hombre que no conocía y le aguardaba. Y el hombre, al verle, se levantó y le deseó la paz, y Amín le devolvió el saludo. Entonces el hombre le dijo: «Tengo que decirte algunas palabras secretas, que sólo debemos oir los dos.» Y Amín quiso llevarle á su aposento, pero el hombre le dijo: «Vale más que estemos completamente solos; conque vámonos á tu segunda casa.» Y Amín, pasmado, le preguntó: «Pero ¿cómo es que no te conozco, y tú me conoces á mí y sabes que tengo dos casas?» El desconocido se sonrió y dijo: «Ya te lo explicaré todo. ¡Y si Alah quiere, contribuiré á consolarte!» Entonces Amín salió con el desconocido, y llegó á la segunda casa; pero su acompañante hizo observar á Amín que los ladrones habían echado la puerta abajo, y por consiguiente no se podía estar allí libre de indiscretos. Después le dijo: «¡Sígueme y te llevaré á un sitio que conozco!»
Entonces el hombre echó á andar, y Amín fué detrás de él, siguiéndole de una calle á otra calle, de un zoco á otro zoco, de una puerta á otra puerta, hasta el anochecer. Después, como hubieran llegado hasta el Tigris, el hombre desconocido dijo: «¡Indudablemente estaremos más seguros en la otra orilla!» Y en seguida se les acercó un barquero, salido no se sabe de dónde, y antes de que Amín pudiera enterarse, estaba ya con el otro en la barca, y tras unos vigorosos golpes de remo se vieron en la orilla opuesta. El desconocido ayudó á Amín á saltar á tierra cogiéndole de la mano, lo guió á través de unas calles angostas, y el joyero, muy intranquilo, pensaba: «¡En mi vida he puesto aquí los pies! ¿Qué aventura será esta aventura?»
Llegaron ante una puerta, toda de hierro, y el desconocido, sacando del cinturón una enorme llave enmohecida, la metió en la cerradura, que rechinó terriblemente, y la puerta se abrió. El desconocido entró con el joyero y después cerró la puerta. Y se hundieron por un corredor, que había que recorrer andando á gatas; y al final del corredor encontraron una sala que estaba alumbrada por una sola lámpara colgada en el centro. Y alrededor de aquella lámpara vió Amín sentados é inmóviles á diez hombres vestidos de igual manera, y de caras tan parecidas é idénticas, que creíase ver un solo rostro repetido diez veces en espejos.
Al verlos, Amín, que estaba ya rendido por lo que había andado desde por la mañana, se sintió completamente desvanecido, y cayó al suelo. Entonces el hombre que lo había traído le roció con un poco de agua, y de tal modo lo reanimó. Después, como ya estaba puesta la mesa, los diez hombres iguales se dispusieron á comer, no sin haber invitado á Amín á compartir su cena, todos con la misma voz. Y Amín, viendo que los diez comían de los mismos platos, dijo para si: «¡Si esto estuviera envenenado no lo comerían!» Y á pesar de su terror, se acercó y comió hasta saciarse, como hambriento que estaba desde por la mañana.
Terminada la comida, la misma voz una y décuple le preguntó: «¿Nos conoces?» Él contestó: «¡No, por Alah!» Los diez le dijeron: «Somos los ladrones que esta noche pasada hemos saqueado tu casa y hemos raptado á tus huéspedes, al joven y á la muchacha que cantaba. ¡Pero, desgraciadamente, la criada logró salvarse huyendo por la azotea!» Entonces Amín exclamó: «¡Por Alah sobre todos vosotros! ¡Señores míos, por favor, indicadme el lugar en que se encuentran mis dos huéspedes! ¡Y confortad mi alma atormentada, hombres generosos que habéis saciado mi hambre! ¡Y Alah os deje gozar en paz de cuanto me habéis quitado! ¡Dejadme ver á mis amigos! Entonces los ladrones alargaron el brazo, todos al mismo tiempo, hacia una puerta cerrada, y le dijeron: «¡No temas ya por su suerte! ¡Más seguros están con nosotros que en casa del gobernador, y tú, por supuesto, lo mismo! ¡Sabe, efectivamente, que no te hemos traído aquí más que para que nos digas la verdad acerca de estos dos jóvenes, cuyo hermoso aspecto y noble actitud nos han pasmado tanto que no nos hemos atrevido á interrogarles apenas hemos adivinado con quién teníamos que habérnoslas!»
Entonces el joyero Amín se tranquilizó mucho, y no pensó más que en granjearse todas las simpatías de los ladrones, y les dijo: «¡Oh señores míos, bien claro veo ahora que si la compasión y la urbanidad llegaran á desaparecer de la tierra, se encontrarían intactas en vuestra casa! ¡Y no menos claro veo asimismo que cuando se trata con personas tan de fiar y tan generosas como vosotros, el mejor medio y el más seguro para captarse su confianza es no ocultarles nada de la verdad! ¡Escuchad, pues, mi historia y la suya, pues es asombrosa hasta el último límite de todos los asombros!»
Y el joyero Amín contó á los ladrones toda la historia de Schamsennahar y Alí ben-Bekar, y sus relaciones con ellos, sin olvidar un detalle, desde el principio hasta el fin. Pero no es necesario repetirla.