Part 14
Después de haber recitado estos versos, Kamaralzamán sintió ardiente deseo de su esposa dormida, de la cual no podía cansarse, así como el sabor fresco del agua pura es siempre delicioso para el paladar del sediento. Inclinóse, pues, hacia ella, y le desató el cordón de seda que le sujetaba el calzón; y alargaba ya la mano hacia la sombra cálida de los muslos, cuando notó que un cuerpecillo duro le rodaba por entre los dedos. Lo cogió, y vió que era una cornalina atada á una hebra de seda precisamente encima del valle de las rosas. Y Kamaralzamán quedó muy asombrado, y dijo para sí: «¡Si esta cornalina no tuviera virtudes extraordinarias y no fuera un objeto muy querido para Budur, no la habría conservado con tanto esmero, ni la habría ocultado precisamente en el sitio más precioso de su cuerpo! ¡Será para no separarse de ella! ¡Sin duda le ha debido dar esta piedra su hermano Marzauán para preservarla del mal de ojo y los abortos!»
Luego Kamaralzamán, sin proseguir las caricias empezadas, sintió tal tentación de examinar mejor la piedra, que desató la seda que la sujetaba, la sacó, y salió de la tienda para mirarla á la luz. Y vió que la cornalina, tallada en cuatro facetas, estaba grabada con caracteres talismánicos y figuras desconocidas. Y al colocársela á la altura de los ojos para examinar mejor sus pormenores, un ave grande se precipitó de pronto desde lo alto de los aires, y en un giro rápido como el relámpago, se la arrancó de la mano...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 207.ª NOCHE_
Ella dijo:
...y en un giro rápido como el relámpago, se la arrancó de la mano. Después fué á posarse, algo más lejos, en la copa de un árbol alto, y le miró inmóvil y burlona, sujetando con el pico el talismán.
Ante aquel desastroso accidente la estupefacción de Kamaralzamán fué tan honda, que abrió la boca y estuvo largo rato sin poder moverse, pues á su vista pasó todo el dolor con que presentía afligida á Budur al saber la pérdida de una cosa que indudablemente debía estimar mucho. Así es que Kamaralzamán, repuesto de su sorpresa, no vaciló un instante. Cogió una piedra y corrió hacia el árbol en que se había posado el ave. Llegó á la distancia necesaria para tirarle la piedra al ladrón, y ya levantaba la mano apuntándole, cuando el ave saltó del árbol y fué á posarse en otro algo más lejano. Entonces Kamaralzamán la persiguió, y el ave voló y fué al tercer árbol. Y Kamaralzamán dijo para sí: «¡Ha debido ver que llevo una piedra en la mano! Voy á tirarla para que comprenda que no quiero hacerle daño.» Y tiró la piedra á lo lejos.
Cuando el ave vió que Kamaralzamán tiraba la piedra, saltó al suelo, pero manteniéndose de todos modos á cierta distancia. Y Kamaralzamán pensó: «¡Ahí me está esperando!» Y se acercó á ella con rapidez, pero al ir á tocarla con la mano, el ave saltó algo más lejos. Y Kamaralzamán saltó detrás de ella. Y el ave saltó y Kamaralzamán saltó, y el ave saltó y Kamaralzamán saltó, y así sucesivamente, horas y horas, de valle en valle y de collado en collado, hasta que anocheció. Entonces Kamaralzamán exclamó: «¡No hay más recurso que en Alah Todopoderoso!» Y se paró, sin aliento. Y el ave también se paró, pero algo más lejos, en la cima de un montecillo.
En aquel momento, Kamaralzamán notó humedad en la frente, más de desesperación que de cansancio, y pensó que tal vez haría mejor en regresar al campamento. Pero dijo para sí: «Mi amada Budur sería capaz de morirse de pena si le anunciase la pérdida irremediable de este talismán, de virtudes desconocidas para mí, pero que para ella deben ser esenciales. Y además, si me volviera ahora que la niebla es tan densa, me expondría á extraviarme ó á que me atacasen las alimañas nocturnas.» Sumido entonces en pensamientos tan desconsoladores, no sabía qué resolución tomar, y se tendió en el suelo, llegando al límite del aniquilamiento. Pero no dejó de observar al ave, cuyos ojos brillaban de una manera extraña en la oscuridad; y cada vez que hacía un ademán ó se levantaba pensando sorprenderla, el ave sacudía las alas y daba un chillido como para avisarle que le veía. De modo que Kamaralzamán, vencido por la fatiga y la emoción, se dejó dominar del sueño hasta por la mañana. Y en cuanto despertó, decidió pillar á todo trance al ave ladrona, y empezó á perseguirla; y se repitió la misma carrera, con igual resultado que en la víspera. Y Kamaralzamán, cuando anocheció, empezó á golpearse, exclamando: «¡La perseguiré mientras me quede un hálito de vida!» Y recogió algunas plantas y hierbas, conformándose con alimentarse de ellas. Y se durmió, acechando al ave, y acechado también por los ojos que brillaban en la oscuridad.
Y al día siguiente se reprodujo la misma persecución, y así continuaron hasta el décimo día, desde por la mañana hasta por la noche; pero al amanecer el undécimo día, atraído sin cesar por el vuelo del ave, Kamaralzamán llegó á las puertas de una ciudad situada junto al mar. Entonces se paró el ave, dejó la cornalina talismánica en el suelo, delante de él, lanzó tres gritos que significaban «Kamaralzamán», volvió á coger la cornalina con el pico, se elevó por el aire, siguió subiendo y alejándose, y desapareció por encima del mar.
Al ver aquello, Kamaralzamán se sintió presa de una ira tal, que se tiró al suelo de bruces, y lloró durante largo rato, sacudido por los sollozos.
Pasadas algunas horas en tal estado de angustia, se decidió á levantarse, y fué hasta el arroyo que corría cerca de allí para lavarse las manos y la cara y hacer sus abluciones; después se encaminó á la ciudad, pensando en el dolor de su amada Budur y en todas las suposiciones que estaría haciendo sobre su desaparición y la del talismán. Y se recitaba poemas acerca de la separación y las penas de amor, como el siguiente, entre otros mil:
_Para no escuchar á los envidiosos que me censuraban y me decían: ¡Sufres porque amas á un ser demasiado hermoso! ¡Quien es tan hermoso como ese ser, se antepone á todo amor!_
_Para no escucharlos, me he tapado todas las aberturas de los oídos, y les he dicho: ¡Lo he escogido entre mil, es verdad! ¡Cuando el Destino nos tiene en su poder, perdemos la vista y hacemos la elección entre tinieblas!_
Después Kamaralzamán traspuso las puertas y entró en la ciudad. Empezó á andar por las calles, sin que ninguno de los numerosos habitantes con quienes se cruzaba le mirara con afabilidad, como acostumbran á hacer los musulmanes con los extranjeros. Siguió, pues, su camino, y llegó de tal modo á la puerta opuesta de la ciudad, por la cual se salía para ir á los jardines.
Como encontró abierta la puerta de un jardín más grande que los demás, entró en él, y vió que se le acercaba el jardinero, que fué el primero que le saludó, según la fórmula de los musulmanes. Y Kamaralzamán correspondió á sus deseos de paz, y respiró á gusto oyendo hablar en árabe. Y después del cambio de zalemas, Kamaralzamán preguntó al viejo: «Pero ¿por qué tienen unas caras tan hurañas y unas maneras tan frías, tan heladas y tan poco hospitalarias todos esos habitantes?» El buen anciano contestó: «¡Bendito sea Alah, hijo mío, por haberte sacado sin detrimento de sus manos! Los que habitan en esta ciudad son invasores procedentes de los países negros de Occidente; llegaron un día por mar, desembarcando de improviso, y mataron á todos los musulmanes que vivían en nuestra ciudad. Adoran cosas extraordinarias é incomprensibles; hablan en un lenguaje oscuro y bárbaro, y comen cosas podridas que huelen mal, como el queso corrompido y la caza pasada; y no se lavan nunca, porque al nacer, unos hombres muy feos y vestidos de negro les riegan el cráneo con agua, y esta ablución, acompañada por ademanes extraños, les dispensa de cualquiera otra ablución durante el resto de sus días. De modo que esta gente, para no sentir nunca la tentación de lavarse, empezaron por destruir todo hammam y toda fuente pública, y en el lugar que ocupaban edificaron tiendas servidas por zorras, que venden como bebida un líquido amarillo con espuma, que debe ser de orines fermentados, ó cosa peor todavía. En cuanto á sus mujeres, ¡oh hijo mío! son la calamidad más abominable. Tampoco se lavan, lo mismo que los hombres; pero en cambio se blanquean la cara con cal apagada y cascarones de huevo pulverizados; además, tampoco llevan paño ni pantalón que las libre por abajo del polvo del camino; así es que resulta pestilente acercarse á ellas, y todo el fuego del infierno no bastaría á limpiarlas. He aquí, hijo mío, entre qué gente acabo una existencia que me costó gran trabajo salvar del desastre. ¡Pues aquí donde me ves, soy el único musulmán que queda vivo! ¡Pero demos gracias al Altísimo, que nos hizo nacer con creencias tan puras como el cielo del cual proceden!»
Dichas estas palabras, el jardinero se figuró, por el aspecto cansado del joven, que debía de tener hambre; le llevó á su modesta casa, al fondo del jardín, y con sus propias manos le dio de comer y beber. Después de lo cual le interrogó discretamente por la causa de su llegada...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 208.ª NOCHE_
Ella dijo:
...por la causa de su llegada.
Kamaralzamán, lleno de agradecimiento á la bondad del jardinero, no le ocultó nada de su historia, y acabó su relato prorrumpiendo en llanto.
El viejo hizo cuanto pudo por consolarle, y le dijo: «Hijo mío, la princesa Budur te habrá precedido seguramente en el reino de tu padre, el país de Khaledán. Aquí en mi casa encontrarás buena acogida, asilo y reposo, hasta que algún día Alah envíe una nave que pueda transportarte á la isla más cerca de aquí, que se llama la isla de Ébano. Y entonces, como de la isla de Ébano hasta el país de Khaledán la distancia no es muy grande, encontrarás muchos barcos para llegar á él. De modo que desde hoy iré diariamente al puerto hasta que encuentre un mercader que consienta en hacer contigo el viaje á la isla de Ébano, pues para encontrar uno que quisiera ir al país de Khaledán, habría que aguardar años y años.»
Y el jardinero no dejó de hacerlo como había dicho; pero pasaron días y meses sin que pudiese encontrar un barco que saliera para la isla de Ébano.
Esto en cuanto á Kamaralzamán.
* * * * *
Pero respecto á Sett Budur, le ocurrieron cosas tan maravillosas y sorprendentes, ¡oh rey afortunado! que me apresuro á hablarte de ella. ¡Verás!
Efectivamente, en cuanto Sett Budur se despertó, su primer movimiento fué abrir los brazos para estrechar entre ellos á Kamaralzamán. Y su asombro fué grande al no encontrarle á su lado, y extraordinaria su sorpresa al enterarse de que el calzón se le había desatado y el cordón de seda había desaparecido con la cornalina talismánica. Pero creyó que Kamaralzamán, que todavía no la había visto, la habría sacado afuera para mirarla mejor. Y aguardó pacientemente.
Cuando, pasado un buen rato, vió que Kamaralzamán no volvía, empezó á alarmarse mucho, y pronto apoderóse de ella una aflicción inconcebible. Y cuando llegó la noche sin que hubiera regresado Kamaralzamán, ya no supo qué pensar de aquella desaparición, pero dijo para sí: «¡Ya Alah! ¿Qué cosa tan extraordinaria habrá podido obligar á Kamaralzamán á alejarse, cuando no puede pasar una hora apartado de mí? Pero ¿por qué se habrá llevado el talismán? ¡Ah! ¡Maldito talismán! ¡tú eres la causa de nuestra desdicha! ¡Y á ti, maldito Marzauán, confúndate Alah por haberme regalado una cosa tan funesta!»
Pero cuando Sett Budur vió que pasados dos días no regresaba su esposo, en vez de aturdirse, como lo habría hecho cualquier mujer en tales circunstancias, encontró dentro de la desgracia una firmeza de la cual no suelen estar provistas las personas de su sexo. Nada quiso decir á nadie respecto á su desaparición, por temor á que sus esclavas la traicionasen ó la sirvieran mal; ocultó su dolor dentro del alma, y prohibió á la doncella que la acompañaba que dijera palabra de ello. Después, como sabía que se parecía perfectamente á Kamaralzamán, abandonó en seguida su traje de mujer, cogió de un cajón la ropa de Kamaralzamán, y empezó á vestírsela.
Lo primero que se puso fué un hermoso ropón rayado, bien ajustado á la cintura, y que dejaba el cuello al aire; se ciñó un cinturón de filigrana de oro, en el cual colocó un puñal con mango de jade incrustado de rubíes; envolvióse la cabeza en un pañuelo de seda de muchos colores, que se apretó á la frente con una triple cuerda de pelo sedoso de camello joven, y hechos tales preparativos, cogió un látigo, cimbreó la cintura, y mandó á su esclava que se vistiera con la ropa que Budur acababa de quitarse, y que anduviera detrás de ella. De tal modo, todo el mundo, al ver á la doncella, podía decir: «¡Es Sett Budur!» Salió entonces de la tienda, y dió la señal de marcha.
Sett Budur, disfrazada de Kamaralzamán, se puso á viajar, seguida por su escolta, durante días y noches, hasta que llegó á una ciudad situada á orillas del mar. Entonces mandó armar las tiendas á las puertas de la plaza, y preguntó: «¿Cuál es esta ciudad?» Y le contestaron: «Es la capital de la isla de Ébano.» Preguntó otra vez: «¿Cuál es su rey?» Y contestaron: «Se llama el rey Armanos.» Volvió á preguntar: «¿Tiene hijos?» Y le contestaron: «Tiene sólo una hija, la virgen más hermosa del reino, y su nombre es Hayat-Alnefus...»[E].
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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ÍNDICE
Páginas
HISTORIA ENCANTADORA DE LOS ANIMALES Y DE LAS AVES 9-66
Empieza en la 146.ª noche y termina en la 151.ª, y contiene:
CUENTO DE LA OCA, EL PAVO REAL Y LA PAVA REAL 9-27
EL PASTOR Y LA JOVEN 28-32
CUENTO DE LA TORTUGA Y EL MARTÍN PESCADOR 32-37
CUENTO DEL LOBO Y EL ZORRO 37-50
Se encuentra intercalado:
EL CUENTO DEL HALCÓN Y LA PERDIZ 44-45
CUENTO DEL RATÓN Y LA COMADREJA 51-53
CUENTO DEL CUERVO Y EL GATO DE ALGALIA 53-55
CUENTO DEL CUERVO Y EL ZORRO 55-66
Comprende intercalado:
LA PULGA Y EL RATÓN 57-63
EL BUITRE 64
EL GORRIÓN 65-66
HISTORIA DE ALÍ BEN-BEKAR Y LA BELLA SCHAMSENNAHAR 69-143
Empieza en la 152.ª noche y termina al final de la 169.ª
HISTORIA DE KAMARALZAMÁN Y LA PRINCESA BUDUR, LA LUNA MÁS BELLA ENTRE TODAS LAS LUNAS 145-240
Comprende en este tomo desde la 170.ª noche hasta la 208.ª
NOTAS:
[A] Sol de un día hermoso.
[B] Obsérvese que desde este momento el joyero es quien hace el relato, sin transición.
[C] La Luna del Siglo.
[D] Como las noches anteriores ocupan cada una pocos renglones en el texto árabe, he suprimido las indicaciones de su orden numérico para no interrumpir el relato con demasiada frecuencia. Lo mismo procederé en adelante, siempre que se presente el mismo caso.--_N. del T._
[E] Vida de las Almas.