Part 9
»Y desde entonces yo y la joven confidente, que llegó á ser mi esposa, visitamos las dos tumbas, para llorar por los amantes, de quienes habíamos sido tan amigos.»
Y tal es, ¡oh rey afortunado!--prosiguió Schahrazada--la historia conmovedora de Schamsennahar, favorita del califa Harún Al-Rachid.
En esto la pequeña Doniazada, no pudiendo reprimirse por más tiempo, prorrumpió en sollozos, hundiendo la cabeza en la alfombra. Y el rey Schahriar exclamó: «¡Oh Schahrazada! ¡esa historia me ha entristecido mucho!»
Entonces Schahrazada dijo: «¡Oh rey! ¡Si te he contado esa historia, tan diferente de las otras, ha sido más que nada por los versos admirables que contiene, y sobre todo, para disponerte mejor á la alegría que ha de causarte la que me propongo contar ahora, si tienes á bien permitirlo!» Y el rey Schahriar contestó: «¡Oh Schahrazada! ¡hazme olvidar esta tristeza, y hazme saber el título de esa historia que me prometes!» Y Schahrazada dijo: «Es la HISTORIA MÁGICA DE LA PRINCESA BUDUR, LA LUNA MÁS BELLA ENTRE TODAS LAS LUNAS.»
Y la pequeña Doniazada, levantando la cabeza, exclamó: «¡Oh mi hermana Schahrazada! ¡cuánta sería tu bondad si la empezaras en el acto!» Pero Schahrazada dijo: «¡De todo corazón, y como homenaje debido á este rey bien portado y de buenos modales! Pero no será hasta la noche próxima.» Y como veía aparecer la mañana, Schahrazada, discretamente, se calló.
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Historia de Kamaralzamán y la princesa Budur, la luna más bella entre todas las lunas
_CUANDO LLEGÓ LA 170.ª NOCHE_
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La pequeña Doniazada, que ya no podía resistir más su impaciencia, se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y dijo á Schahrazada: «¡Oh hermana mía, te ruego que nos cuentes la historia prometida, cuyo título solo ya me estremece de placer y emoción!»
Y Schahrazada sonrió á su hermana, y le dijo: «Aguardo, para empezar, la venia del rey.»
Entonces el rey Schahriar, que aquella noche se había dado prisa á hacer su cosa con Schahrazada, por el mucho ardor con que deseaba la tal historia, dijo:
«¡Oh Schahrazada, cuando quieras puedes empezar la historia mágica que, según tu promesa, me ha de gustar tanto!»
Y al punto Schahrazada contó la historia siguiente:
He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que hubo durante la antigüedad del tiempo, en el país de Khaledán, un rey llamado Schahramán, dueño de poderosos ejércitos y de riquezas considerables. Pero este rey, aunque era extremadamente dichoso y tenía setenta favoritas, sin contar sus cuatro mujeres legítimas, sufría en el alma por su esterilidad en cuanto á descendencia, pues había llegado á edad avanzada, y sus huesos y su médula empezaban á adelgazar, y Alah no le dotaba de un hijo que pudiera sucederle en el trono del reino.
Un día se decidió á poner al gran visir al corriente de sus ocultas penas, y habiéndole mandado llamar, le dijo: «¡Oh mi visir, ya no sé á qué atribuir esta esterilidad que me hace padecer enormemente!» Y el gran visir reflexionó durante una hora, al cabo de la cual levantó la cabeza y dijo al rey: «¡Oh rey, verdaderamente es ésta una cuestión muy delicada, y sólo la puede resolver Alah Todopoderoso! Créeme que, después de haber reflexionado bien, no doy más que con una solución.» Y el rey le preguntó: «¿Y cuál es?» El visir contestó: «¡Hela aquí! Esta noche, antes de entrar en el harén, cuida de cumplir escrupulosamente los deberes ordenados por el rito; haz tus abluciones con fervor y somete por medio de la oración tu voluntad á la de Alah el Bienhechor. ¡Y de esa manera, tu unión con una esposa escogida será fertilizada por la bendición!»
Al oir estas palabras de su visir, el rey exclamó: «¡Oh visir de prudente palabra, acabas de indicarme un remedio admirable!» Y dió expresivas gracias al visir por el consejo, y le regaló un ropón de honor. Llegada ya la noche, entró en el departamento de las mujeres, no sin haber cumplido minuciosamente los deberes del rito, y eligió á la más joven de sus mujeres, á la que tenía las caderas más suntuosas, que era una virgen de raza, y se introdujo en ella aquella noche. Y la fecundó en el mismo instante y hora. Y al cabo de nueve meses, día por día, parió la joven un varón, en medio de festejos y al son de flautas, pífanos y címbalos.
Y el niño que acababa de nacer resultó tan hermoso, y tan semejante era á una luna, que su padre, maravillado, le puso por nombre Kamaralzamán[C].
¡Y en verdad que aquel niño era la más bella de las cosas creadas! Hubo de comprobarse especialmente cuando llegó á la adolescencia, y la belleza esparció sobre sus quince años todas las flores que encantan la vista de los humanos. Con la edad, sus perfecciones habían llegado á su límite; sus ojos se habían hecho más mágicos que los de los ángeles Harut y Marut; sus miradas, más seductoras que las de Taghut, y sus mejillas, más agradables que las anémonas. En cuanto á su cintura, se había hecho más flexible que la caña del bambú, y más fina que una hebra de seda. Pero en cuanto á sus nalgas, eran tan pesadas, que podían tomarse por una montana de arena en movimiento, y los ruiseñores se ponían á cantar al verlas.
Así, nada tenía de extraño que su cintura delicadísima se quejara unas veces del peso enorme que la seguía, y que otras, cansada del poso, se enojase con las nalgas.
A todo esto, conservaba tanta frescura como las rosas y era tan delicioso como la brisa de la tarde. Y precisamente los poetas de su época trataron de expresar de un modo cadencioso la belleza que les pasmaba, y le cantaron en versos numerosos, como los siguientes, entre otros mil:
_Cuando los humanos le ven, exclaman: ¡Mis ojos pueden leer estas palabras que la belleza ha trazado sobre su frente! «¡Afirmo que es el único hermoso!_»
_¡Cornalinas son sus labios al sonreir; su saliva es miel derretida; sus dientes, un collar de perlas; sus cabellos se enroscan junto á sus sienes en rizos negros, como los escorpiones que muerden el corazón de los enamorados!_
_¡De una recortadura de sus uñas se hizo el cuarto de la luna! ¡Pero su grupa fastuosa que tiembla, los hoyuelos de sus nalgas y la flexibilidad de su cintura, superan á toda expresión!_
Mucho quería el rey Schahramán á su hijo, hasta tal punto, que no podía separarse de él un momento. Y como tenía que disipar con exceso sus cualidades y su hermosura, deseaba en extremo no morirse sin verle casado, y disfrutar así de su posteridad. Y un día que le preocupaba más que de costumbre tal idea, se la manifestó á su gran visir, que le dijo: «¡La idea es excelente! Porque el matrimonio suaviza el humor.» Entonces el rey Schahramán dijo al jefe de los eunucos: «¡Ve pronto á decir á mi hijo Kamaralzamán que venga á hablar conmigo!» Y en cuanto el eunuco le transmitió la orden, Kamaralzamán se presentó á su padre, y después de haberle deseado la paz respetuosamente, besó la tierra entre sus manos, con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra á un hijo sumiso para su padre...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGO LA 171.ª NOCHE_
Ella dijo:
...con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra á un hijo sumiso para su padre.
Entonces el rey Schahramán le dijo: «¡Oh hijo mío Kamaralzamán, mucho desearía no morirme sin verte casado, para alegrarme contigo y ensancharme el corazón con tu boda!»
Al oir estas palabras de su padre, Kamaralzamán cambió de color, y contestó con voz alterada: «Sabe ¡oh padre! que en realidad no siento inclinación alguna al matrimonio, y mi alma no tiene afecto á las mujeres. Pues además de la aversión instintiva que les tengo, he leído en los libros de los sabios tantos ejemplos de sus maldades y perfidias, que llegué á preferir la muerte á su proximidad. Y por otra parte, ¡oh padre mío! escucha lo que á tal respecto dicen nuestros más estimados poetas:
_¡Desdichado aquel á quien el Destino dota de una mujer! ¡Está perdido, aunque para encerrarse edifique mil fortalezas de piedras unidas con garfios de acero! ¡Como cañas las sacudirían los ardides de esas criaturas!_
_¡Ah! ¡Desgraciado de ese hombre! ¡La perfidia posee ojos hermosos, alargados con khol negro, y bellas trenzas abundantes, pero le hará pasar por la garganta tantos pesares, que le cortarán la respiración!_
»Otro dice:
_¡Me interrogáis acerca de esas criaturas que llamáis mujeres! ¡Sabéis que estoy versado en el conocimiento de sus fechorías, y gastado por toda la experiencia que he adquirido!_
_¿Qué os diré, ¡oh jóvenes!?... ¡Huid de ellas! ¡Ya veis que mi cabeza ha encanecido! ¡Ya podréis adivinar cuáles fueron los resultados de su amor!_
»Y ha dicho otro:
_¡Hasta la virgen que se llama nueva, no es más que un cadáver que ni los buitres querrían!_
_¡De noche crees poseerla, porque ha cuchicheado junto á ti mimosamente secretos que no lo son! ¡Qué error! ¡Mañana pertenecerán á otro sus muslos y sus partes mejor guardadas!_
_¡Créeme ¡oh amigo mío! que es una posada abierta para todo el que llega! ¡Penetra en ella si quieres; pero al día siguiente sal y vete sin volver la cabeza! ¡Deja para otros el sitio que á su vez habrán de abandonar, si conocen la cordura!_
»¡De modo, ¡oh padre! que aunque haya de apenarte mucho, no vacilaré en suicidarme si me quieres obligar á que me case!»
Cuando el rey Schahramán oyó estas palabras de su hijo, quedó en extremo confuso y afligido, y la luz se convirtió en tinieblas ante sus ojos. Pero como quería excesivamente á su hijo y deseaba no ocasionarle penas, se contentó con decirle: «Kamaralzamán, no he de insistir sobre un asunto que, por lo que veo, no te agrada. Pero como todavía eres joven, tienes tiempo para reflexionar, así como para pensar en la alegría que me produciría el verte casado y con hijos.»
Y aquel día no volvió á hablarle del asunto, sino que le mimó y le hizo buenos regalos, y procedió del mismo modo con él durante un año.
Pero pasado el año, lo mandó llamar, como la primera vez, y le dijo: «¿Recuerdas, Kamaralzamán, mi ruego, y has reflexionado sobre lo que te pedí y sobre la felicidad que me causaría que te casaras?» Entonces Kamaralzamán se prosternó delante del rey, su padre, y le dijo: «¡Oh padre mío! ¿Cómo olvidar tus consejos, ni dejar de obedecerte, cuando el mismo Alah me ordena el respeto y la sumisión? Pero por lo que afecta al matrimonio, he reflexionado todo este tiempo, y estoy más resuelto que nunca á no contraerlo, y más que nunca los libros de antiguos y modernos me enseñan á evitar las mujeres á toda costa, pues son taimadas, necias y repugnantes. ¡Líbreme Alah de ellas, aunque sea preciso que me mate!»
Oídas estas palabras, el rey Schahramán comprendió que sería contraproducente todavía insistir más ú obligar á la obediencia á aquel hijo querido. Pero su pesar fué tan grande, que se levantó desolado y mandó llamar aparte al gran visir, á quien dijo: «¡Oh mi visir! ¡qué locos son los padres que desean tener hijos! ¡Sólo dan penas y decepciones! He aquí que Kamaralzamán está más resuelto aún que el año pasado á huir de las mujeres y del matrimonio. ¡Qué desdicha la mía, oh mi visir! ¿Y cómo la remediaremos?»
Entonces el visir inclinó la frente y recapacitó largo rato. Y luego levantó la cabeza y dijo al rey: «¡Oh rey del siglo! He aquí el remedio que vamos á emplear: ten paciencia un año más, y entonces, en vez de hablarle de eso en secreto, reune á todos los emires, visires y grandes de la corte, así como á todos los oficiales de palacio, y delante de todos ellos declárale tu resolución de casarle sin demora. Y entonces no se atreverá á desobedecerte ante la respetable asamblea, y te contestará oyendo y sometiéndose...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGO LA 172.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...y te contestará oyendo y sometiéndose.»
Tanto satisfizo al rey este discurso del visir, que exclamó: «¡Por Alah! ¡Es una idea realizable!» Y demostró su alegría ofreciendo al visir uno de los más bellos ropones de honor. Después de lo cual tuvo paciencia el tiempo indicado, y mandó reunir entonces la asamblea, ordenando que asistiese á ella su hijo Kamaralzamán. Y el joven entró en la sala, iluminándola con su presencia. ¡Y qué lunar en su barbilla! ¡Y qué perfume ¡ya Alah! cuando pasaba! Y cuando se vió delante de su padre, besó tres veces la tierra entre sus manos, y se quedó de pie aguardando que su padre le dirigiera la palabra. El rey le dijo: «¡Oh hijo mío! Sabe que te mandé asistir á esta asamblea sólo para expresarte mi resolución de casarte con una princesa digna de tu categoría, y alegrarme así con mi posteridad antes de fallecer.»
Cuando Kamaralzamán oyó estas palabras de su padre, sintióse de improviso atacado por una especie de locura, que le dictó cierta respuesta tan poco respetuosa, que todos los circunstantes bajaron los ojos, cohibidos, y el rey quedó mortificado hasta el límite extremo de la mortificación; y como estaba obligado á poner coto á tamaña insolencia en público, gritó á su hijo con voz terrible: «¡Ahora verás lo que cuesta á los hijos desobedecer á sus padres y no guardarles la consideración debida!» E inmediatamente mandó á los guardias que ataran á Kamaralzamán los brazos á la espalda y le encerraran en la torre vieja de la ruinosa ciudadela contigua al palacio. Lo cual se ejecutó inmediatamente. Y uno de los guardias se quedó á la puerta para vigilar al príncipe y acudir á su llamamiento en caso de necesidad.
Cuando Kamaralzamán se vió encerrado de aquel modo, se entristeció mucho, y dijo para sí: «Acaso más me habría valido obedecer á mi padre y casarme contra mi gusto para complacerle. ¡Siquiera así habría evitado darle tal pena y que me encerraran en esta especie de calabozo, en lo más alto de esta torre vieja! ¡Ah, malditas mujeres, hasta de mi infortunio sois la principal causa!» Esto en cuanto á Kamaralzamán.
Pero respecto á Schahramán, se retiró á sus aposentos, y al pensar que su hijo, al cual quería tanto, estaba en aquel momento solo, triste y encerrado, y quizá desesperado, empezó á lamentarse y á llorar. Porque su cariño al hijo era grandísimo y le hacía olvidar la insolencia de que en público se había hecho reo. Y se enfureció mucho contra el visir, que fué quien le instigó á reunir la asamblea, por lo que le mandó llamar y le dijo: «¡Tú eres el mayor culpable! ¡A no ser por tu malhadado consejo, no me habría visto obligado á ser riguroso con mi hijo! ¡Vamos, habla! ¿Qué tienes que contestarme? Y dime cómo nos conduciremos en lo sucesivo. ¡Porque yo no puedo acostumbrarme á la idea del castigo que á estas horas está sufriendo todavía mi hijo, la llama de mi corazón!» Entonces el visir le dijo: «¡Oh rey, ten paciencia, dejándole sólo quince días encerrado, y verás cómo se apresura á someterse á tu deseo!» El rey dijo: «¿Estás bien seguro?» El visir dijo: «¡Ciertamente!» Entonces el rey exhaló varios suspiros, y fué á tenderse en la cama, y pasó una noche de insomnio, por lo mucho que penaba su corazón á causa de aquel único hijo que era su mayor alegría. Y durmió menos, porque estaba acostumbrado á que su hijo durmiera á su lado, en la misma cama, y á ponerle su propio brazo por almohada, velándole así personalmente el sueño. De modo que aquella noche, por más vueltas y revueltas que dió en todos sentidos, no pudo cerrar los ojos. Eso en cuanto al rey Schahramán.
Y volvamos al príncipe Kamaralzamán. Al caer la noche, el esclavo encargado de guardar la puerta entró con un candelabro encendido, que dejó á los pies del lecho, pues había cuidado de arreglar en aquella habitación una cama bien acondicionada para el hijo del rey; y verificado esto, se retiró. Entonces Kamaralzamán se levantó, hizo sus abluciones, recitó algunos capítulos del Korán, y pensó en desnudarse para pasar la noche. Se quitó, pues, toda la ropa, sin dejar puesta más que la camisa encima del cuerpo, y se puso á la cabeza un pañuelo de seda azul. Y más que nunca parecía así tan hermoso como la luna de la noche 14.ª Se tendió entonces en la cama, y aunque desconsolado con la idea de haber enojado á su padre, no tardó en dormirse profundamente.
Pero no sabía, ni podía figurárselo, lo que le iba á ocurrir aquella noche, en aquella torre vieja, frecuentada por los genios del aire y de la tierra.
En efecto...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
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_PERO CUANDO LLEGO LA 173.ª NOCHE[D]_
Ella dijo:
...En efecto, la torre en que se había encerrado á Kamaralzamán estaba abandonada de muchos años atrás y databa del tiempo de los antiguos romanos; y al pie de la torre había un pozo, también antiquísimo y de construcción romana. Y aquel pozo era precisamente el que servía de habitación á una efrita joven, llamada Maimuna.
La efrita Maimuna, de la posteridad de Eblis, era hija del poderoso efrit Domriatt, jefe principal de los genios subterráneos. Maimuna era una efrita muy agradable, creyente, sumisa, ilustre entre todas las hijas de los genios por sus propias virtudes y las de su ascendencia, famosa en las regiones de lo desconocido.
Sobre las doce de aquella noche, la efrita Maimuna salió del pozo, según solía, á tomar el fresco, y voló ligera hacia los estados del cielo, para dirigirse desde allí al lugar hacia el cual se sintiera atraída. Y al pasar por cerca de la techumbre de la torre, se asombró de ver luz en un sitio en que desde hacía largos años nunca había visto nada. Dijo, pues, para sí: «¡Seguramente que esa luz está ahí por algo! ¡He de entrar dentro á ver lo que es!» Entonces dió un rodeo y penetró en la torre, y vió al esclavo echado á la puerta; pero sin pararse, pasó por encima y entró en la habitación. Y cuál no fué su encantadora sorpresa al ver al joven que estaba echado medio desnudo en la cama. Empezó por pararse de puntillas, y para verle mejor, se acercó sigilosamente, después de haberse bajado las alas, que le molestaban un tanto en aquella habitación tan angosta. Y levantó por completo la colcha que tapaba la cara del joven, y la dejó estupefacta su hermosura. Y estuvo sin respirar una hora, por temor á despertarle antes de haber podido admirar á su gusto todas las delicadezas que le formaban. Porque en verdad, el encanto que se desprendía de toda su persona, el color delicado de sus mejillas, la tibieza de sus párpados de pestañas llenas de sombra pálida y larguísimas, la curva adorable de sus cejas, todo ello, incluso el olor embriagador de su piel y los reflejos dulces de su cuerpo, hubieron de emocionar á la gentil Maimuna, que en toda su vida de excursiones á través de la tierra habitable había visto semejante belleza. Ciertamente, bien se le podían aplicar estos versos del poeta:
_¡Al contacto de mis labios vi que se ennegrecían sus pupilas, que son mi locura, y se sonrojaban sus mejillas, que son toda mi alma!_
_Y exclamé: ¡Oh corazón mío! Di á los que se atreven á motejar tu pasión: ¡Oh censores, enseñadme un objeto tan hermoso como mi muy amado!_
Y cuando la efrita Maimuna, hija del efrit Domriatt, sació bien sus ojos con aquel espectáculo maravilloso, alabó á Alah exclamando: «¡Bendito sea el Creador que modela la perfección!» Después pensó: «¿Y cómo los padres de este adolescente pueden separarse de él para encerrarle solo en esta torre derruída? ¿No temerán los maleficios de los genios malos de mi raza que habitan en los escombros y en los lugares desiertos? Pero ¡por Alah! ya que ellos no hacen caso de su hijo, juro otorgarle mi protección y defenderle contra todo efrit que, atraído por sus encantos, quiera abusar de él.» Después se inclinó sobre Kamaralzamán y le besó en los labios con gran delicadeza, y en los párpados, y en ambas mejillas, volviendo á taparle con la colcha, sin despertarle, y abrió las alas, volando por la alta ventana hacia el cielo.
Pero al llegar á la región media para tomar el fresco, y cuando se cernía tranquilamente, pensando en el joven dormido, de pronto, y nada lejos, oyó un ruido de precipitado batir de alas que la hizo volverse hacia aquella parte. Y vió que el autor del ruido era el efrit Dahnasch, genio de mala especie, uno de los rebeldes que no acatan ni reconocen la supremacía de Soleimán ben-Daúd. Y este Dahnasch era hijo de Schamhurasch, el más rápido de los genios en las carreras aéreas.
Cuando Maimuna vió al malo de Dahnasch, temió que el bribón vislumbrase la claridad de la torre y perpetrase allí cualquier fechoría, por lo que se arrojó sobre él con un ímpetu semejante al del gavilán, é iba á alcanzarle y agredirle, cuando Dahnasch le hizo seña de que se rendía á discreción, y le dijo temblando de miedo: «¡Oh poderosa Maimuna, hija del rey de los genios! ¡te conjuro, por el Nombre Augusto y por el talismán sagrado del sello de Soleimán, á que no uses de tu poder para hacerme daño! Y por mi parte te prometo no hacer nada reprensible.» Entonces Maimuna dijo á Dahnasch, hijo de Schamhurasch: «¡Así sea! Me avengo á perdonarte. ¡Pero apresúrate á decirme de dónde vienes á estas horas, qué haces ahí y adónde piensas ir! ¡Y sobre todo, sé verídico en tus palabras, ¡oh Dahnasch! pues si no, estoy dispuesta á arrancarte las plumas de las alas con mis manos, á desollarte y á romperte los huesos, para precipitarte después como una masa! ¡No creas poder librarte con una mentira, oh Dahnasch!» Entonces el efrit dijo: «¡Oh mi dueña Maimuna! ¡sabe que en este momento me has encontrado muy á propósito para oir cualquier cosa completamente extraordinaria! ¡Pero prométeme siquiera dejarme ir en paz si satisfago tu deseo y darme un salvoconducto que en adelante me resguarde de la mala voluntad de todos los genios, mis enemigos del aire, del mar y la tierra, ya que eres la hija del rey de todos nosotros, Domriatt el formidable!» Así habló el efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch.
Entonces Maimuna, hija de Domriatt, dijo: «Te lo prometo por la gema grabada con el sello de Soleimán ben-Daúd (¡sobre entrambos la oración y la paz!). Pero habla, por fin, pues presiento que tu aventura es muy extraña.» Entonces el efrit Dahnasch acortó la carrera, giró sobre sí mismo, y fué á colocarse al lado de Maimuna. Después contó del modo siguiente su aventura:
* * * * *
«Sabe ¡oh gloriosa Maimuna! que vengo en este momento del fondo de un interior lejano, de los extremos de la China, país en que reina el Gran Ghayur, señor de El-Buhur y de El-Kussur, en donde se yerguen en derredor numerosas torres y se encuentra su corte, sus mujeres con sus adornos y sus guardias en las encrucijadas y en todo el contorno. ¡Y allí han visto mis ojos la cosa más hermosa de todos mis viajes y mis jiras, su hija única, El-Sett Budur!