Chapter 6 of 14 · 3973 words · ~20 min read

Part 6

Cuando la barca llegó á la otra orilla, Alí ben-Bekar, ya completamente repuesto merced á la frescura del agua y de la brisa, pudo desembarcar, sostenido por su amigo. Pero pronto tuvo que sentarse en una piedra, porque sentía que se le iba el alma. Y Abalhassan, no sabiendo ya cómo salir del apuro, lo dijo: «¡Oh amigo mío! Cobra ánimo y tranquiliza tu alma, porque realmente este sitio nada tiene de seguro y estas orillas están infestadas de bandidos y malhechores. ¡Un poco de aliento nada más, y estaremos seguros, cerca de aquí, en casa de uno de mis amigos que vive junto á esa luz que ves!» Después le dijo: «¡En nombre de Alah!» Y ayudó á su amigo á levantarse, y emprendió con él lentamente el camino de la casa consabida, á cuya puerta no tardó en llegar. Entonces, á pesar de lo intempestivo de la hora, llamó á aquella puerta, y en seguida alguien fué á abrir; y apenas se dió á conocer Abalhassan, fué recibido inmediatamente con gran cordialidad, lo mismo que su amigo. Y pretextó un motivo cualquiera para explicar su llegada á hora tan irregular. Y en aquella casa, donde la hospitalidad se practicó según sus más admirables preceptos, pasaron el resto de la noche, sin que se les importunara con preguntas indiscretas. Y ambos, por su parte, sufrían: Abalhassan porque no estaba acostumbrado á dormir fuera de casa y le preocupaban las inquietudes de su familia, y el príncipe Alí porque tenía delante de los ojos la imagen de Schamsennahar, pálida y desmayada de dolor en brazos de sus doncellas, á los pies del califa.

De modo que en cuanto amaneció se despidieron de su huésped y marcharon á la ciudad, y no obstante la dificultad con que andaba Alí ben-Bekar, no tardaron en llegar á la calle en que estaban sus casas. Pero como la primera á que llegaron era la de Abalhassan, éste invitó á su amigo á descansar en su casa, no queriendo dejarle solo en estado tan lamentable. Y dijo á su servidumbre que le prepararan la mejor habitación y tendieran en el suelo los magníficos colchones que se conservaban bien enrollados en las alacenas para aquellos casos. Y el príncipe Alí, tan cansado como si hubiera andado días enteros, sólo tuvo fuerzas para dejarse caer en los colchones, y pudo por fin dormir algunas horas. Al despertar hizo sus abluciones, cumplió sus deberes del rezo y se vistió, dispuesto á salir, pero Abalhassan le detuvo: «¡Oh mi dueño! ¡es preferible que pases el día y la noche en esta casa, y así podré acompañarte y distraer tus penas!» Y le obligó á quedarse. Llegada la noche, Abalhassan, después de haber pasado el día departiendo con su amigo, mandó llamar á las cantarinas más afamadas de Bagdad; pero nada pudo distraer á Alí ben-Bekar de sus tristes pensamientos, pues al contrario, las cantarinas sólo consiguieron exasperar su mal y su dolor. Y pasó una noche más mala que las otras; y por la mañana había empeorado de tal modo, que su amigo Abalhassan ya no le quiso detener más. Decidióse, pues, á acompañarle hasta su casa, después de haberle ayudado á montar en una mula que los esclavos del príncipe habían traído de la cuadra. Y cuando lo hubo entregado á su servidumbre y estuvo seguro de que por lo pronto ya no necesitaba su presencia, se despidió de él con palabras consoladoras, prometiéndole volver lo antes posible. Después salió de casa y se dirigió al zoco, donde volvió á abrir la tienda, que había estado cerrada todo aquel tiempo.

Y apenas había acabado de arreglar la tienda y se había sentado para aguardar á los parroquianos, vio llegar...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 156.ª NOCHE_

Ella dijo:

...y se había sentado para aguardar á los parroquianos, vió llegar á la joven esclava confidente de Schamsennahar. Ésta le deseó la paz, y Abalhassan le devolvió el saludo, y notó que su aspecto era muy triste y preocupado, y que el corazón le debía de latir más de prisa que de costumbre. Y le dijo: «¡Cuánto celebro que hayas venido, ¡oh caritativa joven! ¡Te ruego que me enteres del estado de tu señora!» Ella contestó: «¡Te suplico que empieces por darme noticias del príncipe Alí, al cual tuve que dejar de aquella manera!» Y Abalhassan le refirió todo lo que había visto del dolor de su amigo. Y cuando hubo acabado, la confidente se puso todavía más triste de lo que estaba, y lanzó grandes suspiros, y con voz conmovida dijo á Abalhassan: «¡Cuán grande es nuestra desdicha! ¡Sabe ¡oh Ben-Taher! que el estado de mi pobre señora es más lamentable todavía! Pero voy á contarte lo que ocurrió desde que saliste con tu amigo, cuando mi señora cayó desmayada á los pies del califa, que, muy afligido, no supo á qué atribuir tan súbito accidente. ¡Helo aquí!

»Cuando os dejé bajo la custodia del barquero, volví muy inquieta junto á Schamsennahar, á la cual encontré todavía desmayada y muy pálida, cayéndole las lágrimas gota á gota por entre su cabellera suelta. El Emir de los Creyentes, en el límite de la aflicción, estaba sentado junto á ella, y á pesar de los cuidados que le prodigaba, no conseguía que recobrase el sentido. Y todas nosotras sentíamos una desolación inmensa; y á las ansiosas preguntas que el califa nos dirigía para saber la causa de aquel mal tan súbito, no contestábamos más que con lágrimas y echándonos al suelo para besar la tierra entre sus manos, pero sin revelarle el secreto. Y esta angustia inexpresable se prolongó hasta medianoche. Entonces, á fuerza de refrescarle las sienes con agua de rosas y agua de flores y de hacerle aire con los abanicos, tuvimos por fin la alegría de verla volver de su desmayo poco á poco. Pero en seguida rompió en un torrente de lágrimas, con inmenso asombro del califa, que acabó por llorar lo mismo que ella. ¡Y todo aquello era muy triste y muy extraordinario!

»Y cuando el califa vió que podía dirigir la palabra á su favorita, le dijo: «¡Schamsennahar, luz de mis ojos, dime la causa de tu mal para que pueda consolarte! ¡Mira cómo tu estado me hace sufrir!» Entonces Schamsennahar hizo un esfuerzo para besar los pies del califa, que no se lo permitió, pues le cogió las manos y siguió interrogándola con dulzura. Entonces ella le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! El mal que padezco es pasajero. Lo causan ciertas cosas que he comido durante el día y que me han sentado mal.» Y el califa preguntó: «¿Pero qué has comido, ¡oh Schamsennahar!?» Ella dijo: «¡Dos limones ácidos, seis manzanas agrias, un gran trozo de kenafa; y además, como tenía mucha hambre, un plato de alfónsigos salados, granos de calabacín y garbanzos confitados con azúcar y recién salidos del horno!» Entonces el califa exclamó: «¡Oh imprudente Schamsennahar! ¡Me asombras de veras! ¡No dudo de que esas cosas sean infinitamente apetecibles y deliciosas, pero de todos modos, debes moderarte un poco, é impedir que tu alma se precipite desconsideradamente sobre lo que le gusta! ¡Por Alah! ¡No te vuelvas á ver en ese estado!» Y el califa, que generalmente es tan escaso de palabras y caricias para las demás mujeres, siguió hablando á su favorita con muchos miramientos, y la veló hasta por la mañana. Pero al ver que su estado no mejoraba mucho, mandó llamar á todos los médicos del palacio y de la ciudad, que, como era natural, estuvieron muy lejos de adivinar la verdadera enfermedad que padecía mi ama, y cuya agravación era debida á lo cohibida que estaba en presencia del emir. Y los tales sabios prescribieron una receta tan complicada, que á pesar de mi buena voluntad ¡oh Ben-Taher! no puedo repetirte una palabra de ella.

»Finalmente, el califa, seguido de los médicos y de todos los demás, acabó por retirarse, y entonces pude acercarme á mi ama, y le cubrí de besos las manos, y le dije tales palabras de consuelo, asegurándole que corría de mi cuenta hacerle ver de nuevo al príncipe Alí ben-Bekar, que acabó por dejar que la cuidara. Le di á beber un vaso de agua fresca con agua de flores, que le sentó muy bien. Y olvidándose de sí misma, me mandó que corriese á tu casa para saber de su amado, cuyo gran dolor le referí minuciosamente.»

Oídas estas palabras, Abalhassan ben-Taher exclamó: «¡Oh joven! ¡ahora que ya nada me queda que decirte acerca del estado de nuestro amigo, apresúrate á volver junto á tu ama, transmítele mis saludos de paz, y dile que he experimentado mucha pena al saber lo que le ha ocurrido, y dile también que no dejo de reconocer que ha sido una prueba muy dura, pero que la exhorto á la paciencia, y sobre todo á la más estricta reserva en palabras, por temor de que las cosas acaben por llegar á oídos del califa! ¡Y mañana volverás á mi tienda, y si Alah quiere, las noticias que nos transmitiremos serán más consoladoras!»

Entonces la joven le dió expresivas gracias por sus palabras y por todas sus atenciones, y le dejó. Y Abalhassan se pasó el resto del día en la tienda, pero la cerró más temprano que de costumbre para correr á casa de su amigo Ben-Bekar...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 157.ª NOCHE_

Ella dijo:

...para correr á casa de su amigo Ben-Bekar. Y llamó á la puerta, que el portero vino á abrir, y al entrar encontró á su amigo rodeado de un gran círculo de médicos de todas clases, y de parientes y amigos. Y unos le tomaban el pulso, otros le prescribían cada cual un remedio completamente distinto, y las viejas porfiaban echando á los médicos miradas de reojo, de tal modo, que el joven sentía que se le oprimía el alma de impaciencia; y sin fuerzas ya para no ver ni oir nada, metió la cabeza debajo de las mantas, tapándose las orejas con ambas manos.

Pero en aquel momento Abalhassan avanzó hacia su cabecera, y le dijo sonriendo: «¡La paz sea contigo!» El joven contestó: «¡Y contigo la paz y los beneficios de Alah con sus bendiciones! ¡Plegue á Alah que seas portador de noticias tan blancas como tu cara, ¡oh amigo mío!» Entonces Abalhassan, que no quería hablar delante de todos aquellos visitantes, se contentó con guiñar un ojo; y cuando se marchó toda la gente abrazó á su amigo y le contó todo lo que le había dicho la esclava. Y añadió: «¡Puedes estar seguro ¡oh hermano mío! de que mi alma entera te pertenece! ¡Y no descansaré hasta haberte devuelto la tranquilidad del corazón!» Y tanto le conmovió el proceder de su amigo, que lloró con toda su alma, y dijo: «¡Te ruego que completes tus bondades pasando conmigo esta noche, para que yo pueda conversar contigo y distraer los pensamientos que me atormentan!» Y Ben-Taher accedió á su deseo, y se quedó con él recitándole poemas de amor. Versos dedicados al amigo y versos referentes á la muy amada. Y he aquí, entre otros mil, los versos en honor de la amada:

_¡Atravesó con el acero de su mirada la visera de mi casco, y ató para siempre mi alma á la flexibilidad de su cintura!_

_¡Completamente blanca se aparece á mis ojos con el grano de almizcle que adorna el alcanfor de su barba!_

_¡Si tiembla, súbitamente asustada, el coral de sus mejillas toma la palidez de las perlas ó el mate del azúcar cande._

_¡Si suspira apesarada, apoyando la mano en el pecho desnudo, ¡oh ojos míos! contad el espectáculo que veis!_

_¡Vemos--dicen mis ojos--un hermoso lago, del cual brotan cinco cañas cuya punta está adornada con coral de rosas!_

_¡Oh guerrero! ¡no creas que tu alfanje bien templado pueda guardarte de sus hermosos párpados!_

_¡No tiene lanza para atravesarte, pero has de temer á su cintura recta! ¡Haría de ti, en un momento, el más humilde de sus esclavos!_

Y estos otros:

_¡Su cuerpo es un ramo de oro; sus pechos, dos copas redondas y transparentes que reposan boca abajo! ¡Sus labios de granada están perfumados con su aliento!_

Pero entonces Abalhassan, al ver á su amigo excesivamente impresionado con estos versos, dijo: «¡Oh Alí! ¡voy á cantarte aquellas estrofas que tanto gustabas de recitar á mi lado en el zoco! ¡Ojalá deposite un bálsamo en tu herida! Escucha, pues, amigo mío, estas palabras maravillosas del poeta:

_¡El oro de la copa es admirable bajo el rubí de ese vino, ¡oh copero!_

_¡Dispersa todas las penas del pasado sin pensar en el mañana, toma esa copa en que se bebe el olvido y embriágame completamente!_

_¡Tú solo has nacido para comprenderme! ¡Ven! ¡Te revelaré los secretos de un corazón que se oculta receloso!_

_¡Pero apresúrate! ¡Escánciame ese origen de alegría, ese licor de olvido! ¡Sírvemelo, niño de mejillas más suaves que el beso de las vírgenes!»_

Al oir este canto, el príncipe Alí se sintió en tal estado de pesadumbre por los recuerdos que le acudían á la memoria, que se echó á llorar. Y Abalhassan no supo qué decirle para calmarle, y se pasó también toda aquella noche á su cabecera velándole, sin pegar los ojos ni un momento. Por la mañana se decidió á marcharse, para abrir la tienda, que tanto había descuidado en aquel tiempo. Y estuvo allí hasta la noche. Pero cuando se disponía á irse y acababa de encerrar las telas, vió llegar, toda cubierta con un velo, á la joven esclava de Schamsennahar, que, después de las zalemas de costumbre, le dijo: «¡Mi ama os envía á ti y á Ben-Bekar sus saludos de paz, y me encarga que venga á saber de su salud!» El otro contestó: «¡Oh joven esclava! ¡No me preguntes por su salud, pues mi respuesta sería muy triste! ¡No duerme, ni come, ni bebe! ¡Los versos son lo único que le consuela! ¡Si vieras lo pálido de su rostro!» La esclava dijo: «¡Qué desgracia tan grande ha caído sobre nosotros! Mi ama también está muy enferma, y me ha entregado para él esta carta que llevo oculta en el pelo. Y me ha encargado que no vuelva sin la respuesta. ¿Quieres acompañarme á casa de tu amigo, pues yo no sé dónde vive?» Abalhassan dijo: «¡Escucho y obedezco!» Y se apresuró á cerrar la tienda y echó á andar, marchando diez pasos delante de la confidente, que le seguía...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 158.ª NOCHE_

Ella dijo:

...diez pasos delante de la confidente, que le seguía. Y cuando llegaron á la casa de Ben-Bekar, dijo á la joven, invitándola á sentarse en la alfombra de la entrada: «Aguárdame aquí unos momentos. Voy á enterarme de si hay gente extraña.» Y entró en casa de Ben-Bekar y le guiñó el ojo. Ben-Bekar entendió la seña, y dijo á los que le rodeaban: «¡Con vuestro permiso! ¡Me duele el vientre!» Y comprendiendo lo que quería decir, se retiraron después de las zalemas, dejándole solo con Abalhassan. Y en cuanto se fueron, Abalhassan corrió á buscar á la esclava, y la presentó á su amigo. Y éste, sólo con ver á la que le recordaba á Schamsennahar, se sintió mucho más animado, y dijo: «¡Oh deliciosa emisaria! ¡Bendita seas!» La joven se inclinó dándole las gracias y le entregó la carta de Schamsennahar. Ben-Bekar la cogió, se la llevó á los labios y á la frente, y como estaba demasiado débil para poder leer, se la entregó á Abalhassan, que encontró en ella, escritos por la mano de la favorita, unos versos en que se narraban, en los términos más conmovedores, todas sus penas de amor. Y como Abalhassan supuso que la tal lectura agravaría el estado de su amigo, se limitó á resumir la carta en algunas frases, y añadió: «¡Voy ahora á encargarme de la respuesta, y tú la firmarás!» Y así se hizo. Ben-Bekar quiso que el sentido de la respuesta expresara lo siguiente: «¡Si el amor no conociese para nada el dolor, los amantes no experimentarían tanta delicia al escribirse!» Y antes de despedirse, encargó á la esclava que contase á su señora el dolor en que le había encontrado. Después le entregó la respuesta, regándola con lágrimas, y la confidente se conmovió tanto que también se echó á llorar, y por fin se retiró deseándole la paz del corazón. Y Abalhassan salió también para acompañar á la esclava, y no la dejó hasta llegar á la tienda, en donde se despidió de la confidente, y se volvió á su casa.

Y al llegar á ella, se puso á reflexionar por primera vez acerca de la situación, y sentándose en el diván, se habló de este modo:

«¡Oh Abalhassan! ¡ya ves que la cosa empieza á ponerse muy grave! ¿Qué sucedería si el califa llegara á enterarse de este asunto? ¿Qué sucedería? ¡Realmente quiero tanto á Ben-Bekar, que estoy dispuesto á sacarme un ojo para dárselo! ¡Pero piensa, Abalhassan, que tienes familia, madre, hermanas y hermanos! ¡Cuánto infortunio puedes originarles con tu imprudencia! ¡Esto no puede durar así! ¡Mañana mismo iré á buscar á Ben-Bekar, y trataré de disuadirle de un amor que puede tener consecuencias tan deplorables! ¡Y si no me hace caso, Alah me inspirará la conducta que haya de seguir!» Y al otro día, Abalhassan, con el pecho oprimido por sus pensamientos, fué en busca de su amigo Ben-Bekar, le deseó la paz y le dijo: «¿Cómo te encuentras, Alí?» Y él respondió: «¡Peor que nunca!» Y Abalhassan le dijo: «¡En mi vida he oído hablar de una aventura parecida á la tuya, ni conocido un enamorado más raro que tú! ¡Sabes que Schamsennahar te quiere tanto como tú á ella, y á pesar de esta seguridad, tu estado se agrava cada día! ¿Qué pasaría si tu amada no compartiera tu afecto y fuera como la mayor parte de las mujeres, que aman sobre todas las cosas el engaño y la intriga? ¡Pero ante todo, ¡oh Alí! piensa en las desgracias que caerían sobre nuestras cabezas si de esta intriga se enterase el califa! ¡Y nada tiene de improbable que así ocurra, pues las idas y venidas de la confidente despertarán la atención de los eunucos y la curiosidad de las esclavas; y entonces sólo Alah podrá saber el límite de nuestras calamidades! ¡Créeme, Alí; con persistir en este amor sin salida, te expones á perderte á ti mismo, y además á Schamsennahar! ¡Y no hablo de mí, que en un abrir y cerrar de ojos quedaría borrado de entre los vivos, lo mismo que toda mi familia!»

Pero Ben-Bekar, dando las gracias á su amigo por el consejo, le declaró que su voluntad no le pertenecía, á pesar de todas las desdichas que pudieran sobrevenirle.

Entonces Abalhassan, viendo que todas las palabras serían baldías, se despidió de su amigo, y presa de grandes preocupaciones sobre el porvenir, emprendió el camino de su casa.

Entre los amigos que visitaban á Abalhassan figuraba un joven joyero muy amable, llamado Amín, cuya discreción había podido apreciar en muchas ocasiones. Y justamente fué á visitarle el joyero cuando Abalhassan, apoyado en unos almohadones, estaba lleno de perplejidad. Y después de las zalemas de costumbre, se sentó á su lado en el diván, y como era el único que estaba algo al corriente de aquella intriga amorosa, le preguntó: «¡Oh Abalhassan! ¿cómo van los amores de Alí ben-Bekar y Schamsennahar?» Abalhassan contestó: «¡Oh Amín! ¡ténganos Alah en su misericordia! ¡Temo que nada bueno me presagien!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

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_PERO CUANDO LLEGÓ LA 159.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...¡Temo que nada bueno me presagien! Y como sé que eres hombre de fiar y un buen amigo, quiero revelarte el proyecto que tengo pensado, para librar á mi familia y á mí mismo de este trance peligroso.» Y el joven joyero dijo: «¡Puedes hablar con toda confianza, ¡oh Abalhassan! ¡Encontrarás en mí un hermano dispuesto á toda abnegación para servirte!» Y Abalhassan dijo: «Tengo pensado ¡oh Amín! cobrar lo que me deben, pagar mis deudas, vender con rebaja mis mercancías, realizar todo cuanto pueda, y marcharme muy lejos, por ejemplo, á Bassra, donde aguardaré los acontecimientos. Porque ¡oh Amín! esta situación se va haciendo intolerable, y no puedo vivir desde que me asedia el temor de que me denuncien como cómplice de toda esta intriga amorosa. ¡Es muy probable que acabe por saberlo todo el califa!»

Al oir estas palabras, contestó el joven joyero: «Verdaderamente, ¡oh Abalhassan! tu resolución es muy cuerda, y la única que un hombre avisado puede concebir á poco que reflexione. ¡Alah te muestre el mejor camino para salir de este mal paso! ¡Y si mi auxilio puede decidirte á partir, heme aquí pronto á ocupar tu puesto y á servir á tu amigo Ben-Bekar con mis ojos!» Abalhassan dijo: «Pero ¿cómo te las vas á componer si no conoces á Alí ben-Bekar, ni estás en relaciones con el palacio ni con Schamsennahar?» Amín respondió: «En cuanto al palacio, ya he tenido ocasión de vender allí alhajas, precisamente por mediación de la joven confidente de Schamsennahar. Y respecto á Alí ben-Bekar, nada me será tan fácil como conocerle é inspirarle confianza. Tranquilízate, pues, y si quieres marcharte, no te preocupes de lo demás, ¡que Alah, como dueño de todas las puertas, sabe abrir cuando le place todas las entradas.» Y dichas estas palabras, el joyero Amín se despidió de Abalhassan, y se fué por su camino...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ LA 160.ª NOCHE_

Ella dijo:

...se despidió de Abalhassan, y se fué por su camino.

Y he aquí que á los tres días se dispuso á visitarle, pero encontró la casa completamente vacía. Entonces preguntó á los vecinos, y le contestaron: «Se ha ido á Bassra, pero nos ha dicho que su ausencia será corta, pues apenas cobre el dinero que le deben unos parroquianos volverá á Bagdad.» Comprendió entonces que Abalhassan había acabado por ceder á sus terrores, y había creído más prudente desaparecer, por si la aventura amorosa llegaba á oídos del califa. Y he aquí que al principio no supo Amín qué era lo más conveniente, hasta que al fin se dirigió hacia la casa de Ben-Bekar. Allí rogó á uno de los esclavos que le llevase á presencia de su señor, y el esclavo le hizo entrar en el salón en donde estaba Ben-Bekar tendido en unos almohadones y muy pálido. Le deseó la paz, y Ben-Bekar le devolvió el saludo. Entonces le dijo: «¡Oh mi señor! Aunque mis ojos no hayan tenido el gusto de conocerte hasta ahora, vengo en primer lugar á pedirte perdón por no haber venido antes á saber de tu salud. Y después he de enterarte de una cosa que te será desagradable, pero también traigo el remedio que te lo hará olvidar todo.» Y Ben-Bekar, trémulo de emoción, le preguntó: «¡Por Alah! ¿Qué cosas más desagradables pueden sorprenderme ahora?» Y el joven joyero dijo: «Sabe ¡oh mi señor! que he sido el confidente de tu amigo Abalhassan, y que nunca me ocultaba cuanto le ocurría. Y he aquí que hace tres días, Abalhassan, quien generalmente venía á verme todas las noches, ha desaparecido. Y como sé que eres amigo suyo, vengo á preguntarte si sabes dónde está y por qué se ha marchado sin decir nada á sus amigos.»