Part 10
—No, a los Viveros no —interrumpió bruscamente Isabelilla—; está eso muy soso por las noches, no van más que personas decentes; ¡con decir que ni siquiera hay organillo!
—Ya lo sé. ¿Y para qué queremos organillo?
—¡Qué gracioso!; ¡como que me voy a pasar sin bailar contigo esta noche! Ni lo sueñes.
—Vámonos, pues, a Niza.
—No, a Niza tampoco; luego te diré por qué.
—Bueno; pues tú dirás donde vamos. Decídete, porque estamos perdiendo tiempo.
—¿Vamos a casa de Juan?
—Vamos a casa de Juan.
En casa de Juan estaban todos los comedores ocupados.
—Si quieren ustedes un cenador, hay uno disponible.
—¿Cuál?
—Ese primero de la derecha.
—No, no; está demasiado a la vista.
—¿Quiere el señorito pasar al hotel? —preguntó el mozo a Luis mostrándole un pequeño edificio independiente que se alzaba a la derecha. Luis, a su vez, repitió la pregunta a Isabelilla.
—No, no me gusta; no se oye el organillo, y además, se figuran que vas a otra cosa y te cobran la habitación por aquello de que tiene cama, y eso es una primada. Vamos al Campo del Recreo.
Contra lo que Isabelilla creía, en el Campo del Recreo había muy poca gente. La mayoría de las mesas, especialmente las de primera fila, estaban desiertas. Solo dos o tres se hallaban ocupadas por pacíficas familias burguesas que al pasar la joven pareja cogida del brazo se quedaban mirándola a hurtadillas, con cuchicheos y sonrisitas maliciosas.
—Mira, mira quién está allí —exclamó de pronto Isabelilla señalando una mesa medio oculta tras los arbustos—. Lola Guzmán y Paca Rey con dos pollos. Ya sabemos de quién eran los coches del Casino que había en la puerta. ¡Qué hipócritas! Se han marchado de los Jardines antes de acabar la función, diciéndome que estaba aquello muy húmedo y que, como ellas, gracias a Dios, no iban a los Jardines a ganar dinero... así, como humillándome, ¿sabes?
—Y tú, ¿qué les has dicho?
—¿Yo? Que tenía que esperar a mi novio, que era acomodador.
—¡Qué chulona eres!
—Claro, hombre. Figúrate tú si nos conoceremos todas. Anda, vamos a pasar por delante de ellas para que nos vean.
—¡Justo!, y me tomen por el acomodador.
—Asaúra... Ya sabes tú que te conocen todas. Digo, y poquita envidia que me van a tener viéndome contigo. Porque te advierto, Luis, que tú tienes cartel.
A Luis le hizo aquella frase muchísima gracia.
—¿Conque yo tengo cartel, eh? como los toreros. Oye, ¿y de qué clase es este cartel mío?
—De matador de primera. Eso lo sabe todo el mundo, niño. Lo que no saben esas es que yo te voy a contratar por toda la temporada para que no mates en más plaza que en la mía. ¡Hola, Paca; adiós, Lolita! —exclamó con acento cariñoso, pasando de largo por delante de las dos _cocottes_.
—Adiós, mujer... ¿tú aquí?
—Venimos casi todas las noches —contestó con gran ingenuidad—; a este no le gusta cenar en casa. Toma, para que rabien —agregó oprimiendo el brazo de Luis, que a duras penas podía contener la risa.
Andando, andando, habían llegado al final del merendero. Isabelilla no acababa de decidirse por ninguna mesa. Por fin eligió una pequeñita, situada en medio de una plazoleta de árboles. Aquí estaremos perfectamente. ¿Ves qué poético está esto? Los rayos de la luna, el murmullo del río... ¡Oh, qué poético!
—¡Guasona!
—Pues, mira; fuera de chirigota; está muy bien, sobre todo, a tu lado.
—¿De veras estás muy a gusto?
—Muy a gusto. ¿Y tú?
—En la gloria.
—¿Qué va a ser? —preguntó el camarero dejando caer la lista sobre la mesa.
¡Toma, toma, pues no era poco difícil la respuesta! Isabelilla cogió la lista, la leyó en voz alta, después en voz baja, la leyó nuevamente, y después de darle mil vueltas entre sus manos, se la entregó a Luis diciéndole:
—Pide tú, yo no sé qué elegir, no tengo gana.
Tampoco él la tenía; de modo que después de muchísimo pensar, la cena quedó reducida a unos langostinos a la vinagreta, una ración de pavo trufado y otra de Roquefort. Y manzanilla. Ah, y el cochero que tome lo que quiera.
Mientras el camarero iba por los platos, Isabelilla explicó a Luis por qué no había querido entrar en Niza. Es donde él me lleva, ¿sabes? Entra muy ufano conmigo, dándose mucho tono porque le conoce todo el mundo, y yo no quiero que se rían de él creyendo que le engaño. ¡Pobrecillo!
—Te has vuelto muy correcta.
—Claro, hombre; ¿qué necesidad tiene nadie de enterarse de si le soy fiel o no se lo soy, no te parece? Tanto más cuanto que no le engaño. De veras no le engaño..., más que contigo. Pero es que tú me vuelves loca, chiquillo —exclamó entornando los ojos y mirándole fijamente—. Contigo no sé lo que me pasa. Mira, de verdad; yo podré tener todas mis chulerías, te podré hacer una charranada, porque soy así, porque no lo puedo remediar, porque lo tengo en la masa de la sangre, ¿sabes tú?; pero en cuanto te veo, soy otra; siento aquí en el alma un no sé qué que me tira hacia ti y me dice: Isabelilla, ese es el único hombre que tú quieres, vete con él. Y me voy, y no hay mundo para mí y lo dejo todo y dejaría hasta a mi madre, si la tuviera, por un beso solo de tu boca.
—¡Qué monísima eres!
—Es que te quiero mucho, Luis. ¿Por qué voy a ponerme tonta? Y me alegro decírtelo ahora, antes de cenar, para que no creas luego que es el vino.
—¡Qué lástima, Isabelilla! Tú y yo podríamos ser felices.
—¿No es verdad que sí? Yo lo he pensado muchísimas veces. Créemelo. En esas horas de tristeza y aburrimiento que todos tenemos, nosotras, sobre todo, cuando me siento cansada de esta vida tan perra que lleva una, me pongo a pensar y me digo: «Si yo encontrara un hombre de mi gusto que me quisiera mucho, mucho...». Y en seguida, te lo juro, me acuerdo de ti.
La presencia del camarero que volvía con la cena hizo suspender la conversación. En cuanto se hubo marchado, ella continuó:
—Sí, de veras, me acuerdo de ti. Ya ves tú si a mí me dirán al cabo del día que me quieren; ya ves tú si tendré yo hombres que me hagan el amor de todas maneras; pues, sin embargo, ninguno de ellos me impresiona ni hago caso a ninguno. Y es que ninguno me llega al alma como me llegas tú. ¡Contigo sí que sería yo dichosa!
Y apoyando los codos en la mesa se le quedó mirando fijamente con sus grandes ojos entornados, sin hacer caso alguno de la cena que sobre el mantel permanecía intacta.
—¿Por qué no tendremos mucho dinero, Luisillo?
—Chiquilla, no te entristezcas.
—Oye: ¿por qué será esto que me pongo triste cuando estoy contigo?..., muy triste, muy triste... Y no me da la gana, ¡ea!, no quiero yo estar triste; vamos a alegrarnos, vamos a beber.
Y cogiendo nerviosa la botella, escanció dos vasos.
—Por ti.
—Por tu cariño.
Los rayos de la luna, atravesando los árboles de la pequeña plazoleta, caían sobre la mesa azuleando el mantel y haciendo brillar en los vasos la rubia manzanilla. Vibraban en el aire, frescas y sonoras como cristalina carcajadas, las notas del organillo, las notas alegres, desvergonzadas, del canallesco vals de _Madrid se divierte_. Isabel había bebido seis copas seguidas y continuaba diciendo:
—¿Sabes que es muy rica esta manzanilla? Échame más.
—Chiquilla, que te vas a emborrachar.
—Déjalo: un día es un día. Así como así, tenemos coche que nos lleve a casa. Lo que yo quiero es estar alegre, muy alegre para ti. Pide otra botella.
—¿Te atreves?
—Esta noche me atrevo yo a todo —exclamó envolviéndole amorosa en la mirada de sus ojos azules abrillantados ya por el deseo y por el vino—. ¡Cuánto te voy a querer esta noche, Luisillo mío!
—Y yo.
—Tú... no... —continuó mimosa y zalamera—, tú no me quieres. ¡Ah, si tú me quisieras...! Pero ¿no pides otra botella? Mozo, más manzanilla.
—Y unas aceitunas aliñadas.
—Eso de las aceitunas me ha parecido muy bien —dijo ella torpemente, balbuceando ya.
—Isabelilla, estás borracha.
—¿Yo borracha? ¡Mentira! A mí la manzanilla no me emborracha; quien me emborracha eres tú, tú..., tú..., ¿me anticipas un beso?
—Todos los que tú quieras.
—Pues dámele y toma; uno, dos, tres...
—Quita, que nos ve el mozo.
—No importa; al mozo le convido yo ahora y se queda tan contento..., verás... Joven, tome usted una copita —exclamó llenando su propio vaso y ofreciéndoselo al camarero.
Este miró a Luis y vaciló.
—Tómelo usted, hombre; ¿me va usted a despreciar?
El camarero aceptó el vaso y lo apuró de un sorbo. Después cogió la botella de agua y lo limpió cuidadosamente.
—¿Qué hace usted?
—Enjuagarlo, señorita, no faltaba más. Es el vaso de usted.
—La cuenta.
El mozo se marchó y regresó en seguida con ella en un plato.
—Aquí está, catorce pesetas con veinte, incluyendo lo que ha tomado el cochero: un _entrecot_ y media de vino.
—Como siempre.
—Oiga usted —preguntó Isabelilla curiosa—, ¿por qué toman siempre los cocheros _entrecot_ con patatas?
Después, al notar que Luis echaba mano al portamonedas, abrió rápidamente el bolso y dejó caer sobre la mesa un billete de cinco duros.
—No te pongas tonto, porque ya te he dicho que esta noche convidaba yo.
—Isabel, coge ese dinero.
—Te digo que no. Cobre usted de aquí, mozo; o cobra usted o rompo el billete.
No había más remedio que ceder, y cedió, aunque de mala gana.
—Vamos, no te enfades —exclamó ella cariñosa cuando volvieron a estar solos—, no te enfades tú conmigo, nene mío... Era un capricho que yo tenía; ¿me vas a quitar tú a mí un capricho?
Y le miraba zalamera, cogiéndole las manos y besándoselas dulcemente.
Sobre los esqueléticos árboles del merendero, el cielo comenzaba a clarear con los primeros amarillentos tintes del crepúsculo.
—¡Qué barbaridad! Está amaneciendo. Vámonos.
—Sí, vámonos; ¿pero se va a quedar esta entera? —exclamó señalando la botella de manzanilla—. Anda, cobarde, que no se diga que la hemos tenido miedo. Bebe.
Bebieron de prisa, sin soltar los vasos, a grandes sorbos, como chicos sedientos. Cuando ya solo quedaban un par de dedos de vino, Isabelilla cogió la botella, y aplicando los labios al gollete se lo bebió de un solo trago.
—¡Ea!, ya está. Vámonos.
Y colgándose del brazo de Luis echó a andar más firme de lo que podía suponerse.
—Oye, en cuanto lleguemos al coche, nos vamos a fumar un cigarrillo a medias, ¿quieres?
Un cigarrillo a medias poder fumar, poder fumar.
Amanecía. Las sombras de la noche huían asustadas apagando la luz de las pocas estrellas que brillaban todavía en el cielo. Ni una nube siquiera le empañaba. Lentamente se destacaron las copas de los árboles, la blanca línea de la carretera, los alegres merenderos, la masa todavía confusa de la Moncloa, troncos, matas, y allá, a lo lejos, dormida aún en la sombra, la Casa de Campo. Ráfagas de aire, frescas como brisa suave dábanles en la cara, y sus cuerpos amorosamente unidos se mecían con deleite al compás de los saltos del coche blandamente amortiguados por las llantas de goma. Al pasar por la estación del Norte llamoles la atención una cuadrilla de hombres que dormían tumbados a lo largo de la carretera. Eran los segadores; aquellos pobres segadores que vieron horas antes arrastrándose penosamente sobre sus zuecos de madera. Allí estaban, viejos y niños, reposando de sus fatigas, esperando pacientemente la salida del tren. Algunos, al pasar el coche, abrieron los ojos y al reconocer a la pareja se pusieron en pie agitando los brazos alegremente. «¡Eh, eh!». El cochero fustigó al caballo, que salió corriendo con asombrosa rapidez dejando tras sí, en breves momentos, la estación y el Asilo de Lavanderas.
—Es un buen caballo.
—Ya ve usted, un potro de cuatro años; no hay más remedio que contenerle algo, porque si no, entrega en seguida todo lo que tiene. No está desengañado todavía. Los caballos son como las mujeres, señorito.
—¿Qué dice ese tío?
—No le hagas caso; va borracho.
La luz avanzaba. Por encima de las casas de la plaza de San Marcial, la aurora enrojecía el cielo con fulgores de incendio. Blanqueaban los edificios como si estuvieren recién revocados, lucían las aceras como losas de mármol, y hasta los adoquines del arroyo brillaban como acabaditos de poner. Todo parecía nuevo, todo parecía blanco.
—¡Qué hermoso es ver amanecer! ¿verdad? —dijo Luis.
Ella no contestó. Reclinada sobre él, oprimiéndole el brazo con el suyo, estrechándole nerviosamente las manos, le miraba apasionada con sus azules ojos entornados.
—No me dices nada, Luisillo; no me quieres. ¿Por qué no me miras? así..., así..., mírame así. ¡Cuánto me gustas, chiquillo! ¡Qué guapísimo eres!
—Tú sí que eres bonita.
—¿De veras te resulto? Anda, sí, dímelo; me gusta mucho que me llames bonita; anda, llámamelo.
—Todo lo que tú quieras, chiquilla mía; si yo no tengo en el mundo otra cosa que hacer más que halagarte a ti. Eres muy bonita, muy bonita; tienes unos ojos que me enloquecen; unos ojos que cuando se abren, se me clavan como alfileres; y cuando se cierran me parece que me cogen y me guardan dentro.
—Sigue, sigue.
—Unos ojos bonitos, muy bonitos, con unas niñas muy grandes y muy azules, en las cuales me veo retratado chiquito, muy chiquito; pero ¡qué chiquitos somos los hombres en las pupilas de la mujer a quien queremos con toíta el alma!
—Me vuelves loca.
—Unos ojos hermosísimos, como yo no he visto otros. Unos ojos serenos como el día, azules como el cielo, tristes como mis penas, grandes como nuestro cariño. Si es verdad que los ojos son el espejo del alma, ¡qué alma más hermosa debe de ser la tuya!
—Toda para ti, Luisillo mío. ¡Qué ganas tengo de llegar a casa! En cuanto lleguemos a casa, te voy a dar toda mi alma. Te la voy a dar toda, toda, ¡toda!
XVII
—¡Qué barbaridad! —exclamó Isabelilla sentándose en la cama y frotándose los ojos con los puños, como los niños cuando se despiertan—. ¿Qué hora dirás que es?
—¡Qué sé yo! —contestó Luis desperezándose con toda confianza—; muy tarde.
—Las tres; acaban de dar en el reloj. ¡Qué escándalo, chico! Anda, vamos a vestirnos. ¡Ay, qué horror, qué cara! —agregó mirándose al espejo.
—¿Amarilla y con ojeras? No la preguntes qué tiene: que está queriendo de veras.
—¡Y tan de veras! Ojalá no te quisiera tanto.
—¿Te pesa?
—No, no me pesa, no —exclamó sin abrir los dientes, balbuciendo, deshaciendo las frases—. ¡Ay, cómo estoy; qué mimosa, chiquillo!
—No te apures tú por eso; tonta. Tengo yo para darte todo el mimo que te haga falta.
—Pero levántate ya, gandul.
—Bueno, ¿y qué hago yo ahora? —preguntó Luis sentándose en la cama y cruzando las manos—. Las tres de la tarde.
—¿Que qué vas a hacer? Pues almorzar conmigo; ¡vaya una pregunta! Como que te vas tú a marchar ahora, ¡qué gracioso! No te hagas ilusiones.
—¿Pero y el periódico?
—¡Qué periódico ni qué niño muerto! Hoy no hay periódico; hoy no hay más que Isabelilla. Pones dos letras diciendo que estás enfermo, y las llevará la Pepa, y si no quieres la Pepa, el portero.
—Lo mismo da; lo importante es que lleguen a su destino.
—Pues, anda, vístete; yo voy a llamar a la criada. Y si no, espera, iré yo misma. Así como así tengo que decir que te quedas a comer conmigo. Tú, entretanto, escribe la carta; en ese cajón tienes papel y sobres... Oye —exclamó regresando al gabinete—: ¿tú qué quieres comer?
—Lo que tú me des; siendo cosa tuya, me ha de saber a gloria.
—No, de veras; ¿qué quieres?
—Lo que te dé la gana, mujer.
—Bueno, pues luego no te quejes si no te gusta. Conste que te lo he consultado.
Y se marchó pero a los dos minutos regresó de nuevo para preguntarle cómo prefería los huevos; si en tortilla o fritos. Y todavía volvió a entrar dos veces más, una para coger el abanico y otra para pedirle un beso.
—¡Qué mal ángel tienes! ¡Me dejas marchar sin hacerme siquiera una caricia! ¡Y luego dices que me quieres!
Conforme habían convenido, Pepa se encargó de llevar la carta de Luis a la redacción del periódico. Después, mientras se hacía la comida, Isabelilla propuso peinarse.
—No me gustan las peinadoras, ¿sabes?; en primer lugar, porque arrancan el pelo, y después, porque hay que estar sujetas a una hora determinada. Además, me peino yo muchísimo mejor sola. Ya verás, ya verás que monísima me pongo. Hoy voy a estar más bonita que nunca, para ti.
Colocó un pequeño espejo de mano sobre el velador, apoyándole con gran habilidad en la polvera, y comenzó a destrenzar su espléndida cabellera rubia.
—No me peino nunca en el tocador porque no me manejo bien, ¿sabes? Y ya ves tú si es un tocador bueno, con una luna riquísima; costó cuatrocientas pesetas, no vayas a creer. Me lo regaló el secretario de la Embajada inglesa, un tío muy rico, que estaba loco por mí y que me quiso llevar a su tierra, a Londres, un país donde siempre está lloviendo; ¡qué miedo!, me hubiera muerto de frío y de pena.
Los dedos de Isabelilla se perdían jugueteando entre la espléndida cabellera que, al deshacerse, caía en lluvia de oro sobre la cara, ocultando los ojos azules, las mejillas rosadas, los labios frescos como sangrienta herida, la garganta de nieve, los pechos de nácar que la entreabierta bata dejaba al descubierto. Después, con un rápido movimiento de cabeza, echó el pelo hacia atrás y apareció la frente en todo su esplendor, altiva, tersa, despejada y blanquísima. Luego, los cabellos uniéronse en trenzas, las trenzas se arrollaron con artístico dibujo que afianzaron las horquillas y coronaron las peinetas de concha salpicadas de piedras falsas que brillaban como gotas de rocío sobre rubios trigales. Por delante, partiéronse en crenchas hasta cerca de las sienes, donde se amontonaron en caprichosos rizos que acabaron de ondular las tenacillas.
—¿Qué tal?
—¡Monísima!
—Eso quiero yo, ser muy mona, muy mona, para ti. Anda, vamos a comer. ¿Tú no conoces mi comedor, verdad? Es pequeño, pero muy bonito; ¿verdad que es muy bonito?
—Es precioso. Tienes mucho gusto, chiquilla.
—Esta mesa es riquísima. Fíjate, fíjate, qué patas —exclamó levantando el mantel para que Luis las viese—, de roble macizo, todas talladas. Costó ochenta duros. Me la compró Ulzurrun, juntamente con aquel aparador también de roble. ¿Pues y el chinero? Mira que es bonito ese chinero. ¡Como que no hay otro en Madrid! Fue un modelo de Londres. También me lo regaló el inglés de la Embajada. Y la lámpara, ¿te gusta? Esa la he arreglado yo; era un centro de gabinete; le puse esas plantas de salón y esas flores y resulta. ¡Si vieras qué bien hacen de noche las bombillas eléctricas escondidas entre las hojas verdes y los claveles rojos! Porque te advierto que las flores son naturales. Las renuevo todos los días. ¡Oh! me cuestan un dineral a veces. Pero, y esa comida, ¿cuándo viene? Tengo un apetito terrible.
Él también lo tenía; así es que hicieron grandísimo honor a los huevos revueltos con tomate que les sirvió la Pepa y a las chuletas empanadas que vinieron después, sin dejar por eso de mordisquear los avinagrados pepinillos, las picantes alcaparras, las carnosas aceitunas deshuesadas y las rajitas de salchichón que constituían los entremeses.
—Veo que te cuidas.
—No hay más remedio, chiquillo. Si no me cuido yo, ¿quién me va a cuidar? ¿Pero no bebes vino? Te advierto que es bueno: manzanilla; me la paga ese; yo no puedo beber vinos negros.
—Yo tampoco. Digo lo que Bermúdez en _Madrid se divierte_:
No hay en el mundo nada chiquilla, que me produzca tanta ilusión como unas cañas de manzanilla, y unas rajitas de salchichón; pan, pin, pan, pon.
—Pues, anda, bebe.
—No tengo ganas de vino.
—Ni yo tampoco. El de anoche se me ha quedado aún en la garganta.
—¡Claro!, día de mucho... ¡Caramba! ¡Qué buena cara tienen estos pajeles! ¿Sabes que guisa muy bien tu cocinera? Están riquísimos. No vamos a dejar ni las raspas. Pero qué: ¿todavía hay más? —añadió asombrado viendo entrar a la Pepa con un nuevo plato—. Esto ya es demasiado, Isabelilla.
—A mí no me digas nada; son cosas de la Pepa, que ha querido lucirse.
—Y lo ha conseguido. Pepa, mi enhorabuena, está esto superior.
Pepa sonrió. No faltaba otra cosa; tratándose del señorito Luis... El señorito Luis se merecía aquello y mucho más. Lo que ella sentía era no haber tenido tiempo para preparar una comida más digna de él.
—¡Para que veas, para que veas —decía Isabelilla— si se te aprecia!
¿Que si se le apreciaba? ¡Ya lo creo! Como que era el hombre más simpático que entraba en aquella casa. Ella se lo estaba diciendo continuamente a Isabel:
—Isabel, Isabel, no sea usted tonta; quiera usted a ese hombre; mire que no va usted a encontrar otro que valga lo que él. Porque, ¡claro!, como no hay más remedio que caer con uno tarde o temprano, más vale que sea una persona decente que un chulo; ¿verdad, usted?
—¿Y yo qué te digo? ¡No te digo que le quiero con toda mi alma! Si me tiene loca, loca... —Y cogiéndole nerviosamente la cabeza le dio dos estrepitosos besos en la cara—. ¡Te voy a comer! Un día te como; empiezo a darte besos y acabo con Luisillo.
Pepa sirvió los postres. Queso de Roquefort, naranjas, cerezas y avellanas.
—Hombre, avellanas nuevas; me alegro.
—¿Te gustan? Son de la verbena. Oye: ¿quieres llevarme a la verbena? Me comprarás un San Juanito.
—Yo te compro a ti todo lo que tú quieras.
—_Grasia._ Mira: así habla Paca Rey. _Grasia._ ¿Te gusta a ti Paca Rey?
—A mí no me gusta nadie más que tú.
—¡Y que sepa yo que te gusta otra! ¿Ves tú lo chiquita que soy? Pues chiquita y todo me la comía. Y a ti te sacaba los ojos. Oye: ¿qué vas a tomar, té o café?
—Lo que tomes tú.
—Yo voy a tomar té.
—Y yo voy a tomar... te a ti.
—No seas guasa; di, ¿qué quieres?
—Café.
—Vámonos al gabinete; nos lo servirán allí. Entretanto te enseñaré los trajes que me ha comprado ese. Verás qué hermosos.
Y empezó a amontonar sobre las butaquitas vestidos transparentes de gasa, crujientes faldas de seda, vaporosas blusas de batista, ligeros céfiros, aéreos foulards, todo un conjunto de colores tibios y delicados, claros azules, pálidos verdes, tenues violetas, rosas suaves, pajizos ocres, lisos unos, irisados otros, estos con flores, aquellos con dibujos, y todos con cintas y lazos y puntillas y entredoses y encajes, encajes blancos, encajes negros, encajes amarillos, encajes de Valenciennes, encajes ingleses, encajes belgas, todos primorosos, finos, exquisitos, un dineral en hilos caprichosamente entrelazados.
—Me gustan muchísimo los encajes; son mi chifladura.
Después sacó los sombreros; sombreros de paja, sombreros de tul, sombreros grandes, llamativos, exagerados, con artísticas complicaciones de flores y pájaros y plumas. Y ya puesta a sacar, sacó el calzado; botitas de charol reluciente, botitas de rusel granulado, botitas rojas de becerro, zapatos de lona, de cabritilla, de gamuza, altos, escotados, zapatos de bebé, de baile, con metálicas lentejuelas que brillaban, al moverse, con temblorosas luces. Después salieron los corsés de todas formas y tamaños: _Marie Thérèse_, bajo de escote y amplio de caderas; _Pa-kio-ku_, con grandes aberturas en los costados, sujetas por trencillas; _Vaporeux_, todo de transparente gasa; _Ideal_, reducido como justillo de aldeana, y un gran _Amazona_, de raso negro, alto de pecho y con una cadera nada más.
—Es para montar a caballo.