Part 14
¡Toma!, pues era verdad; no había presidencia. Fue necesario improvisar una con los representantes de las Sociedades, el administrador de _La Abeja_ y el cura del hospital, que se ofreció gustoso a título de último confesor del muerto y amigo particular de la familia, según aseguró. El ministro, a quien se le hizo igual ofrecimiento, se excusó de aceptarlo, pretextando que sus ocupaciones le impedían llegar al cementerio. En cambio, a Luis nadie se tomó la molestia de decirle nada; bien es verdad que si se lo hubieran dicho, tampoco habría aceptado.
Por fin el fúnebre cortejo se puso en marcha. Precedíanle cuatro guardias municipales montados, con los bruñidos cascos relucientes y los largos penachos de crin que el viento hacía ondear. Detrás la carroza con sus negros caballos empenachados. Llevaban cintas del féretro individuos de las Asociaciones de la Prensa, Escritores y Artistas, Círculo de Bellas Artes, y Manolo Ruiz por la redacción de _La Abeja_. Detrás venían las coronas, entre las que sobresalía una inmensa de flores naturales, sin cinta ni dedicatoria.
Caía un sol de justicia. Mientras anduvieron por el paseo del Botánico pudieron defenderse de los rayos, resguardándose bajo la sombra de los árboles; pero al llegar a la plaza de Cánovas, las protestas fueron generales.
—¡Qué barbaridad, qué calor! Esto es inaguantable, esto es imposible, esto no hay quien lo resista. ¿A quién se le ocurre organizar un entierro a las cuatro y media de la tarde en pleno mes de julio? ¡Y al Este!
—¿Y dónde querían ustedes que le llevaran? —replicó Luis malhumorado—. ¿A la Basílica de Atocha?
—¿Por qué no? Otros están allí con menos motivo.
—¡Sí, alabadle ahora, cuando hace dos días le desollabais vivo!
—¡Toma, por eso, porque estaba vivo! Desengáñate, Luis; salvo tu opinión, lo mejor que ha podido hacer Antoñito es morirse. Era imposible que produjese ya nada nuevo; estaba agotado, completamente agotado. Por eso se había muerto, porque había ya terminado su misión. Ah, no te quepa duda.
Y le explanó una curiosa teoría acerca de la vida, según la cual nadie se muere sin haber cumplido su misión. Por eso no había que creer en los genios malogrados. El que se muere es porque debe morirse; por eso se había muerto Bedmar; por eso él no temía a la intrusa, porque estaba convencido de que su misión en el mundo no había aún terminado.
—¿Y cuál es tu misión?
—¿Mi misión? No lo sé. Lo único que puedo asegurarte es que no ha terminado. Y la tuya tampoco. Yo te profetizo que tienes que vivir todavía muchos años. Luis, tú estás llamado a grandes cosas.
Luis se estremeció. Era la tercera vez que en pocos días y por conductos diferentes le auguraban lo mismo. Y se quedó pensativo, profundamente impresionado por estas extrañas coincidencias.
La comitiva atravesaba el Salón del Prado, arrastrándose lenta y perezosa bajo la sombra de los grandes álamos. La carroza marchaba a la derecha, al tardo paso de sus caballos negros. Daba verdadera compasión ver a los infelices que conducían las cintas, con los sombreros en la mano, aguantando a cabeza descubierta los rayos del sol que implacables caían. Los pocos transeúntes que por allí pasaban deteníanse un instante para contemplar la carroza, y después de saludar respetuosamente proseguían su camino bajo los árboles, preguntándose quién sería aquel muerto tan bien acompañado.
Al llegar al paseo de Recoletos la mitad del cortejo había desaparecido; unos pretextando imperiosas ocupaciones, otros echándole la culpa al calor; los más hipócritas, asegurando que continuarían en coche y marchándose después por la primera esquina. En la plaza de Colón no quedaban cuarenta personas. Convínose, pues, en despedir allí el duelo y tomar los carruajes los que se decidieran a continuar hasta el cementerio. Fueron muy pocos; algunos amigos íntimos del finado y los representantes de las Asociaciones. Entonces se echó de ver que los individuos de la presidencia no tenían coche. Hubieron de distribuirse en los que generosamente se les brindaron. Luis y Boncamí ofrecieron el suyo al cura del hospital.
El viaje no fue por ello menos penoso, sobre todo para el pobre Boncamí, que sentado en la bigotera no encontraba modo de resguardarse de los rayos del sol. El sudor le caía a chorros por la frente y las mejillas, empapándole el cuello y arrugándole la pechera. El cura, sopla que sopla, se había acurrucado en el rincón del carruaje, y sin importársele un bledo lo que pudieran decir de él, se abanicaba rápidamente con su enorme sombrero de teja. ¡Ay, qué calor, qué calor!
—Un poco de paciencia; en cuanto lleguemos a las Ventas, ya verán ustedes cómo refresca.
Sí, sí, refrescar... Allí hacía mucho más calor todavía.
Instintivamente miraron a los merenderos. Todos estaban desiertos. No se oía ni un organillo.
El cura relataba a los dos amigos la historia de sus relaciones con la familia Bedmar. Al padre le había conocido siendo él capellán de la fragata _Gerona_, allá por el año 65, ayer, como quien dice. Era entonces teniente de navío; tendría unos treinta años y estaba todavía soltero. Después se vieron pocas veces. Él dejó la marina a raíz del levantamiento de Cádiz, y Bedmar continuó su carrera, ¡brillante carrera, por cierto! Después se puso a hablar de la muerte del hijo. ¡Pobre muchacho! Era un bendito, un santo. Cuando le avisaron para confesarle estaba ya muy mal, tan mal que no pudo terminar la confesión.
—Mira, Luis, haz el favor de sentarte un poco en la bigotera. Yo no puedo más. Esto es horroroso —dijo Boncamí levantándose—. Me va a dar una congestión.
—Sí, hombre, sí, con mucho gusto. ¿Por qué no me lo has dicho antes? —contestó Gener cambiando de asiento—. Así como así, ya falta poco; en cuanto lleguemos a la carretera de Vicálvaro, arreará la carroza y refrescaremos.
Llegaron a la carretera y se encontraron con que aquello era todavía peor, pues aparte de que el sol seguía cayendo como plomo candente, el viento, soplando a su antojo y sin obstáculos, les llenaba de polvo los ojos y la boca, cegándoles e impidiéndoles respirar. Un enjambre de moscas había caído sobre ellos y se cebaba en sus manos y rostros con implacable ensañamiento.
El cura, refugiado en el rincón del carruaje, seguía hablando por los codos. Había elegido por tema la confesión de los enfermos y contaba detalles curiosísimos.
—La preocupación constante de las buenas hermanas estribaba en que ningún enfermo falleciera fuera de la santa religión, y era de ver las cosas que hacían y los medios a que apelaban para convencer a los descreídos y a los indiferentes. Por supuesto, que la mayoría de los tales eran sencillamente unos sinvergüenzas, unos «vivos», que se fingían librepensadores y se dejaban poco a poco convencer a cambio de raciones de gallina, copitas de Jerez y hasta dinero muchas veces, que las cándidas hermanas les daban a cambio de arrancar un alma de las garras del demonio. Lo notable era que la mayoría de los que salían arrepentidos, volvían a entrar más descarriados que nunca. Y vuelta al trabajo de las hermanas, y a la gallina, y a las copitas de Jerez y a las pesetas. Otros, en cambio, los menos —justo es confesarlo— se negaban en absoluto a recibir auxilios espirituales. Y entonces era de ver la desesperación de las hermanas. Porque en este punto son intransigentes, excesivamente intransigentes. Yo he tenido con ellas muchos disgustos por esta causa. Hay que ser un poco tolerante con el prójimo, ¡qué caramba! Yo soy el primero en lamentar estos hechos cuando suceden; pero reconozco que la intransigencia en materias de religión es contraproducente. Verán ustedes, les voy a contar un caso muy notable.
»Hará cosa de tres o cuatro años entró en el Hospital un muchacho norteamericano, un chico muy simpático y muy instruido. Profesaba la religión protestante. Yo, como es natural, traté de atraerle a la nuestra; pero a las primeras frases se puso muy serio y me dijo cariñosamente, pero con grande energía: «Mire usted, padre: yo le ruego a usted que no hablemos de esto». Bueno; pues yo me callé, sí, señores, me callé. Otro día volví a insistir y me contestó lo mismo. Me callé también y me volví a callar siempre que me daba la misma respuesta. ¡Cochinas moscas! —interrumpió bruscamente agitando su sombrero de teja para espantarlas—. ¿Por qué no se irán con el cadáver? Bueno, pues verán ustedes —continuó prosiguiendo su relato—: Aquel pobre muchacho estaba tísico; los médicos aseguraban que no tenía remedio, y yo lo sabía. Figúrense ustedes mi pena al ver que aquel hombre se negaba a reconocer la verdadera religión. Un día, me acuerdo perfectamente, una mañana crudísima de enero me llamó y me dijo: «Padre, yo comprendo que es un gran sentimiento para usted el que yo muera sin confesión en el hospital». «Sí, hijo mío», le contesté. «No me interrumpa usted», añadió. «Sé que esto le causa a usted gran contrariedad y, por lo tanto, he decidido evitarlo. Me marcho a un sanatorio. Comprendo que se acerca mi fin y no quiero proporcionarle ese disgusto, porque le aprecio de veras». En efecto, aquella misma tarde, en una camilla, a pesar del frío y de la nieve que caía, se marchó contra todos nuestros consejos al sanatorio de Santa Teresa.
—¿Y se murió?
—Sí, señor; aquella misma noche. La crudeza del día le acabó de matar. ¡Malditas moscas!
La negra carroza seguía rodando por el polvo del camino entre rubios trigales que el viento agitaba. Madrid quedaba allí a lo lejos, envuelto en la bruma, con sus casas apiñadas, con sus campanarios, sus cúpulas, sus chimeneas, sus columnas de humo que se perdían en el intenso azul. Continuamente se cruzaban con otros coches que venían de dejar en el cementerio su fúnebre carga, la mayoría coches blancos, coches de niño.
—¡Cuánto niño muere!, ¿verdad?
—Muchos. Es horrible.
Los trigales se acabaron de pronto y en su lugar aparecieron campos enormes, praderas infecundas, páramos yertos, rojizos tejares donde montones de hombres tostados y curtidos trabajaban la arcilla bajo los rayos implacables del sol. Luego apareció un grupo de árboles.
—Es bonito ese paisaje, mira.
—No tiene nada de bonito; lo que pasa es que como rompe la monotonía, la vista lo agradece.
Por fin llegaron al cementerio.
Al entrar en la sombría capilla, Boncamí no pudo dominar un grito de contento:
—¡Gracias a Dios, hombre, gracias a Dios que respiramos!
XXVI
Pancho, ¡qué borracho estás! ¡cuánto aguardiente has bebío! Tú no vienes al bohío más que a bebé y a...
—¿Niño, quieres callarte ya? —gritó Amalia, dándole un fuerte abanicazo—. Pues no estás tú poco cargante con la tal guajirita. ¿La has aprendido en viernes?
—¡Toma, pues no sabes lo más gracioso! Que no sé más que el principio.
—Razón de más para que te calles.
—¡Pero si es una guajira preciosa! Se la oí cantar ayer a la cocinera de mi casa y me entusiasmó.
—Pero hijo, si es más antigua que el andar a gatas.
—Lo cual no quita para que a mi me guste. Es típica: sabe a caña. Te advierto que no he de parar hasta que la aprenda.
Petrita intervino.
—Mira, Manolo, si es un antojo yo te la enseñaré, pero con una condición: que no tienes que darnos la lata con ella.
—Prometido.
—Bueno, pues entonces, oye; ahí va.
Tosió dos o tres veces, púsose en jarras, arqueó el cuerpo, y entornando los ojos, comenzó a cantar con voz dulce y tono quejumbroso:
Pancho, ¡qué borracho estás! ¡cuánto aguardiente has bebío! Tú no vienes al bohío más que a bebé y a fumá. Si no quieres trabajá...
El rodar de dos coches de la Peña sobre el húmedo piso del merendero la interrumpió.
—Ya empieza a venir gente.
—Anda, Manolo, vamos a ver quiénes son.
Los carruajes se habían detenido y de ellos se apearon tres mujeres y cuatro hombres; ellas muy vaporosas, con sus vestidos de verano; muy ligeros ellos con sus zapatos de lona y su sombrerito de paja.
—¿Los conoces? —preguntó Petrita, curiosa como siempre.
—Nada más que a uno, a aquel pálido de la camisa de seda. Es el hijo del conde de San Gil. Va mucho a Fornos. Los demás no sé quiénes son.
—¿Y ellas?
Amalia dijo que quería conocerlas.
—Estoy segura de haber visto esas caras en alguna parte, pero en este momento no caigo.
El joven pálido se acercó a Manolo y le saludó con gran familiaridad.
—¿Es usted de los invitados? ¡Hombre, me alegro! Siempre es bueno dar con amigos. ¡Caramba! Las once y media nada más. Me parece que nos hemos anticipado.
—Pues figúrese usted, nosotros, que estamos aquí desde hace hora y media.
Los demás, al ver esta familiaridad, se aproximaron también.
—¡Gracias a Dios! ¡qué ganas tenía de estirar las piernas! —dijo uno de los muchachos; un mocetón alto y fornido, completamente afeitado—: íbamos en el coche como sardinas en banasta.
Ellas se reían, recordando las apreturas, tratando de deshacer las arrugas de sus vestidos.
El joven pálido se creyó en el deber de presentar a sus amigos: «Don Luis de Bernáldez, capitán de caballería; don Enrique de la Escosura, teniente de ingenieros; don Francisco Soler, abogado». De las mujeres no hizo mención alguna. Los caballeros estrecharon la mano de Ruiz y todos se pusieron a charlar como buenos amigos de toda la vida.
—Ha sido una buena idea la de Paco.
—Magnífica. Es un hombre muy listo.
—Oh, muy listo; yo lo he dicho siempre.
—Cuando a mí me expuso la idea por primera vez —exclamó el capitán—, me pareció descabellada y así se lo dije francamente. ¿Un merendero en La Bombilla? ¡Pero tú estás loco! Mira, Paco, déjate de ilusiones y continúa en Fornos sirviendo a tu parroquia sin meterte en dibujos que te pueden salir caros. Pero ahora confieso que me equivoqué. Esto es muy hermoso —agregó, paseando la mirada a su alrededor—. No cabe duda que va a hacer dinero. Es un buen negocio.
—Sí, sí, hay que felicitarle, ¡Paco! ¿Pero dónde se ha metido ese hombre? ¡Paco! ¡Paco!
Paco se acercaba pausadamente, con su sombrero en la mano, sonriendo con aire tranquilo de buen burgués.
—¡Oh, señor conde, señor conde!... ¡cuánto le agradezco a usted que haya venido..., y lo mismo a estos señores!... ¡cuánto honor!...
—¡No faltaba más!
—¡No faltaba otra cosa!
—¿Qué le parece esto?
—¡Magnífico, Paco, magnífico!
—Oh, no, una cosa modesta, lo que se ha podido, nada más.
—¡No, Paco, no! Está muy bien. Es el mejor merendero de La Bombilla.
Todos asintieron. Sí, indudablemente, el mejor merendero. Vas a hacer dinero, Paco.
Él lo creía también. Es decir, contando con que los amigos no le abandonarían. Si se había decidido a emprender este negocio, era contando con que sus antiguos parroquianos le ayudarían concurriendo a menudo.
—¡Oh, sí, ya lo creo!
—¡Qué duda cabe!
—¡Si esto es muy bonito!
—¡Ah! pues los señores no conocen lo mejor. Si los señores quieren acompañarme, se lo enseñaré.
—Sí, hombre, sí, tendremos mucho gusto.
Echaron a andar. Atravesaron los delgados caminos limitados por anchos macizos de boj; pasaron ante los cenadores de entrelazadas cañas, por las cuales trepaban las enredaderas con su fino encaje de verdes colores; ante los veladores de hierro pintados de blanco; ante los sillones de delgadas patas y cómodo respaldo de entretejido alambre.
—He preferido sillones ¿saben ustedes? porque como se está en ellos más a gusto, la gente permanece más tiempo y, como es natural, hace mayor gasto.
Después los llevó a un amplio salón pintado de azul pálido, con una gran mesa cuadrilátera en el centro.
—Es la sala para bodas y bautizos. Aquí comerán ustedes hoy. Ahora, síganme; les voy a enseñar los gabinetes reservados.
Subieron una escalera de madera encerada, con pasamanos relucientes y grandes tiestos de palmeras pegados a la pared, y desembocaron en una espaciosa rotonda alegremente decorada a estilo moderno, con anchas flores de color de rosa sobre fondo claro. En medio una reproducción en escayola de la Venus de Médicis se arrodillaba, pudorosa, sobre un gran _puff_ de terciopelo.
—Pero, ¡Paco, por Dios, te has excedido!
Paco sonreía satisfecho, dando vueltas entre sus manos al ancho sombrero cordobés.
—Pues falta todavía lo mejor; ya verán, ya verán —y abrió la puerta de uno de los gabinetes—. Eh, ¿qué tal?
—Precioso, Paco.
Era un gabinete pequeño, cuadrado; los muebles buenos, de severo gusto; mesas de roble, chiquitas pero sólidas; grandes sillas con asiento de cuero claveteado; las paredes de madera, lo mismo que el suelo.
—Está bien, está bien; solo que me parece que falta algo —añadió el teniente.
Paco sonrió, y abriendo una puertecita disimulada en la pared mostró otra habitación, una alcoba completa, con su cama de Viena, su mesa de noche y su lavabo, también de madera, haciendo juego con la cama.
—¿Ven ustedes como no falta nada?
—Sí, en efecto; eres un hombre práctico.
Las mujeres se habían aproximado y examinaban con gran detención la colcha y las sábanas.
—No son gran cosa, pero en fin, para lo que se quiere, buenas están.
Todos felicitaron cordialmente a Paco.
—Ya lo creo que vendremos. ¡No faltaba más!
En el jardín se encontraban ya más invitados; Ulzurrun, Boncamí, Rose, Rosarito, Jaime Fort, un pintor amigo de Boncamí, y dos hombres más.
Como faltaban todavía tres cuartos de hora para la comida, Paco los obsequió con _wermuth_ y cerveza; pero las mujeres prefirieron esperar la hora bailando. Quitaron la funda del organillo, y el teniente de ingenieros se brindó solícito a mover el manubrio.
Boncamí, que no sabía bailar; el conde, que no tenía gana; una de las amigas del conde, que prefirió la cerveza; Ulzurrun y algunos más continuaron en los cenadores.
—Este Paco es hombre que sabe hacer las cosas —decía el conde.
—¡Toma! ¡Ya lo creo! —agregó la muchacha—. A nosotras nos ha mandado una tarjeta preciosa de invitación, una monada; aquí está —y mostró una delgada cartulina, una fototipia del establecimiento, hecha por Laurent. En una esquina, sujeta por artístico sello de lacre, brillaba una moneda de cinco pesetas, con este letrero sugestivo: _Para el coche_—. Creo que ha repartido veinticinco.
—Pues le va a salir la fiesta por una friolera.
—Oh, no; tengo entendido que las invitaciones son para el refresco. A la comida solo venimos los íntimos: unos treinta entre hombres y mujeres.
—De todos modos, le va a salir caro.
—¡Bah!, ya sabe él lo que hace.
El ingeniero tocaba el organillo bastante mal, unas veces despacio, otras ligerísimo, como si de repente se hubiera vuelto loco. Todas las parejas protestaron.
—O toca usted mejor, o deja usted el manubrio.
Pero súbito retintineo de colleras les distrajo. Un coche llegaba, un gran _break_ con seis caballos a la jerezana.
—¡Ya están aquí, ya están aquí!
Los seis caballos pararon en seco, haciendo campanillear sus cascabeles. El coche se detuvo y empezó a bajar de él gente conocida: Lola Guzmán, Nati, Paca Rey, Isabelilla, Julia, Maruja, Carmen Arenzana, todas elegantísimas, con sus vestidos vaporosos de tonos claros y sus grandes sombreros de paja, charlando por los codos, riendo a boca llena, respirando alegría y juventud. Tras ellas bajaron los hombres: Luis Gener, Cañete, Avelino Suárez, Alamares el matador de novillos, Paco Gaitán, Filiberto Pons...
—Pero ¡Jesús! ¿cómo venían ustedes? —preguntó Petrita, admirada de que en un solo coche cupiese tanta gente.
—Apretaditos, apretaditos, pero no se iba mal —contestó Gaitán sonriendo, mirando a Paca Rey.
—Claro, usted, sí. Ha ido usted todo el camino materialmente encima de mi falda.
Las mujeres se quitaron los sombreros, y algunos hombres las americanas. ¡Qué demonio! ¿no estaban en el campo? Pues en el campo debe haber confianza. Paco Gaitán se quitó incluso el cuello, porque, según dijo, le ahogaba.
—Estos cuellos altos son insoportables. No sé cómo los resistimos. Debíamos llevarlos todos como el de este —y señalaba la abullonada camisa de Alamares, que a su lado se erguía muy tieso y muy ufano con su traje corto y su faja de seda.
Del gran salón de bodas salía un alegre tintineo de cubiertos y cristales. Paco iba y venía de un lado para otro dictando órdenes y metiendo prisa a los camareros que atravesaban el jardín con grandes cestas de vajilla.
—¡Qué barbaridad! —dijo de pronto Petrita a Manolo—; ¿cuántos dirás que somos?
—¡Qué sé yo, hija! No los he contado.
—Pues yo sí; veintinueve justos: dieciséis hombres y trece mujeres.
—¡Huy, trece, vaya un número feo!
—¡Y tan feo! ¡Dios mío, que vengan más! —exclamó compungida, verdaderamente preocupada.
Iba Manolo a contestar, burlándose de sus supersticiones, cuando el agudo sonar de una bocina arrancó a Petrita un grito de contento.
—¡Mira, mira, un automóvil... con mujeres..., y vienen aquí!
—Sí, es el de Federico Guijarro.
—Y ellas, ¿quiénes son?
—Hija, espera que se quiten el velo; con ese armatoste en la cabeza, cualquiera las conoce.
El automóvil avanzaba despacio y majestuoso con antipático taf..., taf... Dio una pequeña vuelta hasta llegar a los cenadores y se detuvo. Las mujeres se quitaron el velo. Manolo, al reconocer a una de ellas, no pudo ocultar una exclamación de disgusto.
—Luisa... ¡maldita sea!
Petrita se había puesto pálida.
—Cómo, ¿es...?
—Sí, calla.
—Pues mira, ¿sabes lo que te digo? Que para eso, mejor éramos trece.
—Bueno, déjalo; después de todo, a nosotros ¡qué nos importa!
Luisa al ver a Manolo se quedó también, al principio, un poco sorprendida; pero rehaciéndose, adelantó hacia él y le tendió la mano.
—¡Hola, Manolo!, ¿cómo estás?
—Bien, ¿y tú?
—Bien, gracias.
No pasó más. Parecía que se habían separado la víspera.
—Cuando ustedes gusten —gritó Paco desde la puerta del salón.
Todos se precipitaron en él; pero al llegar a la mesa se detuvieron indecisos. Gaitán fue el primero en romper esta indecisión.
—Nada de ceremonias; aquí cada uno se sienta donde puede y donde le da la gana. Yo, por lo pronto, me siento aquí; y usted —añadió, señalando la próxima silla a Paca Rey— aquí, a mi lado.
Los demás, animados por esta franqueza, se acomodaron también a su gusto, respetando únicamente las cabeceras, que quedaron vacías.
—Y ahí, ¿quién va a sentarse?
—¡Toma, pues es verdad!
—Una de ellas le corresponde de derecho a este caballero —dijo el capitán de caballería señalando a Ulzurrun—. Sin que sea llamarle viejo, forzoso es convenir en que es el más respetable de todos nosotros.
Ulzurrun, ante este argumento, no tuvo más remedio que inclinar la frente y aceptar, sonriendo, con gran alegría de Boncamí, que por esta coincidencia se quedó al lado de Rose.
—Bueno, ¿y la otra?
—Eso no se pregunta —gritó el conde—; esa corresponde a Paco.
Paco se acercó. Él no comía; no le era posible; tenía que dar órdenes.
—¡Nada, nada; tú presides la mesa!
—¡Claro que sí!
—¡Pues no faltaba más!
Tuvo que ceder, haciendo que se resistía, pero muy halagado en el fondo, por alternar con todos aquellos caballeros a quienes hacía cuatro meses limpiaba la mesa con su paño mojado.
Manolo Ruiz, para no mirar a Luisa, se puso a leer la lista en alta voz: «Paella a la valenciana. Langostinos a la vinagreta. Solomillo con tomate. Lengua de vaca a la andaluza. Pollo en ensalada. Crema de limón. Postre. Café».
—Hombre, muy bien; he aquí una comida sana.
—He querido —dijo Paco—, hacer una comida española, una comida clásica, de la tierra. Nada de platos extranjeros...
—Eso, muy bien. ¡Viva la cocina nacional!
—¡Viva la independencia culinaria!
Servían ya los mozos la paella, cuando en la puerta del comedor se presentaron dos hombres más. Paco, que no los conocía, se levantó confuso; pero el conde se apresuró a decir:
—Este caballero es mi amigo el señor marqués de Cehegín, a quien me permití invitar anoche.
—Y yo a mi vez me he permitido traer a mi primo.