Chapter 11 of 17 · 3997 words · ~20 min read

Part 11

Detúvose un instante con objeto de tomar el té, que estaba ya frío, y siguió su tarea. Sacó las camisas, blancas camisas de batista; soberbias camisas de raso con el descote salpicado de encajes y caprichosos lazos en los hombros; largas camisas de dormir, abiertas por delante, con amplias mangas sujetas en las muñecas por brillantes cintas. Y sacó las medias, medias negras, azafranadas, de color de fuego, escocesas y a listas, de seda y de hilo, lisas y caladas, la mayoría sin estrenar, sujetas aún por los cordoncitos de estambre.

—¿Ves todo esto? Todo me lo ha comprado él, todo. Te advierto que aquí hay un dineral, un montón de duros tirados. ¡Qué tontos son los hombres! Si yo fuera hombre, a cualquier hora me gastaba yo el dinero con las mujeres. Me lo gastaría con la mía, con la propia, con una mujercita que me buscaría buena y honrada, para mí solo; ¿pero con una golfa como yo...? ¡Quita allá!

—Pues si todos los hombres pensaran de ese modo, estarías tú divertida.

—¡Quién sabe! Si los hombres pensaran de esa manera y nosotras no soñáramos tanto con el maldito lujo, a estas horas quizá estaría yo casada legalmente con un hombre que me querría mucho, mucho, y tendría unos nenes chiquitos, muy chiquitos, que me llamarían mamá. ¡Mientras que así!

Detúvose un instante y se pasó las manos por la cara, plegándolas después con amargo ademán de desaliento.

—Me entristezco con estas cosas y no quiero, no quiero entristecerme. Anda, Luisillo mío, Luisillo de mi alma, distráeme, dime que me quieres, dímelo, o si no, no me digas nada, bésame, anda, bésame; dame muchos besos, muchos, muchos...

Y se dejó caer sobre sus rodillas, anudándole mimosa los brazos al cuello en una crisis de ternura.

—¡Nene, nene mío..., nene de mis ojos!...

También él se sentía conmovido, profundamente emocionado ante el amoroso deliquio de aquella mujer, de aquella chiquilla encantadora que se le abandonaba generosa en los brazos, que desfallecía en ellos con estremecimientos de virgen primeriza y palpitaciones de hembra apasionada; de aquella criatura delicada, cariñosísima, toda amor, toda alma, toda ternura, que se anudaba a su cuello con zalamerías de niña mimada, enloqueciéndole con el mirar dulcísimo de sus ojos azules, con el mareante aroma de su cuerpo, con el cosquilleo de sus cabellos de oro, con el contacto tibio y suave de su carne de rosa.

—¡Mi vida..., alma mía!...

—¡Gloria mía!

Y en el silencio augusto del crepúsculo que comenzaba ya a caer, los besos crepitaron amorosos, largos, interminables.

—Te quiero, Luisillo de mi vida..., yo no sabía lo que era querer hasta que te he conocido a ti. Tú has despertado el amor en mi alma, tú has despertado el amor en mis sentidos. Yo ya no tengo voluntad, yo ya no tengo nada, yo no tengo más que ganas de quererte, ganas de ser tuya, toda la vida, tuya para siempre.

Él la escuchaba entusiasmado, enloquecido por aquellas palabras que penetraban en su ser como un perfume, como una esencia, cual música divina, saboreándolas como vino exquisito; embriagado por la dulce mirada de aquellos ojos azules, rasgados, de aquellas pupilas inmensas que brillaban tras las largas pestañas como faros de amor. Y ella seguía:

—Yo haré lo que tú quieras; seré tu esclava, tu criada, pero no me dejes. Luisillo de mi alma, no me dejes; no podría vivir sin tu cariño.

Luis se estremeció. Aquellas palabras eran las mismas que una tarde, hacía cuatro meses, le dijera María... Eran las mismas frases. Y el tono era el mismo. Y era una mujer enamorada quien las repetía, una mujer hermosa, una mujer rubia. Y era también en el solemne declinar de un crepúsculo.

—Háblame, dime que me quieres. Por tu salud, por tu padre, por lo más sagrado, dime que me quieres, aunque sea mentira.

—No, no lo es; te quiero, sí, te adoro con toda mi alma, con toda mi vida; te quiero porque me sale de las entrañas quererte.

Y era cierto; en aquel instante lo olvidaba todo y la quería de veras, la quería muchísimo y se sentía feliz y satisfecho con este amor. Bendito amor que alegra la vida y borra las distancias y une los seres, inmenso y único, grande y misericordioso, que todo lo invade y todo lo llena, que en todas partes triunfa y en todas partes vence, que sube a las buhardillas y llega a los palacios, y a todos nos domina y a todos nos iguala, ricos y pobres, señores y plebeyos, artistas y burgueses, nobles y rufianes, honradas y rameras.

—¡Te quiero!

—Y yo a ti.

Y en el augusto silencio del crepúsculo, de nuevo crepitaron los besos amorosos.

—¡Mi Luis!

—¡Mi Isabel!

—Déjame, déjame ya..., me vuelves loca —exclamó deshaciendo perezosamente el nudo de sus brazos y poniéndose en pie—. Me enloqueces, chiquillo.

—Y tú a mí me matas.

—Sí, sí, somos dos locos.

—Tienes razón; somos dos niños ansiosos que nos emborrachamos en seguida sin comprender que el amor hay que tomarle como los licores buenos, a sorbos, poquito y a menudo.

—Desengáñate, Luis; cuando se quiere, no hay razones que valgan. Tú y yo no nos sujetaremos nunca. Somos como el potro de esta mañana; damos en seguida todo lo que tenemos —contestó sin volver la cabeza, alzando las persianas del balcón que sonaron traqueteando con ruidoso tableteo.

Después se echó de pechos sobre la barandilla y paseó la mirada por la calle. Un vaho caluroso subía del arroyo. Sonaron a lo lejos confusas y cortadas las notas de un piano. Los escaparates encendidos brillaban en la tristeza del crepúsculo como enormes espejos heridos por el sol.

—¿Qué hacemos, Luis?

—Lo que tú quieras.

—Vámonos; me duele la cabeza; necesito que me dé un poco el aire.

—Y yo también; pero, ¿adónde vamos?

—Por ahí. ¡Qué más da! La cuestión es ir juntos.

—Sí, vida mía, juntos, muy juntos, cogiditos del brazo como dos novios. Llevándote orgulloso y diciendo a todo el que te mire: «¿La ven ustedes? Pues es mía. ¿Ven ustedes estos ojos azules? Pues no miran en el mundo a nadie más que a mí. ¿Ven ustedes esta boca tan fresca? Pues no la besan más labios que mis labios. ¿Ven ustedes este cuerpo? Pues no le estrechan más brazos que los míos».

—¡Ay, Luisillo, Luisillo de mi vida! ¿Por qué no será verdad todo eso que me dices?

XVIII

—Has prometido llevarme a la verbena —dijo Isabelilla cuando salieron de Eldorado de ver una vez más la revista de Castro y Pedrosa.

—Ya te he dicho que yo te llevo a ti donde te dé la gana.

—Me gustas por lo complaciente que eres.

—¡Qué complacencias ni qué narices! ¿Tengo yo en el mundo otra cosa que hacer más que lo que a ti se te antoje?

—Nada, que hay que quererte. Pues, sí, iremos a la verbena y me comprarás torraos y avellanas nuevas, y un racimo de grosella y un pito.

—Y un mozo de cuerda para que nos lo lleve a casa.

—¡Qué guasón eres! ¡Párate, párate, espera! —exclamó tirándole del brazo y obligándole a resguardarse tras la columna de un farol.

—¿Qué te pasa?

—No, nada, sigue.

—¿Pero qué es eso?

—Aquel tío que va por allí, que me creí al pronto que era mi... esposo. ¡Maldita sea su estampa! ¡Qué susto me ha dado!

—¿Y no es? —preguntó Luis sobresaltado—. ¿Estás segura?

—No, no es... ¿Cómo va a ser, si está en Bilbao?

—Pero podía haber venido.

—Te digo que no es. ¡Si le conoceré yo! Pero se le parece mucho.

—Oye, pues este es un buen tipo.

—Vale todavía más el otro. ¡Toma, ya lo creo! Como que no tiene más que treinta y dos años. Un hombre elegantísimo, con una educación admirable; ¡qué educación, muchacho! Y simpático, ¿eh?, un hombre de mundo, capaz de enamorar a cualquier mujer. ¡No te me achares tú, tonto! —exclamó al observar el gesto de desagrado que se pintó bruscamente en el rostro de Luis—. ¡Si yo no le quiero! De verdad, sin tontería, yo no sé por qué no me tira ese hombre. Vamos, te voy a ser más franca. Creo que si no tuviera dinero, puede que le quisiera; pero así, yo no sé qué me pasa, me hiela. Oye: ¿por qué será esto que nosotras no queremos nunca al hombre que nos paga?

—¡Yo qué sé! —contestó Luis malhumorado.

—¡Pero qué tontísimo y qué mamarracho eres! ¿Te vas a enfadar ahora?

—No; me voy a salir por seguidillas, si te parece.

—Bueno; ¿y a qué viene todo esto?

—Viene a que si tú tuvieras dos dedos de sentido común, no dirías lo que has dicho, ni harías comparaciones que ofenden y molestan. Me parece que yo no te he restregado todavía ninguna mujer por las narices.

—No ha habido por qué.

—Pues ya ves, tú, en cambio.

—Lo hice sin intención.

—Pero lo has hecho.

—Bueno, pues mejor. Demasiadas explicaciones te he dado ya.

Y separándose bruscamente del brazo de Luis, echó a andar sola, abanicándose.

—No, si la culpa no la tienes tú —contestó Luis sin mirarla, liando nerviosamente un cigarrillo de papel—. La culpa la tengo yo, que soy tan criatura y tan inocente que me creo...

—¿Qué? —preguntó ella deteniéndose.

—No, nada —contestó Luis mordiéndose los labios. Y ambos siguieron su camino cabizbajos y tristes. Al llegar frente al café de la Bolsa, el joven se detuvo de nuevo para preguntarla secamente—: ¿dónde vamos?

—Donde tú quieras. Lo mismo me da. Así como así, ya me has estropeado la noche.

—¿Quieres ir a la verbena?

Isabelilla se encogió de hombros sin contestar, y siguió andando sola.

—¡Eh, cuidado, mujer! —gritó él cogiéndola violentamente del brazo para librarla de un caballo que se le echaba encima—. ¿No ves que viene un coche?

—Déjalo; mejor. ¡Para lo que una vale!

Lo dijo con acento tan amargo, que él se sintió conmovido, y sin soltarla del brazo, mejor dicho, oprimiéndoselo con dulzura, se la quedó mirando fijamente. Ella también alzó los párpados y, silenciosa, le envolvió en la mirada de sus ojos azules, de sus ojos grandes, serenos, tranquilos, más tristes que nunca.

Y siguieron andando.

La muchedumbre se extendía alegre y bulliciosa por el paseo inmenso, entre los puestos de juguetes, de bisutería barata, de comestibles indigestos, chufas, avellanas nuevas con su cáscara verde; dorados altramuces, tostados cacahuetes anillados y panzudos como capullos de gusano de seda; puestos de frutas con redondas manzanas, verdes peritas de San Juan, aterciopelados albaricoques, rojas naranjas, racimos de grosella que agitaban temblando sus bolitas de grana. Los puestos de flores estaban más arriba, al principio del paseo, alineados a ras del suelo como en patio andaluz; pequeños tiestecillos de albahaca, grandes tiestos de geranios; espléndidas hortensias, blancas, violeta, de color de rosa; las grandes magnolias cortadas de su tallo con las anchas hojas cubriendo los pétalos, llenaban el espacio de aromas penetrantes; los rosales extendían sus ramas espinosas cuajadas de capullos, de rosas a medio abrir, de rosas abiertas, de rosas deshojadas; mostraban los dondiegos sus flores nocturnas, y languidecían en las jarras las varitas de nardo, en tanto que los claveles se balanceaban orgullosos sobre las macetas, los claveles amarillos, los pálidos claveles, los claveles disciplinados, los grandes claveles reventones rojos y blancos. Allí estaban también los puestos de helados y refrescos, vistosamente engalanados con guirnaldas de hojas y cadenetas de papel de colores, unos con bombillas eléctricas, otros con farolillos venecianos, todos llenos de gente que charlaba y gritaba y reía sin dejar de beber. La luz caía sobre la mesa, blanqueando los vasitos de horchata, dorando el agua de limón, tornasolando el agraz, abrillantando las poncheras de metal reluciente donde el hielo se liquida y la cerveza salta en rizos de espuma. Y allí estaban también las aguadoras ambulantes, las pobres viejecitas del delantal blanco y enormes vasos llenos de agua cristalina y pura. ¡Del Berro fresquita! ¡Fresquita del Berro!

—¿Vamos hacia arriba?

—Como quieras.

Deshicieron el camino volviendo a pasar por delante de los puestos de bisutería y comestibles, arrastrados por la corriente de la muchedumbre que se deslizaba compacta, empujándose, codeándose, arrastrando los pies, con sordo rumor de río desbordado. Pasaron otra vez ante los puestecitos portátiles, los pequeños tenderetes de chucherías y juguetes baratos de hojalata y de cartón, los juguetes del perro gordo y hasta del perro chico, los abanicos de papel, las mariposas de talco, las figuritas de yeso, todas las habilidades de la industria menuda y del ingenio anónimo. De trecho en trecho, entre corros de sencillos admiradores, hacían su agosto los vendedores del juguete de actualidad, del juguete de moda, del último juguete recién traído de los bulevares de París, la rana que salta y el cochecito que corre y el pájaro que vuela; los aparatitos de actualidad práctica, la pluma que escribe sin tinta, la lamparilla que se enciende sola, la maquinita para afilar cuchillos.

Al llegar al obelisco del Dos de Mayo, la verbena se interrumpía bruscamente para reanudarse en seguida más animada aún con los caballitos de madera, los _carrousels_ mecánicos, que giraban frenéticos, poseídos de delirante vértigo, mientras las máquinas, detrás de ellos, resoplaban fatigosas como monstruos cansados; las tiendas de bebidas, los _pim... pam... pum..._, con sus muñecos cabezudos vestidos de trapo; los destartalados barracones con exhibiciones extravagantes y maravillosas: «la Mujer Araña viviente, cazada en los desiertos salvajes de África»; «el Perro con seis patas»; los teatros _Guignol_, las marionetas, los grandes cinematógrafos con sus anuncios sugestivos de palpitante actualidad; los tiros al blanco, un maremágnum de cosas diversas y mezcladas, una endiablada confusión de tenduchos y casetas, y diversiones y espectáculos, todo revuelto, todo aglomerado, en desordenado desconcierto, campanas que tocan, payasos que gritan, vendedores que vocean, parroquianos que llaman, trompetas que suenan y bocinas que aturden; y dominando este infernal estrépito, reforzándole, sobreponiéndose a los gritos y a las campanas y a las trompetas y a los secos disparos de las carabinas, el resonar continuo y estridente de los antipáticos orquestrones.

Más adelante, entre el olor del aceite y las nubes de humo que asfixian los pulmones, los puestos de churros y buñuelos, con sus alegres camareras vestidas con faldas de volantes y los cabellos coronados de flores; y en todas partes, en el Botánico y en el Dos de Mayo y en el Prado y en la Cibeles, empujándose, codeándose, arrastrando los pies, contenta y bulliciosa, la muchedumbre, esa muchedumbre madrileña, siempre ansiosa de libertad, de fiesta y de alegría.

—¿Volvemos?

—Lo que tú quieras.

—No; lo que quieras tú, rica; a mí ¡qué más me da! ¡Con tal de ir contigo!

Ella no contestó, pero su brazo se apoyó con más fuerza en el brazo de Luis. Y siguieron andando hacia adelante, Botánico abajo, amorosamente enlazados, despacio, muy despacio, bajo la sombra de los grandes árboles.

—Isabelilla... Isabelilla...

—¿Qué?

—¿Me quieres?

Detúvose ella, levantó la cara; le miró a los ojos, y con un suspiro hondo, tan hondo que parecía salir de las entrañas, le contestó apasionadísima:

—¡Con toda mi alma!

—¡Bendita sea tu boca!

Volvieron la cabeza; miraron, no había nadie; juntaron los labios y se besaron con rápido chasquido.

—¡Mi Luis!

—¡Mi Isabel!

Y siguieron andando.

XIX

Hacía cuatro días que Luis no asomaba por la redacción. Desde la verbena de San Juan se fueron Isabelilla y él a solemnizar las paces a las Ventas del Espíritu Santo, de manera que cuando llegaron al merendero de Los Andaluces, eran las dos de la madrugada, y cuando terminaban de cenar, las luces de la aurora alumbraban la mesa. Frente a la plaza de toros rompiose a la vuelta una de las ruedas del coche que los conducía; tuvieron que dejarle abandonado en medio del camino y continuar el viaje a patita y andando. Gracias a que la mañana estaba fresca, contento el espíritu y el cuerpo satisfecho con la cena y mucho más aún con el pardillo que en alegres vapores retozaba dentro de su cabeza. Como el poco sueño que les dejó el vino se encargaron de disiparlo el ejercicio del paseo y la frescura del amanecer, se encontraron ante las verjas del Retiro despiertos y despabilados, y con más ganas que nunca de pasear y divertirse. Y como las puertas estaban abiertas y en realidad ninguna prisa les corría por volver a casa, ella preguntó sonriente:

—¿Me convidas a un vasito de leche?

—Vaya por el vasito —contestó él—; y se metieron Retiro adentro, hasta la vaquería.

Después, antojósele a Luis dar un paseo en barca por el estanque, para estirar los brazos y demostrar sus habilidades náuticas. La verdad es que, como remar, remó bastante mal; pero en cambio se desolló las manos y puso a Isabelilla de remojones y mojaduras que no había por donde cogerla.

—Gracias a que estamos en verano y me he traído el trajecito viejo.

Animada por los remojones, ella propuso entonces que se los dieran completos y formales en una casa de baños. Por supuesto en cuartos separados. Yo no me desnudo delante de nadie.

Entre unas cosas y otras llegaron a casa a las once y media, cuando ya la pobre Pepa, desesperada, había resuelto salir a buscarlos por Prevenciones y Casas de Socorro. «Porque no es posible otra cosa: a esta chica tiene por fuerza que haberle sucedido una desgracia».

—Pues, nada, afortunadamente no nos ha sucedido cosa mayor. La única desgracia mía es la de querer a este tío, que me tiene loca.

—Bueno ¿y qué vais ustedes a hacer ahora? —preguntó Pepa—, porque supongo que no os acostaréis.

—¡Hombre, claro que no! No faltaba más. Ahora almorzaremos.

Y almorzaron, en efecto, con una hambre devoradora.

—Es curioso lo que estos paseos despiertan el apetito. Porque has de saber, Pepilla —decía Isabel, con la boca llena— que esta madrugada cenamos opíparamente y después nos desayunamos como si tal cosa. Son muy sanos estos paseos ¡Qué lástima que yo no pueda levantarme todos los días a las cinco!

—Pero puedes no acostarte.

—¡Claro! Como hoy. No, hijo, no; estas cosas son para una vez.

—¿Tienes sueño?

—Ni chispa.

Y como no le tenían, se pusieron a jugar el café al tute, un café con leche del Café.

—Es peor que el de casa, pero, ¡qué quieres! me gusta más.

Después de perder el café Isabelilla, de pagarle Luis y de prepararle y servirle la Pepa con la habilidad de un cochero de punto o de un escribiente de cualquier oficina del Estado, los dos seres que, según opinión de todos los autores, llevan mejor a cabo esta empresa complicada y dificilísima, Luis empezó a arreglar los cuadros del gabinete, que le pareció que estaban desnivelados y torcidos. Desterró para siempre unas espantosas oleografías y en cambio colocó en lugar preferente una vieja pintura sobre cobre, que encontró en el pasillo, cerca del cuarto de la criada.

—Pero, hombre, ¿vas a poner ese mamarracho?

—Mamarracho..., mamarracho... Es un cuadro magnífico; lo mejor que tienes en tu casa.

No estaba él muy seguro de que el tal cuadro fuera realmente una joya; pero como la patina del tiempo le daba un aspecto de antigüedad muy respetable y las caras de las figuras, única cosa que se percibía algo, eran, por otra parte, bastante correctas, le colocó ufano en medio del gabinete, con gran admiración de Isabelilla, que no acertaba a comprender cómo aquellos negros chafarrinones podían tener tanto mérito.

En cuanto comenzó a caer la tarde se apoderó de ellos un sueño terrible que a cada instante les cerraba los párpados y les hacía abrir la boca con enormes bostezos. Obligaron a Pepa a que aligerara la cena y se metieron en la cama.

Parecía natural que al día siguiente se levantaran temprano; así al menos aquella lo esperaba; pero con gran asombro suyo, a las once de la mañana seguía cerrada la puerta y por las rendijas no se divisaba luz alguna ni se oía el más insignificante ruido de vida. Por fin, con el pretexto del chocolate, se determinó a entrar en la alcoba y los encontró profundamente dormidos.

—¿No les da a ustedes vergüenza? Las once de la mañana... ¡Catorce horas durmiendo...!

—No, durmiendo no; nos hemos despertado a las siete; pero este se puso a contar cuentos, unos cuentos chistosísimos. Yo me reía las tripas. Porque te advierto que tiene la mar de sal para contar chascarrillos. Anda, cuéntale uno a la Pepa, aquel de las monjas y el jardinero..., ¡ja..., ja..., ja...!

Y se reía como una loca al recordarle en su imaginación.

—¡Qué tontísima eres!

—Es que tiene muchísima gracia. Anda, cuéntale. Verás, Pepa, qué gracia tiene.

Pepa se sentó a los pies de la cama y Luis no tuvo más remedio, entre sorbo y sorbo de chocolate, que contar el cuento, y luego otro y otro y otro, todos en verdad muy divertidos, muy alegres y muy picantes, que las dos mujeres escuchaban riendo a carcajada tendida.

Total: que se levantaron a la una. Era domingo y a Isabelilla se le antojó ir a los toros. ¿Cómo negarse? Lo malo estaba en que para satisfacer este capricho, lo primero que hacía falta era dinero, y Luis no tenía un cuarto; pues las veinte pesetas que se salvaron de La Bombilla habían caído en las Ventas y en el Retiro, y no pasaba porque ella pagara, eso no; no estaba dispuesto en manera alguna a consentirlo.

—Mire usted, Pepa. Isabel quiere que la lleve a los toros, y yo no tengo en este momento dinero encima. Hágame usted el favor, sin que ella se entere, de empeñar esto en cualquier parte. Dan diez duros.

Y le entregó el alfiler de corbata que quince días antes le devolviera Boncamí.

—¡Qué lástima! ¡Empeñar un alfiler tan mono!

Vaya, que no lo llevaba. Si le hacían falta las cincuenta pesetas, ella se las prestaría con muchísimo gusto... Casualmente las tenía...

—No, no. Pepa, de ningún modo; no faltaba más.

—¿Pero, por qué, señor? Si se trataba solo de unos días, ¿qué necesidad tenía de pagar réditos? Además, es domingo, y las casas de préstamos están cerradas.

El argumento era decisivo; no tenía más remedio que conformarse y aceptar el préstamo, aun sabiendo que así la devolución tendría que ser más cara y más inmediata. Pero el inconveniente estaba vencido, y esto era lo principal por el momento. Aceptó, pues, el billete; envió por conducto de la Pepa una nueva carta a Sánchez Cortina y satisfizo el capricho de Isabelilla, llevándola a la fiesta nacional. Al salir de la plaza se dio cuenta Luis por primera vez de que la pechera de su camisa estaba negra de puro sucia, y de que sus puños parecían los de un carbonero.

—Mira, chiquilla, no tengo más remedio que ir a casa a mudarme.

—Sí, sí, a casa. Lo que tú quieres es ir a ver a la otra.

—No seas tonta, mujer; te digo que voy a casa.

—Bueno, pues yo iré contigo.

—¿Estás loca? ¡Eso es imposible!

—¿Imposible? Pues mira tú lo que son las cosas. Ahora es cuando yo tengo deseos de ir. Y voy, ¡ea!

—Mira, Isabel —dijo Luis afablemente, convencido de que por las malas no conseguiría nada de ella—; no es que mi casa se deshonre porque tú la visites ni muchísimo menos; se vestiría de fiesta para recibirte; pero es el caso que los dueños son unos viejos muy especiales; viven en el entresuelo y se enteran de todo; en seguida creerían que me paso la vida llevando mujeres allí; empezarían con dimes y diretes, tendría que acabar por mandarlos a paseo y mudarme y, la verdad, es una casita muy linda y muy barata, y no me conviene salir de ella.

—¿No me engañas?

—No te engaño, mujer. ¿Qué interés podría yo tener en engañarte? —contestó Luis muy satisfecho al ver el poco trabajo que le había costado convencerla.

—¿De verdad?

—De verdad.