Part 15
—¡Ah, muy bien, muy bien! siéntense ustedes, digo, si pueden. Pero, ¡cómo! ¿todavía más gente? —añadió al oír el rodar de un carruaje sobre la arena del jardín.
Eran María Luisa y su hermana Matilde, una criatura encantadora de dieciséis años.
—¿Venís solas?
—Sí, solas. El marqués no ha podido acompañarnos. Puede que venga luego a recogernos.
—Bueno, bueno, sentaos donde podáis.
No había sitio. Los hombres, bromeando, les ofrecían sus rodillas. Por fin pudieron acomodarse, una entre Filiberto Pons y Suárez, la otra entre el marqués de Cehegín y su primo.
Las conversaciones callaron. Todo el mundo tenía hambre y la paella estaba riquísima. Solo se oía el chocar de los tenedores y el golpeo del vino al caer en las copas. Los que no se conocían personalmente, levantaban los ojos de cuando en cuando y se miraban a hurtadillas, especialmente las mujeres. Paco Gaitán, cada vez más entusiasmado con su tocaya, la atendía cuidadosamente como a un niño goloso y mimado, ofreciéndole aceitunas, pepinillos y rajitas de salchichón que ella mordisqueaba sonriendo. Era precisamente lo que más le gustaba. En cambio el arroz...
Luisa no apartaba la vista de Manolo Ruiz, que a su vez continuaba procurando esquivar la de ella. Gener, que lo notó, llamó disimuladamente por encima del hombro del Alamares a Federico Guijarro y le puso en antecedentes.
—Tenga usted cuidado con su parejita, ¿eh?, no vaya a ser que a última hora meta la pata.
—¡Oh, no, qué disparate!
—Por si acaso.
—No tenga usted miedo. En todo caso, yo respondo.
Y, en efecto, inclinándose sobre ella, algo debió decirle, porque Luisa bajó los párpados muy encarnada y no volvió a mirar a Ruiz en toda la comida.
Esta era cada vez más animada. Todos hablaban al mismo tiempo. Únicamente Ulzurrun permanecía indiferente a la alegría general, sonriendo tan solo con su aspecto abatido de hombre cansado, cuando alguno decía un chiste o pronunciaba una frase ingeniosa. Se hablaba de todo, de modas, de toros, de teatros, de arte.
—Oiga usted, Suárez —preguntó en voz alta Filiberto Pons—, ¿qué prepara usted para este invierno?
—¡Oh, muchas cosas! Este invierno me lanzo de lleno. Por lo pronto, estoy terminando un sainete con letra de Castro y Pedrosa, después estrenaré una zarzuela grande en Parish, y si me queda tiempo terminaré una ópera que tengo empezada.
—¡Cómo! ¿Una ópera? ¿Nada menos que una ópera?
—Sí, señores; una ópera en tres actos, una vieja leyenda castellana, un libreto hermosísimo que me entregó, poco antes de morir, Antoñito Bedmar.
—¡Pobre Antoñito!
—¡Valía mucho!
—¡Ya lo creo!
—¡Pobre muchacho!
Y como entristecidos por el recuerdo, la conversación languideció. Hacía calor. La gente, sofocada con las apreturas, se iba alejando poco a poco de la mesa, ensanchando el círculo. Algunas mujeres habían ido a buscar los abanicos y los agitaban con fuerza para que el aire llegase también a los hombres, que a su vez alargaban el cuello agradecidos. A lo lejos, enfrente de la puerta, los macizos de boj resplandecían con tonos de esmeralda. Un hálito asfixiante se escapaba de la arena del jardín, que brillaba a los rayos del sol como salpicada de diamantes. Nadie comía ya. Los postres quedaban intactos en los fruteros y los helados, en los platos, se deshacían liquidándose.
—¡El café!
Federico desapareció del salón y regresó en seguida con dos cajas de cigarros habanos, que entregó a los camareros.
—Me he permitido traer esto. Usted no se ofenderá, Paco. Ya sabe usted que a mí me los regalan.
La atmósfera, con el humo, se hizo más asfixiante todavía. Las mujeres, reclinadas sobre los respaldos, se abanicaban con furia. Todas estaban encarnadas, encendidas, con los ojos brillantes, los labios entreabiertos, mostrando los dientes. El _champagne_ las animaba con su embriaguez nerviosa y alegre, y enardecidas charlaban y reían; tolerando todo género de chistes y aceptando toda clase de bromas. A alguien se le ocurrió tocar el organillo, y todas salieron de pronto corriendo, dando gritos y tirando las sillas. Fue aquello una desbandada, el escape de todo un colegio.
Cuatro o cinco jóvenes penetraron en el merendero; transeúntes atraídos por el ruido de la fiesta, que se determinaban a entrar con la libertad que concede un establecimiento público. Paco, al principio, pensó echarlos, pero luego cambió de parecer. «¡Después de todo, qué más da!». Sin embargo, para que la invasión no continuara, colocó un camarero en la puerta con objeto de no dejar entrar más que a los invitados al refresco.
Estos empezaban ya a llegar. Mujeres bonitas, socios de la Gran Peña y del Casino, noticieros de los grandes periódicos, literatos y artistas. Muchos no traían invitación, pero se anunciaban y Paco los dejaba pasar.
—¡Si yo dejo pasar a todo el mundo! Lo que no quiero es golfería.
El organillo no cesaba. Eran siempre los mismos bailables, los mismos valses, las mismas polcas, las mismas habaneras; pero esto ¡qué importaba! La cuestión era bailar. Y se bailaba sin descanso, con blandos movimientos, bajo la sombra de la tapia que se agrandaba cada vez más con la caída del sol.
Perico Castro, Ricardo Bermejo, Pepe Corcho, Agustín Gordinos, todos los redactores de _El Combate_ se presentaron a última hora.
—No hemos podido venir antes. ¡Qué día! Ni una sola noticia. No hallábamos manera de cerrar el periódico. Y vosotros, ¿qué? ¿os habéis divertido mucho?
—Bastante, ya lo creo. Hemos pasado una tarde deliciosa.
—Y la seguís pasando, porque esto no tiene trazas de concluir.
—Yo no tengo prisa.
—Ni yo tampoco. Pero, por si acaso, voy a aprovechar. ¡Caramba! Allí está sola Lolita Guzmán. Voy a bailar con ella.
El sol, próximo a hundirse en el horizonte, caía lentamente incendiando las nubes, alargando en el suelo las sombras de los árboles. El viento arrancaba de las hojas un murmullo, blando y suave a veces como un suspiro, otras largo, inacabable, como el rumor del Manzanares, que a pocos pasos deslizaba mansamente sus aguas tranquilas. Algunas cabras, indóciles a los ladridos de los perros, triscaban en la ribera, mordisqueando la hierba y ahuyentando a los pájaros con el melancólico tañer de las esquilas.
Petrita había dejado el abanico en el comedor y fue a buscarle. Al regresar encontró en la puerta a Luisa.
—Niña, me alegro de verla a usted. Casualmente la iba yo buscando para decirle un recadito.
Petrita quedó confusa.
—Usted dirá —contestó tímidamente, balbuciendo.
—Pues, nada. Que ese hombre que va con usted es mío, ¿se entera usted?, mío, y, por lo tanto, hoy es el último día que les voy a ver a ustedes juntos. ¿Estamos?
—Ese hombre no tiene nada que ver con usted.
—Mire usted, niña; eso de si tiene o no tiene que ver, es cuenta mía. Lo que yo le digo a usted es que no me da la gana, ¿se entera usted? —agregó recalcando muchísimo la frase—, que no me da la gana de que vaya con usted.
—¡Pues irá, irá, porque me quiere! —dijo Petrita con una energía inexplicable.
La otra la cogió de un brazo y la sacudió brutalmente.
—¿Qué has dicho?
—Suélteme usted, me hace usted daño.
—Como te vuelva a ver con él, te corto la cara.
Petrita palideció y trató de huir, muerta de miedo; pero Luisa la detuvo.
—Ya lo sabes; conque ándate con ojo. Ese hombre es para mí, y ¡ay de aquella que quiera quitármelo!
Había en esta frase tal tono de amenaza, que la infeliz criatura quedó aturdida. Se le saltaron las lágrimas y no supo qué responder.
—Ya lo sabes —añadió Luisa soltándola—. Procura que no se te olvide el recadito. Vete ya.
Petrita no se iba. De pie en el marco de la puerta, permanecía inmóvil, atontada.
—Qué, ¿no lo has entendido? ¿Quieres que te lo repita?
Petrita se echó a llorar, y pataleando con la rabia del chiquillo a quien le quitan un juguete, exclamó de pronto:
—Pues bien, no le dejo. Podrá usted pegarme, podrá usted matarme, pero no le dejo.
Luisa, que no esperaba tal tesón, vaciló un momento. Luego, avanzando hacia ella las manos crispadas, los ojos brillantes y amenazadores, rugió con voz ronca:
—¿Qué has dicho?
—Que no le dejo. Podrá usted pegarme, pero no le dejo.
—¿Que no le dejas? —agregó cada vez más amenazadora, cogiendo de encima de la mesa un cuchillo de finísima hoja—. ¿Que no le dejas?
—No.
—¿No?
—No. Por ese hombre doy yo hasta la vida.
—¡Pues, toma, dala ya! —exclamó Luisa fuera de sí, y levantando el brazo hundió rápidamente el cuchillo en el pecho de la infeliz Petrita.
Esta dio un grito y echó a andar tambaleándose, con las manos en la herida, en dirección a los cenadores; pero a los pocos pasos le faltaron las fuerzas y cayó a la larga.
Luisa, aterrada, huyó por la puerta trasera del comedor.
Al grito de Petrita, dos hombres acudieron.
—¡Socorro, socorro! ¡Aquí hay una mujer herida!
Todos se acercaron. Manolo, loco de dolor, cayó ante ella de rodillas.
—¡Petrita, Petrita de mi alma! —gritaba llorando, besándola apasionadamente, tratando de restañar la sangre que a borbotones enrojecía la blusa de batista.
—¡Un coche, un coche! —gritaron varias personas al mismo tiempo—. Es preciso llevar a esta mujer a la Casa de Socorro.
Gaitán se aproximó.
—Es inútil —dijo fríamente después de reconocerla, sin preocuparse de que ella podía oírle—. No dura diez minutos. ¡Oh, la puñalada iba bien dirigida!
Todos los circunstantes se estremecieron. Rose d’Ivern, Rosarito, Paca Rey y algunos caballeros auxiliaban a Amalia, que se retorcía sobre el suelo presa de un ataque nervioso. Lola Guzmán, sentada en una silla, lloraba desconsoladamente. Castro mordía nervioso la colilla del puro. Boncamí paseaba agitado. Los demás, de pie, formando círculo alrededor de la infeliz Petrita, miraban en silencio, tristemente, dolorosamente, verdaderamente impresionados.
Y el sol seguía cayendo; conforme declinaba, perdía su fulgor; su resplandor se apagaba hasta ser solo una aureola, una corona de lucientes rayos. Las nubes perdían sus vivos matices de púrpura y se deshacían en tonos más suaves, más tenues de rosa y de violeta. Los rumores del campo se hacían más lejanos, el viento apenas movía las hojas, el rumor del agua parecía aún más tranquilo, y hasta el tañido de las esquilas sonaba más melancólico y más dulce. Una campana tocó el Angelus.
Postrado de rodillas contemplaba Manolo amorosamente a Petrita, viendo con terrible angustia cómo la palidez invadía las mejillas, cómo el sudor abrillantaba la frente, cómo se aflojaban los músculos, cómo se secaban los labios, cómo el temblor se apoderaba de su pobre cuerpo.
Ella abrió los párpados; clavó en él sus pupilas, vidriosas ya, le envió en una mirada su alma entera, y con voz dulce como un suspiro, triste como un sollozo:
—Manolo —dijo.
Él, por toda contestación, se inclinó sobre ella y la dio un beso: un beso de amor, de amor sublime, de cariño inmenso, de pasión suprema, de ternura infinita.
Cuando levantó la cabeza, Petrita no existía ya. Sus manos descansaban sobre el pecho, encima de la herida, piadosamente entrelazadas. Sus ojos habían quedado abiertos, clavados en el infinito, como queriendo retratar en las pupilas la majestuosa serenidad del cielo; la crispación de sus labios mentía una sonrisa; las impalpables partículas de polvo, posadas en su desordenada cabellera rubia, brillaron un instante, a los rayos postreros del sol, como un nimbo de oro.
XXVII
Al llegar al límite de los merenderos se detuvo un instante para mirar atrás. Nadie la seguía. Cobró aliento y continuó andando; pero a los pocos pasos cambió de idea, retrocedió, torció súbitamente a la derecha y se metió entre los árboles de la Florida, oscuros ya bajo las sombras del crepúsculo. Vio a sus pies serpentear una vereda y por ella entró resueltamente, sin preocuparse de adónde iría a parar. Últimamente, esto ¿qué importaba?; la cuestión era huir lejos, muy lejos, lo más lejos posible, donde no pudieran encontrarla los que, a no dudarlo, debieron salir en busca suya. Este era el único temor que la sobresaltaba. Por lo demás, no sentía remordimiento alguno. Si cien veces se encontrara a Petrita de nuevo en su camino, cien veces volvería a herirla lo mismo que la hirió. ¿No era Manolo suyo? ¿No se lo había ella quitado? Pues al castigarla no había hecho más que defender lo suyo. Justicia era, no venganza; merecido el castigo, noble el golpe, cara a cara y frente a frente y habiéndolo advertido de antemano. Bien claro se lo dijo: «Ese hombre es para mí, y ¡ay de aquella que quiera quitármelo!». ¿Por qué la otra había resistido? ¿Por qué en lugar de ceder vino con desplantes y provocaciones? «No le dejo, es mío y no le dejo; por ese hombre doy yo hasta la vida». «Pues toma, dala ya...». Y al recordar la escena, la rabia de los celos mordió sus entrañas, y su brazo se extendió en el aire, amenazador, con el puño cerrado, como si ante ella se alzase de nuevo la sombra de Petrita. Al hacer este movimiento vio toda su mano salpicada de sangre, sangre negra, coagulada ya. Estremecida de horror y repugnancia, la ocultó prontamente entre los pliegues del vestido y aceleró el paso.
Conforme avanzaba iba reconociendo poco a poco el sitio. Recordaba haber pasado por allí una tarde, hacía mucho tiempo. La vereda desembocaba en el paso a nivel del ferrocarril, se cruzaba este, y subiendo después por cuestas y desmontes se llegaba al paseo de Rosales. Satisfecha con este descubrimiento, siguió andando cada vez más de prisa; pero como viera de pronto un grupo de gente que venía cantando trató de esquivarle, y abandonando temerosa la vereda entró resueltamente por entre la hierba seca que bajo sus pies se quebraba crujiendo. La noche llegaba. Las negras sombras de los árboles caían silenciosas sobre el suelo como manchas enormes. Entre el encaje de las copas brillaba lívido el disco de la luna. Nubes opalinas flotaban en el cielo de un azul muy pálido. Sobre la masa del boscaje el crepúsculo moría con tenue resplandor de hoguera que se extingue. Un cuco preludiaba con tenacidad inaguantable su canto melancólico.
De pronto los árboles faltaron y se encontró en medio de un campo seco, rubio como trigal recién segado. Al principio, esto la desconcertó un poco, pero orientándose de nuevo, gracias a un esfuerzo de imaginación, continuó andando hasta dar con la empalizada de madera que cerca la vía, siguió por ella y adelante, siempre adelante, llegó al paso a nivel.
La barrera estaba echada. Una locomotora iba y venía haciendo maniobras. Tuvo que esperar dos minutos, dos minutos que a su impaciencia parecieron dos horas. Por fin la máquina se alejó, pitando con aflautados y lúgubres silbidos, se abrió la barrera y cruzó al otro lado.
Una vez allí respiró con tranquilidad. Pareciole que estaba ya segura, que nadie podía descubrirla, como si la débil barrera de tablas fuera en realidad para sus perseguidores barrera infranqueable. No obstante esta confianza, a cada paso detenía su ascensión por la pesada cuesta para volver la vista y mirar hacia atrás.
La noche avanzaba. Bastantes estrellas titilaban ya en el azul que se oscurecía lentamente. Sin embargo, por encima de la negra masa de la Casa de Campo los resplandores del crepúsculo le enrojecían aún.
Cuando llegó al paseo de Rosales se encontró rendida. Aquella ascensión por las empinadas pendientes habíala fatigado muchísimo. No tuvo más remedio que sentarse en un banco a descansar un poco.
Entonces, solo entonces, comprendió su situación horrible. ¡Qué hacer, dónde ir! A su casa... ¡imposible! ¿A casa de una amiga? Más imposible aún. ¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¡Dios mío! Todo el valor que hasta entonces tuviera, lo perdió de pronto, le faltaron los ánimos, le faltaron las fuerzas, todo se convirtió para ella en motivo de espanto y de terror: el silencio de la noche, la oscuridad del sitio, los escasos transeúntes, el desorden de su traje, su mano ensangrentada...
—¡Dios mío, estoy perdida, perdida para siempre! —pensó horrorizada, y tapándose la cara con las manos rompió a llorar.
Dos muchachitas, dos obreras, se le acercaron cariñosas.
—¿Qué le pasa a usted, joven? ¿Está usted mala?
Pero ella, sin contestarlas, se levantó del banco y echó a correr sin volver la vista. Cruzó el paseo de Rosales, se metió por una calle que no conocía, atravesó otra que le pareció la de Ferraz y siguió andando, andando, andando cada vez más de prisa. Cuando jadeante abrió los ojos, se encontró enfrente de la Cárcel Modelo. Un escalofrío nervioso recorrió su carne desde los pies a la cabeza al reconocer el edificio; su corazón latiole con violencia y sus rodillas se doblaron. Sin embargo, haciendo un esfuerzo de energía, se alejó de allí.
Su situación se hacía cada vez más penosa. Sus piernas, no acostumbradas a largas caminatas, se negaban a conducirla. Sus pies delicados se arrastraban sobre las aceras, tropezando de continuo, pisando en falso, lastimándose con dolorosas torceduras. A medida que la noche avanzaba, tenía más miedo. Cada vez que los pasos de un transeúnte sonaban detrás de ella, parecíale que iban a capturarla, y sacando fuerzas de flaqueza apretaba el andar y salía huyendo, escapándose por las esquinas, refugiándose en los portales, poseída de indecible espanto.
¿Cuánto duró esta loca excursión? Nunca lo supo.
Nunca recordó por dónde había pasado aquella noche. Solo sabía que ya tarde, muy tarde, al doblar una esquina se encontró de manos a boca con una pareja de orden público. Dio un grito y se quedó parada. Los guardias, creyéndola enferma, se acercaron solícitos a auxiliarla, y viéndola temblar, la cogieron del brazo.
Ella se echó a llorar, y les dijo:
—¡No me pregunten ustedes nada!... ¡Sí, he sido yo..., he sido yo quien la ha matado!
XXVIII
Los timbres cesaron en su repiqueteo insoportable. Había empezado la sesión. Un secretario, de pie en la tribuna, leía con atiplada voz entre la general indiferencia. El ministro de Hacienda, hojeaba en el extremo del banco azul voluminoso legajo de papeles. Dos o tres diputados, reclinados sobre los pupitres, escribían. Otros charlaban entre sí delante de las puertas o apoyados en la barandilla de la tribuna.
—¿Se aprueba el acta? —preguntó el secretario sin levantar la vista—. Queda aprobada —continuó sin esperar respuesta. Y siguió leyendo con su machacante tonillo de chico de escuela.
Algunos diputados entraban en el salón y se sentaban gravemente en los escaños después de saludarse como buenos y antiguos compañeros.
—El señor Ruiz tiene la palabra —dijo el presidente con voz grave.
—Para rogar al Congreso que tome en consideración la proposición que acaba de leerse —contestó un joven alto levantándose a medias del asiento.
—¿Acuerda el Congreso tomarla en consideración? Queda tomada en consideración. Pasará a las Secciones para el nombramiento de la Comisión correspondiente.
Otros diputados hablaron después para apoyar nuevas proposiciones. Nadie los oía. Únicamente el secretario, con su voz atiplada, aseguraba muy formal que el Congreso las tomaba en consideración y que pasarían a las Secciones.
Después habló durante largo rato un señor calvo, pero en voz tan baja que nadie logró entenderle. Bien es verdad que a nadie preocupó su discurso. Cuando lo terminó, el ministro de Hacienda se levantó, y con los puños apoyados sobre el legajo, para no perder la señal, dijo muy amable que tendría sumo gusto en poner en conocimiento de su compañero el señor ministro de Estado el ruego de su señoría. En seguida volvió a sentarse y siguió hojeando los papeles.
—¡Oh, qué estúpido es esto! —exclamó en la tribuna de la prensa un muchacho delgaducho y barbilampiño, el más joven de los que allí se encontraban—. ¡Qué estúpido es esto! —añadió golpeando furiosamente el lápiz contra el pupitre—. ¿Puede darse nada más estúpido que el principio de una sesión de Cortes? ¡Ea, yo me voy! ¿Quién quiere que le convide a café?
Y como al volver la cabeza su mirada tropezara con Luis, que entraba en aquel momento, se dirigió directamente a él.
—Gener, le invito a usted a café.
—Acepto con muchísimo gusto.
—Soy con usted en seguida. Espere usted que termine estas cuartillas para la edición de la tarde. «Varios diputados apoyan proposiciones y formulan ruegos de interés local». ¡Bueno, ya está! Oiga usted, Pérez; si hubiera algo saliente, ¿quiere usted hacerme el favor de meter un calco?
—¡Qué oficio más cochino y más perro!, ¿eh? —siguió diciendo una vez sentado delante de la taza de café con leche que el mozo les sirvió—. ¡Le aseguro a usted, Gener, que tengo más ganas de perderle de vista! ¡Es el oficio más antipático que conozco! Todos los días lo mismo. Por supuesto que, como habrá usted visto, a mí esos tíos no me dan la lata. Yo no me mato en el extracto, ni muchísimo menos. El que quiera peces... Qué, ¿cuándo se estrena esa obra? —preguntó variando de conversación—. Me han dicho que ha terminado usted una comedia; ¿para dónde?
—Para el Español: la entregué precisamente ayer.
—Eso es bueno, eso es bueno. Ahí es donde está el dinero. Supongo que me avisará cuando comiencen los ensayos.
Un joven extraordinariamente pálido se acercó a ellos.
—¿Qué hay de esa proposición incidental?
Los dos periodistas le miraron sorprendidos.
—¡Cómo! ¿No lo saben ustedes? ¡Pues ahí es nada! ¡Friolera! —y sentándose a su lado, les puso al corriente—. Le han descubierto a Sánchez Cortina un... —iba a decir un chanchullo, pero al recordar que Luis era redactor de su periódico, cambió la palabra por otra más suave— un grave error en un expediente sobre concesión de cierto ferrocarril de vía estrecha. Parece que se ha prescindido de algunos trámites necesarios, que se ha resuelto en contra de informes técnicos. Varios diputados han examinado el expediente, y, en efecto, parece que la cosa no está muy clara, tan poco clara, que esta tarde se presentará, como decía a ustedes, una proposición incidental pidiendo que se depuren los hechos.
—¡Bah, eso no tiene importancia! —dijo Luis sonriendo—; Cortina es hombre que sabe defenderse.
—Como que es un tío muy listo —agregó el barbilampiño.
—No hay listeza que valga ante la gravedad de las cosas. Porque aquí lo verdaderamente grave es que muchos ministeriales han asegurado que votarán la proposición.
—En efecto, eso ya es más grave.
—¡Toma! Como que no le queda más remedio que irse.
—¿Usted cree?
—Y todo el mundo, querido; la crisis es inevitable.
Y se marchó ufano, contentísimo por haber podido comunicar noticia de tan transcendental importancia.
El joven barbilampiño se marchó también escapado.
—¡Caramba, las cuatro y media! Estarán ya discutiendo presupuestos.
Luis se levantó igualmente para ir en busca de impresiones. En la puerta del _buffet_ tropezó de nuevo con el joven pálido.
—Sí, amigo mío; la crisis se planteará probablemente esta misma tarde. Yo, la verdad, lo siento por usted, porque según tengo entendido, Sánchez Cortina no ha cumplido su palabra.
—Cortina está siempre cumplido conmigo.
—No sea usted tonto, los amigos son para hacer favores; de lo contrario, pueden irse a paseo. Lo que debe usted hacer es pedirle esta misma tarde una credencial; que la firme en el testamento; eso es, en el testamento.
Y se marchó atropelladamente para interrogar al ministro de Estado, que en aquel momento salía del salón de sesiones.
Luis quedó en los pasillos, desconcertado. ¿Sería posible que Sánchez Cortina dejara la cartera? Adiós credencial, adiós esperanzas de destino, adiós ilusiones de mejorar de situación; continuaría lo mismo, es decir, peor, porque lo probable era que en el periódico volvieran a la reducción de sueldos, al atraso en las pagas... Sí, sí; era preciso hablar con Cortina para que le nombrase en el testamento.
Se aproximó a una de las puertas del salón y miró por entre los biombos. No había cuarenta personas.