Part 8
Oculto en la sombra de una puerta, apoyado en el quicio y embozado en la capa, se distrajo largo rato viendo pasar la muchedumbre. Gentiles parejas cogiditas del brazo; grupos de muchachos tarareando los cantables; señores graves, familias burguesas, mujeres honradas y mujeres alegres, gente elegante y gente del pueblo, el público de la butaca y el público del anfiteatro mezclado y unido en democrática confusión. Vio a Gaitán con varios amigos; a Lola Guzmán y a Paca Rey, espléndidas, elegantísimas, llenando la calle con su omnipotencia de mujeres hermosas. Y tiernamente unidos, juntos, muy juntos, hablándose en voz baja, comiéndose con los ojos, andando muy despacio, muy despacio, los últimos de todos, enamorados y felices, Manolo y Petrita. Iban tan arrobados uno en otro que no le vieron: ¡qué habían de verle!, si no veían nada, si para ellos no había más mundo que ellos mismos, que su cariño inmenso que los unía y los confundía y los amalgamaba en un solo deseo y una sola idea y una sola personalidad.
Apoyado en el quicio de la puerta, oculto en la sombra, los miró alejarse poco a poco. Y al verlos tan unidos, tan dichosos, tan satisfechos de ellos mismos, poseedores felices del amor que alegra la existencia, un sentimiento de envidia royó su corazón. El recuerdo de la mujer querida apareció de nuevo y sumiole otra vez en hondos pesimismos.
El cielo estaba completamente cerrado. Había calmado el viento y una lluvia helada y menudísima caía lentamente.
Pegado a las paredes, resguardándose del agua bajo las piedras de los balcones, atravesó acelerando el paso la Puerta del Sol. Sentía hambre y frío. Dolorosa sensación de angustia le oprimía el pecho y su estómago le hacía sufrir horriblemente. Pensó entrar en un café; pero el brillo de las luces y la concurrencia que en todos se le antojó numerosa, le hicieron desistir de su propósito y siguió andando por la Carrera de San Jerónimo, sin objeto alguno, sin pensar en nada, en un completo embrutecimiento de su ser, mecánicamente, muy entretenido en ver cómo su sombra crecía y se agrandaba bajo los vacilantes mecheros del gas.
Al llegar a la calle del Príncipe, la lluvia arreció de tal manera, que no tuvo más remedio que guarecerse en un portal, al lado de un guardia de orden público. Y allí estuvo una hora y otra, muerto de frío, tiritando, aguardando inútilmente a que escampara.
Con gran sorpresa suya oyó de pronto que le llamaban, y alzando los ojos, vio parado delante de él un coche de punto con la portezuela abierta, y en el Interior la elegante silueta de una mujer que le hacía señas para que se acercase. Era Isabelilla.
—Pero, hombre, ¿qué haces ahí?
Tan embrutecido estaba, que no supo al principio qué contestar. Bien es verdad que en aquel momento la respuesta resultaba un tanto difícil.
—Nada, ya ves; esperar a que escampe.
Lo dijo con tono tan extraño, tan abatido, que Isabelilla no pudo por menos de mirarle asombrada.
—¿Qué te pasa, chiquillo?
—Nada.
—A mí no me vengas con mentiras; a ti te pasa algo: ¿qué duda cabe de eso? Te pasa algo y me lo vas a contar ahora mismito... Sube.
—No.
—¿Por qué? ¿Qué vas a hacer en ese portal, mamarracho? Ea, sube; te llevaré a tu casa.
Iba a replicar negándose nuevamente; pero comprendiendo que no era cosa de entrar en explicaciones delante del guardia y del cochero, calló y entró en el coche.
—Oye, arrea a un café donde haya poca gente.
Mientras fueron en el carruaje, Isabelilla permaneció callada; pero en cuanto entraron en el café, abordó resueltamente la cuestión.
—Mira, chiquillo, tú a mí no me la das, te conozco demasiado. Esta noche estás tú muy triste y muy desesperado, y eso no puede ser más que por dos motivos: o no tienes dinero, o te ha engañado una mujer. —Y como observara que Luis se sonreía amargamente, prosiguió con voz firme, segura de haber puesto el dedo en la llaga—: ¿Ves tú? No había más que mirarte para comprenderlo. Tú esta noche has jugado y has perdido, ¿no?, pues entonces es lo otro, eso es: tú has reñido con una mujer, con una mujer a quien quieres mucho, ¡como que has llorado...!, tienes todavía hinchados los ojos. Pues ¿sabes lo que te digo?; que no hay en el mundo ni una sola mujer que merezca que un hombre llore. Ya ves tú, yo soy mujer y te lo digo. De manera que pelillos a la mar; echa por el camino de en medio, tira a un lado tormentos y fatigas y mírame a mí, a tú Isabelilla, que está toda por ti dispuesta a darte todas las alegrías que tú quieras... ¡Qué barbaridad! ¡Pues no lo has tomado tú poco a pechos! Ni que te fuera en ello la vida. Vamos a ver: ¿se puede saber quién es esa señora que te trae de cabeza esta noche? ¿La conozco yo?
—¡Tú qué vas a conocer!
—Bueno, hombre, no te alteres, que no la ofendo. ¡Ni que fuera la Virgen del Carmen! —Se detuvo por miedo de decir demasiado. Después, observando el aspecto abatido del pobre chico, continuó con tono amable, oprimiéndole dulcemente la muñeca—: Vamos, no te pongas así... Me da mucha pena verte triste. Anda, cuéntame lo que te ha pasado. ¡Qué caramba!, cuatro ojos ven más que dos: es posible que te pueda dar un buen consejo.
Él, entonces, sugestionado por aquella amabilidad, en un arrebato de expansión, en una necesidad imperiosa de hacer a alguien partícipe de sus intimidades, de descargar todas las miserias que pesaban sobre su alma, se lo contó todo. Ella le oyó en silencio, sinceramente interesada. Cuando terminó de hablar, quedó largo rato pensativa. Después, adoptando un aire de superioridad, como mujer que comprende toda la importancia de un consejo, emitió francamente su parecer.
—¿Sabes lo que te digo? Que esa mujer no te quiere, no te hagas ilusiones, ¡qué te va a querer! Si te quisiera, no te habría dejado marchar esta noche en las condiciones en que te has ido, solo, sin dinero... Y a mí no me vengas con que ha sido por deber ni por virtud, ¡mentira!, el verdadero deber, la verdadera virtud estaba en haberte retenido en su casa, hasta que tú encontraras medios de vida, en coger el corazón y pisotearle y decirte, si es que quería ser buena: «Mira, chico, no te molestes en hablarme de amor, porque entre tú y yo no puede haber nada». Eso, eso era virtud, eso era deber. Pero echarte a la calle a hacer el golfo y a pasar fatigas, eso, eso no lo hace ninguna mujer que quiere, menos aún, ninguna mujer que tenga corazón. Perdona si te hago daño —prosiguió al ver que a Luis se le saltaban las lágrimas—, pero, ¡qué quieres!, no puedo remediarlo; ¡me da coraje que se porten así con un hombre!
Calló de pronto. Él dio un suspiro y abatió la cabeza sobre el pecho.
—Bueno, ¿y qué vas a hacer?
—No sé.
—¿No tienes nada pensado?
—Nada.
Ella calló de nuevo. Luego, adoptando una resolución enérgica, le preguntó a boca de jarro:
—Oye; ¿quieres venir a vivir conmigo?
Él la miró asombrado; vaciló un momento; pero reponiéndose en seguida, contestó secamente:
—No.
—¿Por qué? ¿Qué inconveniente hay? Mira, yo ahora no tengo a nadie, soy libre, dispongo de dinero... para..., para..., lo menos para tres meses. Y en tres meses, ¡figúrate tú! Anda, ¿quieres?
—No, Isabel, no, no puede ser.
—Pero ¿por qué? ¡Si no lo sabrá nadie..., si nadie tiene necesidad de saberlo...! Y aunque lo sepan, ¿no puedes tú vivir con quien te dé la gana? ¿O es que quieres tanto a esa mujer, que aun después de lo que te ha hecho no quieres faltarla? Si es así, me callo; pero conste que te hago el ofrecimiento con toda mi alma.
—Gracias, Isabel, muchas gracias; ya lo sé.
—Bueno, pues entonces otra cosa. Tú no tienes dinero; permíteme que te preste lo que necesites: veinte, treinta, cuarenta duros, lo que te haga falta. No los llevo encima, pero te los mandaré mañana donde tú quieras.
—Gracias, no me hace falta nada; tengo dinero.
—¡Mentira!
—De veras, mujer, tengo dinero.
—Mira, Luis —exclamó apoyando los codos sobre el mármol de la mesa y mirándole fijamente—. Yo soy agradecida. ¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Era una noche como esta, solo que aquella noche era yo la que estaba desesperada y triste: me había abandonado un hombre a quien quería y me echaban de la casa por no tener dinero. Te conté la historia y me diste diez duros, y cuando yo en pago de ellos quise darte mi cuerpo, que era lo único que yo podía darte, me contestaste: «No, niña; yo no compro mujeres ni me aprovecho de tristezas». Estas fueron tus palabras, ¿te acuerdas? «Si algún día nos encontramos y yo te veo contenta y feliz, me iré contigo porque eres una mujer muy hermosa, que me gustas mucho; pero esta noche, no»; ¿te acuerdas? —Hizo una pequeña pausa y prosiguió—: Aquellos diez duros fueron un préstamo; por lo tanto, te los devuelvo y te presto otros para que tú me los devuelvas a tu vez cuando los tengas; ¿estamos?
—No, Isabel, no; no me hacen falta.
Los camareros habían apagado la mayor parte de las luces, y después de colocar las sillas encima de las mesas, barrían el suelo mirando con mal disimulado enojo a aquella pareja que no acababa de marcharse.
—Vámonos, van a cerrar —dijo Luis.
—Sí, vámonos —contestó ella malhumorada, poniéndose en pie y atravesando el salón sin volver la cabeza. Antes de subir al coche, volvió a insistir.
—¿De manera que no quieres venir a casa?
—No.
—¿Ni quieres que te preste dinero?
—Tampoco.
—Pues bien, eres un mamarracho y un idiota y un imbécil —exclamó indignada, cerrando de golpe la portezuela—. Después de todo, mira, peor para ti.
Él se encogió de hombros y echó de nuevo a andar por las calles mojadas.
XII
Las palabras de Isabelilla punzaban su corazón como alfileres agudísimos. Esa mujer no te quiere, no te hagas ilusiones, no te quiere; si te quisiera, no habría dejado que te marcharas. Este argumento brutal, frío y cortante más que el viento que le daba en la cara, enseñoreándose poco a poco de su cerebro, se había posesionado con tal fuerza de él, convenciéndole de tal modo, que todas las excusas y atenuantes le parecían ya ridículas y falsas.
No te hagas ilusiones, no te quiere; todo ha sido un juego. Se ha burlado de ti; no te quiere; si te quisiera, no te habría dejado marchar. El brutal argumento se revolvía dentro del cráneo retorciéndose, agrandándose, extendiéndose, aprisionando las demás ideas que en vano se esforzaban por defender a la hipócrita. No te quiere; todo es mentira; su amor mentira, su virtud mentira, su heroísmo mentira. Solo el orgullo triunfa en ella y la vanidad y el amor propio. Si te quisiera, te habría abierto los brazos y te hubiera dicho: Soy tuya, pobre y rico, soy tuya, con dinero y sin dinero, con tristeza y con alegría. No te quiere. Si te quisiera, te habría dicho: ¡Qué me importa a mí el mundo, si mi mundo eres tú! ¡Qué me importa la tranquilidad de mi conciencia, si pierdo al no verte la tranquilidad de mi alma...! No te quiere. Si te quisiera, su amor habría vencido por encima de todo; no habría razonado, que el amor que razona no es verdadero amor... No te quiere.
Ante esta idea, un sentimiento de profundo odio se apoderaba de él, y crispando los puños atravesaba rápido calles y más calles taconeando sobre los charcos que se quebraban con salpicaduras de lodo. Sin que pudiera explicárselo, se encontró delante de su casa, mejor dicho, de la casa de _ella_. Instintivamente alzó los ojos y miró los balcones. Estaban oscuros, cerrados, con las persianas a medio levantar. En el piso de encima brillaba vivamente la faja de luz de una rendija. Las nubes seguían corriendo veloces por el cielo negro, ante el lívido cadáver de la luna.
Durante un cuarto de hora permaneció en el portal de la casa de enfrente, mirando con grande atención aquellos balcones herméticamente cerrados, queriendo adivinar lo que tras ellos sucedía, esperando un movimiento, una luz, un indicio cualquiera que le sacara de sus incertidumbres. Su imaginación atravesaba las persianas, los cristales, las recias maderas, pisaba la alfombra, rozaba los muebles, y entrando en la alcoba, veía a María dormida en la cama, tranquila, indiferente, mientras él permanecía clavado en la acera, tiritando de frío.
Después, como observase que el farolillo del sereno avanzaba hacia él, huyó bruscamente, temeroso de ser reconocido. Y siguió de nuevo su excursión por las calles. Algunas hembras de vida alegre le sujetaban del brazo al pasar junto a ellas, tratando de retenerle en su camino; él, sin mirarlas, se sacudía brutalmente y seguía avanzando, siempre avanzando, por las calles húmedas. En un reloj de torre sonó una campanada, una media; ¿las dos y media? ¿las tres y media? ¿las cuatro y media? No sabía. Había perdido la noción del tiempo.
En la calle de la Montera un nuevo chaparrón le obligó a guarecerse en el vestíbulo, todavía abierto, del pequeño café del Brillante; pero pareciéndole que las camareras se burlaban de él, abandonó aquel refugio, y volviendo sobre sus pasos, siguió aceleradamente por la calle del Caballero de Gracia, sin importarle el agua que le azotaba el rostro con frialdad de nieve.
Asaltole la idea de que todo el mundo, los serenos, los cocheros, los guardias de orden público guarecidos en el hueco de las puertas, los escasos transeúntes que pasaban con sus paraguas en la mano, se fijaban en él, en sus pantalones llenos de lodo y en su sombrero chorreando agua, y dominado por esta preocupación, bajaba la cabeza y apretaba el paso para llegar cuanto antes al café de Fornos, donde había resuelto esperar el día. Después ya determinaría lo más conveniente.
Al tratar de abrir la trampilla de la puerta, un individuo que salía al mismo tiempo, le dio tan fuerte encontronazo, que estuvo a punto de derribarle.
—¡Bárbaro! ¿No ve usted donde pone los ojos?
—Eso digo yo, ¿dónde mira usted? Pero, calle..., ¡Gener!...
—¡Boncamí!
—¡Quién iba a pensar! ¿Dónde demonios va usted a estas horas?
—A tomar chocolate.
—Hombre, si no tardara usted mucho, le acompañaría.
—No sé... Quizá esté toda la noche.
—¡Cómo! ¿no va usted a casa?
—Hoy no tengo casa.
—¿Qué dice usted?
—Pues, eso... Que esta noche no tengo dónde dormir.
—Ah, vamos, ya comprendo. Es decir, no comprendo nada. Pero, por lo pronto, si no tiene usted casa, véngase a la mía. Mañana ya hablaremos.
Abrió el paraguas y cogió a Luis del brazo; pero viendo que aquel era insuficiente para dos personas y que la lluvia arreciaba, cambió de parecer y llamó a un simón.
—Tomaremos un coche, ¡qué demonio! Un día es un día. Por una vez, seamos generosos.
XIII
—Aquí ha estado Mínguez esperándole a usted.
—¡Pobre hombre! Me figuro a lo que habrá venido.
—A pedirle a usted dinero. No tenía para comer mañana. ¡Me ha causado una pena! Le he dado dos pesetas, las únicas que me quedaban.
Boncamí palideció.
—¡Cómo! ¿Se ha quedado usted sin dinero?
—¡Qué iba a hacer! ¿Iba a consentir que no comiera?
—Pero, desgraciado; usted ignora que los que no vamos a comer mañana somos nosotros.
—¿Qué dice usted?
—Pues, eso; que yo tampoco tengo una peseta. No le he dicho a usted nada estos días porque confiaba en que usted tenía recursos.
—Lo mismo creía yo.
—¡Pues nos hemos divertido!
Lo dijo con tono tan compungido, que Luis no pudo por menos de echarse a reír.
—Sí, ríase usted; la cosa es, ¡vive Dios!, para tomarla a risa. No tenemos un cuarto. Se nos echa encima la miseria. Por lo pronto, no sé mañana cómo ni dónde comeremos.
—Vamos, hombre, no se apure usted; no faltará un alma caritativa que nos preste dos duros.
—A usted sí, a mí no; he abusado de todos los amigos; me da vergüenza molestarlos más.
—A mí también, pero, ¡qué demonio!, no hay más remedio.
—Y aun así: con dos duros resolveremos el problema de mañana y el de pasado mañana; pero, ¿y el otro?: porque supongo que no tendrá usted la intención de vivir de sablazos —exclamó brutalmente, con su franqueza acostumbrada.
Luis bajó la cabeza; el argumento no tenía vuelta de hoja.
—Sí, en efecto; tiene usted razón; nuestra situación es bastante triste.
—Bueno, bueno, dejémonos de lamentaciones; por lo pronto, lo que urge es estudiar el modo de que salgamos de ella. Vamos a ver: ¿por qué no le pide usted dinero a su tía? Un préstamo, quince o veinte duros que le devolveremos en cuanto me paguen el retrato.
Luis no le dejó acabar.
—¡Imposible! Antes pido limosna que solicitar nada de ella.
—Pues entonces, hijo, no veo solución.
Ambos callaron. Los rayos de la luna, penetrando por la ventana abierta, iluminaban con blanco fulgor el lienzo abocetado. En la penumbra del estudio, los cigarros encendidos brillaban cual gusanos de luz.
—¿En qué piensa usted?
—Pienso en que si yo no hubiera sido Quijote, a estas horas podríamos tener dinero.
Y le contó su conversación con Isabelilla.
—Hombre, claro está que ha sido usted un tonto; pero, afortunadamente, eso tiene remedio. Vaya usted a verla esta noche.
—Oh, no; ya no puede ser; ha pasado la oportunidad. ¡Con qué cara voy a pedir hoy lo que he rechazado hace cuatro días!
—Sí, es verdad, un poco violento resulta; pero ¡qué caramba!, la dignidad es una cosa relativa; no creo que vaya usted a tener dignidad con una mujer de esa clase.
Luis se resistía.
—La verdad, Boncamí, no me atrevo, no me parece decoroso.
—Déjese usted de tonterías. Ante el problema del estómago, no hay decoro que valga. Veinte duros en las circunstancias actuales, son nuestra salvación. Piénselo usted bien.
Luego, viendo que Luis, indeciso, callaba, agregó:
—¿Dónde vive esa mujer?
—¿Para qué quiere usted saberlo?
—Eso es cuenta mía. Usted limítese a contestar a mi pregunta: ¿dónde vive esa mujer?
Luis le dio las señas. Boncamí cogió el abrigo y el sombrero y se marchó.
Media hora después, regresaba con el rostro radiante de satisfacción y de alegría.
—¡Ea, ya tenemos dinero! ¡Veinte duros! ¡Se ha salvado la situación! ¡Viva Isabelilla!
—¡Cómo! ¿Se los ha dado a usted?
—A las primeras de cambio. Le dije que no tenía usted una peseta, y que por delicadeza no se atrevía usted a pedírsela. No me dejó acabar. Es una mujer simpatiquísima y bonita, ¡canastos!, una maravilla; no sabía yo que se trataba usted con hembras tan hermosas. Bueno; ahora es necesario que celebremos consejo de ministros; es preciso aprobar la distribución de fondos del mes: no nos vaya a suceder otro fracaso dentro de ocho días. Porque yo, al paso que vamos, no sé cuándo voy a terminar el dichoso trabajo de Rose. Ya ve usted, hace tres días que no viene al estudio...
Después, ya en el terreno de las confianzas, se atrevió a preguntar a Gener qué proyectos tenía para el porvenir.
—Pues, no sé..., todavía ninguno. Aceptar lo que caiga... Por lo pronto, confío en el periódico de Sánchez Cortina.
—¡Oh, no confíe usted en eso! Sabe Dios cuándo saldrá. Desde luego puedo asegurarle que se ha desistido de que sea rotativo; se tirará en máquina plana, ¡y gracias! Todo aquello de la información telegráfica, de los corresponsales propios, se ha desvanecido; Fabra y Mencheta. A juzgar por todo ello, hay que suponer que los sueldos no serán sobrados. De manera que si no cuenta usted con otros recursos...
—Bedmar ha ofrecido publicarme en _La Abeja_ un trabajo semanal.
—Quince pesetas; tres por cuatro, doce duros al mes. Tampoco lo creo solución.
—¿Y qué quiere usted que haga?
—¡Canastos! Qué sé yo..., algo más importante, algo que dé dinero y al mismo tiempo gloria. A usted le sobran talento y energías para acometer empresas de mayor fuste; no lo digo por halagarle, no; ya sabe usted que yo para estas cosas soy muy franco. Usted es de los que tienen condiciones para llegar; si no llega usted, será por pereza o por holgazanería.
—¿Y qué quiere usted que haga? —volvió a repetir Luis.
—Hombre, eso lo sabrá usted que conoce sus aptitudes mejor que yo. Hay mil caminos para un artista, la novela, el teatro, la tribuna...
Luis quedó pensativo.
—El teatro, sí..., ya había yo pensado en ello, el teatro grande, una gran comedia... ¡Pero es el público tan exigente! ¡Han variado tanto los tiempos! ¡Es tan difícil llegar hoy al corazón de la muchedumbre y conmoverle y hacerle sentir! En un espacio de quince años el público ha variado por completo. Antes era muy fácil hacer una comedia; con cuatro situaciones efectistas y cuatro frases ingeniosas, se lograba, si no el aplauso, por lo menos la benevolencia. Hoy es dificilísimo. El nivel de cultura se ha elevado mucho; no habrá genios, pero cualquier espectador tiene por lo menos tanto talento y tanta cultura como el autor de la obra que se representa.
—Sin embargo, el que no se arriesga no pasa la mar. ¿Que hay dificultades? Mejor; a mayor dificultad mayor triunfo.
—No, si le digo a usted que he pensado en ello y que intentaré hacerla, quizás antes de lo que usted supone. Lo importante es dar con un asunto; el asunto es el todo; porque, como antes decíamos, hoy no se puede hacer tonterías. Tal como yo concibo el teatro y el público, creo que no es posible llevar a la escena más que dos cosas: o un estudio psicológico o un gran problema; o coger un alma y exhibirla y desmenuzarla en todos sus afanes, y en todos sus secretos, y en todas sus tristezas y en todas sus alegrías, mostrando lo más íntimo, descendiendo a lo más pequeño, descubriendo lo más oculto, o un problema moderno, un problema social o moral, palpitante o sugestivo, que a todos nos interese y a todos nos importe.
Cuando al día siguiente se levantó Boncamí, encontró a su amigo trabajando afanosamente detrás del biombo.
—¡Demonio! ¿qué hace usted tan trabajador?
—¿Qué hago? Mi comedia, ¡caramba! Anoche en la cama di con el asunto.
—Muy bien, me parece muy bien. Y ¿qué es ello? ¿El estudio del alma o el gran problema?
—El gran problema.
—¿Y se titula?
—Se titula: _Ganarás el pan..._
XIV
—Vengo con una misión delicada —dijo Pedrosa sentándose en un taburete—, una misión de diplomático.
—¿De diplomático?
—Tú mismo juzgarás: he visto a tu tía; la pobre está muy disgustada y muy preocupada; muy disgustada porque no vas a verla; muy preocupada, porque no sabe cuál es tu situación.
—Bueno, pues dile a mi tía que no se disguste, que uno de estos días iré a verla, con muchísimo gusto; y por lo que se refiere a mi situación, no creo que tenga por qué ni para qué preocuparse de ella.
—Mira, Luis; yo no sé qué resentimientos pueden existir entre tu tía y tú; no lo sé ni me importa, ni quiero saberlo; pero soy amigo de ambos, os quiero a los dos y me considero en el deber de hacer cuanto esté de mi parte para que esos disgustos se suavicen.
—Te equivocas; yo no he tenido ningún disgusto con mi tía; me he marchado de su casa sencillamente porque no me parecía correcto seguir viviendo con ella después de haberse quedado viuda.