Part 7
—¡Toma si me lo arma!, no sería el primero. Pues por eso. No creas tú, que me da cierto temor salir con Petrita, porque cualquier día nos pilla cogidos del brazo; y como es tan animal y tan fiera, no te digo lo que va a ocurrir. La voy a tener que dar dos palos en mitad de la calle, y otros dos en mitad de la cabeza.
—Manolo, no hagas chistes. Bastante tenemos ya con los de Castro.
IX
—¿Qué es eso? —preguntó Elena entrando en el cuarto y tirando sobre la butaca el mantón de Manila que la doncella recogió cuidadosa—, ¿qué le pasa a Gener, que va por esos pasillos como un loco?
—¿Qué le va a pasar? —contestó Pedrosa señalando a Manolo—; que este es un majadero que habla siempre más de lo que debe, y como es natural, se lleva cada revolcón que Dios tirita.
—Pues nada, no hay ningún revolcón. Si se ha enfadado, culpa suya es; yo no le he dicho más que la verdad; el que se pica, ajos come.
—Estás en un error, no es verdad; pero, aunque lo fuera, esas cosas no deben decirse.
—Pero, ¿qué es ello? —insistió Elena.
—Nada, majaderías de este.
—¿Majaderías, eh?, verá usted, Elena, lo que ha ocurrido. Luis empezó a tomarme el pelo por si voy o no voy siempre con mi chica por la calle; yo me exasperé y le dije que, realmente, es mucho más cómodo tenerla en casa.
—Hombre, claro está que se habrá enfadado. Y con razón. ¿Sabe usted que, en efecto, voy creyendo que es usted un poco majadero, Manolo?
—¿Usted también me va a tomar el pelo? Pues..., buenas noches.
Cogió el sombrero y el gabán y se marchó.
—Pues, señor —dijo Castro—, está buena hoy la tertulia, buena, buena... Cualquiera se desliza. ¿Se puede saber qué mosca les ha picado a ustedes?
—A mí, ninguna —contestó Elena—; casualmente esta noche estoy yo contentísima.
—¿Y eso?
—Figúrese usted; mañana Lunes Santo; seis días sin función. ¿Ustedes saben lo que para mí significa seis días sin trabajar, sin estudiar, sin ensayar, sin hacer más que lo que yo quiera y lo que me dé la gana?
—No todos creen lo mismo.
—Es verdad —replicó tristemente—, para esos pobres racionistas, para esas infelices chicas del coro, la Semana Santa es una semana terrible: para ellos sí que es una verdadera semana de pasión y de ayuno. ¿Ven ustedes?, también hago yo frases; me he contagiado. ¡Claro!, no podía ser otra cosa. Vaya, caballeros, con el permiso de ustedes, me voy a desnudar. Estoy deseando llegar a casa; tengo un sueño que no veo.
—Sí, sí; a descansar.
—Ea, Elenita, adiós, hasta dentro de unos días.
—Es verdad; hasta el Sábado de Gloria.
—¡Gracias a Dios! —exclamó cuando se marchó el último—. ¡Qué pesadez!, siempre estos moscones metidos en el cuarto.
Pero apenas cerró la puerta, sonaron en ella dos suaves golpecitos.
—¿Quién? —preguntó malhumorada—: no se puede, me estoy desnudando.
—Soy yo, Elenita.
—¡Ah, eres tú! —exclamó cambiando de tono al reconocer la voz de Antonio, y abriendo presurosa la puerta—. ¿Qué quieres?
—Nada... —contestó él balbuceando, sin pasar del umbral—: saludarte, ¡como vamos a estar tantos días sin vernos!
—Seis días..., verdad. Pero, pasa; ¿qué haces ahí? ¿Tienes prisa?
—No, ninguna.
—Entonces pasa y siéntate, yo termino en seguida. Ya ves, tengo puestas las mallas todavía; no me las quito hasta llegar a casa. Mira, haz el favor de cerrar la puerta; no quiero que entre nadie.
En seguida, ayudada por la doncella, y en presencia de Antonio, despojose rápidamente del traje que llevaba; se puso otro de lana oscura, echose una capa sobre los hombros, envolviose la cabeza en una toquilla y le dijo a Bedmar:
—Antoñito, ¿quieres acompañarme a casa?
Antonio se quedó como el que ve visiones.
—Con muchísimo gusto.
—Pues, ea, vámonos.
—Mira, abrígate bien; la noche está fría.
Sí, estaba fría; un airecillo del Guadarrama soplaba sutil por el callejón de San Ginés con amenaza de pulmonía.
—¿Quieres que tomemos un coche?
—No, ¿para qué? Iremos de prisita y así entraremos en calor.
Y levantando la capa de Manolo se colgó de su brazo.
El pobre bohemio se quedó lívido al sentir el suave contacto de aquella carne tibia; violenta crispación le sacudió los nervios.
—¿Qué tienes?
—Nada; frío.
En un momento llegaron a casa de la actriz.
—Anda, sube —le dijo ella—; tomaremos una taza de té y charlaremos un rato; tengo muchas ganas de charlar contigo.
Él, emocionado, loco de alegría, no sabía qué contestar. ¿Pero era posible, Dios mío? Parecíale que estaba soñando, y se pasaba instintivamente las manos por los ojos, para convencerse de que no era delirio. No, no lo era; aquella era su casa, aquel el recibimiento con su perchero de nogal adornado de verdes palmeras; aquel el gabinete coquetón y lujoso; aquella la _chaise longue_ sobre la cual, embelesado, escuchó tantas veces las palabras de amor de su Elena, de su Elena del alma, que de nuevo se le aparecía, hermosa como nunca, como nunca adorable.
Aturdido, emocionado, permanecía de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer ni que decir.
Ella se quitó la capa y la toquilla, las arrojó sobre una butaca; aproximose a él, y cogiéndole las manos y oprimiéndoselas con fuerza, le dijo apasionada:
—Antonio, Antonio de mi vida, ¡qué ganas tenía de mirarte así!
Él abrió los ojos espantado; pareciole que todo giraba a su alrededor, que el suelo se hundía, que los muebles danzaban; quiso hablar y los sollozos ahogaron su voz, sollozos de alegría...
Loco de amor cayó a sus plantas, abrazado a sus piernas, besándole las manos, en una violenta crisis de ternura.
X
—¿De modo que te vas?
María pronunció estas palabras con tono tan triste, tan hondamente triste, tan lleno de dolor, que Luis no osó replicarla; hundió la frente en las manos y de nuevo quedó callado y pensativo.
Y pensativa y callada quedose también ella, los brazos caídos, la mirada perdida en un grupo de nubes que ensangrentaba el sol.
La tibia luz del crepúsculo penetraba por el balcón abierto abrillantando los metales, destacando las molduras, reflejándose en los espejos, luchando tenazmente con las primeras sombras que, lentas, silenciosas, surgían del fondo de la estancia, apoderándose de los macizos muebles, posesionándose de los paños, apagando los tapices, amortiguándose a lo largo de las paredes hasta sumirla en dulce semioscuridad de santuario.
Un sollozo que creyó percibir le hizo alzar la cabeza y mirarla; no se había engañado: lloraba. Impasible, sin un grito en la garganta, sin una contracción en el rostro, con los ojos siempre fijos en el crepúsculo sangriento, lloraba gruesas lágrimas que resbalaban por las mejillas, se detenían al borde de los labios y caían, al fin, pausadas, gota a gota, sobre la blusa negra.
Sintió Luis que un latigazo le sacudía los nervios; crispáronsele las manos; quiso hablar y no pudo; comprendió que el valor iba a faltarle, y levantándose bruscamente se fue al balcón y se dejó caer de pechos sobre la barandilla.
La brisa de la tarde, al pasar por su frente, le aplacó los nervios y sosegó su espíritu.
Y así como al morir el día el cielo palidece y las sombras se agrandan y las líneas se borran y los objetos se confunden y solo queda brillante y luminoso el disco del sol, así en su cerebro palidecieron las ideas, los conceptos se borraron, se fundieron los pensamientos, y únicamente la imagen de su amor quedó triunfante y viva. Repasó lentamente la historia. La impresión que le produjo aquella mujer sencilla, ingenua, bonita, delicada, alma de niña, flor de estufa, trasplantada de la tranquila soledad del claustro a los brazos de un hombre como Tomás, duro, brutal, impresionable y vengativo. Los días felices de la luna de miel, breves, muy breves. Después el negro capítulo de Carlos, el odio implacable, los ultrajes continuos, las largas horas de martirio que al hacerla cada vez más desgraciada, la hacían cada vez más deseable. Luego, las incertidumbres crueles, las dudas amargas... ¿Me amará? ¿No me amará? ¿Será para mí algún día? ¿No lo será nunca? Y la esperanza siempre generosa: «Será para ti». Y el escepticismo siempre helado: «No lo será jamás». Y entretanto, una constante comunidad de ideas y sentimientos entre aquellas dos almas; un comercio intelectual y moral de sensaciones; un afecto recíproco que crece y crece y se agiganta y se convierte en pasión loca, avasalladora, dominante. Amor condenado a vivir encerrado en el fondo del alma, como delito vergonzoso, con la esperanza de poderle ver surgir un día franco y descubierto. Y he aquí que el día llegaba y la realidad se interponía de nuevo entre sus sueños para destrozarlos brutalmente y decirle: «Esa mujer no es para ti».
No, no es para ti. ¿Quién eres tú, qué vales ni qué derecho tienes para aspirar a ella? ¿Puedes hacerla feliz? ¿Puedes sostenerla con el decoro que su educación necesita? ¿Puedes casarte con ella? Pues si no puedes casarte, ¿qué es lo que pretendes? ¿Hacerla tu querida, obligarla a que sacrifique su virtud, el único bien de su alma, lo único en que la pobre cifra su vanidad y su orgullo? ¿Quieres condenarla a que se avergüence de sí misma, a que tenga que bajar humillada la cabeza ante las murmuraciones del mundo, ante la maledicencia de las gentes, ante la opinión de cuantos la conozcan, que no verán jamás en esta unión el triunfo del amor puro y bueno que todo lo justifica y todo lo perdona y todo lo enaltece, sino, por el contrario, la egoísta adquisición de goces materiales, la grosera satisfacción del vicio? ¿Qué otra cosa podían significar las burlas veladas, las risas maliciosas de sus amigos? Bien claro lo había oído. ¿Y ese era el premio que pensaba darle a sus sufrimientos, a su bondad y a su ternura?
Y aun en el caso de que su amor le hiciera romper con estos convencionalismos, con estas preocupaciones ridículas del mundo que sujetan las pasiones a la fórmula de un sacramento, ¿tendría ella el mismo valor? ¿Accedería ella? Y aun suponiendo que accediese, ¿iba a continuar en su casa, viviendo a costa de ella, dejando que ella le mantuviese? ¿Era esto digno? ¿Era esto decoroso?
El crepúsculo tocaba a su fin. Las nubes habían perdido sus matices sangrientos y se deshacían en el espacio como grises bocanadas de humo. Detrás de ellas plateaba el disco de la luna. Entre un jirón inmenso, Venus lucía con titilante brillo. La sombra del infinito caía lentamente. Un murciélago pasó revoloteando delante de sus ojos con rápidos giros.
No le quedaba más remedio que separarse de ella, alejarse, luchar por la vida, entregar su alma a los burgueses, ganar dinero, fuese como fuese, mucho dinero, viniera de donde viniera, que luego ya le santificaría él nuevamente transformándole en arte y en amor. Y entretanto, coger su cariño y guardarle como sagrada reliquia, huir de María, no buscarla, contentarse con que caprichos de la suerte le colocaran frente a ella para contemplarla un instante, como se contempla la joya que nos deslumbra y que no podemos adquirir; la obra de arte que nos emociona y que no podemos poseer; la creación musical que nos embriaga y que ni siquiera sabemos interpretar. Ella le esperaría; confiaba en ella.
Y más tranquilo ya, envalentonado con esta esperanza, regresó al gabinete.
Ella no se había movido. Con los brazos caídos y los ojos siempre fijos en el espacio, continuaba silenciosa. Largo suspiro abrió por fin sus labios y volvió a repetir:
—¿De modo que te vas?
—Sí, me voy.
Y con voz torpe y frases entrecortadas, como el que no cree en lo que dice, le explicó el motivo. Él no podía continuar allí más tiempo. No solo no era digno ni decoroso para él, sino que constituía un peligro para ella, para su reputación y para su honra. Él no podía en manera alguna exponerla a las murmuraciones del mundo. El mundo no vería en ellos más que un hombre joven y una mujer hermosa que vivían juntos sin estar casados. El mundo es así; juzga por apariencias, y sus fallos son inapelables. No podemos sustraernos a ellos; no podemos romper con la realidad que nos ahoga y nos empequeñece y nos anula y nos convierte en marionetas de Guignol, en pobres seres sin voluntad y sin albedrío, sujetos a las leyes frías, inexorables, de una sociedad sin fe y sin corazón. Pasamos por la vida como sombras de nosotros mismos. Por miedo a los fallos del mundo, ahogamos en flor nuestros más bellos ideales, nuestras ilusiones más bellas; refrenamos nuestras pasiones, ocultamos nuestros deseos, y en carnaval perpetuo cubrimos con máscara de risa los más puros afectos. Tú y yo nos queremos, nos adoramos con toda el alma y, sin embargo, tenemos que separarnos uno de otro... Ya lo ves...
—Es verdad..., es verdad —asentía María tristemente.
Era completamente de noche. Un rayo de luna, rompiendo los celajes, caía sobre ella iluminando su cabeza rubia y sus mejillas pálidas. En el fondo de la estancia, entre los grandes cortinones rojos de la capilla, se destacaba, alumbrado por el mortecino fulgor de las lámparas, el Cristo de marfil.
—Me voy; pero no creas que por eso me separo de ti, no; yo volveré y cuando vuelva, yo te diré todo lo que tengo guardado en el fondo del alma, lo que yo he sufrido, lo que yo te quiero. Yo te diré que te quiero como no ha sido querida jamás mujer alguna; yo te diré que al solo recuerdo de tu imagen, la más pequeña fibra del más pequeño músculo se agita de emoción. Yo no puedo vivir sin ti, María. Me levanto y me acuesto pensando en ti. No hay un solo momento en todo el día en que el recuerdo de tu persona no me martirice. Te tengo metida en el cerebro. Yo no puedo trabajar, no puedo hacer nada; estoy anulado para todo lo que no sea mi amor y mi María.
Ella le escuchaba atentamente, sin demostrar la menor extrañeza, como si todo aquello fuese cosa sabida. Él continuó, cogiéndole las manos, que ella no retiró:
—Te adoro, María, te adoro. Eres mi vida, mi alma, mi alegría. Tú espérame, que yo volveré; y cuando yo vuelva, todo lo que tenga, todo lo que sea, todo lo que valga será para ti. Yo te daré todo lo que tú necesites. Más. ¿Quieres cariño? A montones. ¿Quieres ternura? A raudales. Yo satisfaré todas tus ansias; yo te querré por todos los que no te han querido. Yo me arrancaré el corazón con las uñas y te lo daré diciéndote: toma, para ti, ámale o despréciale, mímale o estrújale, acaríciale o pisotéale; haz lo que quieras, para eso te lo doy, es todo tuyo. Yo te veneraré como a una madre, te querré como a una novia, te respetaré como a una hermana, te desearé como a una amante; tendré para ti ternezas de niño y caricias de fuego; en una palabra; yo te amaré como no ha sido amada jamás mujer alguna.
—¡Calla, por Dios!
—¡Cuánto te quiero, María de mi alma! ¡Cuánto te necesito! ¡Qué ganas tengo de que seas mía! ¿Cuándo serás mía, verdaderamente, enteramente, completamente mía?
—¡Luis, déjame, no me enloquezcas! —contestó ella con voz ronca, ahogándose.
Él no la oía. Aproximándose a su cara hasta abrasarla con su aliento, aprisionándole las manos cada vez con más fuerza, seguía apasionado:
—Te haré la más feliz de las mujeres. Si en el cariño fundas tu alegría, yo te volveré loca de cariño. ¡Verás cuánto amor, cuánta ternura, cuánto mimo tengo en el alma guardado para ti! Yo te juro, María, que te querré como no has soñado nunca que te quieran.
—Pues bien; yo también te quiero; yo también te juro... Ven —exclamó bruscamente, poniéndose en pie y llevándole nerviosa a la capilla—. Yo te juro también que te quiero mucho, mucho. Yo te juro, delante de ese Cristo que nos oye, que seré tuya o no seré de nadie.
Los rayos de la luna se apagaron de pronto tras las nubes grises, sumiendo el gabinete en honda oscuridad. Una ráfaga de aire, penetrando furiosa por el balcón abierto, sacudió con estrépito los cristales, barrió un periódico abandonado sobre una silla y, llegando hasta el oratorio, hizo oscilar las luces de las lámparas que alumbraban al Cristo.
—Yo también te amo —siguió ella diciendo—; todas esas fiebres, todas esas ansias de que antes hablabas, las siento yo también. Yo también te necesito; yo también quiero ser tuya verdaderamente, enteramente, completamente tuya. Y lo seré; ¿verdad, Dios mío, que seré suya? —preguntó con suplicante acento, clavando los ojos en el crucifijo de marfil.
Él, sugestionado por aquella fe, lo miró igualmente.
Y ambos quedaron de nuevo largo rato silenciosos; uno de esos silencios hondos, deprimentes, que pesan como losas de plomo. María fue también quien lo rompió primero para decir tristemente:
—Mi vida está desde este instante consagrada a ti, a Dios y a ti. Cuando me busques me encontrarás siempre, siempre seré la misma. Pero ¿y tú, Luis? ¿Puedo yo tener la misma confianza? Eres joven, eres libre, el porvenir es tuyo..., en tu camino encontrarás mujeres que valgan más que yo, ¿te acordarás de mí?
—¡Siempre!
—No me olvides, Luis, no me olvides: no podría vivir sin tu cariño.
Las mortecinas luces de las lámparas seguían alumbrando el oratorio con dulce claridad. Bajo el dosel de púrpura, la Virgen los miraba con expresión de infinita ternura; sobre el altar abría sus brazos piadosos el Cristo de marfil.
—Adiós, María.
—¿Tan pronto?
—Sí... Si no me voy ahora, no me iré nunca. Mañana quizá no tendría fuerzas para ello, y es preciso que me marche; ¿verdad que es preciso?
Ella palideció más todavía; un temblor nervioso recorrió su cuerpo; sus ojos se llenaron de lágrimas; pero reponiéndose en seguida, contestó:
—Sí, es preciso.
—¡Adiós!
—Adiós, mi Luis.
—Adiós, mi alma.
Cogió su mano y la llenó de besos. Después salió tambaleándose.
Ella quedó de pie, atontada, escuchando cómo los pasos de él se perdían en el silencio del pasillo. Luego clavó en el Cristo los ojos suplicantes.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Tú que lees en el fondo de las almas, ten compasión de mí!
Y cayó de rodillas, sollozando.
XI
Anduvo mucho, muchísimo, no sabía cuánto ni cómo ni por dónde. Anduvo errante, a la ventura, por calles y plazuelas, eligiendo las menos concurridas, esquivando las miradas de los transeúntes, temeroso a cada instante de encontrarse un amigo impertinente que le sacara de sus meditaciones que, tristes y todo, tenían el adorable encanto de ser suyas. Pasó, repasó y volvió a pasar el intrincado laberinto de calles desde la suya a los Mostenses y desde los Mostenses a San Gil; subió la de Leganitos, y huyendo de la de Preciados, se metió en los alrededores de la plaza de los Ministerios; bordeó luego los jardines de la plaza de Oriente, pasó frente Palacio, siguió por Bailén, cruzó el Viaducto y, torciendo después a la izquierda, entró en la de Don Pedro, bajó a la de Segovia y se perdió en las intrincadas callejuelas del Madrid viejo, en las retorcidas, desiguales calles de la antigua villa, más frías, más tristes, más lóbregas que nunca, bajo el cielo nublado.
En el silencio de estas viejas calles donde los pasos retumbaban como en sonoro claustro de convento, sus ideas confusas comenzaron a cristalizarse poco a poco; el instinto de la vida, sobreponiéndose a todo con brutal egoísmo, fue borrando tristezas, recuerdos, delirios, toda la parte ideal de sus amores, para mostrarle al fin, cruda y escueta, la terrible realidad del presente, el problema, planteado ya, de su nueva situación en el mundo.
¡Bonita situación! Sin familia, sin amigos, sin casa, sin dinero... ¿Qué hacer en este trance, qué hacer? Y como la contestación satisfactoria no llegaba, seguía errando, pausada y tardamente, por las viejas calles, más tristes, más lóbregas, más solitarias cada vez. El viento triunfaba en ellas, retorciéndose en las esquinas, apagándose en las fachadas, barriendo los desperdicios del arroyo, silbando en los aleros, zarandeando persianas y cortinas, haciendo oscilar las llamas de los faroles que, débiles, temblaban como reverberos de retablo. Las sombras vagas de los transeúntes, al pasar bajo el radio mezquino de luz, se destacaban un momento; después se confundían de nuevo en la negrura de la noche. Aullaba un perro. Una guitarra gemía plañidera una copla andaluza.
En el silencio augusto de estas calles, de estas viejas calles retorcidas y lóbregas que pesaban sobre su conciencia con la tristeza acumulada de tres siglos, Luis sentía que su espíritu declinaba, que su voluntad se adormecía y que un abatimiento profundo, muy profundo, se iba apoderando lentamente de él. Se encontró solo, abandonado y triste; triste sobre todo. Un ansia imperiosa de llorar, de desahogar su corazón acongojado, le acometió de pronto, y apoyándose en el saliente de una reja, lloró largo tiempo, con lágrimas tibias y sollozos hondos.
Poco a poco sus energías reaccionaron. Se dio cuenta de su debilidad, y, avergonzado, irguió la frente y paseó la mirada por la calle. Nadie le había visto; todo dormía en el reposo augusto; solo el viento seguía silbando en las encrucijadas, zarandeando las cortinas de lona y empujando las nubes que, en el gris pizarroso del cielo, ante el lívido espectro de la luna, se extendían flotando como algas gigantescas. Terció la capa con gallardo ademán y siguió andando, tranquilo ya, seguro de sí mismo, firme el pisar y la mirada altiva.
A medida que el problema se desenvolvía en su cerebro, le encontraba más fácil y sencillo. Después de todo, aquello era perfectamente natural. No había por qué ni para qué abatirse. Solo los espíritus pobres decaen en la lucha; la temen y la huyen. Los fuertes la persiguen, combaten y triunfan. En la batalla de la vida, solo sucumben los cobardes y los débiles. Razonando con frialdad de esta suerte, hubo un momento en que hasta se alegró de su nueva situación, de este cambio de vida que le permitiría en lo sucesivo desenvolver sus ideales, sus energías, sus grandes ambiciones de gloria, sujetas hasta entonces por la inacción y el indiferentismo. No sentía remordimiento alguno por lo que había hecho; al contrario, le parecía admirable aquella ruptura inesperada y brusca. Así estaba más libre y más independiente.
Sin saber cómo se encontró en la calle del Arenal, esquina al pasadizo de San Ginés, en el momento mismo en que los grandes focos eléctricos apagaban unánimes su resplandor blanquísimo. La gente salía del teatro, las mujeres tapándose la cara y los hombres encendiendo pitillos. Avanzaban lentos, en compacto grupo por el angosto pasadizo donde se separaban, extendiéndose a lo largo del arroyo como río que se sale de madre. Los coches alquilados se alejaban retumbando con ruidoso rodar.