Part 4
Los músicos habían tenido que repetir el vals porque Elena no sabía una palabra de la letra. A cada momento se equivocaba, le faltaba la frase, y para no perder el compás seguía tarareando la música. Al fin acabó por confesar que no había tenido tiempo de estudiarle.
—Esta tarde, en casa, lo aprenderé.
—Eso es —protestó Cañete malhumorado—. Y la obra se estrenará el día del juicio.
—No, no, yo le prometo a usted que me le aprendo esta misma tarde; ¡si es sencillísimo!
—Señor Cañete —dijo un portero entrando—, aquí hay un caballero que quiere hablar con usted.
—Bien, dígale que tenga la bondad de esperar un momento. ¿Ensayamos el tercer cuadro? —prosiguió dirigiéndose a Bermúdez.
—Como usted quiera.
—¿Vamos con el terceto?
Carmencita Cruz, la segunda tiple, se aproximó a ellos.
—Maestro, perdóneme usted, pero me es de todo punto imposible cantar; pesqué anoche un catarro y ando muy mal de la garganta.
—¡Pero, mujer, por Dios, haga usted un esfuerzo...!
—Imposible, maestro, imposible; si canto ahora en el ensayo y por la noche en la función y mañana por la tarde vuelvo a cantar, cuando llegue el estreno estaré completamente afónica.
—Señor Cañete, ese caballero que desea verle a usted...
—Que se espere, y si no quiere esperarse que se vaya —exclamó el músico desesperado—. Pues, señor, ¡estamos buenos!
—No se enfade usted, maestro —replicó Carmencita mimosamente—; yo le aseguro a usted que me sé perfectamente la obra: ya lo verá usted la noche del estreno.
—Lo que yo estoy viendo es que esto no se estrena en la vida.
Bermúdez se encogió de hombros. ¿Para qué enfadarse? Siempre sucedía lo mismo.
—No perdamos tiempo —dijo—: puesto que Carmen no puede cantar, ensayemos otra cosa. ¿Qué le parece a usted que ensayemos?
—Lo que a ustedes les dé la gana —contestó Cañete cada vez peor malhumorado—; como si no quieren ensayar... Me da lo mismo.
—Vamos, maestro, un poco de paciencia...
—¿Paciencia? ¡Pero si esto es capaz de acabar con la de Job!
—Señor Cañete, ese caballero...
—¿Otra vez? Dígale usted que pase. Veamos quién es ese caballero que tiene tanta prisa.
Un individuo vestido de negro asomó entre bastidores; avanzó lentamente, cegado por la oscuridad, tropezó en una silla, se encaró con Bermúdez, después con Castro, luego con Boncamí y por fin se quedó parado en medio de la escena, mirando a todas partes. Cañete se acercó a él.
—Usted dirá.
—Ah, perdone usted..., con esta oscuridad... ¿Es usted el señor Cañete? Pues bien, yo soy un admirador de usted, un fervientísimo admirador... Me he enterado de que estrena usted mañana una obra y, la verdad, quisiera ir a aplaudirla.
—Pues apláudala usted —contestó groseramente Cañete—. ¡A mí qué me importa!
El otro no se desconcertó.
—El caso es, ¿sabe usted? —añadió dando vueltas a su sombrero hongo—, que yo lo que quería es que me diera usted una butaca..., perdone usted mi atrevimiento..., soy un ferviente admirador de usted..., desearía ver esta obra..., he visto todas las de usted...
—Pues hijo, lo siento muchísimo; pero no me queda ningún billete.
—Vamos, que alguno le quedará a usted...
—No, señor, no me queda ninguno...
—Bueno, ¡qué le vamos a hacer! Lo siento, lo siento mucho; es el primer estreno de usted al que no asisto.
Iba a retirarse cuando Cañete le retuvo.
—¿Ve usted aquel caballero? Pues es el señor Suárez, el maestro Suárez, mi colaborador, es muy posible que a él le queden butacas, véale usted.
—¡Oh, muchas gracias, señor, muchas gracias...! —replicó atentamente, y se marchó en busca de Suárez.
—Estamos perdiendo tiempo —volvió a insistir Bermúdez—; ¿qué ensayamos?
—¿Qué quiere usted que ensayemos ya? Son cerca de las seis. La Cruz no quiere cantar, la Samper no sabe una letra, los demás están deseando irse a ver las máscaras, y yo mismo, yo mismo estoy ya harto de todos ustedes.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Se aplaza el estreno?
Castro intervino.
—No, nada de aplazamientos, de ningún modo. Demasiados aplazamientos llevamos ya. Si viene otro, retiro la obra.
Pedrosa fue también de la misma opinión.
—Nada de aplazamientos. La revista se estrena el miércoles. Después de todo, si la han de patear que la pateen cuanto antes.
—Bueno, pues hasta el miércoles; el miércoles, ya lo saben ustedes: ensayo general.
Todos se marcharon. Castro y Boncamí se quedaron en la puerta esperando a Gener. Permanecieron allí largo rato aguardándole; pero cansados de esperar, viendo que no venía, se fueron también.
—Es temprano —dijo Perico—; ¿quiere usted que nos lleguemos a Recoletos a ver las máscaras? Daremos una vuelta y después vendrá usted a cenar conmigo. Cambiaré un billete, y le daré los cuatro duros que le hacen falta.
IV
—Es un chiquillo —dijo Perico Castro limpiándose los labios con la servilleta—, un niño mimado, que hasta ahora ha tenido la suerte de no necesitar de nada ni de nadie. Pero, deje usted, que arrieritos somos...
Boncamí, muy atareado en partir un trozo de bistec, no contestó.
—Con menos presunción y menos tontería —siguió diciendo Castro— es indudable que Gener llegaría a ser algo. Le sobran condiciones, talento claro, ingenio fino, observación profunda, ilustración vastísima, cultura sólida, demasiado sólida quizá; yo temo que le perjudique. Siempre he creído que ese chico tiene demasiada cultura.
—Eso no perjudica nunca.
—A él sí, porque con esa manera tan particularísima de ver las cosas, el arte especialmente, resulta que no le gusta nada de lo que se hace; todos los escritores de ahora somos unos imbéciles, unos viles imitadores que nos pasamos la vida copiando: este argumento es de Shakespeare; este símil lo utilizó ya Esquilo; esta frase es de Goethe; este pensamiento lo desarrolló Leopardi en un soneto. Y a continuación, ¡pum!, ¡pum!, le suelta a usted el soneto íntegro, porque eso sí, el hombre tiene una memoria privilegiada. ¿Y usted cree que es posible trabajar de este modo? ¿Usted cree que es posible escribir una línea bajo la presión de estas preocupaciones? Yo, por mi parte, le confieso a usted ingenuamente que no podría, no, no podría, me sería completamente imposible.
Callose un momento para llevarse a la boca unas cuantas patatas fritas y después continuó:
—¿Pues y las cuestiones de estilo? Una asonancia le descompone, una cacofonía le vuelve loco, tres monosílabos seguidos... ¡Jesús qué horror! ¿Y la busca y captura del adjetivo?, el adjetivo justo, preciso, _que dé la sensación_ y al mismo tiempo que no rompa el ritmo de la frase, la augusta sonoridad del párrafo... ¡Figúrese usted, si uno fuera a preocuparse de estas cosas! Nada, nada, créame usted, ese chico está loco, no hará nada en la vida.
Boncamí, aunque tímidamente, se atrevió a protestar.
—Hombre, yo no entiendo de estas cosas, pero a mí, la verdad, me parece todo lo contrario. Yo creo que precisamente por este modo de trabajar y sentir el arte, el día que acierte, como acertará con una obra original, acertará de golpe.
—¿Usted lo cree?
—Sí; estoy convencido de que Gener ha de triunfar. No sé cuándo ni cómo, pero estoy seguro de que ha de hacer algo, no sé el qué, pero algo muy grande.
—¿Con esos procedimientos?
—Por ellos precisamente.
Ambos amigos callaron un instante. El camarero retiró el servicio y sirvió los postres.
—No se come mal, ¿verdad? Por dos pesetas, después de todo, ¿qué va usted a pedir? —dijo Castro. Luego, volviendo a reanudar la conversación sobre Gener, añadió—: Además, ese muchacho tiene un carácter muy especial, un orgullo desmedido, una presunción intolerable. Cree que todo se lo merece. Ya le ha visto usted hoy. Otro cualquiera, con lo que yo le he ofrecido, se hubiera vuelto loco de contento; él..., ya oyó usted..., no sé, veremos..., no me seduce el periodismo.
—Sí, eso es cierto.
—En todo es igual. El año pasado, cuando hice _La colcha de damasco_, la zarzuela que más dinero me ha dado a ganar, fui a buscarle para que la escribiéramos juntos. El asunto era mío, los asuntos son siempre míos; ahora que, como no sé dialogar, necesito colaborador. Pues bien, a las primeras de cambio me dijo que el argumento le parecía un disparate, y como viera que yo, cediendo en mi amor propio, consentía incluso en reformarle, acabó por decirme: «Mira, no te molestes; yo no me prostituyo con el género chico». Como es natural, tuve que mandarle a paseo. Pedrosa fue el que salió ganando con estos desplantes, porque se metió bonitamente un puñado de duros en el bolsillo sin comerlo ni beberlo, porque después de todo no hizo más que dialogar la obra. El asunto era mío.
Boncamí tuvo tentaciones de darle con la botella en las narices. Sin embargo, se contentó con decir:
—Sí, el asunto..., el argumento..., es claro... Siga usted.
—Siente un desprecio profundo por el género chico, un desprecio que raya en odio. Según él, todos los autores cómicos debíamos estar en la cárcel. No hacemos más que profanar el arte, embrutecer al público, estropear su paladar. ¡Como si el público entendiera de arte! Váyale usted al publiquito de Apolo con arte y prosa rítmica, verá usted qué pateo le mete. Y es natural, señor. Cada cosa en su sitio. Quédese el arte para esos libritos de papel _couché_, que se editan para regalarlos a los amigos porque no hay quien los compre, y que nos dejen a nosotros con nuestros chistes y nuestras burradas que son las que divierten y las que dan dinero. ¿No es verdad?
—Sí, hombre, sí; habla usted como un sabio.
—¡Pues es claro! ¿Por qué ese odio contra el género chico? ¿Cuál es el objeto del género chico? Entretener. ¿Lo consigue? Pues entonces no es tan malo. Y sobre todo, si no existiera el género chico, ¿de qué viviríamos nosotros?
Lo dijo con tan ruda franqueza que Boncamí se le quedó mirando. «Este hombre —pensó— o es un gran imbécil, o es un gran sinvergüenza».
Castro, sin alterarse, prosiguió con tono convencido:
—Hay que ser prácticos y dejarse de tonterías. Las teorías de Luis son muy bellas, pero inadmisibles. Con arte no se come, y lo primero a que hay que atender es al estómago. Hay que hacer dinero. Después, cuando se posea, es cuando uno puede permitirse el lujo del arte, un deporte como otro cualquiera. Lo demás es salirse del tiesto y vivir fuera de la realidad, como vive Luis.
—Pues si tan iluso le cree usted —dijo Boncamí, que no pudo contenerse—, ¿por qué ha ido usted a solicitarle?
—Hombre, le diré a usted. En primer lugar, yo no he negado nunca que Luis tenga talento; al contrario, estoy convencido de que lo tiene, de que en un periódico puede ser un elemento útil; en segundo lugar, yo podré censurarle como artista, pero le querré siempre como amigo. Me explicaré —añadió, al ver que Boncamí le miraba asombrado—: Luis, hoy por hoy, no necesita trabajar para comer. Vive con su tío, que está bastante bien y, por lo tanto, nada le hace falta. Pero ¿y el día que su tío muera, lo cual puede suceder de un momento a otro, porque el pobre señor está muy malo, qué será de ese chico? Sin carrera, sin fortuna, sin medios de vida, con ese carácter tan especial que Dios le ha dado...
Boncamí empezaba a comprender. Apoyó los codos sobre la mesa y se puso a escuchar a Castro con marcada atención.
—Luis quedó huérfano de madre, muy niño. Su padre, que por lo visto era también un señor algo especial, le metió en un colegio francés hasta los dieciocho años, y de allí le envió a estudiar la carrera de Derecho a la Universidad de Bolonia. Cuando se hallaba en el tercer año, le sorprendió la muerte de su padre. Vino a España a recoger la herencia que le correspondía, unos cuarenta mil duros, y como nada le tiraba en su tierra ni en ella tenía cariños ni afecciones, cogió el dinero y se marchó a París, donde se dio tal prisa a gastarse los cuarenta mil duros, que de no ocurrir la catástrofe de su primo, que le obligó a venir precipitadamente a Madrid, hubiera tenido que pedir limosna por las calles. Pero, de todos modos, el viaje solo fue un compás de espera en su ruina, una larga, porque lo que no se tragaron los _cabarets_ de Montmartre y los _restaurants_ de los bulevares, se lo engulleron La Bombilla y los reservados de Fornos. Total, que hoy Luis no tiene más capital ni más fortuna que una casa en su tierra, una casucha de mala muerte que ha querido conservar en un acceso de sentimentalismo, porque en ella nació él y en ella acabó sus días su pobre madre.
—Pero ¿y su tío? ¿No dice usted que está bien? Pues el día que se muera, Luis volverá a heredar.
—¡Ca! Don Tomás Gener es de los que se llevan la llave de la despensa. Hoy no le falta nada porque cobra cincuenta mil reales como ministro del Tribunal de Cuentas, porque es consejero de varias Compañías que le siguen pagando en recuerdo y agradecimiento de pasados servicios, porque ahora el pobre señor no sirve para nada; desde la catástrofe de su hijo es hombre perdido.
—¡Caramba! —dijo Boncamí, curioso—. Por dos veces le he oído a usted pronunciar la misma frase. ¿Qué catástrofe es esa?
—¡Pero cómo! —contestó Castro, admirado—, ¿no conoce usted la historia?
—Hombre, no —contestó Boncamí no menos admirado—, no la conozco.
—Pues, hijo, es usted el único; todo Madrid lo sabe. Una historia terrible. Se la contaré a usted.
Sorbió el café que quedaba en la taza, lió un pitillo, se acomodó en la silla, y como el que se dispone a una larga relación, dijo:
—Era don Tomás Gener, el tío de Luis, hombre de carácter campechano y alegre, francote en sus ideas, natural en sus modales, ducho en el conocimiento del mundo, y amigo, según se decía, de aventuras y trapicheos. Estaba viudo y tan encantado con su viudez que se ponía nervioso cuando se hablaba de matrimonio en su presencia. Y no es que no le gustasen el amor y las mujeres, nada de eso; la vida alegre que llevaba, demostraba todo lo contrario. Tampoco podía ser por experiencia adquirida en su primer matrimonio, pues todos aseguraban que le había tocado en suerte una de las más honradas, virtuosas y discretas mujeres de este mundo. Y tampoco podía ser por recuerdo a la memoria de esta, pues si bien es cierto que don Tomás la quiso y respetó mientras la tuvo a su lado, no estuvo jamás enamorado de ella. Su memoria debilitola pronto el tiempo, y si después de muerta la recordaba alguna vez, era solo para alabarla como mujer de su casa, hacendosa, callada y buena, nada más. Una sola causa podía haber, pues, que justificara este odio al matrimonio. Su hijo, la única pasión de su alma, Carlos. La idea de que otra persona pudiera tener autoridad sobre el muchacho le descomponía; la duda solo de que otra persona pudiera arrebatarle su cariño, le desconcertaba. Y no quiero decir a usted si esa persona en vez de quererle le hubiera odiado: ¡ah!, entonces todas las venganzas del mundo hubieran parecido pocas a Gener.
»Conocidos estos antecedentes, fácil le será a usted comprender la horrible lucha que en su alma se agitaba. Enamorado de una mujer con toda la pasión y la vehemencia de la segunda edad, mucho más terrible que la primera, porque no puede existir, no existe la confianza en el futuro; porque la razón y la experiencia están en su apogeo, y por tanto, no pueden, no deben ser vencidas por el sentimiento y la fe, sus enemigos que pasaron ya; porque en esta edad los placeres matrimoniales hállanse más sabrosos que nunca, quizá porque el cuerpo no puede ya soportarlos; porque una negativa, en fin, no es una desilusión, un desengaño, es mucho más, es la muerte del alma, es el asesinato del corazón. Por otra parte, el cariño imperioso que sentía por Carlos le hacía considerar este amor como una locura, una tontería, un disparate indigno de sus años. En su conciencia de padre desaparecía la mujer querida, llena de bondad y de ternura, y quedaba solo la madrastra, fría, severa, orgullosa, insensible. Recriminábase entonces, prometía ser fuerte y desterrar lejos de sí aquel amor que solo podía ser pasajero capricho, brutal deseo, desbordamiento de lujuria. Pero este amor crecía, se agrandaba ante los obstáculos como se agrandan las olas ante el dique que quiere contenerlas. Un día, por fin, la tentación fue demasiado grande. Carlos no estaba en Madrid. Aquella mujer se le aparecía sonriente y enamorada, brindándole un amor dichoso y tranquilo. Perdió la voluntad, se sintió débil y como una mariposa cegada por la luz se precipita en ella, él se cegó también y se casó.
Castro calló un momento para ver el efecto que en Boncamí producía su estilo brillante; pero como el pintor, más atento al interés del fondo que a las bellezas de la forma, nada le contestara, encendió de nuevo el pitillo que se había apagado y prosiguió:
—Los primeros meses de matrimonio transcurrieron para don Tomás dichosos y felices. Su mujer le respetaba y le quería. Amante y tierna, había cumplido cuanto de su ternura y de su bondad podía esperarse, y por lo que se refiere a los temores que abrigaba acerca del recibimiento que Carlos pudiera dispensar a su nueva madre, habían todos desaparecido. Era feliz, completamente feliz. Pero a partir de este momento, un nuevo pesar que se fue agrandando poco a poco, vino a turbar la paz que disfrutaba. Su hijo, aquel muchacho antojadizo y voluntarioso, se había vuelto de pronto, de decidor y alegre que era, en pensativo, malhumorado y triste. Apenas salía de casa. Presa de una inexplicable melancolía, procuraba huir de todo aquello que a fiesta y diversión se asemejasen. Llegó hasta olvidar sus habituales ocupaciones. Su mirada había adquirido un brillo extraño, intenso, casi fosforescente, que daba miedo. Su voz era temblona, pausada, hueca, sus ideas incoherentes, su modo de ser... inexplicable. Permanecía sentado horas y horas tras los visillos del balcón, con la frente apoyada en los pálidos dedos por los cuales se filtraban raudales de lágrimas, la mirada perdida en el vacío y el oído atento, como prestando atención a algún rumor imaginario. Desde los principios de su enfermedad, Carlos se había negado rotundamente a ser visitado por ningún médico, pretextando que no valía la pena de ser estudiada ni atendida. Atribuíala a una gran excitación nerviosa, a una irritabilidad de los sentidos, de la que tardaría poco en curarse, producida por alguna causa moral que fingía ignorar. Y que esta causa moral existía, no cabía duda. Todos estábamos convencidos de ella. Pero cuantas preguntas se le hacían resultaban inútiles, todas se estrellaban ante la respuesta inevitable: «No tengo nada». Una noche después de cenar y cuando el matrimonio se disponía a acostarse, escucharon con terror un tiro; acudieron al cuarto de Carlos y le encontraron con la cabeza destrozada.
—¡Qué barbaridad!
—¿No le decía yo a usted que era una historia horrible? Pues ya verá usted, ya verá usted. ¿Quiere que tomemos una copa de coñac?
—Como usted quiera.
—¡Mozo!, dos copas de coñac. Bueno, pues, verá usted... —encendió otro pitillo y continuó—: Como si la vida de Carlos fuese necesaria para la suya propia, don Tomás fue perdiendo las fuerzas poco a poco. Aquella energía, principal distintivo de su carácter, se fue debilitando; aquel cerebro sano y pletórico, fácil en pensar y en discurrir, se vio invadido por ideas confusas, atropelladas, incoherentes, por terribles sacudidas nerviosas, violentas crisis que le dejaban abatido. Postrado en el sillón, pasábase la mayor parte de las noches en vela, devanándose los sesos con extrañas investigaciones, batallando con su conciencia, para dar con la causa, para él inexplicable, del suicidio de Carlos. —Interrumpiose para tomar un sorbo de coñac y prosiguió—: Estas terribles luchas, minando poco a poco su existencia, concluyeron por dejarle en un estado de postración imposible. Las crisis nerviosas más violentas y frecuentes de día en día, se hicieron periódicas y concluyeron con una hemiplejia que, si no le causó la muerte, le dejó imposibilitado del lado derecho. Llegó a ser solo un cuerpo, una masa animada únicamente por una idea, por aquella idea que se agitaba, haciéndolas vibrar, entre las células de la indagación y del análisis, que debía darle la explicación del suicidio de Carlos. Una mañana en que, después de una noche de insomnio y de fatiga, procuraba arrancar de sus ojos una lágrima más de resignación y de esperanza, se acercó su mujer y se lo contó todo. Carlos se había enamorado de ella. Ella, ¡es claro!, le había rechazado, primero porque era un hombre, después porque era su hijo. Un día Carlos le aseguró que si no le correspondía se suicidaba, a lo cual no hizo caso, creyéndolo una de las muchas exageraciones con que se declaraba siempre. Yo no sé lo que don Tomás contestaría, pero lo cierto es que desde aquel momento tomó a su mujer un odio a muerte, tanto más terrible cuanto que se veía imposibilitado de vengarse. Impotente para poder ahogarla entre sus manos, ha concentrado todo su odio en la lengua, y con ella le escupe a la cara los insultos más soeces, las frases más dolorosas para la dignidad de una mujer.
—¿Y ella? —preguntó Boncamí, conmovido.
—Pues, nada, ella sufre y calla y lo tolera llena de compasión. Y es ella la que ahora pasa noches en vela, cuidándole y consolándole, llena de inmensa, de santa caridad.
—¡Pobre mujer! —dijo Boncamí.
—Sí, ¡pobre mujer! —añadió Perico.
Y ambos quedaron pensativos y tristes ante sus copas de coñac, que el gas hacía brillar como grandes topacios.
V
Al volver a casa se encontró Luis con la desagradable noticia de que su tío Tomás estaba enfermo.
—En cuanto te marchaste —le dijo su tía—, le entró un frío muy grande, con temblor en todo el cuerpo y castañeteo de dientes. Le di una taza de flor de malva y llamé al médico.
—Has hecho perfectamente. Y él ¿de qué se queja?
—Dice que le duele mucho el costado y la cabeza. Tiene, además, bastante calentura.
Hasta las nueve y media no vino el doctor Núñez; reconoció detenidamente al enfermo y dijo que padecía un catarro pulmonar.
—La cosa en sí no es de cuidado; pero dada la edad de este caballero, su naturaleza gastada y, sobre todo, su estado, cualquier complicación podría revestir gravedad. No quiere decir esto que hoy exista, nada de eso; pero hay que tener poca confianza, muy poca.
—Bueno, pero en resumen, ¿usted, cómo le encuentra?
—Pues, la verdad...
No se atrevía a anticipar juicio alguno concreto. Recetó varios medicamentos y se despidió hasta el día siguiente.
El tío Tomás se encontraba muy abatido; la respiración era cortada, fatigosa, interrumpida a cada instante por violentos accesos de tos que le obligaban a incorporarse trabajosamente sobre el brazo izquierdo. Debía tener mucha fiebre. No obstante, conservaba íntegras sus facultades mentales.
—¿Por qué no te acuestas? —dijo de pronto al ver a su sobrino sentado en un sillón cerca de él—; debes tener sueño. Anda, vete a la cama; María se quedará cuidándome.
A pesar del tono cariñoso con que estas palabras habían sido dichas, Luis creyó notar en ellas una intención perversa, algo así como deseo de mortificar a su mujer. Ella debió pensar lo mismo, porque amarga sonrisa se dibujó en sus labios; pero recogiéndola en seguida, contestó:
—Sí, Luis, acuéstate. Yo me quedaré.
—Pero, mujer, ¿cómo te vas a quedar toda la noche, con el frío que hace?
—Sí, yo me quedo. Vete tú a la cama. —Y como Luis vacilara, insistió—: Túmbate por lo menos en el sofá. Si haces falta, yo te llamaré.