Part 6
—¡Juliana! ¡Paca! ¡Rafael! —sus gritos se perdieron en el silencio del pasillo...—. ¡Dios mío, Dios mío!, no hay nadie..., se han ido todos..., y este hombre se muere... ¡Dios mío, qué horrible! —gritó sollozando, sin pensar que el enfermo vivía aún y podía oírla.
Luego, mirando a Luis, lívida la faz, húmedos los ojos, las manos suplicantes, en un ademán de inmenso dolor, siguió rogando:
—Un cura, es preciso que venga un cura..., es posible que todavía lleguemos a tiempo... Luis, ¿por qué no vas tú?...
—¡Te quedas sola!
—¡Qué importa eso! Lo principal es que venga un cura... Anda, Luis, ve, ve en seguida.
Luis echó a correr sin preocuparse siquiera de coger un abrigo. En el portal encontró a las criadas.
—Suban ustedes en seguida con la señorita..., el tío se muere.
Y salió corriendo por la plaza de San Ildefonso. Afortunadamente, la parroquia estaba cerca. En la tibia oscuridad de la sacristía, un pobre cura de cabellos blancos y enflaquecido cuerpo dormía dulcemente sobre ancho sillón de cuero de Córdoba. Al enterarse del objeto de la visita, se puso prontamente en pie, y con toda la rapidez que sus años le consentían, acabó de vestirse, sacó los santos óleos, llamó al monaguillo y echó a andar detrás de Luis, arrastrando los pies.
—¿Dice usted que está muy grave? ¡Pobre señor, pobre señor!, con tal de que lleguemos a tiempo...
Sí, llegaron; vivía aún. El cura, con piadosísima paciencia, le dio la santa unción sin que él, perdido ya el conocimiento, se enterara de nada. Vivía aún, pero era solamente su carne ya la que vivía. Su espíritu, su pensamiento, su inteligencia, ¡quién sabe dónde estaban! ¿Quién ha sabido nunca, quién sabrá jamás —pensaba Luis—, lo que ocurre en el cerebro de un agonizante?
Terrible fue la noche, inacabable y triste. ¡Pobre tío Tomás! La agitación de su pecho escuálido era cada vez más fuerte; más continuo cada vez el estertor que enronquecía su garganta. Su carne estaba lívida, rígidos sus miembros, su frente empapada de helado sudor que María, sentada a la cabecera del lecho, enjugaba caritativa.
En este estado pasó toda la noche y parte del día siguiente. A eso de las cuatro, el estertor cesó, sustituyéndole lentas, acompasadas aspiraciones, algunas tan largas que dos o tres veces creyeron que había muerto; pero no, venía otra aspiración y otra y otra más.
Cuando menos lo esperaban, un temblor imperceptible sacudió su cuerpo; su boca se abrió en una postrera aspiración, y expiró.
Luis, como si le hubieran quitado de encima un peso enorme, dio un fuerte suspiro y se dejó caer rendido y destrozado sobre el sillón.
Ella continuó de pie, rígida, inmóvil, la mirada tranquila, clavada en el pálido rostro del cadáver, con la serena impasibilidad de una esfinge.
VII
Amortajaron al cadáver con el hábito blanco de Santo Domingo y le trasladaron al gabinete de María, no solo porque era habitación más espaciosa, sino porque en él estaba el oratorio, un oratorio lindísimo, una verdadera capilla con altar y todo; grandes tapices de damasco cubrían el techo y las paredes; en la del fondo, bajo dosel de púrpura, una copia al óleo de la Concepción de Murillo, se destacaba al débil resplandor de dos lámparas de aceite colgadas del techo por cordones de seda; sobre el altar agonizaba un Cristo.
Amigos, vecinos y parientes acudieron desde el primer momento; se posesionaron de la casa y empezaron a dictar órdenes y disposiciones, como si se encontraran en la suya; ellos fueron los que avisaron a la funeraria, los que eligieron el féretro, los que le llenaron de flores y los que redactaron las esquelas. María y Luis no tuvieron que ocuparse de nada.
A las diez de la noche no se podía dar un paso por la sala; tal era el número de amigos que acudieron a saludar a la viuda.
—Acabamos de leerlo en el periódico... ¡Pobre don Tomás! Pero, hombre, ¿Cómo ha sido eso?
Luis, al principio, los recibía muy amable, refiriéndoles detalles de la enfermedad; pero harto al fin de repetir siempre la misma historia, dejó a los parientes de su tío que se las arreglaran como mejor pudieran y se refugió en su habitación con Boncamí, Manolo, Paco Gaitán y algunos otros íntimos.
—Castro y Pedrosa me han encargado que te diera el pésame; es posible que vengan luego, a la salida del teatro.
—Hombre, a propósito; decidme, porque yo con la enfermedad del pobre tío no he salido estos días de casa ¿qué tal la revista? De las reseñas de la prensa no he podido sacar nada en limpio...
—¿La revista? Pues verás tú; la noche del estreno anduvo aquello bastante mal; el respetable público la encontró pesada y aburrida; en el primer cuadro empezó a toser y a dar golpecitos con los bastones; en el segundo la tomó a chirigota, y en el último, cuando algunos bárbaros pedían muy convencidos la cabeza de los autores, los amigos y la _claque_ logramos imponernos y salvamos la obra.
—¿De manera que ha sido un fracaso?
—¡Quia!, nada de eso; ¡verás tú! En cuanto terminó la representación, cogieron la obra y se marcharon a la taberna de al lado Castro, Pedrosa, Cañete, Bedmar, Martín López, Fernández Gay, Fonseca, ¡qué se yo!, todos los percebes del saloncillo, y entre todos, corte por aquí, arreglo por allá, un chiste por este lado, una tontería por el otro, dejaron la revista que no la conocía ni el apuntador. Volvieron a representarla, y no solo gustó, sino que el público de buena fe está indignadísimo contra la prensa que ha dicho que es tan mala, y contra los reventadores que la patearon la noche del estreno.
—No me parece mal.
De pronto, comprendiendo que no era aquella conversación la más a propósito para una visita de pésame, cambiaron de tema y se pusieron a hablar de la enfermedad del pobre don Tomás. Gaitán se empeñaba en que el médico se había equivocado en el tratamiento; hacía mil preguntas a Luis sobre el curso de la enfermedad y refería con gran lujo de detalles los procedimientos modernos para curarla. A las doce se marchó, porque, según dijo, estaba de guardia en el hospital.
—Me he escapado solo un momento para saludarte.
Manolo se marchó igualmente.
—He dejado en Apolo a Petrita y a Amalia, y tengo que ir a recogerlas.
Los demás, a excepción de Boncamí, le imitaron pretextando imperiosas ocupaciones. En el salón quedaba también muy poca gente; dos primos del muerto, varios vecinos y algunos amigos de confianza. Todos se ofrecieron galantemente a velar el cadáver, pero con tal tibieza, que desde luego se adivinaba que lo hacían por puro compromiso. A la una y media solo quedaban los primos, Luis y Boncamí.
Entre los gases del muerto, la respiración de los vivos, el humo del tabaco y las luces de los hachones, la atmósfera se había viciado poco a poco, caldeándose y saturándose de olores nauseabundos. Fue preciso abrir los balcones para renovarla. La noche estaba fría; nublado el cielo; una bocanada de aire helado, húmedo, precursor de lluvia, penetró sutil.
—¡Caramba! ¿Saben ustedes que hace mucho frío? Vamos a coger una pulmonía.
Y para no cogerla decidieron marcharse al comedor y dejar solo al muerto. Después de todo, con que uno entrara de cuando en cuando en el gabinete a despabilar los cirios, había bastante. Rafael, el ordenanza del Tribunal, se encargó de ello. Sirviéronles grandes jícaras de chocolate con pan y manteca, y entre pitillo y pitillo se pasó la noche charlando, animadamente, de mil cosas distintas. Al amanecer, Boncamí y los primos se marcharon. Luis acostose hasta la hora del entierro. Cuando se levantó, la casa estaba atestada de gente; había gente en el comedor, en el despacho, en los pasillos, hasta en las alcobas; señoras enlutadas, sentadas en semicírculo alrededor de la viuda; caballeros graves, correctamente vestidos con levita negra, la mayoría hombres de edad, que avanzaban de puntillas hasta la capilla ardiente, con el sombrero en la mano, para contemplar un instante, por última vez, el rostro del amigo perdido.
A pesar de la lluvia que constante caía de las plomizas nubes, el acompañamiento fue muy numeroso hasta la Cuesta de la Vega; allí la mayoría se despidió y solo unos cuantos coches continuaron hasta el cementerio, chapoteando sobre los charcos de la carretera, convertidos en lagunas de lodo, bajo el agua implacable que azotaba los vidrios.
Era casi de noche cuando regresaron a casa. Seguía diluviando. Los balcones continuaban abiertos de par en par. En el rincón de la sala veíanse plegados los caballetes de las coronas, los hacheros manchados de cera, los negros paños festoneados de oro, dos o tres flores esparcidas sobre la alfombra, mustias y deshojadas siemprevivas.
Y Luis en medio de estas habitaciones oscuras, solas, frías como caserón deshabitado, impregnadas del húmedo olor de la tierra mojada, sintiose dominado por una melancolía honda, muy honda y muy triste. Avanzó buscando a María, y entre las cortinas del oratorio la vio de rodillas delante del Cristo, llorando en silencio.
Volviose entonces hacia Boncamí que le seguía, y sin poderse contener le dijo:
—¿Podría usted hacerme un favor?
—Todos los que usted quiera.
—¿Quiere usted hacerme compañía esta noche?
Boncamí le miró estupefacto.
Luis comprendió todo el valor de aquella mirada, y sonriendo tristemente, repuso:
—No, amigo mío; no crea usted que tengo miedo; no me asustan los muertos, son los vivos los que me asustan; los vivos que lloran.
VIII
Los días que siguieron a la muerte del tío Tomás los empleó Luis en el arreglo y clasificación de las cartas y documentos que el buen señor tenía guardados; tarea en verdad bastante entretenida, pues eran tantos los papeles y tal el desconcierto que en ellos reinaba, que no había más remedio que repasarlos cuidadosamente para saber cuáles podían romperse y cuáles debían guardarse. Encomendó a la chimenea el trabajo de reducir los primeros a cenizas, y guardó ordenadamente los segundos en coquetonas carpetas de cartón, bien sujetas por oficinesco balduque. Púsoles, con su más hermosa letra redondilla, grandes y claras etiquetas y las sepultó en las profundidades del estante, prometiéndose leerlos con detenimiento cuando dispusiera de mejor humor. Entretanto quedáronse haciendo amigable compañía a la Colección legislativa, Sentencias del Tribunal Supremo y demás tomos de legislación que en las polvorientas tablas del estante amarilleaban ya bajo la patina del tiempo. Únicamente salváronse de la condena los títulos de los destinos y demás documentos oficiales que María necesitaba para incoar en Clases Pasivas el expediente de viudedad.
Boncamí iba todas las noches un par de horas a charlar con él y a ponerle de paso al corriente de las cosas que en el mundo ocurrían, esas cosas pequeñas e insignificantes que, por lo general, tanto nos interesan. Contábale que el público seguía aplaudiendo en Eslava la revista _Madrid se divierte_, con gran satisfacción de Castro, Pedrosa, Cañete y Suárez, que estaban ya seguros de mantenerla en el cartel la temporada entera. Todo el mundo convenía en que la tal revista era de lo más disparatado que se había escrito; pero a pesar de ello iban a verla, a reír un rato con las payasadas de Bermúdez y a aplaudir frenéticamente a Elenita Samper que, dicho sea en honor de la verdad, estaba encantadora. Es una lástima que no pueda usted ir a verla. Parece mentira lo que ha aprendido esa muchacha en poco tiempo; ¡qué sal tan fina, qué desenvoltura tan natural, qué manera tan personalísima de moverse en escena! Ahora es cuando yo me he convencido de que esa mujer tiene talento. No le quepa a usted duda, tiene mucho talento, pero mucho. Cuidado que el tango de _los Pucheritos_, como le llaman por ahí, es estúpido y canallesco, de lo más canallesco y estúpido que darse puede; pues bien: lo canta con una gracia y una intención, y haciendo unos gestos, y tomando unas actitudes tan requetemonísimas, que el público se marea, y se vuelve loco, y se pone de pie, y le dice: «¡Viva tu madre!», y no le tira los sombreros al escenario yo no sé por qué. Todas las noches tiene que repetirlo dos o tres veces, y lo notable del caso es que al final de cada ovación salen al escenario los cuatro zagalones de los autores, cogiditos de la mano, a dar cabezadas de agradecimiento. El público, como es natural, les toma el pelo, pero, ¡que si quieres!, ellos, sin enterarse, siguen cabeceando agradecidos. Anoche no pude por menos de decírselo a Pedrosa: «¡Por Dios, hombre, no salgáis! ¿No comprendéis que estáis haciendo el ridículo, que esos aplausos no son para vosotros?». Bueno: ¿pues creerá usted que se ofendió?
—Sí, es tan imbécil como todo eso.
—¿Sabe usted, en cambio, quién me parece que vale? Suárez. ¡Qué dos números más bonitos ha escrito! Especialmente un dúo, delicadísimo.
—Le oí la tarde del ensayo; es un primor, una filigrana. Habrá gustado mucho, ¿verdad?
—¡Quia!, no señor; no se ha repetido ni una vez siquiera. Entre la orquesta que lo toca mal, los cómicos que lo cantan peor y el público que no entiende de filigranas, ha pasado casi inadvertido.
—¡Qué lástima!, porque es lo mejor de la obra.
—¡Qué quiere usted!; el público es idiota.
—No, no es el público quien tiene la culpa. El público se acostumbra a lo que le dan, se educa a lo que le enseñan; le han educado a música de organillo, con platillos y bombo, y calderones y gorgoritos, y, claro está, no le gustan las filigranas, no las entiende. Es como si a un gañán acostumbrado a patatas y judías le da usted de pronto ostras y mortadela: no le gustan. La culpa no es de él, créame usted; es de esos canallas de Cañete y Compañía, que le han estropeado el paladar.
—Yo creo que Suárez ha de llegar.
—Y yo también. Es un artista, uno de los pocos hombres verdaderamente artistas que yo conozco; bien desgraciado por cierto; porque, defensor como ninguno del arte por el arte, tiene que vivir de él, que dar su alma para ganar el pan.
Otra noche Boncamí le trajo un número de _La Abeja_ para que leyese los últimos versos de Bedmar; una composición vaga, nebulosa, de un ritmo encantador. ¡Qué lástima de chico! ¡Qué alma más grande de poeta! Y con voz sonora y entonación vibrante, se puso a recitar otros versos también suyos:
Era una hembra para amar nacida.
—¿Se acuerda usted de este soneto? ¡Qué hermoso!, ¿eh? «Era una hembra para amar nacida...». Es que no es posible expresar más en un endecasílabo. Se está viendo a la mujer, una mujer morena, con los ojos negros... Y a propósito de mujeres y de Bedmar. ¿Sabe usted que estas noches andan muy cariñosos Elena y él, así, como si deseasen volver a entenderse?
—¡Ca, hombre!
—De veras. Especialmente Antoñito, no sale del escenario.
—Él, sí, pero ella...
—¿Ella? Lo único que yo puedo decir a usted es que, según me han contado, la otra noche hubo una bronca horrible, porque dijeron en su presencia que era un borracho. Se puso hecha una fiera. Se encaró con todos los que había en el cuarto, un grupo de diez o doce autores y periodistas, y después de llamarlos ruines, envidiosos, y qué sé yo cuántas cosas más, les soltó que ninguno de ellos le servía a Bedmar para ponerle en limpio las cuartillas; así, clarito. Y como Castro, amostazado, le replicara: «Hija, ¡qué barbaridad!, ¡cómo se conoce que ha sido tu querido!», se plantó en jarras en medio de la habitación, y repuso: «Bueno, pues sí, ¿y qué? Lo ha sido y lo volverá a ser cuando le dé la gana».
—¡Canastas! Me deja usted admirado.
—Sí, señor, no le quepa a usted duda; cualquier día los vemos cogiditos del brazo.
—Lo sentiré; porque el pobre Antonio va de buena fe, y ella es una niña caprichosa, sin corazón y sin entrañas, una mala hembra neurasténica que todo le cansa y todo le aburre, que cree que las pasiones son antojos, y el cariño, juguete que se tira cuando ya no distrae. ¡Oh, la conozco mucho! Hará cuatro o cinco años, cuando yo tenía todavía dinero, estuve con ella en relaciones. Entonces sí que era bonita, monísima, enloquecedora; una de esas mujeres que se suben a la cabeza como el vino viejo, a la primera toma. Traía todo Madrid revuelto. Pues bien; a pesar de eso, de su juventud, de su hermosura, de su gracia, de mi vanidad, sí, de mi vanidad, porque los amores con esta clase de mujeres halagan siempre; a pesar de todo esto, ¿sabe usted cuánto duraron nuestras relaciones? Quince días. Ni uno más. A los quince días tuve que enviarla a paseo y decirle: «Anda y busca un mono que te divierta, que yo no he servido todavía de pelele a nadie». Y tenga usted en cuenta que hace cuatro años era yo un chiquillo, un bebé sin experiencia.
—Pues a Bedmar sí le ha querido.
—Yo creo que esa mujer es incapaz de querer a nadie.
—Entonces, ¿cómo sus relaciones duraron tanto tiempo?
—¡Qué sé yo! Rarezas inexplicables de estas mujeres. Como son elementos puramente pasivos, sin afecciones propias, cuando tropiezan con un alma grande, una de esas almas vehementes, meridionales, apasionadas como la de Bedmar, se sugestionan y se deslumbran; mientras dura el entusiasmo de aquella alma, mientras su vibración se mantiene intensa, ellas vibran también por afinidad y por simpatía, y parece que aman; pero en cuanto el entusiasmo del alma grande decae, en cuanto su vibración se apaga un momento, se desprende, y se hunden, y no hay quien las levante. No sé si me explico bien.
—Sí, sí, perfectamente; es una cosa así como la tierra que produce pájaros y flores, porque el sol la calienta, pero que si este calor le faltase...
—Se enfriaría para siempre y se convertiría en astro muerto; eso es; veo que me ha comprendido usted. Sí, señor; las relaciones de Elena han durado más tiempo con Antonio que con todos los demás, porque el entusiasmo de él era verdadero. A pesar de ello, ya ve usted lo que pasó. Y Antonio era entonces sol meridional que vivifica cuanto alumbra. Calcule usted lo que sucedería ahora, hoy que es sol de invierno, hoy que el vicio y los desengaños han apagado ya su alma.
—¡Bah, quién sabe! Puede que el amor le regenere.
—Si fuese un amor sincero, sí; el de Elena, no. Mucho me temo, por el contrario, que le embrutezca más. ¡Quiera Dios, quiera Dios que estas coqueterías no acaben en sangre!
Lo dijo con tal convicción, que Boncamí quedó preocupado.
—Yo sé perfectamente lo que le pasa a Elena —continuó Luis—. En el vacío de su alma echa de menos una pasión profunda, un afecto sincero; sabe que Antonio es el único que en el mundo la ha querido de veras, el único que con sus besos le ha dado su alma toda; recuerda los días que pasó a su lado, los días felices de amor y de ternura, y quiere repetirlos. Y no sabe que en amor los días que pasaron, pasaron para siempre; que si segundas partes nunca fueron buenas, esta verdad en el amor es un axioma. Antoñito no piensa nada; va sencillamente hacia ella porque ella es su alma y su vida, y porque sin ella no puede vivir. Y los dos por distintas causas se buscan mutuamente y se encontrarán, y cuando se encuentren se harán más desgraciados todavía. Y de ese retrato, ¿qué? —preguntó variando bruscamente la conversación.
—Pues de ese retrato, _na_. Cruzado de brazos, esperando que a Rose d’Ivern le diera la gana de decidirse por una _toilette_. Es una tía completamente loca. Cuando parece que le ha convencido una idea, puede darse por seguro que está pensando en la contraria. Se ha querido retratar de pie, sentada en un trono, acostada como la maja de Goya, desnuda como Venus, con mantilla, con sombrero, con flores, sin flores, con mantón de Manila, ¡qué se yo! ¡Le digo a usted que estoy más harto de Rose y de retrato! ¡Si no fuera por las mil y pico! Y el caso es que le estaban reventando, porque no se atrevía a emprender otra cosa. Ya ve usted, hoy han venido a encargarme un techo para una tienda de refrescos gaseosos; cuarenta duros y no me he atrevido a aceptar.
A los pocos días llegó muy contento, manifestando que Rose, siguiendo sus consejos, se había por fin decidido a retratarse con el busto desnudo medio velado por una gran mantilla negra. Es un retrato que tiene la ventaja de que no pasa nunca de moda y además deja al descubierto la garganta, los hombros y el nacimiento del pecho, precisamente lo más bonito que la _cocotte_ tenía; una carne tierna y sonrosada, que resaltaría muy bien entre la seda del encaje.
Aquel día estuvo también a verle Manolo Ruiz.
—Perdona, chico, si no he venido antes. Todos los días tenía el propósito de hacerlo; pero, ya sabes, esta vida tan perra que lleva uno... No tengo un momento libre; estoy trabajando muchísimo.
Y como Luis quedase admirado por estas repentinas energías, se echó a reír y prosiguió:
—Necesito dinero, mucho dinero. Figúrate tú que a Petrita, ya la conoces, le ha dado por colarse conmigo de tal manera, que desde el día que me conoció no ha vuelto a hablar con nadie. Y como la muchacha no tiene más renta que su persona, y esta no la vende y yo no voy a consentir que se muera de hambre, no tengo más remedio que sostenerla.
—¡Manolo, Manolo, que vas a hacer el primo!
Manolo se indignó.
—¡Pero qué estúpidos sois todos! No veis más allá de vuestras narices. ¿Conoces tú acaso a Petrita? Pues si no la conoces, ¿por qué te atreves a juzgarla? Pues sábete que Petrita no es como las demás mujeres, no, señor, no hay que medirla por el mismo rasero. Esta es una infeliz, una ingenua, sin malicia de ninguna clase, una desgraciada. Y la prueba está en que por mí, que no puedo darle nada fijo, ni nada seguro, lo ha dejado todo, todo, entre otras cosas un viejo que le pasaba todos los domingos veinticinco duros. Y esto no lo sé por ella, sino por Amalia; ya ves tú...
—Bueno, hombre, perdona.
—¡Pero si es que todos sois iguales! En cuanto veis que un hombre se gasta diez pesetas con una mujer, ya estáis cacareando que hace el primo. Pues bien; yo soy el primero que me duele gastar dinero; pero hay veces en cambio, como esta, que lo que siento es no tener más para dárselo.
Y ya en el terreno resbaladizo del entusiasmo, se puso a hacer la apología de Petrita.
—¡Qué mujer, chiquillo, qué mujer más superior! Yo no he conocido en mi vida una mujer como esta. Es que se te lleva de calle, que te vuelve loco.
—¿Y Luisa?
—No sé nada de ella, ni quiero. Es una sinvergüenza, una golfa.
—Pues no hace mucho te parecía la mejor de las mujeres.
—Un tiempo lo fue, no te diré que no. Pero ahora, ahora se ha echado al vicio de una manera indecente. Me han dicho que me está buscando por todas partes, pero yo no quiero ya nada con ella. He dado orden en la redacción para que digan que no estoy cuando vaya a preguntar por mí.
—Haces bien; porque esa te arma un escándalo.