Part 5
Y le obligó a acostarse en la _chaise longue_, después de ponerle una almohada y taparle ella misma con maternal solicitud.
Luis, realmente preocupado, no opuso resistencia. Mil ideas lúgubres se apoderaron de su cerebro en cuanto se vio solo. ¿Qué sería de él si su tío llegaba a morirse? Sin recursos, sin fortuna, sin medios de vida, ¿qué le esperaba?, la miseria, esa miseria horrible que no pueden remediar la caridad ni la limosna. Tan negro vio el porvenir, que, por un momento, le pareció el suicidio la cosa más lógica y natural; pero rechazó en seguida este pensamiento como indigno de un hombre de valor. Un hombre de valor tiene la obligación de luchar por la vida; lucharía hasta donde pudiera. Si triunfaba, ¡qué gran satisfacción para la vanidad! Si sucumbía, ¡qué tranquilidad en la conciencia! ¿Y por qué había de sucumbir? ¿Acaso no tenía tanto talento, bastante más talento que muchísimos que el público aplaudía a diario? Sí, él trabajaría para subir y llegaría, ¿qué duda cabía de eso? Súbitamente recordó las palabras de Boncamí: «si algún día hace usted algo, hágalo grande, no se empequeñezca». Sí, lo haría, lo haría grande, tan grande, que su cerebro, hasta entonces anónimo, se destacara de un golpe cien codos por encima de todos los demás. Ignoraba aún qué cosa sería esta, pero tenía la convicción de realizarla. Los asuntos existen, no hay más que buscarlos —pensó, recordando la frase del pintor—; y se quedó mirando al techo esperando que en él apareciera el glorioso asunto.
En el reloj del gabinete dieron las doce, y como respondiendo a mágico conjuro, la bombilla eléctrica se encendió de pronto iluminando la alcoba. Por la abertura que dejaban los cortinones de terciopelo azul, vio a María acercarse a la cabecera del enfermo y darle una cucharada de medicina. Después, la luz apagose de nuevo y la alcoba volvió a quedar sumida en la oscuridad y en el reposo.
No había más remedio que trabajar, que salir de aquella situación terrible y angustiosa, calmar la fiebre que sentía de amor, de gloria, y, ¿por qué no decirlo?, de dinero.
De pronto tuvo una visión deliciosa. Estrenábase un drama suyo. El público, de pie, pedía entusiasmado el nombre del autor. Díaz de Mendoza, que representaba el papel de protagonista, se adelantaba al proscenio y los aplausos cesaban un instante para volver a sonar otra vez con más fuerza apenas pronunciada la última sílaba de su apellido. ¡Que salga! ¡que salga!, gritaba entusiasmado el público, y él salía entre Mendoza y María Guerrero. El telón subía y bajaba y volvía a subir, siempre en medio de aplausos delirantes, de aclamaciones de entusiasmo. Bruscamente, la visión del teatro desaparecía y solo quedaba un palco, un palco principal, donde una mujer joven y hermosa aplaudía frenéticamente. Después, el palco desaparecía también y la mujer quedaba aplaudiendo, aplaudiendo siempre. Y esta mujer era María, la mujer de su tío.
Trató de rechazar estas ideas y cerró los ojos; pero la visión apareció con más fuerza, aferrándose a su cerebro con la terquedad de una obsesión.
¿Qué la diría si no triunfaba? ¿Con qué cara se presentaría ante ella, él, que soñaba con hacerla suya el día que la muerte rompiese los lazos que la unían a su tío Tomás? ¿Cómo iba a decirle: renuncia a tu viudedad, cásate conmigo, resígnate a ser pobre; cuando todos los tesoros del mundo le parecían pocos para dárselos? Y queriéndola como la quería, con este amor puro, santo, hermoso, ¿iba a descender a proponerle brutal amancebamiento? Ni él osaría jamás proponérselo, ni ella sería capaz de aceptarlo. La conocía; por eso precisamente la adoraba, por eso la quería, porque estaba seguro de que era honrada y buena, porque ahíto de poseer cuerpos, necesitaba la posesión de un alma. ¿Y qué alma más deseable que la de aquella mujer, víctima del deber, esclava de los convencionalismos sociales, de aquella mujer condenada a ocultar sus deseos, a refrenar sus pasiones, a esconder sus afectos, a estar continuamente en lucha con su temperamento y su juventud? ¡Pobre alma ansiosa de luz, de vida y de alegría, condenada a sufrir en silencio las torturas de un amor imposible! Porque ella también le quería, ¿qué duda cabía de eso?; le quería mucho, muchísimo; solo que era tan orgullosa, que antes que reprocharse, no ya ante la sociedad, ante su propia conciencia, de una falta, preferiría morir. Y sufría y callaba y resistía a su pasión, a esa pasión que a veces se presentaba avasalladora e imponente.
Y no pudiendo hacerla su amante ni su esposa, ¿iba a ser tan egoísta que le impidiese la felicidad con otro hombre? ¿Iba a sacrificarla a los estúpidos celos de un amor romántico? No; aquella mujer tenía derecho al amor, al placer, a la maternidad, y no sería él, seguramente, quien se atreviese a negárselo. Pero, por otra parte, ¿iba a ser tan necio, tan estúpido que después de haber estado conteniéndose, reservándose para aquel día, consintiese que otro se la arrebatara? ¿Iba a tolerar que aquellos ojos claros, dulcísimos, serenos se retrataran en los de otro hombre? ¡Imposible! Aquella mujer sería suya; si para poseerla era preciso el matrimonio, se casaría; si para casarse necesitaba dinero, lo tendría; sí, lo tendría todo; dinero para las necesidades de la vida, ternura para las exigencias del alma, gloria para las satisfacciones del orgullo.
La luz eléctrica volvió a encenderse, y por la abertura de los pesados cortinones vio de nuevo a María acercarse a la cabecera del enfermo. No habrían pasado dos minutos, cuando una violenta interjección seguida de un ruido como de loza que se rompe, le hicieron levantarse bruscamente y penetrar en la alcoba.
—¿Qué es eso? ¿qué ha sucedido?
—Nada. Quise darle a tu tío una taza de caldo y la ha estrellado contra la pared —dijo María recogiendo del suelo los cacharros.
—¡El caldo estaba frío, completamente frío... Me vais a matar! —rugía Tomás incorporado en la cama, agitando nerviosamente el único brazo disponible.
—¡Por Dios, Tomás, que te vas a poner peor...!, acuéstate.
—¡No me da la gana! Eres un animal..., vete, vete, no te quiero ver.
María bajó la cabeza y salió de la alcoba.
Luis quedó en ella ayudando a acostar a su tío, después de dar la vuelta a la almohada que se había mojado con el caldo, y de arroparle cuidadosamente. Cuando volvió al gabinete, encontró a María llorando sobre la _chaise longue_.
—¡Ves qué genio, qué genio...!
—No hagas caso, mujer, ¡si ya le conoces!
—Es muy duro esto, Luis.
—Sí, tienes razón. ¡Pero qué vas a hacer...! Es su carácter..., no hagas caso.
Y siguió dándole consejos, lleno de simpatía hacia aquella mujer víctima de las brutalidades de su tío, escarnecida y ultrajada por el único delito de haber sido buena.
—Vamos, no llores; no llores, María.
Realmente estaba conmovido, poseído de profunda compasión al verla tan buena, tan desgraciada, tan poco comprendida. Sentose a su lado, y oprimiéndole dulcemente la mano, trató de consolarla. Ella, no solo no puso resistencia, sino que llorando, llorando siempre acongojada, se refugió como niño mimado en los brazos de él, que amorosos se abrieron para recibirla. En el silencio augusto de la noche, la fatigosa respiración del tío Tomás sonaba lenta y acompasada como golpe de péndulo. La luz eléctrica de la alcoba había quedado encendida, y por la abertura de los pesados cortinones penetraban sus rayos, iluminando el techo, abrillantando la lámpara central del gabinete, quebrándose en la luna del armario y cayendo, en fin, sobre el terciopelo de la _chaise longue_, sobre el cuerpo divino de María, haciendo resaltar su cabellera rubia, sus mejillas pálidas, sus labios descoloridos, su garganta de diosa, su pecho turgente, sus anchas caderas, sus manos blanquísimas, hasta el pie que asomaba debajo de la falda, como asoman a los ojos las tentaciones del deseo.
Ella reclinó la cabeza en el hombro de él y así, juntos, unidos, tropezando sus pechos al respirar, mezclándose sus alientos, permanecieron mucho rato, mucho, callados, silenciosos, confundidos por el mismo afán, dominados por el infinito amor que a los dos consumía.
Por la calle pasó una estudiantina tocando una jota. Y a Luis antojósele que aquella música viril, valiente, reflejo fiel de mal contenidas pasiones, de deseos mal saciados, era un insulto a su cortedad, una protesta de la juventud y del amor. Se acordó de que tenía entre los brazos a la mujer a quien amaba, débil, indefensa; que no tenía más que apretarlos un poco para estrecharla contra su corazón, alargar la cabeza para recibir en los labios millones de besos. Y le parecieron ridículos todos los respetos, estúpidas todas las consideraciones. Era demasiado hermosa la felicidad para desperdiciar la ocasión de gozarla. ¡Quién sabe si el día de mañana ya no sería tiempo! Se inclinó sobre ella y la besó en los labios.
Ella se irguió y silenciosamente se marchó a la alcoba.
Luis quedó en la _chaise longue_, avergonzado. ¡Que siempre había de suceder lo mismo! ¡Siempre el espíritu sucumbiendo a la materia, siempre la carne sobrepujando al alma! Maldito temperamento meridional, que impide estar diez minutos a solas con una mujer sin que aparezcan en seguida accesos sensuales, brutales ansias de posesión. Y sentía odio contra sí mismo, contra esa incapacidad absoluta de sufrir y de contenerse, de convertir en adoración ideal los torpes apetitos de la lujuria. Encontrose a sí mismo despreciable, indigno de su amor, y una inmensa tristeza se apoderó de él al pensar lo que ella podría creer, de qué modo calificaría el arrebato.
Para acabar de desconcertarle, su tío le llamó en aquel momento.
—No te vayas —le dijo—, no me dejes solo. Muerto Carlos, tú eres la única persona a quien quiero en el mundo, el único lazo que a la vida me ata. No te marches. Siéntate aquí, a mi lado, que yo te vea... Eres igual, completamente igual, las mismas ideas, los mismos sentimientos...
Le había cogido la mano y se la oprimía nerviosamente, atrayéndole hacia sí. Y Luis ante la mirada de aquellos ojos negros que brillaban en las profundidades de las órbitas, al contacto de aquella mano pequeña, esquelética, llena de sudor, sentía angustia indecible, una especie de repugnancia moral, digámoslo así. Su mirada se encontró con la de María y la vio estremecerse. Por un momento le pareció que su tío lo sabía todo y se complacía en mantener abierta la herida, importándole, por lo demás, muy poco que fuera o no cierto, lleno de indiferencia, de supremo desdén por todo lo existente; pero pronto se convenció de que no había nada de esto y de que únicamente el recuerdo de Carlos le hacía hablar así.
Y su conciencia rebelose entonces contra estas semejanzas que su tío quería encontrar. No, él no era Carlos, ¡qué había de ser aquel muchacho voluntarioso y antojadizo, para quien lo vedado era lo más sabroso, lo prohibido lo más deseable! ¿Cómo iba a compararse la pasión de Carlos con la suya, aun cuando las dos reconociesen por causa la misma mujer? El amor de Carlos era un amor impuro, mientras que el suyo, ¡ah, el suyo! Carlos se había enamorado de la mujer de anchas caderas, de robusto seno; él de la mujer humillada, escarnecida, de la enferma de amor. Si Carlos había soñado alguna vez con la posesión del alma, fue supeditándola, seguramente, a la del cuerpo. Si a él le acometían accesos sensuales, bien sabe Dios que era siempre contra su voluntad y su razón. Y buena prueba de ello es que a pesar de ser este cariño inmenso, jamás se había atrevido a decírselo. ¡Qué se iba a atrever si le parecía una ofensa! Y ahora era cuando se explicaba la larga resistencia de María, su energía indomable. ¡Pobre mujer! No eran solo el orgullo y la virtud los que le obligaban a mantenerse firme. Es que para sufrir cara a cara los ultrajes de su marido, para resistir los insultos, necesitaba ser honrada.
El tío Tomás se había tranquilizado. La tos era menos frecuente. Cesaron los esputos, la respiración fue menos fatigosa, desapareció la rigidez del rostro y se quedó dormido.
De la calle subía el ruido del mercado de San Ildefonso; rodar de carros, golpear de puertas, pregoneo de mercancías, un ruido infernal de voces y gritos, entre los que descollaban los de un chico vendedor de periódicos, continuos, acompasados como los martillazos de un herrero; ruido inmenso que llenaba la calle, subiendo a lo largo de las fachadas, penetrando en las habitaciones como un himno de vida y de trabajo.
María se dirigió al balcón y abrió las maderas. Por los cristales entró un rayo de sol que llenó el gabinete de luz y de alegría.
VI
Los temores del doctor Núñez se confirmaron, por desgracia. La enfermedad que aquejaba al pobre tío Tomás progresaba rápidamente. El dolor no desaparecía, los esputos no menguaban, la fiebre, lejos de ceder, se hizo más constante, más continua, recrudeciéndose con alarmante intensidad en los crepúsculos. Parecía imposible que el cuerpo pudiera soportarla. A simple vista, sin necesidad de conocimientos patológicos, se comprendía claramente que aquella naturaleza envejecida y quebrantada no podía resistir mucho tiempo, que en la terrible lucha con la muerte, la muerte tenía que ser la vencedora.
—¡Valiente hazaña! —añadía el doctor Núñez a guisa de comentario—. Triunfar de un cuerpo aniquilado y destruido. ¡Ah, si contáramos con un poco, nada más que con un poco de energía, ya le diría yo a usted, señora intrusa! Pero así no es posible, no es posible, no hay que hacerse ilusiones.
—De modo que...
—Que esto es cosa perdida. Se nos va, amigos míos, se nos va y mucho antes de lo que ustedes imaginan. Quizá mañana, quizá esta misma noche. Si ustedes quieren, para tranquilidad de su conciencia, que le vea otro médico, un especialista, yo no solo no tengo inconveniente, sino que, por el contrario, me alegraré muchísimo. Pero repito que es inútil; esto está perdido, completamente perdido.
—¿De manera que no se puede hacer nada?
El doctor calló un momento; bajó al suelo los ojos, frunció el entrecejo y con la tristeza del hombre que tiene que reconocer su impotencia, con la vergüenza del que se ve forzado a reconocer su ignorancia, con el abatimiento del que en un instante comprende toda la inutilidad de su ciencia, la esterilidad de treinta años de trabajo y de estudio, contestó sordamente:
—Nada.
Luego, cambiando de tono, en voz baja, ya cerca de la puerta, cuando Luis salió a despedirle, añadió todavía como para destruir toda esperanza:
—Si este señor tiene que disponer algo, aconséjele usted que lo haga pronto. —Y como observase en el rostro del joven un gesto de contrariedad, se encogió de hombros y le dijo—: En fin, eso allá usted; yo cumplo con mi deber advirtiéndolo.
Dio dos fuertes chupadas al cigarro, que brilló en la penumbra, y echó pausadamente escaleras abajo.
Luis quedó anonadado. Esperaba el desenlace, pero no tan pronto; confiaba en que algún remedio heroico, algún recurso de última hora, podrían prolongar la lucha, aunque la lucha fuera la agonía. Y he aquí que la ciencia se cruzaba de brazos y le contestaba con brutal sinceridad:
—Nada, no es posible hacer nada, se muere.
¡Se muere! Y ante el poder sugestivo de esta idea que retumbaba en su cerebro con vibración inacabable, todas las demás ideas callaron aturdidas; doloroso abatimiento se apoderó de su espíritu y los músculos le flaquearon hasta el punto de tener que apoyarse en la pared para no caerse. En esta actitud le sorprendió María.
—¿Qué te ha dicho Núñez?
—Tú lo oíste: que se muere.
—Sí, se muere; lo sé desde ayer. Cuando ayer Núñez dudaba todavía, yo estaba ya segura. Sí, se muere. ¡Pobre Tomás! Él es el único que no lo sabe; confía como un niño en fuerzas que no tiene y lucha como ha luchado siempre: heroico y tenaz. ¡Pobre Tomás!
Plegó las manos con religiosa compasión y quedó largo rato pensativa. Luego, balbuciendo, como si le costara gran esfuerzo, dijo:
—Yo quisiera que se confesara, ¿sabes?; pero no me atrevo a indicárselo. A ti te hace más caso. ¿Por qué no se lo indicas tú?
—Eso me aconsejó Núñez; pero yo, la verdad, no me atrevo. Como tú misma has dicho, él no cree que se muere. La presencia de un cura sería la destrucción de esa esperanza, sería la notificación de su sentencia, sería..., sería terrible. No me atrevo, María, no me atrevo; yo no le quito a mi tío una hora de vida.
—Pero, ¿y su alma, Luis, y su alma? ¿Y la tranquilidad de nuestras conciencias?
—La mía lo está; yo estoy seguro de cumplir con mi deber de hombre honrado, no turbando en el instante supremo de la muerte la paz de su alma, no destruyendo su ignorancia, que es en este caso su felicidad. No quiero entrar a analizar si hago mal o hago bien obrando de esta manera: creo que hago bien y así obro.
—Pues yo te aseguro que haces mal, muy mal, Luis. Tú crees que nuestra misión ha terminado, y nuestra misión empieza ahora. Hemos hecho cuanto ha sido posible por salvar su cuerpo; hagamos lo mismo por salvar su alma.
Y como Luis callase, ella prosiguió con mística exaltación:
—El alma no es nuestra, Luis; es un depósito que Dios nos entrega al enviarnos a este mundo y del cual tenemos que darle estrecha cuenta el día que en su presencia nos hallemos. Dios quiere que ese día nos encontremos limpios y sin mancha. Por eso, en su misericordia infinita, concede hasta a los más malos un instante de arrepentimiento: que un solo instante de contrición, si es sincera, basta y sobra para borrar todos los errores y purificar todos los pecados. Luis, Luis, piensa bien lo que vas a hacer, medita la grave responsabilidad moral que puedes adquirir, quitándole a tu tío, por una compasión mal entendida, la verdadera tranquilidad de su espíritu, tal vez la salvación eterna.
—Quizá tengas razón, no lo discuto. En estas cosas no discuto nunca. Malas o buenas, tengo mis ideas; tú tienes las tuyas; yo las respeto. ¿Crees que debe confesar? Pues aconséjaselo.
—¿Yo? Bien sabes que esto no es posible. Bastaría que yo se lo dijera para que hiciese lo contrario. No es por mí por quien temo, es por él.
—Pues yo, la verdad, no me atrevo, no me atrevo, María.
Ella se aproximó más aún; le estrechó suavemente las manos, y envolviéndole en la dulce mirada de sus ojos azules, le dijo en voz baja:
—¿Y si yo te lo pidiera?
—Sentiría decirte lo mismo.
—Pues bien, a pesar de eso, te lo suplico.
—¡María!
—Te lo ruego, te lo suplico, ¿ves?, así, de rodillas.
—Levanta.
—No; mientras no accedas a mis súplicas, no. Es un favor que yo te pido. Hazlo por mí.
—Bien, pero levanta.
—¿Lo harás?
—Sí.
—Gracias, Luis, muchas gracias. Dios te lo pagará.
Y huyó como una sombra.
Luis vaciló todavía un instante. Después, paso a paso, con el abatimiento del hombre que tiene que comunicar una sentencia, penetró en la alcoba y se sentó a la cabecera de la cama. Pero por más que estrujaba el cerebro, no daba con la fórmula de la proposición. ¡Demonio, demonio, sí eran difíciles estas cosas!
—¿Qué, cómo te encuentras? —preguntó por empezar de algún modo.
—Bien, bien, mucho mejor; lo que es esta vez, la muerte se fastidia; me escapo.
¡Vaya usted a decirle a un hombre que opina de este modo que es preciso confesarse!
—Sí, sí, mucho mejor —continuó animadamente—; no me duele nada; respiro muy bien. Mañana le pediré permiso a Núñez para sentarme un rato en el sillón. No quiero estar en la cama. Me debilita mucho.
Pidió a su sobrino que le ayudase a volverse del otro lado y se durmió. Luis se inclinó sobre la almohada y contempló con ansiosa curiosidad el rostro del enfermo. ¿Se habría equivocado Núñez? ¿Persistiría el alivio o, por el contrario, sería este alivio la mejoría de la muerte?
La ilusión duró poco. Violento acceso de tos despertó bruscamente al enfermo. Sus manos golpearon la sábana y su frente se contrajo con dolorosa crispación...
—Me ahogo..., me ahogo..., esta tos me mata.
Una cucharada de jarabe pareció calmarle un poco; pero los movimientos de su pecho siguieron continuos, jadeantes, extendiéndose hasta los hombros descarnados, que se elevaban y se hundían con continuo vaivén regulador y acompasado. Ronco gemido silbaba en su garganta. Pidió trabajosamente el balón de oxígeno que, a prevención, había recetado Núñez, y aspiró con avidez algunas bocanadas. Esto y otra cucharada de jarabe, le tranquilizaron por completo.
—¿Estás mejor?
—Sí, no tosiendo... Lo que me fatiga es la tos... Si no fuera por ella, mañana me podría ya levantar, no me duele nada, no tengo fiebre; mira —extendió su mano húmeda buscando la de Luis y prosiguió—: ¿ves cómo no tengo fiebre?
Era falso; tenía fiebre y mucha; su piel abrasaba; el pulso en la muñeca latía apresurado.
—Siento la cabeza algo pesada; pero esto es de la misma debilidad. Estoy muy débil, muy débil, y la culpa la tenéis vosotros, que no queréis que me levante. No sabéis lo que debilita la cama. Mañana me levanto, sí, me levanto, queráis o no queráis.
Luego, temiendo que si seguía hablando le acometiera otro acceso de tos, calló y cerró los ojos.
Viéndole tan tranquilo y queriendo evitar, por otra parte, explicaciones con María, Luis se marchó a su cuarto y se acostó. Cuando se levantó (cerca del mediodía), el enfermo había recaído mucho. Su voluntad, no obstante, continuaba luchando con heroica tenacidad por ahuyentar la idea de la muerte, resistiéndose a ella, queriendo a todo trance conservar la miserable vida. Empeñábase en que Núñez se había equivocado y pedía a gritos que le trajeran un médico de fama, un especialista, recordando curas maravillosas realizadas en amigos suyos. Después habló de sus proyectos para cuando se restableciera.
—Nos mudaremos —decía— a un cuarto bajo; tomaré un abono de berlina, y los días que estén buenos, Rafael (el ordenanza del Tribunal de Cuentas) y tú me subiréis en el coche y me iré a dar un paseo por la Moncloa.
Después, conforme la tarde fue cayendo, sus energías decayeron también. Cesó de hablar. Sus ojos se cerraron. Únicamente sus dedos crispados seguían golpeando y arañando el embozo con constante y nervioso movimiento. A eso de las seis llamó a su sobrino; le obligó a reclinarse sobre él, y cuando le tuvo cerca de su rostro, muy cerca, le preguntó en voz baja:
—Oye, ¿tú crees que me voy a morir?
Luis se estremeció. Todo el día había estado esperando esta frase, y ahora que la frase llegaba, no sabía qué contestar.
—¿Por qué me dices eso? —preguntó a su vez, confuso y aturdido.
—Porque si crees que me voy a morir quiero que me lo digas; quiero saberlo; tengo que arreglar muchas cosas.
—Pues bien; no estás en peligro ni muchísimo menos; pero puesto que tú mismo provocas la cuestión, creo sinceramente que si tienes algo que disponer, puedes hacerlo.
—¡Ah!, tú crees... ¡Ah!
Sus dedos crispados dejaron de arañar la sábana; nervioso sacudimiento recorrió su carne; sepultó la cabeza en las almohadas y quedó rígido.
—¡Tomás! ¡Tomás! —sollozó María precipitándose sobre él.
Tomás abrió los ojos; miró alternativamente a su mujer y a su sobrino; sus labios se agitaron como queriendo hablar, pero la frase no salió.
—El oxígeno, Luis, el oxígeno.
Era ya tarde; los dientes, entreabiertos, no supieron sujetar la boquilla.
—¡Tomás! ¡Tomás!
—¡Tío!
Tomás no oía. Sus ojos se vidriaban con rapidez visible; el gemido de su garganta enronquecía; sus manos se enfriaban.
María, loca de desesperación, llamó a los criados.