Part 2
—¡No, a mí no, por Dios!, cuéntasela a Luis.
—¡Ca!, a mí tampoco. Me la sé de memoria: «Paseaba una tarde de junio con Antonio Pezuela, cuando vimos dos chicas muy monas, al parecer modistas». Así empieza; ¿ves cómo la sé? Anda, cuéntasela a Amalia que no la sabe.
Manolo se enfadó y los llamó groseros y mal educados. Después sentose al lado de Amalia, y quieras o no quieras, le espetó la historia:
—«Paseaba una tarde de junio con Antonio Pezuela...».
La tal historia que, referida por cualquiera hubiera sido sencillamente una vulgaridad, en labios de Manolo resultaba una matraca horrible. El pobre muchacho no había conocido más pasión que esta, y la idealizaba en su imaginación de artista, queriendo hacer a todos partícipes de aquellas tonterías que él apellidaba desengaños y traiciones.
Por fin Amalia se enfadó también, y le echó con cajas destempladas.
—¡Pues, señor, vaya una lata! Media hora de conversación para decir que cuando la conoció llevaba la chica dos días sin comer, que la convidó a un pollo con tomate; que agradecida al pollo le hizo caso; que tuvo con ella un chico, y que a los dos años se vio obligado a mandarla a paseo porque se la pegaba siete veces por semana. Pues, hijo, paciencia y aguantarse... Haber tenido dinero. ¿Qué iba a hacer la chica con quince duros al mes?
Todos los presentes asintieron; Amalia tenía razón. ¿Qué iba a hacer la pobre con quince duros?
Petrita fue la única que no estuvo conforme. ¿Qué iba a hacer? Pues sufrir y pasar fatigas. ¿Había o no había cariño? Pues si le había, ¿qué importaba lo demás? Cuando se quiere de veras, las privaciones no se sienten. Lo sabía por experiencia. También ella había pasado con su novio días muy malos, sin tener que comer, y arropándose solo con una manta. Pero ¿y qué? Cuando tenían frío, se pegaban el uno al otro; cuando no había que comer, se comían a besos. Lo principal era el cariño. Aquella Luisa era una mujer sin corazón, indigna de que ninguna persona decente la mirase a la cara. ¡Ah, si ella hubiera encontrado un hombre así! Estaba visto; cuanto peor se portaba una más la querían.
Se habían comido todo el jamón y bebido todo el montilla. Solo quedaban dos o tres emparedados, algunas rajas de salchichón esparcidas sobre los papeles, una botella de _champagne_ y dos de jerez.
Luis, pálido, muy pálido, con la barba apoyada en las manos y los codos en la barandilla, miraba al salón. Sánchez Cortina parecía próximo a sufrir un ataque apoplético. Castro desternillábase de risa al ver las extravagantes muecas de Amalia a quien el _champagne_ se le había introducido por las narices, produciéndole un incómodo cosquilleo que la hacía estornudar estrepitosamente, en tanto que Manolo y Petrita, sentados en un rincón del antepalco, charlaban en voz baja, con la animación de dos personas que empiezan a entenderse.
Al compás de las notas de una habanera las parejas balanceábanse torpemente en el salón sin mover apenas los pies, sin cambiar de sitio, con la torpeza del cansancio, con la pesadez de la fatiga. Desprendíanse marchitas la flores de las cabelleras despeinadas y se desataban las cintas de los antifaces dejando ver las caras borrachas. Era el penúltimo baile, si baile puede llamarse a aquel torpe vaivén de cuerpos al compás de una música lasciva y quejumbrosa. Las máscaras elegantes habían desaparecido. Algunas volvían, con los abrigos puestos, a echar una última ojeada y se quedaban de pie, en las puertas, esperando las primeras notas del pasodoble final para marcharse. Solo se veían bebés de percalina, dominós de satén, pierrots baratos; alguno que otro mantón de Manila que destacaba sus flores brillantes. Los bastoneros paseaban de un lado a otro, retirando con el extremo de sus largos palos montones de serpentinas enlazadas. Ya no llovía _confetti_, ya no se oían bromas. Las parejas caían fatigadas sobre los sillones. Los hombres charlaban entre sí, graves, serios, formales, con las pecheras arrugadas, la corbata deshecha, el aburrimiento en los ojos. El palco de Rose d’Ivern estaba vacío. Las artistas del Petit Salon se habían marchado. Lola Guzmán oía embelesada la charla de un poeta melenudo con cara de Cristo. Solo Rosarito seguía riendo como una loca, con el caballero gordo, riendo siempre, siempre riendo con francas carcajadas cristalinas.
Fue preciso despertar a Sánchez Cortina, que se había quedado dormido sobre el diván. Entre Luis y Perico tuvieron que llevársele cogido del brazo, como a un niño perezoso y mal criado, después de haberle puesto al cuello la toquilla de Petra para que no se constipase. Castro se marchó con él en un coche de punto. Manolo fue en busca de otro con Petrita y Amalia, y Luis echó calle del Arenal abajo, subido el cuello del gabán, ladeado el sombrero, las manos en los bolsillos, tarareando el pasodoble, indiferente al frío y a la lluvia.
II
Al llegar a la esquina del café de Fornos, se detuvo un instante, indeciso.
Por la calle de Alcalá subía, con dirección al Prado y Recoletos, inmenso gentío, masa enorme cuyas oleadas aumentaban de minuto en minuto, muchedumbre abigarrada y caprichosa, apiñado conjunto de cabezas dominadas por la misma fiebre de curiosidad, por el mismo afán de ver y divertirse, constante flujo y reflujo que barría la ancha calle extendiéndose de acera a acera entre empujones y codazos, bajo el polvo de la atmósfera que el sol hacía resplandecer como lluvia de oro, en tanto que los carruajes, en fila, caminaban con lentitud uno tras otro como eslabones de inmensa cadena.
También él pensaba subir a Recoletos, pero más tarde, cuando cesase la avalancha. Tomaría un coche a pagar a medias con cualquier amigo y se llegarían hasta la estatua de Colón con objeto de darse cuenta del aspecto de las tribunas y contemplar un instante las carrozas. Ahora lo sensato era entrar en Fornos y aguardar tranquilamente que cesase el torbellino.
Con gran sorpresa encontró «su mesa» vacía.
—¡Cómo! ¿No ha venido nadie?
—Sí, señor, han venido todos, pero se han marchado ya —le contestó Paco, el mozo.
—¿Manolo también?
—No, Manolo es el único que no ha venido.
—Entonces, ¿quiénes son todos?
—Pues, todos... Castro, Pedrosa, Cañete, Bedmar —Paco los trataba a todos con gran familiaridad. Inconvenientes del crédito, que decía Bedmar filosóficamente—. Sí, señor —añadió vertiendo unas gotas de agua en la mesa y restregándola después con el paño—, se han marchado a ver las máscaras. Digo yo, porque como está el día tan hermoso..., ¡qué tiempo este de Madrid, ¿eh?, ayer lloviendo y hoy un sol de gloria! ¿Qué va a ser?
—Una copa de _kirsch_.
—No tome usted eso; irrita y, además, es caro.
Paco se permitía interesarse por la salud y por el dinero de sus parroquianos.
—Es que tengo el estómago malucho, hombre.
—¡Claro!, habrá usted bebido anoche demasiado en el baile. ¡Qué jóvenes, qué jóvenes! Le voy a traer a usted una tacita de té con aguardiente. Eso le sentará muy bien.
Y sin esperar contestación, Paco se marchó a la cocina satisfechísimo por haber evitado que un parroquiano suyo tomase aquella bebida tan cara y tan irritante.
El sol se filtraba por las ventanas de colores, cayendo en haces rojos, en rayos amarillos, en hilos verdes sobre el mármol pulido de las mesas, haciendo resaltar la porcelana y la cristalería, abrillantando las negras estatuas que como esfinges mudas se erguían rígidas e inmóviles bajo los macizos candelabros. Lucían las pinturas de los techos cual si estuviesen recién barnizadas, y los dorados destacaban sus notas alegres del fondo uniforme del artesonado, mientras que allá, cerca del mostrador, en los saloncitos interiores, la luz difusa, amortiguada por la claraboya, confundía los tonos, borraba los matices, fundía en uno solo todos los colores, la gama toda de los verdes, el verde oscuro de los divanes, el verde esmeralda de las columnas, el verde pajizo de los capiteles, el verde azulado de los techos, sin más nota alegre que la misma claraboya, donde un pájaro heráldico extendía en un cielo de cristal esmerilado sus alas policromas.
Enfrente de él un grupo numeroso, tan numeroso que ocupaba tres mesas, discutía acaloradamente sobre algo muy importante, a juzgar por las interjecciones y las palabras sueltas que se oían. A la derecha un caballero leía atentamente _El Imparcial_; otro hojeaba el _Anuario del Comercio_ tomando notas y buscando señas que apuntaba luego en un pequeño cuaderno. Más allá dos jóvenes, dos niños casi, charlaban en voz baja, y en la última mesa, en el rincón del saloncito, completamente solo delante de su mesa vacía y su copa de agua con aguardiente que el sol hacía brillar como ópalo inmenso, un individuo escribía afanoso cuartillas y cuartillas. Era un tipo extraño. Podía tener treinta años y podía tener cincuenta. Su barba rubia, hirsuta y mal cuidada, demasiado poblada en las mejillas, daba a su cara venerable aspecto de apóstol, que contrastaba con la mirada dura y fría de sus ojos azules. A pesar de ir mal vestido, pobre y desaliñadamente vestido, había en su persona un no se sabe qué de distinción y de elegancia. Estaba por completo enfrascado en su trabajo, del que apenas levantaba los ojos, escribiendo despacio, pausadamente, con trazos duros, sin dudas ni tachones ni enmiendas, como hombre reflexivo que sabe lo que escribe, cuartillas para imprenta, no cabía duda; bastaba ver el título con grandes letras subrayadas y los asteriscos que separaban los capítulos.
Infantil curiosidad se apoderó de Luis. ¿Quién sería aquel tipo? ¿Qué escribiría? Hubiera dado cualquier cosa por apoderarse de las cuartillas y leerlas.
Tan preocupado estaba que no se dio cuenta de que su amigo Boncamí había entrado en el café, hasta que le tuvo delante. Vicente Boncamí, un pintor catalán muy francote y muy buena persona. El hombre venía desesperado.
—Figúrese usted, que he tardado una hora en atravesar Recoletos. No sé, no me explico con qué derecho se puede prohibir la circulación de los ciudadanos pacíficos so pretexto de que unos cuantos imbéciles se diviertan, si divertirse es disfrazarse de mamarracho y salir danzando por esos paseos dando saltos y aullidos. Porque ¿se ha fijado usted en que no hay una sola máscara artística? Han pasado delante de mí más de trescientas y ni una sola he visto que revelase buen gusto. Ni una. ¿Pues y las comparsas esas de lisiados en calzoncillos, qué me dice usted? Yo los fusilaba, palabra de honor.
—Sí, en efecto, debían prohibirlas.
—No, hombre, no, fusilarlos, créame usted, fusilarlos por leso delito de estética. Qué, ¿estuvo usted anoche en el baile? —preguntó variando bruscamente la conversación.
—Sí, ¿y usted?
—¿Yo?, no. No tenía billete, ni dinero, ni frac. Y aunque los hubiera tenido; me pasa con los bailes de máscara lo que a Ventura de la Vega con el Dante. Esa sucesión de saltitos, meneos y cabriolas me ha parecido toda la vida cosa ridícula, rebajamiento de la dignidad humana. Sí, ya sé lo que me va usted a decir: que lo que menos se hace en esos bailes es bailar. Pero es que cuando no se baila se bebe, lo cual es todavía mucho más estúpido y mucho más indigno.
—Déjese usted de filosofías. ¡Había cada mujer! ¡Qué mujeres, querido, qué mujeres!
—También me lo figuro. Media docena de hembras superiores con sus respectivos caballeros que las defenderían a capa y espada, y otra media docena de gatas para los aficionados.
—Sí, gatas, gatas... Pregúntele usted a Manolo Ruiz si eran gatas.
—Manolo Ruiz es un imbécil. En cuanto una escoba con faldas le dice dos veces seguidas que le quiere, ya está loco perdido.
—¡Pobre Manolo!
—No, si no le compadezco; todo lo contrario: le admiro, le envidio y le venero. Feliz mortal, que tiene la inmensa dicha de idealizar cuanto le rodea. Eterno Midas que convierte en oro puro cuanto sus manos tocan. ¡Lástima grande que no pueda hacer lo mismo con sus obras!
—Ahí ya no le admira usted, ¿verdad?
—Ni le compadezco tampoco. Le odio a muerte. Porque cuidado que el hombre es malito de veras.
—Pues vea usted, gana dinero.
—¡Ya lo creo! Como que no hay semanario ilustrado que no publique un dibujito suyo. ¡Y qué dibujos! Acabaditos, lamiditos, manoseaditos..., ¡monísimos! ¡Qué ojos aquellos tan bonitos, tan redondos, ni hechos a bigotera! ¡Qué bocas!, siempre sonriendo, siempre enseñando los dientes, iguales, pequeños, oliendo a elixir benedictino. ¡Qué manos! Me río yo de las manos de Botticelli.
—Pues gustan, querido, gustan.
—¡Toma!, gustan los versos de Pedrosa...
—No compare usted.
—¿Por qué no? También se publican en todos los periódicos.
—Aunque así sea, Pedrosa es un imbécil.
—Y Ruiz, otro.
—Hombre, no; los dibujos siquiera están bien hechos.
—Y los versos están bien rimados.
—Pero son huecos.
—Esa es la palabra, sí, señor, huecos, completamente huecos, como la música de Cañete, como los artículos de Castro, como los discursos de Sánchez Cortina. Paco, tráeme café.
El individuo de las cuartillas había terminado su trabajo. Metió los papeles en el bolsillo y se puso a mover tranquilamente con la cucharilla el agua de la copa. Al levantar los ojos vio a Boncamí y le saludó afectuosamente.
—¡Hombre! ¿conoce usted a ese?
—Mucho; es Federico Mínguez.
—¿El anarquista?
—Eso dicen y eso dice él. Pero no lo crea usted. Es sencillamente un soñador y un idealista, muy culto, muy ilustrado, muy listo y muy buen sujeto. ¿Quiere usted que le llame?
—No, no, déjele; me es antipático ese hombre.
—Antipático, ¿por qué? Es un infeliz. Alma primitiva, no admite injusticias ni desigualdades; espíritu sencillo, cree en el bien como nosotros creemos en la belleza y en el arte.
—Sin embargo, tiene una mirada...
—Llena de odio cuando mira a los poderosos y a los fuertes; llena de dolor cuando ve las imperfecciones de los hombres; llena de amor cuando contempla a los débiles y a los oprimidos.
—Me parece que usted también es algo anarquista.
—¿Yo? Tal vez sí.
Y se puso a desleír el azúcar en el café con leche.
Mínguez había sacado de nuevo las cuartillas y las repasaba cuidadosamente, haciendo en ellas pequeñas enmiendas.
—Usted no tendrá veinte duros, ¿verdad? —preguntó bruscamente Boncamí sin levantar los ojos de la taza humeante.
—¡Hombre, no!
—¡Claro! ¡Cualquiera tiene veinte duros! Pero tendrá usted diez, o cinco, o dos o uno...
—Tengo tres.
—¿Puede usted prestármelos hasta fin de mes? Así ya no tendré que buscar más que diecisiete. Gracias, Gener, muchas gracias; me hace usted un gran favor.
Y a continuación le explicó detalladamente para qué los quería. Tenía que hacer un retrato, un gran retrato, y no disponía de una peseta para comprar lienzos ni pinturas. No le fiaban ya en ninguna tienda y no se atrevía a pedir dinero adelantado, tanto para no inspirar desconfianzas, cuanto porque estaba seguro de que si hubieran conocido su precaria situación, se habrían aprovechado de ella para pagarle menos. Menudo tío era quien le había encargado la obra. Ulzurrun, el banquero, un retrato de su querida Rose d’Ivern, una _cocotte_ ya jamona...
—Los conozco. Estaban anoche en el baile.
—Ha sido un contrato muy célebre. Hemos regateado como si fueran judías. Yo pedí mil quinientas pesetas, él me ofreció ochocientas, subió él, bajé yo, y tira de aquí y aumenta de allá, hemos quedado en mil ciento veinticinco, a condición de que yo tengo que poner el marco. ¡Ah!, y de que no lo admite si no está parecido.
—Eso ya me parece más grave.
—A mí no, es lo que menos me preocupa. El retrato será bueno.
Había tal convicción en estas palabras, que Luis no se atrevió a insistir por miedo de ofender su dignidad.
—Sí, por Dios, será un buen retrato. Casualmente tenía yo deseos de hacer un buen retrato, un retrato a lo Velázquez o a lo Van Dyck. Y Rose se presta para ello, tiene una cabeza admirable.
Después le explanó sus proyectos. Con las mil pesetas que, poco más o menos, le quedarían libres, se trasladaría a un estudio más amplio, compraría un gran lienzo y empezaría un cuadro, una obra grande para la Exposición, donde estaba seguro de triunfar. Un cuadro que va a dejar a todo el mundo así —y extendía la mano en el aire, a la altura de su rodillas—. Luego se marcharía a París, a trabajar y a hacer dinero. En Madrid no se podía vivir. ¡Qué gana, qué gana tenía de perderle de vista!
—Créame usted que siento profundo desprecio por mi patria, por las dos, por la chica y por la grande. La primera es un puñado de burgueses ensoberbecidos. ¿La segunda? Tenían razón los que la tachaban de nación moribunda. Sí, la España aventurera y gloriosa de otros tiempos había dado de sí todo lo que podía. No debía esperarse nada de ella, nada, ni energías, ni gloria, ni trabajo, ni regeneración. ¿Se había hecho algo por conseguirlo después de la catástrofe? Nada; todo seguía igual, es decir, peor. La política, campo de ambiciones y envidias; el arte, convertido en comercio; la industria, viviendo de viles imitaciones; la aristocracia, anémica; el pueblo, inculto; la clase media postrándose a los pies del becerro de oro, subyugada por el lujo, por la ostentación y la apariencia, la lucha diaria del quiero y no puedo; y como consecuencia de todo esto, los negocios de mala fe, el agio en todas su manifestaciones, el soborno, el chanchullo, las quiebras, las deudas, las ruinas inesperadas... ¿Y todo por qué? Por esta atmósfera de holgazanería que pesa sobre todos nosotros y nos impide alzar un dedo para trabajar. ¡Ah, la holgazanería, la tremenda enfermedad nacional, más espantosa y más terrible que todas las epidemias juntas, enfermedad crónica que todos padecemos, ricos y pobres, artistas y burgueses!
Luis, arrellanado en el diván, le escuchaba sonriendo. Era delicioso y entretenido este Boncamí. Él, impávido, seguía hablando, exaltándose poco a poco sin darse cuenta.
—En todas las manifestaciones del arte y de la ciencia marchábamos a la cola de los pueblos cultos. ¿Dónde estaban nuestros hombres, dónde estaban nuestros genios? En poesía nadie había llenado aún el vacío que dejaran Zorrilla y Campoamor. En el teatro, el género chico acababa sin esfuerzos con los efectismos del grande. De filosofía no hablemos, no había un solo filósofo. En música teníamos que contentarnos con el talento sin inspiración de Bretón, y la inspiración sin talento de Chapí. El único literato, Valera, no trabajaba. Palacio trabajaba poco. Galdós, el gran Galdós, el inmenso Galdós, fracasado en sus últimas novelas _Nazarín_, _Halma_ y, sobre todo, en _Misericordia_, había tenido que recurrir por cuarta vez a sus _Episodios nacionales_. Solo en pintura marchábamos medianamente, medianamente nada más, porque si bien es cierto que en dibujo y colorido había verdaderos maestros, carecían de ideas, y los pocos que las tenían no sabían pintar. Era muy curioso lo que había sucedido con la pintura. Toda ella giraba alrededor de tres o cuatro ideas fundamentales. El Olimpo nos dio tema para millones de obras. El cristianismo nos inundó de vírgenes y santos. Agotada la religión y la mitología, los pintores buscaron sus asuntos en César Cantú. Efectistas ante todo, no vimos por todas partes más que crímenes, asesinatos, batallas y demás barbaridades por el estilo. Hoy dicen que los asuntos históricos están gastados, y ahí tiene usted a los pintores con los pinceles secos sin saber qué hacer. Las luchas del socialismo han abierto un pequeño campo, las del anarquismo vendrán también y desaparecerán en seguida porque las tendencias en arte viven únicamente lo que vive el inventor. Aquí, la mayoría se ha concretado a emborracharse de color y de luz. ¿Y sabe usted por qué? Pues porque nuestros pintores carecen de ideas, porque no piensan, porque creen que para hacer una obra de arte basta con saber dibujo y colorido, con copiar fielmente la naturaleza. Y no es eso, no, ¡canastos!; para crear una obra de arte no basta con copiar la naturaleza, no basta mirarla, es necesario verla, sentirla y al trasladarla al lienzo darle un sello de personalidad, algo de vida. Dios con ser Dios, cuando creó al hombre, le dio un pedazo de su propia alma. Una puesta de sol, una marina, un campo de trigo que brilla como el oro a los ardientes rayos de un sol de julio, unos marineros cosiendo una vela, pueden ser cosas muy bonitas, no cabe duda, pero que nada expresan. Es necesario más, algo más. Nuestro público ya no se contenta con sentir, necesita sentir y pensar; por eso no le gusta la música italiana, por eso no lee la novela romántica, por eso no quiere el efectismo en el teatro, por eso desprecia el impresionismo en la pintura. Ideas, faltan ideas, faltan energías, falta vida, ya que la vida al fin y al cabo solo es una lucha de fuerzas. Antes, para conquistar la gloria, bastaba con sacrificar un corazón; hoy es necesario arrojar un cerebro... Sí, ya sé que estas ideas no son las de usted; que usted cree precisamente todo lo contrario. Usted funda el arte en la exageración de la sensibilidad, en la sensación intensa que emociona y pasa; yo en la vida que queda. Usted quiere que triunfe el sentimiento, y yo que venza la razón. ¿Cuál de los dos está en lo firme? Quizá los dos..., quizá ninguno.
Boncamí calló un momento. Mínguez le aprovechó para acercarse a la mesa y saludarle.
—Siéntese usted —le dijo el pintor—; ¿por qué no ha venido usted antes?
—Como los veía a ustedes tan..., tan animados, y no sabía de qué trataban...
—Usted siempre tan correcto... Pues, nada, hablábamos de arte. Le decía a este amigo mío, don Luis Gener, don Federico Mínguez —exclamó presentándolos—, que nuestros pintores carecen de cultura y de ideas y que por eso sus obras son tan malas. Sí, muy malas, muy malas. —Y de nuevo se desató en tremendas diatribas contra los pobres pintores—. «No hay nada nuevo, todo está gastado». Desde Salomón acá, y yo creo que mucho antes, no se oye en el mundo otra cosa: Todo es viejo, todo está gastado. ¡Mentira! el arte es eternamente nuevo; nosotros somos los viejos, nuestros cerebros los gastados. Sí, amigos míos, hay asuntos, sobran asuntos; lo que sucede es que hay que buscarlos, que trabajar, que pensar, ¡qué demonio!, no se va a encontrar un asunto a la vuelta de cada esquina. Yo lo que les aconsejo a ustedes es que si algún día hacen algo, lo hagan grande, no se empequeñezcan. Una pirámide vale tanto como una Venus. Y, sobre todo, inspírense en la realidad, siempre en la realidad; la gran maestra. Dos medios hay de llegar a la cumbre: uno volando como el águila, otro arrastrándose como el gusano. Yo, ¡qué quieren ustedes!, elijo el primero, porque, aun en el caso de no llegar, prefiero estrellarme contra las rocas del camino, que morir aplastado por las patas de un burro.
El sol se había retirado de las policromas vidrieras empañando los mármoles, desluciendo los techos, amortiguando los dorados, haciendo más negras las estatuas que, como esfinges mudas se erguían rígidas e inmóviles bajos los macizos candelabros, fundiendo en un solo todos los matices, mientras que allá en el fondo, en los saloncitos interiores, las luces eléctricas, encendidas ya, arrancaban tonos brillantes de los capiteles y del artesonado.
—¿Trabaja usted mucho ahora? —preguntó Boncamí a Mínguez.
—Sí, bastante. Dentro de unos días me iré a Barcelona. Vamos a empezar una activa campaña de propaganda por todo el litoral. —Y les relató minuciosos detalles de lo que proyectaban, mítines, reuniones...—. Hay que trabajar mucho, mucho...
—Tenga usted cuidado. A ver si le meten en la cárcel.
Mínguez se encogió de hombros.