Part 16
Toda la animación estaba concentrada en el salón de conferencias. Se hablaba, se discutía acaloradamente con frases duras y ademanes vivos. Se comentaban en diversos tonos los términos de la proposición incidental que iba a leerse en breve, haciéndose cálculos más o menos aproximados acerca del resultado de la votación. Todos, absolutamente todos, convenían en que la crisis era inevitable. No era posible que Sánchez Cortina pudiera continuar un momento más en el banco azul.
Hacía un calor insoportable. Luis se marchó de allí.
Al final del pasillo, cerca ya de la puerta de la calle del Florín, encontró a Mínguez. Este se contentó con saludarle desde lejos; pero viendo que el periodista iba derecho hacia él, avanzó también y le tendió la mano. Estaba pálido, muy pálido, demacrado, ojeroso, con un aspecto, en fin, tan extraño en toda su persona, que Luis no pudo por menos de preguntarle:
—¿Qué le pasa a usted? ¿Está usted malo?
—Sí, en efecto, no me encuentro bien; me duele mucho el estómago —contestó balbuciendo.
¡Pobre hombre! Quizá tuviese hambre.
—¿Ha comido usted? —preguntó Luis bruscamente, sin detenerse a pensar si esta pregunta podía o no lastimar su amor propio, llevado solo de un noble sentimiento de compasión y caridad.
—Sí, acabo de hacerlo en este momento.
—¿De veras?
—De verdad.
—Con franqueza; mire usted que sentiría muchísimo que por un exceso de delicadeza rechazara usted una oferta que le hago con toda mi alma.
—Gracias, Gener, muchas gracias; es usted un buen amigo; pero he comido ya.
—Venga usted entonces a tomar una taza de café.
Y trató de cogerle del brazo. Mínguez dio vivamente dos pasos atrás, y repuso con voz alterada:
—No, no, muchas gracias; no me es posible ahora.
—¿Qué tiene usted que hacer?
La pregunta debió contrariarle, porque en el momento no supo qué contestar. Por fin, con frases entrecortadas, vacilantes, como el que teme revelar un secreto, exclamó:
—He venido a buscar a una persona para tratar de un asunto que me interesa, ¿sabe usted?, de un asunto importante.
Se comprendía claramente que aquel hombre mentía. Pero ¿por qué? ¿Qué interés podía tener en mentir de este modo? Y se le quedó mirando de hito en hito, tratando de adivinar sus pensamientos.
Mínguez, por su parte, esquivó la mirada ocultándose en la sombra que proyectaban los rojos cortinones, cerrando cuanto le era dable los embozos de su capa raída. Luis no le perdía de vista.
—¿Qué, trabaja usted mucho?
—Bastante.
—¿En el periódico?
—Sí, siempre en el periódico.
—¿Cuántos son ustedes?
—Ahora solo dos, el director y yo. Los demás compañeros están en la cárcel.
—¿Todavía?
—¡Oh, y lo que estarán! Nos persiguen a muerte.
—¿Sí?, ¡caramba!; pero ¿y ustedes?
—Nosotros... —Sus ojos brillaron un instante con fulgor intenso. Pero solo fue un instante; en seguida recuperó su aspecto abatido—. Nosotros, ya lo ve usted, ahora no hacemos nada, estamos completamente tranquilos.
—En efecto; hace ya tiempo que no habla usted en ningún mitin.
—Los mítines no sirven para nada.
—Sí, es verdad —exclamó Luis riendo jovialmente—: es preciso hacer algo, ¿no es eso?, algo muy gordo. ¡Qué! ¿Cuándo nos sueltan ustedes una bombita?
Por muy dueño que fuera Mínguez de sí mismo no pudo evitar un brusco movimiento; sus mejillas se encendieron, y ocultándose más en la sombra cerró con precipitación los embozos, con tal atropellamiento, que Luis hubo de advertirlo.
—¿Qué llevará debajo de la capa? —se preguntó extrañado.
Una sospecha horrible cruzó por su imaginación. ¡Si aquel hombre querría...! Pero la misma enormidad de la sospecha le hizo rechazarla. ¡Imposible! Era demasiada barbaridad.
Sin embargo, había para sospechar. Sus inquietudes, sus vacilaciones, sus antecedentes, sus ideas exaltadas, el mismo aspecto de su persona, su capa raída, su corbata deshilachada, su sombrero grasiento, sus barbas hirsutas y, sobre todo, su cara, aquella cara de hambre. Un individuo que tiene hambre es capaz de todo.
—¿Quiere usted un cigarro? —exclamó no sabiendo cómo abordar la cuestión y por si con aquel procedimiento conseguía que abriese la capa.
—No, gracias; no tengo ganas de fumar ahora.
Y siguió retrocediendo, ocultándose siempre detrás de las cortinas.
Las sospechas de Luis aumentaban. Decidido a salir de dudas, fuese como fuese, se acercó a él y como inadvertidamente, le dio un golpe en el pecho. Su mano tropezó con un objeto duro y redondo.
—¡Demonio! ¿Qué lleva usted ahí? Un queso de bola.
Mínguez se puso horriblemente pálido.
Luis no dudó ya. Cogió al anarquista de un brazo, y sacudiéndole nerviosamente le dijo:
—¡Miserable! ¿qué va usted a hacer?
—¿Yo?, ¿yo? ¿Por qué me dice usted eso?
—¿Qué lleva usted ahí?
—Nada.
—¡Miente usted! usted lleva ahí una bomba, y yo voy ahora mismo a denunciarle.
Un relámpago de cólera encendió las pupilas de Mínguez; pero, reponiéndose, contestó con voz completamente serena:
—Haga usted lo que guste.
—Pues bien; no le denunciaré a usted, no le denunciaré porque tengo la convicción de que es usted un loco; pero sí impediré que pueda usted cometer ninguna infamia. ¡Márchese usted, márchese en seguida, no vaya a ser que me arrepienta! ¿Pero no me oye usted? —agregó sacudiéndole violentamente al ver que no se movía—. ¿No oye usted que le digo que se vaya en seguida?
El otro bajó la cabeza, y contestó con desaliento:
—¿Para qué?
Luis le miró asombrado.
—¡Cómo que para qué! Para no cometer la atrocidad que proyectaba. Para salvarse, sí, para salvarse; lo mismo que yo he descubierto sus intenciones, pueden descubrirlas otros. ¡Ah, y esos otros no serán tan benévolos!
—¡Qué más da! Si me marcho, volveré.
Había tal convicción en sus palabras, que Luis se estremeció. Un latigazo de frío le sacudió de pies a cabeza.
—Lo he jurado y lo cumpliré. Déjeme usted, Gener, déjeme usted.
—¿Pero está usted loco? ¿En qué cabeza cabe que yo le voy a consentir que cometa esa infamia? Porque eso es una infamia, una verdadera infamia. Esa bomba puede aniquilar culpables, pero puede también destruir vidas inocentes, ciudadanos honrados, hombres que tienen hijos, hijos que dentro de unas horas llorarán de desesperación llamando a su padre. Usted también los tiene, Mínguez; piense usted qué será de ellos el día de mañana cuando les digan que su padre fue un criminal y un asesino.
Mínguez bajó la cabeza confuso. En los bordes de sus párpados asomaron dos lágrimas. Luis lo notó y quiso aprovechar el momento.
—¡Váyase usted, váyase usted! —añadió empujándole—, váyase en seguida.
—No puedo, no me atrevo. Me asusta atravesar ese pasillo y, sobre todo, la puerta. Me parece que me lo van a conocer en la cara. Y además, estoy seguro de que si saliera, una vez en la calle volvería a entrar.
—Yo le acompañaré a usted. Conmigo no le dirán nada.
—No, no me atrevo. Si pudiera dejarla aquí... —exclamó mirando alrededor.
Se encontraba en medio del pasillo, frente a los _water-closets_.
—¡Demonio!, aquí es muy expuesto. Puede verle a usted cualquiera.
—Sí, en uno de estos retretes...
—No es mala idea, pero espere usted un momento, voy a ver qué hay por ahí.
Se asomó al extremo del corredor y miró. No había nadie. En la puerta, el ujier y los guardias civiles charlaban muy entretenidos con una linda muchacha. En el pasillo, dos o tres periodistas, reclinados en la pared, fumaban tranquilamente repasando las notas de sus cuartillas. La sala de escritura estaba vacía. Los diputados se hallaban todos en el salón. Por un momento tuvo Luis la idea de salir corriendo, de marcharse, de dejar a Mínguez que se las arreglase como pudiera. Pero el temor de que este al encontrarse solo pusiera en práctica su propósito, le hizo retroceder y volver a su lado.
—La suerte le favorece a usted. Deben estar ocupados con la proposición incidental. Vamos, aproveche usted; ¡pronto, pronto!
El anarquista entró en uno de los retretes y volvió a salir en seguida.
—Ya está; ¿no me ha visto nadie, verdad?
—No, nadie.
Los dos temblaban de pies a cabeza, nerviosos, excitados.
—¡Vaya, márchese usted!
—Adiós, amigo mío, adiós y muchas gracias.
Le dio un fuerte apretón de manos y se marchó por la calle del Florín limpiándose los ojos. Ni el portero ni los guardias, entretenidos con la linda doncella, se fijaron en él.
Luis permaneció todavía unos instantes en el pasillo. Las piernas le flaqueaban; un sudor frío inundaba todo su cuerpo. Cuando se hubo tranquilizado un poco se dirigió a la puerta de entrada del salón y preguntó a uno de los ujieres:
—¿Han leído ya la proposición incidental?
—Todavía no, señor Gener; están aún con presupuestos.
El joven escribió rápidamente una tarjeta y se la dio al ujier, diciéndole:
—Hágame usted el favor de pasar esto en seguida al señor ministro de Agricultura.
La tarjeta decía: «Deje usted todo lo que tenga y salga. Se trata de un asunto grave y urgente». Y esperó.
Sánchez Cortina salió en seguida.
—¿Qué es eso? ¿Qué quiere usted? —preguntó malhumorado.
En dos palabras Luis le puso al corriente de lo sucedido.
—Perdone usted que me reserve el nombre de ese infeliz; es un pobre desequilibrado, padre de familia, a quien no quisiera que le sucediese nada malo. Pero es preciso recoger esa bomba antes de que se entere nadie. Hay que evitar el escándalo, ¿no le parece a usted?
Sánchez Cortina había escuchado el relato con vivísima atención, sin despegar los labios. Cuando el joven terminó de hablar, le cogió de un brazo, y llevándole a un rincón le preguntó en voz baja:
—¿Se ha enterado alguien de esto?
—Nadie absolutamente.
—Bueno, pues es preciso que usted lo olvide lo mismo, ¿estamos? Desde este instante se le ha olvidado a usted todo.
Lo dijo con tal tono de autoridad, que Luis no osó replicarle.
—¿En qué retrete está esa bomba?
—En el primero de la derecha.
—Está bien; márchese usted a la tribuna.
—¿Va usted a disponer que la recojan?
Sánchez Cortina se echó a reír y contestó:
—¡Ca, hombre! Voy a recogerla yo mismo.
* * * * *
Diez minutos después, todo era agitación en el Congreso. Los porteros no dejaban salir a nadie. Los guardias civiles recorrían los pasillos, los salones, las tribunas, mirando, escudriñando, oliendo, como perros pachones. Diez o doce personas fueron detenidas e incomunicadas. Los diputados entraban y salían precipitadamente. Los periodistas, inquietos, se miraban los unos a los otros. Nadie sabía a punto fijo qué es lo que pasaba, pero todo el mundo comprendía que pasaba algo gordo. Una frase comenzó a correr de boca en boca.
—¡Una bomba, han colocado una bomba!
Sánchez Cortina entró en el salón de sesiones con las manos vendadas. Los ministros y muchos diputados le rodearon. Él, con ademanes vivos y expresivos gestos, explicaba algo. El presidente del Consejo conferenció con el presidente de la Cámara.
El secretario leía en aquel instante la proposición incidental. Nadie le oía. Toda la atención del Congreso estaba fija en las manos vendadas del ministro. Con grande asombro de todo el mundo, el presidente agitó la campanilla y dijo:
—Antes de conceder al señor Puig la palabra para apoyar la proposición incidental que acaba de leerse, la presidencia cree que debe dar cuenta al Congreso de un desagradable incidente que acaba de ocurrir.
Los diputados se miraron los unos a los otros. Cesaron todos los rumores. Un silencio augusto se apoderó de toda la sala.
El presidente con grave y reposada voz continuó:
—Señores diputados: una mano criminal ha querido hacer del día de hoy, día de luto y de desolación para todos nosotros. Una bomba de dinamita, una de esas máquinas malditas que la perversidad de los hombres ha inventado para aniquilarse mutuamente, ha sido colocada en uno de los _water-closets_, ya que la vigilancia de los empleados del Congreso ha impedido en otro sitio, con objeto de volar el edificio de la casa del pueblo. Una circunstancia providencial ha hecho que el señor ministro de Agricultura la descubriese cuando ya la mecha tocaba a su término, cuando iba a ser inevitable la catástrofe. Y el señor ministro, con un arrojo y una temeridad increíbles, con un valor y un desprendimiento por todas razones dignos de encomio, con un desprecio de su propia vida, que jamás se estimará lo bastante, se arrojó sobre ella y le arrancó la mecha. Yo, señores, no encuentro en este momento palabras para enaltecer la acción del señor ministro de Agricultura que, con exposición de su propia existencia, ha salvado quizá la de todos nosotros. Yo os pido, y creo interpretar fielmente los sentimientos de toda la Cámara, un voto unánime de gracias para el señor ministro.
Una salva de aplausos contestó al discurso del presidente.
Sánchez Cortina se levantó, y con voz temblorosa, emocionada, dio las gracias al Congreso. Nuevamente explicó lo ocurrido, al parecer quitándole importancia, pero haciendo, en realidad, resaltar los detalles. Él agradecía desde lo más íntimo de su alma aquellas pruebas de cariño y de simpatía, tanto más de estimar cuanto que su acción no había tenido valor alguno. Él estaba seguro de que todos, absolutamente todos, en su caso, habrían hecho lo propio. Y por lo que se refería a las heridas que tenía en las manos, aquello no valía la pena; pequeñas quemaduras producidas por la mecha ardiente. ¡Ah! entre las muchas heridas que los hombres públicos están expuestos a sufrir en cumplimiento de su deber, ¡ah!, no eran aquellas, no eran seguramente aquellas, las que más le dolían...
Otra salva de aplausos cerró su discurso. Los firmantes de la proposición incidental se mordieron los labios.
El presidente del Consejo habló también breves momentos para decir que el Gobierno tenía ya las señas de los terribles criminales, y que en breve serían detenidos.
Y los jefes de los partidos parlamentarios se creyeron igualmente en el deber de pronunciar su discursito de plácemes y elogios al señor ministro. Y el señor ministro tuvo otra vez que levantarse para volver a agradecer aquellas sinceras demostraciones de cariño.
El presidente agitó la campanilla y dijo:
—El señor Puig tiene la palabra para apoyar la proposición incidental.
El señor Puig se levantó, y en su nombre y en el de los firmantes rogó a la presidencia que la diese por retirada.
—Queda retirada la proposición incidental —dijo el presidente—. ¿Hay algún señor diputado que tenga pedida la palabra?
Los diputados no le oían; comentaban en alta voz el suceso. Alrededor del banco azul, un grupo numeroso se afanaba por estrechar las manos vendadas del ministro.
—No habiendo ningún señor diputado que tenga pedida la palabra, la Mesa acuerda pasar a otro asunto. Orden del día para mañana. Continúa la discusión de los presupuestos generales del Estado y demás asuntos pendientes. Se levanta la sesión.
XXIX
Quince días después, aprovechando una disparidad de criterio con su compañero el ministro de Hacienda sobre concesión de un crédito extraordinario para la extinción de la langosta, Sánchez Cortina tuvo la habilidad de dejar la cartera de Agricultura, cuando todavía vibraban en las columnas de la prensa los detalles gloriosos de su heroica hazaña.
Diéronse con este acto por satisfechos los enemigos; cesaron envidias y rencores; echose tierra al asunto de los ferrocarriles y el exministro pudo estar seguro de que su reputación no sufriría menoscabo. Sin embargo, para afirmarse más aún, anunció un viaje al extranjero con objeto de descansar de las luchas gubernamentales y estudiar de paso los problemas agrícolas, a los cuales pensaba dedicar en lo sucesivo toda su atención de hombre público.
Despidiose, en afectuosa entrevista, de todos los amigos que con él compartieron las rudas tareas periodísticas; y después de deplorar que compromisos políticos y premuras de tiempo le hubieran impedido premiarles como se merecían, les anunció su propósito de cederles _El Combate_ con entera libertad de acción para seguir la ruta que mejor quisieran.
—Ustedes son jóvenes; tienen alientos y energías; en _El Combate_ hay palenque para desenvolverlos; luchen ustedes, que la lucha es la vida y tras la lucha está el triunfo.
¡El triunfo! También ellos lo creyeron en un principio. Pero bien pronto la realidad les dio en la cara. Falto de subvenciones, huérfano del favor oficial, pobre de información, concretado a reflejar opiniones propias que a nadie podían interesar ni convencer, el periódico comenzó a hundirse lentamente, a pesar de los esfuerzos grandiosos, verdaderamente titánicos, de Castro y de Gener. Redújose la tirada, disminuyose el tamaño; regleteáronse las columnas, suprimiéronse los sueldos, estableciéndose en su lugar un reparto equitativo de ganancias. Todo inútil; el periódico se hundía, se hundía devorado por los cajistas, por el almacenista de papel, por la contribución, por el alquiler del local; se hundía asesinado por los suscriptores que se daban de baja, por los anunciantes que huían, por las empresas que retiraban sus disfrazadas subvenciones, seguras de que aquel papelucho no podía ya perjudicarlas ni favorecerlas; moría, moría, y Castro y Gener le veían morir como se ve morir a una persona amada, como se derrumba un edificio querido, como se pierde una cosa íntima, algo muy personal, muy nuestro. Y no era lo peor que se hundiera, es que en su caída les arrastraba a ellos, hundiéndolos también, envolviéndolos en sus ruinas, sepultándolos en la miseria.
A propuesta de Castro y con gran repugnancia de Luis, intentose todavía el último esfuerzo; campañas de escándalo, acusaciones y denuncias, artículos furiosos de ruda oposición a todo lo existente, crítica personal violenta y dura. Esto levantó algo el periódico, asegurándole una venta diaria de tres mil quinientos a cuatro mil ejemplares, lo suficiente para cubrir gastos. Pero como los beneficios no venían, la situación continuaba siendo la misma, es decir, peor. Tuvieron que hipotecar la imprenta y la maquinaria, dejándose intervenir la venta para el pago de los intereses. Esto acabó de perjudicarles.
Todas sus esperanzas estaban puestas en la campaña teatral de invierno. Castro tenía una zarzuela en Apolo con Pedrosa y Suárez, Luis su comedia en el Español. La zarzuela estaba admitida, pero no se ensayaba; la comedia..., siempre le respondían lo mismo. No he tenido tiempo de leerla... No he podido aún hojearla... Venga usted dentro de unos días...
¡Unos días! ¡Qué más hubiera querido Luis que poder esperar! Pero esto era imposible. Había agotado todos los recursos. No tenía ropa que ponerse; el casero le echaba de casa; no había un amigo a quien recurrir. Boncamí no tenía una peseta. Manolo, aplanado por la muerte de Petrita, se había marchado a Barcelona. María, desde que se fue, no le había escrito ni nada sabía por lo tanto de ella.
Una mañana al entrar en la Redacción le dijo Castro:
—Acabo de recibir una carta de Sánchez Cortina. Está en Valencia; he pedido un billete, y si me lo dan me voy esta misma tarde. Necesito hablar con él. Es el único que puede salvarnos. Le expondré nuestra situación y veré si puedo sacarle mil o dos mil pesetas; ¡qué caramba!, yo creo que él ha de tener tanto interés como nosotros en que el periódico no muera. Le expondré varios proyectos que tengo. Por eso quiero verle en persona; estas cosas no pueden tratarse por carta. Te quedas de director, nada tengo que decirte.
Al día siguiente, muy temprano, al entrar en la redacción recibió la visita de dos caballeros correctamente vestidos de levita.
—¿El señor director de _El Combate_?
—Servidor de ustedes.
—Somos los representantes del señor García Pérez, y venimos, en su nombre, a rogarle a usted una retractación completa y satisfactoria de las injurias que nuestro representado estima que para él existen en el artículo titulado «Ídolos rotos», publicado en el número de anteayer.
—Sí, en efecto; ese día se publicó un artículo con ese título, pero no creo que en él haya nada injurioso para el señor García Pérez.
—El señor García Pérez juzga lo contrario y por eso nos comisiona para que logremos de usted una satisfacción.
—Yo tengo el sentimiento de manifestar a ustedes que _El Combate_ no rectifica nunca.
—En ese caso nos vemos en la necesidad de exigirle, en nombre de nuestro representado, una reparación en el terreno de los caballeros.
—En ese terreno estoy siempre a las órdenes del señor García Pérez.
—No esperábamos menos de su caballerosidad. Usted tendrá la amabilidad de indicarnos con quién debemos entendernos.
—Ustedes comprenderán que, no esperando, como no esperaba, la visita de ustedes, no he tenido tiempo de ocuparme de este asunto.
—Es natural.
—Por lo tanto, ustedes tendrán la bondad de indicarme dónde y a qué hora pueden verle las personas que yo designe.
—Nosotros estaremos toda la tarde en casa.
—Perfectamente.
Despidiéronse con fría ceremonia y se marcharon tan correctos como habían venido.
Luis cogió el número de _El Combate_ y se puso a leer el artículo que no había tenido tiempo de mirar. Era un artículo de Castro; un artículo brutal, duro de fondo y forma. Tenía mucha razón el señor García Pérez en darse por ofendido. Si a él le hubieran dicho aquellas cosas, de fijo que no habría tenido paciencia para esperar satisfacciones, sino que desde luego le hubiera roto la cabeza de un estacazo al insolente autor. Y ¿por qué demonio se había metido Castro con García Pérez, que era un infeliz, un bendito, incapaz de hacer daño a nadie, que se ganaba honradamente la vida haciendo versitos y notas de deporte en un semanario que nadie leía? Tentado estuvo de ir en su busca y darle todas las explicaciones y todas las satisfacciones que hubiera querido. Desgraciadamente esto no era posible. Podrían creer que tenía miedo.
Además, había que mantener el honor del periódico. Aquella frase suya de antes era un axioma: «_El Combate_ no rectifica nunca».
XXX
Al verle Isabelilla abrir los ojos y mover los labios, puso un dedo en los suyos y le dijo:
—¡Chist...! A callar. El médico ha prohibido que hables, y yo le he dado mi palabra de que no hablarás. Conque, a callar, ¿eh?, y a no dejarme por embustera.
Y como él quisiera a todo trance conocer su estado y la importancia de su herida, agregó:
—Nada, no te preocupes; un arañazo en una ceja; dentro de seis días en la calle. Pero ahora es preciso que seas bueno y que te estés callado y quietecito. ¿Ves lo que te ha sucedido? ¡Por tonto! ¡Te está bien empleado! Esto te enseñará a no meterte más en lo que no te importa, ni a defender lo que los otros hacen. Afortunadamente, no ha sido nada; pero, ¿y si te hubieran matado? ¿Quién te lo habría agradecido? Di tú que yo me enteré tarde, que si no, me planto en los Jardines y no te bates, ea, no te bates, porque te cojo de un brazo y te saco de allí. Pero cuando yo lo supe ya no tenía remedio; gracias a que vine aquí y aquí estaba cuando te trajeron en el coche, que si no, ni quien te cuidara habrías tenido. ¡Pobre nene mío!
Le besó tiernamente en los labios y se sentó a su lado en una silla, muy convencida de su papel de buena enfermera.
A los dos días, Castro regresó de Valencia. Venía el pobre desalentado. Sánchez Cortina se había negado en absoluto a darle un céntimo. No quería oír hablar para nada de ellos ni de _El Combate_; le importaba dos pepinos que muriera o dejara de morir, y que ellos se murieran lo mismo. «Anda, sacrifícate por los hombres, lucha por ellos, ponles la escalera para qué suban y se encumbren, que cuando estén arriba te darán con los tacones en las narices. ¡Miserables, canallas, desagradecidos!...». Después le explanó su proyecto, su último proyecto; venderlo todo, la imprenta, la máquina, los muebles, pagar las deudas, y con el remanente que quedara fundar un periódico semanal con monos; ocho páginas de litografía a quince céntimos, ¿eh? ¿Qué te parece? Con los anuncios se paga la tirada, la composición y el papel, y todo lo que se venda, ganancia líquida.