Chapter 1 of 24 · 3737 words · ~19 min read

Part 1

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización, así como la toponimia.

* Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.

* Las cartas y misivas se presentan sangradas para mejor distinguirlas de otros entrecomillados.

EPISODIOS NACIONALES

LUCHANA

Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.

B. PÉREZ GALDÓS EPISODIOS NACIONALES TERCERA SERIE

LUCHANA

14.000

MADRID PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA (Sucesores de Hernando) Arenal, 11 1906

EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. Carrera de San Francisco, 4.

LUCHANA

I

«En mi carta de ayer —decía la señora incógnita con fecha 14 de agosto— te referí que nuestro buen Hillo me mandó recado al mediodía, recomendándome que no saliese a paseo por el pueblo, ni aun por los jardines, porque corrían voces de que los soldados y clases del Cuarto de la Guardia, los de la Real Provincial y los granaderos de a caballo, andaban soliviantados, y se temía que nos dieran un día de jarana, cuando no de luto y desórdenes sangrientos. Naturalmente, hice todo lo contrario de lo que nuestro sabio Mentor con notoria prudencia me aconsejaba: salí de paseo con dos amigos, señora y caballero, prolongándose la caminata más que de costumbre, y no exagero si te digo que anduvimos cerca de un cuarto de legua por el camino de Valsaín; luego atravesamos todo el pueblo, llegando hasta más allá del Pajarón, y nos volvimos a casita con un sí es no es de desconsuelo, pues no vimos turbas sediciosas, ni soldadesca desenfrenada, ni cosa alguna fuera de lo vulgar y corriente. El drama callejero, _género histórico_ en España, que deseábamos ver, no sin sobresalto en nuestra viva curiosidad, permanecía entre bastidores, en ensayo tal vez. Sus autores, temerosos de una silba, no se atrevían a mandar alzar el telón.

»Por mi parte, te aseguro que no sentía miedo; mis acompañantes, sí: solo con la idea de que la revolución anunciada no pasase de comedia, se atrevían a presenciarla. Y comedia tenía que ser en la presunción de todos, pues de los jefes, del comandante general del Real Sitio, conde de San Román, nada debía temerse, conocida de todo el mundo su adhesión a la reina y a Istúriz; de los jefes tampoco, que eran _lo mejor de cada casa_. Las clases y tropa no son capaces de escribir por sí solas una página de la historia de España, y el día en que la escribieran, ¡ay!, veríamos, a más de la mala gramática de hoy, una ortografía detestable.

»Al pasar por el teatro, nos hizo reír el título de la comedia anunciada: _A las diez de la noche, o los síntomas de una conjuración_. En las puertas del café del teatro vimos paisanos y sargentos en grupos muy animados, y por las palabras sueltas que al paso hirieron nuestros oídos, comprendimos que hablaban de política. Luego nos dijo Pepito Urbistondo, a quien encontramos junto a la Comandancia, que las clases de toda la guarnición estaban incomodadas porque el general había prohibido, bajo graves penas, cantar canciones patrióticas, y mandado que las bandas y músicas no tocasen otras marchas que las de ordenanza. A este Pepe Urbistondo no le conoces: ha venido no hace un mes del ejército de Aragón; es valiente y audaz en la guerra; en los saraos de Madrid el primero y más arrojado bailarín de gavotas y mazurcas; buen chico, solo que tartamudea un poco, y empalaga un mucho con sus alardes de finura, a veces sin venir a cuento. Hoy le tienes aquí de ayudante de San Román, y es el que anima con sus donaires los corros que diariamente, mañana y tarde, se forman en las _Tres Gracias_ o en _Andrómeda_... Pues sigo diciéndote que la noticia comunicada por Pepito del mal humor de los señores cabos y sargentos no nos causó grande inquietud. Pero luego nos encontramos al canónigo de la Colegiata, don Blas de Torres, que nos puso en cuidado refiriéndonos lo que había ocurrido momentos antes, en el acto de la _lista_. Después de la música, y cuando ya la tropa formaba para volver al cuartel, el tambor mayor mandó a la banda tocar la marcha granadera. Obedecieron los tambores; pero no los pífanos, que salieron por el himno de Riego, resultando un guirigay de mil demonios, efecto de la discordancia entre músicas tan diferentes. El comandante, volado, mandó callar la banda, y la tropa se dirigió al cuartel al son de sus propias pisadas. La vimos pasar. Era una escena triste, lúgubre. No sé por qué me impresionó aquel marchar de los soldados sin ningún son de música o ruido militar. Me fijé en las caras de muchos, y no eran, no, las habituales caras de soldados españoles, siempre alegres. Cuando entrábamos en casa de mis amigos, volvimos a encontrar a Urbistondo, y nos dijo que, al llegar al cuartel, el comandante había mandado arrestar a toda la banda; que al tambor mayor, a quien se atribuía connivencia con los desentonados pífanos, le habían metido en un calabozo. La oficialidad recibió orden de permanecer en el cuartel toda la noche, y se prohibió que salieran los sargentos. Cuando nos daba Pepito estos informes, ya casi anochecía; los paseantes de los jardines volvían presurosos a sus casas; notábase en algunos aprensión, recelo; de la sierra bajaba un airecillo sutil, que nos hacía echar de menos los abrigos. Yo mandé a casa por el mío: la persona que me lo trajo, traía también un billete en que se me instaba, mejor dicho, en que se me hacía el honor de llamarme a Palacio... Yo tiritaba; me había enfriado un poco al volver de paseo: creo que contribuyó a ello el ver aquellos soldados tan tristes, marchando sin tambores ni cornetas... Aplacé la visita a Palacio para después de comer; pero luego vino un recadito más apremiante, verbal, y tomando el brazo del digno caballero que lo había llevado, me fui allá. Quién me llamó de Palacio, no puedo decírtelo, niño, ni hay para qué.

»Creí encontrar alarma en la morada real, pero me equivoqué... ¡en tantas cosas nos equivocamos! Sabían todo lo ocurrido en el cuartel del Pajarón y en la lista; tenían noticia de la descompuesta actitud de los sargentos en el café del teatro, donde suelen reunirse; de la llegada de paisanos de Madrid, siniestros pajarracos que anuncian las tempestades políticas; mas no por eso habían perdido la tranquilidad y confianza. No debo ocultarte que yo había recibido de la Villa y Corte informes preciosos de lo que piensan y dicen ciertas personas de las que influyen en la cosa pública, lo mismo cuando están en candelero que cuando están caídas. Alguien se enteró de que yo tenía tales referencias y quiso oírlas de mis propios labios. De lo que yo sabía, comuniqué lo que estimaba prudente y oportuno en las circunstancias actuales, lo que a mi parecer podría ser de utilidad y enseñanza para la persona que me interrogaba; lo demás me lo callé. ¿No te parece que hice bien? Ya veo que afirmas. Me gusta que opines en todo como yo.

»Pues verás: pasé un rato muy agradable con las niñas cuando las acostaban. La reinita Isabel discurre como una mujercita; Luisa Fernanda le gana en formalidad. Es grave la pequeñuela, y en su corta edad parece sentir y comprender ya que tanto ella como su hermanita son personajes históricos, y que están llamadas a desempeñar primeros papeles en la escena del mundo. Isabel despunta por su inteligencia: cuentan de ella salidas y réplicas verdaderamente prodigiosas. Ya conoce por sus nombres a todos los palaciegos y a muchos generales; distingue los cuerpos y armas del ejército por los uniformes, y los grados y empleos de los oficiales por los galones y charreteras. La cronología de los reyes, desde los Católicos para acá la sabe de corrido, y en etiqueta suele dar opiniones saladísimas, que revelan su agudeza y disposición. Es muy juguetona, demasiado, según dicen algunos, para reina. Pero esto es una tontería, porque los niños ¿qué han de hacer más que enredar? Nuestra _angélica Isabel_, a quien aclaman pueblo y ejército como la esperanza de la patria, se iría gustosa, si la dejaran, a jugar a la calle con las chiquillas pobres. Dios la bendiga. Si esa guerra tiene el término que deseamos y el don Carlos se queda como el gallo de Morón, veremos a Isabel en el trono, digo, la verás tú, que yo no pienso vivir tanto.

»No sé por qué me figuro que la juguetona y despabilada Isabel ha de ser una gran reina, como la primera de su nombre. El toque está en que sepan rodearla, en sus primeros años de reinado, de personas buenas, de severo trato y rectitud, de conocimiento en los negocios de Estado, pues no siendo así, ¿qué ha de hacer la pobre niña? Ni con las dotes más excelsas que Dios pone en la voluntad y en la inteligencia de sus criaturas, podría desenvolverse Isabelita en medio del desconcierto de un país que todavía anda buscando la mejor de las constituciones posibles, y que no parece dispuesto a dejarse gobernar con sosiego hasta que no la encuentre; de un país que todavía emplea como principal resorte político el entusiasmo, cosa muy buena para hacer revoluciones cuando estas vienen a cuento, mas no para gobernar a los pueblos... En fin, no quiero que me llames fastidiosa, y suspendo aquí mis acerbos juicios acerca de un país que todavía ha de tardar siglos en curarse de sus hábitos sentimentales... Conque ya ves lo que le espera a la pobre niña, mayormente si la dejan sola y no cuidan de poner a su lado quien la guíe y aconseje. Quiera Dios que mis recelos sean infundados, y que Isabel reine sin tropiezos, y haga feliz, poderosa y rica a esta pobrecita nación. Yo no he de ver su reinado, y si es próspero y grande, eso me pierdo. Lo que en la historia resulte de la preciosa niña, a quien he dado tantos besos esta noche, tú me lo contarás cuando nos veamos en el otro mundo.

»Bueno: pues sabrás que al salir del cuarto de las niñas, me dieron la noticia de que cuatro compañías de la Guardia Real Provincial, alojadas en el Pajarón, se habían sublevado. Me lo dijo una dama en quien el ingenio corre parejas con la edad (uno y otra son grandes), y sin duda porque su conocimiento práctico de la historia del siglo la familiariza con los motines, no acompañó la noticia de demostraciones de sobresalto. Ya no era joven cuando el tumulto de Aranjuez, en marzo del año 8, que presenció y refiere con todos sus pelos y señales. ¡Conque figúrate si habiendo visto desde la barrera aquella función y todas las que han venido después, estará curada de espanto la pobre señora! “No se asuste usted —me dijo—. No será de cuidado: todo quedará reducido a que nos machaquen los oídos con el _himno_, y a que pidan quitar el Estatuto u otra majadería semejante. Yo, a ser la reina, no vacilaría en variar el nombre de la primera ley del Estado, pues esto ni da ni quita poder... Estos pobres liberales son unas criaturas que se pasan la vida mudando motes y letreros, sin reparar en que varían los nombres, y las cosas son siempre las mismas. Ahora les da por jugar a las constitucioncitas..., ¡qué inocentes!... Yo me río... En fin, veremos en qué para esto. No le arriendo la ganancia al amigo Istúriz”.

»Respondile que no podía yo participar de su tranquilidad, y hallándome bastante desfallecida y con un poquito de susto en mi pobre espíritu, le rogué que mandase me dieran una taza de caldo. “Pediré otra para mí, y además dos copitas de Jerez con sus bizcochos correspondientes, porque, amiga mía, no puedo avenirme a esta novísima costumbre de comer a las tres y cenar a las once de la noche..., costumbres napolitanas deben de ser estas... Y además, como podría suceder que en noche de revolución no haya la debida puntualidad en la hora de la cena, bueno es que nos preparemos para los ayunos que nos depare Dios de aquí a mañana. Y si a usted le parece, mandaremos que nos sirvan algún fiambre, o una perita en dulce...”.

»A todas estas, notamos entrada y salida de militares, vimos caras de sobresalto; mas ningún rumor desusado se oía por la parte del pueblo. Cuando mi amiga y yo estábamos en el comedor chico haciendo por la vida, nos dijo el mayordomo de semana, todo trémulo y asustadico, que se había cerrado la puerta de hierro que comunica con la población, trayendo las llaves a Palacio; pero se temía que los sublevados de fuera violentarían la puerta de la verja con ayuda de los sublevados de dentro. “¡Los de dentro! —exclamó mi amiga—. ¿Según eso, los del cuarto regimiento también...? Era natural. Ya lo tendrían bien amasado entre todos”. Añadió el informante que el jefe de Provinciales y parte de la oficialidad trataban de contener el movimiento con exhortaciones y buenos consejos; pero se dudaba que lo consiguiesen. Aún quedaba la esperanza de que los Guardias de Corps se mantuviesen fieles a la disciplina, y en este caso, andarían a tiros unos contra otros. A esto, dijimos las dos señoras que no, no..., de ninguna manera..., nada de tiros ni matarse, no, no... Que se avinieran todos, y a la buena de Dios; que si ello quedaba en un cambio de gobierno, con himno a pasto, proclamas, _entusiasmo_ y un gracioso cubileteo de constituciones, nos dábamos por satisfechas... Sobre todo, lo que hubiera de venir, viniera pronto, para poder cenar, aunque fuese un poquito tarde, y dormir tranquilamente.

»Al volver a la antecámara, ya sentimos extraordinario ruido al exterior, y en Palacio turbación, perplejidad, azoramiento, miedo».

II

«“Por aquí, por aquí”, nos dijeron señalando las salas cuyos balcones dan a la plazuela llamada la _Cacharrería_, y allá nos fuimos mi amiga y yo, deseosas de ver y gozar las escenas que se preparaban, presumiendo, no sé por qué, que estas no habían de ser tumultuosas, ni menos sangrientas. Sonaron algunos tiros, ¡ay qué miedo!; advirtieron por allí que eran disparados al aire, más en son de fiesta que de hostilidad, y el murmullo de voces que subía de la plazoleta no parecía en verdad resuello de revolución, sino más bien algo del ¡_ah, ah_! con que en los teatros imitan torpemente el bramido de las multitudes furiosas. La noche no era muy clara. Desde los balcones, atisbando tras de los cristales, distinguíamos el hormigueo de bultos oscuros moviéndose sin cesar, brillo fugaz de objetos metálicos, bayonetas, cañones de fusil, chapas de morriones, charreteras. Se intentaba, sin duda, la formación ordenada, y no era fácil lograr tal intento. En los vivas, que a poco de llegar los sublevados a la plazuela empezaron a oírse, alternaba la reina con la libertad, uno y otro grito proferidos con igual ardor, de lo que deducíamos que nuestras vidas, así como las de las reinas, no corrían peligro alguno. Revolución que aclama a las personas que encarnan la autoridad, no viene con mal vino. “Puede que ahora —observó mi amiga— salgan esos infelices con que han armado toda esta tremolina para pedir aumento de paga, lo que me parece muy justo, porque ya sabrá usted que ya no les dan más que nueve cuartos, de los cuales ocho son para el rancho. Reconozcamos que el soldado español es la virtud misma, pues _por un cuarto_ diario consagra a la patria su existencia, _por un cuarto_ se somete a los rigores de la disciplina, _por un cuarto_ nos custodia y nos defiende hasta dejarse matar. No creo que en ningún país exista abnegación más barata. Pero ya verá usted cómo estos desdichados vienen pidiendo algo que no les importa, algo que no ha de remediar su pobreza. Verá usted cómo se descuelgan reclamando más libertad..., libertad que no ha de hacerles a ellos más libres, ni tampoco menos pobres. Alguno habrá quizás entre ellos que crea que la Constitución del 12 les va a dar cuarto y medio”.

»Otra dama que se nos agregó, esposa de un general que ha hecho su brillante carrera hollando alfombras palatinas (no te digo su nombre: es feíta la pobre; tan poco agraciada que todo el mundo cree que tiene talento..., y el mundo se equivoca), nos aseguró que el escándalo que presenciábamos era obra del masonismo; que los soldados de la Guardia no entendían de constituciones, ni sabían si la libertad se comía con cuchara o con tenedor, y que se sublevaban porque las logias les habían repartido dinero. Cuatro días antes habían llegado de Madrid doce mil duros... Mi amiga la interrumpió para decirle que no creía en esos viajes de las talegas. Yo fui de la misma opinión. Pero ella insistió, asegurando lo de los miles como si los hubiera contado. Lo sabía por la doncella de una camarista, que tenía un novio cabo de Provinciales. El domingo anterior habían salido de paseo, y él la convidó a merendar en la Boca del Asno, y le mostró piezas columnarias, de esas que tienen dos globos y el letrero que dice _más allá_... Dijo a esto mi amiga, revistiendo su socarronería de exquisitas formas, que con tales señas no podía ponerse en duda la venalidad de los sargentos sediciosos, y yo me vi precisada a expresar la misma opinión, añadiendo que en ningún caso es conveniente que las logias tengan dinero. Las tres hubimos de maravillarnos de que, poseyendo el rey y la grandeza los mayores caudales de la nación, sean todas las revoluciones contrarias a la monarquía y a la aristocracia. Por fuerza tiene que haber gran cantidad de moneda oculta, repartida en muchos poquitos entre la masa enorme de gentes ordinarias, oscuras y aun descamisadas que hormiguean en ciudades y aldeas.

»Bruscamente apartaron nuestra atención de estas filosofías a lo mujeril el aumento de ruido en la plaza y en la entrada de Palacio, la estrepitosa sonoridad del himno de Riego, cantado por mil voces, y el movimiento que advertimos hacia la escalera principal. Pronto vimos que subían los jefes de las compañías sublevadas. San Román y el duque de Alagón salieron a recibirles. No olvidaré nunca el breve, picante diálogo entre los generales palatinos y los jefes que tan desairado papel representaban en aquella comedia. “¡Pero ustedes...!”. “Mi general, nosotros...”, y no decían más. Escribían un poquito de historia con estas palabras premiosas, acompañadas de un expresivo encoger de hombros. Uno de ellos pudo al fin explicarse con más claras razones: “Nosotros no nos sublevamos..., los sargentos de todos los cuerpos son los que se sublevan... ¿Qué habíamos de hacer? Hemos tenido que seguirles para evitar el derramamiento de sangre”. Y Alagón repetía: “¡Pero ustedes!...”. “Mi general —se aventuró a decir el comandante de Provinciales—, creemos que dejándonos llevar de esta corriente irresistible, prestaremos un servicio a la reina... Sin nosotros, sabe Dios a dónde llegaría el movimiento...”.

»San Román, pálido, dando pataditas, estampa viva del azoramiento y la perplejidad, creyendo que era su deber incomodarse para decir las cosas más sencillas, desplegó toda su cólera en estas palabras: “Pues ahora van ustedes a manifestar a la reina..., eso, eso..., a explicarle las causas del escándalo..., y eso..., eso..., que ustedes se han dejado llevar, se han dejado traer, para evitar mayores males..., y eso..., el derramamiento de sangre”.

»Más sereno Alagón, como hombre de trastienda y con más conchas que un galápago, les invitó a pasar a la presencia de Su Majestad, con el fin de darle conocimiento de lo ocurrido y de reiterarle su firme lealtad y adhesión. Adentro fueron todos, y los de fuera seguían desgañifándose con el himno, cual si lo hubieran aprendido en viernes. Poco duró la conferencia de los jefes con la Gobernadora. Al verles salir, acompañados de un conde y un duque, no pudimos menos de observar que si ridícula era la situación de la oficialidad dejándose mover de la indisciplina de los inferiores, más ridículamente desprestigiados resultaban los generales, cuyo papel quedaba reducido al de introductores de las embajadas que los sediciosos enviaban a la reina.

»“Que suba una comisión, una comisión de las clases... —decía San Román—: veremos qué piden... Que suban seis”. Opinó Alagón que era excesivo este número. Bastaba, según él, que subieran uno de Provinciales y otro de la Guardia..., todo lo más tres: un tercero por los granaderos de Caballería... En esto reclamaron a mi amiga de parte de la reina. A mí se me llamó poco después, y entró con otras dos señoras en el comedor pequeño, donde estaba Su Majestad disponiéndose a cenar antes de recibir a la comisión de los amotinados. No podía disimular la ilustre señora su turbación, su miedo ante aquel problema que el pueblo le planteaba, y que tenía que resolver pronto y con entereza, sin que la ayudaran ministros ni próceres. Creo que desde las tremendas noches de septiembre del 32, en aquel mismo palacio, cuando se vio sola junto al rey moribundo, y enfrente la intriga de los apostólicos, no se ha visto doña María Cristina en trance tan apretado como el de agosto del año que corre. Quería comer, y lo dejaba por hablar y hacer preguntas atropelladas; queriendo decir algo importante, interrumpía los conceptos para comer precipitadamente sin saber lo que comía. Probó de una sopa, picó de un asado, tomaba la cuchara cuando debía coger el tenedor... Y en su exquisita amabilidad y hábito de corte, para todos tuvo una palabra grata, equivocando personas y nombres: eso ni que decir tiene. Advertí su rostro un poco arrebatado; a cada instante se pasaba la mano por la frente... ¡y qué frente aquella más bonita!..., o miraba en derredor, fijándose, más que en las personas, en los huecos que estas dejaban al moverse. ¿Qué buscaba? Sin duda lo que no tenía ni podía tener: un hombre, un rey.