Part 2
»Vestía la reina de blanco con sencillez soberana. Ordinariamente Su Majestad come muy bien. Aquella noche, un tanto tempestuosa para la corona, la inapetencia, la nerviosa ansiedad del primer tripulante del bajel del Estado, revelaban que no era insensible al malestar del mareo. Verdad que los tumbos del barquito eran horrorosos: la caña del timón había venido a ser irrisoria, como la que le pusieron a Cristo en su santa mano. Tan turbada estaba la señora, que nos preguntó muy sorprendida que por qué no cenábamos, sin reparar que no cenábamos porque no nos servían. La servían a ella sola. Pronto echó de ver su inadvertencia, lo que fue causa de endulzar con un poco de risa forzada los amargores de la situación. Algo dijo la reina, no lo entendí bien, de que luego cenaríamos chicos y grandes con formalidad, si la revolución nos dejaba llegar a media noche con vida; y de aquí tomaron pie los presentes para bromear un poco, mientras seguía por dentro de cada uno la tumultuosa procesión. Ni aun en aquel caso se eclipsaba la sonrisa ideal de María Cristina; sonrisa que era como un astro siempre luminoso en medio de tales tristezas. Los hoyuelos lindísimos de su cara, el repliegue de aquella boca no tienen semejante, ni creo exista en humanos rostros un anzuelo tan bien cebado para pescar corazones. Cuantos españoles han visto a esta reina se sienten dominados por su atractiva belleza. Es, creo yo, entre todas las testas coronadas, la única que posee el secreto del estilo gracioso, con preferencia al grave, para la expresión de la majestad.
»Como anunciara el duque que los sublevados habían elegido ya su comisión, y que esta esperaba la venia de la soberana para presentarse a ella, se discutió en qué departamento del Palacio se recibiría tan singular embajada. No por humillar a los sargentos, sino por alejarse lo más posible de las estancias donde se sentía el temeroso bullicio militar y el insufrible sonsonete del himno, dispuso la reina recibir a la comisión en una de las salas del archivo, que están en la parte del norte, lo más desamparado, triste y recogido de la casa. Te daré una idea de la estancia en que se efectuó el imponente careo entre pueblo y rey, que, según dicen, ha de cambiar la faz del país... (Puede que varíe la cara nacional; el alma poco variará...). Es el archivo una pieza larguísima, como de doce varas, con la mitad de anchura, rodeada toda de armarios de madera rotulados, que supongo estarán llenos de papeles del Patrimonio, los cuales tengo para mí que no servirán para nada. El cielo raso del techo se ha caído en algunas partes, mostrando la armadura y tillado; el suelo está cubierto por esteras de las más ordinarias. Los muebles son una mesa de nogal y otra de mármol, arrimada a un lado como un trasto que estorbaba en otra parte y lo han metido allí, donde también estorba. Elegida esta pieza para parlamentar la corona y la revolución, llevaron un sitial para la reina, dos grandes candelabros con bujías, y creo que nada más. Pusieron guardias de Alabarderos en todo el trayecto desde la escalera hasta el archivo; en la puerta de este dos guardias de Corps, y un número grande de ellos en la pieza inmediata. Preparado todo, se dijo a la plebe armada que podía pasar.
»Formaban la diputación de los sublevados dos sargentos. El soldado que entró con ellos creímos que venía representando la clase de tropa; después supimos que, movido de la curiosidad, la cual debía de ser en él tan grande como su frescura, se había colado, agregándose a los sargentos sin que nadie le dijera nada. Así andaban las cosas aquella noche. En la escalera les recibieron el duque de Alagón y el general San Román, que después de mandarles dejar las armas, les echaron la correspondiente exhortación a la prudencia, no como autoridades inflexibles, sino como compañeros, pues se había borrado toda jerarquía, aunque los signos de estas permanecieran adornando las personas, sin más valor que el que podrían tener los botones y ojales de la ropa. Dijéronles que miraran bien lo que decían ante la augusta persona de la reina; que doblaran ante ella la rodilla y le besaran la mano respetuosamente, y que si Su Majestad, siempre bondadosa, les recomendaba que se retiraran a sus cuarteles, lo hicieran calladitos y sin ningún alboroto. A esto dijo uno de los sargentos con bastante firmeza: “Mi general, si no hemos de poder manifestar a la señora las causas de esta revolución y lo que pide España, excusado es que entremos”. A este golpetazo de lógica, nada pudo contestar el jefe de la guarnición. El duque añadió: “Sí, sí, entrad... Su Majestad quiere veros y que le digáis las razones de haber dado vosotros este paso, sin que nadie os lo mandara... Entraréis; ¡pero cuidado, cuidado...! No nos deis una noche de vergüenza, ni nos pongáis en el caso de...”. Lo demás no se oía... Precedidos de los generales, acompañados, escoltados más bien por los jefes de Provinciales y de la Guardia, avanzaron de sala en sala los dos sargentos y el soldado intruso. El nombre de este no lo supimos; los de los sargentos nos los dijeron ellos mismos a la salida: el uno se llama Alejandro Gómez y tiene veintidós años; el otro Juan Lucas y dos años más de edad. Ya ves qué pronto y con qué poco trabajo han entrado en la Historia estos dos caballeros: ¡Alejandro Gómez, Juan Lucas! ¿Qué significa esto?, te pregunto yo. ¿Cómo se entra en la Historia? Y tú me responderás que en la Historia, como en todas partes donde hay puertas, gateras o ventanillos, se entra... entrando».
III
«Cuando llegaron a lo que en aquel caso era sala de embajadores, los tres emisarios de la revolución iban tan azorados y temerosos, que se habrían alegrado, creo yo, de que les mandaran volver a la plazuela. El lujo de Palacio, para ellos sorprendente, desconocido; las personas graves, de alta representación social, que a su paso veían; la idea de encontrarse pronto frente a la majestad representada en la hermosa reina, toda gentileza, elegancia, superioridad por donde quiera que se la mirase les abrumaba, les hacía temblar como reos míseros. Te aseguro que el soldado tenía cara de tonto; pero que no lo era, bien lo probaba su audacia. Y no hubo entre los palaciegos que les recibían o entre los jefes que les acompañaban uno a quien se le ocurriera decir: “Pero tú, soldadillo, ¿qué tienes que hacer aquí? ¿Quién te ha llamado, quién te ha dado poderes para llegar en comisión nada menos que al pie del trono?”. Esto te probará cuán azorados andaban aquella noche los grandes y los medianos. La ola que subió tan súbitamente les privaba de todo sentido.
»De los sargentos, el Gómez era sin duda el más despabilado: arrogante muchacho, de color moreno encendido, vivos los ojos. Lucas parecía menos listo. Miraba al suelo: su papel político le agobiaba como un remordimiento. Por fin, entraron en el archivo silenciosos. Y al ver a la reina, rodeada de tantas personas de categoría y de la alta servidumbre, quedáronse como encandilados, tan cohibidos los pobres, que sus jefes tuvieron que cogerles del brazo para hacerles avanzar a lo largo de la sala. Detrás y a los lados del sillón regio estaban el señor Barrio Ayuso, ministro de Gracia y Justicia, el marqués de Cerralbo, el alcalde de La Granja, señor Ayzaga, y varias damas. San Román y Alagón se situaron a derecha e izquierda de Su Majestad. Hincaron la rodilla los tres representantes de la revolución y besaron la mano de la Gobernadora, que desde aquel instante pareció recobrar su serenidad. Abriendo camino a las explicaciones, la reina les electrizó con la sonrisa primero, y después con estas cariñosas palabras: “Hijos míos, ¿qué tenéis?, ¿qué queréis?, ¿qué os sucede?...”. La contestación de ellos tardó un mediano rato, que a todos pareció larguísimo. Los sargentos se miraban uno a otro, como diciéndose: “Habla tú”; pero ninguno de los dos rompía. Tuvo la reina que repetir su pregunta, y al fin, el comandante de Provinciales mandó al Gómez con gesto imperioso que contestase. En voz muy baja, balbuciente, rectificándose a cada sílaba, dijo el sargento algo muy extraño, que no parecía tener congruencia con la pregunta. Interpretando las cortadas expresiones del joven militar, como se interpreta una borrosa inscripción, o como se lee una carta rota, cuyos pedazos no están completos, resultaba poco más o menos el siguiente concepto: “Señora, lo que nosotros pedimos a Vuestra Majestad es que conceda a la nación _aquello_..., _aquello_ por que nos hemos batido en el Norte durante tres años, _aquello_ por que han perecido la mayor parte de nuestros compañeros”.
»La reina interpretó al instante en el sentido más conforme con sus ideas las inciertas demostraciones del militar, que, en su rudeza, quería ser delicado evitando la palabra poco grata a los reyes, y el pobrecillo no tenía bastante dominio del lenguaje para poder emplear eufemismos hipócritas. Pues bien: la señora reina se aprovechó de la turbación del soldado para sostener que _aquello_ era ni más ni menos que los legítimos derechos de su hija la reina de las Españas doña Isabel II.
»Vimos entonces en el rostro del sargento la rápida iluminación que da el hallazgo del concepto apropiado a las ideas que se quieren expresar. “Sí, señora —dijo—: nos hemos batido por los legítimos derechos de nuestra reina; pero también creíamos que peleábamos por la Libertad”. Viendo la Gobernadora que no le valía la evasiva, extremó su bondad para decir: “Sí, hijos míos: por la Libertad, por la Libertad”. Animándose Gómez con su primer éxito, se atrevió a responder: “De la Libertad se habla mucho; pero no veo yo que la tengamos”. Expresó entonces la reina una idea de las que más han usado y manoseado los _estatuistas_: Libertad es que tengan fuerza las leyes; que se respete y obedezca a las autoridades constituidas. Al oír esto, despabilose súbitamente el sargento, y en tono decidido, dueño ya de su palabra y de su asunto, salió con esta retahíla que habría sido fácil ajustar a la música del himno famoso: “Entonces, señora, no será Libertad el oponerse a la voluntad de todas las provincias para que se _ponga_ la Constitución; no será Libertad el desarme de la Milicia Nacional en todos los puntos donde está pronunciada; ni la persecución de liberales, como está sucediendo hoy mismo en Madrid; ni será tampoco Libertad el que vayan al Norte comisionados a proponer arreglos y tratos con los facciosos para concluir la guerra”.
»Iba tomando un carácter poco grato la conferencia, que casi picaba en disputa, y la reina, un tanto nerviosa, la exacerbó asegurando que lo dicho por Gómez no tenía nada que ver con la dichosa Libertad, y que por su parte desconocía las persecuciones de liberales y los pronunciamientos de la Milicia Nacional. Ya notaban todos que el sargentito no se mordía la lengua. San Román estaba de veinticinco colores, y Alagón de uno solo: su palidez era intensa, su silencio absoluto. Gómez no perdía ripio: allí fue contando por los dedos las capitales pronunciadas, particularizando a Zaragoza, y, por último, se dejó decir que si Su Majestad no sabía lo que pasaba en el reino, era porque le ocultaban la verdad. ¡Amigo, esta fue la gorda! Sonó un murmullo en toda la sala. La reina dejó de sonreír; el ilustre concurso estimaba irreverente y absurda la conferencia, que únicamente el miedo podía consentir. ¿Y quién era el guapo que la suspendía? ¿Quién mandaba a los sargentos retirarse con las compañías al cuartel? No había más remedio que hacer de tripas corazón. Los sublevados tenían la fuerza: cuanto miraban delante de ellos no era más que una debilidad ostentosa. Creciéndose más a cada instante, el sargento de veintidós años declaró respetuosamente, en nombre de sus compañeros, y juzgándose intérprete de miles y aun de millones de españoles, que para devolver la tranquilidad a España y evitar el derramamiento de sangre, _se hacía indispensable_ que Su Majestad _mandase publicar_ el Código constitucional del 12, pues no era otro el motivo de la insurrección.
»Tragando un poquito de saliva, quiso probar la Gobernadora los efectos de su graciosa sonrisa para reducir y aniquilar a su contrario, el cual, si nada representaba por sí, por la masa humana que tenía detrás adquiría proporciones gigantescas. “¿Pero tú conoces la Constitución del 12? ¿La has leído?”, le dijo; y él contestó impávido que en ella había aprendido a leer. Prodújose en todos los presentes un movimiento de sorpresa, de hilaridad, y la reina mandó traer el libro de la Constitución. No fue preciso salir de la estancia, pues ya lo tenían allí preparado. El señor Barrio Ayuso, ministro de Gracia y Justicia, era de los que creían que aquella grave situación se dominaba con triquiñuelas, y entre él y la reina habían armado una: la oportunidad de ponerla en práctica no tardó en llegar. Abrió María Cristina el venerable librote, y leyó el artículo 192, que previene han de ser tres o cinco los regentes. “¡Según eso —exclamó Su Majestad— sois vosotros los que queréis traer a don Carlos al trono! (_Asombro e indignación de los sublevados_). Sí, vosotros, pues por esta Constitución no puedo ser yo la regente del reino ni tutora de mis hijas, y eso por vosotros, que tantas pruebas me habéis dado de adhesión”.
»El efecto de este argumento fue desastroso en los inocentes revolucionarios, y las caras de triunfo que ponían los palaciegos al oír a su señora acabaron de desconcertarles. Miráronse por segunda vez uno y otro sargento, como diciéndose: “Ahora sí que estamos lucidos”, y el señor Barrio Ayuso, reventando de vanagloria por el éxito de su pasmosa zancadilla, reforzó las palabras de la soberana con otras hinchadas y oscuras, de jurisprudencia constituyente, con las cuales creía llevar a su último extremo la confusión y apabullo de los sublevados. El alcalde señor Ayzaga, que en el curso de la conferencia había demostrado su parcialidad, apoyando con mímica expresiva cuanto decía una de las partes, y poniendo morros de burla y menosprecio siempre que hablaba Gómez, se creció con el triunfo de la reina, y quiso acabar de hundir a la desdichada comisión, interrogando al pobrecito soldado que en ella desempeñaba un papel mudo, pues aún no se le había oído el metal de voz... “Y tú, vamos a ver —le preguntó, entre las risas de los circunstantes—, ¿qué razones tienes para querer la Constitución del 12?”. Como el soldado, estupefacto y hecho un poste, no contestara, repitió el otro la carga. “Te pregunto, fíjate bien, que por qué te gusta a ti la Constitución”. El soldado miró al techo, como los chicos que no se saben la lección, y respondió al fin con no poco trabajo: “La quiero, la queremos..., porque es mejor”.
»Ya iba picando en sainete la histórica escena: la inocencia del soldadillo había puesto fin a toda seriedad, y de ello se aprovechó el alcalde para estrecharle y confundir más a sus compañeros de armas. “Pero, hombre, explícate mejor: di a Su Majestad en qué te fundas para creer que esa Constitución que ahora defiendes es mejor que otra cualquiera”. Tanto le apremiaron, que el pobre chico se arrancó con sus razones. “Pues yo no sé..., lo que sé es que el año 20, en mi pueblo, que es La Coruña, para servirles, estaba libre la sal (_Risas_), y libre el tabaco”.
»Y con estas candideces se regocijaban más los primates allí congregados sin acordarse de que a pocos pasos de la estancia real, donde tales simplezas oían, se apiñaba inquieta y displicente una muchedumbre armada que pedía la Constitución del 12, sin que ninguno de los sediciosos supiera justificar su deseo con razones de más sustancia que aquella expresada por el soldado: _que era mejor_.
»Explícame esto, tú que sabes tanto. ¿Cómo se forma el sentimiento popular, casi siempre irresistible? ¿Quién enseña a las multitudes a querer ardientemente una cosa, sin saber decir por qué la quieren? ¿Cómo es que la sinrazón popular, cuando es persistente y honda, tiene siempre razón? Explícamelo tú, que sabes de estas cosas... Pero no: ahora no me expliques nada, porque no tendría yo cabeza para enterarme de tu sabiduría, como no la tengo, ni ojos, ni tampoco mano, para seguir escribiendo. El sueño me rinde. No puedo más. Me permitirás que termine aquí esta carta, y no me reñirás por suspenderla en lo más interesante. Mañana seguiré, tontín; mejor dicho, empezaré otra, pues esta quiero que salga en el correo que parte del Real Sitio al amanecer. Mas no la terminaré sin decirte que en la presente confirmo y ratifico cuanto en otras te manifesté respecto a mi tolerancia y deseos de transacción. No solo no pongo ya el veto a tu frenesí amoroso, sino que para evitar mayores males te incito a que vayas en seguimiento de tu Aura. Sí, niño, sí: ¿tú lo quieres? Pues sea. Como reventarías si no la encontraras y la hicieras tuya, tómala, te lo permito. Quiero que despejes esa incógnita de tu destino. Si he de decirte la verdad, ya me va interesando también a mi esa pobre joven, tan traída y llevada por parientes y tutores, oprimida y explotada por gentes mercenarias. Es muy triste no tener padres, ¿verdad? Mira tú, por esto solo, por ser huérfana tu novia, he principiado yo a encariñarme con ella. Y es de poco tiempo acá la transformación de mis sentimientos con respecto a tu Aura. Debo esta mudanza a la señora de que te hablé... ¿ya no te acuerdas? la que te ha visto y no te ha visto; la que te conoce y no te conoce; la que... Vamos, niño, tengo mucho sueño. Hasta mañana».
IV
«¿En qué habíamos quedado? —decía la dama invisible en su carta del 15 de agosto—. ¡Ah!, ya recuerdo. Quedaron cual atontados palominos los tres individuos que representaban a la revolución. El Gómez, no obstante, se rehizo y sacó de su cacumen un argumento que revelaba mayor agudeza de la que esperaban reina y cortesanos. Asimilándose con rápido instinto las marrullerías del ministro allí presente, propuso que se mandase publicar la Constitución con la cláusula de que quedase en vigor toda ella, menos el artículo referente a la regencia. A esto replicaron que no era posible extender el decreto sin que se reuniera el ministerio para refrendarlo. Ante obstáculo tan insuperable, la única solución era que los sublevados se fueran calladitos al cuartel, con el mayor orden, satisfechos con la promesa que les hacía la señora de presentar en la próxima reunión de Cortes un proyecto de Constitución, que había de ser muy buena, mejor todavía que la de Cádiz.
»Conformes en ello los tres militares, dudaban que sus compañeros se aplacaran con tal expediente, y no querían volver a la plazuela temerosos de ser mal recibidos. Entablose una discusión larguísima y fastidiosa entre el ministro, el alcalde, Alagón y San Román de una parte, y de otra, el sargento Gómez, pues Lucas no hacía más que asentir con cabezadas a cuanto el otro decía, y el soldadillo había renunciado cuerdamente al uso de la palabra... Por último, los señores primates, maestros en pastelería sublime, que era su única ciencia, discurrieron amansar la fiera con una real orden en que la Gobernadora manifestaba al general San Román su voluntad de adoptar nueva Constitución con el concurso de las Cortes. Allí mismo la redactaron, y a los sargentos, crédulos y respetuosos, no les pareció mal. Así lo manifestó Gómez, añadiendo la duda de que con tal emoliente se diesen por satisfechos los sublevados. Pronto lo sabrían, pues con la venia de Su Majestad bajaban a manifestar a sus compañeros el resultado de la _junta_, en la que se habían empleado tres horas: ya era más de la una cuando salieron a la _Cacharrería_, donde impacientes aguardaban pueblo y tropa, roncos ya de cantar el himno. Al punto, según oí contar, fueron rodeados de sargentos y oficiales que ansiosos les preguntaban si traían ya el decretito firmado por _el Ama_. La noticia de que no traían más que una real orden dilatoria, les sacó de quicio. San Román mandó dar un toque de atención, y obtenido el silencio preparose a leer el _papel mojado_, empleando antes como vendaje el recurso de los vivas. ¡Viva la reina! ¡Viva la guarnición de La Granja! ¡Vivan los vencedores de Mendigorría! Las contestaciones fueron calurosas, y el general creyó dominar la situación. Arrancose a leer, y no bien hubo llegado a la mitad del documento, oyó un murmullo, y luego el grito de “¡Fuera! ¡Fuera!”. En fin, que el hombre no tuvo más remedio que guardar su papelito; y como sonaran disparos al aire, dio media vuelta y se metió en Palacio.
»Todo lo que fuera ocurría repercutió bien pronto en las apartadas estancias donde aguardaba María Cristina, desesperanzada ya de que el conflicto se arreglase fácilmente con arbitrios engañosos y evasivas oficinescas. Sin ejército ni gobierno que apoyaran su dignidad y sus prerrogativas, no tuvo más remedio que darse por vencida, y contestando con desdeñoso gesto a los palaciegos que aún veían términos de acomodo, ordenó que volviese a subir la comisión de sublevados. Sin duda pensaba que los primates que en tal trance la habían puesto con su abandono y desgobierno merecían la bofetada que el pueblo les daba con la blanca y blanda mano de su hermosa reina. Adelante, pues, con el pueblo, que era en suma el burro de las cargas, el sostén de cuanto allí existía, el defensor de los derechos dinásticos, el único guerrero que guerreaba, el único político que dirigía, con rudeza y desatino, eso sí, pero con fuerza. “¡Viva la fuerza, sea la que fuere!”, debió decir para sus adentros la graciosa dama, que plebe y trono no habían de reñir por una Constitución de más o de menos.
»Aquí lo tienes ya bien explicado todo. Subieron los sargentos, cerca ya de las dos de la madrugada, y manifestado por ellos que la guarnición no se satisfacía con la real orden, se pensó en extender el decreto. El alcalde, señor Ayzaga, que no cabía en sí de mal humor y despecho, fue encargado por la reina de redactarlo. Nada de esto presencié yo: me lo contó mi amiga en la antecámara, donde nos habíamos refugiado, rendidas de fatiga y de hambre, todas las personas que ya no tenían alientos para presenciar la fastidiosa escena histórica. Considerábamos que la página era interesante; pero ya nos aburría y deseábamos volver la hoja.