Chapter 4 of 24 · 3896 words · ~19 min read

Part 4

En esto entró doña María Tirgo, que había pasado toda la tarde con otras amigas suyas en el camarín de la Virgen, desnudando a esta de las ropas de gran gala que le pusieron para la fiesta, y vistiéndola con el manto y túnica que usaría la Señora hasta el Adviento. No bien entró la dama, la informó su hermano de lo que acababa de revelar al amigo de la casa; y como añadiese nuevas observaciones laudatorias de la parentela ilustre de los Idiáquez y Urdanetas, tuvo que corregirle doña María, mostrando tanta suficiencia como fácil memoria:

—Por Dios, José María, todo lo trabucas. El entronque de don Rodrigo con los Iraetas no es por los Idiáquez, sino por los Asos de Sobremonte, que proceden de una sobrina carnal del propio San Ignacio de Loyola. Los Garros, que también tienen parentesco con los Tirgos, son los que enlazan la rama de los Idiáquez con los Javierres y los Aragón, por el casamiento de doña Justa de Garro Idiáquez con don Alonso de Gurrea, de donde vinieron Mariquita y Luisita, una de las cuales casó con don Calixto de Borja, biznieto de un hermano del siervo de Dios, San Francisco. Siempre confundes esta familia con los Palafox, que son de otra cepa. Doña Juana Teresa es Palafox por su madre, no Gurrea, prima hermana de los Marqueses de Lazán. Ya sabes que Pepito, el de Robustiana Palafox, casó con una señora de los Gonzagas de Italia, prima segunda del glorioso San Luis; y la Rosita..., ¿te acuerdas de Rosita, la de Alcanadre, que tuvo aquel pleito famoso con los Tirgos? Pues la Rosita era viuda de un Pignatelli; casó después con Jacinto Palafox, sobrino del padrastro de su primer marido, y en terceras nupcias con Gurrea y Azlor, emparentado con la casa de Aragón...

—Yo no sé cómo mi hermana —dijo festivamente don José María— tiene cabeza para desenmarañar esa madeja de entronques y parentescos... Pero dejemos esto para otra ocasión, y vámonos a casa, que las niñas nos estarán esperando.

Salieron de la iglesia, agregándose en la puerta las dos señoras que con doña María habían vestido a la Virgen, y tomaron por calles y plazuelas la dirección del palacio de Castro-Amézaga, marchando delante Navarridas con las de Álava (que así se llamaban las señoras, primas o sobrinas en tercer grado del célebre general de Marina de aquel nombre), y detrás Calpena con doña María.

—No debe usted darse por entendido con las niñas de este negocio del casamiento. A Demetria le hemos dicho que nadie sabe una palabra de nuestro plan. A usted le parece bien, seguramente. Como mi hermano está un poco ido de memoria, habrá olvidado decir a usted que don Rodrigo es caballero del hábito de Santiago. Pero no le elegimos por eso, ni por los dos condados, sino por sus virtudes. ¡Ah!... Según me ha dicho Demetria, usted nos deja pronto. Quiera Dios que cuando vuelva por aquí les encuentre casados.

Creyó entender Calpena, por el tonillo de doña María, que no deseaba la permanencia del huésped en la casa mucho tiempo más, y se apresuró a darle gusto diciendo que, por lo apremiante de sus quehaceres, pensaba partir dentro de dos o tres días.

—Sí, sí, no sería prudente ni delicado retenerle a usted. Lo que yo digo: por más que no lo manifieste, se comprende que está aburrido en este poblacho, donde no hay sociedad para una persona como usted, tan alta, acostumbrada a las pompas de la Corte y al trato de otra clase de gente.

Replicó Fernando que el trato de las familias de Castro y de Navarridas era para él gratísimo, y aseguró que no había conocido nunca sociedad mejor.

—Vamos —dijo doña María presumiendo de agudeza—, no se nos haga usted el chiquito. ¡Si de nada le vale a usted ocultarnos su condición elevadísima! Yo estoy en el secreto, porque lo que saben las sobrinas lo sé yo... No nos engaña el señor don Fernando con su modestia.

—Me confunde usted, señora, suponiendo que soy lo que no soy.

—Cuando salía usted herido de Salvatierra, en la galera, y venían detrás mis dos sobrinas en otro carro, bien se acordará..., se agregaron dándoles escolta, dos oficialillos muy simpáticos, Serrano y Alaminos (mi memoria prodigiosa me permite recordar los nombres). Pues Alaminos y Serrano, charlando con las niñas, les dijeron que, según la pública voz, es usted de un origen muy encumbrado. Las razones que tendrá para no revelar ese origen, usted las sabrá. Solo digo que esas cosas no pueden ocultarse, sobre todo a las personas de fino olfato, como una servidora de usted. La sangre, la cuna, la educación saltan siempre a la vista, señor mío, y en usted está el mejor ejemplo de lo que digo, pues en su conducta, en su menor palabra, en su mirar, en el gesto más insignificante, se conoce que viene usted de muy alto... No, no, si no le pido revelaciones... Cada cual sabe lo que debe callar...

No quiso Fernando entrar en largas discusiones con la dama, y creyó más discreto dejarla en aquel error, que tal vez no lo sería. Si él no sabía nada, lo más prudente era callarse siempre que tal tema le tocaran. En el gran patio de la casa encontraron a Demetria y Gracia con varias señoras amigas, tomando la fresca: Gracia y otras de menor edad jugaban a las cuatro esquinas. La mayorazga, sentada en el corro de las personas graves, que acababan de tomar chocolate, no quitaba los ojos de la puerta, esperando ver entrar a cada instante a sus tíos con don Fernando. Algo se habló de labores de campo, por iniciativa de las señoras de Álava, propietarias muy fuertes; Demetria dijo que ya había concluido de trillar las cebadas, y que la cosecha era mediana en cantidad, pero el grano superior. En estas y otras conversaciones se hizo de noche; retiráronse las amigas; a poco de subir don Fernando a su cuarto, entraron Demetria y doña María Tirgo, y la primera empezó a reñirle porque se había vuelto muy correntón, y no nacía caso de las advertencias de don Segundo.

—¡Pero si ya está bien! —dijo la de Tirgo—. No le riñas, hija, que harta paciencia ha tenido el pobre. Mira que aguantarse tres meses y días en este lugarón, entre gentes rústicas... Sí, hija, pongámonos en lo justo; no le des vueltas: somos rústicas, y el señor don Fernando está acostumbrado a una sociedad más refinada que la nuestra.

—No, si no digo nada. Comprendo que debe marcharse... Y a propósito: aquí tiene ya su ropita, don Fernando. Va usted a salir de aquí hecho un señorito de pueblo. ¡Y que no se reirán poco de usted cuando le vean tan elegantón! Van a creer que este corte es de la moda de Londres, y preguntarán: ¿pero qué tijeras son esas, hombre, que te han cortado esas prendas admirables?

Fernando se reía mirando la ropa, y ella continuaba sus donosas chanzas:

—Ya, ya va usted bien apañadito. Le van a tomar por un alumno del seminario de Tarazona que vuelve de vacaciones.

—Pues la ropa, búrlese usted todo lo que quiera, parece muy bien cortada. Mañana me la pondré para que usted la vea, y quizás varíe de parecer.

—Sí, sí, lo mismito que la que dejó usted en Madrid. Lástima que no le hayan hecho también fraque las sastras de acá, para que lo luzca en las recepciones palaciegas cuando vuelva a la corte... ¡Ah, qué cabeza! Se me olvidaba lo principal. Ha venido esta tarde en busca de usted un capitán de Infantería, que ha llegado de Madrid.

—¿Cómo se llama? ¿Trae cartas?

—No me dijo su nombre. Le trae a usted otras veinte onzas, y carta. Las pataconas no ha querido dejarlas. Díjome que volvería; la carta aquí está.

—¡Pero si en el tiempo que lleva en casa, ya es la tercera vez que le mandan veinte onzas! —exclamó doña María Tirgo—. ¡Ay! En cuanto coja aire por esos mundos, adiós mi dinero. Bien, hijo, bien: no se prive usted de ningún gusto de los que dan tono a la verdadera grandeza; derroche y triunfe, que por lo visto hay por allá una mina inagotable.

—Sí, señora, inagotable —afirmó Calpena, siguiendo el bromazo, que para las damas no lo era—: soy muy rico, soy muy grande, soy el niño mimado del destino...

—No, no lo tome a broma —dijo Demetria—. Muy grande, sí, y nosotras unas pobres palurdas; pero es al propio tiempo tan delicado, que no nos deja conocer la diferencia entre usted y nosotras: diferencia por la clase, por la educación, por la ilustración...

—Si eso me lo dijera otra persona, crea usted no se lo perdonaría. Pero usted está autorizada para todo, hasta para llamarme fatuo, que fatuidad grande sería en mí creer en esa desigualdad.

—Pues me callo, señor... En fin, no le quitemos tiempo, que querrá leer la carta de su amigo.

—La leeré después.

—No, ahora, que nosotras nos vamos. Y si no ha de venir a rezar el rosario, dígalo para no esperarle.

—¡Pues no he de ir! ¡Y poco que me gusta a mí rezar el rosario con la familia!

—Pero que no pase lo de la otra noche —indicó Demetria entre severa y jovial, delicada fusión de tan distintos matices en las luces de sus ojos.

—¿Qué pasó la otra noche?

—Pues nada en gracia de Dios. Que dijo que iba al rosario, y nosotras allá esperándole un cuarto de hora, con el primer padrenuestro en la boca.

—Pues vamos ahora mismo. Después leeré la carta.

—No, no —dijo doña María cogiendo por un brazo a su sobrina y llevándosela—. Déjale, déjale... No le marees.

—Voy en seguida.

Pasó rápidamente la vista don Fernando por la carta de Hillo, enterándose de lo más sustancial, con ánimo de leerla entera después del rosario y la cena. Así lo hizo. Al acostarse, tuvo conocimiento de todo lo que el buen presbítero le decía, y que en extracto a continuación se refiere:

«Aquí me tienes desde el 14 que vine a ciertas comisiones y encarguillos de la _Gobernadora_ (no me refiero a nuestra soberana, hija de Parténope, sino a la reina sin corona que a ti y a mi nos gobierna, y bien puedes dar gracias a Dios de que así sea), los cuales aún no han tenido cumplimiento por lo trastornado que está todo en esta villa, a quien los retóricos llamamos _Ursaria_, y que debiera llamarse hoy _Babilonia la chica_. ¡Qué barullo, Dios mío, qué espantosa confusión, no diré de lenguas, pues todos hablan lo mismo, pero sí de ideas y de voluntades! Por la mañana andan a tiros milicianos y soldados; por la tarde salen cantando el himno. Los ministros, con su señor Istúriz al frente, no saben qué hacer. A La Granja, donde yo dejé la revolución bien guisada, acudió Méndez Vigo, ministro de la Guerra, con ánimo de sofocar el movimiento. No llevaba tropas: llevaba dinero, que es, según dicen, la _summa ratio_ de estas subidas y bajadas de constituciones; pero nada pudo conseguir. Ahora me dicen que hoy ha vuelto Su Excelencia acompañado de los sargentos triunfadores; entró en Madrid el representante del ejército, llevando en su propio coche al sargento Gómez, uno de los héroes del día; ha sido un espectáculo edificante el paso del general por San Vicente y Caballerizas, hasta Ministerios, donde se han apeado. Si esto no es una casa de locos, no sé yo lo que es, mi querido Fernando.

»La Milicia Nacional, derrotada y desarmada en todas partes, conserva la posición que ganó en los Basilios, arrojando de allí a los _peseteros_ que defendían el convento. El gobierno, tan pronto se cree vencido y se dispone a sucumbir ante el magistral _engaño_ de los sargentos, como se _encampana, escarba, humilla_, pretendiendo restablecer con un buen _hachazo_ el principio de autoridad. Pero este, ¿dónde está? ¿Quién es el guapo que lo tiene? Si se confirma que Méndez Vigo y el señor Gómez, sargento de Provinciales, han traído del Real Sitio varios decretos firmados por la reina destituyendo a no sé qué ministros y nombrando otros, ¿dónde se ha metido el principio de autoridad? ¿Lo tienen Gómez, Lucas y García, lo tienen las logias, o no lo tiene nadie? Me inclino a creer esto último... Y vamos a otra cosa, pues entiendo que más que las noticias de este inmenso Carnaval en que vivimos, te interesará saber que por el capitán don Teobaldo García (no tiene nada que ver con el esclarecido sargento del mismo nombre) te mando otras veinte onzas, por encargo de quien tiene esto y mucho más para subvenir a tus necesidades. Confiamos en que a la tolerancia de arriba corresponderás tú, desde tu posición inferior, con una conducta ajustada a la razón y a los buenos principios. No sabes tú bien lo que te perderías si así no lo hicieras. El sentido de tu última carta, aunque breve, sustanciosa, me da esperanzas de que te veremos formal y comedido. Sientes el hastío de los actos irregulares; ansías la paz de la conciencia, el reposo del ánimo. Muy bien: ya estás en el buen camino...

»Se transige con Aura, a pesar del origen no muy ejemplar de tu dama. Pero no hemos de ahondar demasiado en los fundamentos de cosas y personas, porque haciéndolo, la vida sería imposible. Ello es que vivimos en plena revolución. En proceso revolucionario está la sociedad, y lo mismo puede decirse de las familias y de las personas. El pueblo va ganando la partida: hoy avanza un paso, mañana otro, y los viejos alcázares se desploman. La nación transige con los sargentos, acepta de ellos _la traída de la Constitución_. Pidamos a Dios que no salgan luego los cabos trayéndonos otra. En tu esfera has hecho la revolución, y de arriba, viene la soberana voz que te dice: “Paciencia; aceptemos los hechos consumados”. Recoge, pues, a tu Aura; pero no pienses en que se te ha de consentir otra cosa que el matrimonio religioso y legal. Revolucionarios somos; pero _no tan calvos_, amigo mío.

»Y cuanto más pronto decidas ese punto capital, mejor, querido Fernandito. Si, como dices, ya estás curado de tu herida, abandona las delicias de esa Capua, y vete a tu negocio. Con las onzas recibirás el salvo conducto, y en un paquete separado esta carta, y las dos que presentarás a don Juan Bautista Erro, el Mendizábal del absolutismo, y al general Maroto; ambos te facilitarán tus diligencias en el país carlista. Ya verás que son bastante expresivas. Me ha dicho hoy Iglesias que aquí se consigue todo con buenas amistades. Pero yo veo que el pobre poco adelanta con llamar amigos a las tres cuartas partes de los españoles; de donde colijo que el abuso de los bienes es siempre un mal muy grande. Me asegura Nicomedes, invariable en su inquietud y en el anhelo de nuevas posturas, que esta revolución sargentil es un modelo del género, pues ha realizado una eficaz y provechosa mudanza por los medios más breves y pacíficos, sin derramar sangre inocente. Cree él que las naciones extranjeras nos han de copiar esta receta sencilla y familiar de los pronunciamientos, que hace inútiles las altas jerarquías de la milicia y la política. Allá veremos.

»Concluyo con una noticia que he adquirido esta tarde por feliz casualidad, pues tal ha sido mi encuentro con el señor Maturana cuando yo volvía de recoger las onzas. Sabrás, amado Telémaco, que don Ildefonso Negretti ha caído en desgracia en la Corte absolutista, por habérsele descubierto chicoleos epistolares con Mendizábal, a quien escribía cosas que no debieron ser del agrado de aquellos fantasmones. Interceptada la correspondencia por la Comisaría carlista de correos, fue reducido a prisión el culpable, y lo habría pasado muy mal sin la protección que le dispensa el infante don Sebastián. No pudo decirme Maturana dónde se encuentra hoy. Tú lo sabrás pronto.

»Viene el señor don Teobaldo a decirme que no sale hasta mañana, y aprovecho la dilación para endilgarte un par de pliegos más esta noche, con referencias del giro que van tomando estas humoradas del Carnaval político, y con algo de lo que a ti pueda interesarte. — _Vale_».

VII

«¡Lo que te has perdido! —continuaba el buen clérigo—. No un día, sino dos, se ha retrasado en su marcha el señor don Teobaldo, lo que me permite notificarte que hoy tempranito hizo la reina su entrada en Madrid. ¡Vaya una ovación! ¡Qué calurosos vítores, qué delirio, qué derroche de flores, todo al compás del himno! Lo presencié en Caballerizas, y te aseguro que me conmovió la sincera alegría popular. Todas aquellas mujeres, que como locas gritaban, ¿qué idea tendrán de la Constitución del año 12? Y si no tienen ninguna idea, un sentimiento ya tendrán; algo es algo. Ese sentimiento indefinido viene siendo la energía que mueve toda la máquina social y política; pero, ¡ay!, andaremos mal si no se traduce pronto en ideas, en hechos pacíficos, pues no vive un país con el solo alimento de entusiasmos y cantatas. Hoy está todo Madrid _colgado_, que así expresamos el ornato de balcones con abigarrados lienzos, banderas, o colchas donde no hay otra cosa; y esta noche tendremos lo que llaman iluminación, que es un gran derroche de cabos de vela y lamparillas en los edificios públicos y particulares. Su Majestad parecía muy satisfecha: las niñas, monísimas, saludaban con sus enguantadas manecitas, y el pueblo tan satisfecho. He visto a muchos abrazarse en medio de la calle. Luego me dijeron que esperaban que bajara el pan, y que todos los empleos se darían a los que _profesan el patriotismo_. Pues aún falta lo mejor, chiquillo. Dos horas después de la entrada de la reina, hicieron la suya los sublevados de La Granja, encarnación del principio de Libertad, ahora triunfante, y aquí fue el repetir las ovaciones con más ardor y franqueza, porque el respeto de los reyes siempre cohíbe un poco en la manifestación del júbilo. Uno de los corifeos, el Higinio García, venía a caballo detrás del general Rodil, con su uniforme tan majo que daba gusto verle. Oí decir que el caballo es prestado, y que él se ha erigido en plaza ecuestre, o en caballero del orden civil, sin que nadie se lo mande. Lo cierto es que su buena presencia, su vistoso uniforme, y la circunstancia de venir _a la verita_ del general, como figura importante de la Milicia, le señalaron más a la admiración del pueblo, y para él fueron los grandes aplausos y los vivas más calurosos, tocándole menor parte al Alejandro Gómez, que marchaba en su puesto en la compañía de Provinciales. Oí decir en los corrillos que el autor de todo el fregado era Gómez, y que a él debía la patria regenerada mayor servicio que al Higinio; pero que este sabía ponerse en lugar más visible, y apropiarse los plácemes y obsequios de que el otro era merecedor. Se aseguraba, como cosa hecha, que a los dos les van a nombrar comandantes del resguardo, sin darles ascenso en el cuerpo a que pertenecen, porque esto no ha parecido a todos muy regular. Ya ves que no carecen de modestia los pobres, y se contentan con bien poca cosa, pues si en proporción de lo que han hecho se les premiara, los dos a estas horas debieran ser ya generales. O hay lógica o no hay lógica, amigo mío. No me negarás que llevando las cosas con rigor, si por el criterio de la aplicación de la Ordenanza les corresponde la pena de muerte, por el de los hechos consumados les corresponde la gracia del generalato. Esto es claro como el agua.

»En el trayecto por el interior de Madrid, pues fueron a parar al cuartel del Pósito, los vítores y palmas llegaban al delirio, y luego que quedaron francos de servicio Gómez, García y Lucas, cayeron sobre ellos bandadas de los patriotas más pudientes, y les convidaron a comer de fonda y a fumar buenos puros del estanco. Entre tanto, no quiero decirte la quina que habrán tragado a estas horas Istúriz, Galiano, Saavedra y los agarrados a ese ministerio, que vino al mundo con la intriga que puso en el arroyo a nuestro bonísimo don Juan Álvarez. ¡Y que no echaban pocas roncas esos caballeros, ni se daban poco tono con su _suprema inteligencia_! Quisiera saber lo que piensa de todo esto tu amigo el señor Rapella, muñidor que fue del gobierno de Istúriz, pues él llevaba y traía los recaditos al Pardo. Olózaga lo cuenta muy bien. Como que él descubrió el embuchado en la Puerta de Hierro, y por no escandalizar ni dar un mal rato a la reina, taparon... Pero pronto se descubrió el pastel, y si una intriga de _opereta_ derribó a Mendizábal para entronizar a su amigo Istúriz, este cae a su vez ignominiosamente por un enredijo de _entremés con tonadilla_. La historia de España, que hasta hace poco gastaba el coturno trágico, paréceme que se aficiona a la comodidad de los zapatos de orillo, o al desgaire de la alpargata.

»¿No sabes? Ya tenemos ministerio nuevo. Don José María Calatrava lo preside, según acaba de decirme Nicomedes, que ha entrado como una exhalación y volvió a salir como una centella. Díjome los nombres de los demás ministros, pero se me han ido de la memoria. Paréceme recordar que en Gobernación entra Gil de la Cuadra, y en Guerra el general Rodil. De lo que estoy bien seguro es de que tenemos de capitán general de Madrid a don Antonio Seoane, en sustitución de Quesada, a quien los patriotas han tomado aborrecimiento y le llaman _liberticida_ y qué sé yo qué. Luego empezarán los cambios de personal. Nicomedes cuenta con que le harán jefe político. Espronceda ocupará un alto puesto, y tu antiguo jefe Oliván se ganará el ascenso que le corresponde en estos cambios revolucionarios, cuando vienen con mansedumbre. Te diré, además, que el bruto de Ibraim ha dado pruebas estos días de la elasticidad de su estómago de buitre, pues ha estado de servilleta prendida en todas las comilonas con que obsequia a los sargentos _libertadores_ la dislocada juventud de _Tepa_ o de las _Tres Cruces_. Y para señalarse más, después de hartarse bien, larga unos brindis hinchados y chabacanos, que son la risa de sus oyentes. Serrano el tísico los repite, y tan bien remeda la voz y el tonillo andaluz, que es morirse de risa. No creo, como consta en las _rapsodias ibraizantes_ de Serrano, que el capellán comparase a Gómez con Julio César; sí creo la imagen de que la Constitución ha venido en un carro triunfal, de que tiraban Gómez y García, y lo de que la Constitución será en España el cuerno de la abundancia. De mi sé decirte que solo siento ser sacerdote, porque mi estado religioso me impide atizar un par de morradas a ese ganso, por haberme dicho en abril último la mayor mentira que de humanos labios ha salido desde que hay mundo... Pues ayer tarde me aseguró que don José Landero y Corchado le ofrece una canonjía, y se me ha metido en la cabeza que se la van a dar. España está loca. Su manía consiste en hacer verosímil lo absurdo.