Part 15
—Yo no hice nada —afirmó el miliciano levantándose de golpe, fiero, ceñudo—. Esos niños bonitos se admiran de cualquier cosa... Ea, no quiero cenar. Más comida no me saques; no quiero... Me pone furioso eso de que levantan el sitio; y de la rabia que tengo, no puedo pasar la comida... Me haría daño; se me volvería veneno. Para mi hermano Martín guárdala; que vendrá luego, y vendrá muy contento si sabe lo que yo sé... Me voy a ver qué se dice. Estoy franco hasta las doce; pero no tengo sosiego hasta que sepa si seguimos o no seguimos. ¿Tú qué piensas?
—Pienso —dijo Aura— que sí, que levantan el sitio.
—¡Aura!
—Aguárdate..., se retiran para organizarse mejor, y reunir más gente y más cañones y más balas. Cuando tengan todo eso, volverán. Se han propuesto coger a Bilbao, y lo cogerán si tú los dejas.
—¡Yo!... ¡Como no les deje yo!... Aura, no juegues... Si no te quisiera, me importaría poco..., pero te quiero... Tú estás muy alta, yo muy bajo. Para llegar a ti, no más que un caminito hay: estrecho es y muy pendiente, formado todo de cuerpos carlistas; de cuerpos vivos, quiero decir, tan vivos que todos se echan el fusil a la cara cuando me ven. Pues por encima de todos esos cuerpos tengo que pasar para llegar arriba..., y para pisar sobre ellos, y hacerles escalones míos, tengo que matarles antes... Conque hazte cuenta...
Aura sintió una corriente de frío intensísimo a lo largo de su espinazo. Dando diente con diente, le dijo:
—Se retiran..., volverán con más cañones, con más fusiles, con más balas... ¡Pobre _Zoiluchu_!
—No me digas ¡pobre!..., así como por lástima. Yo no soy ¡pobre!... ¿Y por qué tiemblas? Tienes frío...
—Sííí...
—¿Es de miedo?
—O de lo contrario..., no sééé...
Retumbó en aquel instante un cañonazo que hizo estremecer la casa. Las mujeres chillaron, y oyose la voz de Sabino diciendo que era el fuego de la batería que _ellos_ habían armado en Uribarri. De un brinco se abalanzó Zoilo a coger su fusil, y se lanzó a la escalera como una exhalación, sin que su padre, ni su tía, ni la misma Aura pudieran contenerle. De seis en seis escalones bajó gritando:
—¡Viva Isabel... —y ya estaba en la calle cuando acabó de decirlo—: ...Segunda!
Cañonearon toda la noche, y aunque siguieron el día 27 hostilizando la plaza, cundía de hora en hora la noticia de que levantaban el sitio, sin otra razón, a juicio de los bilbaínos, que el vigoroso escarmiento que recibieron al intentar la embestida de Mallona. El 28, flojos ya en sus ataques, empezaron a retirar alguna artillería de la que habían armado contra Banderas, y también por la parte de Ollargan. Al anochecer, las campanas de San Agustín anunciaron la retirada de considerable fuerza enemiga. Entregose Bilbao a demostraciones de júbilo; pero los muchachos no las tenían todas consigo. La pobrecita Aura, queriendo decir a su primo una frase consoladora, había hecho una profecía. Lo raro fue que Negretti opinaba lo propio, asegurando secamente que volverían. Dudábalo Valentín; declaraba Sabino que sería lo que Dios quisiese, y Martín, ávido de descanso y con vivas ganas de cambiar el bélico ardor por la pacífica lucha comercial, presagiaba conforme a sus deseos:
—La lección ha sido dura, y no es fácil que vuelvan por otra.
Como todos los puestos seguían guarnecidos, y los servicios de plaza no sufrieron interrupción, Zoilo no parecía por su casa; según informes de José María, trabajaba en la reparación de los fuertes de Mallona, Circo y barranco de Iturribide, desplegando una actividad loca, pues sus brazos infatigables no descansaban de día ni de noche, insensible a la lluvia y al frío. Se había metido un tiempo del noroeste capaz de apagar los entusiasmos más ardientes y de entumecer los músculos más vigorosos. Pero al novel soldado no le importaba el temporal: sus compañeros y los trabajadores mercenarios turnaban; él no turnaba más que consigo mismo, y solía decir:
—Esto es lo natural, Señor. Hago lo que debo, y debo hacer lo que puedo. Si puedo mucho, yo me sé por qué. ¡Hala!
Una noche (debió de ser la del 5) fue a su casa a mudarse. Aura le encontró más enjuto, el mirar más penetrante y luminoso, los rizos de la frente más juguetones, el rostro ennegrecido, las manos como enormes tenazas de acero. Era la encarnación de la fuerza física, alimentada por el horno interno, inextinguible, de la energía moral; formidable máquina muscular movida por la fe.
—¡Cómo acertaste! —dijo a su prima, gozoso, echando chispas de sus ojos negros—. Vuelven... Otra vez ya sobre Bilbao. Ahora..., dos docenas de argelinos, que me traigan.
—Te has empeñado en ello —dijo Aura, sonriendo, mirándole a los ojos—. Ya estás contento...
—Di que sí... Han vuelto porque yo lo he querido, como yo sé querer las cosas. Todo lo que se quiere con fuerza, se tiene, Aura.
—Hombre, todo no.
—Yo digo que sí.
Metiose en el cuarto donde su tía le tenía preparado un buen lavatorio y ropa limpia, y cuando salió con la cabellera húmeda, en mechones duros y enroscados, semejantes a las serpientes de Medusa, se abrochaba con dificultad los botones del cuello de la camisa, por causa de la aspereza de sus dedos.
—Aura, échame aquí una mano...
Mientras la tía y la sobrina le pasaban los botoncitos, él en jarras, mirando al techo, decía:
—Ahora se verá lo que es mi pueblo... Padre, ¿no sabe? Ya no manda Villarreal el _ganado servil_, sino el manco Eguía. A Villarreal me le han soplado en las Encartaciones para que no deje pasar a Espartero... ¡Si serán bobos!
—Hijo —indicó Sabino—, no califiquemos... Lo que Dios disponga será. No sabemos nada.
—Yo sí sé una cosa...: que Espartero pasará por encima de Villarreal, como yo paso por encima de esa estera; y que el marqués de Casa-Eguía entrará en Bilbao dentro de dos meses, el día de Reyes... Vendrá de Rey Mago, montado en el burro de _Churi_, luciendo su sombrerito de copa forrado de hule.
—Hijo, no bromees con las cosas santas ni con los sucesos de la guerra, que están sujetos al azar y a mil eventualidades... Yo, qué quieres, siempre deseo la paz. A todas horas le pido a Dios...
—¿La paz?... Pues yo la guerra..., yo le pido la guerra..., y ya ven cómo me hace más caso que a usted.
—Hijo, no desvaríes. No intentemos penetrar los altos designios...
—Padre —añadió el miliciano ya vestido, ostentando su derrotado uniforme, gallardísimo siempre—, ¿a que no sabe usted lo que dijo Dios cuando hizo el mundo?
—Hombre, pues dijo..., dijo..., Aura, ¿qué fue lo que dijo?
—Pues, tío, me parece que dijo: «Hágase la luz».
—Y la luz fue hecha. _Amén_.
—No, no es eso... —continuó Zoilo—. Después: más acá, cuando hizo a la humanidad.
—Dios no hizo a la humanidad toda entera de golpe y porrazo. No seas hereje... Dios hizo al primer hombre...
—Y a la primera mujer, y a poco ya estaba hecha la humanidad. Pues cuando Dios tuvo formada la humanidad, dijo: «¡Fuego!...», que quiere decir: «Hágase la guerra».
Cenaron sin Negretti, que, melancólico y enfermo, no salía de su cuarto; Martín y Valentín cenaban con sus amigos los de Vildósola; _Churi_ se había largado a pescar su burro... que se le cayó al mar en aguas de Ontón, como burlescamente decía Zoilo; José María estaba en la tienda con los dos dependientes preparando un pedido de grilletes y jarcia que habían hecho aquella tarde los barcos de la Marina inglesa, _Ringdowe_ y _Sarracen_. Al concluir de cenar, Prudencia fue llamada por Ildefonso, y Sabino se quedó dormidito, apoyando la frente en el piadoso libro de oraciones. Solos Aura y Zoilo, preguntole ella:
—¿Por qué eres tan belicoso? ¿Por qué te ha dado por querer la guerra?
—A quien quiero es a ti, que eres mi guerra, y mi Bilbao, y mi _angélica Isabel_... O te conquisto, o muero... ¡Conquistar, morir! Decir esto, ¿no es lo mismo que decir guerra?...
Sintió Aura, como en noche anterior, el frío intensísimo que le corría por el espinazo.
—¿Ya estás tiritando? Las mujeres quieren la paz: son medrosas... Yo te quiero a ti; me gusta la guerra, porque ella nos enseña a ganar lo imposible. Un querer fuerte, con mucho fuego dentro, y la voluntad como hierro bien batido, todo lo vence... ¿No crees tú lo mismo?
—Sííí...
—Pues prepárate. ¿Harás lo que yo te mande?
—Sííí...
—Pues nada... Yo me voy —dijo el galán mirando al pasillo, en cuyo término se oía la voz de Prudencia hablando con la criada—. Hasta que Dios quiera.
Despidiose de la tía; esperó a que esta volviese a entrar en el cuarto de Ildefonso. Solos otra vez, junto a la escalera, Zoilo repitió, no ya interrogando, sino con acento afirmativo:
—Harás lo que te mande.
Asintió la joven con movimientos de cabeza. En esta llevaba un pañuelo de seda, cuyas puntas anudó sobre la boca, mordiendo el nudo. Sentía mucho frío y desmayo completo de la voluntad, correspondiente a un súbito agotamiento de su fuerza nerviosa. Se agarró al barandal de la escalera para no caer.
—Harás lo que te mando —repitió Zoilo, que habiendo bajado ya tres escalones, tenía su cabeza al nivel de la cintura de ella—. Pues lo primero..., acércate más para decírtelo bajito..., desconfía de _Churi_, que es muy malo... Desconfía también de la tía Prudencia...
—¡Oh!, eso no... Prudencia me quiere.
—A ti, sí; pero a mí, no. Quiere más a otro... Paréceme que la siento... Adiós.
XXIV
Cumpliéronse hacia el 8 de noviembre los deseos de Zoilo, que tuvo la satisfacción de ver en los altos de Archanda numeroso _ganado_ carlista que subía de Munguía. Traían gruesos cañones que emplazaron en Santo Domingo amenazando a Banderas. El 9 recorrió las líneas el general Eguía con su sombrero de copa forrado de hule y su largo levitón, metida en el bolsillo la única mano de que podía disponer. Todo indicaba que atacarían los fuertes exteriores, sin perjuicio de hostilizar el interior de la plaza. ¡Y Espartero sin parecer! En vano le llamaba el telégrafo de Miravilla, enarbolando sin cesar bolas y banderas. De Portugalete respondían con monótono lenguaje: «Ya vamos; esperarse un poco». Bilbao esperaba con estoica entereza, sin llegar aún a la suprema ocasión de apurar todas sus energías. Aún era grande el repuesto de fanatismo por la defensa, de coraje y de amor propio, que doblaban su fuerza con la sal y el picor de la jovialidad.
En la casa de Arratia propiamente dicha no había más novedad que la rotura de cristales y el apabullo de los buhardillones, con amago de incendio que se cortó felizmente; en la familia no eran grandes tampoco las novedades, ni habían ocurrido sucesos que modificaran de un modo notorio la vida impuesta a todos por las circunstancias; pero algo pasaba en ella que, aun perteneciendo al orden oscuro y sin ningún brillo heroico, no merece el olvido. El narrador no dice nada. Deja que hable Prudencia, la cual, cogiendo a su hermano Valentín en el escritorio, donde acaloradamente disputaba con Vildósola sobre si era fácil o difícil tomar el fuerte de Banderas, le hizo subir, y por la escalera le manifestó lo que se copia:
—Apártate, hermano, siquiera por un rato de estas novelerías de la guerra y del sitio, y ven en mi ayuda, por Dios, que ya principio a temer, no solo por la salud, sino por la vida de Ildefonso. ¿Has reparado cómo está? En quince días ha perdido la mitad de su peso, los dos tercios de sus carnes, y toda, absolutamente toda la alegría de su espíritu. ¿Qué es esto? ¿Es enfermedad, es tristeza, es pasión de ánimo?... Fíjate en aquella cara que languidece; en aquellos ojos que tan pronto parecen muertos, tan pronto relampaguean; observa cómo al ponerse en pie se le tuerce todo el cuerpo... y se apoya en las paredes para no desplomarse, él antes tan erguido, tan fuerte, tan vivo, hierro y pólvora... No, no: Ildefonso no está bueno; Ildefonso no puede seguir así. Quiero que le vean los mejores médicos de Bilbao; quiero que acabéis pronto el sitio para llevármele a Francia, a la bendita Francia, lejos de estas luchas, de estos horrores... Valentín, por Dios, entra en su cuarto: no como otras veces, la entrada por la salida..., acompáñale, dale conversación, háblale como tú sabes hacerlo cuando quieres, con gracia..., procura desviar su entendimiento de la idea que le está devorando... Yo he agotado mi labia..., no he conseguido nada; no puedo más.
—Sí que lo haré... ¡Pobre Ildefonso! Ayer no me gustó..., francamente... ¿Continúa sin apetito?
—Hoy no ha comido más que un poco de borona. Dice que no puede pasar otro alimento... Borona, y si está quemada, oliendo a chamusquina, mejor... Oye lo que se me ha ocurrido: ¿si le habrán traído a ese estado los malditos inventos en que tiene zambullida a todas horas su imaginación? ¿Esos planos que hace y deshace, y tacha y borra, y vuelta a pintar, con tantas rayas y letritas chicas, qué son? Pues ¿y cuando se está toda la noche llenando de numeritos un pliego de papel, y vengan numeritos, y numeritos, que parecen patas de pulga..., y acaba un pliego y vuelta a empezar?...
—Mujer, son cálculos, dibujos..., proyectos de alguna mecánica..., qué sé yo... Entraré ahora mismo. Déjame solo con él... No te metas tú a farolear. Las mujeres, hablando más de la cuenta, lo echan todo a perder.
Entró Valentín en el cuarto de Ildefonso, y este, sin levantar los ojos del papel en que trazaba líneas y guarismos microscópicos, le dijo:
—Parece que quieren quitaros Banderas. ¿Qué crees tú? ¿Se saldrán con la suya?
—No debes tú pensar tanto en si toman o dejan, Ildefonso. De eso, de disputarles un palmo de terreno, nos cuidamos nosotros. Hazte cargo de que no estás en una plaza sitiada, y si tiran, que tiren.
Respondió Negretti entre suspiros, suspendiendo por un instante su trabajo, que no podía sustraerse a los sobresaltos y al terror del asedio, porque si Bilbao no era su patria, éralo de su esposa y de los hermanos de esta, a quienes como hermanos miraba; que habiendo cometido la insigne torpeza de servir a don Carlos como industrial y maquinista mercenario, sin entender que en ello comprometía su neutralidad política, se encontraba en tristísima situación moral, huésped de un pueblo que los carlistas asesinaban con las armas fabricadas por Ildefonso Negretti. Hallábase condenado a martirio indecible, y cada vez que sonaba un disparo, sentía que los demonios corrían de un lado para otro en diferentes partes de su cuerpo, pero principalmente en la cabeza y en el corazón. Siempre había tenido gran afecto a Bilbao, y admiraba a los bilbaínos por su honradez y laboriosidad. Eran la flor y nata de los hombres... ¡Y él había hecho los proyectiles con que les abrasaban! No, no tenía consuelo. Gracias que las carcasas incendiarias no eran obra suya, sino del francés a quien llamaban _Tutorras_, y no servían para nada. Ya lo dijo él cuando las estaban construyendo. Pero a las granadas y bombas..., por hijas las conocía. Él las engendró, ¡ay!, para que destruyeran a la rica y noble Bilbao...
—¡Eh!..., no sigas, no sigas —le dijo Valentín, echándole los brazos al cuello—. Ildefonso, ¿tú qué culpa tienes? Nosotros no te odiamos. Bilbao no te quiere mal... Ni una palabra más de guerra y sitio. A olvidar tocan.
—A eso voy, eso quiero..., ahogar mis penas discurriendo, calculando.
—Pero no te metas muy a fondo en los cálculos —le dijo cariñoso su hermano—, que pudiera ser el remedio peor que la enfermedad... ¿Y eso qué es?... ¿Puedo saberlo?
—Recordarás que una tarde, en Bermeo, viendo pasar hacia levante un barco de vapor, te dije...
—Sí, me acuerdo: que la navegación al vapor, tal como hoy está el invento, no tiene porvenir, sobre todo en la guerra... Yo siempre dije que esas paletas al costado son buenas para navegar en ríos; pero en la mar, con tiempo duro, no hay gobierno posible. Viene mar gruesa, y la menor avería en las paletas deja la embarcación hecha una boya. Si el viento la hace escorar hasta mojar los penoles, ya tienes al animal con una pata debajo del agua y la otra en el aire. Esto es un engaña bobos.
—Los inconvenientes de las ruedas al costado, en el buque de vapor —dijo Negretti con la frialdad y convicción del hombre de ciencia—, quedarán vencidos cuando se aplique un nuevo invento, del cual se hicieron ensayos en Francia. Yo los he presenciado... Consiste en sustituir las dos ruedas por una sola.
—Ya..., una sola rueda en el centro, funcionando dentro de un escotillón rectangular, abierto al agua. Eso es complicadísimo...
—Una sola rueda, Valentín, colocada a popa, en una perpendicular paralela al codaste.
—¿Rueda vertical, girando en sentido de la quilla? —dijo Valentín, con la incredulidad pintada en su atezado rostro—. ¿Y cómo la mueves?... ¿Con palancas, con bielas? ¿Cómo te gobiernas para que la transmisión funcione dentro del agua?
—No lo has comprendido. El problema es sencillísimo, algo por el estilo del famoso huevo de Colón. ¿No ves cómo anda un bote, una chalana, con un solo remo por la popa? El movimiento lateral de ese remo basta a imprimir a la embarcación una marcha uniforme, avante siempre en línea recta.
—Eso sí... la suma de impulsos laterales, alternos, en sesgo más bien, dan...
—En sesgo, eso es. Pues construye tú un remo que produzca esos impulsos en sucesión rotatoria...
—¡Un remo!...
—Llámalo rueda, pues se reduce a un movimiento circular.
—¿Con paletas que...?
—Resultará esto —dijo Negretti con aire de triunfo, mostrando un dibujo que a Valentín le pareció una rueda de fuegos artificiales—. ¿Me comprendes? Esto es una hélice. Aquí tienes la teoría muy bien expuesta. ¿Conoces tú la _Rosca de Arquímedes_?
—Mejor conozco las de harina.
—Sobre el eje reposan dos segmentos helicoidales...
—Mira, mira, a mí no me presentes el problema de la hélice, o de la rosca, en forma matemática. Soy yo muy bruto para entenderlo así. Explícamelo con ejemplos.
Diole Negretti explicaciones vulgares de la hélice como organismo de propulsión, añadiendo que no era invento suyo, sino de un francés que no había logrado aún llevarlo a la práctica, por las dificultades que ofrecen la rutina y la envidia a toda innovación grandiosa.
—Yo lo estudio, y si Dios me da vida y se acaba la guerra, trataré de hacer aquí un ensayo. He modificado la teoría del francés, haciendo más agudo el ángulo de las paletas con la normal del barco; y en cuanto a la transmisión, me lanzo a un sistema nuevo, que ahora estoy calculando...
—Para que la transmisión sea práctica, la máquina tiene que colocarse a popa.
—¡Ah!, no. Yo me lanzo a colocar la máquina en el centro de la embarcación, sobre la cuaderna maestra.
—El barco ha de ser pequeño.
—Yo estudio mi proyecto en un barco ideal, de tamaño doble del mayor que hoy se conoce.
—¿A ver cuánto? Mi _Victoriana_, tenía doscientos cuarenta pies. El mayor barco mercante que he visto no pasaba de trescientos.
—Pues mi barco mide cuatrocientos pies —dijo Negretti con expresión de iluminado.
—¿Y colocas el eje de tu máquina de vapor sobre la cuaderna maestra? —preguntó Valentín, más atento al desvarío pintado en los ojos de Ildefonso que al problema mecánico—. Y para transmitir el movimiento... ¿qué pones? ¿Un rosario de noria, un juego de codillos, ruedas dentadas, o qué?...
—No..., pongo un árbol de acero.
—Que tendrá forzosamente ciento ochenta pies lo menos: ese árbol girará sobre su eje...
—Conectado con la hélice..., ya ves qué cosa tan sencilla... Por el otro extremo le imprimirá movimiento una excéntrica.
—¿Que diámetro tendrá ese arbolito?
—Pie y medio...
—Y de acero..., todo forjado, naturalmente... Dime otra cosa: con semejante chocolatera, andará tu nave... lo menos, lo menos diez millas.
—¡Veinte millas, Valentín; veinte millas por hora!
—Hombre, de poner..., pon cien millas —dijo el marino sin disimular ya su burlón escepticismo—. Y otra cosa: ¿la hélice queda debajo del agua?
—Exactamente.
—Y el árbol tiene ciento ochenta pies..., y es de acero..., y el barco mide, entre perpendiculares...
—Cuatrocientos pies...
—Pues, hijo..., avísame cuando todo eso esté, para ir a verlo. Y yo te pregunto: ¿de qué cargamos ese barco? Podríamos meter dentro de él una montaña.
—Justo: una montaña... —murmuró Negretti, engolfándose en su trabajo.
Salió el viejo marino de la estancia tan descorazonado y mustio que Prudencia no tuvo que preguntarle su opinión acerca del desgraciado calculista. Para sí decía Valentín: «Es hombre al agua. ¡Pobre Ildefonso! Su talento macho acaba con él». Pero no queriendo alarmar a su hermana, atenuó su dictamen en esta forma:
—Le encuentro un poco ido de la jícara; y si por un lado veo la causa del trastorno en esta tragedia del sitio, por otro paréceme que los cálculos, en vez de ser un remedio, le acaban de rematar. ¡No es mala rosca la que el pobre tiene dentro de su cabeza!... ¡Qué cosas me ha dicho; qué invenciones, hija, obra del mismo demonio!... ¡Figúrate tú un árbol de acero de ciento ochenta pies de largo y pie y medio de diámetro..., puesto así en semejante forma, y la máquina en la cuaderna maestra!... Perdido, hija, perdido... Pero si le contrarías, es peor... Dejarle, dejarle que invente barcos monstruos, con hélices a popa, y un andar de ochenta millas por minuto..., digo, por hora... Dejarle, dejarle... Yo traeré a don José Caño, que es el mejor médico del pueblo... Y entre tanto, cuida de hacerle comer..., inventa tú también la manera de meter carga en esa bodega y víveres en esa gambuza... Si no, tu marido casca... o se quedará lelo, que es peor... Yo volveré..., voy a ver qué ocurre... Hace un rato que no se oyen tiros...
XXV
Consternada oyó Prudencia estas apreciaciones, que no hacían más que confirmarla en su pesimismo, y comunicando este a su sobrina, departieron ambas acerca del mejor modo de distraer al enfermo y apartar su espíritu así de la tenebrosa cavilación del sitio como de los malditos cálculos de mecánica, capaces de secar el cerebro más jugoso y firme. Aura entraba en el cuarto algunos ratitos, y procuraba, con grata conversación risueña, llevar su pensamiento a regiones apacibles. Desgraciadamente, la situación de la plaza sitiada, que en aquellos días de noviembre se agravó con nuevos desastres y quebrantos, no favorecía los deseos de la joven. El tiroteo era continuo; a cada instante llegaba noticia de hundimientos de techos, o de estropicios semejantes en diferentes puntos, y no había medio de ocultar a Negretti la verdad de tantas desdichas. Entró José María cuando menos se pensaba, con la triste certidumbre de que los facciosos habían tomado el fuerte de Banderas, y que también Capuchinos estaba al caer. Faltó poco para que Aura se echase a llorar de pena y rabia.
—No atribuyamos esto a negros ni a blancos —dijo Sabino con unción, que en aquel caso no era muy pertinente—: Dios es el que todo lo dispone. Ni ellos deben envanecerse, ni nosotros afligirnos demasiado. Los designios del Señor sobre todo... Si dispone que muramos, será porque nos conviene.
No pararon en esto las desdichas, pues al día siguiente se rindió San Mamés, tras una defensa briosa, y la misma suerte cupo a los fuertes de Luchana y Burceña.
—Ni nosotros ni ellos hemos de decidirlo —decía Sabino a su hijo Martín, que entró abatidísimo por la pérdida de casi toda la línea exterior, con lo que se debilitaba sensiblemente la defensa—. Con la conciencia tranquila acataremos lo que resulte.