Part 14
Bien se comprende que en esta organización previa del éxito por la fanática confianza del pueblo en sí mismo, tenían la mayor parte las mujeres, y entre estas, las jóvenes trabajaban más que las maduras en la composición de la atmósfera marcial. Las señoras y señoritas de la clase mayorazguil, las del patriciado comercial, las de menestrales y tenderos, eran la nube en que se formaban aquellos elementos de extraordinaria eficacia, de donde luego tomarían el rayo los hombres. El fuego lo hacían ellas. Ejemplo de esta elaboración de coraje ofrecía la hermosa Aura, que ligada ya por lazos de amistad con las niñas de Gaminde, con las de Orbegozo y otras de la villa, se pasaba todo el día picoteando en círculos femeniles acerca de lo que se hacía en las fortificaciones, de la distribución y destino de las piezas, de lo que hacía y pensaba el gobernador don Santos San Miguel, de lo que disponía el Ayuntamiento con los corregidores de Albia y Begoña, y comentando los planes del brigadier de ingenieros don Miguel de Arechavala, lo que preparaban la Junta de armamento y defensa, la Diputación, y el verbo coronado. Todas ellas tenían el hermano, el primo, el novio, en la Milicia Urbana; los padres de unas pertenecían a la Junta de armamento; los de otras a la Diputación. Sabían, pues, todo lo que ocurría, y lo que no sabían lo inventaban, sin darse cuenta de su fecundísimo numen militar. Tan pronto se pasaba Aura la tarde en casa de las de Gaminde, calle del Víctor, como en casa de las de Busturia (Artecalle), o bien asaltaban todas el domicilio de Arratia, y aquí y acullá, sus manecitas diligentes trabajaban sin descanso, con más gozo que en los aprestos de un baile, en la tarea lindísima de coser sacos de lienzo para los parapetos, en vaciar colchones para llenar sacas de lana, en disponer las camas para los hospitales de sangre, y en hacer hilas, aunque esto no les parecía lo más urgente, porque antes que hubiera heridos tenía que haber baluartes y defensas; y las banderas debían ser muy vistosas; y todo lo que significase triunfos de la Libertad y palos al carlismo había de obtener la preferencia; las hilas y vendajes, que los hiciera el enemigo, como más necesitado de tales remedios.
Zoilo, una vez metido de hoz y de coz en la vida militar, hizo nuevos conocimientos con señoritos de las primeras familias, y apretó más el lazo de sus antiguas amistades. Destinado a la cuarta compañía del primer batallón, eran sus compañeros inseparables Pepe Iturbide, hijo del polero que tenía taller de motones, patescas y cuadernales junto al almacén de los Arratias en Ripa, y Víctor Gaminde, hermano de las señoritas con quienes había hecho Aura tanta intimidad. Comúnmente iba con su amigo a casa de este, cuando quedaban francos de servicio, y allí se encontraba a su ídolo, que ansiosa le preguntaba:
—¿Dónde has estado hoy, primo? ¿Qué hay? ¿Qué has visto?... Cuéntanos.
—Pues por la mañana se ha trabajado en el fuerte del Morro, en Achuri, donde hemos puesto dos cañones más, y tres que había, cinco, que harán polvo todo el tinglado que están armando ellos más arriba. En Artagán tenemos cuatro piezas, di que cuatro infiernos, que arrasarán cuanto ellos se traigan por Santo Domingo y por Matalobos. Por la tarde hemos trabajado en San Agustín, donde hay una pieza de 36, más grande que este cuarto, y dos de 24, que da gusto verlas, y otras dos, y un obús que, cuando escupa, ya verán ellos lo que es canela. Dicen que mañana vamos a Sabalbide y a la batería de la _Reinaga_, donde pondremos sin fin de cañones que echarán el fuego más allá de Begoña. No deseo más que empezar para que vean cómo barremos para afuera. ¿Crees tú que no?
—Yo sí; yo creo que les barreréis, que no quedará uno para contarlo.
Y acompañándola después a casa, con su hermano José María y una señora tía de las de Gaminde, que iba a pasar un rato con Prudencia, de quien era amiga de la infancia, hablaron los dos cuanto quisieron, porque José y la señora mayor, que era muy pesada, iban detrás, y ellos con juvenil ligereza se adelantaron.
—Aura —dijo Zoilo con grave acento—, no quiero más sino que _den el primer toque_, para que veas tú de lo que soy capaz. ¿Qué tienes que decirme a esto?
—No digo nada, Zoilo. Yo quiero que seas valiente... Me gustaría mucho que te celebraran y te pusieran en las nubes.
—¿Y si me celebran y me ponen más arribita de las nubes?
—Me alegraré mucho, créelo.
—Yo quiero que se diga que el más valiente defensor de Bilbao es uno..., uno que a ti te quiere, que te quiere más que a su propia vida... Y dirán: «¡Dichosa ella, que la quiere el más valiente de Bilbao!».
—Bien, _Zoiluchu_... Si me lo dicen, me alegraré... Falta que seas tan animoso de obra como de palabra.
—Tú lo verás... Di que empecemos pronto... Que haya tiros, que lluevan granadas y bombas deseo yo, y que tengamos que ir contra ellos a pecho descubierto... Ya me cansa tanto preparativo. Hacer fuego y atacar a la bayoneta, mándeme pronto... Lo mucho que te quiero me ha de salvar de la muerte. Con decir «Aura, mi Aura me favorezca», no habrá bala que se atreva conmigo... Pero si no me quieres, las balas no me respetarán; di que no.
—No seas tonto. ¿Qué tienen que ver las balas con el cariño?
—Sí tienen que ver, di que sí. Yo estoy seguro de que diciendo: «Aura me ama; atrás, fuego de pólvora», no he de tener ni un rasguño. Y si no lo crees, lo verás, y lo creerás. Quiéreme, y dime dónde hay siete mil serviles para ir solo contra ellos, solo yo.
—¡Jesús, qué locura!
—No, no te rías... Tú pídele a Dios y a la Virgen que empecemos de una vez... Que rompan ellos contra nosotros, que escupan, y ya subiremos nosotros a taparles las bocas, y a meterles el hierro en las barrigas. Yo me consumo esperando, esperando. ¿Por qué no rompemos, con cien mil gaitas?
—Pues ya tengo curiosidad de saber en qué paran todas esas valentías tuyas. También quiero que rompan. Esto es hermoso. Un pueblo chiquito, metido en un hondo, defenderse contra tantos miles de hombres furiosos que le tiran desde las alturas. ¡Cosa magnífica, Zoilo; cosa sublime! Yo quiero verlo... ¿Me contarás todo lo que veas?
—Todo, todo te contaré, y tú me querrás, di que sí.
—No seas fastidioso... Ya sabes que no puede ser. Yo te quiero, porque eres mi primo; pero otra cosa no... Eres un buen chico, que puedes llegar a ser un gran hombre. ¿En qué serás gran hombre? Yo no lo sé: tal vez en el comercio, tal vez en la industria..., ¿y quién dice que no lo serás en la milicia?
—Yo seré lo que tú me mandes. ¿Que me aplique a la milicia y que llegue a general, quieres tú?
—¡Jesús y María..., tan pronto!
—Si la guerra sigue, hazte cuenta... Yo seré lo que tú mandes; pero no me digas que no puedes quererme. Si me quieres, si me crees digno de tu amor, ¿por qué me lo niegas? ¡Buena tonta serías si me despreciaras a mí por uno que no ha de venir!
—Yo no te desprecio, _Zoiluchu_.
—Pues quiéreme..., verás qué valiente... ¿Qué cosa levanta más al hombre que el valor?
—Realmente... el valor es más que nada.
—Pues yo soy tuyo, y todo mi valor es tuyo, y lo que yo hiciere gloria tuya es, porque yo, si no te quisiera, sería muy cobarde, y me metería debajo de una mesa. Pero del quererte sale que yo desee subirme hasta las estrellas. Igualarme a ti, concédame Dios. Ya verás luego... Espera un poquito.
—No, si yo espero... Ya ves que me paso la vida esperando.
—Esperando por otro lado lo que no ha de venir..., y aquí estoy yo para que no esperes más tiempo... Una batalla dame, y verás.
—¿Pero yo cómo te he de dar una batalla?
—Diciendo que me quieres. Se me ha metido en la cabeza que si me dices eso, en el momento de decírmelo estallarán en esos montes, y en aquellos, y en los de más allá, todos de una vez, ¡_brmm_!, los cañones carlistas.
—¡Ave María Purísima!
—Sin pecado concebida. Lo que es natural, Aura, tiene que venir. Lo natural es que tú me quieras y que los carlistas ataquen.
—Claro: tú llamas natural a lo que deseas. Pues a mí todo lo que deseo se me vuelve sobrenatural.
—Porque no haces caso de mí, que soy lo natural, Aura; fíjate... ¿Pues qué soy yo más que lo natural?
No pudieron decir más. En la puerta de la tienda encontraron a Martín, que les dio la noticia de la llegada de _Churi_, magullado, hecho una lástima, y además sin burro. Le habían hecho acostar; pero al anochecer, cansado de estar en la cama, se lanzó a la calle, corriendo a curiosear en los puntos fortificados. Se anticipó la cena de Martín y Zoilo para que volvieran a sus puestos, el uno en el Morrillo, el otro en Solocoeche. Habría querido su padre que estuviesen en la misma compañía, a fin de que se prestaran auxilio en algún aprieto y cuidasen el uno del otro; pero no había podido ser. En la casa todo era tristeza. Sabino, que dirigía el rezo doméstico, agregó al rosario de costumbre infinidad de preces, recitadas unas, leídas otras devotamente, de rodillas, en un libro piadoso. Todo era por impetrar del Señor que pusiese fin a la guerra entre hermanos. Y tan largo fue el rezo, que cuando se pusieron a cenar ya estaban desfallecidos.
¡Terminar la guerra por intercesión divina! Ya, ya; bonita terminación se preparaba. A fe que soplaban vientos de paz. Desde el amanecer de Dios empezaron los carlistas a largar bombas y granadas sobre la pobre villa. La plaza les contestaba en toda la línea de fortificaciones, desde Achuri a San Agustín, y desde Ripa a San Francisco. El día fue de alarma, aunque no tanto como el siguiente. En casa de Arratia hallábanse solas las mujeres y Negretti, que forzosamente retenido en Bilbao por el sitio, no salía de casa, permaneciendo en un cuarto interior entregado a estudios y cálculos de mecánica. Algunas señoras de los pisos superiores bajaban al entresuelo, y cuando apretó el miedo, porque se dijo que habían caído bombas en la calle Somera y en Artecalle, bajáronse todas a la tienda, donde se creían más seguras. Ignorantes de lo que ocurría estuvieron hasta que, muy avanzada la noche, llegó Valentín a referirles que la defensa había sido brillante. Sabino había ido hacia Sabalbide, donde, según le dijeron, estaba Martín, y José María funcionaba en el hospital de sangre de la Concepción como individuo de la Junta de Socorro y Sanidad.
—¿Quién va ganando? —preguntó Negretti, que solo por satisfacer esta curiosidad asomó a la puerta de su cuarto.
—¡Hombre, qué pregunta!... Nosotros —dijo Valentín.
Ildefonso pareció complacido, y volvió a engolfarse en su tarea, mientras su cuñado explicaba a las mujeres de la casa y a las vecinas allí congregadas los combates de aquel día en los diferentes puntos de defensa. En todos demostraron los bilbaínos tanta serenidad como valor. Las bajas no eran muchas, y los serviles no habían avanzado un palmo de terreno.
El siguiente día fue de grande ansiedad para los vecinos de aquella parte de la Ribera, porque a las primeras horas de la mañana se procedió a levantar un parapeto y barricada en la esquina del teatro, y trajeron un cañón grandísimo para hacer fuego desde allí contra las posiciones carlistas de Uribarri. En medio de alegre bullanga y animación, lleváronse adelante los trabajos toda la mañana: chiquillos, viejos y algunas mujeres ayudaban a llenar sacos de tierra, mientras los soldados y milicianos desempedraban la calle. Todo se hizo rápidamente. Cuando empezaron a disparar, retumbaban los tiros en la casa de Arratia como si se viniera el mundo abajo. Guarecidas las mujeres en lo más hondo de la tienda, de allí no se movieron hasta que cesaron de oír disparos cercanos. Negretti continuaba en su aposento del entresuelo, paseándose inquieto y nervioso. Al oír un zambombazo decía: «¡Esa es buena..., a ellos!...», y vuelta a revolverse y a suspirar fuerte, pasándose a cada instante la mano por la cabeza, a contrapelo, cual si quisiera hacer de esta un perfecto escobillón. Su mujer quería llevarle a la tienda; pero se resistía, asegurando que la casa era sólida: lo más que podía ocurrir era que se hundiese el tejado. Dos días pasaron en esta situación, sin que ninguno de los Arratias pareciese por allí. Temían que Valentín, dejándose llevar de su temple fogoso, se lanzara al combate. Una vecina dijo que le había visto pasar al frente de una partida de paisanos que iban con picos y palas corriendo hacia el Arenal, donde también estaban emplazando piezas. Esta noticia las tranquilizó; y por la noche llegó Sabino, ¡gracias a Dios!, con nuevas felices de todos menos de _Zoiluchu_. Valentín, después de haber trabajado como un negro, estaba en el Consulado, donde se reunía la Junta de armamento. José María había pasado del hospital de Bilbao la Vieja al de Achuri; Martín quedaba en Solocoeche sano y salvo, y de Zoilo no se sabía nada. Probablemente continuaba en el fuerte de Mallona. A _Churi_ le había encontrado trabajando en la barricada de la Cendeja.
—¿Quién va ganando? —preguntó Negretti, entreabriendo la puerta de su escondrijo.
—_Estos_, replicó Sabino.
Y como en aquel punto entrara Valentín y oyese, subiendo la escalera, el _estos_ pronunciado por su hermano, gritó con fuerza y entusiasmo:
—¡_Estos_ no; _nosotros_, nosotros!
Aunque a media noche llegó Martín con la referencia de que Zoilo estaba vivo y sano en el fuerte de Mallona, no acabaron de tranquilizarse, pues su hermano no le había visto... Venía el pobre muchacho fatigadísimo, desencajado; el pundonor, más que el marcial denuedo, le sostenía, aunque se hallaba dispuesto a volver a empezar en cuanto se lo ordenasen. Su lividez, el desmayo de su cuerpo aterido, el sobresalto de su mirar, pedían tregua para reponer la enorme dosis de coraje y entusiasmo gastada en las últimas lides.
—El deber, hijo, el deber ante todo —le dijo su padre, acariciando el libro de rezos—. Cumplamos con lo que nos pide el honor de nuestro pueblo, y Dios dispondrá lo que nos convenga a todos. ¿Que dispone triunfar? Pues triunfemos... ¿Que dispone morir? Pues muerte.
Valentín se había lanzado ya a un formidable ataque contra la cena, ya medio fría, que Aura ponía en la mesa. Martín le secundó con brío, y ambos anunciaron su intención de posponer el rezar al comer. Tomó Negretti en silencio algunas cucharadas de sopa, sin poner atención a nada de lo que se decía, y Prudencia se extremaba en las órdenes que daba a su sobrina para cuidar y atender a Martín.
—Sí, tía —dijo Aura—, no me olvidé de guardarle el medio pollo. Lo he puesto a calentar. Ahora lo traeré.
Y sirviéndoselo, le decía cariñosa:
—Come, pobrecito. Tranquilízate... ¿Has hecho mucho, mucho fuego? ¡Qué sería de Bilbao sin los hombres valientes!... De fijo que _Zoiluchu_ habrá hecho alguna calaverada..., alguna barbaridad...
—Es tan arrojado —dijo Valentín—, que me temo que sus bravuras le cuesten caras.
—Pero no hay que temer —añadió Prudencia—. A ese no le parte un rayo.
Martín no dijo nada: comía en silencio, con la avidez de reparación de la materia egoísta. La entrada de _Churi_ renovó en todos la inquietud por Zoilo. Observando la cara sombría del sordo, temían que fuese portador de alguna mala noticia; pero a las interrogaciones que le hicieron, harto expresivas sin necesidad de usar la palabra, contestó con desabrimiento:
—¿Yo qué saber? Diecisiete muertos de Mallona sacar... Yo verlos. No estar Zoilo; ningún muerto de los diecisiete es él mismo... Más no sé...
XXIII
No se conformaba Aura con ignorar la suerte del menor de sus primos, y en la mañana del 26, a cuantos entraron en la casa preguntaba si sabían algo, si habían visto los muertos de Mallona. Nadie le dio razón. Todo aquel día, que lo fue de grande inquietud, porque en él dieron las compañías carlistas llamadas de _argelinos_ un terrible asalto por Mallona, no llegó a la casa de Arratia noticia alguna de los hombres de la familia. Por la noche, sabedoras Aura y Prudencia de que a Víctor Gaminde le habían llevado herido a su casa, fueron corriendo allá. Prudencia no quería más que informarse y comadrear un poco, y dejando allí a su sobrina, se volvió para que Ildefonso no estuviera solo. Vio Aura al joven herido, y a la familia consternada: las hermanitas lloraban; la madre no sabía qué hacer, y el padre, don Francisco Gaminde, persona en quien la bondad no excluía la entereza de carácter, sonreía con heroico dominio de sí mismo, asegurando que el puntazo del niño no era de muerte; le curarían, le darían buenos caldos para reponer la sangre perdida, y «¡hala, otra vez al puesto! Bilbao no quiere gallinas, sino buenos gallos con espolones». Todo se reducía a un desgarrón de bayoneta en el costado derecho, rozando las costillas. Hilas, esparadrapo, y a los tres días ya podía coger otra vez el chopo. También él lo cogería si fuera menester... Y en último caso, antes que consentir que el absoluto entrase en Bilbao, hasta las niñas, las bravas bilbaínas, tendrían que ir al fuego.
Conservaba el herido su buen humor, y no estaba conforme con que le metieran en la cama. En esto entraron dos de sus compañeros, y alegrándose mucho de verles, se lamentó de no poder estar enteramente curado al siguiente día, para volver allá. No había acabado de decirlo, cuando entró un tercer miliciano, manchado de sangre, la cara negra, de humo, de tizne, del oscuro fango de las baterías: era Zoilo, el mismísimo Zoilo, pero en tal facha que Aura tardó en reconocerle; parecía más delgado, más alto..., ¡qué cosa tan rara!..., era otro..., no, no..., el mismo en espíritu; pero más estirado de cuerpo, ahuecada la voz, enflaquecido el rostro. A pesar de estas novedades _de aspecto_, bien se le reconocía en el mirar grave, en la arrogancia de su actitud sin asomos de fanfarronería, en el aplomo con que presentaba su rudeza ante personas finas de uno y otro sexo, no dejándose vencer de la cortedad. No había concluido de saludar a todos los presentes y de estrechar la mano de su amigo, cuando llegó presuroso Valentín, encargado de comunicar al señor Gaminde acuerdos importantes de la Junta, y de rogarle en nombre de sus compañeros que fuese al instante a donde estaban reunidos. Entre el cúmulo de asuntos diversos que, este y el otro, reunidos al acaso, expresaban con conceptos tan diferentes, descolló un instante la voz del miliciano herido, diciendo:
—Los héroes de Mallona han sido dos... el pobre Mendiburu, y otro que está presente. Cuando los primeros veinte argelinos entraron por la brecha, más parecidos a fieras que a hombres, cinco de nosotros se abalanzaron a ellos... De esos cinco, tres se quedaron a media distancia; dos solos avanzaron resueltos. De los dos, Mendiburu cayó muerto; el otro está vivo, y es este _Luchu_ que ven ustedes aquí. Tras el muerto y el vivo corrimos los demás... No sé cómo fue aquello..., un milagro, un sueño..., no sé... Aún tengo dudas de que vivamos los que vivimos, y de que quedaran en tierra destripados no se cuantos argelinos... Ni sé cómo pudo pasar lo que pasó..., no sé, no sé...
Manifestó Zoilo, ante el relato de su hazaña, una calmosa modestia, sin hipócritas denegaciones ni alardes vanidosos. Su tío Valentín le dio una bofetada de cariño y tres besos que parecían mordidas, gritando:
—¡Si es Arratia, bilbaíno de las Siete Calles!... y no hay más que decir.
Gaminde, sin extremar la admiración, pues tales hechos debían considerarse, según él, como cumplimiento estricto del deber, no dijo más que:
—Bilbao está lleno de estos cachorros, que saben cumplir. ¡Cualquier día entran aquí los _absolutos_! Vámonos, Valentín.
—Vámonos —dijo Arratia a su sobrina—, que es tarde. Al pasar te dejaré en casa.
—Vámonos, _Luchu_. Vente a descansar —dijo la niña al heroico joven.
Y eslabonándose unos a otros con aquel _vámonos_, salieron en cadena los cuatro. En la calle, se adelantaron prima y primo; detrás, las dos personas mayores hablaban de cosas graves.
—¿Es verdad que has hecho lo que cuenta Víctor? —preguntó la doncella.
—Di que nada... —replicó el mozo muy serio—. No me alabo yo de cosas que valen poco.
—Has sido muy valiente... no lo puedes negar.
—Más habría hecho si me dejaran... Pero no le dejan a uno. ¡Qué rabia! Si los demás hubieran querido, salimos, y no queda un argelino para muestra.
—Has sido muy valiente —repitió Aura, parándose y mirándole a los ojos. Los de ella resplandecían de júbilo.
Valentín y Gaminde se habían quedado muy atrás.
—No lo dude usted, don Francisco —decía el primero—. Es noticia auténtica. La han traído dos artilleros facciosos que se pasaron esta noche.
—Pero no es creíble...
—Pues créalo usted. Levantan el sitio. No tienen municiones. Las que han repartido hoy son las últimas.
—No nos caerá esa breva, Valentín.
—Además, hay piques entre ellos. Villarreal y Simón de La Torre están a matar, y este se retiró hacia Munguía, negándose a obedecerle.
—Eso lo creo; pero no que se retiren.
—¡Que levantan el sitio, don Francisco!
Al decir esto se aproximaban a la otra pareja, y Zoilo pescó el concepto «levantar el sitio». No pudo expresar la rabia que esto le produjo, porque llegaron a la tienda, y se vio rodeado de su padre, hermano y tía, que por su vuelta le felicitaban cariñosos. Valentín y el señor Gaminde siguieron hacia San Antón, mientras Zoilo, subiendo de mala gana al entresuelo, viose obligado a contestar a mil preguntas impertinentes. Él no había hecho nada de particular: no le hablaran, pues, de hazañas ni heroísmos.
—Muy bien —díjole Sabino—: el buen soldado cumple con hacer lo que le manden, sin meterse a farolear. Cada cual en su deber, y luego Dios dispone.
Aura le sacó golosinas que guardara para él, lo mejor que en la casa había. Pero el chico, tristemente impresionado por la frase de su tío, _levantan el sitio_, no tenía ganas de comer. La indignación, el despecho le trastornaban. Sentía escarnecido su amor patrio, su risueña ilusión por los suelos.
—¡Levantar el sitio! —exclamó golpeando en la mesa con el mango del cuchillo, cuando Aura y él se quedaron solos—. No, no: eso no puede ser. Si se retiran, tras ellos hay que ir, y trincarles de una oreja, ¡cobardes!, y volver a traerles a las trincheras... ¡Allí..., fuego...! ¿No queríais sitio de Bilbao? Pues sitio de Bilbao... Firmes..., hasta que no quede uno... ¡Qué rabia! ¡Retirarse cuando apenas habíamos empezado a cascarles!... ¿Qué dices, Aura? ¿Te burlas de mí?
—Yo no me burlo, no... Me gusta verte tan fogoso —replicó la doncella—. Pero si ya has hecho bastante, si te has portado como un valiente, ¿a qué quieres más gloria, tonto?