Chapter 20 of 24 · 3993 words · ~20 min read

Part 20

El deber patriótico a todos les traía revueltos, sufriendo mil molestias, viviendo a las veces en medio de la calle. Sabino, hombre de gran resistencia, solía llegar a la noche sin haber tomado más que un ligero desayuno; Valentín llevaba en sus bolsillos mendrugos de borona, y se iba alimentando en el transcurso de las caminatas y ocupaciones que a todas horas le imponía su cargo en la Junta. Más de una coche durmió en un banco del _cuartel_ de la Plaza Nueva, o en el duro suelo del café llamado _Gari guchi_ (Poco trigo). Eran los _cuarteles_ sitios de reunión, semejantes a los modernos casinos. Unos cuantos amigos alquilaban un local en buen sitio, y aligeraban allí con sabrosa tertulia las largas noches de invierno, o se divertían con pasatiempos inocentes. El lujo era desconocido en tales instalaciones; el mueblaje lo indispensable para evitar la incomodidad de sentarse en el suelo, o de comer con el plato en las rodillas. Había un _cuartel_ en la Plaza Nueva, perteneciente a un grupo de mayorazgos y segundones; otro en la calle de la Pelota, donde dominaba el elemento mercantil; y tanto en estos como en otros de inferior pelaje, marcábase el embrión de los casinos que hoy son centros de recreo, de holganza y de peores cosas, en grandes y chicas poblaciones. Durante el sitio, los _cuarteles_ hallábanse abiertos para todo el que en ellos quisiese entrar, y servían de cómodo apeadero para militares y paisanos que, teniendo que acudir de un lado a otro, necesitaban tomar un refresco sin necesidad de acudir a sus casas. Los patriotas se daban cita en ellos; los individuos de la Junta y los jefes de la guarnición tomaban en este o el otro _cuartel_ las medidas más apremiantes. A los más ocupados, que no podían descansar en toda la noche, les mandaban la cena al _cuartel_. La fraternidad era cordialísima, los alimentos comunes. El que por cualquier causa, descuido de la familia o falta de aviso, no tenía que cenar, metía confiadamente la mano en el plato del amigo.

El _Gari guchi_ era una combinación de cafetín y _cuartel_, pues en el entresuelo, alquilado por varios mercaderes de las Siete Calles, habían estos establecido su recreo de billar y mesas de tresillo. Ni allí, ni en el café del Correo, ni en ninguno de los _cuarteles_ se hacía de comer. Pero ya se iniciaba de un modo rudimentario este progreso, pues si no se guisaba, calentaban la comida que de tal o cual casa traían; y el conserje o encargado también hacia café para los señores, los cuales no pagaban la taza, sino que _ponían_ los ingredientes, resultando gratis la obra culinaria: no se le pasaba por las mientes al guardián del local el tomar dinero por aquel servicio. De tal modo las costumbres patriarcales apuntaban su evolución primera, anunciando esta moderna organización del egoísmo. Las guerras deshicieron el antiguo régimen patriarcal de las sociedades, y fueron creando el vivir que ahora conocemos, donde todo se tiene y se paga, donde se desarrollan la comodidad y libertad individuales en el calor del hogar público, mientras se quedan solas las mujeres en el doméstico, cuidando de que no se apaguen las últimas brasas.

XXXII

Rendido de fatiga y con más hambre que cómico en Cuaresma, arribó Valentín al _cuartel_ de la Plaza, donde tuvo la suerte de hallar al mayorazgo don Nemesio Mac-Mahón, exaltado patriota, que le brindó a participar de las sopas que comía. En la misma mesa de despintado pino, hacían por la vida los individuos de la Diputación don Vicente Ansótegui y don Antonio Irigoyen, con un capitán de Trujillo y otro de Toro. Versó la conversación sobre los movimientos de Espartero, que después de inútiles tentativas por la parte de Aspe y Azúa, se había vuelto a la orilla izquierda, y a la sazón celebraba consejo de generales para resolver que se haría en situación tan apretada, pues Bilbao, desangrada ya y sin víveres, parecía llegar al límite de la constancia. El telégrafo había dicho por tercera vez: «Siga Bilbao defendiéndose, que pronto será socorrida». Pero el socorro, ¡vive Dios!, tardaba en llegar. Como en la mente y en la voluntad de todos la rendición era el mayor absurdo, no les quedaba más recurso que un morir glorioso, numantino.

En esto entraron Zoilo Arratia y su amigo Víctor Gaminde; Valentín dejó a los señores para correr junto a los muchachos, en quienes encontraba siempre viva la llama patriótica y el nativo coraje de la tierra. Habló Zoilo con el encargado del _cuartel_, un vejete con antiparras y cachucha, que jamás se quitaba la pipa de la boca. Entregole un envoltorio de papel que traía, recomendándole la mayor actividad en la confección del menjurje, pues uno y otro se hallaban desfallecidos.

—¿Qué es eso, _Zoiluchu_? ¿Café por casualidad?...

—Por casualidad es cáscara de cacao. Tengo más, y si usted quiere...

—Y azúcar —dijo Víctor Gaminde dando al guardián otro cucurucho—. Lo hemos encontrado entre las ruinas de una casa que se quemó en la Esperanza. No tiene más sino que está hecha caramelo, por el fuego. —Y la ofreció a los señores, con obsequiosa finura—. Si quieren ustedes caramelo, aquí hay. Tenemos mucho más, y ahora vamos a tomarnos un cocimiento de cáscara de cacao bien dulce. Desde ayer no ha entrado en nuestros cuerpos nada caliente.

En esto llegó Sabino con la capa chorreando agua, porque llovía copiosamente; la colgó de una percha, diciendo con avinagrado mohín:

—A fe que se pone buen tiempo para que don Baldomero nos socorra. Me parece a mí que ese...

—¡Pero este Sabino!... Ya viene murmurando del general en jefe —dijo Mac-Mahón—. ¿También tiene Espartero la culpa de que llueva?

—La tiene de no haber emprendido las operaciones antes de que el temporal se nos echara encima. Para eso es generalísimo. Dios manda el tiempo bueno y malo. El hombre debe mirar al cielo, y aprovechar las claras.

—¿Pero tú no sabes que no hay clara... que sea de fiar?

—Lo que sé, señor don Nemesio, es que no hay general cristino que no sea un pelmazo.

—Vamos, hombre, cálmate, que vas a enflaquecer. Siéntate aquí: te daremos unas cucharadas de sopa.

—Un poco tarde llegas, Sabino —le dijo Ansótegui—. Ni rebañaduras hay ya. Como no te entretengas en lamer todos los platos...

—Gracias: vengo del café de _Posi_, donde Blas Arana y yo hemos partido media docena de sardinas y un plato de alubias... Allí me han dicho que don Baldomero, por variar, vuelve al otro lado del Nervión, y que están desarbolando quechemarines para armar un puente de barcas... ¡A este paso...! En preparativos se ha llevado el buen señor un mes, y todavía no ha concluido de resolver por qué orilla se arrancará... ¡Y Bilbao aguantando sitio y más sitio!... No me digan a mí de Numancia y Sagunto... ¡Deliciosa Navidad nos espera!

—Hombre, sí: Navidad sin pesebre.

—¡Y que tenga uno que celebrar el nacimiento del Hijo de Dios en esta situación!... Ya lo creo: el don Baldomero, con merluza y besugo a todo pasto, no tiene prisa... ¿Qué le importa que aquí nos comamos unos a otros?

—Pero, hijo, si la voluntad de Dios así lo dispone, ¿qué quieres que hagamos?

—No me quejo por mí. Pero he dado a Bilbao mis tres hijos, lo único que poseo, y no quiero verles morir de hambre... Ni a Dios puede gustarle eso. Dios dice: cumplid vuestro deber... pero comed, alimentaos.

—¿Estás bien seguro de que Dios dice eso?

—Ahí están las Sagradas Escrituras... ¿Pues para qué multiplicó los panes y los peces?

—Ahí tienes tú un milagro que ahora nos vendría muy bien.

—Con que multiplicara los gatos, nos dábamos por bien servidos.

Arrimado a la mesa donde los jóvenes esperaban el remedio de su necesidad, pidió Valentín a Zoilo su opinión sobre lo que podría suceder si la tardanza de Espartero se prolongaba. Largo rato disertaron sobre ello. Había el miliciano adquirido tanta autoridad en la familia por razón de su denuedo y militar aptitud, que ya su tío gustaba de escucharle, y estimaba en mucho su discernimiento y parecer en cosas de guerra. La arrogancia del chico no excluía su deferencia con las personas mayores. Zoilo se había crecido moralmente en el espacio de un mes, adquiriendo aplomo, serena energía, y una descomunal fuerza de convicción en cuanto sostenía y pensaba. Sin darse cuenta, su padre y tío aceptaban gradualmente la superioridad del inferior, la grandeza del pequeño, y no se sentían humillados por ello.

—Oye, hijo mío —díjole Valentín, mientras los tres saboreaban en sendos tazones la infusión caliente y dulce—: cuando Bilbao sea libre, te decidirás por la carrera militar, para la cual muestras disposiciones de padre y muy señor mío... Si así lo haces, me alegrare por ti; lo sentiré por la casa.

—No, tío —replico lacónicamente Zoilo—; no seré militar.

—Antes de diez años, si la guerra siguiera, te veríamos de general: tal creo —aseguró Valentín, sacando de su bolsillo mendrugos de borona que partía con los muchachos, apresurándose a reblandecer el suyo en su taza.

—Seguiré como estaba... Y si usted quiere, para que mi padre descanse, me pondré al frente de la ferrería.

—Francamente, a un hombre como tú, tan cortado para la milicia, valiente como ninguno, paréceme que no le cuadra el oficio modesto de _ferrón_.

—Pues si no soy _ferrón_, seré otra cosa: trabajaré por mi cuenta, y haré pronto un capital. Proponiéndomelo, he de conseguirlo... Todo lo que el hombre quiere con firme voluntad, lo tiene, y más.

—¡Qué alientos gastas, chico! Dios te los conserve... Celebraré verte al lado de la familia, para que a todos nos ayudes... Luego que se acabe esta guerra maldita, nos pondremos a trabajar como fieras, y sacaremos a flote la casa. Vosotros, los sobrinos, debéis estableceros en nuevas familias debajo de nuestro amparo. Casaremos inmediatamente a José María, que tanto él como su novia están corrientes de papeles, con el cura a bordo; luego empalmaremos a Martín con Aura, que también están concertados; y tú bien puedes ir buscando novia, pues un pájaro de tu condición debe tener nido, y engendrar hijos robustotes y valientes.

—¿Novia dice usted?... Ya la tengo...

—¿Ya?... Bien, hijo bien; así me gustan a mí los hombres: decididos, querenciosos. ¿Que se proponen un objeto, un fin? Pues a él, ¡contro! Cuando los otros van, ya tú vienes de vuelta encontrada... ¿Y quién es la parienta? ¿se puede saber?

Callaron los dos mozos; Víctor Gaminde sonreía.

—Víctor sabe quién es... ¿No puedo saberlo yo? Bueno: estas cosas son un poco vergonzosas... Tú no has de hacer una mala elección. Me gustará mucho verte _abarloado_ con una de las chicas más bonitas y honestas de la población. Y si la encuentras de esas... que pesan, ¿sabes?..., que pesan..., porque hay lastre de onzas en el arca, mejor, _Zoiluchu_, mejor. Has demostrado que vales mucho; tienes un gran porvenir. Para decirlo todo, hijo, eres guapísimo: nada te falta. Ya puedes traernos a casa lo mejorcito de Bilbao, que bien te lo mereces, bien te lo has ganado.

—Lo mejor del pueblo llevaré..., pierda usted cuidado... No sería quien soy si así no lo hiciera.

—Eres un hombre...

—Soy... Zoilo Arratia, hijo de sus obras..., que cuando quiere..., quiere.

—Tú pitarás..., el mundo es tuyo.

Una vez tomada su frugal cena, levantáronse los muchachos. Iban al _Gari guchi_ a entretener, jugando al billar, la horita y media que les quedaba antes de volver de facción a la Cendeja.

—Llueve a cántaros, hijos míos.

—¿Qué nos importa el agua?

—Como no nos importa el fuego.

—Iremos arrimaditos a las casas.

—Aguardad, aguardad un momento. Si Sabino me presta su capa, voy con vosotros... No me gusta la compañía de los viejos: prefiero arrimarme a la gente joven, para calentarme en el fuego de vuestros corazones, que no temen, que desean con fuerza...

Obtenida la capa, se fue con ellos, y andaban por las calles enfilados unos tras otros, buscando el amparo de los aleros y cornisones. Cuando llegaban a la calle Nueva, donde estaba el _Gari guchi_, dijo Valentín a sus amiguitos:

—No solo vengo por acompañaros, sino por ver si alguien, en este café, me da noticias de _Churi_, a quien he perdido de vista hace tres días.

—Anoche andaba por la ría en una chalana —refirió Víctor Gaminde—. Nos lo dijo Iturbide, que le vio.

—Para mí —agregó Zoilo—, lo que quiere _Churi_ es escapar de Bilbao, no sé por qué... ni qué interés puede tener en ello.

—Cosas de ese chico —afirmó el padre—, que está más loco que una cabra. Me dijeron que hace días quiso pasar las líneas _de ellos_ por encima de la Salve...

—Y no pudiendo escapar por tierra, puede que intente escabullirse de noche por la ría.

—¿Y a dónde va?... ¿Qué se le ha perdido?

—Querrá comer, tío.

—Es la única explicación que me satisface. Pues si Dios me le libra de un balazo, y logra escapar, y come hasta hartarse; si después de tal hazaña emprende la contraria, el retorno, aprovechando estas noches de lluvia y cerrazón, y se descuelga por aquí con un par de merluzas, vaya y venga bendito de Dios... ¿Qué os parece? Mientras llega el momento de gritar: «¡Viva Espartero, que nos trae la Libertad!», gritaremos: «¡Viva _Churi_, el que nos trae las merluzas!».

XXXIII

Toda la mañana del 19 la pasó Prudencia en su casa, de limpieza y arreglo, ayudada por la criada de Vildósola, pues la suya había caído enferma de anginas. En la tienda, José María y un almacenero de Ripa trabajaban mañana y tarde, poniendo cada cosa en su sitio; que en los días del pánico, habiendo entregado los Arratias para las obras de la defensa gran cantidad de clavazón, alambre, barriles vacíos y otros objetos, sacáronlo precipitadamente, y todo quedó revuelto y contundido. Llegó Martín, aprovechando un rato que tenía libre, y les dijo:

—Recójanme toda la clavazón que está esparcida por el suelo, separándome con cuidado los tres tamaños. Veremos si se pueden rehacer los paquetes deshechos. Y ya que se han bajado las pilas de cabos, yo las armaría en otra forma, de modo que estorbaran menos.

—Ha dicho Zoilo —indicó José María— que pusiéramos las pilas de cabos de mayor a menor, no formando cilindros, sino conos.

—No hagáis caso, y ponérmelo como estaba. Mi hermano entiende más que yo de cosas militares; pero en este tinglado sé yo más que él... Otra cosa os encargo: no me toquéis nada en el escritorio: aunque lo veáis todo revuelto, dejádmelo como está, que yo lo arreglaré.

—Zoilo es de parecer que se despeje un poco el escritorio, sacando a la tienda las chumaceras, los pasadores, las mallas y rasquetas, y dejando solo el género de pesca.

—Realmente es más metódico... Ya lo arreglaremos así en otra ocasión. También deben quitarse de ahí los cáncamos y zunchos... Tiene razón mi hermano... En el escritorio no se cabe... Pero no toquéis nada por ahora... Temo que me desarregléis los libros, y que se deshagan los paquetes de cartas.

Ya se marchaba cuando bajó Prudencia, y llamándole aparte, le dijo:

—Estoy afligidísima. Ildefonso cada día peor. Ahora su manía es que en cuanto entre Espartero nos vayamos a Francia en el primer barco que salga, llevándonos a la niña, naturalmente... Me temo que cuando se entere de nuestro plan pondrá el grito en el cielo, y yo..., figúrate... No hay para mí mayor pena que contrariarle...

—Pues desistamos, tía —dijo Martín con un sentimiento en que se confundían la timidez y la delicadeza—. No quiero que por mí haya desacuerdos y disgustos en la familia... Aplacemos, por lo menos, el asunto, con la esperanza de que el tiempo nos lo resuelva.

—Todo iría como la misma seda, si esa loquilla entrara en razón y se hiciera cargo de lo que conviene a su felicidad.

—¡Ay, tía de mi corazón! —replicó Martín con tristeza, suspirando—, Aura no me quiere ni tanto así..., vamos, yo no le gusto... Ante este hecho no hay más remedio que bajar la cabeza...

—Pues hay que saber gustar, caballerito; hay que matar el pavo y adquirir salero y gracia. Fuera yo hombre, y verías tú si sabía yo domar a una bestezuela bonita y respingona...

—¿Pero qué puedo hacer yo, tía? —dijo el pobre miliciano apuradísimo, cruzándose de brazos—. Ordéneme usted lo que quiera, siempre que no me mande cosa contraria a la honradez.

—No, hijo, no te mando nada... Déjame; estoy loca... Vete a matar carlistas..., que es lo único para que servís... Por vuestro bien trabajo: buena tonta soy... Debiera ser egoísta y no importárseme nada... Anda, anda, que harás falta en otra parte.

Se fue el simpático joven, mohíno y cabizbajo, al punto de servicio, y antes de llegar a él oyó el cañón de la _Perla_ de Albia, que furioso tronaba contra las _Cujas_. El nombre de esta batería, ilustrada por memorables hazañas, provenía de unos bancos situados al extremo del Arenal y calle de la Estufa. Tenían los respaldos en forma semejante a las cabeceras de las camas que entonces se usaban, y se llamaban _cujas_. Allí, terminado el tiroteo de la tarde, nutrido y penoso, con algunas bajas, fue Sabino en busca de Martín, para tratar con él de asuntos de familia; pero no le encontró, porque trocadas las compañías, le destinaron a la batería del Circo: en cambio estaba Zoilo, que desde lejos dijo a su padre que le esperase para ir juntos a casa.

Había pasado el buen Sabino la mañana en Santiago, donde encontró a sus amigos de iglesia, y a la salida se consolaron de sus amarguras hablando mal de Espartero, porque no iba pronto, aunque fuese por los aires. Tanto preparativo era miedo... Ya estaba visto que don Nazario, aunque manco, sabía donde tienen los hombres la mano derecha. ¿Pues qué creían?... De la iglesia se fue al _cuartel_ de la Plaza, donde Ibarra le dio malas noticias de Negretti, y acudió allá inmediatamente, encontrando a su cuñado bastante caído, taciturno y con cierta propensión a la ira. No hablaba más que para echar pestes contra Espartero, llamándole lacónicamente inepto y cobarde.

—Aquí no hay más que un hombre que sepa mandar tropas —dijo descargando en la mesa un fuerte puñetazo—, y ese militar único es tu hijo Zoilo.

Por no irritarle con la contradicción, se manifestó Sabino conforme con criterio tan extravagante, añadiendo que _Zoiluchu_ sería pronto general, y para entonces no se verían los bilbaínos condenados a comer ratones. Vildósola llegó a la sazón, y entre uno y otro trataron de desviar a Ildefonso de su vértigo maníaco.

En tanto Prudencia trabajaba incansable en arreglar la casa. A media tarde mandó llamar a su sobrina para que la ayudase, y las dos trajinaron hasta el anochecer con la muchacha de Vildósola, que se retiró a las obligaciones de su casa. Encendida la luz, continuaron las dos lavando la vajilla, hasta que de súbito llegó un recado urgente de casa de Ibarra, traído por el portero. El señor don Ildefonso se había puesto muy malo: le había dado un accidente; se le trababa la lengua, y no podía mover el brazo izquierdo...

—Vamos, vamos a escape —dijo Aura, lavándose las manos.

Y Prudencia, para quien la noticia fue como un rayo, después de permanecer un ratito muda de terror, sin respirar, se secó también las manos precipitadamente, diciendo:

—Vamos, sí... No, no, yo iré sola... Tú te quedas... Ya no me acordaba. Ha dicho mi hermano Valentín que vendría a recogernos. No faltará. Con él vendrá Martín, que sale de servicio a las siete... ¿Tienes miedo de quedarte sola?

—Sí, tía: tengo miedo...

—Pues vámonos... Ellos, al ver cerrada la puerta, irán a buscarnos allá.

Bajaban la escalera cuando entraron dos hombres. Eran Zoilo y su padre. Enterados de la ocurrencia, Sabino dijo:

—Me lo temía: esta tarde, cuando le vi, no me gustó nada.

—Sea lo que Dios quiera.

—¡Cúmplase su santa voluntad!... ¿Y Martín, no está aquí?

—Estábamos esperándole. Quedó en venir con su tío.

—Quédate, _Luchu_ —ordenó Sabino—, acompañando a la niña, que Valentín y tu hermano no tardarán...

—Subíos arriba... que esto está muy oscuro..., o bajad aquí la luz —dijo Prudencia—. Pero tened cuidado con el fuego.

—Descuide usted, tía... No nos quemaremos.

Salieron presurosos los dos Arratias, y Zoilo, al tomar la mano de Aura, creyó coger un pedazo de hielo tembloroso.

—¿Por qué tienes las manos tan frías?

—Me las lavé hace un rato... Luego, al saber que el tío Ildefonso... ¿Qué será?... Me he quedado yerta... ¿Subimos?

—No..., lo que haré es cerrar la puerta —dijo el miliciano haciéndolo al instante.

—¿Por qué cierras?

—Para que no pueda entrar nadie... Y ahora bajaré la luz y la pondré en el escritorio...

—Por Dios, no pegues fuego.

Zoilo, que de cuatro brincos subió por la luz, bajó sin ella. No traía la luz; pero sí una claridad tenue.

—La he dejado en el pasillo, junto a la escalera.

—Por Dios, primo, no se queme algo.

—Allí no hay cuidado... ¿Por qué te llevas el pañuelo a la nariz? —le preguntó, observándola fijamente.

—Porque ahora siento el olor de alquitrán como no lo he sentido nunca... Parece que me envuelve toda, que penetra dentro de mí... Se me va la cabeza.

Cerrando los ojos, dejose caer, como extenuada de cansancio, sobre un montón de rollos de jarcia.

—Hemos trabajado bárbaramente... Me canso..., el alquitrán me marea... No es que me disguste el olor; pero..., te lo juro..., nunca me ha penetrado tanto.

—¿Tienes frío?

—Estoy helada..., muerta de miedo.

—¿Miedo estando yo aquí?

—Ya ves..., por estar tú quizás...

—No pensé venir... pero me dijo mi padre que hoy quedaría concertado tu casamiento con Martín, y aquí estoy para impedirlo.

—¡Mujer yo de Martín! Eso no será, _Luchu_...

—Lo dices..., lo piensas así... Pero... ¿y si por medrosa te dejas llevar, te dejas casar...?

—Soy más valiente de lo que crees... Pero si necesitara más valor del que tengo..., tú me lo darías.

—A eso vengo, te digo... Aquí estoy yo, un hombre, que por nada del mundo consentirá que le quiten a su mujer..., y en tratándose de esto, para mí no hay hermanos, para mí no hay tío, para mí no hay padre... Soy mi dueño, y tú mía en esta vida y en la otra.

Antes de acabar de decirlo, la estrujó en sus brazos y le dio cuantos besos quiso sin hartarse nunca.

—Zoilo..., _Luchu_..., por Dios..., que me dejes..., que no seas malo... Así no te quiero.

—¿Pues cómo, cómo?

—Te lo diré..., déjame..., déjame hablarte.

—Dímelo pronto.

Casi sin respiración Aura le dijo:

—Tienes grandes cualidades, Luchu... Mucho te estimo... Te admiro por la voluntad, por el valor; pero...

—¿Pero qué..., pero qué...?

—Te falta una cualidad, primo... No, no la tienes.

—¿Qué me falta? Dímelo, dímelo pronto para tenerlo al instante...

—Pues... te falta..., sí que te lo digo... Que no eres caballero.

Quedose el muchacho suspenso y absorto. El tremendo hachazo recibido en su amor propio conmovió todo su ser...

—¡Que no soy caballero! Mira, mira lo que dices... ¡Que no soy caballero! Si otra persona me lo dijera, ¡vive Cristo!... Pero como me lo dices tú..., miro para dentro de mí, por verme, por ver si es verdad lo que dices..., y si yo me encontrara con que no soy caballero, aquí mismo me quitaba la vida.

XXXIV

—Si quieres —prosiguió Aura— que yo te tenga por caballero, pórtate como tal.

—¿Y qué debo hacer?

—Lo contrario de lo que haces... Zoilo, abre la puerta.

—Abierta está —dijo él, corriendo de un salto a la puerta y dando vuelta a la llave.

—Así, así me gusta. Siempre no has de mandar tú. El que quiere que le obedezcan, aprenda a obedecer... Ahora siéntate ahí frente a mí.